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viernes, 18 de marzo de 2016

LA DIGNIDAD DE LAS RUMANAS (GITANAS)



Los medios de comunicación llevan tres días dándonos una intensa brasa con los sucesos que tuvieron lugar el martes en la Plaza Mayor de Madrid durante la visita de los hinchas holandeses del PSV Eindhoven, que jugaba contra el Atleti en los octavos de final de la Liga de Campeones. Es imposible a estas alturas no conocer los hechos, pues nos va a estallar la cabeza con tanta noticia, reportaje y mensaje de repulsa con los que nos han bombardeado incesantemente como si se tratara de un atentado terrorista o de una catástrofe natural de gran envergadura. Resulta que antes del partido varios jóvenes seguidores del PSV, imagino que ebrios, bromearon con unas gitanas de origen rumano que se encontraban pidiendo limosna en la Plaza. Les lanzaron monedas desde la terraza de un bar en vez de dárselas en mano, les pidieron que interpretaran bailes típicos de su tierra y que hicieran flexiones, prendieron fuego a un billete de cinco euros para ver quién lo apagaba antes, y, en fin, unas cuantas gamberradas más que pueden verse en el vídeo del final del post.

Todas las ONG´s de ayuda al inmigrante, las asociaciones feministas, los colectivos sociales, los partidos políticos y el Secretariado Gitano, encabezados, como no podía ser menos, por la alcaldesa comunista Manuela Carmena, han repudiado estas “vejaciones racistas” y las han denunciado ante la Fiscalía de Delitos de Odio, que ya ha abierto las oportunas diligencias. También se ha exigido una explicación al embajador holandés, que se ha apresurado a pedir disculpas (como para no), y al propio club de fútbol implicado, que, por lo visto, piensa meter un buen paquete a los bromistas.

A mí también me desagrada mucho lo sucedido, que, por cierto, no me sorprende en absoluto teniendo en cuenta que los neerlandeses son unos auténticos salvajes con un sentido de la moralidad más que difuso, como lo demuestran su experiencia colonial en Sudáfrica y su actual legislación en materia de eutanasia, drogas y prostitución. Basta un mínimo de humanidad para saber que solo a un malnacido se le ocurre pitorrearse de una persona que está mendigando en la vía pública.

Pero al margen de los reproches que sin duda merecen los futboleros de Eindhoven, a mí lo que me ha sorprendido de todo este fenómeno mediático es la repentina preocupación de políticos y medios informativos por la dignidad humana en general y la de los indigentes en particular. La verdad es que se me ocurren infinitos ejemplos de dignidad pisoteada bastante más sangrantes que las gansadas de los holandeses en la Plaza Mayor y no recuerdo que nuestros mandatarios ni sus periodistas en nómina hayan protestado nunca con tamaña energía.

Las mafias controlan la mendicidad en Madrid
No voy a caer en la tentación demagógica, o quizás no tan demagógica, de pormenorizar las situaciones de esclavismo que sufren millones de trabajadores españoles por culpa de la última reforma laboral de PP, y que aún no he visto censuradas en ningún reportaje o programa especial de las grandes cabeceras y cadenas de radio y televisión. Puede que la tragedia de que nuestra juventud carezca de oportunidades, tenga el futuro fundido a negro o, en el mejor de los casos, se deslome a trabajar por cuatro perras no se perciba por la prensa como una humillación suficientemente escandalosa, pero es que, ya que estamos hablando de inmigrantes, tampoco me he encontrado nunca, ni en primera ni en última plana, ni en prime time ni a las doce de la noche, ningún artículo ni documental arremetiendo con tanto brío contra las mafias de la mendicidad que funcionan impunemente en Madrid y en todas nuestras grandes ciudades ante la vergonzosa pasividad de las autoridades políticas y policiales. Baste decir que el 90% de los 50.000 gitanos rumanos que pordiosean en España son manejados y sangrados por organizaciones criminales que nadie se molesta en desmantelar. Pero, claro, no sé si los alcaldes y los concejales de turno consideran esta realidad lo bastante degradante como para azuzar al embajador rumano o montar un pollo en los periódicos con lágrimas de cocodrilo incluidas. Y es más: cuando algún ayuntamiento, como el de mi ciudad, ha intentado atajar este problema implantando severas medidas de control de la mendicación, los progres han montado en cólera acusándole de fascista.

Clama al cielo que quienes no han dicho nunca ni pío sobre los extorsionadores profesionales que en pleno centro de Madrid explotan, amenazan y denigran todos los días a miles de inmigrantes de todas las nacionalidades, se pongan ahora hechos unos basiliscos porque cuatro niñatos holandeses lancen al suelo unas monedas para que las recojan unas "pintorescas" calés.

Hay muchas más indignidades que no se critican en la tele ni sofocan demasiado al personal. La prostitución es una de ellas y lo seguirá siendo por muchos años mientras la clase política continúe mirando hacia otro lado en vez de coger el toro por los cuernos y plantar cara a uno de los peores dramas de la Humanidad, causa del más escalofriante tráfico de seres humanos. Pero está visto que cuando un viejo verde asqueroso mete un billete en público en el escote de una stripper mulata, a nadie le parece vejatorio, pero si un hooligan promete una limosna a una gitana a cambio de un baile inocente, casi acaba interviniendo el Tribunal de Estrasburgo.

Y aunque habrá quien me ponga a escurrir, a mí también me revienta no ver a nadie desvelado por la imagen absolutamente indigna de la ciudad de Madrid y de toda España que estamos dando a los visitantes y turistas permitiendo a cuadrillas enteras de rumanas ilegales, llenas de mugre y vestidas como en siglo XVI, acosar sin descanso a los viandantes. Cuando esta chusma nos roba la cartera en el metro o se hacina en un piso de nuestra propiedad llenándolo de excrementos y de basura hasta el techo nadie organiza una campaña de prensa defendiendo nuestra dignidad humana.


miércoles, 9 de septiembre de 2015

REFUGIADOS MARICONES

La mayoría de los refugiados son varones en edad militar que buscan librarse de empuñar un fusil

Me quería explayar sobre el espinoso tema de los refugiados sirios y sobre la cuota que le va a tocar a la súper solidaria España, pero casi mejor otro día. Hoy me limitaré a lanzar una breve y capciosísima pregunta.

Desde que ha comenzado el flujo masivo de ciudadanos sirios hacia los países de la Unión Europea (bueno, en realidad hacia Alemania), los medios de comunicación nos han recalcado que se trata de pobres civiles que huyen del avance de las milicias yihadistas del Estado Islámico.

Pero el cuadro no es exactamente como nos lo pintan. Uno de los principales motivos por el que decenas de miles de familias sirias están huyendo de su país es eludir el reclutamiento forzoso de varones en edad militar, que, por cierto,  representan, a pesar de las imágenes de la tele, casi dos tercios del grueso de los autoexiliados. Si se quedaran en Siria, estos "hombres" podrían ser reclutados tanto por el gobierno legítimo de Bashar al-Asad como por el Ejército Libre Sirio u otras unidades de apoyo a los rebeldes, incluido el propio Estado Islámico.

La pregunta es bien sencilla: ¿Por qué tiene Occidente que sacar las castañas del fuego (acoger exiliados, bombardear las posiciones de ISIS) a un país cuyos jóvenes no tienen el valor, la dignidad y la decencia de luchar por el futuro de su patria? ¿Por qué tiene que mojarse, arriesgarse y gastar un euro la Unión Europea si los varones sirios mayores de edad eluden implicarse en el conflicto y huyen como mariconas del alistamiento? 

