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domingo, 10 de abril de 2016

CASTRONUÑO



Ayer fui de excursión a las Riberas de Castronuño, uno de los espacios naturales más singulares de Valladolid y el segundo enclave más importante de toda la región en lo que a variedad de aves se refiere; por ello ha sido declarado por la Unión Europea como Zona Especial de Protección para las Aves. Este humedal, formado por la presa de San José en el curso medio del Duero, tiene 192 hectáreas y en su entorno pueden realizarse varias rutas de senderismo, entre las que destaca la Senda de los Almendros, de unos cinco kilómetros, que discurre por la ribera del río, por bosques de chopos y fresnos y por un pinar en el que hay un magnífico mirador que domina todo el embalse, serpenteando, en su último tramo, entre almendros centenarios. El paseo es una ocasión única para avistar algunas especies de pájaros que no pueden verse todos los días.

Milano negro
Mi objetivo, naturalmente, era encontrarme con alguna garza imperial (Ardea Purpurea), especie emblemática del pantano que ahora mismo acaba de llegar de África. Solo en las lagunas de Villafáfila, en Castronuño y en un par de sitios más podemos los castellanos contemplar a esta zancuda dorada e inconfundible. Hizo un día muy agradable, sin calor ni frío, aunque con cuatro gotas al final de la jornada. Durante los primeros kilómetros no pude ver gran cosa, pues ya se sabe que Dios no ayuda a quien no madruga. Registré minuciosamente los carrizales desde la Senda de los Pescadores y solo logré atisbar los nidos de cigüeña de siempre, muchas docenas, construidos sobre troncos de árboles. Hasta que llegué a la altura de la presa, no hubo nada interesante.

Garza imperial

Cruzando el puente, casi hacia la mitad, con un fuerte viento azotándome el rostro, una pareja de milanos negros, recién llegados también, me ofreció unas vistosas acrobacias nupciales y un par de picados sobre una presa que logró escapar. Las cabezas de plata de estas rapaces enamoradas refulgían contra el sol tímido de la primavera. En el embalse nadaban los cormoranes, ya con el pico anaranjado, y los presumidos somormujos lavancos, con sus crestas de punki y sus papadas rojo chillón. Bajé a almorzar al río y, mientras terminaba mi bocata, pude espiar a placer a un pequeño grupo de chorlitejos chicos, que exploraban el fango pedregoso de la ribera, y a una garceta común, blanca como la nieve y engalanada con su coleta nupcial.

Somormujos lavancos
Garceta común
Me adentraba ya en el bosque, junto al arroyuelo Mucientes, desistiendo una vez más de ver a las imperiales, cuando a mi espalda levantó el vuelo desde una isleta una de estas preciosidades púrpuras, grises y negras. Pude disfrutarla durante casi un minuto. La seguí con mis prismáticos hasta que se posó sobre unos carrizos y sentí esa emoción que siempre experimento cuando avisto un ave que no volveré a tener ocasión de ver en todo un año o más. Más adelante, al pie de uno de los viejos almendros, distinguí el vuelo, mucho más lejano, de una garza real. No me encandiló tanto porque a estas las veo en el Pisuerga cada vez que quiero, aunque es un ave bellísima que siempre impresiona.
Chorlitejo chico


Hay que aprovechar abril para hacer escapaditas ornitológicas. En este mes encuentras diez veces más especies que en cualquier otra época del año, incluido el verano. El despertar del celo hace a los pájaros bastante menos madrugadores y mucho menos precavidos, pues están a lo que están, y uno puede observarlos a placer, incluso a cortas distancias, sin que se espanten. 

martes, 29 de marzo de 2016

ZARAGOZA

Basílica del Pilar tras el Puente de Piedra
Zaragoza es una joya mudéjar a orillas del Ebro que impresiona por su tamaño. Con casi 700.000 habitantes, es la cuarta urbe más grande de España, después de Madrid, Barcelona, Valencia y Sevilla. Tiene avenidas, como el Paseo de la Independencia, que recuerdan el centro de Madrid. Es una ciudad que combina, con perfecto equilibrio, modernidad y belleza. A mí me encanta su tranvía, que le da un aire europeo y dinámico. Eso sí, como todas las grandes metrópolis, tiene sus inconvenientes y uno de los más graves es, sin duda, su alta densidad de inmigrantes, particularmente morunos. Me ha impresionado la morisma que abarrota literalmente la calle Conde de Aranda.

He pasado dos días muy agradables en la capital de Aragón, alojado –como no podía ser de otro modo– justo frente a la estatua de César Augusto, fundador de la ciudad, que el mismísimo Mussolini regaló al ayuntamiento tras la Guerra Civil. Hacía muchos años que no visitaba Zaragoza y he tenido la ocasión de repasar algunos de sus viejos rincones. Se siente uno como en casa en esta histórica localidad que ha sido testigo de algunos de los hitos más gloriosos de nuestra Patria y simboliza su riqueza cultural.

Aparte de la visita obligada a Nuestra Señora del Pilar en la tradicional basílica barroca, cañoneada por los herejes napoleónicos, y de la compra de los habituales –y un poco catetos- recuerdos en la tienda adyacente, no he olvidado entrar en la Seo, un impresionante templo gótico que a mí personalmente me gusta más que la basílica y que cuenta con un museo muy interesante de tapices del siglo XV. Y por supuesto he dedicado una tarde a recorrer la Aljafería, un antiguo palacio de la Taifa de Saraqusta convertido tras la reconquista en la residencia de los monarcas del Reino y de la Corona de Aragón, rodeado por un foso y un jardín espléndidos. En la actualidad es la digna sede de las Cortes de esta comunidad autónoma, algo de lo que debería aprender Castilla y León, cuya asamblea legislativa está ubicada en un edificio moderno, feo y hortera, flanqueado, para más inri, por una espeluznante escultura de Cristóbal Gabarrón.

