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miércoles, 11 de marzo de 2015

LOS COMPLEJOS DE MARGALLO



En el marco de una visita de trabajo de varios días a la antigua Unión Soviética, el Ministro de Asuntos Exteriores José Manuel García-Margallo rindió homenaje el domingo pasado a los españoles caídos que lucharon contra Alemania en la Segunda Guerra Mundial, depositando una corona de flores en el monumento erigido a estos combatientes en el Parque de la Victoria de Moscú. Ni que decir tiene que el sobrino nieto del capitán García-Margallo, héroe de la Guerra del Rif y del que por cierto no ha heredado ni la testiculina ni el ardor patriótico, ni siquiera barajó la posibilidad de incluir en su agenda de viaje una breve visita a alguno de los cementerios militares donde reposan los restos de muchos de los 5.000 valientes que cayeron plantando cara al comunismo en la División Azul, en la Legión Azul y, una vez disueltas estas, en distintas unidades de la Wehrmacht.

Ciertamente sería como pedir peras al olmo pretender que este pepero de mañas lacayunas que en 2012 expulsó de España al embajador del presidente sirio Al Asad, reconociera el valor y el sacrificio de los jóvenes idealistas que entre 1941 y 1943 se alistaron en la 250ª División para frenar la tiranía materialista y atea que amenazaba Europa, y en defensa de la verdadera libertad de los pueblos y de un nuevo orden económico anticapitalista y solidario. Pero lo que clama al cielo, lo que no puede aceptarse de ninguna manera, es que se avenga a honrar en exclusiva a los soldados españoles que combatieron en el lado soviético. 

Aunque mi opinión sobre mis "compatriotas" que desertaron de la División para pasarse a los ruskis no puede ser más negativa, habría aceptado de más o menos buen grado que el Ministro de Exteriores dedicara unas palabras de recuerdo a “todos los españoles caídos en Rusia durante la Segunda Guerra Mundial”, sin más especificaciones. Lo que me avergüenza y me parece indignante es que se rinda honores a los muertos de un solo bando, obviando la más mínima mención a los del contrario, que encima son muchísimos más.

Yo estaría dispuesto a pasar por alto que los españoles que sucumbieron en la estepa enrolados en el Ejército Rojo fueron unos traidores que odiaban a su patria, unos marxistas execrables que tras sembrar el odio en nuestro país, provocar el baño de sangre más trágico de nuestra historia y protagonizar una auténtica orgía de crímenes, huyeron como conejos al terminar la guerra para librarse de la justicia y volver a empuñar las armas al otro lado de los Urales en nombre de un régimen político basado en el despotismo, el rencor y la impiedad. No me importaría mirar para otro lado, como ya hizo en 1954 el General Agustín Muñoz Grandes, quien, en su discurso de bienvenida al último contingente de divisionarios y de desertores que regresaba de Rusia, declaró que “el Gobierno no establece diferencia alguna entre los miembros de la División Azul y los demás españoles que con ellos vuelven después de haber luchado en el campo contrario. Sean bienvenidos todos ellos”. Pero naturalmente un servidor tragaría siempre y cuando el Ministro hubiera recordado, también sin distinción, a todos los fenecidos en el campo de batalla, y no solo, como hizo el domingo, a los que más conviene a su imagen y a sus intereses. Claro que comparar a Muñoz Grandes con este moñas es como equiparar a Dios con un botijo.

