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miércoles, 20 de abril de 2016

CAMPESINOS



El sábado provoqué una desagradable polémica comiendo con unos familiares. Habíamos quedado para almorzar en Rio Shopping, el mayor centro comercial de la ciudad (conocido coloquialmente como Río Choni), y a las tres todavía no habíamos pillado mesa. Estaba todo abarrotado, imposible. Aparcamos de milagro, ya que miles de coches habían copado el aparcamiento subterráneo y el de fuera. La multitud hacía colas kilométricas en tiendas, bares y restaurantes.

A mí se me ocurrió comentar:

 –   Ha sido una mala idea venir a comer aquí y encima un sábado. Los fines de semana esto se llena de campesinos de toda la provincia.

El escándalo fue mayúsculo. Casi todos los presentes me increparon acusándome de irrespetuoso y de clasista.

   –  Mejor no le llames eso a la cara a uno de un pueblo porque te pega una hostia que te deja fino.

Tras unas leves protestas, al final decidí callarme porque detecté que ciertamente había herido la sensibilidad de estos familiares, todos ellos urbanitas, por cierto. Pero de verdad que no entendí a qué tanto aspaviento.

No sé si servirá de algo defenderme con razones etimológicas que supongo que a la gente le dan igual. Aunque “campesino” significa, según la RAE, persona “que vive y trabaja de forma habitual en el campo”, imagino que el motivo del cabreo está totalmente al margen de estas disquisiciones académicas. Tampoco creo que hubiera valido de nada explicar que el diccionario oficial de la lengua también define como “campesinos” a los naturales de Tierra de Campos, comarca que ocupa buena parte de la provincia de Valladolid (también se les llama terracampinos).

De veras que no acierto a ver qué problema hay con usar este sustantivo para referirme a los habitantes de los pueblos (casi todos dedicados a labores agropecuarias) que peregrinan todos los sábados al Río Choni a comprar en Ikea y en Primark, a comer apretujados como sardinas en lata y a ver una peli en los multicines. Perdón, pero no lo pillo.


Esta palabra tiene una honda tradición en España, hace no tanto un país esencialmente agrícola. Durante siglos ha sido lo más corriente calificar a los agricultores y ganaderos como campesinos, tal como puede corroborarse en infinidad de textos oficiales y literarios. El uso del hoy controvertido vocablo se extendió sobre todo desde principios del siglo XX por las distintas organizaciones en defensa de los intereses del campo, con independencia del color político. Todos los partidos, desde los comunistas hasta Falange Española, desde el anarcosindicalismo al sindicalismo católico y a la derecha agraria, se han pasado más de un siglo diciendo “campesinos” en sus himnos y en sus mítines, y en ningún pueblo de España les daban hostias que les dejaran finos. Al contrario, se les aplaudía a rabiar.

Es más: en la actualidad uno de los más potentes sindicatos agrarios de la comunidad autónoma es la UCCL (Unión de Campesinos de Castilla y León), cuyos miles de afiliados supongo que no se sentirán ofendidos por esta denominación legal. 

Pero por la reacción que provoqué el sábado lo que empiezo a sospechar es que hoy en día o bien mucha gente vive acomplejada de ser lo que es, o, por el contrario, son los más pijos y elitistas los que se empeñan en suavizar según qué vocabulario para demostrar una “delicadeza” y una “sensibilidad” que nadie necesita ni nadie les pide.

En todo caso lo más prudente va a ser proveerse de un rico surtido de eufemismos para que nadie lloriquee cuando llames a su profesión –por muy digna que sea– por su nombre. Tendré que mentalizarme de que ya no es de recibo denominar “obreros”, “porteros”, “señoras de la limpieza”, “chóferes”, “basureros”, “tenderos” o “albañiles” a quienes desempeñan estas honestísimas tareas, y que deben emplearse fórmulas más sutiles, a ser posible muy largas y que incluyan terminología técnica o ambigua, como “operarios”, “técnicos de saneamiento e higiene”, “distribuidores externos de recursos humanos”, “técnicos de recogida y selección de residuos urbanos”, “empresarios” o “auxiliares de servicios de ingeniería civil”. Y si se incluye alguna palabra en inglés o se dice "emprendedor" por algún sitio, menos ofensivo todavía.

Eso sí, a los campesinos no tengo claro cómo debo referirme para que no me hostien creyendo, no sé por qué, que me estoy cachondeando de ellos. Tengo entendido que, según los códigos más actuales de la corrección política, lo más apropiado es decir “empresario agrícola”, o algo así, si te diriges al dueño de una parcela o de una explotación de cerdos (con perdón), y “agricultor” a secas si el señorín trabaja por cuenta ajena, evitando, por descontado, esa grosería de “labrador”, tan arraigada en España, y mucho menos el cuasi-insulto “peón agrícola”.

En fin, consintamos en estas nuevas modas. Todo sea por respetar al prójimo y, cómo no, por evitar agresiones innecesarias. 


Sobre este tema en La pluma viperina: Obreros

sábado, 7 de noviembre de 2015

EUFEMISMOS POLÍTICOS



Los eufemismos me parecen una de las muestras más deliciosas del ingenio humano. Merecerían un detenido análisis los motivos por los que, al utilizar el lenguaje, esquivamos ciertos conceptos, los sustituimos por otros más sutiles u oblicuos, o directamente los camuflamos hasta hacerlos irreconocibles.

En el mundo de la política es más rica que en ningún otro ámbito la paleta de colores eufemísticos. En el fondo todo el mundo sabe que expresiones como economía de mercado, democracia popular, centro, democracia cristiana, unidad popular, reconciliación nacional, identitarismo y sostenibilidad equivalen, respectiva y literalmente, a ultraliberalismo, dictadura comunista, arribismo político, mafia, terrorismo, venganza, nacionalismo anti-inmigrante y ecologismo de cagarruta y megáfono.

Esta semana he visto otro ejemplo que me ha parecido de lo más ocurrente. Leyendo una noticia sobre los planes de fusión de tres organizaciones patrióticas extraparlamentarias, me encuentro con la genialidad de que estos pequeños partidos se autodefinen como defensores de “la filosofía del Humanismo Cristiano Europeo”, así, con mayúsculas. Atención a la perla porque no tiene desperdicio.

¿Cómo debemos traducir exactamente la frase “Humanismo Cristiano Europeo” cuando la utilizan este tipo de grupos? Es bien simple. Decir “Humanismo Cristiano” es una manera bastante burda de eludir la comprometida etiqueta de “cristianos” o “católicos”, lo que nos indica que estos señores son unos anticlericales rabiosos que ni siquiera creen en Dios, pero que reivindican el “cristianismo cultural” como tradición y seña de identidad española y, sobre todo, que son muy antimoros y muy antisemitas. Por su parte, el adjetivo “Europeo” en su boca debe interpretarse textualmente como “nazi” o, en el mejor de los casos, como un guiño descarado al Frente Nacional de Marine Le Pen.