¿Por qué estos mierdas no se quedan en su tierra y se enrolan en la Fuerza de Defensa Nacional, en Hezbolá o donde les salga de los cojones para plantar cara a la barbarie integrista por la que tanto lloriquean, en vez de correr como las niñas cuando ven un ratón?

Y todavía digo más: ¿Por qué los refugiados contrarios al gobierno sirio (que los hay y muchos) no se atreven a unirse a las filas rebeldes para luchar por la Siria que sueñan y prefieren apuntarse a la sopa boba de Europa y esperar a que sean los americanos, Reino Unido o Francia los que desalojen al supuesto tirano?

Unos varazos de avellano les daba yo para que se dieran la vuelta y corrieran a cumplir sus deberes con su patria.

domingo, 6 de septiembre de 2015

AQUELLA CANCIÓN DE TERESA RABAL



Teresa Rabal hizo su última gira hace tres años


El Papa Francisco dijo en junio que “es injusto acusar a los sacerdotes y obispos de comunistas cuando hablan de los pobres”. Tiene toda la razón, pero no solo pasa con los curas; es ya una vieja y odiosa costumbre de las clases sociales acomodadas, imbuidas de un conservadurismo egoísta, llamar rojo a cualquiera cuyas ideas contengan la menor pincelada de justicia social. A mí también me han llamado izquierdista varias veces a la cara, la última hace dos años un alto cargo del Partido Popular. 

El problema es que como tanto los militantes marxistas como las personas mínimamente solidarias y sensibles sin ninguna relación con la izquierda defienden mucho a los pobres y apuestan por fórmulas redistributivas, no siempre resulta fácil captar si ciertos discursos son socialistas o simplemente equitativos. Yo creo que muchas veces, si no se especifican soluciones políticas concretas ni se mezclan otros mensajes más o menos velados, es imposible notar la diferencia. Izquierda y sensibilidad social a secas tienen un área de confluencia innegable. 

A cuento de este asunto me he acordado de una anécdota musical de mi infancia. Con siete años alguien me regaló una cinta casette de la conocida cantante para niños Teresa Rabal, que, por aquel entonces, era un auténtico fenómeno mediático. Sus alegres y pegadizas canciones eran tatareadas por todos los críos de España y por sus mamás. También es cierto que esta artista, que aún colea, no era del agrado de muchos padres, debido a su fuerte compromiso con el PCE y a que las letras de sus temas eran, según algunos, excesivamente ideológicas e inapropiadas para niños de tan corta edad como para los que iban dirigidas. Es cierto que, siempre con un tono divertido, sus canciones rebosaban valores como la generosidad y la igualdad, y buscaban concienciar a las criaturas sobre ciertas injusticias sociales con mensajes a menudo subliminales.

A mí la Rabal me parecía un poco rollo, pero mis padres me la ponían a veces en el coche para distraerme, igual que hacían con otros muchos cantantes o grupos infantiles de la época. Pero hubo una canción en particular, posiblemente de las más polémicas, que se me grabó en el coco y nunca he conseguido olvidar. Supongo que me impactaría la letra, sin más, pero luego con los años, según se fueron fraguando mis ideas políticas y fui adoptando nítidas posiciones respecto al marxismo, nunca dejé de preguntarme si de verdad aquella cancioncilla tenía tufo izquierdista o era perfectamente asumible y aplaudible por cualquier cristiano coherente; si se trataba de un panfleto demagógico para inyectar en el cerebro de los peques el cianuro de la lucha de clases, o era una buena manera de inculcarles (¿quizá prematuramente?) el orgullo del trabajo honrado y los sentimientos de justicia. 

Me encantaría que los amigos de La pluma viperina la escucharan y me dieran su opinión sincera.


viernes, 5 de junio de 2015

PROGRAMAS MUNICIPALES DE EMPLEO

En la mayoría de ayuntamientos de España donde gobernará el rojerío merced a los acuerdos entre las candidaturas de “unidad popular” (qué escalofríos me da el nombre) y el hasta ahora partido de la casta PSOE, ya se han dado a conocer los paquetes de medidas sociales cuya implementación se prevé en la próxima legislatura. Una de las medidas estrella son los llamados programas municipales de empleo.

En teoría estos instrumentos permiten que, dada la situación de empobrecimiento de muchas familias debido a la crisis y al paro, los consistorios contraten directamente, atendiendo a criterios de necesidad, a desempleados de larga duración y a colectivos con especiales dificultades de inserción, para la realización de trabajos de interés social y utilidad pública destinados a “cubrir necesidades del día a día”, casi siempre en plazas de peón, jardinero u ordenanza. A veces también se inyecta dinero a empresas privadas para que “empleen” a estas personas en puestos tipo becario.

Pero esto no es nada nuevo. La cosa es que desde 2009 ya han sido puestas en marcha varias iniciativas de este tipo por diferentes corporaciones locales, y los resultados distan mucho de ser idílicos. Hablando en plata y sin circunloquios, lo que hacen estos ayuntamientos es generar, de forma artificial, puestos de trabajo que no se necesitan; se los inventan y punto. Por otra parte, la selección de los “trabajadores” la llevan a cabo asistentes y asistentas sociales con unos curiosos baremos basados simplemente en la antigüedad del paro y en los ingresos familiares, sin entrar a considerar para nada la cualificación profesional. 

Los efectos prácticos de estos inventos son los que cabe imaginar con semejantes premisas: Durante varios meses o años, los elementos más marginales y vagos de la ciudad, que jamás de los jamases han dado un palo al agua ni en crisis ni en bonanza, cobrarán una propina de 800 euros al mes a cambio de lucir un mono con las siglas del programa de empleo y rascarse las pelotas en los jardines públicos, haciendo como que podan el seto, o de leer el Hola sentados en una mesita en mitad del pasillo de las oficinas municipales. Tampoco hace falta ser un lince para acertar que los agraciados por esta humillante limosna (que pagamos todos) pertenecerán invariablemente a los grupos y sectores sociales más conocidos por su picaresca, comenzando por la gitanada, siguiendo por los inmigrantes más flojos del municipio y acabando, cómo no, por los familiares, amigos y conocidos de los miembros destacados de las asociaciones vecinales de izquierda.

Parados simulando trabajar en un proyecto municipal de empleo
Naturalmente estos planes son simples poses políticas de cara a la galería sin ningún efecto beneficioso para la sociedad, no tanto por la idea de fondo (que no es mala), sino por la forma escaparatista e ineficaz de desarrollarla. En principio, la cantinela -recurrente en los últimos siete años- de que sobran empleados públicos en todas las Administraciones casa muy mal con la decisión demagógica de sacarse de la manga nuevos puestos, de plantilla o no, para “dar de comer” a quienes probablemente comen mejor, gracias a sus actividades de economía sumergida, que muchos ciudadanos que nunca podrán acceder a un programa de empleo. También sucede que por muy partidarios que seamos de corregir el mercado de trabajo, no parece razonable que estas correcciones se traduzcan en falseamientos puros y duros de la necesidades municipales y de la realidad económica. Si de verdad se trata de integrar laboralmente a las personas con dificultades y de que realicen una actividad útil para que la prestación no se convierta en una simple ayuda social disfrazada, habría que tomarse muy en serio esta clase de actuaciones, buscando ocupaciones adecuadas, seleccionando correctamente a los candidatos (tras un examen exhaustivo de sus antecedentes y circunstancias), excluyendo a priori a los residentes extranjeros, evaluando el rendimiento en las tareas, despidiendo ipso facto a los que no sirvan o no rindan, y realizando seguimientos personales y acciones formativas paralelas para facilitar la absorción de estos desempleados por el mercado de trabajo convencional. 

