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viernes, 18 de marzo de 2016

LA DIGNIDAD DE LAS RUMANAS (GITANAS)



Los medios de comunicación llevan tres días dándonos una intensa brasa con los sucesos que tuvieron lugar el martes en la Plaza Mayor de Madrid durante la visita de los hinchas holandeses del PSV Eindhoven, que jugaba contra el Atleti en los octavos de final de la Liga de Campeones. Es imposible a estas alturas no conocer los hechos, pues nos va a estallar la cabeza con tanta noticia, reportaje y mensaje de repulsa con los que nos han bombardeado incesantemente como si se tratara de un atentado terrorista o de una catástrofe natural de gran envergadura. Resulta que antes del partido varios jóvenes seguidores del PSV, imagino que ebrios, bromearon con unas gitanas de origen rumano que se encontraban pidiendo limosna en la Plaza. Les lanzaron monedas desde la terraza de un bar en vez de dárselas en mano, les pidieron que interpretaran bailes típicos de su tierra y que hicieran flexiones, prendieron fuego a un billete de cinco euros para ver quién lo apagaba antes, y, en fin, unas cuantas gamberradas más que pueden verse en el vídeo del final del post.

Todas las ONG´s de ayuda al inmigrante, las asociaciones feministas, los colectivos sociales, los partidos políticos y el Secretariado Gitano, encabezados, como no podía ser menos, por la alcaldesa comunista Manuela Carmena, han repudiado estas “vejaciones racistas” y las han denunciado ante la Fiscalía de Delitos de Odio, que ya ha abierto las oportunas diligencias. También se ha exigido una explicación al embajador holandés, que se ha apresurado a pedir disculpas (como para no), y al propio club de fútbol implicado, que, por lo visto, piensa meter un buen paquete a los bromistas.

A mí también me desagrada mucho lo sucedido, que, por cierto, no me sorprende en absoluto teniendo en cuenta que los neerlandeses son unos auténticos salvajes con un sentido de la moralidad más que difuso, como lo demuestran su experiencia colonial en Sudáfrica y su actual legislación en materia de eutanasia, drogas y prostitución. Basta un mínimo de humanidad para saber que solo a un malnacido se le ocurre pitorrearse de una persona que está mendigando en la vía pública.

Pero al margen de los reproches que sin duda merecen los futboleros de Eindhoven, a mí lo que me ha sorprendido de todo este fenómeno mediático es la repentina preocupación de políticos y medios informativos por la dignidad humana en general y la de los indigentes en particular. La verdad es que se me ocurren infinitos ejemplos de dignidad pisoteada bastante más sangrantes que las gansadas de los holandeses en la Plaza Mayor y no recuerdo que nuestros mandatarios ni sus periodistas en nómina hayan protestado nunca con tamaña energía.

Las mafias controlan la mendicidad en Madrid
No voy a caer en la tentación demagógica, o quizás no tan demagógica, de pormenorizar las situaciones de esclavismo que sufren millones de trabajadores españoles por culpa de la última reforma laboral de PP, y que aún no he visto censuradas en ningún reportaje o programa especial de las grandes cabeceras y cadenas de radio y televisión. Puede que la tragedia de que nuestra juventud carezca de oportunidades, tenga el futuro fundido a negro o, en el mejor de los casos, se deslome a trabajar por cuatro perras no se perciba por la prensa como una humillación suficientemente escandalosa, pero es que, ya que estamos hablando de inmigrantes, tampoco me he encontrado nunca, ni en primera ni en última plana, ni en prime time ni a las doce de la noche, ningún artículo ni documental arremetiendo con tanto brío contra las mafias de la mendicidad que funcionan impunemente en Madrid y en todas nuestras grandes ciudades ante la vergonzosa pasividad de las autoridades políticas y policiales. Baste decir que el 90% de los 50.000 gitanos rumanos que pordiosean en España son manejados y sangrados por organizaciones criminales que nadie se molesta en desmantelar. Pero, claro, no sé si los alcaldes y los concejales de turno consideran esta realidad lo bastante degradante como para azuzar al embajador rumano o montar un pollo en los periódicos con lágrimas de cocodrilo incluidas. Y es más: cuando algún ayuntamiento, como el de mi ciudad, ha intentado atajar este problema implantando severas medidas de control de la mendicación, los progres han montado en cólera acusándole de fascista.