¿Ven qué fácil? Si es que estas sutilezas idiomáticas son la bomba. A veces son tan elementales que el eufemismo resulta todavía más corrosivo que la palabra maldita que se intenta evitar.

sábado, 26 de septiembre de 2015

LENGUAJE RURAL


Como ya he reconocido varias veces, mi sintonía con los habitantes del medio rural es más bien escasa. No creo que sea por mi carácter urbanita, pues me encanta el campo, sino más bien por mi rechazo hacia las secuelas que la vida en comunidades reducidas provoca en la personalidad humana. Es un tema espinoso en el que no me apetece insistir y además siempre debe intentarse sacar el lado positivo de las cosas. Por eso hoy, para compensar mis críticas de otras veces, voy a abordar un aspecto que me parece muy loable de la gente de los pueblos: el buen uso que hacen del idioma. 

Suelo observar detenidamente cómo se expresan las personas con las que hablo, y admito que el discurso de los paisanos de las comarcas rurales de Castilla siempre me ha impresionado favorablemente. Dejes y tonos aparte, hay que reconocer que los aldeanos, principalmente los de edad avanzada, emplean el lenguaje de un modo mucho más preciso que los residentes de áreas urbanas. No solo cuentan con un vocabulario asombrosamente rico, sino que aderezan su palique con frases hechas geniales, refranes del más sabroso acervo cultural y arcaísmos deliciosos que yo siempre anoto nada más terminar mi charla con cualquier oriundo de un pueblecillo de mi región, pues intuyo que tales maravillas están a punto de desaparecer. Me llama la atención cómo, para expresar una misma idea, utilizan unos verbos diferentes a los de la ciudad; la concisión de sus expresiones; la originalidad de sus giros lingüísticos, y el amplio abanico de tiempos verbales que son capaces de manejar.

Esta habilidad tiene una explicación muy lógica. Desde hace siglos los naturales de los pueblos, debido a sus ocupaciones agropecuarias, han necesitado usar y nombrar un mayor número de herramientas y utensilios (con multitud de denominaciones) que los moradores de las grandes urbes, quienes, incluso trabajando en líneas industriales, precisaban de muy pocos pertrechos en sus tareas. También influye el permanente contacto con la naturaleza de los labradores, que les brinda un conocimiento detallado de las especies animales y vegetales, y les exige, por ejemplo, decir nogal, roble u olmo, en vez de árbol a secas como en la capital, para identificar con exactitud su entorno y así entenderse mejor con sus vecinos y ser más eficientes en su trabajo.

También sucede que en las pequeñas localidades agrícolas los cambios sociales y culturales son menores que en una metrópoli, y por ello el lenguaje evoluciona más lentamente. Esto explica la abundancia de arcaísmos y palabras en desuso en el habla de las gentes del campo.

Sea como sea, los de pueblo, al hablar, no dan puntada sin hilo y rinden con cada frase un sencillo pero a la vez grandioso homenaje al idioma español que tanto amo.

viernes, 11 de septiembre de 2015

CUITAS DE UN BLOG EN FACEBOOK




Desde hace dos años puede seguirse La pluma viperina a través de Facebook. Mi experiencia con el blog en esta red social ha sido hasta ahora bastante agridulce.

Por un lado es una herramienta interesante en la medida que permite estudiar la reacción  espontánea del público ante cada post, averiguar rápidamente qué contenidos gustan y cuáles dejan indiferente al personal. Esto está muy bien, ya que este feedback instantáneo y a veces masivo permite enriquecer las temáticas, mejorar los enfoques y afinar las habilidades comunicativas. Al fin y al cabo el principal objetivo de cualquier bitácora es ser leída.

Pero publicar el blog en Facebook también tiene efectos, a mi juicio, perjudiciales. Tenemos una tendencia instintiva a creer que una entrada con cinco mil Me gusta siempre será mejor que otra con solo cinco, y no es cierto. La popularidad en la red de Zuckerberg resulta engañosa y demasiadas veces está reñida con la calidad. Para obtener audiencia en un medio tan multitudinario y poco selectivo suele ser imprescindible sacrificar matices, profundidad, extensión y nivel intelectual en los temas tratados, y además siempre está la tentación, a menudo invencible, de recurrir a ciertos trucos cutres (pero efectivos), como los títulos impactantes o las fotos sensacionalistas. Este comportamiento adaptativo puede terminar menoscabando el pedigrí y la independencia de un blog.

Aunque no siempre es así. Debo reconocer que cuando me curro un post, Facebook suele premiármelo, igual que castiga con su indiferencia mis textos más anodinos. 

Lo que es innegable es que el nivel medio de los usuarios del Caralibro es más bien bajo, y que, por lo general, tienen mucha más aceptación las ideas simples, la actualidad del último segundo, el morbo y la información masticada y remasticada que los artículos o ensayos de cierta enjundia o que pretenden invitar a la reflexión. 

Por ejemplo, me parece muy ilustrativo lo sucedido estos dos últimos días con mi polémico post Refugiados maricones, que ha tenido una inusual acogida en Facebook. La entrada ha sido compartida por cientos de personas y ha recibido un ingente número de comentarios. Al principio me halagó este pequeño éxito, pero la vanidad solo me duró hasta que leí las casi cien intervenciones. Más del 80% de los comentaristas (a favor y en contra casi en igual proporción) demostraban un porte intelectual de muy bajos vuelos. Un lenguaje de SMS, faltas tipográficas y ortográficas, destrozos gramaticales e inculturas supinas orgullosamente evidenciadas contrastaban demasiado con la forma y el fondo impecables que caracterizan a los comentarios, mucho menos numerosos, de la pagina del blog. Ni un solo comentario de Facebook me hizo pensar ni medio segundo, ni plantearme nuevas perspectivas del problema de los refugiados.

Dicen que Facebook está dejando en los huesos a los blogs personales porque es un medio más inmediato, intuitivo y ágil, en el que se puede opinar más rápido y dejar un Me gusta en vez de molestarse en escribir texto, pero no sé, qué queréis que os diga, yo me siento muy orgulloso del caché de los seguidores de la versión blog de La pluma viperina y de la riqueza de su zona de comentarios, mientras que la súper plataforma social americana me recuerda a una charca de ranas, a una casa de putas, a una asamblea de Podemos.

domingo, 2 de agosto de 2015

¡CARAY CON LOS EUFEMISMOS!



Le pregunto a mi compañero Antonio dónde se va de vacaciones.

