Mostrando entradas con la etiqueta Colegio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Colegio. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de junio de 2015

BAMBO


Hay recuerdos de mi infancia que yo creía muertos pero solo se encontraban en estado de hibernación, a la espera de que el sol primaveral de alguna conversación o acontecimiento inesperado los despertara de su letargo de décadas. El viernes un compañero de trabajo me informó del reciente fallecimiento de Don Antonio, un cura diocesano que fue mi tutor y profe de religión a los diez años en el colegio de jesuitas donde estudié, y en la oscura caverna de mi memoria se desperezó un oso con un pelaje tupido, aún invernal, que abrigaba mil nostalgias. Una de ellas -la primera que salió de la cueva- , las filminas tituladas Bambo, de la Central Catequística Salesiana, que nos proyectaba el bueno de Don Antonio las tardes de los jueves en aquella primavera de 1984.

Bambo era una serie de diapositivas de la colección Don Bosco (Producciones Pax), editadas en 1964, que se suministraban con unas cintas casette que narraban la historia, con diálogos y todo, al estilo de una radionovela. En total eran diez capítulos, cada uno en un carrete. Del argumento me acuerdo bien: un misionero salesiano era destinado por voluntad propia a una de las zonas más recónditas del África tropical y se dedicaba, no con pocas dificultades, a predicar el Cristianismo en una aldea remota, donde había un hechicero que no hacía más que boicotearle malmetiendo a los negritos para que lo mataran. El sacerdote pronto improvisó un ayudante-monaguillo, escogiendo al niño indígena Bambo, que mostraba una gran curiosidad por el mensaje de Cristo. El eje argumental de las filminas era la enseñanza de nuestra Fe al joven salvaje, quien, como no podía ser de otro modo, acabaría bautizándose, confirmándose y, con los años, convirtiéndose en sacerdote e incluso en obispo, para mi sorpresa y la de todos mis compañeros de clase, que, aunque no éramos racistas, estábamos poco acostumbrados a ver negros importantes.

Lo que más gracia me hace es que hoy en día Bambo sería sin duda considerada una narración políticamente incorrecta como poco, ya que me temo que tanto los dibujos como el audio incurrían en continuos tópicos (o no tan tópicos) sobre la cultura de los pueblos subsaharianos: taparrabos y huesos en la nariz; hábitos antropófagos con cazuela para asar misioneros; un chamán pagano que rendía culto a figurillas de barro y exigía sacrificios de ganado y entrega de cosechas; leones y leopardos devorando al personal; un sacerdote con una cultura superior que clamaba contra la bestialidad de los lugareños predicando el amor a los enemigos; mil problemas para construir una pequeña choza-iglesia (incendiada una y otra vez por los cafres) y para atraer catecúmenos, y, en fin, todas esas cosas que jamás sucedieron en África, pues, como bien sabemos, lo único que ocurrió es que la avaricia imperialista de los occidentales acabó con las milenarias civilizaciones del continente negro, destruyendo un legado cultural y espiritual indispensable para la Humanidad.

Prefiero ni imaginarme las quejas, denuncias al Defensor del Menor y manifestaciones que montarían la AMPA y el colectivo de inmigrantes del barrio si a los curas de un colegio se les ocurriera poner ahora a los críos una película semejante. La cosa acabaría fijo en el telediario.

El montaje de Bambo nos entusiasmaba y pasábamos la semana esperando que llegara la tarde de su proyección, en una vieja pantalla de trípode montada frente al encerado de nuestra aula, en mitad de una penumbra mágica que más de uno aprovechaba para trastear. Eso sí, Don Antonio nos sometía a un continuo chantaje emocional, pues si no éramos puntuales, no subíamos las escaleras del colegio en dos filas rigurosas y sin alborotar, o si perpetrábamos la menor travesura individual o colectiva, nos castigaba sin transparencias ese jueves.

Descanse en paz Don Antonio, al que siempre recordaré por su bondad, por las preguntas y respuestas del Catecismo y la lista completa de los ríos de España que nos obligó a memorizar , y, naturalmente, por las ejemplarizantes filminas de Bambo.

domingo, 16 de febrero de 2014

CURAS POLITIZADOS




A lo largo de mi vida he conocido varios curas fuertemente politizados y ninguno ha sido santo de mi devoción. Unos eran párrocos de barriada o jesuitas que habían bregado veinte años en aldeas de El Salvador y de pronto regresaban a España envenenados de liberacionismo, a decir misa de doce a pipiolos universitarios y a gente de orden del centro de Vigo o de Salamanca, y el personal se ponía pálido con sus arengas marxistas en las homilías. Otros eran antiguos capellanes del Frente de Juventudes, más falangistas que José Antonio, que vestían camisa azul bajo la chaquetilla de punto, repetían mucho lo de “por el Imperio hacia Dios" y relataban una y otra vez cómo al estallar la guerra salvaron de la quema segura a la Virgen del colegio.

Hace mucho, haciendo el Camino de Santiago, conocí a un novicio jesuita que cuando vio por la tele que había ganado el PP las elecciones nos propuso celebrarlo con unas cañas. 

      -        ¿Y tú por qué celebras eso? –le pregunté. 

     -         Pues… no sé. Porque soy de derechas. 

      -       ¿Entonces vas a ser un cura solo para los creyentes de derechas? 

Este chaval, del que volveremos a hablar, abandonó la Compañía al año siguiente. Por una tía, claro. 

Puedo entender que cada presbítero tenga sus inclinaciones políticas pero me desagrada mucho que se signifiquen expresamente y mucho más que colaboren de la forma que sea con un determinado partido. Los curas son representantes de Cristo para todos los hombres, no solo para los de su cuerda, y en la medida que se identifiquen en público con una facción concreta estarán alejándose de una parte de los fieles. 

Un sacerdote debería estar llamado a la neutralidad en estas cuestiones, aunque entiendo que es muy complicado mantenerse al margen sobre todo en época de convulsiones sociales o de conflictos armados. No en vano a la Iglesia nada humano le es ajeno, y nada hay más humano que la política. La imparcialidad tampoco implica que los religiosos no hayan de estar agradecidos a los políticos que defienden la Fe católica y los intereses de la Iglesia, ni que no deban tener prevención contra quienes les persiguen. Pero un buen cura jamás debiera incurrir en el proselitismo partidista, ni hacer ostentación de sus filias y fobias ideológicas, ni tratar de modo distinto a unos o a otros según su filiación. Su deber es atender a todos con amor y ayudarles sin distingos evitando todo comportamiento, por sutil que parezca, que pueda constituir una barrera a su vocación de amor universal.

domingo, 26 de enero de 2014

TRAMPAS AL SOLITARIO




Una pregunta que me autoformulo desde siempre es si me conozco bien a mí mismo. Hace años la respuesta era afirmativa; suponía que nadie podía saber más que yo sobre mi personalidad, carácter, sentimientos y demás engranajes íntimos. Pero hoy ya, con los años y las experiencias vividas, no lo tengo nada claro, y de hecho a veces creo que somos nuestros peores jueces, por parciales e interesados.

Un famoso jesuita que conocí de chaval solía decir que nuestra personalidad tiene tres dimensiones bien diferenciadas: la manera en que nosotros nos vemos, cómo nos ven los demás y cómo somos en realidad. Según este cura, en una persona madura y equilibrada los tres formatos deberían coincidir, pero yo pienso cada vez más que no le coinciden a casi a nadie.