Clama al cielo que quienes no han dicho nunca ni pío sobre los extorsionadores profesionales que en pleno centro de Madrid explotan, amenazan y denigran todos los días a miles de inmigrantes de todas las nacionalidades, se pongan ahora hechos unos basiliscos porque cuatro niñatos holandeses lancen al suelo unas monedas para que las recojan unas "pintorescas" calés.

Hay muchas más indignidades que no se critican en la tele ni sofocan demasiado al personal. La prostitución es una de ellas y lo seguirá siendo por muchos años mientras la clase política continúe mirando hacia otro lado en vez de coger el toro por los cuernos y plantar cara a uno de los peores dramas de la Humanidad, causa del más escalofriante tráfico de seres humanos. Pero está visto que cuando un viejo verde asqueroso mete un billete en público en el escote de una stripper mulata, a nadie le parece vejatorio, pero si un hooligan promete una limosna a una gitana a cambio de un baile inocente, casi acaba interviniendo el Tribunal de Estrasburgo.

Y aunque habrá quien me ponga a escurrir, a mí también me revienta no ver a nadie desvelado por la imagen absolutamente indigna de la ciudad de Madrid y de toda España que estamos dando a los visitantes y turistas permitiendo a cuadrillas enteras de rumanas ilegales, llenas de mugre y vestidas como en siglo XVI, acosar sin descanso a los viandantes. Cuando esta chusma nos roba la cartera en el metro o se hacina en un piso de nuestra propiedad llenándolo de excrementos y de basura hasta el techo nadie organiza una campaña de prensa defendiendo nuestra dignidad humana.


domingo, 13 de marzo de 2016

IDEALIZANDO EL PASADO




Es habitual –y muy humano– pensar que todo tiempo pasado fue mejor. Es natural. Según avanza el río de nuestra vida cada vez discurre más lento, describe meandros más angustiosos, surgen remolinos a cada tramo y las aguas se vuelven de un color terroso. Echamos entonces de menos el manantial purísimo que fuimos, el arroyo cristalino que serpenteaba vivaz entre las rocas. 

Es tentador recrearnos en nuestra juventud, idealizar aquellos años inexpertos y a veces irresponsables donde –es verdad– no teníamos grandes responsabilidades ni motivos de preocupación. Pero esta idealización no es más que un autoengaño, y, si somos honestos con nosotros mismos, no nos quedará otra que admitir que no vivimos aquella época con conciencia de que fuera tan maravillosa, y que, de hecho, solo nos parece idílica ahora, teniendo en la mano todas las cartas de la baraja y pudiendo comparar. Porque entonces también lo pasábamos mal, a veces muy mal, con los conflictos con nuestros padres o con los amigos, o por no tener ni un duro, o por nuestros desamores y rupturas sentimentales, o por el infierno de los exámenes…

Ahora, claro, decimos que aquellos malos tragos solo eran naderías porque los cotejamos con nuestros marrones de ahora, muchos de los cuales no tienen ni solución. Pero en el fondo sabemos muy bien que en su día no percibimos de ningún modo aquellos problemas como minucias, y, aunque los sobredimensionáramos en nuestra bisoñez, el caso es que –con motivo o sin motivo– también las pasábamos putas y estábamos deseando cambiar de etapa cuanto antes, porque aquella vida, por mucho que hoy nos empeñemos, no nos hacía enteramente felices. 

Y encima somos unos tramposos cuando fantaseamos con retornar, aunque sea por unos instantes, a las aulas del instituto o a los veintitantos abriles. Soñamos con ese rebobinado cronológico pero con truco; anhelamos un viaje en el tiempo pero conservando nuestros conocimientos actuales, la experiencia vital que ahora tenemos. Y eso no vale. No vale retroceder veinte o veinticinco años para disfrutar nuestras correrías de juventud pero con ojos de adulto para poder reírnos de esos sinsabores que nos parecían un mundo. Lo auténtico sería regresar, sí, pero poniéndonos la piel y el corazón de aquellos chavales que fuimos, para comprobar cómo volveríamos a sufrir y a angustiarnos por las mismas estupideces quizá no tan estúpidas. Quizá así aprenderíamos a no poetizar tanto el pasado solo por ser pasado.

viernes, 29 de enero de 2016

ENVEJECER


Yo pensaba que el envejecimiento humano era más bien lento y progresivo. No me basaba en ningún dato científico, sino en mi pura intuición. Sospechaba que las células, los órganos, la piel, iban desgastándose poco a poco con el paso del tiempo y que este desgaste se manifestaba físicamente también de forma escalonada.