– A Cantabria, como todos los años; tenemos casa allí. Ya sabes, playa a discreción, algo de marisquito y muchas excursiones en mi canoa.

Lo de la canoa me chirría un poco, me suena a peli de indios, pero doy por sentado que hace piragüismo, aunque está bastante fondón, la verdad. Le digo que muy bien, que disfrute y descanse.

Al rato me explica otra compañera que Antonio llama “su canoa” al yate de lujo de 24 metros de eslora que tiene en el puerto deportivo de Santander.

¡Ostras! –me digo– ¡Caray con los eufemismos!

sábado, 11 de julio de 2015

COMO CAGANCHO


El maestro Cagancho
Me encantan las expresiones taurinas y una de mis favoritas es esa de “quedar como Cagancho en Almagro”, con la que se quiere dar a entender que alguien ha metido gravemente la pata en público.

Joaquín Rodríguez Ortega, alias Cagancho (1903-1984), fue uno de los diestros españoles más célebres en los años veinte y treinta del pasado siglo, si bien emigró a México tras la guerra por motivos que no soy capaz de imaginar. Este gitano de Sevilla, coetáneo de Belmonte, tomó la alternativa en Murcia en 1927 tras una fulgurante carrera como novillero, y pronto causó sensación en Madrid, convirtiéndose en un mito, en un auténtico fenómeno de masas, por su calidad estética y su maestría con el capote. Pero, a decir de los entendidos, tenía el gran defecto de la inconstancia: en algunas temporadas intercalaba corridas gloriosas con espantadas fulleras, o con plantones que le hacían terminar en el cuartelillo. Su faena más aciaga, y la que pasó a la posteridad con el famoso dicho, fue con el sexto toro en la plaza de Almagro (Ciudad Real) el 26 de agosto de 1927.

Aquella corrida fue multitudinaria y miles de personas venidas expresamente de Ciudad Real habían pagado cantidades astronómicas por una entrada en la reventa. Cagancho llegó al pueblo tarde y desganado, y, para su desgracia, le cayó en suerte un gigantesco morlaco de la fiera ganadería de Pérez Tabernero. Desde el principio todo salió mal. El toro entró embistiendo a diestro y siniestro y nadie de la cuadrilla se atrevía a salir de los burladeros; los picadores ni se acercaban y los banderilleros ni siquiera llegaron a clavar sus garapullos. Totalmente acojonado, Cagancho usó una muleta más grande de lo normal y toreó con el pico de la tela para mantenerse a prudente distancia, mientras de vez en cuando acuchillaba a traición al astado para debilitarlo, poniendo a la mínima los pies en polvorosa. A la hora de matar, cuentan las crónicas que “lo hacía pinchándole en los costados, en los brazuelos, en cualquier lugar menos allí donde ha de hacerse según marca el arte de Cúchares. Aquellos de los subalternos que se atrevían a saltar a la arena lo hacían con sus espadas debajo de las muletas, se acercaban al toro y le pinchaban también alevosamente, en cualquier parte. A aquel toro no lo mataron. Lo asesinaron.”

Sin contar los espadazos traicioneros y los puñetazos que le daban en la cara al pobre cornúpeta los miembros de la cuadrilla, Cagancho pinchó nueve veces y entró a descabellar cinco, incluso después del tercer aviso. El respetable no dejaba de lanzar al ruedo almohadillas y objetos contundentes. Muerto el animal, el diestro tuvo que abandonar el coso escoltado por nueve guardias civiles, no sin llevarse algún guantazo, y tales fueron los disturbios a la salida que al final intervino el ejército, concretamente un destacamento de caballería, para despejar a la multitud. Al maestro no le quedó otra que refugiarse en el edificio del Ayuntamiento, donde llegó a murmurar su conocida frase “yo quería quedá bien, pero lo que no pue zé, no pue zé”. 

En algunas zonas de España dicen la frase “armar la de Cagancho en las Ventas” para referirse a todo lo contrario, o sea a quedar muy bien, ya que en esta plaza madrileña el matador vivió sus tardes más memorables. A pesar de ello es más habitual usar la expresión de las Ventas con el mismo significado que la de Almagro, pero no sería correcto.


Más sobre expresiones taurinas en La pluma viperina

domingo, 26 de abril de 2015

LETRA DE IMPRENTA



¿Nunca os habéis preguntado por qué las letras de nuestro alfabeto tienen la forma que tienen? La epigrafía y la paleografía nos enseñan que en tiempos de los romanos todos los caracteres se escribían en mayúscula y que no fue hasta el siglo VII cuando, por razones de agilidad en la escritura, empezaron a emplearse las letras minúsculas, una versión redondeada de los trazos angulosos de sus hermanas mayores que además permitía no levantar la pluma del papel en cada grafema.  

No mucho después de la aparición de la imprenta en el siglo XV se inventa la letra de molde. Las mayúsculas de imprenta eran idénticas a las de la grafía manuscrita, pero en cambio fue imprescindible innovar en el diseño de los tipos móviles en minúscula, ya que en los talleres de impresión resultaba imposible ligar las letras entre sí y además el dibujo de curvas pronunciadas (“b”, “f”, “h”, “j” “L”) presentaba especiales dificultades técnicas. Por eso se crearon unas letras minúsculas separadas, mucho más rectilíneas y mucho menos cálidas y naturales que las cursivas. 

Hasta épocas recientes, cuando el índice de analfabetismo estaba por las nubes y eran relativamente pocos los que tenían acceso a los libros, la escritura de imprenta no contagió a la manual; nadie escribía a mano utilizando ni una sola letra de molde. Pero esto empezó a cambiar con la universalización de la cultura, el aprendizaje de la lectoescritura a través de textos impresos (interesante y muy actual polémica educativa) y el manejo cotidiano de la mecanografía primero y de la informática después. Hoy, además de escribir muy poco a mano, casi todos usamos de vez en cuando (o siempre) alguna letra de imprenta. 

Parémonos a pensar un momento cuáles son las letras de molde que se han infiltrado en la punta de nuestro bolígrafo y si esos caracteres los escribimos siempre así o dependiendo de su ubicación en la palabra. En mi caso reconozco trazar de esta manera las minúsculas “b”, “L” y “s”, además de omitir el rabito para unir muchas otras. Es algo bastante curioso, ya que, por ejemplo, la “b” casi nunca la pongo en cursiva pero la “s” sí, salvo que encabece una palabra. La “L” a veces la dibujo al estilo imprenta cuando va precedida o seguida de otras letras, nunca al principio ni al final, y muy a menudo al escribir el dígrafo “LL”. También influye la velocidad a la que escribo y si utilizo boli o pluma estilográfica.  