Entre las tareas que se me ocurren para asignar a los parados en situación de emergencia y que me da en la nariz que serían rechazadas por muchos de ellos, están el desbroce de los montes para prevenir incendios, el apoyo a las labores de extinción de los mismos, la repoblación forestal o la limpieza permanente de nuestras playas. 

Pero mucho me temo que a la izquierda española, en perfecta coherencia con su trayectoria histórica, le interesa bastante más la propaganda que solucionar de una manera eficiente y justa la situación desesperada de millones de familias. Los programillas de empleo que ahora tratarán de vendernos como la panacea de la conciencia social no serán más que guiños electoralistas que no cambiarán nada ni ayudarán, ni siquiera a medio plazo, a nadie que de verdad lo necesite.

jueves, 21 de mayo de 2015

"ME HE TENIDO QUE IR"

  


Últimamente ponen mucho en la tele un emotivo anuncio de Marcilla en el que una chica hace café para ella y para su madre mientras se preparan para una vídeoconferencia con su hermano, que ha emigrado a Reino Unido. El spot comienza con una frase que me llama mucho la atención: “Un año ya desde que mi hermano tuvo que irse a trabajar fuera”.

Esta manera tan intencionada de referirse a la decisión del muchacho de irse a trabajar a Inglaterra me parece muy ilustrativa por lo bien que simboliza la actitud de los emigrantes españoles y sus familias desde que comenzó la crisis. Seguro que en los últimos años todos hemos conocido a varios jóvenes que han buscado y encontrado trabajo allende nuestras fronteras, y nos hemos fijado en cómo casi ninguno de ellos admite haberse marchado por su propia voluntad; prácticamente todos justifican su salida de España con frases muy similares a la del anuncio de Marcilla: “me he tenido que buscar la vida fuera”, “he tenido que largarme”. En el caso de sus familias, podríamos quitar el “casi”, pues esta actitud se agudiza hasta el extremo. Jamás una mamá, un hermano pequeño o una novia admitirían, ni bajo tortura, que el chaval se ha ido a currar a Mánchester o a Berlín porque le ha dado la gana, incluso aunque así lo haya manifestado (que tampoco es frecuente) el propio interesado.

Cuidado, porque no estoy insinuando que todos los españoles que emigran lo hagan por gusto, nada más lejos de mi intención. Lo único que digo es que aquellos que toman esta determinación sin necesidad y simplemente porque les apetece o les interesa (que no son pocos) no suelen mostrarse sinceros al hablar del tema, y dejan caer casi siempre, de un modo u otro, que la recesión económica les ha forzado a hacer las maletas y a abandonar, sintiéndolo mucho, su amado país. Otras veces las explicaciones que nos dan los emigrantes denotan una fuerte agresividad contra las políticas económicas del gobierno o la idiosincrasia de nuestra nación. “En esta España de mierda no te puedes quedar”, “aquí nunca habrá trabajo con la clase política que tenemos” y la tan socorrida “este es un país de pandereta” son las consignas predilectas de algunos de los “aventureros” que agarran el petate y se van a trabajar para una economía extranjera.

La pregunta es por qué motivo un joven español que opta libremente por asentarse, por ejemplo, en otro estado de la Unión Europea para desarrollar mejor su carrera profesional, ganar un salario mucho más alto que en Madrid o perfeccionar un idioma, se suele sentir obligado a inventarse una versión melodramática de su decisión para su familia y amistades.

Y la respuesta es más que obvia. Por un lado, la sociedad en general acepta mucho mejor que una persona nacida y formada en España emigre a los extranjeros impelida por razones de grave necesidad a que lo haga solo para obtener una retribución más sustanciosa o un alto nivel de vida, y no digamos si es por una inclinación personal hacia otros países o culturas. En el fondo, aunque sea de una manera subconsciente, al pueblo español no dejan de darle grima, por traidores, muchos de los descastados que salen en Españoles por el mundo presumiendo de sueldazo y de casoplón desde Dubai mientras juran frívolamente echar de menos la tortilla de patatas. Por otra parte, los “exiliados” saben, porque así se lo dicta su conciencia, que alejarse miles de kilómetros, sin una buena razón, de su familia, de sus seres queridos y del entorno que les ha visto nacer y crecer, es propio de renegados y de desagradecidos. 

Por eso es tan habitual maquillar las verdaderas motivaciones de estos periplos, que a veces son de ida pero no de vuelta.

Es verdad que resulta muy difícil valorar la sinceridad real de los afectados, pero hay veces en que el cinismo asoma descaradamente. Yo conozco gente que ha emigrado muy a su pesar porque así se lo ha exigido su empresa o porque les habría costado un riñón encontrar en España una salida digna dentro de su sector profesional. Estas personas me han demostrado su valentía, su capacidad de sacrificio y su talante emprendedor a la hora de mejorar su vida y la de los suyos. Pero también conozco casos bien distintos, y me refiero a gente que teniendo ocupación en España, o al menos alternativas reales de encontrarla, ha preferido probar en Alemania engolosinada por una nómina de 3.000 euros o por una cultura o un modelo de sociedad que le gusta más que el nuestro. Y nos pongamos como nos pongamos, esta última actitud tiene numerosas implicaciones éticas, y no solo la carencia del más elemental patriotismo (por mucho que este valor esté de capa caída), sino otras relacionadas con la pasta que se han gastado nuestras Administraciones en la formación de estos desertores o con las repercusiones que en un futuro podría tener para España el retorno de todos ellos dispuestos a darnos leccioncitas.

Sea como sea, tampoco voy a enjuiciar (demasiado) las razones de cada cual. Lo único que me atrevo a pedir es que la gente sea franca de una puñetera vez y si se pira a trabajar fuera porque quiere no trate de vendernos que aquí poco menos se moría de hambre.

viernes, 1 de mayo de 2015

EL SUDOR

 EL SUDOR

(Miguel Hernández)


 En el mar halla el agua su paraíso ansiado
y el sudor su horizonte, su fragor, su plumaje.
El sudor es un árbol desbordante y salado,
un voraz oleaje.


Llega desde la edad del mundo más remota
a ofrecer a la tierra su copa sacudida,
a sustentar la sed y la sal gota a gota,
a iluminar la vida.


Hijo del movimiento, primo del sol, hermano
de la lágrima, deja rodando por las eras,
del abril al octubre, del invierno al verano,
áureas enredaderas.


Cuando los campesinos van por la madrugada
a favor de la esteva removiendo el reposo,
se visten una blusa silenciosa y dorada
de sudor silencioso.

Vestidura de oro de los trabajadores,
adorno de las manos como de las pupilas.
Por la atmósfera esparce sus fecundos olores
una lluvia de axilas.


El sabor de la tierra se enriquece y madura:
caen los copos del llanto laborioso y oliente,
maná de los varones y de la agricultura,
bebida de mi frente.


Los que no habéis sudado jamás, los que andáis yertos
en el ocio sin brazos, sin música, sin poros,
no usaréis la corona de los poros abiertos
ni el poder de los toros.


Viviréis maloliendo, moriréis apagados:
la encendida hermosura reside en los talones
de los cuerpos que mueven sus miembros trabajados
como constelaciones.