En realidad no tengo ni puñetera idea de cómo funciona el asunto, pero lo que vengo observando cada vez más en la gente de mi entorno y en mí mismo es que, por desgracia, no nos aviejamos de manera tan pausada y paulatina como sería deseable, sino que, de cuando en cuando y sin previo aviso, sufrimos fuertes bajones. 

Yo he visto a demasiadas personas ajarse de golpe, en menos de un año. A cada edad a un nivel, por supuesto. He visto a tíos de cuarenta muy bien de aspecto y me los he encontrado al año siguiente calvos, encanecidos o con más patas de gallo que en un corral. Y las personas mayores lo mismo: señoras setentonas de aspecto juvenil, activas, que se mueven y caminan estupendamente y con la mente bien lúcida, y que en seis meses se convierten en venerables ancianitas de muleta y sofá que no se acuerdan ni de lo que acaban de comer.

Hay quien atribuye estos bajones físicos a causas concretas y, por supuesto, no niego que influyan en el envejecimiento las enfermedades o los disgustos. Pero para mí que no se trata solo de eso y que simplemente cada uno menguamos a un ritmo, subimos los escalones de nuestra edad a ratos sin prisa y a ratos corriendo, y encima estos escalones son muy irregulares, de muy diferentes alturas.

Lo noto mucho en los álbumes de fotos familiares o de amigos. A veces me fijo en alguien que está idéntico en una instantánea de 2002 que en otra de 2013, pero si miro en una de 2015 el contraste es brutal: asoman súbitamente en su rostro las huellas de toda una década, como un declive con efecto retardado. 

Es todo un misterio cómo nos marchitamos, y si no que se lo pregunten al presentador televisivo Jordi Hurtado. Ese sí que es la envidia de todos, aunque nunca se sabe si de un día para otro saldrá en Saber y ganar totalmente encorvado, con bastón y con la jeta más rugosa que Matusalén.

jueves, 14 de enero de 2016

EL BEBÉ DE CAROLINA


La fundadora y diputada de Podemos Carolina Bescansa llevó ayer a su bebé a la sesión constitutiva de las Cortes y, sin cortarse un pelo, lo amamantó en pleno hemiciclo. Incluso un bromista votó a la criatura como candidato a la presidencia del Congreso. Carolina ha declarado que “hay que favorecer que estas tareas dejen de ser un asunto privado que las mujeres tienen que resolver por su cuenta en la invisibilidad”. El episodio en general y la absurda declaración de la podemita en particular han merecido una reacción airada de gran parte de los españoles y el consabido revuelo mediático, al considerarse este comportamiento muy poco profesional, máxime cuando la Cámara Baja dispone de servicio gratuito de guardería desde hace diez años.

Yo no quito la razón a la gente cabreada, pues está feo eso de llevarse el churumbel al trabajo. Lo lógico es que una feminista tan concienciada como la Bescansa hubiera dejado al crío con su padre (en caso de saber quién es) para dar ejemplo de lucha comprometida en favor de la igualdad de género y contra el patriarcado machista que nos asola.

Lo que pasa es que a mí esta cuestión de la visibilidad y de la guardería no es la que más me preocupa, y pienso que las alarmas deberían haber saltado por otro motivo que parece haber pasado desapercibido a todo el mundo a pesar de su gravedad. Me refiero al hecho de permitir que un menor, un chiquillo inocente de pocos meses, acceda a un antro tan pernicioso como el Congreso. Igual que las autoridades competentes en materia de protección a la infancia actuarían de manera fulminante contra un padre o una madre que entrara con su niño pequeño en un bar de putas, en un espectáculo indecente o peligroso, en una timba de póquer o en un cónclave de bandidos, cabría esperar que ayer mismo se hubiera retirado a esta señorita la custodia de su hijo, pues es difícilmente imaginable un lugar más amoral y obsceno que el Congreso de los Diputados, un ambiente más sórdido y nocivo para un mocoso que el de este cubil de lobos, trileros y chorizos. 

domingo, 13 de diciembre de 2015

EL POLLITO PÍO




Mirad el vídeo hasta el final y responded a estas preguntas: ¿Es correcto llamar a esto canción infantil? ¿Puede un niño pequeño conservar su inocencia y su mente equilibrada tras escuchar esta melodía?  ¿No tienen nada que decir al respecto UNICEF y Green Peace?