Dentro de poco no tendremos que reflexionar sobre estas cosas, pues los expertos nos alertan de que la próxima generación casi no manuscribirá y las pocas letras que trace con sus propios dedos siempre serán iguales que las impresas. Hasta con nuestro estilo individual, único y distintivo de escritura acabará esta sociedad insípida cada vez más impersonal y uniforme. La actual cultura de la eficiencia aséptica, las prisas y la ultravelocidad en las comunicaciones arrasará lo poco que nos queda de individuos irrepetibles para convertirnos en robots o en soldaditos de plomo fabricados en serie.

miércoles, 8 de abril de 2015

RIQUEZA DE VOCABULARIO


Una de las cosas que más me preocupa a la hora de expresarme, tanto por escrito como verbalmente, es utilizar un vocabulario rico.

Me sorprende que de las casi 280.000 palabras que existen en castellano (la RAE recoge 93.000), la media de la población maneje solo entre 300 y 500. Las personas con cierto nivel cultural suelen emplear hasta 1.000 voces diferentes, y los escritores y periodistas se supone que unas 4.000 (permítaseme dudar lo de los periodistas). En el otro extremo, los sectores con menos formación, particularmente algunos jóvenes, solo alcanzan la cifra de 250 vocablos, algo inquietante toda vez que un chucho corriente es capaz de distinguir y entender 165.

En la obra de Miguel de Cervantes podemos encontrar 8.000 términos distintos.

Luego habría que distinguir entre el vocabulario activo de un sujeto, que es el que entiende y usa, del pasivo, que puede comprender pero es incapaz de utilizar.

A mí me encanta aprender palabras nuevas, y me esfuerzo en lo posible en renovar mi lenguaje. Cuando leo suelo apuntarme en el móvil las voces o expresiones que desconozco o me llaman la atención; después las consulto en el diccionario e intento quedarme con las que más me gustan para usarlas en el blog o incluso al hablar. 

Sin embargo, es curioso cómo la sociedad acepta con mucha más naturalidad la riqueza lingüística en los medios escritos que en la comunicación coloquial hablada. Aunque sea subconscientemente, la gente da por sentado que el idioma escrito es más culto y no le sorprende tanto toparse, mientras lee, con un verbo o un sustantivo que no haya visto en su vida. Pero, ¡ay del que meta en una conversación normal una palabra que no figure en el catálogo de 300 a 500 que todo el mundo se sabe! ¡Será automáticamente tomado por un pedante!

En efecto, cuesta mucho introducir cualquier novedad en nuestra forma habitual de hablar, pues tenemos unas entendederas muy rígidas respecto al lenguaje verbal. De primeras, nuestro cerebro solo asimila las fórmulas que ya conoce, y por eso cambiar de registro, aunque sea en unas pocas expresiones, siempre conlleva el riesgo de que no nos entiendan nada y, consecuentemente, nos tilden de raritos. Un ejemplo muy ilustrativo es el de las películas argentinas dirigidas por Campanella o protagonizadas por Ricardo Darín, que tanto éxito cosechan en España. Muchos reconocen que la primera media hora no entienden nada de nada, y el motivo es que su mente no digiere al ritmo adecuado todas las palabras y giros dialectales a los que no están acostumbrados.

En mi opinión la gran ventaja de introducir una mayor variedad en nuestro inventario léxico es que poco a poco nos expresaremos con mayor precisión, nuestros mensajes serán más claros y mejorará nuestra comunicación con las personas de nuestro entorno. Es posible que en un ámbito estrictamente doméstico o coloquial esto no parezca relevante, pero desde luego sí lo es en las relaciones de carácter más formal, como las académicas o las profesionales. Hacer un examen en la universidad, concurrir a una entrevista de trabajo, defender una postura en una reunión o convencer a un cliente puede convertirse en un problema si solo se dispone de un arsenal de 300 palabras. Pero incluso en una discusión familiar o conyugal, o en una simple tertulia de amigos, no acertar a exteriorizar nuestras opiniones y sentimientos con cierta nitidez, concisión o detalle puede provocar que se aburran al oírnos, que no nos presten atención, que nos malinterpreten o que nuestros argumentos parezcan débiles.

La pobreza de vocabulario nos deja siempre en una situación de desventaja, pues nos impide decir o escribir exactamente lo que queremos, quedando siempre nuestros mensajes a la libre interpretación de los demás. 

No se trata de sabernos las 8.000 palabras de El Quijote, pero sí al menos de ser capaces de evitar el uso abusivo de ciertos verbos, adverbios y nombres tan genéricos y polivalentes como “ser”, “hacer”, “bien”, “mal”, “chisme”, “cosa” o “cacharro”, y darnos cuenta de que todo tiene su denominación y de que nuestro idioma es una herramienta no solo bellísima, sino muy útil para comunicarnos correctamente y solucionar nuestros problemas cotidianos.

P.D.: Este post contiene 240 palabras distintas.

martes, 24 de marzo de 2015

DEBATE LINGÜÍSTICO



Tras el intenso debate entre Luxindex, Aprendiz de brujo y yo la semana pasada sobre la corrección de los términos “prejuicioso” y “prejuzgador”, me pareció buena idea elevar consulta lingüística, por correo electrónico, a la RAE, que me ha respondido esta misma mañana. Copio a continuación mi consulta y la respuesta recibida, agradeciendo a nuestro buen amigo andaluz que haya planteado un tema tan interesante:

CONSULTA

Me gustaría saber si es correcto el uso de las palabras "prejuicioso" y "prejuzgador" y, en su caso, si su significado es equivalente.

Ninguna de ellas está recogida en el Diccionario de la RAE, pero ambas las he encontrado escritas en muchos sitios para referirse a una persona con prejuicios, o a una idea, opinión o mentalidad basada en prejuicios. En el primer caso observo que suele emplearse "prejuzgador" y en el segundo "prejuicioso", pero no siempre es así. Desconozco si es adecuado el uso de una o de ambas voces, si una es sustantivo y la otra adjetivo, si significan exactamente lo mismo o hay algún matiz que las diferencie, y por qué no se recogen en el Diccionario.

Muchas gracias.

RESPUESTA DE LA RAE:

En relación con su consulta, le remitimos la siguiente información:

prejuicioso, sa. adj. Que muestra prejuicios. Opinión prejuiciosa. Apl. a pers., u. t. c. s.

prejuicio. (Del lat. praeiudicium 'juicio previo', 'decisión prematura'). m. 1. Acción y efecto de prejuzgar. ‖ 2. Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal (DRAE 2014)

Prejuzgador es un derivado correctamente formado para aludir al que prejuzga:

prejuzgar. (Del lat. praeiudicāre). tr. Juzgar una cosa o a una persona antes del tiempo oportuno, o sin tener de ellas cabal conocimiento. No prejuzgues hechos que no conoces.