A Margallo los guripas caídos se la traen floja
De verdad que me cuesta entender por qué se tiene tanto miedo a mencionar, aunque sea de pasada, a los voluntarios de la Galubaya Divisia. Es cierto que esta unidad militar estaba plenamente integrada en el Heer y por lo tanto operaba al servicio del Tercer Reich, hoy condenado al ostracismo histórico y político sin margen para el menor matiz. Pero también lo es que su juramento de “absoluta obediencia” al Führer se limitaba a “la lucha contra el comunismo”, objetivo por cierto compartido por todas las potencias occidentales a partir de 1945. Tampoco tiene ningún sentido considerar nazis a los divisionarios españoles, y menos en el sentido que se da hoy a este denostado término, ya sinónimo de maldad suprema, dictadura terrorífica y exterminio de judíos. Ni un solo voluntario en 1941 tenía la menor idea de los hoy tan difundidos excesos de Hitler ni se imaginaba lo que iba a suceder en poco tiempo en los campos de concentración alemanes. Estas cosas tan horribles no suelen conocerse hasta que pasan unos años, a veces muchos. Seguro que el franquismo no habría conseguido reclutar a 50.000 muchachos si hubieran sido de dominio público las atrocidades del ejército teutón, igual que imagino que los jóvenes norteamericanos se habrían resistido a participar en la guerra de haber conocido los horribles crímenes sexuales cometidos por sus fuerzas armadas que han salido a la luz hace pocos días.

Lo que pasa es que con políticos de la mediocridad y del partido de García-Margallo tampoco hay que llevarse demasiado las manos a la cabeza ante gestos tan mezquinos y tan antiespañoles. Todavía me sonrojo al recordar al Gobierno de José María Aznar votando en 2001 en el Congreso de los Diputados a favor de la “rehabilitación total de los guerrilleros antifranquistas”, es decir de los grupos terroristas de extrema izquierda popularmente conocidos como "maquis" que entre 1939 y 1952 causaron más víctimas que ETA en las zonas rurales de toda España. (834 secuestros, 538 sabotajes, 5.963 atracos y 953 asesinatos).

domingo, 21 de diciembre de 2014

ME HALLARÁ LA MUERTE (por Teutates)


Esta novela del autor vizcaíno Juan Manuel de Prada, ganador del Premio Planeta en el 97 por La tempestad, se podría catalogar, si no como una obra maestra, al menos sí, como una gran obra narrativa. Hacía tiempo que no leía una historia tan completa. La calidad literaria y estructural de este libro es espléndida. Introduce muchísimos vocablos, que aunque puedan parecer de otro tiempo, podrían perfectamente recuperarse para nuestro lenguaje actual. Además, es una novela que engancha de principio a fin, una vez que comienzas a leer, es imposible parar. 

Narra la historia de Antonio Expósito, un pilluelo madrileño de la época de la Guerra Civil, con ciertos valores y remilgos, al que la vida le va llevando poco a poco a vaciar por completo su alma. En ese tránsito, va a hacerse divisionario y va a luchar en el frente ruso en la II Guerra Mundial, va a estar preso en diversos Gulag y a su regreso a España va a usurpar la identidad de uno de sus compañeros de cautiverio, convirtiéndose en un rico estraperlista en busca de la recuperación de su alma. 

Una de las más férreas cualidades de Antonio Expósito será la de hundir la vida de todos los que le rodean, siempre por sacar beneficio en su desgraciada vida o para salvar el culo en los avatares en los que se ve implicado, que a lo largo de la novela son muchos y variopintos. 

Una narración llena de imaginación y originalidad en la que el autor consigue con mucho éxito y acierto describir, por un lado la vida en los Gulag y las maldades del régimen staliniano, por otro, el diverso trato y respeto con los que se trató a los divisionarios en función de por dónde le pegaba el aire al régimen de Franco y por último, la relajada y libertina sociedad que dentro del supuesto régimen ultraconservador de la dictadura Franquista se desarrollaba en los más bajos fondos de la época. Tampoco se olvida de hacer una sibilina referencia a la evolución de la Falange: desde la de los valores y el compromiso joseantoniana, hasta la chulesca, pelotera, prepotente y sin escrúpulos de la Dictadura del Generalísimo. 