viernes, 28 de agosto de 2015

QUIEN TUVO RETUVO


En lo tocante a belleza física, el viejo dicho popular de que quien tuvo retuvo se cumple en la inmensa mayoría de los casos. Unas facciones armoniosas, unos ojos bonitos y un físico equilibrado también están sometidos a los quebrantos de la edad, pero qué duda cabe que, al cabo de los años, los vestigios de esta hermosura casi siempre serán preferibles a los efectos del envejecimiento en quien ya era feo de joven. Sin embargo, esta regla no es absoluta y existen excepciones sobre las que vale la pena meditar.

En primer lugar hay algunas personas a las que, aunque parezca mentira, la juventud les cae fatal. Todos tenemos algún conocido que a los veinte años tenía granos en la cara, semblante de pasmado, una excesiva gordura o delgadez, o un aire así como desmañado que no le favorecían nada, y cuyo aspecto general ha mejorado ostensiblemente después de cumplir los treinta. Tampoco nos engañemos: no parece previsible que, sin pasar por quirófano, una chiquita con nariz de cacatúa y pecho formato I-Pad se transforme en Claudia Schiffer frisando la cuarentena, pero es verdad que a algunos les pasa como al buen vino, que mejoran con los años porque los cambios de la adolescencia o de la primera juventud les beneficiaron poco. Y aunque no tiene que ver con el físico en sí, no puede negarse que ciertos estilos de vestimenta propios de la juventud, unidos a la falta de sentido del ridículo típica en esta etapa, pueden arruinar la imagen de cualquiera, y que cuando después cambian los gustos lo normal es ganar bastante.

Otro fenómeno es el contrario, el de gente muy atractiva de joven que al final ha acabado siendo físicamente más desagradable que muchos de los que jamás destacaron por su guapura. Esto es incluso algo característico en ciertos grupos étnicos, cuyos miembros alcanzan una gran plenitud física a edades muy tempranas pero que también prematuramente empiezan a ajarse. Se me ocurren varios comentarios un tanto toscos sobre las féminas pertenecientes a cierta minoría racial presente en nuestro país desde hace seis siglos, pero mi buena voluntad y mi deseo de que La pluma viperina sea un foro de respeto y pluralismo me impiden escribirlos.

Las razones por las que un gallardo joven o una chica preciosa pueden llegar a convertirse en adefesios veinte años después son varias. Algunas guardan relación directa con el sobrepeso y con la forma en que ciertas personas se cuidan o, mejor dicho, se descuidan, pero además influyen decisivamente factores genéticos (como los insinuados en el párrafo anterior) que condicionan el aspecto de la piel, la integridad del cabello o la firmeza de las carnes. El estilo de vida y el tipo de ocupación laboral marcan también las diferencias, y es casi seguro que un funcionario del Registro Civil más bien feúcho cuando estudiante tenga bastante mejor pinta a los ochenta que un galán de su mismo año que se haya pasado la vida cargando electrodomésticos o destripando terrones de sol a sol. Tampoco pueden olvidarse los beneficiosos efectos del deporte y del ejercicio moderado en la forma de envejecer.

Cierto que no es posible luchar contra los condicionantes genéticos ni contra algunas de las circunstancias de nuestra vida, pero yo creo que la apariencia física puede mejorar muchísimo poniendo un mínimo de atención a nuestras costumbres y aprendiendo a cuidar nuestra carcasa, que es la única que tenemos.

viernes, 20 de marzo de 2015

NI MEDIO NORMAL


Hay cosas que a mí no me parecen ni medio normales, pero en estos tiempos confusos y cambiantes no termino de ver claro si llevo razón o es que soy un carca y un inadaptado.

Voy a entrenar varias veces a la semana a un gimnasio muy grande con piscina al que acuden niños de todas las edades. Las instalaciones están perfectamente adaptadas a los menores: hay vestuarios especiales para ellos, cambiadores para bebés e incluso en el vestuario de adultos han habilitado unas cabinas individualizadas para mudar a los críos. Sin embargo, por razones de comodidad y agilidad, son muchos los que acceden con sus hijos pequeños (entre tres y seis años) al vestuario de mayores y no utilizan estos compartimentos especiales, sino que sientan al niño o a la niña en un banco cualquiera, los desnudan, se desnudan ellos mismos y entran y salen juntos de las duchas a la vista de todo el mundo.