Ambas son voces correctas y su significado, a efectos prácticos, es equivalente.

Reciba un cordial saludo.
__________

Departamento de «Español al día»

Real Academia Española

Por último, la RAE me aclara, en un segundo email, que la voz "prejuicioso" está recogida en la edición actual del Diccionario (la de 2014). "Donde no está es en la anterior, la de 2001, que es la que figura en nuestra página web, puesto que la versión digital de la última aún no está disponible para su consulta".

domingo, 15 de marzo de 2015

HACER EL AMOR



Dicen que la expresión “hacer el amor” (“faire l’amour”) surgió en Francia a principios del siglo XIX como eufemismo de relación sexual en las novelas románticas, y que muy pronto se popularizó en toda Europa, sobre todo en la Inglaterra victoriana (“to make love”), donde era inconcebible la separación conceptual entre afectividad y sexualidad. En poco tiempo la frasecita llegó a ser una muletilla recurrente en la literatura, en el teatro y, poco después, en el cine de los países anglosajones, por lo socorrida que resultaba para eludir ciertos verbos y sustantivos demasiado sórdidos para la época.  

España fue una excepción hasta los años 70 del pasado siglo, ya que hasta entonces “hacer el amor” significaba en nuestro idioma algo bien distinto a mantener relaciones íntimas; equivalía sin más a cortejar a una mujer, a galantearla y enamorarla caballerosamente. Era una forma bonita de referirse al galanteo, más descriptiva y literal que la variante europea y mucho menos timorata. Para lo otro, la lengua castellana era -y sigue siendo- rica en vocablos más o menos salaces, entre ellos "yacer", que utilizábamos con la mayor soltura. 

Pero ya digo que más o menos en los tiempos de la Transición el cine yanqui nos empezó a pegar esa forma remilgada de definir un buen colchonazo, ya fuera con la parienta o con una señorita con la que no nos unieran mayores compromisos. Recuerdo que en mi niñez y en mi adolescencia esta frase tan repipi se utilizaba continuamente y, lo que es peor, con toda seriedad, en la vida cotidiana por influencia de los medios audiovisuales. Aunque es cierto que eran las mujeres quienes más tiraban de ella, también nos toca a los varones entonar el mea culpa de haber incurrido en semejante cursilada cuando en aquella época queríamos parecer educados rehuyendo el rotundo y castellanísimo verbo "follar". ¡Pero si hasta la canción más famosa de Los Inhumanos se titulaba Qué difícil es hacer el amor en un Simca 1000! ¿Alguien se imagina ahora a un grupo musical empleando esta fórmula eufemística? 

En efecto, los tiempos han cambiado y en este tema desde luego que para bien. Afortunadamente, en materia sexual, hoy los chavales llaman al pan, pan y a al vino, vino, evitando así la estupidez de mezclar semánticamente dos conceptos tan distintos, por mucho que lo ideal es que fueran siempre unidos. Ahora en estas materias se han recuperado las raíces etimológicas más españolas, y en la calle, en el autobús o en las tertulias, sobre todo masculinas, resuenan de nuevo, sin tapujos, los clásicos de siempre, como echar un “polvo”, un “casquete” o un “caliqueño”; “tirarse” o “zumbarse” a Fulanita; “llevar a la cama”; “acostarse” (polisémico, pero evocador), o los cutres pero entrañables “ñaca-ñaca” o “pimba-pimba”. ¡Y qué decir del sudamericano y para nosotros siempre equívoco "coger"! Ellas son más ñoñonas (algunas) y todavía necesitan perderse en circunloquios o recurrir a metáforas floridas, pero cada vez menos. El lenguaje mímico también cumple una misión inestimable a la hora de abordar tan espinosas cuestiones. 

 Y, por cierto, me atrevería a asegurar que casi todas las parejas tienen sus frases o palabras clave, de uso doméstico y totalmente personalizado, para aludir al asunto…

martes, 10 de febrero de 2015

LA HUELVA LEONESA

La mayoría de los españoles sabe muy poco sobre el viejo Reino leonés. Si hiciéramos una encuesta a nivel nacional para medir los conocimientos de la gente sobre León, seguramente comprobaríamos que estos se limitan a ubicar la provincia así denominada en el cuadrante noroccidental de la Península y a citar la catedral de la ciudad y el cocido maragato como elementos más pintorescos de la zona. Curiosamente casi todo el mundo identifica la cultura leonesa con el norte cuando León en la historia logró llevar su frontera y su lengua hasta los territorios más meridionales de España.

No admite ningún género de discusión que buena parte de la actual comunidad autónoma de Extremadura perteneció al Reino de León, merced a las campañas contra los almohades llevadas a cabo por Fernando II y por Alfonso IX, últimos dos soberanos del Reino independiente. Incluso la ciudad de Badajoz fue reconquistada en dos ocasiones sucesivamente por ambos reyes.

En lo que sin embargo no hay tanto consenso es sobre la presencia del Reino como tal en la zona fronteriza entre las provincias de Badajoz y de Huelva, es decir en el área que comprende la comarca de Tentudía (Badajoz) y la Sierra de Aracena (Huelva). En esta zona hay numerosos pueblos con el topónimo León en sus nombres (Arroyomolinos de León, Cañaveral de León, Fuentes de León, Segura de León), que hasta 1873 pertenecieron al Priorato de San Marcos de León, del que también dependían otras muchas localidades de las actuales provincias de León, Zamora, Salamanca, Orense, Cáceres, Sevilla y Córdoba. 

Los habitantes de estas comarcas onubenses y pacenses aún conservan el acento leonés y muchos de los vocablos y expresiones locales siguen teniendo el sabor genuino del habla tradicional llionesa.


En la Sierra de Aracena muchos pueblos lucen el topónimo "León"


Por resumir mucho (demasiado quizá), hay dos grandes teorías al respecto. Cierto sector del leonesismo defiende que la zona comprendida entre Aracena y Tentudía fue ocupada por el último rey de León, Alfonso IX, en vísperas de la unificación con el Reino de Castilla (hacia 1230). Sin embargo, la mayor parte de los entendidos sostiene que la conquista de este territorio debe atribuirse ya a Fernando III el Santo, primer monarca de la Corona de Castilla, entre los años cuarenta del siglo XIII y 1276, fecha en que tuvo lugar la mítica batalla de Tentudía, también llamada de Calera de León.