Es cierto que hay que ser muy maduro para autoevaluarse correctamente; tan maduro tan maduro que no sé yo si existe semejante grado de madurez. Si albergamos mil prejuicios para juzgar al prójimo, no te quiero ni contar para juzgarnos nosotros. Ya no solo son prejuicios, sino orgullos, soberbias, complejos, distorsiones interesadas, mecanismos de autodefensa, miedos, falsas modestias, tópicos sociales y toda clase de filtros que nos devuelven nuestra imagen deformada, como los espejos de la biblioteca de El nombre de la rosa. 

A veces tenemos una idea distorsionada sobre nuestra persona porque nos resistimos a aceptar nuestras limitaciones y nos hacemos trampas al solitario todo el tiempo. Otras veces es justo lo contrario, que andamos con la autoestima rozando el suelo y nos vemos como una mierdecilla cuando valemos mucho más. La cosa puede ir por temporadas.

Pero seguramente nuestra mayor limitación para emitir un buen diagnóstico personal sea nuestra incapacidad para aceptar las críticas ajenas o simplemente para observar con honestidad lo que sucede a nuestro alrededor, cómo se comporta la gente con nosotros. Cuando se trata de nuestra propia imagen pública, cuando están en la palestra nuestros defectos o nuestra manera de ser, podría decirse que nos cerramos en banda, nos negamos a ver lo evidente o, incluso viéndolo, nuestro cerebro acude a nuestro auxilio e interpreta las pistas más inequívocas como a él le conviene, pues por desgracia no hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que el que no quiere oír.

martes, 5 de noviembre de 2013

ENTRENADORES CAÑEROS


Llama la atención como un mismo comentario, hecho en idéntico tono, puede resultar indiferente a una persona y hundir la moral de otra. Es increíble la diferencia de sensibilidad y de susceptibilidad entre individuos.

El otro día oí una conversación sobre la famosa denuncia, hace más de un año, de varias integrantes del equipo de natación sincronizada contra su entrenadora Anna Tarrés por el supuesto trato vejatorio que esta las dispensaba durante los entrenamientos y que las llevó a una profunda depresión. Sin embargo, otras nadadoras del mismo equipo no percibieron como humillantes los procedimientos de su mentora y se los tomaron como parte de un juego y de un estilo cañero de entrenar, como un papel que representaba la Tarrés para motivarlas, sin que hubiera nada personal ni intención de dañar a nadie.

Yo de niño practiqué judo y me acuerdo perfectamente de que mi profesor (por cierto muy conocido a nivel internacional) tenía una forma muy directa y bastante bronca de espabilarnos. No había niñas en el gimnasio y eran principios de los ochenta. Nadie se extrañaba, nos lo pasábamos fenomenal y juraría que ningún crío sufrió, pero hoy seguro que los padres protestarían y se armaría un revuelo por los métodos empleados por este judoka. “¡Vamos, nenazas, que sois unas nenazas!”, “¡parecéis mariquitas!” “¡eres más cobardica que las niñas!” o “¡mueve el culito, Fernanda (a Fernando)!” eran fórmulas cotidianas en estas clases de artes marciales, por no hablar de los “castigos” que imponía a los más patosos: hacerlos tumbar y ponerles un pie en la espalda, o mandarles a un rincón a hacer flexiones. Nos divertíamos un montón con aquello.

También me acuerdo bien de Don Damián, mi profe de 4º de Básica, fallecido hace menos de un mes. En clase de gimnasia era un crack pero su modus operandi de aquella época no encajaría en estos tiempos, pues estaba a caballo entre los exabruptos militares del Sargento de Hierro y la metodología de un instructor de campamento de las Juventudes Hitlerianas. A los que se quedaban los últimos corriendo les pegaba puntapiés en el culo (flojos, naturalmente) y los sometía a escarnio público entre las carcajadas de toda la clase: "¡Torporrón, lentorro, calzonazos, no sé para qué quieres tener colita!”, ¡tenéis menos fuerza que el pedo de un marica!”, “¡parecéis señoritas paseando!”, etc, etc. Algún compañero de entonces sostiene que era un fascista, pero dudo mucho que nadie haya sufrido traumas por ello. Yo, desde luego, no, y eso que era un inútil saltando el plinto y recibía intensos chorreos de Herr Damián, y seguro que tampoco Curro, un chico de clase con evidentes dificultades psicomotrices con el que el profe se cebaba de lo lindo.

Napola, una interesante película sobre este tema

Pero los tiempos han cambiado mucho y la sensibilidad se ha disparado hasta niveles ridículos, en parte por la práctica desaparición de la segregación educativa por sexos y por los clichés políticamente correctos al uso. El caso es que los papás y los niños de ahora son de mantequilla, unos tiquismiquis, y no son capaces de ponerse en situación y entender que en estas fórmulas de estimulación no hay animadversiones personales, ni mala fe, ni deseo de humillar a nadie. Como digo, es algo así como un rol que se representa para cohesionar el grupo y espolear el orgullo de sus miembros, y yo lo he visto, más atenuado, eso sí, en ámbitos muy diferentes al deportivo, como el familiar, el académico o el laboral. Pienso en el típico padre que va de estricto y está todo el día bronqueando a su retoño, en el preparador de oposición incisivo que juega a acojonar a sus alumnos con una disciplina ampulosa, o en el jefe que se pone la careta de voceras y exigentón para crear un clima activo en la oficina, cuando en realidad son los tres unos buenazos y hay que saber tomarse con cintura lo que dicen y hacen, sin picarse absurdamente ni mucho menos sufrir. Me hablaban el otro día de no sé qué futbolista muy famoso que aseguraba que cuando su agresivo míster arremetía contra él se hacía a la idea de que los improperios iban dirigidos a su número, no a su persona.

¿Pero por qué hay gente que lleva tan mal estas técnicas de motivación “de choque”, llegando a hundirse anímicamente, y otros que las agradecen y rinden mucho más? Dicen los psicólogos que esto demuestra que cualquier buen gestor de recursos humanos debería aprender a tratar a cada persona de forma individualizada, en función de su sensibilidad, y que no se puede decir ni exigir lo mismo ni de la misma manera a todos los miembros de un grupo. Yo, en cambio, me pregunto si no sería más fácil que nos educaran desde niños para tener un poco más de autoestima, de corteza; para no ser tan individualistas ni tan susceptibles; para saber que hay muchos estilos directivos y que cuando estamos en un equipo hemos de saber adaptarnos al de nuestro líder sin lloriquear porque no nos trata como nos gustaría. Siempre, por supuesto, dentro de unos límites razonables en los que se respete nuestra dignidad, aspecto en el que seguro que tampoco es fácil encontrar unanimidad.

martes, 5 de marzo de 2013

MIS MALOS PROFESORES

Tras muchos años convencido de que estudié en un buen colegio, últimamente me pregunto de quién es en realidad el mérito de que los chavales educados en ciertos centros obtengan tan buenos resultados académicos y luego destaquen en la Universidad: ¿de la calidad de ese colegio y de la profesionalidad de sus profesores, o, más bien, de las familias, del ambiente que esos chicos viven en su casa? Me pregunto si es antes el huevo o la gallina, si esos escolares se centran y rinden tanto porque su cole privado o concertado es de los mejores, o es que resulta que los padres que escogen esos colegios le dan una importancia decisiva a los estudios y se encargan en casa de motivar y apretar las tuercas a sus retoños, algo que por desgracia no sucede en la misma medida en los centros públicos.