No me considero en absoluto ni mojigato ni demasiado pudoroso, pero creo que hay unos límites mínimos de decoro y de respeto que el personal se salta alegremente. Es posible que cualquier argumento que intente esgrimir en contra de la horrible costumbre que he descrito sea tomado a chirigota por muchos, que me consideren un reprimido o que piensen que tengo “la mirada sucia”, pero de verdad que me espeluzna no ya que un señor exhiba desnuda a su hijita de casi seis años delante de cincuenta maromos, sino sobre todo que la exponga a la visión de los cuerpos en pelotas de tantos hombres de todas las edades.

Para qué engañarnos: yo no me acabo de sentir cómodo cuando me cambio con estos críos cerca y siempre procuro taparme un poco, pero cuando me quedo horrorizado es al sorprender a algún mocoso, y sobre todo a alguna mocosa, mirando fijamente, con la boca abierta, el colgajo de un setentón barrigudo o las nalgas de un fornido culturista. No me quiero imaginar el careto de los hombrecitos de cinco años cuando su mamá les meta en las duchas femeninas.

En serio que no sé explicarlo, pero me parece un cuadro nada edificante para unos chavalines de tan corta edad. Observo que les llama muchísimo la atención ver a la gente en cueros, y aunque imagino que terminarán acostumbrándose (a la fuerza ahorcan), no sé yo hasta qué punto una inmersión tan temprana en los misterios de la vida es conveniente para un adecuado desarrollo emocional e incluso sexual. Claro, luego a los veinte años, como ya lo han visto todo, les da por desear cosas raras. 

No soy pedagogo ni psicólogo infantil, pero me parece una cochinada, vamos, algo impresentable, por no hablar de la imprudencia que puede suponer exponer a un niño como Dios le trajo al mundo a la mirada de tanto depravado como hay suelto hoy en día.

El colmo es la escena dantesca que tuve que presenciar el lunes pasado mientras me secaba el pelo (de la cabeza). De repente, un bujarrón rapado y con piercings y tatuajes por todo el cuerpo salió de la ducha en bolas, agarró un secador, se puso en cuclillas y el muy maricón comenzó a deshumedecerse el ojarasco con el aire calentito. Miré a mi alrededor lógicamente turbado y descubrí a mi derecha a una niña pequeña, muy rubita, que contemplaba el espectáculo alucinada mientras su papá, a su vera, se frotaba los cojones con una toalla. El rostro del angelito era un poema; no podía abrir más sus ojos azules y ni siquiera acertaba a pestañear. Tras unos instantes se giró, tiró a papi del brazo y le preguntó: “papá, papá, mira, mira… ¿por qué se lo pone en el culo?”.

Agradecería cualquier opinión, pues quisiera constatar si soy un retrógrado o tengo razón al pensar que estas conductas son del todo anómalas. A veces me he planteado depositar una queja en el buzón de sugerencias de estas instalaciones deportivas, pero me temo que sea inútil y además me niego a suministrar a los trabajadores del centro material humorístico gratuito. Tristemente, batallas como estas están perdidas de antemano.

martes, 17 de febrero de 2015

IDEAS SIMULADAS

Nuestras ideas políticas son mucho más que unas frías opiniones sobre cómo debería organizarse la sociedad o el gobierno. En realidad nuestro ideario da multitud de pistas sobre aspectos relevantes de nuestro carácter, personalidad, origen social, nivel de generosidad y educación recibida. Tan evidentes son las conclusiones que sobre una persona pueden sacarse de su posicionamiento ideológico, tan obvios son los datos psico-biográficos que se reflejan en el espejo de unas convicciones políticas que no es nada raro que haya individuos que simulen pensar de una manera concreta para ofrecer una determinada imagen de sí mismos, unas veces con el fin de aparentar ciertos valores y otras para ocultar ciertos tics o condicionantes personales, casi siempre por razones adaptativas.