El debate no es tan sencillo, pues por lo visto no existe documentación exhaustiva sobre las campañas militares desarrolladas en esta región, donde además se solapaban continuamente las acciones de los reinos de León, Castilla y Portugal. En todo caso se trata de una controversia que hoy en día carece de toda relevancia práctica y además resulta un tanto absurda, ya que, con independencia de si estas tierras fronterizas fueron dominadas oficialmente por el Reino de León o por la Corona ya unificada, lo cierto es que fueron entregadas por el rey correspondiente a la leonesísima Orden militar de Santiago para que organizara su repoblación con contingentes astures, leoneses y portugueses.

No conviene olvidar que a pesar de la unión institucional definitiva de León y de Castilla en 1230, existió una fuerte resistencia a la misma por parte de la nobleza y el pueblo leonés, y que las Cortes, instituciones, fueros, modelo organizativo y cultura del Reinu perduraron aún muchos años. En realidad, en las décadas que siguieron a la unificación, ambas entidades políticas siguieron operando de forma autónoma en no pocos aspectos, como lo demuestra el nombre que ya hemos visto dieron los repobladores a las villas que fundaron. Nadie puede negar que corresponde al pueblo leonés el honor de haber colonizado las primeras tierras andaluzas recobradas de la morisma para la Fe cristiana. 


Más sobre el Reino de León en La pluma viperina

martes, 3 de febrero de 2015

PUNTO Y COMA


A la hora de escribir, la corrección ortográfica es muy importante y además evidencia de forma taxativa el nivel cultural del autor del texto, pero no debemos perder de vista la relevancia de los signos de puntuación. Es habitual que incluso los que escriben con absoluta corrección formal puntúen incorrectamente las oraciones, olvidando que el uso adecuado del punto, la coma y el punto y coma permite redactar escritos mucho más armoniosos, cómodos de leer y fáciles de entender. En cualquier caso el signo que menos y peor se utiliza es el punto y coma, ya que tiene un carácter muy subjetivo (casi siempre puede sustituirse por la coma o por el punto) e incluso voluntario en varios supuestos. Pero la principal razón por la que casi nunca nos servimos de este trazo tan expresivo y que tanto ayuda a matizar las frases es que nunca nos explicaron bien en qué casos procede usarlo. 

Hoy toca hacer un rápido y sencillo repaso de los cuatro supuestos en que se puede o debe poner punto y coma, a ver si así todos empezamos a familiarizarnos con este signo de puntuación que nos será muy útil para dar más precisión a nuestros párrafos.

Sus usos son los siguientes:

1.- Separar los elementos de una enumeración cuando cada uno de ellos incluya comas.

Ejemplo: Formaban parte de la comitiva el alcalde; Ramón, el concejal de deportes; los representantes de los equipos; varios niños de la escuela, entre ellos Luisito; Angelines, la bedel; y dos mozos del pueblo que tocaban la dulzaina.

(Cuando la enumeración se cierra con una conjunción (en este caso, “y”), esta puede precederse indistintamente por una coma o por un punto y coma).

2.- Separar frases diferentes pero que vienen a expresar lo mismo, o bien la segunda explica la primera. 

Ejemplos: 

Julio esperó diez minutos más y se largó enfadado; Tere le había dado plantón.

Pablo Iglesias tiene una actitud manipuladora y demagoga; es comunista.

(Si el vínculo semántico entre ambas oraciones es muy fuerte, podrían ponerse dos puntos, y si es más débil puede emplearse simplemente el punto y seguido).

3.- Separar una frase de otra que comienza por “pero”, “mas”, “aunque”, “sin embargo”, “por tanto”, “por consiguiente”.

Ejemplos: 

Has suspendido todas las asignaturas; por tanto te quedarás en la ciudad estudiando.

Tenía aspecto serio y envarado; sin embargo quienes lo conocían sabían que era un pedazo de pan.

(Si la segunda frase es muy corta, es mejor poner coma, y si es bastante extensa, punto seguido).

4.- Separar los elementos de una lista escritos en líneas independientes e iniciados con minúscula.

Ejemplo:

Lista de la compra:

- jamón de york;

- pan de molde;

- mayonesa;

- una barra de pan.

jueves, 11 de diciembre de 2014

LA CALIGRAFÍA A DEBATE

Nos quitaron la Enciclopedia Álvarez y ahora los Cuadernos Rubio... ¡Esto es el fin de la civilización occidental!

A principios de este mes los medios de comunicación de todo el mundo se hacían eco de la decisión del Gobierno de Finlandia de suprimir, a partir de 2016, la enseñanza de la escritura manual en la educación primaria, sustituyendo la caligrafía por la mecanografía a través de teclado. La noticia ha provocado un verdadero terremoto entre los profesionales de la enseñanza en España, que se han enzarzado en un debate sin desperdicio. A los pocos días, sin embargo, algunos periódicos recogían los “matices” del Instituto Nacional de Educación Finlandés, que ha dejado bien claro que la información ha sido manipulada y que en ningún momento se ha planeado prescindir de la práctica caligráfica, sino solamente de la “escritura seguida”. Es decir, que a los niños se les enseñará a escribir con lápiz, pero solo en letra de imprenta, y se potenciará sobre todo el uso de tablets y ordenadores.

Con independencia de lo que haga al final este país nórdico, no cabe duda de que el tema reviste un enorme interés para la sociedad de todo el planeta, en especial para las nuevas generaciones. Reconozco que al enterarme de la versión inicial de la noticia, mi primera reacción fue despotricar contra esos “vikingos del norte de romanización y cristianización tardía”, pero al poco tiempo, dándole vueltas, me di cuenta de que la decisión del ejecutivo finlandés tiene mucha más miga de la que parece, pues no en vano cada vez manuscribimos menos y en pocos años lo más probable es que desaparezca incluso el soporte papel. Ya invité una vez a los lectores de La pluma viperina a preguntarse cuántas palabras escribían de su puño y letra a la semana; yo, desde luego, pocas, muy pocas, y cada vez menos, debido a mi uso cotidiano del ordenador, Internet, correo electrónico y smartphone.

Intento, desde que me enteré de esta curiosa noticia, discurrir argumentos a favor de mantener la caligrafía tradicional, y la verdad es que no se me ocurren demasiados, y algunos de ellos admito que solo responden a la más pura nostalgia o a un romanticismo bobalicón. Pensaba por ejemplo lo triste que sería, si nos cepillamos la escritura a mano, que los chavales no pudieran escribir “tonto el que lo lea” en los cristales empañados del autobús, poner su nombre en la arena de la playa o inmortalizar sus primeros amores, con una navajita, en la corteza de un chopo. Aunque se siguiera enseñando la caligrafía con letras de molde, separadas y sin rabito, no sería igual de entrañable.