Entregad al trabajo, compañeros, las frentes:
que el sudor, con su espada de sabrosos cristales,
con sus lentos diluvios, os hará transparentes,
venturosos, iguales.

lunes, 30 de marzo de 2015

PERONISMO: "EL SUBSUELO DE LA PATRIA SUBLEVADO" (y 2) (por Tábano porteño)

La "tercera posición" según el pintor peronista Daniel Santoro (el avión Pulqui, fabricado en 1947 por iniciativa de Perón)

(Primera parte: Una brevísima historia)

2- Las ideas

Porque una de las cosas que asombran a quienes se acercan por vez primera al “orbe” justicialista es la disparidad ideológica extrema que hay entre las diversas corrientes surgidas del justicialismo. Y es que para comprender esto es preciso entender el concepto que tenía Perón de su partido, que en realidad no era tal sino “un movimiento que busca identificarse con toda la sociedad y organizar a esta desde el Estado a partir de una concepción nacional y popular que dé preeminencia a la justicia social”, según otro estudioso (de ahí, claro, el nombre de “justicialismo”); el talentoso Dr. C. Disandro, líder de una de las agrupaciones de la “ortodoxia” a la que nombraremos luego, consideraba al justicialismo un “humanismo cristiano”.

Pero ese afán de unanimidad impuesto al país, según el historiador crítico del peronismo T. Halperin Donghi, “impidió el desarrollo de un escenario político con fuerzas de derecha y de izquierda bien definidas o que expresen tendencias claramente identificables; pero esas pulsiones se darán dentro del mismo peronismo y serán mantenidas unidas por la figura del líder”. A su vejez, ya había varias “versiones” de peronismo y otras se manifestarán en años posteriores a su muerte (sigo básicamente la enumeración del Dr. E. Ratti): la “patria sindical” con eje en la UOM (Unión Obrera Metalúrgica), la “renovación” liderada por A. Cafiero, de convicción republicana; la neoliberal de Carlos Menem, posterior a la caída del Muro de Berlín; la “populista de izquierda” de los Kirchner. Todos ellos se dicen o dijeron peronistas.

Pero hubo también grupos radicalizados de izquierda en la juventud peronista, fundamentalmente Montoneros, FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) y FAP (Fuerzas Armadas Peronistas), que recurrieron a la búsqueda del poder por la violencia en un principio impulsados por el propio Perón, que confiado en su capacidad estratégica pensaba que cuando él recuperara el poder iba a poder incorporarlos a la legalidad; grave error a mi juicio porque él mismo tuvo que echarlos de la Plaza de Mayo el día del Trabajador de 1974 (su último discurso público; moriría el 1° de julio), motejándolos de “estúpidos” e “ imberbes”. El enfrentamiento de estos grupos con los de la ortodoxia (esto es, la “derecha” peronista aunque quizá sea más claro hablar de “peronismo originario” o “peronismo de Perón”, para diferenciarlos de la vertiente neoliberal de Menem), entre los cuales los mayores eran el Comando de Organización , la Guardia de Hierro (que a pesar del nombre no tenía demasiado que ver con la organización de Codreanu), y la C.N.U., Concentración Nacional Universitaria, del citado C. Disandro, eran frecuentes hacia los años postreros del líder, y a su muerte su viuda Isabel, cercana a la ortodoxia, heredó la compleja situación que pareció incontrolable sin el carisma de su esposo junto a problemas varios en el frente económico-social, y es entonces que se producirá el golpe de estado del Proceso de Reorganización Nacional, que con el fin de restaurar el orden y combatir el terror de ultraizquierda (que estaba haciendo estragos, sin duda, y combatirlo era guerra justa), terminará volviendo a imponer un liberalismo extranjerizante con algunas de las mismas características de las que hablábamos al comienzo y que se dieron también en el 55.

Como conclusión dejo mi opinión personal: el peronismo original, la “ortodoxia”, que era seguramente el que Perón nunca abandonó aunque lo “camufló” por razones estratégicas (ante los años de avance del globalismo y la plutocracia liberal-socialista, alguien que buscara “soberanía política, independencia económica y justicia social” que eran las banderas esenciales de su movimiento, se las vería en figurillas) tiene aspectos con los que los que nos consideramos nacionalcatólicos podemos identificarnos en gran medida –y de hecho el peronismo del 45 fue apoyado por la mayoría de los intelectuales ligados al catolicismo-. Pero el carácter de “movimiento abierto” y la estrategia “pendular” de Perón (“Los hay ortodoxos, los hay heterodoxos. Los hay combativos, los hay contemplativos. Pero todos trabajan.” Perón dixit) generó un juego peligroso que terminó difuminando ese perfil originario que tenías tales aspectos valiosos, al punto que analistas de la propia ortodoxia calculan hoy que ésta no deber ser mayor al 5 % del peronismo actual. Magro presente para un movimiento que había comenzado prometedoramente.

domingo, 29 de marzo de 2015

PERONISMO: "EL SUBSUELO DE LA PATRIA SUBLEVADO" (1) (por Tábano porteño)


“Era el subsuelo de la Patria sublevado”
(R. Scalabrini Ortiz, “Al 17 de octubre”)


"Las patas en la fuente" según los antiperonistas (17 de octubre de 1945: trabajadores se refrescan en la fuente de Plaza de Mayo)


1- Una brevísima historia

 En la Argentina de 1943 el sistema que se conocería como “década infame” parecía haber agotado su ciclo. El régimen considerado como “oligárquico y conservador”, que para usar términos actuales tal vez tuvo ciertos logros “macroeconómicos”, se caracterizó por hechos que contrariaban los intereses nacionales; los más evidentes: el vergonzoso pedido del vicepresidente Roca para que Argentina fuese considerado como parte de la comunidad británica; la extranjerización en extremo de los resortes de la economía y las finanzas, los mega negociados en las carnes, la electricidad, las tierras, etc . Y en las clases populares: pobreza, desocupación y enfermedades endémicas; todo ello en el llamado “granero del mundo”. Según estudiosos de la época, la expectativa de vida era de 40 años y los analfabetos rondaban la cifra de 800.000.

El régimen imperante se aprestaba a imponer al sucesor del entonces presidente Castillo, pero algunos sectores políticos y del ejército buscarán impedirlo. A fines de 1942 surge una organización militar secreta, el GOU (“Grupo de Oficiales Unidos” o “Grupo Obra de Unificación”) que buscó, al decir del estudioso Fermín Chávez, ser “una respuesta al reacondicionamiento neocolonial de la Argentina”. Este grupo accede al poder el 4 de junio de 1943, acontecimiento considerado una revolución para los peronistas y un golpe de estado para los liberales.

El coronel Juan D. Perón, uno de los oficiales del GOU, pide ponerse al frente del Departamento del Trabajo, que poco después convertiría en Secretaría del Trabajo y la Previsión. Allí comenzó la constante labor en pro de las masas trabajadoras que iban reconociendo en el militar al líder que nunca habían tenido.

El protagonismo popular que adquiría Perón más ciertas disidencias internas en el grupo gobernante originaron un golpe en su contra el 8 de octubre de 1945; pero obtuvo del presidente Farrell el permiso de dar un mensaje de despedida por radio, en el que llamó a “defender las conquistas sociales otorgadas”, lo que le valió el arresto. El 17 de octubre se produjo una enorme manifestación popular, organizada básicamente por gremialistas, pidiendo su libertad, lo cual obtuvieron la misma noche; desde entonces el 17 de octubre es el “día de la lealtad”.

Se convocaron elecciones para el año siguiente, y Perón, apoyado por una coalición de sindicalistas revolucionarios en su mayoría más disidentes del Partido Radical y algunos conservadores, ganó ampliamente, iniciando los casi 10 años de sus dos primeras presidencias.