Aunque parezca absurdo, no lo es, y yo he conocido decenas de ejemplos que así lo atestiguan y que me han enseñado que en materia política a veces no tiene nada que ver lo que se dice con lo que íntimamente se piensa. También es curioso que muchos de los que manifiestan unas convicciones distintas o contrarias a las suyas reales lo hacen de buena fe, es decir que de verdad creen pensar lo que predican. Esto sucede porque las opiniones no dejan de ser abstractas y de moverse en el terreno teórico y especulativo. Sin embargo bastaría pedir al sujeto en cuestión que las pusiera en práctica, que actuara en coherencia con ellas o, simplemente, aplicárselas a él mismo para dejar claro como el agua que no piensa así ni por asomo y que su discurso no era más que un puro ejercicio dialéctico.

Pero, en definitiva, ¿cuáles son los motivos que llevan a algunas personas a defender públicamente ideales con los que en realidad no comulgan, lo sepan o no?

Probablemente el caso más clásico es el de los que fingen sensibilidad social adoptando una postura avanzada en materia económica. Es una actitud frecuente en gentes de familia acomodada que han llegado a la conclusión de que su egoísmo de clase hace muy feo y es prudente suavizarlo o camuflarlo lo máximo posible. A menudo la pose es tan recurrente que se la acaban creyendo a pies juntillas, aunque por supuesto jamás moverían un dedo para alterar las vigentes estructuras económicas, sobre todo si a ellos les tocara perder un solo euro.


Muchos jóvenes adoptan ideas y estéticas estridentes solo para llamar la atención


Otro supuesto típico es el de ciertas personas que han recibido una educación muy conservadora pero que, por distintos motivos, viven obsesionadas por no parecer carcas o meapilas, y, en consecuencia, despliegan una auténtica apología del progresismo en materia de costumbres. Por lo general hay buena intención en estas actitudes, pues se trata de hombres o mujeres insatisfechos con los valores en que han sido formados que se esfuerzan por cambiar sus parámetros mentales empezando por un discurso progre. Lo triste es que casi siempre se quedan en el discurso; no es nada fácil desinstalar ciertos programas alojados en el cerebro desde la más tierna infancia.

Otro ejemplo muy divertido es el de los pobres de derechas. Todos hemos conocido a algún humilde obrero, a un agricultor de familia empobrecida por varias generaciones o a menesterosos más o menos reconocidos que se adscriben políticamente al derechismo más rancio y clasista, defendiendo un modelo capitalista y estamentario. Este llamativo fenómeno no responde a otra cosa que al complejo social. Muchos creen en serio que proclamándose de derechas aparentan menos necesidad de la que sufren  o mayor fortuna de la que en realidad poseen.

Por último yo también he observado, sobre todo en gente joven, que la defensa de ciertos ideales, aunque no tengan nada que ver con la mentalidad real, es un mecanismo muy útil para reforzar personalidades débiles, para dotar de una identidad “original” a individuos inseguros que solo pretenden acaparar la atención de su entorno expresando opiniones políticas estridentes o discordantes con lo que de ellos se espera. Se da mucho en los adolescentes la adopción de ideas “radicales” como forma de rebeldía o de racionalización de su aislamiento o de sus dificultades de adaptación. Con los años estas posturas prestadas se abandonan aunque en ocasiones dejan una huella profunda en la formación, en el pensamiento o en la actitud del joven, unas veces negativa y en forma de obsesión y otras positiva, pues al final el acercamiento a cualquier doctrina política obliga a reflexionar, a desarrollar el espíritu crítico y a concienciarse de los problemas de los demás.

domingo, 14 de diciembre de 2014

NI PARA FINOS NI PARA BASTOS


“A su hermana, la Régula, le contrariaba la actitud del Azarías, y le regañaba y él, entonces, regresaba a la Jara, donde el señorito, que a su hermana, la Régula, le contrariaba la actitud del Azarías porque ella aspiraba a que los muchachos se ilustrasen, cosa que a su hermano, se le antojaba un error, que, luego no te sirven ni para finos ni para bastos, pontificaba con su tono de voz brumoso, levemente nasal (…)

(...) y él marchaba al otro cortijo, donde su hermana, y ella, la Régula, nada más abrirle el portón, ¿qué se te ha perdido aquí, si puede saberse?, y Azarías, ¿y los muchachos? , y ella, ae, en la escuela están, ¿dónde quieres que anden?, y él, el Azarías, mostraba un momento la punta de la lengua, gruesa y rosada, volvía a esconderla, la paladeaba un rato y decía al fin, el mal es para ti, luego no te van a servir ni para finos ni para bastos, y la Régula, ae, ¿te pedí yo opinión? (...)"