También se me han ocurrido otras razones más pragmáticas. Por ejemplo, ¿cómo nos comunicaríamos por escrito en una hipotética situación de emergencia en la que no pudiéramos disponer, al menos temporalmente, de dispositivos tecnológicos? Aunque este tipo de trances extraordinarios en los que tuviéramos que redactar mensajes con un lápiz o con un palo con la punta quemada parecen más propios de un filme del género apocalíptico, yo sí considero que saber escribir sin ayuda de instrumentos complejos que puedan sufrir averías o dependan de una fuente de alimentación, es una habilidad humana nada desdeñable que nos puede sacar de más de un apuro. En contra de mi razonamiento hay quien esgrime que una habilidad que casi nunca se practica acaba atrofiándose y volviéndose inútil en caso de necesidad. No hay más que fijarse en la letra de un anciano de ochenta años que aprendió a escribir en la escuela pero que jamás ha practicado en su vida.

Otra posible defensa de la caligrafía es que escribiendo con papel y bolígrafo los tiernos infantes potencian su destreza manual y su desarrollo cognitivo, lo cual ha sido rebatido por algunos pedagogos muy modernos, que señalan que hay otras formas más idóneas de adquirir estas pericias, como el dibujo o las manualidades. Lo que yo sí tengo muy claro, tras mi larga experiencia como estudiante y opositor, es que escribiendo las ideas y conceptos a mano se quedan mucho mejor grabados en la memoria que leyéndolos o incluso tecleándolos en el PC.

En pocos años los finlandeses no van a entender ni papa los textos como este

Se me va agotando la batería argumental y pido el auxilio de los lectores. En su momento pensé que suprimir la caligrafía alegando la existencia de teclados sería como no enseñar a los críos a sumar, restar, multiplicar y dividir con la excusa de que para eso ya existen las calculadoras. Pero siendo honrado debo aceptar que no es lo mismo, pues el aprendizaje de las operaciones aritméticas básicas favorece el desarrollo intelectual, la inteligencia conceptual y el conocimiento del medio de una manera muy específica y totalmente imprescindible para la vida futura del niño, mientras que desterrar los Cuadernillos Rubio y los lapiceros no equivale a anular el aprendizaje de las habilidades lingüísticas, sino a alcanzarlo por otras vías más acordes con nuestro actual entorno socio-tecnológico.

Para terminar, daré una razón que a mí me parece importante. Si se finiquita la enseñanza de la “letra seguida” (la caligrafía cursiva, como se le llama técnicamente), los alumnos quedarán incapacitados para leer un manuscrito y ello repercutirá de manera negativa en la comunicación intergeneracional y en el acceso a las fuentes del conocimiento. Imagino que los futuros historiadores y documentalistas tendrían que hacer un curso monográfico para aprender cómo se escribían sin ordenador las letras “a”, "b", “r” y “f”, y cómo se unían los caracteres entre sí con los trazos de una pluma.

martes, 16 de septiembre de 2014

DIMINUTIVOS

Ya hemos hablado del gusto de los españoles por los eufemismos para mitigar la connotación negativa de algunas palabras, normalmente alusivas a ciertas realidades incómodas. Tanto evitamos llamar al pan, pan, y al vino, vino, que acabamos incurriendo en un discurso abstracto, técnico y pedante que resulta más ofensivo para los afectados que los términos de toda la vida.

Una costumbre muy parecida a esta y que a mí me hace mucha gracia es la utilización de diminutivos para no mencionar tal cual los adjetivos indeseados, por parecernos demasiado hostiles. 

Algunas veces se trata de “sustituir” insultos puros y duros. Nuestra conciencia se queda tan a gusto soltando verdaderas burradas en su versión “emotiva” o menos intensa, pero a nadie le pasa desapercibido el apelativo en cuestión; todo el mundo se da perfecta cuenta de lo que queremos llamar al sujeto, así que es una práctica inútil. “Está más bien gordito”, “¡qué vaguete es tu compañero”, “su prima parece tontita”, “¡qué golfillo!”, “ese vecino me parece algo pesadín”, “es un joven muy chulito”, “¿no es ese un poco fachita?”, “Manolo está salidillo”, “¡ay, qué especialito!”. Se nos pueden ocurrir muchos otros ejemplos. De hecho, en castellano, los diminutivos de muchos insultos parecen tener entidad propia, como dando por sentado que nadie debe usar el original para no ofender (“macarrilla”, “mariquita”, “tontorrón”, “debilucho”, “payasete”, “lentito”, “listillo”, “vejete”, “feílla”…).

En otras ocasiones las palabras que deseamos suavizar no tienen nada de malo, solo que nos da corte pronunciarlas a palo seco debido a prejuicios de corrección política que nos han ido inculcando. Probablemente el mejor ejemplo es lo de cambiar “negro” por “negrito” para denominar a los subsaharianos o afroamericanos, pero también se da a menudo con otras razas o colectivos: “gitanillo”, “morito”, “chinito”, “mudita”, “enanito”… El resultado es patético y tiene una implicación paternalista bastante desafortunada.

El lenguaje y las formas son importantes pero la intención también. Deberíamos utilizar el idioma con naturalidad y precisión, huyendo de falsas caridades (que nadie agradece) y sin tanta ñoñería.

Más sobre eufemismos en La pluma viperina:

miércoles, 2 de julio de 2014

EXTRANJERISMOS

El español, como lengua viva, ha ido incorporando a su vocabulario a lo largo de la historia innumerables préstamos de idiomas extranjeros, especialmente del portugués (carabela, barullo, chubasco), del francés (élite, chalé, ordenador), del inglés (fútbol, mitin, club), del alemán (brindis, guerra, obús) y del italiano (novela, glorieta, óleo). En su justa medida, este fenómeno no solo es inevitable (y más en el actual modelo de sociedad globalizada) sino que me parece positivo para enriquecer nuestro lenguaje. 

Por lo general los extranjerismos contribuyen a mejorar la precisión del vocabulario. No le demos más vueltas: cuando los españoles hemos adoptado espontáneamente una palabra extranjera en un determinado momento histórico ha sido porque en nuestro propio idioma no existía un término conciso para denominar esa realidad concreta. Si copiamos “bayoneta” a los franceses fue porque no teníamos un vocablo para definir el machete largo que se acopla al cañón del fusil, y si les cogimos “carabela” a nuestros vecinos portugueses fue porque en nuestra lengua no había un término para llamar a los barcos pequeños de tres palos y una sola cubierta que tan en boga estuvieron en el siglo XV. Y así con tantos ejemplos.

Además los préstamos lingüísticos suelen estar muy relacionados con aquellos campos técnicos, profesionales o sociales en los que es pionera o especialista la nación que los aporta. Así Portugal, en la Edad Moderna, exportó mucho vocabulario relacionado con la navegación; Alemania influyó más tarde en el léxico bélico de toda Europa; Francia nos ha terminado imponiendo su terminología del mundo de la moda y de la gastronomía, y los anglosajones han marcado la pauta idiomática en materia de balompié, nuevas tecnologías y gestión de organizaciones. España también les ha pegado a los demás palabras propias relacionadas con su historia o sus tradiciones, por ejemplo el nombre de muchos productos americanos tras el Descubrimiento o toda nuestra nomenclatura taurina que tanto se utiliza en el sur de Francia.