En resumen una novela, que puede brillar con luz propia en el elenco de títulos patrios actuales. Creo que merece muy mucho la pena su lectura.

viernes, 22 de agosto de 2014

SILENCIO EN LA NIEVE



Aunque parezca increíble, antes de Silencio en la nieve solo se habían rodado tres películas en España abordando, y casi siempre de pasada, el tema de la División Azul: La patrulla (1954), Embajadores en el Infierno (1956) e Ispansi (2011). Por lo que se ve, recordar este episodio de nuestra historia reciente ha resultado incómodo tanto al franquismo, empeñado en renegar de las potencias del Eje tras el desenlace de la Segunda Guerra Mundial, como a los cineastas de la democracia, a los que se les ponen los pelos de punta solo de oír hablar de nuestra gran gesta anticomunista. Por eso hay que agradecer a Gerardo Herrero su valentía de adaptar al cine una novela de Ignacio del Valle íntegramente ambientada en el Frente del Este y protagonizada por guripas. 

Silencio en la nieve (2011), que pude ver por fin ayer, es una película policíaca contextualizada en la 250ª División de Voluntarios Españoles. Una unidad de divisionarios descubre congelado en la nieve el cadáver de un compañero asesinado, con un enigmático mensaje escrito a navaja en el pecho: “Mira que te mira Dios”. El mando decide encomendar la investigación del crimen a un joven soldado inspector de policía en la vida civil y a un desencantado sargento. Cuanto más indaga esta pareja de improvisados sabuesos en el entorno de la víctima y en su correspondencia, peor color y olor va teniendo todo el asunto: comunistas y masones infiltrados en la División, un capellán que oculta algo, un fotógrafo incansable y unas partidas clandestinas de violeta (ruleta rusa).

Este filme, de obligado visionado para los entusiastas de la Galubaya Divisia, atesora grandes virtudes unidas a defectos insalvables. 

Lo más interesante es la ambientación (muy cuidada y con mínimos errores), la interpretación de los actores protagonistas Juan Diego Botto y Carmelo Gómez, y las diversas cuestiones históricas que se tocan de forma tangencial, como los infiltrados republicanos, la cara más siniestra de la masonería, las tensiones entre la Falange y el Ejército y la humanidad de los voluntarios españoles con la población civil.

Defectos muy graves de la cinta son su pésimo ritmo narrativo (que destroza todo el conjunto), el romance de fondo que no viene a cuento más que para aderezar la historia con unas escenitas picantes, la artificialidad de gran parte de los diálogos y la lamentable utilización de efectos digitales en la batalla final. Ya me ha pasado varias veces estarme gustando una serie o una película y, de repente, caérseme el alma a los pies por el empeño del director en meter un plano general de larga duración del campo de batalla utilizando recursos informáticos de forma decididamente cutre como es sin duda el caso de Silencio en la nieve. 

De todas formas no debemos olvidar que no se trata de una película sobre la División 250, sino de un simple relato policíaco con un importante esfuerzo de ambientación. Gerardo Herrero hace un trabajo solvente en lo formal pero se enreda con el guión y termina aburriendo un poco. Como director "de su tiempo", también "se ve obligado" a caer en ciertos clichés sobre la Segunda Guerra Mundial y el nazismo, pero es todo bastante soportable y la tropa de la División (otra cosa son los altos mandos) no sale mal parada en absoluto.

martes, 10 de abril de 2012

HISTORIAS DE ESPAÑA VIEJA (XXII): LOS DESERTORES DE LA DIVISIÓN AZUL


Bravos "guripas" de la División 250 en 1941
Al principio, nada más terminar la Guerra Civil, muchos comunistas más o menos significados durante la República se quedaron en España a la expectativa, bien por la tozudez de no abandonar su lugar de nacimiento o bien confiando en la promesa del Caudillo de que quienes tuvieran las manos limpias de sangre nada tenían que temer. El caso es que en poco tiempo, y sobre todo tras la promulgación en 1940 de la Ley para la represión de la masonería y el comunismo, esta gente empezó a inquietarse un poco y a notar que no se sentían como en casa. Decían ser interrogados y molestados a menudo por la policía o la Guardia Civil, que se les vigilaba o acosaba, que a algunos de los suyos los encarcelaban y les sometían a juicios sumarísimos con sentencias duras, y, en fin, que al final  bastantes marxistas decidieron voluntaria y sabiamente largarse por si acaso, porque siempre es mejor prevenir que curar y porque ellos notaban que aquí se les miraba raro.

