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domingo, 4 de enero de 2015

FRACASO




Es muy difícil asimilar nuestros fracasos en plena cultura del pelotazo. En una sociedad en la que todo se mide con la vara del éxito, en la que da la impresión de que si no brillas y destacas vales menos que una caquita, resulta complicado aceptar con naturalidad los reveses de la vida.

Fracaso es hoy en día una expresión tabú, demasiado estridente y dolorosa para ser pronunciada y mucho menos en casa del ahorcado. Ya nadie admite sus descalabros ni sus frustraciones más íntimas. Si alguien fracasa como hijo o como padre; si sus sueños se desvanecen en el sopor de la duermevela; si su matrimonio muere entre dolorosos estertores; si su negocio se hunde como el Titanic; si hipoteca toda su juventud en unas oposiciones nunca aprobadas; si su ilusionante noviazgo se rompe en añicos como una figurita de porcelana; si se arruina; si le echan de todos los trabajos por inútil; si descarrilan sus relaciones amistosas o cae presa del alcohol, es muy raro que reconozca abiertamente -ni siquiera a sí mismo- que ha fracasado en algún aspecto fundamental de su vida. Lo normal es decir que no importa, que ha sido una “experiencia enriquecedora” y que hay que dar al play al siguiente capítulo de la serie porque el final siempre es feliz y el protagonista nunca muere.

Si en algo estoy de acuerdo con esta actitud tan habitual es en que incluso tras una caída al precipicio debemos echarle huevos y seguir avanzando. En lo que discrepo es en el mecanismo de defensa de presuponer que “aquí no ha pasado nada”, restando importancia a gravísimos tropiezos o incluso hundimientos tras los que, nos guste o no, jamás volveremos a ser los mismos. El primer requisito para seguir afrontando la vida con dignidad y aprender -quizá- algo de lo sucedido, es acatar que hemos fracasado, que el fracaso ha sido grave y que todos los golpes duros dejan secuelas imborrables, por mucho que nos hagamos los longuis. Lo importante es saber convivir con esas cicatrices o mutilaciones sin ignorarlas estúpidamente, pues cerrar los ojos solo puede llevarnos a una catástrofe peor.

De todos modos, aunque nos empeñemos en lo contrario tras cualquier adversidad, hay muchas veces que es imposible aprender de las malas experiencias, primero porque seguramente nunca se reproduzcan idénticas circunstancias y después porque somos como somos, tan condicionados por nuestro carácter, nuestra genética o nuestras inercias que igual volvemos a toparnos con la misma encrucijada y enfilamos de nuevo, como idiotas, el sendero mortal.

Según cubrimos etapas y desperdigamos nuestros fracasos por el camino, se nos van cerrando puertas que ya no podremos volver a abrir. Cada traspiés, cada culada, cada derrumbe deja huellas en nuestro cuerpo y en nuestra alma que nos inutilizan en alguna medida para encontrar esa felicidad soñada. Aunque logremos caminar erguidos, lo cual nos honra, no olvidemos que en esas viejas peleas con la vida feroz, perdimos un pie, una pierna o un brazo, y que no volveremos a estar en las mismas condiciones ni a contar con las mismas oportunidades que cuando aguardábamos en la  línea de salida.

domingo, 16 de noviembre de 2014

BAJO CIELOS INMENSOS



El periodista Alfred Bertram Guthrie, natural de Indiana y descendiente de pioneros, ganó el premio Pulitzer por su novela The way west (1950), nunca traducida al español, pero su asiento de honor en la historia de la literatura se lo debe a The big sky (Bajo cielos inmensos, 1947). Ambas obras fueron llevadas a la gran pantalla con los títulos Camino de Oregón (1967) y Río de sangre (1952) respectivamente.

Bajo cielos inmensos narra en tono épico y nostálgico las aventuras de Boone Caudill, un adolescente rebelde que huye de su casa en Kentucky y se enrola en la tripulación de una barcaza que remonta el río Missouri para comerciar con los indios Pies Negros. Con los años, Boone se convierte en un aguerrido trampero, en un mountain man que no quiere volver a saber nada de la civilización ni relacionarse con nadie aparte de la tribu india que lo acoge.