Es un tema sociológico complicado pero cada vez me decanto más por la segunda opción. Sin restar importancia a la tarea de los docentes, me parece a mí que los éxitos académicos se deben, en su mayor parte, a la labor y a la actitud de los padres, y que como a un profesor le llegue un muchachito en cuya familia no se valore nada la educación ni el estudio, lo tiene crudo por mucho que se esfuerce con él.

Es una especie de círculo vicioso. Unos padres muy preocupados por que su hijo estudie están dispuestos a pagar para facilitarle un ambiente y unas compañías que favorezcan eso. Porque ese ambiente cuesta dinero; por muy duro que suene, se paga para “rescatar” al niño de la escuela pública y gratuita, donde por razones obvias acuden los hijos de las familias de rentas bajas, que, mira tú por dónde, son las que menos relevancia le dan a la formación. Esos niños de esas familias pueden no ser un buen ejemplo ni unas buenas amistades si se quieren sacar buenas notas, conseguir títulos, triunfar en la vida (o en ese aspecto de la vida).

Así que en los colegios de pago se juntan al final los niños con más posibilidades de destacar, no porque sean los más listos sino por el ejemplo y el empeño de sus familias. Por eso aprueban bien y acaban donde acaban. Esta es la razón del prestigio de estos colegios, aunque la verdad es que, por muchos valores en los que eduquen y por muy buen ambiente que ofrezcan, académica y profesionalmente pueden (y suelen) ser muy limitaditos,  y no deben su fama a la calidad del profesorado sino al esfuerzo y al interés de su clientela. Ya digo, un círculo vicioso.

Y es que solo así se explica que en mi colegio de jesuitas yo tuviera que soportar a ciertos profesores, que, estoy seguro, jamás habrían aprobado ni en sueños la oposición para dar clase en la pública, ya que eran tontos, inútiles e ignorantes, y carecían de la mínima habilidad didáctica, de la mínima capacidad para comunicar y de la más elemental sintonía con los niños y adolescentes.

¿Por qué tuve que sufrir a Ulpiano dándome literatura y latín en BUP, cuando no sabía nada de literatura ni de latín,  se limitaba a leernos el libro de texto y encima era incapaz de imponerse a una clase de treinta chavalines, que le toreaban y puteaban hasta límites de vergüenza ajena?

¿Por qué me han dado inglés algunos señores cuya pronunciación de la lengua de Shakespeare recordaba a la de un pastor de la Alcarria? Uno incluso era oriundo de la Galicia más irredenta y no se desprendía del deje para decirnos “what is there for today?” o dictarnos sus “ten sentences”, de una forma que estoy seguro que ningún londinense entendería. Además, ¡qué diablos!, ¡cómo iba a enseñar inglés si no sabía hablar ni español!

¿Por qué tuve a Manrique de profesor de dibujo, un señor más de campo de la Abeja Maya, que no paraba de decir palabrotas y de tratar a los alumnos como a ganado, y al que, encima, no había quién entendiera explicando las perspectivas caballera e isométrica?

¿Qué pecado cometimos mis compañeros y yo para padecer a Malaquías en matemáticas de 1º de BUP explicándonos sin ninguna habilidad (y con intenso acento canario) los límites y las “ecuasione”, que si no fuera por la lectura a nuestro aire del libro de texto, por las clases particulares o por la ayuda de nuestros padres, aún tendríamos la asignatura pendiente?

¿De dónde coño sacaron a Revilla, el de filosofía de 2º? Era un hombre que seguramente habría podido desempeñar cualquier profesión (mejor manual) excepto la de docente, tan a la vista estaban sus limitaciones como comunicador y sus escasos conocimientos de la materia que impartía…

¿Quién contrató al gilipollas comunista de Julián Carretín, el de Historia, ese excéntrico barbudo que, haciéndose el innovador, dividía a la clase en grupos para preparar los temas del libro y exponerlos, y así no dar él ni una sola clase? El muy jeta se sentaba al fondo como un alumno más, nos dejaba explicar a nosotros las lecciones y no abría la boca con la excusa de que quería potenciar nuestro "espíritu crítico y democrático". Yo en esa época le habría potenciado el dolor de costillas.

Tuve otros profes muy buenos que también merecen un post, pero los que he citado eran consecuencia, sin más, de las políticas de enchufismo del colegio, donde lo que primaba era colocar por caridad cristiana (no hacia los alumnos, claro) al hermano tonto de una profesora, a un ex novicio inútil, al hijo del presidente de la APA que no se sacaba ni a la de tres la oposición de Magisterio, al recién licenciado (tras nueve años en la facultad) muy poco brillante pero entusiasta de los grupos cristianos, o al catequista rojo de parroquia roja que se vendía a los curas como un “joven comprometido”.

Lo mejor de mi colegio, sin duda, fueron los valores que los jesuitas, con su estilo singular, me inculcaron en muy distintas actividades y situaciones al margen de las aulas y las asignaturas, pero había demasiados profesores que dejaban mucho que desear. El centro, desde luego, no les debía a ellos su fama.


PD: Todos los nombres y apellidos han sido debidamente cambiados o retocados en estricto cumplimento de la Ley Orgánica de Protección de Datos de Carácter Personal. Si alguno se reconoce, seguro que se equivoca.

Sobre colegios privados, en La pluma viperina:

- Colegios, cuotas voluntarias y gorrillas (muy buenos los comentarios de Nago)
-20 cosas que aprendí de los jesuitas.

martes, 5 de febrero de 2013

EL JUEGO DE LA NAVECITA


Era uno de mis mejores amigos del cole cuando tenía 13 y 14 años. Nos sentábamos juntos en clase y nos pasábamos la hora haciendo el gamba, hasta que el profesor nos expulsaba al pasillo (ahora no se puede). Por hacer el tonto con él y no atender las explicaciones de don Manrique sobre la perspectiva caballera, me quedó el dibujo de 8º para septiembre, aunque también influyó que mis láminas, tras pasarlas a tinta, parecían un bebedero de patos. Los dos sufrimos el exhaustivo interrogatorio del Padre Pajas y luego nos lo contamos horrorizados, y juntos conocimos por primera vez los insondables secretos de la Obra. A él le echaban a menudo de las pláticas por irreverente.

Nos pasábamos el día zascandileando por las calles y caminando sin rumbo fijo. Quedábamos media hora antes de que empezaran las clases de la tarde para seguir (de lejos) a alguna pandilla de chicas de la Enseñanza, y les decíamos cosas o las lanzábamos globos llenos de agua en los días de calor. En su compañía perpetré mis primeros coqueteos, tan inocentes y, por supuesto, tan infructuosos. Íbamos al cine, pero solo de cuando en cuando porque valía 250 pesetas el día del espectador, y entrábamos a la sala provistos de una bolsa de jamones (nubes para algunos) y de Fresquitos de Fiesta. Pero donde nos pasábamos horas y horas era en mi casa, jugando en mi microordenador de 8 bits a ese viejo juego de Konami en el que una navecita va atravesando galaxias llenas de peligros y, al final de cada fase, ha de enfrentarse a una siniestra nave nodriza que lanza pepinos como si fuera gratis, la hija de puta. Jamás logramos pasar más allá de la cuarta fase.

Cuando se fue del cole, poco a poco dejamos de vernos. La última vez que quedamos fue hace casi 25 años.