Bastantes de estos rojos abandonaron la Península de tapadillo, cruzando a Francia por los Pirineos o embarcando clandestinamente en algún puerto del norte, pero unos pocos, los más fanáticos, los que adoraban a Stalin como si fuera Dios, decidieron poner rumbo a la Unión Soviética, donde daban por supuesto que podrían moverse como pez en el agua y progresar gracias a sus ideas y al igualitarismo ruso. Como el viaje era arriesgado y caro, y encima tenían a las autoridades vigilando con lupa cada uno de sus movimientos, no se les ocurrió otra idea que alistarse en la División Azul en 1941 para, nada más llegar a territorio soviético, pasarse de bando y luchar junto a sus amados camaradas, que les recibirían, como es natural, con los brazos abiertos.

Ya antes de los primeros choques de Novgorod, los comunistas españoles infiltrados en la unidad de voluntarios comenzaron a desertar atravesando las líneas enemigas. En total fueron 75 los que consiguieron pasarse y todos tuvieron idéntico destino. En cuanto contaron su peripecia a sus venerados rusos, el NKVD (la policía política) los trincó y los mandó al Gulag sin contemplaciones. Las autoridades soviéticas no se tragaron en ningún momento que fueran auténticos rojos, y ante la duda de si podrían ser fascistas españoles camuflados, los destinaron a los más siniestros campos de concentración, algunos en el Círculo Polar, donde estuvieron penando hasta los años 50, castigados a trabajos forzosos, en unas condiciones infrahumanas, con jornadas agotadoras de más de 12 horas y sin apenas alimento (tenían que comerse hasta la hierba o los hongos de las cortezas de los arboles). Conmovedor. Una verdadera lástima.

Según cuentan, los estalinistas, en atención a lo bien que sabían hacerles la rosca los rojos españoles, les fueron dando poco a poco algún privilegio o algún cargo de responsabilidad en los campos de tortura, como por ejemplo ser komandiers o responsables de un grupo de 40 prisioneros de la División Azul. Con el tiempo parece ser que los desertores republicanos y muchos reclusos falangistas terminaron haciendo buenas migas al congraciarse bien el anticomunismo fervoroso que, por razones obvias, empezaban a desarrollar los primeros y el talante crítico con el franquismo de los segundos.

Pero el hecho más lamentable, que a mí personalmente casi me hace llorar, se produjo cuando la República en el exilio parisino se enteró de que varias decenas de los suyos se encontraban recluidos en el Gulag. Rápido surgió una iniciativa diplomática y propagandística de la Federación Española de Deportados e Internados Políticos, gestionada por la anarquista FAI y apoyada por los socialistas, pero estas acciones, bautizadas como “campaña de Karagandá”, se terminaron yendo al garete debido al boicot del Partido Comunista exiliado, que manifestó que esos españoles prisioneros no eran verdaderos marxistas, sino espías al servicio de Franco y “falangistas disfrazados”.

Rojos españoles en el Gulag, sintiendo en sus carnes las bondades del marxismo
A los 20 supervivientes de esta entrañable aventura, en la que pudieron disfrutar del más genuino comunismo, no les dejaron regresar a España hasta 1954, una vez muerto Stalin, junto con más de 200 ex divisionarios. Su retorno se produjo exactamente el día 2 de abril de este año, cuando el buque Semínaris atracó en un puerto de Barcelona abarrotado de una multitud enfervorecida que daba la bienvenida a sus compatriotas sin distinción de colores en un sincero gesto de reconciliación nacional. Como declaró aquellos días el Ministro del Ejército y primer Comandante en Jefe de la División 250, Agustín Muñoz Grandes: “El Gobierno no establece diferencia alguna entre los miembros de la División Azul y los demás españoles que con ellos vuelven después de haber luchado en el campo contrario. Sean bienvenidos todos ellos”.