Estamos ante un emocionante relato de aventuras, pero el libro va mucho más allá y nos deleita con poéticas descripciones de los parajes del oeste, desde las praderas inmensas hasta las Rocosas, y de la naturaleza virgen de aquellas latitudes en la década de 1830. Se nota además que el autor era aficionado a las aves por la multitud de especies que menciona; es una pena que el traductor se haga un lío y sitúe en América especies estrictamente europeas.

Bajo cielos inmensos tiene también un valor antropológico: a lo largo de sus quinientas páginas, nos ilustra sobre las costumbres de las diferentes tribus de amerindios del noroeste, y sobre la incidencia en sus vidas de la llegada del hombre blanco. Normalmente se nos ha mostrado a los pieles rojas como indígenas belicosos en defensa de su "nación", pero Guthrie nos revela la otra cara de la moneda, la de unos salvajes anclados en el Neolítico pero fascinados por las mercancías de los colonos (en especial por el whisky), que no dudaron en cambiar sus hábitos, plantar sus campamentos cerca de los fuertes y prostituir a sus mujeres sin ningún escrúpulo a cambio de alcohol, pólvora, ropa o tabaco.

Por último la novela plantea, más o menos de refilón, cuestiones de gran interés, como la legitimidad de la Doctrina del Destino Manifiesto, los convencionalismos de la sociedad civilizada, el concepto de libertad personal y los peligros del individualismo.

Todo un himno a un territorio salvaje del que ya no queda nada ni rastro y al valor de unos hombres que lo dejaron todo solo por ver un horizonte distinto.

“Sobre sus cabezas había más cielo que el que un hombre podría imaginar, una cúpula profunda, lejana y vacía, a excepción tal vez de un halcón o un águila navegando por las alturas”.

martes, 21 de octubre de 2014

ADAPTACIÓN


En la naturaleza, las especies que se adaptan son las que sobreviven. Aquellos animales más versátiles, capaces de hacerse a cualquier hábitat, clima o dieta son los que mejor se reproducen y los que subsisten ante cualquier cambio, mientras que los más especializados y rígidos en sus costumbres se acaban extinguiendo antes o después. 

En el mundo de las aves hay muchísimos ejemplos. 

Entre las rapaces encontramos el águila imperial ibérica, que solo puede anidar en bosques mediterráneos sin transformar, sin infraestructuras humanas en un amplio perímetro, y cuya única fuente de alimentación son los conejos. Por eso está en grave peligro de extinción. En cambio los ratoneros y los milanos viven en tierras de labor, a cualquier altitud, y se alimentan de lo que pillan, incluida la carroña de los mamíferos atropellados, y por eso desde el coche ves tropecientos volando o posados en los postes de la carretera.


Si hablamos de pajarillos la cosa es parecida. Todos los paseriformes adaptados a los jardines se multiplican como la mala hierba, mientras que las especies menos antropófilas acusan demasiado los cambios en su entorno y desaparecen para siempre tras cualquier intervención humana (por ejemplo, la rehabilitación de una ribera). Y con la alimentación, lo mismo. Los pájaros más abundantes son los omnívoros, es decir los que no tienen una dieta insectívora ni granívora estricta. Un caso típico es el gorrión común, pero ojo: esta especie cada vez escasea más y el motivo no es otro que su incapacidad absoluta de adaptación. Es verdad que come de todo pero jamás lograría sobrevivir en áreas no humanizadas. Su existencia está tan ligada al hombre que en los pueblos de montaña que solo están habitados en verano, mueren al llegar la estación fría.

En cuanto a las aves ligadas a medios fluviales, la clave de su conservación está la mayoría de las veces en su capacidad de acomodarse a aguas contaminadas o de mala calidad. Pueden verse azulones nadando hasta en graveras llenas de mierda y por eso son las anátidas más abundantes, mientras que el mirlo acuático, por ejemplo, se encuentra en clara regresión porque no puede vivir fuera de cauces puros y cristalinos, que cada vez se cuentan más con los dedos de la mano. Hasta hace poco se pensaba que el martín pescador y las garzas eran aves de aguas limpias y algunos se congratulaban de su presencia en el Pisuerga a su paso por Valladolid, pues la consideraban indicio de una excelente política de saneamiento hidráulico. Ahora sabemos que simplemente estas especies son mucho más adaptables de lo que se suponía, hasta el punto de pescar en nuestro asqueroso río.