Este “primer peronismo” de 1946-1955 se caracterizó por la defensa de los derechos laborales y de la niñez (“los únicos privilegiados son los niños”), el impulso de la industrialización del país con el Estado como regulador de la economía y la presencia estatal en los sectores económicos estratégicos: trenes, energía, banca, comercio exterior (con el “IAPI”: Instituto Argentino para la Promoción del Intercambio), la “tercera posición” en política internacional (“ni yanquis ni marxistas / ¡peronistas!”) y la búsqueda de alianzas con países hermanos (“ABC” se llamó un proyecto, por Argentina – Brasil – Chile). En la acción social era especialmente relevante la ayuda de la esposa Eva, cuya muerte en 1952 fue conmocionante para el movimiento.

El movimiento se sostuvo en tres “ramas”: la política, la sindical y la femenina; posteriormente se agregaría una cuarta, la “juventud peronista”.

Ya en la segunda presidencia empieza a advertirse un crecimiento de la violencia política y ciertas dificultades en la economía, y se produce un hecho primordial que influirá en la caída de Perón en 1955: el deterioro creciente de las relaciones con la Iglesia, la cual en el principio lo había apoyado (y que incluirá un hecho gravísimo: la quema de varios templos de la zona norte de la ciudad de Buenos Aires como reacción a un intento de derrocamiento hacia Perón); y con la Iglesia de gran parte de la clase media. Los llamados de Perón a defender el gobierno se sucedieron, varias veces con llamados a la violencia impropios de un estadista (“Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos”). 


En 1951 se produce un intento de golpe que fracasa, y en 1955 la “Revolución Libertadora” derroca al General, quien partirá al exilio por 17 años (gran parte de ellos en España). Desde allí dirigirá la lucha por su vuelta al poder y en esos años se verán sus actitudes “pendulares”, polémicas, que llevarán a la polarización a sus seguidores pero todos o la gran mayoría siempre sujetos a la voluntad del líder.



(En el post de mañana Tábano porteño nos hablará de los principios ideológicos y de las "ramas" del peronismo)

martes, 23 de diciembre de 2014

¿COMIDA SOLO PARA ESPAÑOLES?


A raíz de la denuncia del comunista asturiano Gaspar Llamazares, se ha levantado cierta polémica con la iniciativa de varias organizaciones patrióticas extraparlamentarias de repartir alimentos exclusivamente a necesitados españoles. Estas campañas se han llevado a cabo en unos cuantos puntos de la geografía nacional y con diferentes modalidades, a veces con ocupación ilegal de inmuebles y bajo la denominación de “hogares sociales”.

Me he estado informando del asunto y debo admitir que me cuesta bastante posicionarme. Como católico, no me termina de quedar clara la compatibilidad de los sentimientos humanitarios que se supone que inspiran a estas asociaciones con una discriminación programada por razón de nacionalidad. Se supone que un cristiano con intención de ayudar al prójimo paliando sus necesidades materiales, debería hacerlo espontáneamente con aquellas personas de su barrio o ciudad con mayores dificultades económicas o con mayor riesgo de exclusión, y no seleccionando de manera premeditada a aquellos pobres que más le gusten o mejor le caigan en función de su origen o de la regularidad de su residencia en nuestro país. Y cuidado, que no estoy defendiendo la inmigración ilegal, sino diciendo que a mí me costaría mucho estar repartiendo bocatas o kilos de macarrones a españoles en apuros y no poder darle nada a un negro o a un peruano en la misma o peor situación que me lo pidiera. 

Pero aquí mi primer error de juicio es dar por sentado que estos voluntarios actúan guiados por el Cristianismo.


Otro fallo mío, y esta vez a favor de estas iniciativas, es que seguramente no me doy cuenta de que cada ONG está especializada en un determinado campo de acción social, de que cada una suele ayudar a un determinado sector o colectivo, o centrarse en un ámbito geográfico o funcional concreto, por simples razones de eficacia o de vocación.  Si tanto me chirría que en los “hogares sociales” solo se entreguen lentejas y embutidos a los españoles, con la de extranjeros que viven en nuestras ciudades en circunstancias dramáticas, ¿por qué no me quejo entonces de las numerosísimas entidades cuya misión es acoger, alimentar, mantener y emplear solamente a inmigrantes? Quizá porque intuyo que este colectivo presenta unos rasgos y unas necesidades específicas que demandan una atención especializada, y porque sospecho que sus penurias son cuantitativamente más graves que las de mis compatriotas, pero… ¿es esto cierto? ¿Los españoles parados que no pueden pagar su vivienda ni alimentar a sus hijos no tienen también derecho a que se cree una asociación que concentre sus esfuerzos en ayudarles a ellos y solo a ellos? ¿De verdad lo pasan peor los moros y los panchitos de Madrid que algunos madrileños de pura cepa?

Pero posiblemente el principal motivo de mis recelos hacia estos repartos selectivos de comida sea mi convencimiento de que sus promotores actúan mucho más movidos por la demagogia y el deseo de publicidad política que por un verdadero afán de auxiliar a los hambrientos, como lo demuestran sus obsesivas campañas de difusión en las redes sociales. Una caridad que tan obscenamente se cacarea a los cuatro vientos no me parece auténtica. Tengo la impresión de que estos grupos lo único que pretenden es imitar (y encima mal) al partido nacionalsocialista heleno Amanecer Dorado, ansiosos de una repercusión mediática similar a la suya. Ha sido además el suyo un altruismo sobrevenido: nadie les recuerda repartiendo arroz antes de los logros electorales de Michaloliakos...

Por otra parte, me da en la nariz que estos aprendices de filántropos no tienen ni la menor idea de cómo identificar y seleccionar a las familias desamparadas, y que se dedican a regalar comida a cualquier jeta que pase por allí y les enseñe un DNI español, porque al fin y al cabo lo único que les preocupa es salir en las fotos de Facebook y de la prensa.

En mis tiempos de la cruz y la espada, por Navidad siempre llevábamos donativos y alimentos a congregaciones religiosas asistenciales o participábamos en la operación kilo de nuestra ciudad, y nunca preguntábamos por la nacionalidad ni por el color de la piel de los beneficiarios de nuestra ayuda, ni mucho menos proclamábamos nuestra “acción heroica” en todos los medios habidos y por haber.

jueves, 6 de noviembre de 2014

SABER DE ECONOMÍA

Hace no mucho, charlando con unos amigos, me manifesté partidario de la salida de España de la Unión Europea, y uno de ellos, licenciado en Económicas, me dijo que defendiendo una cosa así demostraba no tener ni idea de economía. Alguna otra vez he vivido episodios parecidos con leguleyos: propugnas alguna medida política concreta y te sueltan que qué barbaridad, que eso no es viable jurídicamente y que no tienes ni pajolera de derecho. 

La verdad es que la peña tiene muy poquita imaginación.

Todos estos universitarios de manual y titulados de corsé no pasan de ser unos loritos amaestrados y con el sensor crítico averiado, cuyo mayor logro intelectual ha sido subrayar apuntes con un fluorescente y aprobar treinta asignaturas. Y a veces ni eso.

Son miopes académicos, asnos con diploma que se han limitado a rumiar la alfalfa que les echaron los catedráticos y no han asimilado todavía la lección más importante: la economía y el derecho no son fines sino simples medios. 