domingo, 7 de agosto de 2011

HISTORIAS DE ESPAÑA VIEJA (XVIII): LA LEGIÓN CÓNDOR Y LA REINA ISABEL

Por razones interesadas a veces se ha sobredimensionado la intervención de la Alemania nazi en nuestra Guerra Civil. Sobre todo la izquierda siempre ha cacareado que Franco venció gracias casi exclusivamente al apoyo de Mussolini y de Hitler, olvidando que estas fuerzas quedaron compensadas por la ayuda soviética y por las Brigadas Internacionales.

Por otra parte, la Operación Fuego Mágico, con la que Hitler mandó a los nacionales la Legión Cóndor, en la que combatieron en total unos 5.000 alemanes, no nos salió gratis precisamente, ya que hubo que pagar una millonaria factura. Tampoco debe olvidarse que los nazis actuaron en beneficio propio desde el primer momento, no solo por su interés político en evitar una alianza izquierdista entre Francia y España que hiciera peligrar sus estatus en el suroeste de Europa, sino también por la oportunidad de experimentar con sus armas (en especial con su emblemático avión Junker 52) antes de meterse en el fregado de la II Guerra Mundial, utilizando nuestro territorio como campo de pruebas, y por su deseo de expandir los negocios teutones en la Península Ibérica, como así sucedió a partir del 39.

Aparte del dinero que nos costó esta ayuda militar (que por supuesto hay que agradecer en su justa medida), otra de sus implicaciones fue la posterior intervención en Rusia de la División Azul, que se saldó con la vida de 5.000 valientes.

Pero lo que sin duda será difícil de olvidar es la anécdota tragicómica de la valoración de Hitler sobre la Legión Cóndor en agosto de 1942, recogida en su libro Conversaciones privadas. De todos es sabido que el Führer, a pesar de sus numerosas lecturas, no era un hombre muy culto, quizá por lo desordenado y a veces absurdo de las mismas, pero de todas formas España entera se quedó ojiplática con su "divertido" comentario, motivado por un discurso del Caudillo en el que, como de costumbre, se entroncaba la heroicidad de España en la gloriosa Cruzada del 36 con el espíritu de Isabel la Católica.

He aquí la joya:

“Franco tiene que levantar un monumento a la gloria del Junker 52. A este avión es a quien tiene que agradecer su victoria la revolución española. Fue una suerte que nuestro avión pudiera volar directamente de Stuttgart a España. (…) Si en 1936 no hubiera decidido enviarle nuestro primer avión Junker, Franco nunca hubiera sobrevivido. Y ahora se atribuye su salvación a la Reina Isabel, ¡Isabel la Católica! ¡La mayor ramera de la historia, que fue condecorada por el Papa con la rosa de la virtud, más o menos en la época en que se crucificaba a nuestro Luis de Baviera a causa de Lola Montes!”.

Está visto que el súper ario no se enteraba ni de qué iba la vaina. ¿Es posible mayor palurdez que confundir a Isabel la Católica con la promiscua Isabel II?

lunes, 29 de noviembre de 2010

LOS ESPAÑOLES SOMOS UNOS SALIDOS (1)

La División Azul fue una hazaña gloriosa y desconocida hoy en multitud de aspectos que, desde luego, dio para mucho.

El reclutamiento de voluntarios tuvo un gran éxito. En un tiempo récord se alistaron 18.000 tipos duros, que después de una guerra recién terminada todavía guardaban arrestos para darle caña al torvo comunismo detrás de los Urales. Las expectativas del Gobierno español se cubrieron de sobra salvo en Cataluña y en las Provincias Vascongadas, que no llenaron su cupo porque ya se sabe que por esos lares ya entonces había mucho rojo y mucho separatista, aunque menos envalentonados que ahora, no sé por qué.