Pero todo este peñazo solo venía a cuento para contaros que si yo fuera un ave, figuraría sin duda en el catálogo de especies extinguidas hace muchísimos años.



NOTA: Gracias a Teutates por la foto de su gorrión Pipi.

lunes, 30 de junio de 2014

SENTIDO DEL DEBER


Me asusta la cantidad de cosas que debería hacer por amor, por cariño, por amistad o por puro sentimiento y que, sin embargo, hago únicamente porque considero que es mi obligación moral. No me incomoda hacer lo que me repatea, pues soy de los que piensan que no podemos vivir al son de nuestros caprichos; lo que me pone en guardia es que ciertas conductas que "deberían" salirme de dentro, en mí son forzadas. No sé si soy un poco raro o los demás muy falsos, pero el caso es que a menudo me da miedo mi frialdad.

En cualquier caso una vida en la que el porcentaje de actividades y comportamientos que llevamos a cabo solo por puro sentido del deber supera con mucho al de las cosas que hacemos cumpliendo nuestros sueños o guiados por el afecto, es para hacérnosla mirar.

Algunas veces soy condescendiente con mi rígido sentido del deber, pues creo que es lo que me diferencia de un animal, que se mueve nada más que por instinto, mientras que yo puedo refrenarme, renunciar e incluso hacer todo lo contrario a lo que le pide el cuerpo simplemente por respeto, por educación o en cumplimiento de las reglas de convivencia social y familiar. Lo chungo es que no siempre lo consigo y en ocasiones me comporto como una bestia del campo.

Otras veces me siento patético, como si mi convencionalismo cuadriculado le hubiera robado la sal y la pimienta a mi vida. Hay momentos en que tengo la tentación de proponerme hacer siempre lo que me salga del alma y que le den al personal.

¿No será que los humanos nos hemos impuesto tantos códigos, reglas y rituales que llega un momento en que no sabemos distinguir el trigo de la paja? ¿No será que nos atemoriza demasiado la opinión los demás? ¿No será que siempre ha habido alguien, quizá sin mala intención, empeñado en empobrecernos la vida con tal de garantizar un equilibrio sobrevalorado?

martes, 24 de junio de 2014

FALSA TOLERANCIA




Una de las más peligrosas consecuencias de la cultura democrática que impregna nuestras sociedades es ese falso clima de tolerancia que a muchos ingenuos les hace suponer que van a ser tratados con respeto y no van a sufrir discriminación alguna se comporten como se comporten, vivan como vivan y tengan el aspecto que tengan. Oficialmente es así, ya que los códigos culturales imperantes exaltan la libertad individual y la igualdad de oportunidades sean cuales sean las circunstancias personales, pero hace falta ser muy corto para no percatarse del profundo abismo que separa el discurso progre y políticamente correcto del “sé tú mismo” de la cruda realidad del día a día, en que se empuja a la cuneta sin contemplaciones a los que van de originales o se saltan ciertas pautas por supuesto que no escritas pero igual de vinculantes que la ley. 

La sociedad de hace cuarenta o cincuenta años me parecía, en este sentido, mucho más sana, pues no participaba de esta suerte de hipocresía que lleva a muchos a la marginación y al ostracismo casi sin darse cuenta. En aquella época, cuando alguien se salía de los márgenes preestablecidos en materia moral, estética, de costumbres o de relaciones sociales, rápidamente se encendían unas alarmas bien visibles y audibles, y el afectado se enteraba en el acto de que si seguía por ese camino iban a darle una patada en el culo, no iba a encontrar trabajo o se iba a quedar más solo que la una.