Pero hace diez días me encontró en Facebook y me mandó un mensaje, “tenemos que quedar a tomar algo". El tío consiguió sorprenderme pero le dije que perfecto, que al siguiente jueves por la tarde a la hora que quisiera. Rebusqué entre mis viejas fotos escaneadas y le mandé por whatsapp la única que tenemos juntos, disfrazados en las fiestas del colegio en marzo de 1988. Entonces casi no se hacían fotos. Se alegró mucho de verla, aunque no caía de cuándo era ni reconocía a todos los que salían.

La cita del jueves fue algo parecido a montarnos en el coche de Regreso al futuro (que vimos juntos). Fue un dulce intercambio de flashbacks, y de imágenes, anécdotas y situaciones que dormían ya en muchos casos en el lecho del olvido. Habíamos quedado junto al Teatro Calderón y al verle venir intuí que era él por su sonrisa, pero no estaba seguro. Parecía otro. Aquellas gafas de pasta gruesa y de cristales de culo de garrafa que le imponían, de chaval, sus tropecientas dioptrías habían desaparecido merced a una operación. Tenía el pelo completamente blanco y unas vertiginosas entradas. Antes era un tirillas y ahora está fornido. Hasta que se plantó en mis narices y nos abrazamos, yo le miraba y le miraba pero no le reconocía.

Entre caña y caña, recordamos aquellos años y hubo momentos que nos retorcimos de risa. En una especie de competición para ver quién recordaba más cosas, nos atropellábamos hablando para contarnos muchas de las gilipolleces que hicimos en aquella época. Unas veces las recordábamos los dos, pero otras solo uno, y al otro, al oírlas, se le encendía una bombilla en el trastero de sus recuerdos, una bombilla maravillosa que nos hacía sentir como si volviéramos a tener 14 tacos. Cotilleamos un poco sobre nuestro trabajo, nuestra vida sentimental, nuestras familias, nuestros viajes; sobre lo que nos había deparado la vida imprevisible.

Teníamos en común tantos recuerdos… y sin embargo yo notaba con algo de tristeza que la persona con la que estaba compartiendo unos tragos era otra totalmente distinta a la de entonces. El paso de los años nos moldea (o nos esculpe) más de lo que quisiéramos. Aunque en algún instante… no sé. Hubo algunos momentos en que mirándole a los ojos sí logré ver al amiguete de mi preadolescencia y casi tuve la seguridad de que si le llego a proponer ir a tirar globos de agua a las colegialas de las Carmelitas, habría aceptado entusiasmado.

Al despedirnos quedamos en vernos más a menudo, en salir a comer un día, en llamar a otros compañeros... Cuando llegué a casa, le mandé por mail un emulador para Windows de mi antiguo ordenador y, por supuesto, el juego de la navecita para ver si nos lo pasábamos de una puñetera vez.

lunes, 22 de octubre de 2012

MÁS DE CIEN MENTIRAS


El viejo jesuita que nos daba latín en el colegio nos hacía leer en alto, por turnos, largos fragmentos de La Eneida. Muy a menudo, cuando cualquiera de nosotros recitaba a trompicones alterando el ritmo, la acentuación y la pronunciación originales de la obra de Virgilio, se llevaba a la sien la punta de los dedos, negaba nerviosamente con la cabeza y poniendo los ojos en blanco, estallaba al fin encalabrinado y su débil vocecilla nasal se transformaba en un bramido:

- ¡Calla, calla! ¡Me destrozas el verso! ¡Me lo destrozas!

Exactamente eso pensaba yo todo el rato el sábado por la noche durante la representación del musical Más de cien mentiras en el Teatro Rialto de Madrid: me destrozáis las canciones de Sabina, me las destrozáis, una por una.

Mi opinión debe tomarse con la precaución de que suelen desagradarme las versiones en general, pero lo cierto es que muy pocos de los 25 temas interpretados (entre ellos, Y sin embargo) se salvan de la quema. No se trata de que cualquier canción de Sabina me suene rara cantada con una voz que no sea cascada y aguardientosa, sino que los versionados me han parecido excesivamente libres, y para mí la patética interpretación de las canciones por parte sobre todo de Adrián Lastra, en su papel de El Tuli, deja por los suelos la obra del genio de Úbeda, que me choca que haya transigido con semejante tropelía. En algunas ocasiones las melodías se diluyen tanto que llegan a ser irreconocibles.

En cambio, del guión, la puesta en escena, la coreografía, las bailarinas macizas y el recitado de vibrantes poemas sabinescos no puede decirse nada malo. Se pasa un buen rato y ya está. Pero las canciones… ¡Dios nos coja confesados!

domingo, 21 de agosto de 2011

LA BUENA EDUCACIÓN


A simple vista podríamos dar por bueno que las normas de educación únicamente están pensadas para hacer más agradable y respetuosa la convivencia entre las personas, pero si reflexionamos un poco caeremos en la cuenta de que estas reglas de buena crianza también son en el fondo instrumentos de control social y de domesticación diseñados por los poderosos para garantizar la docilidad de los más débiles.

No se me entienda mal. No estoy negando la importancia de la cortesía y de las buenas maneras, que considero muy deseables, ni defendiendo la grosería como pauta de conducta para ser más libres, pero tampoco creo que debamos ser esclavos de la amabilidad en todas las circunstancias como nos han enseñado durante siglos con intención evidente.

“Tú, mejor cállate”, “no seas respondón”, “a gritos no se arreglan las cosas”, “la violencia no lleva a ninguna parte”, “no te metas en líos”, “para qué has estudiado en un colegio de monjas” y, sobre todo, “no te pongas a su nivel” han sido las consignas que generación tras generación nos han grabado en el coco para que nuestro prurito de ser los más educados nos haga estar quietos y en silencio mientras los poderosos o los caraduras nos dan por saco.

Una cosa es tratar bien a nuestros semejantes y esforzarnos por ser amables y serviciales, y otra bien distinta tragarnos por sistema los pisotones y las ordinarieces de los demás solo por el orgullo mal entendido de quedar como tíos educadísimos, de demostrar que nos han criado bien y que “no estamos a su nivel”.
Porque está muy claro que en la libre competencia entre apabulladores y corderitos, entre groseros y pacientes, entre brutos y finolis y entre voceras y silenciosos, suelen, por desgracia, tener las de ganar los primeros, de modo que nuestras buenas maneras tendremos que dosificarlas e incluso limitarlas atendiendo a la situación o al personaje con el que nos toque lidiar en cada momento si no queremos ir por la vida como unos pardillos a los que roban continuamente la merienda.

Con determinada gente no hay más remedio que adoptar su propio estilo rudo para que puedan enterarse de la conversación y llegar a respetar nuestros derechos, intereses o puntos de vista, ya que hay por ahí sujetos que la buena educación, las sonrisas y las palabras corteses las interpretan invariablemente como signos de debilidad o como una vía libre para abusar o imponer su criterio. Vamos, que no está hecha la miel para la boca del asno, y con un tipo zafio, cínico, impositivo y vociferante lo que procede es ser más bestia que él, si cabe, hasta que se vaya coscando de que sus modos cafres no nos intimidan nada en la defensa de nuestros intereses. Y si él o cualquiera que esté delante piensa que vaya desperdicio de dinero en un colegio de curas, mejor.

Por supuesto esta actitud de rebajarnos a la basura debe ser siempre fruto de la premeditación y no de la ira, y estar perfectamente dosificada y bajo control. Igualmente solo debemos incurrir en estos excesos cuando sea imprescindible para la defensa de nuestras posturas, derechos e intereses de cualquier tipo, pues en caso contrario, es decir cuando se trata de conversaciones absurdas que no llevan a ninguna parte, es preferible evitar sofocos y pasar del pollo en cuestión, rehusando cualquier contacto con él y con los de su calaña.