Con todo, la visita cultural que más me ha gustado ha sido la del Museo Goya, donde se encuentran expuestas catorce pinturas y todos los grabados del genio de Fuendetodos.

Palacio de la Aljafería


También he disfrutado de alguna actividad "medioambiental". Me ha gustado mucho el acuario de agua dulce del complejo de la Expo de 2008, donde se reproducen los ecosistemas de varios ríos de todo el planeta, con especies piscícolas y de otros animales, incluidas las nutrias (que, desgraciadamente, no pude ver porque estaban durmiendo).  Además, como anécdota curiosa, sufrí el ataque de una enorme tortuga de río. La “pobre” había salido accidentalmente de su recinto acondicionado y se encontraba en mitad de un pasillo del recorrido, así que la cogí para devolverla al agua y la muy zorra empezó a mover las patas a velocidad de vértigo y me dejó las muñecas despellejadas con sus zarpas afiladas como puñales. Además di un paseo inolvidable por la ribera del Ebro, que han acondicionado muy bien (al menos la orilla de enfrente de la Basílica). Hay hasta una torreta para la observación de aves. El río, que estaba precioso y muy crecido, ofrece unas vistas únicas para los amantes de la fotografía. Los últimos cormoranes de la temporada practicaban la pesca submarina y sobrevolaban una y otra vez el Puente de Piedra.

Patatas Sherry, todo un clásico en El Tubo
Pero el capítulo más placentero de mi breve viaje ha sido el gastronómico, gracias a los inestimables consejos de Capitán Alatriste, un amigo zaragozano de La pluma viperina al que pedí que me asesorara. Había oído que el barrio de El Tubo es uno de los mejores sitios de España para tapear y lo he confirmado. Una docena de pequeños bares concentrados en tres o cuatro callejuelas del casco viejo ofrecen una gastronomía exquisita a precios variados pero no excesivos. Los locales que más me han gustado son Casa Pascualillo y su deliciosa chistorra con cebolla caramelizada regada con un tinto de Calatayud; El Champi, que solo sirve un montado de champiñones a la plancha para chuparse los dedos y una cerveza tostada en un frasco de rosca; la Taberna Doña Casta, con sus espectaculares croquetas de arroz negro y alioli; La Pilara, con unas tapitas de lo más original y una excelente relación calidad-precio; y La Ternasca, donde no hay que perderse sus ricas patatas Sherry, que son una especie de huevos rotos con patatas fritas muy delgadas y tallarines de ternasco (cordero joven). Se me hace la boca agua solo de escribirlo y recordarlo. También tuve ocasión de tomar unas copas por otras zonas del centro. Me agradó bastante un pub llamado La Bodeguilla. El ambiente nocturno está muy bien y la gente me pareció majísima aunque hablase exactamente igual que Marianico el Corto.

domingo, 28 de junio de 2015

LA SENDA DEL DUERO




Foto tomada por mí

Desde 1993 el Ministerio de Medio Ambiente, a través del Programa de Caminos Naturales, viene acondicionando rutas por canales, cañadas, antiguas vías de ferrocarril, caminos de sirga, vías pecuarias y veredas de todo tipo para fomentar el senderismo, el contacto con la naturaleza y el desarrollo rural. Uno de los proyectos más ambiciosos, en colaboración con Portugal, ha sido el sendero GR-14, más conocido como Senda del Duero, que recorre la ribera de esta emblemática arteria fluvial desde su nacimiento en Duruelo de la Sierra (Soria) hasta su desagüe en Oporto. El itinerario se inauguró en 2012 y está perfectamente señalizado. Yo ayer me animé a recorrer a pie un tramo de su etapa número 12, que une las localidades vallisoletanas de Peñafiel y Quintanilla de Onésimo. En concreto anduve un total de 17 kilómetros sumando la ida y la vuelta desde Peñafiel a Pesquera del Duero, un paseo que recomiendo a todos los amantes del trekking. 

Esta zona es famosa en España por su cultura vitivinícola. A decir de los entendidos, aquí tienen los viñedos las bodegas más prestigiosas de la denominación Ribera de Duero, que elabora los caldos más preciados del país después del tinto de La Rioja. Este valle fluvial alberga además numerosos municipios de gran relevancia histórica, destacando Peñafiel con su soberbio castillo del siglo X, que fue conquistado por el mismísimo Almanzor y recobrado 30 años más tarde por el conde castellano Sancho García. 

El recorrido que hice discurre por antiguas sendas de pescadores atravesando pinares y frondosos bosques de chopos, sauces y fresnos. Desde el mismo Peñafiel seguí el Duratón hasta su desembocadura, casi tres kilómetros más allá. A partir de este punto un Duero ya caudaloso serpentea suavemente con su color de arcilla, con una corriente casi imperceptible en esta época del año, flanqueando farallones y pegado al camino, unas veces a ras de suelo y otras hasta treinta metros por debajo. Aunque fácil y accesible, la ruta alterna repechos y bajadas para no aburrir y sorprende con vistas maravillosas de un río en estado salvaje, con troncos muertos que lo atraviesan a modo de puente y una increíble variedad de aves tanto acuáticas como de bosque de ribera que pude disfrutar a pesar del calor: aguiluchos laguneros, fochas, azulones, rabilargos, abubillas, colirrojos y un ruiseñor cada cincuenta metros enseñoreándose de su territorio.