Las reglas, para ellos sagradas, de la “ciencia económica” tienen como consecuencia, por ejemplo, que hoy en España los veinte tíos más ricos posean la misma fortuna que los 14 millones de personas más pobres, y los chiringuitos del estilo a la Unión Europea han sido concebidos y creados para que esto sea así de por vida. Por eso las reglas del mercado deben ser expurgadas, corregidas, encauzadas y, si me apuras, violadas al asalto por cualquier gobernante mínimamente ético y mínimamente comprometido con las necesidades de su pueblo.

Yo no sé mucho de economía, no señor, pero no hace falta ir a estudiar a Salamanca para entender que las finanzas de un país pueden funcionar perfectamente al margen del euro y del tinglado europeísta. Hay estados europeos que no han suscrito tratado de adhesión y ello no les impide contar con un nivel de vida igual o superior al nuestro, sin entrar ya en cuestiones de soberanía nacional. Hay grandes expertos en economía que luchan para que su país se salga de la cueva de la Merkel y los cuarenta ladrones. Lo que pasa es que para algunos “saber de economía” no es tener conocimientos en esta materia, sino tragarse sin rechistar el actual modelo de globalización capitalista.

Con el tema del derecho, algunos están en Babia y no se les ha ocurrido fijarse que jamás en la historia una norma jurídica ha sido obstáculo para sacar adelante una iniciativa política. Incluso la más sagrada y solemne de las leyes puede y debe modificarse (e incluso incumplirse) cuando concurren intereses superiores o surgen nuevas circunstancias que así lo exigen. Constituciones, estatutos de autonomía, leyes, reales decretos y órdenes carecen de entidad propia; no son sino herramientas de la voluntad política y solo se mantendrán mientras esa voluntad los dé soporte o no cambie el signo ideológico que los amparó. Cualquier medida adoptada por quien ostenta el poder, por muy ilegal que parezca, no tardará en ser convalidada formalmente con todas las bendiciones procedimentales y letra de molde en el BOE.

En la defensa de los valores fundamentales de la nación, de los principios de justicia social, del orden público y de las pautas de convivencia, el Estado debe ser todopoderoso y no arredrarse ni ante teorías “científicas” ni ante boletines oficiales. Es él quien debe definir su propio modelo económico y su propio marco normativo saltando por encima de lo que haya que saltar.

domingo, 12 de octubre de 2014

LOS LÍMITES DEL HUMOR



Dicen que lo que nos redime a los españoles es nuestra capacidad de reírnos hasta de nuestra sombra, de sacar punta humorística a cualquier calamidad. Yo no estoy tan seguro de que eso sea una virtud. 

El sentido del humor es un don valioso que nos ayuda a soportar los desplantes cotidianos de esa chica guapa y caprichosa que es la vida, pero digo yo que el cachondeo también tendrá sus límites y que ante ciertos temas o situaciones lo lógico es que a una persona equilibrada se le quiten las ganas de hacer chistecitos. 

Supongo que es algo subjetivo y que los umbrales de la risa son mucho más amplios en unos individuos que en otros. Imagino que a algunos la chispa se les evapora al mínimo disgustillo mientras que otros tienen que estar pasándolas muy putas para retirar el salero de la mesa.

La cosa cambia cuando los infortunios los padecen los demás. En España sin duda tenemos una manga demasiado ancha para el humor a costa de los que sufren. En la novela Historias del Kronen, de Ángel Mañas, una amiga le reprocha a Carlos su actitud burlesca hacia las desgracias ajenas:

— Hay cosas de las que no se puede reír uno. 
— ¿Como por ejemplo? 
— Pues, por ejemplo, de las desgracias de los otros.
— Hombre. Más divertidas que las desgracias de uno, sí que son. 

Estos días me está impresionando la frivolidad de los chistes sobre el ébola que circulan por las redes sociales. Pienso en quién puede ser capaz de inventar tales gracietas y diseñar esos memes sobre la pobre Teresa Romero, sobre su perro y sobre las formas de propagación de tan terrible epidemia, y solo puedo imaginarme a seres tan inconscientes y tan insensibles con el sufrimiento de sus semejantes que ni por un segundo se les ha pasado por la cabeza que mañana podrían ser ellos los infectados. Habría que ver entonces si seguían tan inspirados.

viernes, 3 de octubre de 2014

HIDALGOS

Desde los albores más remotos de la humanidad, el más visible elemento de diferenciación social ha sido el trabajar o no con las manos. Desde la más oscura prehistoria, los más ricos, los más fuertes o los más inteligentes se las apañaban para librarse de las tareas físicas. El que tenía dos huertos en vez de uno, pronto se buscaba a un pobre para que se los sembrara y recolectara y, en definitiva, doblara el espinazo por él. Huir del esfuerzo y del desgaste de las labores manuales para gozar de una vida lo más cómoda posible, escaquearse del sudor en la frente con que Dios castigó a Adán y a Eva, siempre ha sido una de las motivaciones más fuertes del ser humano.

En la Edad Media aparece en España la figura del hidalgo y con ella el rechazo del trabajo corporal por amplios sectores sociales. Un hidalgo podía aspirar a cargos públicos o ejercer la carrera de armas, la vida religiosa o la escribanía, pero su honra quedaba irremediablemente mancillada si se dedicaba a la agricultura, a la ganadería, a la artesanía o al comercio, por muy necesitado que estuviera. En el siglo XVIII había en nuestro país más de 700.000 infanzones, un 8% de la población total, alcanzando en algunas zonas como Asturias más del 80%. Así es fácil explicarse cómo una potencia puntera como España acabó hundida en el lodazal.

Por desgracia hoy las cosas no son muy distintas. Aunque intentemos disimularlo predicando (con la boca pequeña) un igualitarismo formal, España sigue siendo tierra de hidalgos y la mayor aspiración de los españoles es tener un empleo en el que no se sude ni se presten directamente servicios manuales al púbico. 

El surgimiento de una extensa clase media en los años del tardofranquismo contribuyó a estigmatizar los trabajos más básicos, en gran parte debido al orgullo de millones de labradores que se veían de pronto en la ciudad con un sueldo y unas comodidades de los que no habían disfrutado en generaciones. “No pidas a quien pidió ni sirvas a quien sirvió”. Si nos fijamos bien, la masiva demanda de títulos universitarios desde los años setenta no es sino la búsqueda de una nueva forma de hidalguía por parte de estas familias. El único sueño de los agricultores obligados a deslomarse de sol a sol toda su vida era que sus hijos cambiaran la azada por la Olivetti, y trabajaran sentados y a ser posible con corbata. Y eso solo era posible dándoles carrera.

El resultado es el que conocemos bien, sobre todo en regiones como la mía: un número ingente de jóvenes licenciados de clase media que, aunque lleguen a aceptar que trabajar “de lo suyo” es imposible, se niegan terminantemente a currar en el campo, en una línea industrial, en un taller mecánico, en la barra de una cafetería o como reponedores o cajeros en un hipermercado. Son los hidalgos del siglo XXI. Su mentalidad, mamada desde la cuna, es que con un título de grado bajo el brazo es deshonroso sudar o poner cervezas, lo que les lleva a preferir no disponer de un euro, vivir con sus padres hasta los 40 y echar a perder su futuro a desempeñar cualquier oficio de tipo manual. Con semejante chip mental, en estos tiempos de escasez de empleo, la Universidad, en vez de abrirles un mayor abanico de salidas, se lo ha cerrado a cal y canto.