Al varón que se dejaba el pelo largo le llamaban marrano y le insistían hasta la saciedad en que pasara por la barbería. Si alguien vestía como un payaso, se reían de él en la cara y hasta le ponían mote. A la que se acostaba con medio pueblo la miraban raro y la advertían de mil maneras de que así solo lograría casarse con un forastero despistado. Al que no hacía más que decir chorradas la gente le perdía la consideración ostentosamente y ni se dignaba a escucharle. Al afeminado de la clase los niños le llamaban maricón y no querían quedarse a solas con él para no coger mala fama…

Pero ahora no. Ahora aparentemente no hay parámetros de conducta y cada cual, en teoría, puede desenvolverse como quiera sin consecuencias de ningún tipo. Nos hemos vuelto todos muy democráticos y, como buenos ciudadanos que somos, jamás osaríamos a poner en entredicho en voz alta el modus vivendi y los gustos de nuestros vecinos, amigos o compañeros de trabajo. Manifestar cualquier crítica a una persona por su manera de ser, de pensar o, peor aún, de vestir, atenta contra la libertad. Cada cual con su vida puede hacer lo que quiera sin que nadie se entrometa. 

Pero todo esto, que suena precioso, es una pamema, y en realidad la gente, aunque se calle amordazada por la presión cultural, sigue pensando más o menos lo mismo de los mamarrachos, los pintajas, los bujarrones y los que van dando el cantazo por el motivo que sea. Es verdad que ya nadie dice ni pío de las extravagancias y opciones de vida peculiares de los demás, pero después, a la hora de la verdad, se actúa en consecuencia y se excluye sin contemplaciones a los impresentables, a los raritos y a los problemáticos. 

Lo malo es que nunca faltan incautos que se tragan la parte teórica y se animan a saltar sin red confiando ciegamente en los valores de tolerancia y de respeto democrático. Y así nos encontramos al chaval que pretende superar la entrevista para un trabajo serio con un piercing en la nariz, al borracho o drogadicto que aspira a ser respetado, al sindicalero comprometido que imagina que encontrará un empleo algún día, al julandrón que sale del armario ganando 800 euros al mes, a la muchachita que espera que alguien compre la vaca cuando regala la leche a quien se la pide, al expresidiario que se cree que ya ha pagado su deuda con la sociedad, a la ama de de casa sin estudios que se comporta como la protagonista de Sexo en Nueva York, al inmigrante embaucado con lo de la alianza de civilizaciones, y, en general, a personas convencidas de que como no solo no se les critica, sino que los medios de comunicación no paran de predicar sus derechos , van a pillar cacho. 

Antes era mucho más fácil enterarse de qué iba la feria. Ahora todo son sonrisas, promesas y palmaditas en la espalda para todo el mundo, pero luego, tracatrá. Igual que siempre.

domingo, 22 de septiembre de 2013

DESPISTADOS



Las personas despistadas padecemos, como consecuencia de nuestros despistes, una serie de problemas sociales bastante poco agradables. Los peores son nuestras meteduras de pata involuntarias, que a veces no solo tienen consecuencias negativas para nosotros, sino para nuestros amigos, familiares y compañeros de trabajo. Si cuando nuestro déficit de atención provoca alguna catástrofe que solo sufrimos nosotros, la sensación de impotencia y de imbecilidad ya es bastante dolorosa, puede imaginarse cómo nos sentimos cuando la armamos como Amancio perjudicando a los demás.

Otra secuela típica de nuestra “dispersión” es el encasillamiento injusto que solemos padecer. La gente que ha sido muy distraída en la niñez y en la adolescencia tiende a ser fuertemente estigmatizada en su entorno, no de forma malintencionada, pero sí machacona. Como llegues a cierta edad con la etiqueta de “despistado” a cuestas, ya no te la quitas ni con agua hirviendo. Sentencias como “es que Manolito es muy despistado” terminan siendo un verdadero sambenito imborrable con efectos demoledores. Porque a Manolito, aunque cambie y se centre con los años, seguirán llamándole atolondrado el resto de su vida; le echarán la culpa de todos los desaguisados, pérdidas de objetos, errores y confusiones que sucedan a su alrededor, y –lo peor de todo– sus despistes siempre serán deformados y exagerados por sus conocidos para hacer mofa y befa de ellos. Esto último significa que pequeñas torpezas que comete mucha gente a todas horas, llamarán mucho más la atención cuando el autor sea él y provocarán chanzas o censuras a todas luces desproporcionadas.

Es el destino insalvable de los despistados.

Pero también hay cosas que decir en nuestra contra, y es que ese cartelón infamante que nos han colgado del cuello desde chavales a veces lo utilizamos como cómoda tapadera. Esclavos de nuestro propio estigma, no hacemos ningún esfuerzo por mejorar porque, total, este fallo o este olvido mío se debe a que soy muy despistado y si soy así qué le vamos a hacer.