Un buen plan, a ser posible en una época algo menos tórrida, para gozar de un día campestre completo, con opción de lechazo regado con un crianza de postín en alguno de los mejores asadores de la provincia (yo, naturalmente, llevé un bocata de tortilla en coherencia con mi austeridad de revolucionario).

jueves, 14 de mayo de 2015

DEUDAS HISTÓRICAS

Piedra de Rosetta, en el British Museum

Una de las visitas que más he disfrutado en esta semana londinense ha sido la del British, probablemente el museo con las más valiosas colecciones arqueológicas y artísticas del mundo, con piezas como la Piedra de Rosetta, los mármoles del Partenon, el Ajedrez de Lewis, la Vasija de Portland, momias egipcias, bajorrelieves asirios y otros muchos tesoros de todas las civilizaciones del planeta desde varios milenos antes de Cristo.

Es bien conocida la vieja polémica sobre los métodos empleados por los británicos a lo largo de la historia para apropiarse de  muchos de estos símbolos emblemáticos de la cultura humana, y sobre la conveniencia de que sean devueltos a los países en cuyos territorios fueron hallados en su día. La controversia se ha avivado en los últimos cinco años debido a la política alemana de devolución parcial de las obras de arte de las que se incautó el Tercer Reich por media Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Sobre este último tema se ha rodado además, hace un año, una repulsiva americanada protagonizada por George Clooney cuyo único objetivo parece ser la deformación histórica en beneficio del Tío Sam.

Divagaciones cinematográficas aparte, debo admitir que mi postura acerca de estas cuestiones ha evolucionado recientemente. De toda la vida yo solía predicar con no poco ardor que los ingleses eran unos vulgares ladrones que habían practicado el pillaje por todos los rincones del mundo y que lo que procedía era vaciar inmediatamente sus museos, empezando por el Británico de Londres, y reintegrar las colecciones a sus países de origen, principalmente Egipto. Pero a raíz de la lectura de varios artículos especializados, no todos firmados por ingleses, me he dado cuenta de que en este problema concurren factores demasiado complejos y que es imprescindible una reflexión mucho más sosegada y mucho menos anglófoba que la mía para posicionarse correctamente.

Debo empezar aclarando que por muy etnocéntrica que parezca mi afirmación, no todas las naciones han sido ni son igual de importantes, ni han contribuido del mismo modo al progreso del género humano ni a la configuración de nuestro legado cultural. Qué duda cabe de que Inglaterra, un pueblo poco y mal romanizado, jamás se ha contado entre las naciones más civilizadas del orbe y que podríamos describir su experiencia colonial como un combinado explosivo de piratería, racismo, genocidio, puritanismo hortera y biblias manipuladas, pero al fin y al cabo tampoco podemos negar a los anglosajones sus méritos en el proceso de construcción de Europa, en la propagación del mensaje de Cristo por las regiones más recónditas de la Tierra y en el avance tecnológico a nivel internacional. A ello hay que añadir, mal que nos pese, que Reino Unido es en la actualidad una superpotencia, un estado moderno y pujante, con millones de visitantes extranjeros anuales y con todos los recursos técnicos y científicos a su disposición, mientras que la mayoría de las áreas geográficas que fueron “expoliadas” por el imperio inglés se encuentran administradas por salvajes, analfabetos o islamistas radicales. 

Por todo ello considero bastante lógico que muchos de los restos arqueológicos y obras de arte que los hijos de la Gran Bretaña sacaron de sus colonias para llevar a la metrópoli y que constituyen las claves para interpretar el gran periplo de la Humanidad estén en el British Museum y no en una choza de ladrillo y madera en una aldea subsahariana perdida de Dios. Comprendo que es preferible que la Piedra de Rosetta o unas momias de hace seis mil años estén custodiadas por los ingleses a que se encargue de su conservación la República Árabe de Egipto, que, sin ánimo de ofender, no me inspira la menor confianza, pues mañana mismo podría caer en manos de los energúmenos del Estado Islámico y ser pasto de las llamas, en cuestión de minutos, estos baluartes irrepetibles de la Historia Universal. Casi prefiero que Inglaterra siga gestionando, con mayor o menor legitimidad, estos objetos que encarnan las gestas de nuestros antepasados y nos ayudan a entender quiénes somos y de dónde venimos, a que se devuelvan a Siria, a la India, a Sudán, a Birmania, a Tanzania, a Nigeria o a Irán, donde vete tú a saber cómo los tratarían y qué tipo de acceso facilitarían al público extranjero. 

Reino Unido está en el epicentro cultural del planeta y todo el mundo visita Londres varias veces en su vida. Es un estado absolutamente concienciado con la universalidad de las obras que expone. Los grandes museos ingleses son de acceso gratuito. El país cuenta con los mejores especialistas y arqueólogos, que a su vez colaboran con los de otros países. Dispone de las mejores y más caras técnicas de conservación y gasta millones de libras anuales en investigaciones relacionadas con el patrimonio cultural. ¿Pueden ofrecer esto todos los países (muchos en vías de desarrollo) que pretenden exigir a Londres el reintegro de sus tesoros robados? Evidentemente, no. Por no entrar ya en otras cuestiones de legitimidad histórica en las que no me apetece enfangarme, pero, aparte de que la regla no escrita de todas las guerras es que el botín es para el vencedor, deberíamos tener en cuenta que cuando el Imperio británico colonizó estas zonas de la cuenca del Nilo o de Asia Central, en algunas de ellas no había países, ni estados, ni nada que se le pareciera, sino simples poblados de negritos u otros indígenas bramando “unga-unga” y matándose todo el día con los del pueblecito de un kilómetro más allá, en muchos casos sin ninguna conciencia identitaria y por supuesto sin conocimiento alguno de los restos históricos que escondían “sus” tierras. Así que no queda claro en nombre de qué o de quién piden ahora algunas “naciones” que les sean devueltas ciertas antigüedades.