Tras tres días de concentración en España, la División 250 partía en junio de 1941 hacia la ciudad bávara de Granfenwöhr, donde los muchachos fueron sometidos a un durísimo programa de entrenamiento que culminó con un juramento de fidelidad a Hitler, limitado, eso sí, “a la lucha contra el comunismo”. Solo faltaba.

Ya en Baviera, durante ese mes de “campamento”, los ardorosos españoles comenzaron a hacer de las suyas. Un viejo divisionario que conocí en el 97 -descanse en paz- me contaba con sonrisa picarona cómo había conseguido que una chica de Granfenwöhr le enseñara las bragas en su habitación, en casa de sus papis, donde le habían invitado a comer por su condición de voluntario de la causa alemana.

Pronto los guripas partieron hacia Moscú. Primero en trenes hasta Suwalki (Polonia) y después a patita hacia la guarida de la serpiente, a 900 kilómetros. Se calculó que la marcha hasta la capital moskovita duraría 40 jornadas a razón de 30 ó 40 kilómetros diarios, con algún día de descanso. Una auténtica matanza, teniendo en cuenta el peso de los equipos.

Pero nuestros chicos dieron muestra de una “vitalidad” fuera de lo común. Con los botones de la guerrera desabrochados (a pesar de las temperaturas y de los cabreos que se agarraban los alemanes), los divisionarios se bebían los kilómetros cantando coplillas y haciendo lo que les salía de los cojones. Durante una parada en la localidad hoy bielorrusa de Grodno unos cuantos chavales escandalizaron a los nazis al confraternizar, o, mejor dicho, al tirarse a unas chicas judías que les recibieron como agua en mayo, hartas sin duda de la frialdad local. Pero la juerga prosiguió durante todo el recorrido y pronto se hizo famosa en todo el Frente del Este la habilidad de los españolitos para entablar buenas relaciones con la población civil rusa, a la que facilitaban incluso alimentos. En concreto, con las muchachas las relaciones llegaron a ser inmejorables, cariñosísimas…

Porque los falang
istas y los patriotas de la División Azul eran católicos y gente de orden. Unos santos. Pero de cintura para arriba.

No tardaron en llegar
informes a Hitler. Estos cabrones racistas nos pusieron de vuelta y media con que si los latinos mediterráneos éramos espontáneos, indisciplinados y dados a la improvisación; que si no respetábamos a los superiores; que si éramos unos sátiros que no podían dejar el pito quieto y, en fin, que a saber por dónde salíamos en plena batalla. Por eso el Führer decidió cambiar de planes y, en vez de permitir que la División de voluntarios llegara hasta el meollo de Moscú, ordenó dar la vuelta al General Muñoz Grandes y dirigirse a un frente de menor importancia, al norte, a Novgorod.

Allí el arrojo y la resistencia heroica de los guripas obligó a Adolfo a desterrar sus prejuicios, llegando a ensalzar el valor de los españoles en un discurso de radio y a confesar públicamente, tras la repatriación del 43, que echaba de menos esa improvisación nuestra tan latina y tan “inferior”.

miércoles, 10 de febrero de 2010

HISTORIAS DE ESPAÑA VIEJA (V): KRASNY BOR.

SI EN EL FRENTE OS ENCONTRÁIS UN SOLDADO MAL AFEITADO, SUCIO, CON LAS BOTAS ROTAS Y EL UNIFORME DESABROCHADO, CUADRAOS ANTE ÉL: ES UN HÉROE; ES UN ESPAÑOL.
General Jürgens.
Comandante General del XXXVIII
Cuerpo de Ejército de la Wehrmacht - Heer


Madrugada del 10 de febrero de 1.943 en Krasny Bor, aldea situada en los arrabales de Leningrado. Menos de 6.000 voluntarios españoles, encuadrados en la 250 División de la Wehrmacht, conocida como la División Azul, esperan pacientes a temperaturas de varias decenas de grados bajo cero, un inminente ataque dos divisiones soviéticas y varios regimientos acorazados. Casi 45.000 comunistas se disponen a borrar del mapa a los voluntarios falangistas que, desde 1.941, despiertan la admiración de todo el ejército alemán e, incluso, del mismo Ejército Rojo que pretende romper el cerco de la ahora San Petersburgo.