En mi ciudad pervive un hidalguismo grabado a fuego. Unas veces se manifiesta en el pundonor de quien se empeña en mejorar su posición tras un importante esfuerzo académico, pero otras resulta ridículo, ya que las ínfulas del hidalgo no se corresponden en absoluto con su capacidad o nivel de formación. En todos los casos estamos, eso sí, ante una fobia manifiesta hacia el trabajo físico y sus aledaños. Además no estoy hablando de pasta: yo conozco varones que prefieren mil veces ganar 800 euros al mes en una oficina haciendo fotocopias o metiendo datos en una aplicación que ingresar 2.000 como camioneros. También es curioso el dato de que estas personas suelen pertenecer a familias de origen obrero o rural, y han visto bien de cerca los callos en las manos de sus padres o abuelos.

Los infanzones de 2014 siguen saliendo a la calle como los de 1600, con un palillo entre los dientes para que todos crean que han comido carne. Su vanidad, su pereza y su distorsión de la realidad siguen lacrando la economía española y, encima, favoreciendo la inmigración. Siguen, igual que hace cinco siglos, encarnando la autosuficiencia infundada y el parasitismo patético, pero probablemente lo más triste de todo es que con su actitud destrozan sus propias vidas y se condenan a la infelicidad en su mundo de cutres apariencias.

viernes, 29 de agosto de 2014

CIBERGENEROSIDAD


Tanto la generosidad como la mezquindad se notan en los mínimos detalles de cualquier comportamiento. Incluso en la forma de utilizar Internet hay personas que demuestran un gran altruismo y otras que se retratan como ruines y cicateras.

Algunos internautas manejan la red de redes bajo el lema "recíbelo todo sin dar nada a cambio". Descargan todo tipo de contenidos sin subir un solo mega. Acceden continuamente a los perfiles, datos y fotos de otros usuarios de redes sociales pero mantienen su propia cuenta cerrada a cal y canto. Avasallan con sus dudas en los foros buscando ansiosamente solucionar su problema y luego ni dan las gracias a quienes dedican su tiempo a responderles ni, por supuesto, publican jamás ninguna información útil. Pretenden que sus blogs se llenen de comentarios pero rara vez comentan en las bitácoras ajenas o, si lo hacen, se nota a la legua que solo quieren darse publicidad.

Son muy fácilmente identificables por su conducta: jamás publican ni una línea en Internet si no es para obtener un beneficio del tipo que sea.

Cuando empecé a manejarme en los cibermundos y no tenía ni idea, un amigo me instaló la famosa aplicación P2P Emule. Me enseñó a bajarme películas pero me advirtió: “Cuando te hayas descargado una, no la quites de la carpeta inmediatamente. Hay una regla ética no escrita de que debes compartirla al menos unos días, dejar que los demás se la bajen de tu pc”. Me pareció curioso el consejo, pero muy lógico.

Como dije el otro día, yo he aprendido mucho gracias a Internet, sobre todo informática, aunque también otras materias como cine, ornitología o historia, y ha sido casi siempre gracias a la labor desinteresada de unos cuantos cibernavegantes que comparten sus conocimientos y sus experiencias en los foros o en sus blogs. También en demasiadas ocasiones he podido hacer una buena compra o elegir bien un hotel gracias a que un experto, sin ganar nada a cambio, ha hecho una crítica del artículo que me interesaba, o a que un viajero se ha tomado la molestia de comentar en una web las ventajas y defectos de su alojamiento. Otras veces los foros me han enseñado a hacer alguna tarea (chapuzas domésticas, recetas, nudos de corbata, manejo de un programa…). Los tutoriales y los vídeos de Youtube pueden llegar a ser utilísimos.

Por eso pienso que es de sentido común y de una mínima moralidad aportar nuestro granito de arena para ayudar a otros en Internet. Aunque no nos demos cuenta, todos tenemos alguna habilidad o somos expertos en algo, ya sea en el campo profesional o del ocio, y en alguna medida podríamos poner en común lo que sabemos para que los demás lo aprovechen. Al menos, todos somos usuarios de servicios o consumidores de bienes, y no cuesta dejar nuestra opinión, en un par de minutos, sobre el viaje que hemos contratado, el restaurante donde hemos comido, la peli que acabamos de ver o el producto que hemos comprado en Amazon.

martes, 24 de junio de 2014

FALSA TOLERANCIA




Una de las más peligrosas consecuencias de la cultura democrática que impregna nuestras sociedades es ese falso clima de tolerancia que a muchos ingenuos les hace suponer que van a ser tratados con respeto y no van a sufrir discriminación alguna se comporten como se comporten, vivan como vivan y tengan el aspecto que tengan. Oficialmente es así, ya que los códigos culturales imperantes exaltan la libertad individual y la igualdad de oportunidades sean cuales sean las circunstancias personales, pero hace falta ser muy corto para no percatarse del profundo abismo que separa el discurso progre y políticamente correcto del “sé tú mismo” de la cruda realidad del día a día, en que se empuja a la cuneta sin contemplaciones a los que van de originales o se saltan ciertas pautas por supuesto que no escritas pero igual de vinculantes que la ley. 

La sociedad de hace cuarenta o cincuenta años me parecía, en este sentido, mucho más sana, pues no participaba de esta suerte de hipocresía que lleva a muchos a la marginación y al ostracismo casi sin darse cuenta. En aquella época, cuando alguien se salía de los márgenes preestablecidos en materia moral, estética, de costumbres o de relaciones sociales, rápidamente se encendían unas alarmas bien visibles y audibles, y el afectado se enteraba en el acto de que si seguía por ese camino iban a darle una patada en el culo, no iba a encontrar trabajo o se iba a quedar más solo que la una.

Al varón que se dejaba el pelo largo le llamaban marrano y le insistían hasta la saciedad en que pasara por la barbería. Si alguien vestía como un payaso, se reían de él en la cara y hasta le ponían mote. A la que se acostaba con medio pueblo la miraban raro y la advertían de mil maneras de que así solo lograría casarse con un forastero despistado. Al que no hacía más que decir chorradas la gente le perdía la consideración ostentosamente y ni se dignaba a escucharle. Al afeminado de la clase los niños le llamaban maricón y no querían quedarse a solas con él para no coger mala fama…

Pero ahora no. Ahora aparentemente no hay parámetros de conducta y cada cual, en teoría, puede desenvolverse como quiera sin consecuencias de ningún tipo. Nos hemos vuelto todos muy democráticos y, como buenos ciudadanos que somos, jamás osaríamos a poner en entredicho en voz alta el modus vivendi y los gustos de nuestros vecinos, amigos o compañeros de trabajo. Manifestar cualquier crítica a una persona por su manera de ser, de pensar o, peor aún, de vestir, atenta contra la libertad. Cada cual con su vida puede hacer lo que quiera sin que nadie se entrometa. 

Pero todo esto, que suena precioso, es una pamema, y en realidad la gente, aunque se calle amordazada por la presión cultural, sigue pensando más o menos lo mismo de los mamarrachos, los pintajas, los bujarrones y los que van dando el cantazo por el motivo que sea. Es verdad que ya nadie dice ni pío de las extravagancias y opciones de vida peculiares de los demás, pero después, a la hora de la verdad, se actúa en consecuencia y se excluye sin contemplaciones a los impresentables, a los raritos y a los problemáticos. 

Lo malo es que nunca faltan incautos que se tragan la parte teórica y se animan a saltar sin red confiando ciegamente en los valores de tolerancia y de respeto democrático. Y así nos encontramos al chaval que pretende superar la entrevista para un trabajo serio con un piercing en la nariz, al borracho o drogadicto que aspira a ser respetado, al sindicalero comprometido que imagina que encontrará un empleo algún día, al julandrón que sale del armario ganando 800 euros al mes, a la muchachita que espera que alguien compre la vaca cuando regala la leche a quien se la pide, al expresidiario que se cree que ya ha pagado su deuda con la sociedad, a la ama de de casa sin estudios que se comporta como la protagonista de Sexo en Nueva York, al inmigrante embaucado con lo de la alianza de civilizaciones, y, en general, a personas convencidas de que como no solo no se les critica, sino que los medios de comunicación no paran de predicar sus derechos , van a pillar cacho. 