Vamos,  que no me extraña nada que las reclamaciones en este sentido que ahora puedan formular, por ejemplo, Sudán del Sur o Uganda se las pasen los ingleses por la patilla. Dirán que a lo mejor son los sudaneses o los ugandeses los que tienen una deuda pendiente con Europa por haberles enseñado a santiguarse y a dejar de comerse a la gente.

domingo, 15 de febrero de 2015

DE LA HOMINIDAD A LA HUMANIDAD




Cumpliendo un viejo deseo mil veces aplazado, el viernes visité el Museo de la Evolución Humana de Burgos. Se trata de un referente museístico a nivel internacional sobre antropología y arqueología prehistórica cuya misión básicamente es divulgar los hallazgos de los yacimientos de la Sierra de Atapuerca, donde desde el siglo XIX se han encontrado restos humanos y arqueológicos pertenecientes a cinco especies distintas de homínidos, desde el Homo Antecessor de hace casi un millón de años al Homo Sapiens, pasando por el Homo Heidelbergensis y el todavía enigmático Hombre de Neandertal.

A pesar de que me parece un crimen contra natura construir un edificio como el que alberga el Museo junto al mismísimo casco histórico de Burgos, he disfrutado de verdad con esta visita, tras la cual es imposible no hacerse mil preguntas sobre nuestros orígenes y nuestro futuro como especie. Lo único que lamento es no haber podido conocer los yacimientos, que no estaban abiertos al público ese día.

La exposición es magnífica y nos lleva de la mano por los grandes hitos que han marcado la evolución del hombre hasta convertirse en lo que es hoy: los cambios climáticos, que forzaron migraciones fundamentales para mejorar nuestra capacidad de adaptación; el control del fuego, que alargó los días de nuestros antepasados, favoreció su sociabilidad y revolucionó su dieta, permitiendo un crecimiento del cerebro; el nacimiento de la agricultura, que acabó con el nomadismo y fraguó nuestras actuales estructuras sociales, económicas y familiares; y la formación del lenguaje articulado como respuesta a la necesidad de cohesionar grupos amplios y complejos.




A lo largo de cuatro plantas, con espléndidos paneles explicativos, exposiciones tanto de material original como de reproducciones de los hallazgos del yacimiento, áreas temáticas, recreaciones históricas, extraordinarias maquetas y actividades de todo tipo, el Museo permite hacerse una idea fidedigna de la vida cotidiana de nuestros ancestros de hace decenas de miles de años. Personalmente me ha encantado el espacio dedicado a la vuelta al mundo de Darwin en el Beagle (1831-1836) y el increíble realismo de las figuras a tamaño natural de cada una de las especies de homo estudiadas por el equipo que coordinan en Atapuerca los arqueólogos Eudald Carbonell, Juan Luis Arsuaga y José María Bermúdez de Castro.

Un plan muy recomendable para todos los interesados en la Prehistoria y en el paso, en la noche de los tiempos, de la hominidad a la Humanidad.

domingo, 16 de noviembre de 2014

BAJO CIELOS INMENSOS



El periodista Alfred Bertram Guthrie, natural de Indiana y descendiente de pioneros, ganó el premio Pulitzer por su novela The way west (1950), nunca traducida al español, pero su asiento de honor en la historia de la literatura se lo debe a The big sky (Bajo cielos inmensos, 1947). Ambas obras fueron llevadas a la gran pantalla con los títulos Camino de Oregón (1967) y Río de sangre (1952) respectivamente.

Bajo cielos inmensos narra en tono épico y nostálgico las aventuras de Boone Caudill, un adolescente rebelde que huye de su casa en Kentucky y se enrola en la tripulación de una barcaza que remonta el río Missouri para comerciar con los indios Pies Negros. Con los años, Boone se convierte en un aguerrido trampero, en un mountain man que no quiere volver a saber nada de la civilización ni relacionarse con nadie aparte de la tribu india que lo acoge.

Estamos ante un emocionante relato de aventuras, pero el libro va mucho más allá y nos deleita con poéticas descripciones de los parajes del oeste, desde las praderas inmensas hasta las Rocosas, y de la naturaleza virgen de aquellas latitudes en la década de 1830. Se nota además que el autor era aficionado a las aves por la multitud de especies que menciona; es una pena que el traductor se haga un lío y sitúe en América especies estrictamente europeas.

Bajo cielos inmensos tiene también un valor antropológico: a lo largo de sus quinientas páginas, nos ilustra sobre las costumbres de las diferentes tribus de amerindios del noroeste, y sobre la incidencia en sus vidas de la llegada del hombre blanco. Normalmente se nos ha mostrado a los pieles rojas como indígenas belicosos en defensa de su "nación", pero Guthrie nos revela la otra cara de la moneda, la de unos salvajes anclados en el Neolítico pero fascinados por las mercancías de los colonos (en especial por el whisky), que no dudaron en cambiar sus hábitos, plantar sus campamentos cerca de los fuertes y prostituir a sus mujeres sin ningún escrúpulo a cambio de alcohol, pólvora, ropa o tabaco.

Por último la novela plantea, más o menos de refilón, cuestiones de gran interés, como la legitimidad de la Doctrina del Destino Manifiesto, los convencionalismos de la sociedad civilizada, el concepto de libertad personal y los peligros del individualismo.

Todo un himno a un territorio salvaje del que ya no queda nada ni rastro y al valor de unos hombres que lo dejaron todo solo por ver un horizonte distinto.

“Sobre sus cabezas había más cielo que el que un hombre podría imaginar, una cúpula profunda, lejana y vacía, a excepción tal vez de un halcón o un águila navegando por las alturas”.

domingo, 20 de abril de 2014

SENSIBILIDAD ARTÍSTICA





 En ambientes de gente culta, carecer, como yo, del menor asomo de sensibilidad artística, queda fatal. Casi todos los viajes que he hecho en mi vida me los he pasado recorriendo museos, viendo cuadros, esculturas y catedrales que en el fondo me importaban un carajo. A mí el arte me dice poco o nada, pero esto es difícil reconocerlo abiertamente ante amigos cultivados y más cuando se supone que yo mismo debería serlo. Hay que fingir un poco de interés por estas cosas si no quieres quedar como un paleto, pero yo ni por esas. Cuando iba a exposiciones con mi exnovia, que pintaba y tal, solía hacer comentarios muy chorras sobre los cuadros que veíamos:

– Joder, menuda papada tiene ese ángel.