Pero no solo está permitido conculcar los códigos de buena crianza con chusmilla vulgar que por su comportamiento diríamos que han sido educados por un porquero. También es lícito hacerlo, con toda la energía necesaria, con la otra chusmilla: con los finolis, con los exquisitos, con los pijitos poderosos y achulados que con guante de seda pretenden hacernos cuando se les antoja un doloroso tacto rectal. Con la excusa de su posición y con el barniz de sus buenas palabras, este tipo de señoritingos nos puede estar haciendo la cama de forma tan fina como contundente, así que tampoco hay que cortarse, y si es preciso ponerse brutos o faltones para que salgan de su letargo de superioridad y nos dejen de hacer la santísima, pues nos ponemos y punto.

Ah, y cuidado los varones con esa obligación, marcada al fuego en nuestros genes, de ser delicados con las damas a toda costa. Las cosas han cambiado muchísimo y quedaríamos completamente desprotegidos si bajáramos la guardia con las féminas solo por su condición. La caballerosidad y la galantería, amigos, solo con aquellas que lo merezcan. Ahora las fieras de la selva también pueden ser hembras y de tontos sería concederles la mínima ventaja por una gentileza mal entendida de la que ellas saben aprovecharse tan bien.

Ya en nuestra buena familia y en el colegio nos enseñaron cómo ser unos gentlemen y unas señoras, así que aprendamos en la calle o en el trabajo cómo se comportan los bandidos para entendernos bien con ellos en caso de necesidad.

jueves, 16 de septiembre de 2010

SOY FEO DE COJONES


Nunca me había planteado seriamente si soy guapo o feo. Me parece una chorrada. Tengo bastante clarito que no soy ningún adonis, pero, joder, tampoco me parezco a El Fary chupando un limón. Uno tiene su cierto atractivo (digo yo…)

Lo malo es que desde hace aproximadamente un año, el tocapelotas profesional de Aprendiz de brujo, amigo desde el cole y comentarista habitual de este blog, no hace más que repetirme a todas horas, casi cada vez que hablamos, que yo tengo muchas virtudes y tal, que soy majo, que tengo talento, que se echa unas risas conmigo, patatín, patatán, pero que debo reconocer que soy feo. Muy feo. Feo con cojones. Y que lo soy desde niño.

Nunca he sido un tipo demasiado vanidoso (al menos en el plano físico), pero estas pullas tan repetidas acaban mellándole a uno el amor propio. A veces encima deja caer la gracia cuando estamos con otros excompañeros del cole, el muy cabrón. Un día ya me harté y le dije un poco serio:

- Vamos, no me jodas, no seré Brad Pitt, pero no dirás que en el colegio, en nuestro curso, no había tíos mucho más feos que
yo.

Aprendiz se quedó un rato pensativo y al final me soltó:

- Neri, se honrado. Medítalo bien y dime honestamente diez nombres de compañeros del colegio que fueran de verdad más
feos que tú.

Rápida y ansiosamente, como impulsados por un resorte, mi memoria comenzó a funcionar y mis labios a pronunciar nombres, uno detrás de otro.

- Hombre, pues Beltrán Durango, por ejemplo – . Era un niño gordete con los ojos un poco saltones.

- ¡Qué dices!, ¡qué dices! Beltrán a tu lado es un puto actor de Hollywood. No estoy nada de acuerdo.

- Pues… hombre, piensa en Turégano. Turégano era bastante menos agraciado que yo. –El susodicho
tenía los dientes podridos y calvicie prematura, aunque estaba cachillas.

- Tú estás bobo. ¿Hablamos del mismo Turégano? Si una vez le llamaron de modelo para publicidad de ropa de adolescentes. ¡Anda ya!

Yo ya andaba muy picado, así que le grité que se dejara de leches y enumerara él a los diez fulanos. Esto sucedió en abril y hasta ahora solo se le han ocurrido cinco. Dice que lo reflexiona a menudo y de cuando en cuando, cada mes y pico, me llama por teléfono todo ufano:

- ¡Otro, otro, se me ha ocurrido otro!

- A ver, ¿quién? ¿No será como el último, Molina Herrero, que no se ha comido una rosca desde COU por su cojera y su mandíbula torcida?

- No, no… Este es todavía más claro, alégrate. Se trata de Pérez Prieto, ¿le recuerdas? Él sí que era algo más feo que tú.

- ¡Pero serás hijo de puta! –y le cuelgo.

Pérez Prieto era apodado en clase “el neandertal” por su rostro simiesco, sus ojos hundidos y el vello oscuro que cubría todo su cuerpo.

Y a los otros tres que se le han ido ocurriendo estos meses, mejor ni describirlos. A uno de ellos, Porres, le llamaban “el calavera”; a otro, Salas Moza, le faltaban un burro y un quijote para parecerse a Sancho Panza, todo achaparrado él, con rostro bobalicón; y el último, apellidado Refuero, tenía y sigue teniendo tal cara de subnormal que consideré un insulto directo que me comparara con él.

Algún día me vengaré de Aprendiz de Brujo.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

EL PADRE PAJAS

Cuando estábamos en Séptimo, los compañeros del curso siguiente nos empezaron a acojonar:

- Verás el padre Pajas el año que viene qué interrogatorio te hace. ¡Vete preparándote, chaval!

Por entonces al padre Tobías, que era el espiri de Octavo, no le conocíamos más que de vista, porque las aulas de ese curso estaban situadas en otro edificio anejo al nuestro, en el caserón principal de nuestro viejo colegio.

Al año siguiente le conocimos bien. Era un jesuita bajito de sesenta y muchos tacos, con una gran calvorota flanqueada por unos restos dignos de pelo canoso y por una mancha oscura en la piel. Llevaba unas gafas de pasta gruesa, de esas que se oscurecen con el sol, y era el único cura del cole que vestía a diario chaqueta y corbata (azul marino riguroso)

El padre Pajas nos parecía un señor activo, sonriente y vivaracho que se desplazaba por los pasillos a toda velocidad deteniéndose de vez en cuando a saludar a algún chico con una colleja cariñosa o un achuchón en el hombro. No daba clase de nada (sólo tutorías) y tenía su despacho al principio del pasillo del curso.

Le encantaba hacer fotos en todos los eventos del centro, desde fiestas colegiales y comuniones hasta representaciones teatrales o verbenas. Era el fotógrafo oficial, por así decirlo, y se pasaba la vida con la cámara en ristre abordando a grupos de chavales junto al Jardín, o en el Patio de las Columnas, o a la puerta del salón de actos, para inmortalizar caras, promociones, recuerdos…

Una de sus peculiaridades más divertidas era que siempre llevaba un libro en la mano, el que estuviera leyendo en ese momento, y en todas las Eucaristías de la capilla pequeña se ponía detrás a confesar, en unas sillas, y colocaba el libro de modo que tapara su cabeza y la del alumno penitente, evitando con tan sabia medida que algún curioso pudiera leerles los labios y descubrir pecados ajenos.

- Me acuso de que contesto a mi madre, dejo todos los deberes para el domingo y en el patio me meto con un compañero...

- ¿Sí?, vaya, vaya, vaya –tenía una vocecilla como para doblar a un personaje del Señor de los Anillos- . Hay que ser obediente y esforzarnos, esforzarnos lo que podamos por mejorar en esas cosillas, ¿verdad? – Y entornando sus ojos miopes, preguntaba:- ¿Y de pureza qué tal andamos? Ya tenéis una edad...