Además, yo que soy bastante disperso y que conozco unos cuantos individuos de mi especie, puedo afirmar de forma rotunda que cuando hay algo que nos preocupa en serio, por lo que tenemos verdadero interés o que nos importa que salga muy bien, aparcamos nuestro aturdimiento y los descuidos se evaporan como por arte de magia.  Es decir, que cuando alguien, por muy despistado que sea, no hace más que meter la gamba en una determinada actividad o tarea, o con una persona concreta, se puede asegurar sin temor a equivocarse que esos temas o esa gente no le motivan para nada.

domingo, 21 de julio de 2013

AMOR IRRACIONAL

En mi afán por racionalizarlo y controlarlo todo, pretendí también someter a mis reglas el amor, al que tenía catalogado, en el cajoncito de mis proyectos importantes, como un sentimiento antiguo y esquemático, regido por intercambios medibles, por un inquebrantable equilibrio de afectos y atracción mutua. Traté de acomodar a mis moldes mi biografía amorosa y acabé dándome de bruces contra una realidad compleja, anárquica, irracional y demasiado injusta, contra la que al principio se sublevaron los cuadros sinópicos de mi vida (en DIN A-3, en letra diminuta y sin un tachón) y mi sentido del orden y de la equidad. Pero una noche entendí lo que había que entender, y poco a poco me hice a la idea de que entre una mujer y un hombre no hay norma que valga y en ello reside la grandeza del vínculo que les une.

Pero antes de ver la luz, me desconcertaba la sinrazón de mis sentimientos, me entristecían los favoritismos arbitrarios de mi corazón, supuestamente noble. Porque en mi lógica de entonces uno debería amar más a quien más le dio, a quien lo hizo todo por él, a quien le regaló su paciencia y su sacrificio, a quien atendió cada uno de sus deseos sin pensar en sí mismo y a quien cuidó de él, que a una persona despegada, a un espíritu libre que siempre otorgó prioridad a sus metas, que no llamaba, que no escribía, que destilaba mal humor y cuyas pruebas de devoción a veces había que adivinarlas con la benevolencia del enamorado. 

Uno debería, según la justicia convencional, guardar recuerdos más dulces de una relación pacífica que de una tormentosa, de una mujer desvivida por agradar que de otra triste y reñidora, de la chica que se lo daba todo que de la que todo se lo exigía, de la comprometida que de la inconstante, de la que más le hizo reír que de la que tanto le hizo llorar, de la que fue realidad palpable que de la que llegó y se fue como un sueño. 

Pero es que las cosas no son así y el corazón late a un ritmo muy distinto al de la razón. El amor no hace balances globales con ecuanimidad, sino que se alimenta del detalle y del matiz. En este tipo de sentimientos no reina la justicia; no se valora el trabajo constante ni la entidad de la entrega, sino lo intenso de las experiencias y el poso que queda al final en el fondo del vaso, un poso a veces irracional pero delicioso. 

En la arena de la pasión y la ternura no deja la huella más profunda quien más fuerte pisa.

jueves, 4 de abril de 2013

CUESTIÓN DE HUEVOS

Por favor, macho, no seas tan patético y deja de quejarte de una vez de tus problemas. No hay cosa más penosa que quejarse, lloriquear o poner excusas. A ver si te enteras de que la vida no es un edén, y si ahora te arreó con fuerza, la única actitud digna es aguantarse y seguir peleando sin torcer el gesto, sin una sola lágrima en los ojos. Levántate todos los días como un autómata y compórtate como si no te hubiera sucedido nada. Las heridas, te las lames escondido en un rincón, en un momento (breve) de descanso, sin que nadie te vea, y luego vuelves corriendo y con la cabeza bien alta a tu puesto en esa línea de montaje que es tu existencia.

Si los daños que ha causado el golpe son reparables, no sé qué haces ahí repantigado, balbuceando explicaciones y lamentándote como una nena; incorpórate de una vez y échale cojones para arreglar cuanto antes el desaguisado. Y si la cosa no tiene remedio, si algo se ha roto dentro de ti o a tu alrededor y sabes que es imposible recomponerlo, hazte a la idea ya y apresúrate a lavar la herida como sea, que te quedan todavía muchos martillazos que dar. Vigila tu cicatriz, pero cuando los nubarrones se posen en tu mente o en tu corazón, espántalos a manotazos, golpea tu pecho como un gorila y no permanezcas echado ni un segundo.