El problema de los extranjerismos en la actualidad es el riesgo de abuso, que puede llegar a poner en peligro la identidad, la inteligibilidad y la propia pervivencia de nuestro idioma. Porque una cosa es aceptar las aportaciones foráneas para hablar con mayor exactitud y ampliar nuestro diccionario, evitando así convertir el español en una lengua muerta e impermeable a los avatares culturales y a las relaciones internacionales, y otra incurrir en el esnobismo grosero de plagar nuestros textos y conversaciones de voces generalmente inglesas que podrían ser perfectamente sustituidas por su equivalente en castellano de similar extensión gráfica o fonética. 

A veces suponemos que utilizando de continuo nombrecitos en inglés vamos a dotar a nuestro discurso de un mayor nivel técnico y profesional, cuando lo único que conseguimos es mancillar el mayor tesoro de nuestro patrimonio cultural, que no nos entienda casi nadie, y, ya de paso, quedar como unos perfectos gilipollas. Coaching, feedback, network, mobbing, smartphone, personal trainer, headhunting, tablet y tantísimos otros términos son innecesarios y absurdos. Cuando los veo utilizar sin medida alguna por los colectivos en los que todos estamos pensando siento verdadera vergüenza ajena. 

Muy a menudo esta corrupción del español no se perpetra solo con la sustitución forzada de palabras, sino también de estructuras gramaticales (“te llamaré en la mañana”). Aunque de momento este fenómeno parece más limitado a los países hispanoamericanos, existe peligro de contagio a través de los inmigrantes.

Podríamos pensar a simple vista que toda esta contaminación se produce de manera más o menos espontánea, pero la realidad es bien distinta. La responsabilidad de la invasión insultante de extranjerismos, del abuso de los falsos préstamos, de la adulteración del segundo idioma más hablando del planeta y de la implantación del más burdo espanglish en todos los niveles de nuestra sociedad hay que atribuírsela al cincuenta por ciento a dos agentes muy distintos: a las marcas y multinacionales americanas, obviamente interesadas en la colonización cultural de nuestro país, y a los medios de comunicación nacionales, que a veces “por moda” y sin mala intención se convierten en dañinos caballos de troya capaces de socavar nuestra identidad lingüística. 

Es complicado plantear soluciones a este problema cada vez más grave. Existen algunas páginas webs encomiables (por ejemplo la de la Fundación para el Español Urgente-Fundéu, muy interesante también de seguir en Twitter) donde se listan los anglicismos no aceptados por la RAE y se sugieren expresiones en español para sustituirlos, sobre todo en el campo tecnológico y de la I+D+i. En cualquier caso no parece que la vía de la recomendación sea la más acertada para atajar esta amenaza. Desde mi punto de vista urge la creación de un organismo adscrito al Ministerio de Educación y Cultura que vele por la correcta utilización del idioma en los medios de comunicación tanto escritos como audiovisuales, en la edición de cualquier libro o novela, en los sitios de Internet españoles, y en la publicidad comercial. Una de sus misiones sería erradicar los extranjerismos superfluos mediante campañas divulgativas, acciones educativas y formativas, y, por supuesto, severas sanciones contra quienes infecten reiteradamente la lengua castellana con elementos extraños.

domingo, 22 de junio de 2014

LEYENDA URBANA ORTOGRÁFICA




Los de mi generación fuimos enseñados durante años a no poner tildes en las letras mayúsculas, supuestamente porque así lo preceptuaba la Real Academia Española. Además no fueron nuestros padres los que nos metieron en la cabeza semejante mandanga, sino nuestros propios profesores de lengua, que insistían convencidísimos en esta supuesta regla ortográfica. Con el tiempo hemos comprobado que se trataba de una de las leyendas urbanas más extendidas y a la vez más absurdas, pero que todos nos hemos tragado hasta fechas más o menos recientes en que la Academia ha aclarado casi con vehemencia que jamás estableció semejante norma. Aun así hoy en día sigue habiendo catetos que nunca utilizan el acento gráfico en las mayúsculas y defienden a capa y espada que es lo correcto.

La leyenda tiene, como todas, una cierta base verídica. Antes de la aparición de los sistemas modernos de impresión basados en las tecnologías informáticas, los libros, las revistas y los periódicos se editaban utilizando los tradicionales tipos móviles, es decir moldes de cada carácter que se montaban a mano en una plancha. Por distintas razones de tamaño y de estética, los tipos de las letras mayúsculas con tilde resultaban un verdadero engorro y a ello hay que añadir el inconveniente de que como las letras grandes solían corresponder con títulos y titulares, casi siempre iban en la primera línea de las páginas y las tildes se rompían con frecuencia al realizar la impresión. 

Todo esto obligó a los impresores a no utilizar estos carácteres. Por lo tanto, durante generaciones no se han visto mayúsculas acentuadas en los textos impresos, lo que ha llevado a creer erróneamente que se trataba de una norma especial de los académicos. En este caso la memoria visual de los lectores españoles, que consideraban los libros como paradigmas de cultura y de corrección formal, llegó a pesar más que la lógica lingüística.

jueves, 22 de mayo de 2014

NIVEL DE INGLÉS



A menudo me cuenta un amigo que criba currículos y hace entrevistas de selección en una gran empresa las enormidades que la gente escribe sobre su experiencia y antecedentes laborales. Son muchas las anécdotas que constatan que hay pavos que ni siquiera en su propio currículum vitae, con el que se supone pretenden vender lo mejor de sí mismos, son capaces de disimular su patetismo, su dejadez y su ineptitud. Los hay tan simples que no saben ni mentir o, al menos, camuflar aquellos defectos por los que no los contratarían ni en una granja porcina.

El récord –me cuenta– lo ha batido esta semana un leonés de 30 años, aspirante a auxiliar administrativo, que en el apartado “idiomas” ha puesto literalmente: “Inglés, nivel de usuario”. 

Ya dije en su día que los currículum no sirven para nada, pero ahora matizo: si se pone una cosa así, entonces sí que sirven. ¡Para seguir en el paro toda la vida aunque en los puestos solicitados no exijan idiomas!

¿Dónde colocamos a un bodoque así? ¿Tiene el derecho constitucional al trabajo? ¿Debería advertirle alguna empresa, por caridad, que es preferible dejar en blanco su nivel de inglés a escribir semejante catetada?