El tema sexual le preocupaba mucho al espiri. En sus tutorías una vez nos puso unas filminas muy cutres de los años 70 en las que salía mucha gente en pelotas.

- El cuerpo, chicos, es una cosa bella, sana, incluso el desnudo… Pero es un templo, un templo de Dios, ¿verdad?, y no podemos darle un mal uso, un uso que ofenda a Dios.

A partir de octubre, comenzó a llamar a todos los del curso, uno por uno, a su despacho. Cada mañana mandaba sacar a cuatro o cinco del aula donde estuvieran.

- Chamorro, sal un momento, majo, que vas a ver al padre Tobías.

Y según salía por el pasillo de clase, los que ya habían pasado por el despacho del cura, le guiñaban el ojo a Chamorro y le daban palmetazos en la espalda.

- ¡Vas a salir hecho un hombre!

El páter te recibía con una gran sonrisa y te hacía sentar. El despacho era típicamente jesuítico. Libros hasta el techo, cristos de artesanía en la pared, recuerdos de las misiones, carteles de pascuas y una foto bien grande de la Virgen del Colegio.

- Bueno, bueno, bueno, pues aquí tenemos a este chico tan majete, a ver si nos conocemos un poco más tú y yo. Porque las referencias, extraordinarias, oye. Que me han hablado muy bien de ti tus profesores; me han dicho que eres un fenómeno.

Luego te preguntaba si estabas a gusto, a qué se dedicaba tu padre, qué te gustaría ser de mayor, qué deportes preferías y quiénes eran tus amigos de clase. Y lo apuntaba todo el muy jodío en una libreta del año catapún.

Cuando te habías confiado y andabas ya un poco suelto hablándole de fútbol o de que te encantaría ser periodista deportivo, sacaba un libro viejísimo de anatomía que tenía guardado en un armario y te lo abría en las narices por la página del sistema reproductor.

- Bueno, te voy a mostrar unas láminas muy instructivas porque ya tenéis una edad que, bueno, tú empezarás a hacerte preguntas, a tener tus curiosidades, ¿verdad?

Mientras hablaba, te iba señalando las fotos y dibujos de las partes pudendas masculinas y femeninas: que si esto es el pene, que si esto el glande, que si esto el prepucio…


- El prepucio, hijo, es muy importante que lo echéis para atrás cuando os bañáis o ducháis, por higiene, ¿verdad?. Porque se acumula mucho la suciedad y puede haber infecciones.

Luego le tocaba el turno al cuerpo de las tías, al desarrollo mamario, a los labios mayores y menores, a la vagina y al himen, que podía romperse con deportes vigorosos o montando a caballo o en biclicleta. A estas alturas uno no sabía si reír o llorar.

- Bueno, bueno, y todas estas partes de la máquina tan perfecta que es el cuerpo humano cuando cobran su dimensión más valiosa es en el contacto del hombre con la mujer, cuando se dan el uno al otro con amor, en el seno del matrimonio. –Te miraba fijamente: - ¿sabes a qué me refiero?

- Sí, padre Tobías, a hacer el amor- querías dejar claro que no eras bobo.

- Bien, bien, bien… Claro que, bueno, tú sabrás que al placer de ese contacto, que Dios ha permitido para incentivar esa unión, también puede llegar uno solo, egoístamente, a través de atajos, o sea frotando el pene mucho rato seguido, ¿verdad?, con la mano, hasta que, bueno, se produce el placer que está destinado para otra cosa… Es lo que vosotros llamáis pajas, ¿sabes?

- Ya – tragabas saliva y pensabas “tierra, trágame”.

- Vosotros ya estáis en unas edades que, bueno, es natural que se dén estas cosas, siempre con medida y hasta una edad razonable, qué sé yo, los 17 años como mucho, ¿verdad?, porque luego ya más tarde es una cosa muy obsesiva, enfermiza… Además te diré, porque lo han estudiado los médicos, que si se llega a abusar, se acaba notando mucho… Tú ves a un chaval que abusa y… se lo notas, se lo notas en la expresión de la cara. Porque se hunden las mejillas, se quedan los ojos vidriosos, como de tonto, y cambia hasta el tono de la piel. Y luego las energías… Se quedan sin fuerzas para estudiar, para los deportes…¡Un desperdicio de energías!

En aquellos momentos tú no sabías si mirarle fijamente o humillar la cabeza como un toro en el descabello, no te fuera a notar los ojos vidriosos o la piel de color aceitunado y sospechara que le dabas al manubrio.

- Y tú te preguntarás si hacer eso es pecado, ¿verdad?

- Pues es que no sé…

Y es entonces cuando el Padre Tobías te soltaba la chaqueta más famosa de todo el colegio, esa de la que nos seguimos choteando cada vez que nos juntamos un grupillo de compañeros.

- Yo, hijo, aquí te voy a poner un ejemplo que me lo vas a entender muy bien. Tú imagínate una tarde calurosísima de junio que estás dos horas jugando al frontón –los jesuitas siempre ponen muchos ejemplos de deportes- . Pues, eso, acabas extenuado, sudando y muerto de sed, ¿verdad? Y vienes al despacho con la lengua fuera y me dices: padre Tobías, estoy que me muero de sed. Y yo entonces saco una jarra grande de agua fresca, con hielos, la pongo encima de la mesa y te digo: aquí te dejo esta jarra, hijo, pero voy a salir y no quiero que bebas hasta que vuelva en un par de horas… Entonces, si cuando regreso tú has bebido de la jarra, ¿qué pasa?, ¿has hecho mal?, ¿te puedo reprochar algo? Pues en ese estado, majo, se podría llegar a comprender…

Pero este alarde de comprensión no era más que una astuta jugarreta de despiste, una trampa para engatusar. Porque justo después te preguntaba a bocajarro:

- Bueno y tú, ¿cuántas veces lo haces a la semana, más o menos?

Completamente pálido, te tocaba hacer cálculos a toda velocidad para dar una cifra que no sonara muy depravada pero que tampoco fuera demasiado baja, porque ya te habían dejado claro que eso se notaba en el careto y no era plan de tomar al padre Tobías por gilipollas.

sábado, 19 de septiembre de 2009

HISTORIAS DE «EL PATA» (IV).

Como buen aficionado, El Pata inundaba de teatralidad cada acto de su vida; sobre todo si contaba con un público que se veía obligado a aguantar cuatro representaciones semanalas de lo que con trece o catorce años era un drama y, con diecisiete, una comedia absurda.

Tuve suerte y sólo hube de soportarle durante el COU, y
a espabilado y con las suficientes tablas para no amilanarme ante sus actuaciones. Aun así, las anécdotas que he vivido y conocido por otras personas son interminables.

Su comportamiento con las chicas, en la actualidad, le habría llevado derechito al cadalso. Eso sin contar el día que, de excursión en Londres con unos alumnos, se perdió y, ante el ataque de histeria de su sobrina, reaccionó administrándole un tranquilizante consistente en un bofetón y un par menos de dientes. Nada sorprendente, teniendo en cuenta que gracietas tan poco sutiles y expresadas a pleno pulmón como «Señorita, cuando hable conmigo quite sus pechos de encima de mi mesa que no me dejan escribir» eran el pan nuestro de cada día.