Para de pensar en chorradas, de darle vueltas a lo que no va a solucionarse. No seas pesimista, pero tampoco optimista. Date una ducha fría de realismo que te deje temblando y no te permitas el lujo ni de arroparte en tu albornoz. Sal empapado a la intemperie y te harás fuerte como una roca.

Procura pensar poco en tus desdichas y mucho menos hablar de ellas a los demás. Desengáñate: puedes contar con los dedos de una mano a quienes sufrirían contigo al conocerlas y, si no fueras una plañidera egocéntrica, tendrías claro que esos pocos que te quieren y a los que quieres no se merecen sumar a sus preocupaciones las tuyas. No vayas por ahí berreando con tus penas al hombro, mendigando consuelos y alimentándote de palmaditas en la espalda; son drogas que enganchan y luego la gente se cansa pronto de consolar. Los amigos y la suerte huyen de los quejicas.

Ponte en pie, tío. Sostente donde puedas y sube la guardia, que te van a volver a dar. Que no haya nada ni nadie capaz de tumbarte ni de alterar tu semblante. Camina sin pensar en el dolor, que se pasará solo cuando lleves horas activo y tu cuerpo y tu alma se calienten. Es cuestión de huevos.

miércoles, 16 de enero de 2013

LO IMPOSIBLE

Hace unas semanas, en un documental de esos a los que tan aficionado soy, aprendía que, según los sesudos físicos, en el origen de los tiempos el Universo era únicamente hidrógeno y vacío. Inconmensurables nubes del elemento más simple que, por atracción gravitatoria, se acumulaban formando estrellas que no se colapsaban gracias a la acción expansiva de las explosiones nucleares que se daban en su interior. Fusión nuclear y gravedad se combinan para, a lo largo de miles de millones de años, formar en el interior de dichas estrellas los elementos conocidos hasta que cada astro, finalmente, muere y estalla lanzando al espacio toneladas de polvo de estrella. La materia que nos compone a cada de uno de nosotros en algún momento se formó en el interior de miles de estrellas distintas que desaparecieron hace mucho más tiempo de lo que podemos imaginar. Que estuvieron entre sí a una distancia mayor de lo abarcable por nuestro entendimiento.

Pensar, de esta forma, en las probabilidades existentes de que se formase todo lo que nos rodea en un instante preciso, desconcierta sobremanera a cualquiera y, sobre todo, a quienes pensamos que nada ocurre por casualidad, a quienes creemos en el Destino.

Y puede llegar a trastocar de tal modo mi punto de vista que, si añadimos las vivencias y las reflexiones que llevo madurando desde hace tiempo, podemos darnos cuenta de que el Destino es tan etéreo que no se puede llegar conocer nunca. Tan solo podemos llegar a interpretarlo levemente una vez recorridos los caminos que nos haya puesto por delante. Y que es un fútil acto de soberbia intentar adivinarlo o asegurar conocerlo o, todavía peor, pretender dominarlo.

Porque hace un año comencé a comprender que es mejor alimentarse del Árbol de la Vida que obcecarse en alcanzar una sola manzana del de la Ciencia. Y que, aunque conviene meditar nuestros pasos, tarde o temprano uno debe llenar los pulmones, contar hasta tres y lanzarse de cabeza y agarrar las oportunidades y seguir los senderos que la Fortuna nos plante delante, guiándonos únicamente por la brújula de la conciencia aunque no esté todo lo bien calibrada que deseáramos, pues un instrumento humano, por muy perfecto que lo deseemos, siempre tendrá un margen de error.

Porque no hace tanto tiempo comprendí que nunca podemos llegar a saber por qué nos ocurren las cosas y que aquello que hoy vemos como una desgracia puede ser lo que nos conduzca hacia algo mejor en el futuro.