A las 6:40 horas, la artillería soviética comienza a barrer las líneas españolas con un potentísimo fuego de artillería que dura más de dos horas. Tan intenso fue el bombardeo que las capas de nieve congelada terminan convirtiendo el terreno en un auténtico lodazal a pesar de los 25 grados bajo cero. La aviación alemana, apenas a unos 50 kilómetros de allí, no puede intervenir por falta de combustible.

Pensando que nadie habría podido sobreviv
ir, los soviéticos se lanzan en oleadas sucesivas contra los españoles que, contra toda lógica, siguen vivos y repelen los ataques con las armas que no han sido destruidas: los blindados están atascados en el barro y toman un papel protagonista las ametralladoras MG-34 y MG-42.



Los falangistas se repliegan y agrupan en los cráteres que ha formado la artillería enemiga. Ángel Salamanca, sargento provisional de infantería en la compañía del capitán Teodoro Palacios, logra reconquistar junto a dos soldados, a golpe de heroísmo y de bombas de mano, una de las posiciones perdidas, ganando la medalla militar individual. Años después, poco antes de su muerte, este fiel representante de los últimos caballeros españoles me hizo el honor de considerarme su amigo.

A media mañana, los rusos han perforado el frente español por tres sitios diferentes. Los voluntarios españoles luchan hasta el final y logran mantener retrasada la línea de frente de tres kilómetros sin que rompa.

Los bolcheviques han causado 2.252 bajas es
pañolas (1.125 muertos, 91 desaparecidos y 1.036 heridos) y otros 1000 se sumarán en días posteriores. Más 11.000 rusos mueren en la batalla, afianzando la leyenda española en el Frente del Este: batalla de Volhov, el lago Ilmen y los esquiadores del capitán Ordás, la bolsa de Uman, Possad...


El sargento Salamanca, el capitán Palacios y otros 300 españoles son hechos prisioneros. A ellos les quedan más de once años de guerra de gulag en gulag, donde seguirán demostrando, a miles de kilómetros de su patria, de qué pasta estaban hechos aquellos españoles.
Serán Esclavos de Stalin, auténticos Embajadores en el Infierno. Muchos quedarán, en su Odisea, junto a sus camaradas, bajo la tierra helada de Rusia.

domingo, 21 de diciembre de 2008

EL COMENTARIO DE LA SEMANA (23) "YO TAMBIÉN SOY JUDÍO"

El mejor comentario de las dos últimas semanas ha sido:

" (...) Cuentan que David Jato (fundador del SEU ...) mientras se encontraba en Rusia luchando con la División Azul marchó de permiso a Berlín. Allí tuvo un incidente con la policía a causa de haber cedido el asiento en el tranvía a una mujer que llevaba la estrella que identificaba a los judíos como tales. Los policías le reprochaban que un soldado como él y vestido con su uniforme reglamentario hubiera tenido ese gesto con una judía. A lo que respondió que lo había hecho por dos razones: porque ella era una mujer y porque él era español. Y ante la insistencia de los policías por el carácter judío de esa mujer, él terminó enfrentándose a ellos diciéndoles que él también era judío. El lío en el que terminó metiéndose fue tan grande que el propio Muñoz Grandes (General de la División Azul) tuvo que intervenir en su favor. En realidad no era judío pero le movió ese carácter tan nuestro de rebelarnos ante la injusticia y solidarizarnos con la víctima. Un carácter que poco
a poco estamos perdiendo (...)"

Autor: Miquelino