Pero no se conformaba con eso. Era común escuchar cosas similares a «Señorita, quítese la camisa y límpieme la mesa» -sobra decir que la chica no lo hacía-; «Señorita Pepita, no mire con esa cara al señor Núñez. ¡Resérvela para cuando estén encamados!» o, tras fustigar con decenas de preguntas a una adolescente de buen ver, que además sabía más inglés que él, espetar «En esta clase hay señoritas que no sólo son muy buenas sino que también lo están» entre las risas estruendosas de los serviles gregarios y el enrojecimiento de la chiquilla en cuestión.

Recuerdo que, en ese mismo momento, yo ocupaba el puesto de «
secretario» y me le quedé mirando a los ojos sin sonreír. A continuación saltó: «En esta clase hay algún señor que debe ser del Opus Dei porque me echa unas miradas...».

No fue la única vez que hizo algún comentario similar cada vez que se daba cuenta de que no reía sus chistecillos. Incluso creo que sospechaba que era yo quien pintaba en la pizarra, justo antes de su entrada, algún que otro símbolo provocativo (víctores, yugos y flechas ...) con el objetivo de que ordenara a alguno
«Borrar ese símbolo franquista de la pizarra». Me alegro de no haberle caído nunca bien, incluso cuando se despidió de mí a finales de mayo pronosticándome públicamente un 1 en el examen de Inglés de la Selectividad.


Al final aprobé raspado y me quedé con los ganas de darle con la nota en las narices. Tuve mis motivos para no hacerlo pero ahora, catorce años después, cuando le veo ya jubilado pasar por la calle -debe vivir cerca mi casa- me quedo con las ganas de pararle y cantarle las cuarenta. Aunque me imagino su reacción.

domingo, 13 de septiembre de 2009

HISTORIAS DE «EL PATA» (III).

La mayor afición de El Pata, además de machacar a los alumnos para alimentar su enfermizo ego, era el teatro. Tanto amaba las artes escénicas que casi todo su tiempo libre lo dedicaba a la dirección de su propio grupo de aficionados. Recorría toda la provincia, e incluso hacía incursiones por el resto de Castilla, representado obras de corte muy diverso: desde teatro clásico hasta obras de Alfonso Paso o, antes de que estuvieran tan de moda como actualmente, musicales. Con la dificultad que supone para un grupo modesto añadir a su repertorio canciones interpretadas por ellos mismos aunque fuera, como hacían en ocasiones, en autoplayback. Hay que reconocer que se le daba bien. En el colegio representaron obras como Los ladrones somos gente honrada y Cinco minutos nada menos y fue desternillante. Me encantó.


Utilizando su posición de poder y su estarfalario sentido de la ética, reclutaba miembros de su compañía en el aula. Al comenzar el curso en primero de BUP siempre pedía voluntarios y, claro, no había demasiados chavalines en sus cabales que estuvieran dispuestos a pasar más tiempo del estrictamente necesario en compañía de semejante tipo. Por tanto, para completar el minúsculo grupo que conseguía en un primer intento -los menos por afición y los más, sencillamente, por peloteo-, recultaba a otros, obligándoles porque sí a presentarse el sábado en el salón de actos del colegio. La mayoría de estos galeotes se resignaba a una condena de cuatro o más años y el resto buscaba excusas como la asistencia a catequesis o entrenamientos a través del preceptivo justificante que El Pata no siempre aceptaba. Eso sí, siempre existía alguno más espabilado que, en las pruebas escénicas a que les sometían (cantar, recitar una poesía, bailar...) lo hacía lo peor posible o, incluso, rompía alguna cosa, no fuera a ser que le designara como técnico de algo o mozo de carga.

De esta forma, en cada clase tenía uno o más siervos teatrales, aunque a alguno siguiera sin conocerle por su verdadero nombre, y no dudaba en
usar los periodos lectivos para ultimar los planes que tenía en mente para su troupe.

De hecho, tras completar la lista de ausentes en clase, solía continuar con un «En lo referente a la cuestión dramática, recuerdo a los señores interesados que...». Y a continuación lo que tuviera en mente.


En otras ocasiones, y aunque sólo faltaran dos meses para la Selectividad, nos obligaba a aprendernos canciones en inglés de musicales como Los miserables o El violinista en el tejado para después preguntarlas de memoria en el examen o, mejor aún, obligar al que mejores notas tuviera a cantarlas en clase con interpretación incluida.

Cuando la actuación de la víctima de turno no le satisfacía, sin pensárselo dos veces pasaba a ilustrarle
histriónicamente cómo debía hacerlo. Para ello, incluso se sentaba en una mesa mientras daba taconazos con las dos piernas -buena y mala- en el pupitre adjunto en una improvisada clase de baile teatral.

El antiguo director,
también profesor de inglés y conocido como El Masca -dejo a los lectores adivinar el por qué- era un fraile muy estricto que cuando tenía tiempo libre se paseba por los pasillos para comprobar que se mantenía el orden y, cuando no era así, sacaba del aula sin titubear al profesor responsable para reprenderlo y, después, a los alumnos. En ocasiones llegó a despedir a algún profesor a mitad de curso.

Un día, El Masca, abrió súbitamente la puerta del aula y sorprendió a El Pata en plena sesión de estruendoso zapateo. Se puso blanco y sólo acertó a decir:

-¡Ah! Eres tú.

Cerró la puerta y se marchó sin más. El Pata y él no se dirigían la palabra y, sin embargo, El Masca nunca se atrevió a meterle en vereda ni descargó su cólera contra él. Siempre me he preguntado por qué ningún director se decidió a apretarle las tuercas.

martes, 8 de septiembre de 2009

HISTORIAS DE «EL PATA» (II).

Por suerte, El Pata no me dio clase hasta COU y con dieciséis o diecisiete años no eres un niño impresionable que se asusta con las ridículas manías de un pobre hombre. Pero me pongo en el lugar de un chiquillo desconcertado en un nuevo colegio a catorce de septiembre. Y entiendo perfectamente que alguno regresara a casa llorando el primer día de clase.

Entra un hombre medio calvo y de amorfa figura cargado con un pesado y roñoso maletín. Avanza por el pasillo a toda velocidad. Viste de paisano, a pesar de seguir siendo sacerdote, más andrajosa que humildemente. Incluso desprende cierto olor a rancio y a higiene limitada. Sus viejas y mohosas gafas se mueven ligeramente al compás que marca una acentuada cojera -de ahí su mote- en la pierna izquierda; misma mano con la que carga el maletín. Sin variar su ritmo de unos 80 ó 90 renqueantes pasos por minuto, se aproxima a la mesa del profesor y suelta su maletín dando un sonoro golpetazo. Se sienta; saca un hoja -en alguna ocasión llegó a extraer un taladro o, incluso, un zapato femenino de tacón- y dice con voz chillona, remarcando las erres, las sílabas y los acentos:

- First course, B. ¿Anybody in?

Éste era el escopetazo de salida para una hora exacta -en el colegio las sesiones duraban sesenta minutos- de absurdos y teatralizados protocolos que intentaban convertir, sin conseguirlo, una retahíla de extravagancias e improvisaciones en algo metódico y serio.

A continuación, todos aquellos que estuvieran sentados inmediatamente detrás de un pupitre vacío tenían que levantar la mano y, secuencialmente, indicar los apellidos y el nombre de la persona que faltaba. Después, los que hubieran estado ausentes en los días anteriores debían dirigirse ante El Pata y colocar el justificante correspondiente, sostenido por las esquinas superiores con dos dedos de cada mano, a aproximadamente medio metro de sus ojos. Si algún osado no seguía el protocolo a la perfección, El Pata daba un guantazo al papelito con el objetivo de lanzarlo lo más lejos que fuera posible. ¡Ah! Y pobre de aquel que al levantarse de su sitio hubiera hecho el más mínimo ruido con la mesa o la silla: tendría, como medida correctora, que levantarse de la mesa sin hacer ruido cinco o diez veces seguidas. Algo un poco difícil teniendo en cuenta que, en algunas clases, había más de cuarenta alumnos en un espacio pensado para un máximo de treinta y pocos diminutos pupitres, demasiado pequeños para los cuerpos de bastantes adolescentes.