–   ¡Siempre te quedas en la anecdotilla! –me decía con cara de paciencia, como pensando “con este no hay nada que hacer”.

La semana pasada miré a ver si encontraba por fin un óleo para el salón. La pared desnuda sobre el chaise longue pide a gritos un cuadro y llevo tiempo pensando qué poner. Fui tan tonto que me fui directo a una galería de arte del centro, de uno de los paisajistas y grabadores más famosos de la ciudad. Al entrar eché un vistazo y todo eran acuarelillas minúsculas. Se me acercó un tío flaco de cincuenta, vestido de negro, con melenilla y barba canosas.

– ¡Hola, qué tal! –me dio la mano– Yo soy el autor. ¿Buscaba algo en especial?

–  Encantado. Pues mire, andaba buscando un óleo así majo, para mi salón. Las medidas que tengo son de dos cincuenta por uno cuarenta, y quería un paisaje castellano, con motivos rurales o algo así. No tiene usted mucho expuesto, ¿no?

La expresión del fulano se arrugó inmediatamente sobre todo con mi explicación prosaica de las medidas.

–  No, tenemos muy poquito porque yo ahora pinto casi todo por encargo, ¿sabe? Usted me trae una foto que le guste o me indica un paraje, y yo le pinto el cuadro. Además, rápido, ¿eh? Yo no soy de los que tardan seis meses.

–  Ah, ya, pues lo siento, pero no me interesa por encargo.

 –  ¡Anda! ¿Y eso por qué?

 –  Pues mire, es que a mí lo que me llama es comprar un cuadro que vea ya pintado y me impacte. No sé cómo decirle, pero por mucho que me guste la foto que yo le traiga, a lo mejor luego la pintura no me acaba de convencer por lo que sea, o no acaba de cuadrarme en el salón, por los tonos, los colores o qué sé yo…

 Según hablaba, el artista ponía una cara parecida a la de mi exnovia y se iba cabreando por momentos.

 – Bueno, usted verá. Las personas que entran en esta galería normalmente conocen mi estilo y mi obra, galardonada, como sabrá, en numerosas ocasiones. Saben lo que pueden esperar de mi pincel. Pero si usted cree que me va a traer una foto y yo le voy a pintar un bodrio, entonces no hay más que hablar.

–   Oiga, perdone, yo también conozco su obra –mentí por caridad– y por eso he venido. No digo que usted pinte bodrios, ni mucho menos, sino que yo necesito ver lo que compro. Usted puede hacer una obra de arte y a mí, por mil motivos, no acabarme de llenar o pegarme menos en el salón que a un Cristo dos pistolas, ¿me entiende? Yo no pongo en duda su talento; todo lo contrario. Seré muy raro y todo lo que quiera, pero paso de comprar cuadros por encargo…

 Llegados a este punto, el pintor ya estaba desatado. Le había herido en lo más profundo de su pundonor artístico.

 –   Hombre, si es por dinero, debo aclararle que yo con estas cosas soy muy chulo, y que si usted me encarga algo y después no le gusta, me lo quedo en la galería y santas pascuas. ¡Un paisaje clásico a óleo lo vendo yo en un santiamén!

 –  Ah, pues cualquiera lo diría viendo que solo pinta por encargo y que no tiene nada expuesto… De todos modos, usted comprenderá que esas condiciones que me cuenta no son las habituales en un encargo de estas características, así que yo nunca pensé…

 –  Ya, ya, pero es que ya le digo que soy muy chuleta…

 Me largué de allí antes de que me metiera su pincel más gordo por un ojo (por ejemplo), pero sinceramente sigo sin entender los motivos de su enfado. Si alguien, amén de ejercer de artista, quiere vender su obra, digo yo que tendrá que tragar con tipos como yo, que tratamos los lienzos como una mercancía más y que lo que buscamos es un adorno bonito para la pared, con unas medidas determinadas y un marco que combine, y no una pieza inmortal pintada por un supuesto genio, aparte de que no tengo por qué conocer a este personaje, de cuya fama, por cierto, me enteré después por Internet. Yo entré en una tienda de cuadros y punto. Además si se considera un creador tan exclusivo, un romántico con tanta sensibilidad que se horroriza ante mis palurdeces mundanas, no sé qué hace atendiendo él personalmente el negocio. Un pintor de su talla (y tan chulo por añadidura) tendría que estar por encima del bien y del mal, no conocer siquiera el precio de sus obras y tener en el local a un dependiente, en vez de andar en plan judiorro convenciendo al que entra de que le encargue copias de fotos y encima prometiendo rapidez, como si estuviera fabricando churros. Como le vamos a tratar así como a un artista.

Lo tengo decidido. Esta semana vuelvo a su galería a decirle que vale, que le hago un encargo, pero que me diga a cuánto sale el metro de óleo pintado por él.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

IR AL CINE SOLO

Me hace gracia cómo ciertas actividades para cuya realización no necesitamos a nadie las hacemos siempre acompañados simplemente por lo mal visto que está hacerlas en solitario.