Antes era mucho más fácil enterarse de qué iba la feria. Ahora todo son sonrisas, promesas y palmaditas en la espalda para todo el mundo, pero luego, tracatrá. Igual que siempre.

domingo, 25 de mayo de 2014

ABSTENCIÓN




Como siempre sucede en las elecciones al Parlamento Europeo y cada vez más en cualquier otro comicio celebrado en España, hoy los ciudadanos han vuelto a decantarse mayoritariamente por la abstención. Pese a los denodados esfuerzos de todos los partidos por estigmatizar la renuncia a la participación en estos saraos, la mayor parte de los españoles ha vuelto a pegar un rotundo corte de mangas al tinglado parlamentario, al actual modelo de democracia, a la pestilente Unión Europea y a toda la purrela de politicuchos que pretenden vivir del cuento y de las dietas otros cinco años.

Reconozco que no todos los que se abstienen lo hacen por idénticos motivos, pero estoy seguro de que esta postura es, en la mayoría de los casos, más premeditada y consciente de lo que nos quieren hacer creer; de que responde a la rebeldía o al hartazgo, y no a la simple pereza. Los abstencionistas no son dejados; simplemente están hasta el gorro de esta estafa con forma de urna de metacrilato.

El otro día leí un curioso estudio sociológico sobre la abstención, con encuestas y tal, cuya conclusión a grades rasgos es que en las convocatorias electorales se inhiben más los pobres que los ricos; que en los barrios obreros se vota menos que en las urbanizaciones de lujo; que los parados y los curritos en precario se abstienen con mayor frecuencia que quienes disfrutan de estipendios fijos y elevados, y que los ciudadanos con estudios superiores tienen más interiorizado su deber cívico de sufragio activo que aquellos que se encuentran, como se dice ahora, en riesgo de exclusión social.

Este curioso análisis, con tan fuerte componente propagandístico (“si no votas, eres pobre”), me irritó al principio e incluso dudé de la veracidad de los datos, pero luego con más calma, contrastándolos con el comportamiento en las elecciones de la gente de mi entorno, me di cuenta de que son bastante certeros. Aunque el índice de abstención en España es altísimo, admito que conozco a poquísimos titulados universitarios, con economía holgada, buena posición social y familia estructurada que se hayan quedado hoy en casa.

Pero la explicación es fácil. Quienes gozan de una posición acomodada o simplemente ven su nómina puntual en la cartilla, quienes tienen un piso en propiedad y jamás han sufrido un desahucio, quienes no padecen la gangrena del paro desde 2008 o cuentan con el colchón familiar, quienes han podido independizarse, casarse y tener críos cuando han querido, quienes nunca han sabido lo que es vivir al mes con 500 euros, quienes no han sufrido en sus carnes la última reforma laboral o no se han visto obligados a emigrar al extranjero, todos ellos, no me extraña, tienen motivos suficientes para la complacencia, para sentirse en el actual sistema político como pez en el agua y para decir altaneros esa chorrada mayúscula de que es una obligación moral ejercer el derecho al voto y que aquel que no lo haga no tendrá luego legitimidad para protestar.

Comprendamos, en cambio, que los demás (la mayoría) tengan sus reticencias a dar el visto bueno, con su sobre y su papeleta, a un modelo de participación no ya imperfecto, sino más falso que un billete del Monopoly, que se les antoja, con toda la razón, una burla demasiado cruel. Entendamos que haya gente, mucha gente, a la que le importe un bledo quien gane las elecciones, ya que los resultados, sean cuales sean, jamás contribuirán en modo alguno a mejorar sus vidas, y que prefieran disfrutar su domingo al margen de “la fiesta de la democracia”. Dirán que puesto que fueron los poderosos, los oligarcas y los banqueros los que inventaron este juego en el que solo caben sus reglas, sus trampas, sus partidos y sus medios de comunicación, que también sean ellos los que lo jueguen, ellos solos o si acaso con sus palmeros y beneficiarios.

viernes, 9 de mayo de 2014

REPARTIR EL TRABAJO

Una de las ideas que muchos esgrimen para reducir la tasa de paro en España es repartir el trabajo conforme al modelo alemán, que básicamente consiste en reducir la jornada de cada trabajador para posibilitar dos turnos diarios y minorar en consecuencia las retribuciones, pero permitiendo cobrar la prestación de desempleo por la parte de horario recortada. Esta alternativa es defendida sobre todo por la izquierda como la panacea de la solidaridad, pero cada vez me encuentro con más conservadores que también la aplauden.

En apariencia se trata de una medida muy social que permitiría a millones de parados españoles acceder al mercado de trabajo a costa de recortar el salario de todos. Se trata de que los que tenemos la fortuna de trabajar nos sacrifiquemos para que puedan tener un sueldo muchos de nuestros compatriotas en situación desesperada.

El reparto del trabajo no es un debate nuevo y ya en los años 90 del pasado siglo los partidos izquierdistas y los sindicatos defendían la jornada de 35 horas con fines similares. Es un tema sobre el que yo he reflexionado mucho sin haber alcanzado una postura clara, pero en todo caso reconozco que en un contexto de desempleo tan salvaje como el actual resulta muy difícil posicionarse en contra de este tipo de medidas si no es con argumentos de puro interés egoísta, que, por otra parte, son los favoritos de los españoles. En España cada uno defiende o critica el reparto del trabajo en función de si le beneficia por ser parado o le perjudica por estar trabajando a jornada completa. Lamentablemente casi nadie es capaz de basar su postura en razones de justicia que trasciendan su propia situación personal.


Me gustaría que este post recibiera comentarios tanto a favor como en contra que nos ayudaran a todos a fijar una postura bien razonada, pero antes quisiera exponer uno de los grandes problemas que yo veo a la propuesta.

Sin entrar a analizar los efectos sociales y económicos que podría tener esta bajada global de la capacidad adquisitiva de los trabajadores españoles, a mí me parece una solución profundamente clasista con la que pagarían el pato de la crisis las familias más modestas. Por puras razones operativas parece obvio que los empleos que se terminarían repartiendo son los menos especializados y peor retribuidos. Es muy fácil dividir la jornada de un barrendero, un barman o un obrero industrial para que desempeñen estos puestos dos personas cobrando la mitad cada uno, pero fraccionar el puesto de un ingeniero, de un arquitecto o del gerente de una empresa puede llegar a plantear serias dificultades de orden práctico. ¿Cómo intercambiamos a dos técnicos especialistas, uno por la mañana y otro por la tarde, en la realización de un proyecto complejo y a largo plazo? ¿Cómo hacemos para que un juicio que lleva un despacho de abogados sea atendido de diez a dos por un letrado y de cuatro a ocho por otro? ¿Cómo se turnan dos arquitectos para diseñar los planos de una obra cuatro horas cada uno?

Reconozcamos que al final los profesionales con mejor formación y mayor salario no se verían afectados por esta política, mientras que los dependientes de comercio, los operarios de fábrica, los camareros, los empleados de limpieza y, en fin, los currantes más humildes se verían obligados a cobrar todavía menos, mucho menos, por obra y gracia de una “solidaridad” impuesta que en el fondo sería como desvestir a un santo para malvestir a otro.