A renglón seguido, encargaba algún trabajo a su «secretario», el desdichado alumno que estuviera sentado en la primera mesa del aula junto al profesor. El trabajo podía consistir en sacar unas fotocopias o recordarle el nombre de varios alumnos a los que quisiera fastidiar.


Lo que sucediera a continuación era imprevisible. Lo mismo podía preguntar a cualquiera alguna de las reglas mnemotécnicas por él inventadas, independientemente de que alguna vez te hubiera dado clase o que fuera el primer día de curso. Por cierto, el inexistente temario era idéntico en primero de BUP y en COU.

-A ver, señor Núñez, dígame el «DetOpDi».

-Es que yo no me llamo Núñez. Soy Pedro Rodríguez.

-Pues eso, señor Núñez, dígame el
«DetOpDi»-. El chico ya sabía que el resto de sus días en el colegio, para El Pata, se llamaría Núñez. ¿Todavía me pregunto cómo pondría las notas?

Y el pobre desdichado, sabiendo que de poco serviría insistir en su verdadero nombre, comenzaba el recital:

-Ummmm. Det-Op-Di-Ag-Sha-Co-Or-Ma-Pur, es una regla mnemoténica inventada por «Gerry»- a El Pata le gustaba hablar de sí mismo en tercera persona y llamarse Gerry en clase de Inglés -para recordar el orden de los adjetivos en una frase: determinant, opinion, dimension, age, shape, color, origin, material, pupurse.


Y así, te podía preguntar decenas de normas parecidas -los verbos de la Z, el cruzado mágico... - que siempre servirían para muy poco.

Igualmente se le podía ocurrir comenzar a gesticular histriónicamente con las manos y hacer aspavientos diversos de forma absurda con la intención de que le dijeras qué preposición era la descrita. Casi todos respondíamos algo al azar.

Otra cosa que le gustaba hacer era pasearse por la clase mientras hablaba de vaya usted a saber qué -una clase nunca enlazaba con la del día anterior y no se seguía una programación, un libro o un temario- y, si veía una mochila que ligeramente le estorbara, liarse a patadas con ella, tanto con la pierna buena como con la mala. Algún día, llegaba a sacar alguna mochila del aula y no dejaba de darle patadas hasta que la arrojaba por la escalera.

Fue imposible quitarle esa costumbre. Ni siquiera, como hizo una vez un chaval, colocando un par de ladrillos en su interior.

lunes, 7 de septiembre de 2009

HISTORIAS DE «EL PATA» (I)

Existen profesores y maestros que pasan por nuestras vidas sin dejar pena o gloria alguna. De algunos siempre guardaré un recuerdo tan imborrable como ejemplarizante; a otros los recordaré con cierto desdén y son muy pocos a los que retendré en la memoria con una marca de difícil descripción, puesto que su extravagancia diluyó todo acento de odio o cariño. Algo extremadamente complicado cuando una persona ha tenido tanto poder sobre tu entonces corta vida.

«El Pata» llegó de rebote al colegio unos cuantos años antes que yo. Los frailes habían contratado, para los primeros cursos del BUP, una profesora de Inglés jovencita e incauta. Una de esas almas cándidas que debía pensar que los chavalines de catorce años también querían ser sus amigos y que cometió la torpeza de no entrar, el primer día de clase, con el tricornio puesto. Es muy común entre los machitos adolescentes huir despavoridos cuando cruzan en solitario la acera de un colegio de monjas a la hora de la salida pero, claro, cuando están en grupo, si de demostrar chulería se trata, no dudan en silbar a una profesora veinteañera. Hasta tal punto llegaron las cosas que, justo antes de las vacaciones de Navidad, cuando leyó en clase las notas de la primera evaluación, un niño cruel y pijo de esos que abundan en los colegios de frailes, mostró a la profesora su desacuerdo con las calificaciones obtenidas mediante un arrebato de furia mal fingida que rubricó con un sonoro «¡Puta!». La incauta docente salió a llorar desconsolada al pasillo y, en respuesta, los curas, en lugar de expulsar al chulito y dar un buen escarmiento a sus compañeros, regalaron a la chica, como aguinaldo, un sonoro despido.

Aprendida la lección, decidieron contratar como sustituto a un antiguo salesiano que en ese momento ejercía de capellán en la prisión provincial. Numerosos y difusos rumores circulaban sobre las razones por las que «Jerjes», mote por el que fuera conocido en sus primeros años de docencia, había abandonado su puesto como profesor de Geografía en la familia de Don Bosco. Tampoco estaba claro por qué había estudiado, tras dejar la orden salesiana pero no el ministerio sacerdotal, Filología Inglesa, buscado amparo en una diócesis de corte tradicional y residencia en un modesto piso junto a su extraña sobrina -aunque en los cotilleos provincianos negaban que entre ellos existiera lazo familiar alguno- y Connie, su perro salchicha.

Supongo que el impresentable aquél, que ya debe andar muy entrado en la cuarentena y que causó en última instancia la llegada del nuevo teacher, se arrepentiría el primer día de vuelta de las vacaciones de Navidad de tan cobarde acción.

jueves, 3 de septiembre de 2009

20 COSAS QUE APRENDÍ DE LOS JESUITAS

1- Que todo lo que hacemos en la vida debería estar enfocado a servir a los demás y en especial a los más necesitados.

2- La importancia de la justicia social.

3- Que la austeridad no depende tanto de los bienes que se tengan como del uso que se les dé.

4- Que una persona con mucha formación y preparación puede hacer más por la sociedad que alguien sin ella.

5-
Que la culpa de que haya pobres es siempre de los ricos.

6- Que Jesucristo es Amor por encima de todo y que su Misericordia es infinita.

7- Que lo de dentro tiene más importancia que las formas.

8- Que quien no sufre y se sacrifica, no consigue nada importante.

9- Que la oración es algo muy personal, nuestra forma íntima de relacionarnos con Dios.

10- Que la Eucaristía es el eje de la vida cristiana.

11- Que un sacerdote es un hombre y debe estar plenamente integrado en la sociedad y en su entorno.

12- Que la motivación es fundamental para estudiar y trabajar. Hay que motivar a la gente para sacar lo mejor de ella.

13- Que los “grupos cristianos” juveniles están pensados para captar chavales para el Noviciado, pero si no cuela, también vale para que salgan noviazgos como Dios manda.

14- Que la naturaleza y la montaña son lugares idóneos para comunicarse con Dios.

15- Que ser bueno no significa ser gilipollas.

16- Que sin las necesidades materiales mínimas cubiertas es difícil tener inquietudes espirituales.

17- Que gracias a la Compañía de Jesús, la Fe cristiana ha llegado a los rincones más remotos de la Tierra, y la dignidad y la libertad humana han sido defendidas durante siglos frente a los abusos de los poderosos.

18- Que se puede llegar al mismo destino por caminos muy diferentes.

19- Que la lectura es una de las cosas más importantes para todo.

20- Que la Fe se vive con autenticidad cuando eres consciente de que Dios está en cada persona de las que nos rodean.