Uno de los ejemplos más claros es el de acudir al cine o a cualquier otro espectáculo. No entiendo por qué si le apetece a uno ver una peli de estreno no puede ir solito a la sala si, por lo que sea, no encuentra a ningún amigo que pueda o le apetezca acompañarle. No lo entiendo, pero lo cierto es que nunca se me ha ocurrido ir al cine sin nadie porque me dan mal yuyu los tipos que lo hacen; suelen ser un poco raretes y tener cierto aire descuidado y marginal. En el fondo no lo hacemos porque tenemos el prejuicio idiota de que quien no es capaz de encontrar compañía para ver una peli o disfrutar de un concierto o un monologuista es un fracasado social.

También pasa, aunque en menor medida, con los viajes, los paseos, o los bares o restaurantes…. Hay mucha gente que prefiere mil veces quedarse en su casa a marcharse sola de vacaciones, o que jamás saldría por su cuenta a cenar a un sitio bonito ni a tomarse una copa en un pub de moda.

Como animales sociales que somos, tenemos inscrito en el código genético que es imposible disfrutar de la vida de forma independiente, y por eso no concebimos llevar a cabo ninguna actividad placentera sin compañía. Pensamos que pasar un buen rato a solas en el fondo es una desviación, una anormalidad social, un poco como la del pajillero que goza más a su aire que con una mujer de carne y hueso.

También hay otro componente, que es nuestro miedo atávico a la soledad derivado de nuestra naturaleza gregaria. Quedarnos aislados de la manada, solos en el ocio, en la vida y en el amor es la peor pesadilla que podemos imaginarnos. Para mantener a flote nuestra autoestima más íntima necesitamos presumir de competencia social, de pareja, de familia unida y bulliciosa, de varios grupos de amigos, de vida noctámbula, de cientos de contactos en Facebook.  Ir solos al teatro o a cenar sería como exhibir nuestra soledad y eso no podemos permitírnoslo.

jueves, 17 de octubre de 2013

LA PASIÓN TURCA


No voy a entrar en los motivos por los que he leído La pasión turca (1993), la segunda novela del melifluo Antonio Gala. Tampoco voy a extenderme con su argumento, de todos conocido: una chica convencional de provincias, que sufre un matrimonio aburrido e insatisfactorio, se enamora locamente de su guía turístico en un circuito a Turquía, entregándose a una pasión sexual desbordada que la lleva a romper con todo y a trasladarse a Estambul a vivir con él. Esta relación se irá volviendo cada vez más sórdida, haciendo debatirse a la protagonista (que acaba como las maracas de Machín) entre su pasión-obsesión, y su dignidad y sentido del deber.

Como no podía ser de otro modo con una trama semejante, el libro fue llevado al cine por el obseso de Vicente Aranda, director de gorrinadas como Cambio de sexo (1977), Amantes (1991) o Libertarias (1996), y la película protagonizada por una pésima pero putaresca Ana Belén.

La novela, por resumirlo de algún modo, es una historia muy vulgar pero bastante bien contada y aderezada con pinceladas culturetas y guiños a la mitología clásica, tan propios del afeminado escritor que ni un instante se separa de su bastón, suponemos que por su cojera.

Pero dejando ya a un lado mis valoraciones, voy a enumerar los grandes temas que, con gran maestría y de un modo sugerente, plantea Gala en su Pasión turca, pues creo ya que merecen un buen debate. Soy breve: 

- Plantea que la institución del matrimonio se ha cargado completamente el sexo, al normalizarlo y estandarizarlo; que el sexo se disfruta mucho más cuando es espontáneo y proscrito, cuando tiene un cierto componente de clandestinidad y de pecado.

- Solo tenemos una vida, solo se vive una vez, por lo que estamos obligados a disfrutar a tope, haciendo lo que de verdad nos hace felices (= nos apetece) frente a los convencionalismos sociales, religiosos o morales.

- Gala cuestiona que Turquía sea la anti-Europa por excelencia, reivindica sus orígenes no musulmanes y explica que es la cuna del Cristianismo y de Occidente, por lo que es más europea que cualquier otra nación más al oeste. 

En la peli, Ana Belén no tuvo que actuar;  solo ser ella misma
- La protagonista, Desi, se enamora de Yamam, el guía de su circuito turístico. Se sugiere que la mujer tiene una tendencia inconsciente a encapricharse de los hombres que dirigen, mandan o son referentes en un grupo (su guía, su jefe, su profesor, etc)

- Buenísima frase: “La paternidad hace a los hombres más humanos y la maternidad hace a las mujeres más animales”. Muy curioso, pues los hombres, al tener un hijo, se comportan de un modo muy diferente al de los animales macho, que se suelen desentender de la camada. En cambio en las mujeres, cuando dan a luz,  surge un instinto atávico y animal que les lleva a dejar de lado, o al menos a relativizar,  todo lo demás, incluyendo el trabajo, el marido, su vida social, su ocio, etc.

- Unas relaciones sexuales satisfactorias son la forma más plena de comunicación y unión entre dos seres humanos.

- Gala insinúa que el enamoramiento y la pasión duran muy poco, y que la rutina termina machacando el sexo y las relaciones afectivas por muy sólidas que parezcan.

- Un enamoramiento repentino y apasionado es siempre un espejismo, un reflejo de nuestro deseo por alcanzar lo que nos falta, por colmar nuestras necesidades afectivas o sexuales. Con el enamoramiento siempre nos engañamos a nosotros mismos y por eso cuando llega la realidad del día a día surgen la decepción y el hastío. 

- Las mujeres siempre tienden a confundir el sexo con el amor, la atracción física con el enamoramiento. 

- Hay un personaje del libro que cuando ve a Desi tan enloquecida y tan dispuesta a arrojarlo todo por la borda por su turco, le advierte que el amor de pareja no lo es todo en la vida, que hay otros mil aspectos que cuidar como la familia (Desi no vuelve ni a visitar a su padre), los amigos, las propias aficiones, el trabajo... Un "amor" que lleva a romper con todo supone un desequilibrio antinatural.