Porque hace un año tomé una de las mejores decisiones de mi vida, que estuvo motivada por un cúmulo de situaciones que en su momento tuve la desfachatez de intentar interpretar y, claro, lo hice mal. Y que dicha decisión me ha llevado a alguien que nunca soñé merecer y que prácticamente nadie creía que pudiera existir.

Porque, justo en el momento que se publique este artículo, si llegara a publicarse, habrá pasado un año. Y nevaba.

viernes, 21 de septiembre de 2012

LA GENTE NO CAMBIA JAMÁS

Si algo he aprendido en la vida es que la gente no cambia. Nunca.

Podemos limar aristas; mejorar mucho o poco; matizarnos o autocontrolarnos por vergüenza, por cariño, por respeto o por simples razones de oportunidad social, y, más que otra cosa, disimular. Pero lo que se dice cambiar nuestra esencia, eso jamás de los jamases.

El que es un cretino en tercero de Primaria, lo seguirá siendo a los cuarenta tacos, aunque la vida le haya hecho aprender, posiblemente a palos, que a veces es mejor tener la boca cerrada por eso de que tonto callado, por listo pasa.

El niño vanidoso será un adulto egocéntrico, aunque, si tiene un mínimo de habilidad social, sabrá fingir que se interesa por la peña para no parecer un gilipollas.

El joven libidinoso terminará siendo un viejo verde, y lo parecerá más o menos en función de su sentido del decoro y de su amor propio. El infiel siempre sentirá deseos de ser infiel, y los aplacará mejor o peor según el respeto que tenga por su pareja, su concepto del deber o las circunstancias.

El típico chistoso seguirá haciendo gracietas en su lecho de muerte.

De igual manera, las personas bondadosas, generosas, nobles y bienintencionadas permanecerán así durante toda su vida aunque tengan momentos de debilidad o etapas de centrarse en sí mismas. Los buenos sentimientos no se corrompen aunque se manchen.



No tenemos la culpa de no cambiar. Si permanecemos inmutables sobre todo es por dos motivos: porque nuestra naturaleza (nuestra genética) y lo aprendido a cierta edad es más difícil de rayar que un diamante, y porque la sociedad misma no permite que cambiemos. Esto último es fundamental. A partir de cierto momento, más temprano que tarde, la comunidad en la que nos desenvolvemos nos asigna un rol, un papel en la obra, un mote, y ya no hay vuelta atrás. El tomado por tonto será siempre tratado como tal. Con el pesado siempre resoplaremos aunque alguna vez resulte ameno. Del graciosete sus amigos solo esperarán chistes y no lo querrán para nada más. Al “malo” lo harán más malo a fuerza de evitarlo y marginarlo, y al bueno le exigirán siempre bondad, pero si un día, por lo que sea, empezara a volverse un cabronazo, todos dirían que no es culpa suya y que en el fondo es un santo.

Somos víctimas insalvables de lo que el grupo espera de nosotros.

Esta visión rígida (yo diría que realista) de la naturaleza humana no es incompatible en absoluto con creer en nuestra libertad, con la idea cristiana de que el hombre puede redimirse, de que la salvación está en sus manos. Para mí la redención no se produce cuando triunfamos en nuestros intentos por borrar nuestros defectos naturales, pues estos defectos por desgracia casi siempre son imborrables. Nos salvamos gracias a nuestro sufrimiento por padecerlos, a nuestro deseo honesto por superarlos, a nuestro tesón sincero por camuflarlos en beneficio de los demás o incluso de nuestra propia dignidad. El ser humano es grande por eso, por su capacidad de echar pulsos fieros e interminables a su forma genuina de ser, de sacrificar su instinto en aras de una convivencia armoniosa, de autorregularse por amor.

viernes, 22 de junio de 2012

PACIENCIA

Por lo general las cosas importantes de la vida, los logros y los motivos de felicidad no llegan de repente, sin más, sino que son la consecuencia de un proceso más o menos largo en el que es imprescindible una alta dosis de paciencia. Pocas cosas valiosas surgen instantáneamente y por sorpresa; a menudo hay que trabajárselas y, en todo caso, esperar, esperar mucho, echarle horas, días, años… y mucha sangre fría.

