Es muy difícil asimilar nuestros fracasos en plena cultura
del pelotazo. En una sociedad en la que todo se mide con la vara del éxito, en
la que da la impresión de que si no brillas y destacas vales menos que una
caquita, resulta complicado aceptar con naturalidad los reveses de la vida.
Fracaso es hoy en día una expresión tabú, demasiado
estridente y dolorosa para ser pronunciada y mucho menos en casa del ahorcado.
Ya nadie admite sus descalabros ni sus frustraciones más íntimas. Si alguien
fracasa como hijo o como padre; si sus sueños se desvanecen en el sopor de la duermevela; si su matrimonio muere entre dolorosos
estertores; si su negocio se hunde como el Titanic; si hipoteca toda
su juventud en unas oposiciones nunca aprobadas; si su ilusionante noviazgo se rompe
en añicos como una figurita de porcelana; si se arruina; si le echan de todos
los trabajos por inútil; si descarrilan sus relaciones amistosas o cae
presa del alcohol, es muy raro que
reconozca abiertamente -ni siquiera a sí mismo- que ha fracasado en algún aspecto fundamental de su vida. Lo normal
es decir que no importa, que ha sido una “experiencia enriquecedora” y que hay
que dar al play al siguiente capítulo de la serie porque el final siempre es
feliz y el protagonista nunca muere.
Si en algo estoy de acuerdo con esta actitud tan habitual
es en que incluso tras una caída al precipicio debemos echarle huevos y seguir avanzando. En lo que discrepo es en el mecanismo de defensa de presuponer que “aquí
no ha pasado nada”, restando importancia a gravísimos tropiezos o incluso
hundimientos tras los que, nos guste o no, jamás volveremos a ser los mismos. El
primer requisito para seguir afrontando la vida con dignidad y aprender -quizá- algo de
lo sucedido, es acatar que hemos fracasado, que el fracaso ha sido grave y que
todos los golpes duros dejan secuelas imborrables, por mucho que nos hagamos
los longuis. Lo importante es saber convivir con esas cicatrices o mutilaciones
sin ignorarlas estúpidamente, pues cerrar los ojos solo puede llevarnos a una
catástrofe peor.
De todos modos, aunque nos empeñemos en lo contrario tras
cualquier adversidad, hay muchas veces que es imposible aprender de las malas
experiencias, primero porque seguramente nunca se reproduzcan idénticas
circunstancias y después porque somos como somos, tan condicionados por nuestro
carácter, nuestra genética o nuestras inercias que igual volvemos a toparnos
con la misma encrucijada y enfilamos de nuevo, como idiotas, el sendero mortal.
Según cubrimos etapas y desperdigamos nuestros fracasos
por el camino, se nos van cerrando puertas que ya no podremos volver a abrir. Cada
traspiés, cada culada, cada derrumbe deja huellas en nuestro cuerpo y en
nuestra alma que nos inutilizan en alguna medida para encontrar esa felicidad
soñada. Aunque logremos caminar erguidos, lo cual nos honra, no olvidemos que
en esas viejas peleas con la vida feroz, perdimos un pie, una pierna o un
brazo, y que no volveremos a estar en las mismas condiciones ni a contar con
las mismas oportunidades que cuando aguardábamos en la línea de salida.