- En su entrega total al amor de su vida, Desi llega a tolerar de buen grado vejaciones y malos tratos de Yamam, llegando a confesar que, antes que serle indiferente, prefiere que la humille porque eso al menos significa que piensa en ella. Este fenómeno, dicen, no es tan inusual en los casos de violencia “de género” que salen todos los días en la prensa. Yo me planteo si las mujeres así de gilipollas de verdad no se merecen lo que las pasa.

- En la novela puede verse que cuando una persona cede a la inmoralidad en un aspecto concreto de su vida, se acaban deteriorando otras muchas facetas. Sucede a veces que el que se sabe muy pecador, aunque sea en un aspecto puntual de su conducta, termina desanimándose por mantenerse íntegro en otros y el pecado se acaba colando hasta la cocina. Es difícil ser relativista en unas cosas y dogmático en otras.

viernes, 30 de agosto de 2013

MODA FEMENINA ISLÁMICA

 
En los últimos tres años he visitado varios países con diferentes grados de islamización y en todos ellos no he podido dejar de fijarme en el atuendo de las mujeres (y en nada más porque en Morolandia a las chicas solo se las ve la ropa). En todos los sitios donde he estado, siempre he visto cinco tipos de mujeres según su vestimenta, que describo de menor a mayor grado de puritanismo: 

1.- Las occidentalizadas 

Se trata invariablemente de chicas jóvenes. Llevan la cabeza descubierta, siempre con el pelo muy largo y visten vaqueros y  blusa o camiseta igual que cualquier chica europea, con la diferencia de que jamás enseñan las piernas, es decir que van con pantalón largo. Tampoco dejan que se atisbe ni se transparente su ropa íntima, no como las de aquí, que la calle parece un puto desfile de Women Secret. El porcentaje de occidentalizadas varía enormemente de un país a otro, pero en general equivaldrían socialmente a las progres o jipis (o sea promiscuas) en la España de la Transisión. Por ejemplo, para una familia decente de Marruecos que un hijo se eche una novia así es motivo de drama familiar. 

2.- Las semioccidentalizadas

Prácticamente solo se diferencian de las anteriores en que llevan el hiyab en la cabeza, o sea un pañuelico, y una camiseta larga interior para no mostrar los brazos. A mí algunas me parecen muy elegantes. Son chicas universitarias o cultas que a menudo te encuentras de turismo por países no musulmanes. Gozan de una mayor aceptación social que las anteriores en bastantes áreas de la morería; no así, me temo, en Yemen o Afganistán, que no han sido ni serán en breve destinos de mis viajes. 

3.- Las doñas Rogelias 
Doñas Rogelias
Suelen ser más mayores, aunque las hay de todas las edades. Su estampa es prototípica: una gabardina horrible ligeramente entallada y de color claro (en invierno y en verano), y un hiyab o un chador cubriéndoles la cabeza. Estos fulares suelen ser de diseño horrendo, como los que llevaba nuestra abuela en los años cincuenta. Van normalmente en grupos grandes de mujeres y llevan un calzado estridente que a menudo no pega ni con cola con el resto del conjunto (por ejemplo, unas zapatillas de deporte blancas). Bajo su guardapolvo se intuye muy poca higiene, unos olores inconfesables. 





4.- Las cucarachas light
 
Cucaracha Guerrero del Antifaz
Cucaracha light
Van totalmente cubiertas con una túnica negra que les llega hasta los pies y con una especie de capucha o cofia similar a la de las monjas que las tapa el pelo y la garganta pero deja ver todo o parte del rostro: a veces la cara entera, a veces todo menos la boca y en ocasiones solo la franja de los ojos en plan Guerrero del Antifaz, depende de lo descocadas que sean.  Las guerreras del antifaz a veces se ponen unas gafas de sol y parecen el hombre invisible de la peli de James Whale. Yo he visto a chiquitas de 18 años (casadas) vestidas con alguna de estas variantes. En Marruecos serán un 10% de las mujeres y en Turquía un 5%. En Egipto ya ves a muchas. 

5.- Las cucarachas integrales
Iguales que las anteriores pero con burka o con un velo traslúcido más moderado que las tapa todo el careto. Es el máximo exponente de la degradación de la mujer. Ves bastantes pocas en zonas urbanas y alguna más en pueblos. Siempre caminan por detrás del marido que, sin excepción, tiene una pinta de garrulo que asusta. Yo esta vestimenta se la impondría durante un año a las feministas europeas para que se quejaran por algo (¡y por no verlas la cara!)

martes, 20 de agosto de 2013

CHAU-CHAU

 “En realidad me la trae floja y lo que diga el torda este me entra por un oído y me sale por el otro. Bien me sé que estoy aquí provisional y que en este país lo que sobran son colocaciones. Así se lo planteé a la mucama del segundo, que miraba sin dejarlo, como cachondeándose, y la gilí de ella me salió con que si con provisional quería decir provisorio. De mal café la respondí que sería ella la que con provisorio quería decir provisional. ¡Vamos, que también gibaría que ahora me fueran a enseñar a hablar estos cipotes! Pepita en la lengua no tengo y el mejor día voy a recordarle a alguno que si Colón se dio un garbeo por aquí hace unos años, fue para enseñar a su abuelo a decir pan y vino en lugar de chau-chau. ¡No te amuela!”


"Diario de un emigrante" (Miguel Delibes, 1958)

jueves, 1 de noviembre de 2012

MONACATUS

Este año también ha tocado una visita a Las Edades del Hombre, que ya va por su 17ª edición, esta vez dedicada a la vida monástica (Monacatus) y ubicada en el Monasterio de San Salvador en la histórica villa de Oña.