Mi problema es que no tengo paciencia. Igual que nunca he sido capaz de pescar porque no soporto pasarme horas sentado y agarrado a una caña, y me dan ganas de acercarme al río y sacar los peces a palos, tampoco sé aguardar con templaza a que los acontecimientos que ansío vayan madurando a su ritmo y se desprendan por fin de la rama en su punto justo. Más bien termino sacando la navaja para arrancar la fruta nerviosamente y por eso siempre me sabe ácida.

No valgo para esperar y puede que por eso mis objetivos no se cumplan nunca en la medida de mis deseos, y acabe conformándome con versiones incompletas de mis proyectos, con manzanas lustrosas pero verdes por dentro, con platos a medio guisar, con casas con los cimientos débiles como consecuencia de mis prisas.

Puede que nunca sea feliz porque sufro tanto en los aguardos que abatir la pieza me sabe a poco; me obsesiono tanto con los resultados que no disfruto de los procesos, que a veces son lo mejor; idealizo tanto la meta que no vivo la carrera; tengo tantas ganas de ver el final de la película que rebobino de forma compulsiva y solo gozo cinco minutos de una maravillosa cinta de dos horas.

 

lunes, 16 de enero de 2012

AGARRAR LA OPORTUNIDAD

En los últimos meses he mantenido varias veces con el señor Neri pequeñas conversaciones acerca de si el Destino nos marca cuáles son los máximos objetivos a los que podemos aspirar o, si por el contrario, el futuro es producto, únicamente, de nuestra voluntad y factores aleatorios secundarios. Como nuestros lectores podrán adivinar, tan fatalista como siempre, yo defendía, literalmente, que el Destino es un gigante que está comiendo mientras que nosotros únicamente somos moscas revoloteando a su alrededor; algunas tendrán la suerte de optar a algún pedazo del banquete; otras a unas simples migajas y el resto habrán de conformarse con la heces del gigante cuidando de no molestar a un monstruo capaz de terminar con cualquier insecto, por grande y audaz que sea, de un simple manotazo.

Lógicamente, Don Neri consideraba que mis ideas no son más que una simple defensa de un determinismo cerrado cuando no, como sí opinan otras personas, pretextos para que se conformen los cobardes.

El caso es que me encontré varios meses por uno y otro motivo -laborales, personales, faldas...- bastante pesaroso, desanimado e, incluso, vago, causas por los que llevaba tantísimo tiempo sin atreverme a escribir en La Pluma. Han sido unas semanas en las que creía conveniente no compartir con nadie mi más que hastiada visión de lo humano y lo divino. Creía mejor dedicarme a hacer deporte, leer, salir al campo o a tomar cervezas con los amigos. Cualquier cosa antes que desperdiciar mi tiempo en la perniciosa afición de pensar.

Y, he ahí que, repentinamente, me ofrecieron un cambio de destino, de localidad, de ámbito laboral y personal absoluto. La posibilidad de encargarme, en unos días, de un trabajo nuevo, de un puesto novedoso que nunca nadie había ocupado antes y en el que no me aseguraban prácticamente nada. Lo único seguro era que, si en veinticuatro horas no contestaba afirmativamente, en el futuro sería muy complicado tener una oportunidad parecida.

Y tocaba elegir. ¿Renunciar a mis seguridades, a residir en mi casa, a un puesto de trabajo en el que gozaba, además de disgustos numerosos, de prestigio y ciertas prebendas, o seguir un camino que pudiera llegar a combinar mis dos verdaderas vocaciones profesionales? ¿Valdría la pena abandonar a las personas con las que he trabajado en los últimos ocho años, magníficos seres profesional y humanamente, y que me han concedido el honor de su amistad, para trasladarme a una ciudad nueva repentinamente a hacer algo que nadie sabe a ciencia cierta en qué consistirá? ¿Valdría la pena renunciar a mi institucionalizada forma de vida -ahora sé cómo se sentía el abuelete de Cadena Perpetua- para, principalmente, no verla más?

Yo sí creo en el Destino. Creo que cuando las casualidades se acumulan y se suceden apuntando nuestra vida en una cierta dirección o su contraria, no puede ser fruto del azar. Creo que existen señales que nos indican que hemos de tomar un rumbo u otro aunque, al final, sólo dependa de nuestra voluntad dar el primer paso. Es una lástima que sólo nos enteremos de que el camino seguido fue el adecuado cuando nos acerquemos a la meta.