Tanto la temática como el entorno, una comarca asociada al nacimiento de Castilla como condado independiente de León en el siglo X, me atraían especialmente, así que el sábado pasado me animé a ir hasta Oña.  Solo por el impresionante monasterio ya merece la pena el viaje. En él están enterrados varios condes de Castilla (incluido Sancho García, el nieto del mismísimo Fernán González) y reyes de Castilla y de Navarra. El retablo barroco y el claustro son las mayores maravillas que alberga el conjunto monástico; estuve mucho tiempo contemplándolos admirado.

La exposición me ha gustado bastente más que la del año pasado y en eso ha influido sin duda el buen hacer del guía, que además de explicarnos las obras más importantes se detuvo a desgranar el contexto histórico de la vida de los monjes castellanos. Nos dio muchísimos datos y aprendí algunas cosas curiosas que desconocía, por ejemplo que los primeros cantos de los monjes, en los albores de las principales órdenes, no eran los famosos gregorianos, sino el llamado canto mozárabe o visigótico, ligado íntimamente a la primitiva evangelización de numerosas zonas de la Península. Tampoco tenía ni idea de que fueron los monjes medievales los inventores de las piscifactorías de truchas, que construían para procurarse alimento en una época en que las reglas les prohibían buscar o comprar comida fuera de los muros del convento.

Más cosas que me encantaron: una talla del siglo XVIII de San Froilán, nombrado primer obispo de Palencia tras una vida de eremita en el siglo IX, con un lobo que amaestró para que cargara con sus biblias; una colección increíble de documentos y textos sagrados ilustrados de los siglos IX y del siglo X, entre ellos actas fundacionales de varios monasterios españoles, algunos originales y otros copia facsímil porque el presupuesto de Las Edades no daba para cubrir el seguro; varios mapas muy interesantes de monasterios y de sus áreas de influencia; la reproducción de la celda de un monje de los primeros tiempos, y la aljuba (una especie de camiseta larga interior) del Infante Don García, hijo de Alfonso VII (siglo XII).

Además aprovechamos el viaje para visitar la comarca de las Marindades y ver el puente romano de Frías, y para acercarnos a Poza de la Sal, el bonito pueblo natal del doctor Rodríguez de la Fuente. En el trayecto, cruzando los Montes Obarenes, pudimos ver unos cuantos corzos muy cerca de la carretera.

Lo peor del día, la lamentable comida en el único tugurio de Frías en el que encontramos sitio. Encima, el dueño, un marroquí como no podía ser de otro modo, nos dijo un precio y después al traer la cuenta metió el IVA aparte.

La muestra puede visitarse hasta el 4 de noviembre, así que aún están a tiempo los rezagados para disfrutar de un encuentro inolvidable con un aspecto de nuestro pasado indispensable para entender las esencias de nuestra Patria.

viernes, 31 de agosto de 2012

DE EXCURSIÓN AL CAÑÓN


Ayer hice una excursión que merece la pena repetir. Al atravesar los términos de los municipios segovianos de Sepúlveda y Cantalejo, el río Duratón, un afluente del Duero, serpentea vertiginosamente entre descomunales farallones de piedra caliza, trazando curvas tan cerradas que, vistas desde arriba, se asemejan en efecto a hoces de segar. Por su valor paisajístico y por su riqueza en flora y fauna, todo el área fue declarada Parque Natural en 1989 por la Junta de Castilla y León. 

Aguililla calzada

En el Parque pueden recorrerse varias rutas de senderismo y yo ayer me decanté por la larga, que es la que une el puente romano de Talcano con el de Villaseca, y que en total (ida y vuelta) mide 23 kilómetros. Se trata de un recorrido fácil, de un sendero casi sin desnivel que atraviesa todo el cañón flanqueado por dos inmensas murallas naturales. Entre cortado y cortado no habrá 100 metros en las partes más anchas y el camino discurre pegado al caudal exiguo del Duratón, que nos deleita con su arrullo de agua fresca y cristalina. Aun con mucho calor, la ruta se hace agradable pues nos cobijan en todo momento pequeñas arboledas de álamos, chopos y sauces. Aunque pudiera suponerse repetitivo por ser un recorrido de ida y vuelta, son completamente distintas las vistas que se disfrutan al ir y al volver.


Dicen que la mejor época para caminar por este paraje es el otoño, por el contraste de colores, así que a ver si vuelvo en octubre.

Foto tomada por mí
Para mí el mayor atractivo del Parque es la fauna, sobre todo las aves rapaces. En las Hoces anida una de las mayores colonias de buitre leonado en toda Europa, más de 500 parejas, por lo que es imposible no ver continuamente a los carroñeros posados en las grietas rocosas o sobrevolando la garganta, a veces casi a ras de los árboles proyectando sus inmensas sombras sobre los bosquecillos. También están representadas en este paraíso natural el resto de buitres (salvo el quebrantahuesos) y aves de presa ibéricas, incluida el águila imperial. Es obligado llevarse unos prismáticos de 8 ó 10 aumentos para disfrutar de todas estas hermosas aves. Por la hora de mi paseo, yo solo tuve ocasión de avistar a los leonados y a una aguililla calzada, pero me topé con otras especies de aves como el avión roquero, el vencejo real, la chova piquirroja, el colirrojo tizón, un montón de mirlos y un confiadísimo petirrojo que compartió nuestro almuerzo. Fui muy pendiente de las orillas por si tenía la suerte de pillar a la nutria, que también abunda, pero nada. Me hube de conformar con una enorme ardilla que saltó a un árbol casi a mis pies.

Para los interesados en esta rutilla, comentar que se accede al punto de partida (Puente de Talcano) tomando un desvío en una rotonda muy poco antes de llegar a Sepúlveda desde Valladolid (en la CL-112). Allí hay un aparcamiento y un poco más adelante varios paneles con las oportunas señalizaciones y mapas de los diferentes recorridos a pie y en bicicleta.