  (“Los santos inocentes”. Miguel Delibes, 1981)


Con muchísimos jóvenes de ahora sucede lo que pontificaba el Azarías con su voz de tonto: estudian un grado y cuando tienen el título bajo el brazo no nos sirven ni para finos ni para bastos. Para finos no, porque, dado el número anual de licenciados, la mayoría jamás va a poder ejercer su titulación y ni siquiera trabajar de algo remotamente relacionado con “lo suyo”. Pero para bastos, menos, ya que los universitarios suelen resistirse como gato panza arriba a arremangarse y faenar en labores “subalternas”. Se creen que su titulín les confiere una especie de estatus aristocrático incompatible con doblar el lomo y se pasan la vida mareando la perdiz en el mercado laboral para terminar no haciendo nada útil. Los que pueden permitírselo gracias a sus familias, claro.

La forma de concebir la Universidad, especialmente el acceso a la misma y la relación entre formación académica y expectativas profesionales, ha hecho un daño inconmensurable a la sociedad española, al generar una amplia masa de jovencitos que se creen que saben algo y, peor aún, se consideran investidos del sagrado derecho a trabajar en un puestazo en una oficina. 

La "mentalidad universitaria" ha inhabilitado para cualquier ocupación, ha inutilizado completamente a millones de jóvenes, que están en la misma tesitura que los sobrinos del Azarías si hubieran ido a la escuela: no querrían volver a limpiar las pocilgas, pero en su entorno y con sus limitaciones sociales tampoco nadie los habría contratado para sentarse detrás de un escritorio. 

Y luego encima nos quejamos de los inmigrantes, que vienen a ocuparse de las tareas y a desempeñar los oficios que los españolitos graduados no quieren ver ni de lejos. 



Más sobre este tema en La pluma viperina:

- Mandangas vocacionales 
- Algo falla 
- Estadísticas que nunca veremos

viernes, 18 de julio de 2014

¿VAGONES SIN NIÑOS?

La oferta hotelera tiende cada día a diversificarse más y ya podemos encontrar muchos establecimientos especializados que, por ejemplo, admiten mascotas, son exclusivos para homosexuales o prohíben el alojamiento de niños pequeños. En el caso de perros, gatos y maricones la idea es comprensible, pues son muchas las personas a las que repugna hospedarse y compartir espacios de ocio con animales que todo lo olisquean o con invertidos que se hacen arrumacos en público. Además es bien sabido que a pesar de su palabrería sobre la integración, el sueño de los colectivos de gays y lesbianas es conservar guetos marginales donde dar rienda suelta a sus depravaciones a salvo del reproche social.

Lo que no me entra en la cabeza son las restricciones a los chiquillos. Los niños representan la vida, la alegría, la inocencia y el futuro. Tratar y convivir con ellos es una bendición de Dios, y simplemente observarlos, una valiosa lección que viene bien a cualquier adulto. Cierto que a veces las criaturas pueden llegar a ponernos la cabeza como un bombo con sus travesuras, llantos, parloteo y voz aguda, en especial en zonas de descanso y restaurantes, pero aun así se me antojan unos auténticos tiquismiquis quienes contratan un hotel específico para no tener chavalines a la vista, como si les dieran asco o alergia. Además una cosa es cuidar de ellos, que tiene tela, y otra simplemente cruzárselos en la recepción, en el pasillo, en la piscina o en el bufet del desayuno. Definitivamente quienes huyen así de los tiernos infantes me parecen unos enfermos.

Otro tema bien distinto es el de la reciente medida implantada por Renfe en sus trenes de alta velocidad. Durante este mes de julio, la compañía estatal ferroviaria ha estrenado los llamados “vagones silenciosos” en los trayectos de Madrid a Sevilla, a Barcelona, a Alicante y a Málaga. En estos compartimentos reservados no funciona la megafonía, está prohibido hablar por el móvil o en voz alta (como en una biblioteca) y el acceso de menores de 14 años.  Tal disposición ha sido criticada por discriminatoria por varias onenegés de protección a la infancia; de hecho una de ellas ha debido de presentar una demanda argumentando que se trata de un servicio público en el que no cabe excluir  a ningún sector de la población.



La justificación de los vagones sin niños es bien distinta a la de los alojamientos hoteleros. Se trata simplemente de responder a una vieja demanda del enorme porcentaje de usuarios del AVE que aprovechan los viajes para trabajar. La inmensa mayoría de los viajeros de este tipo de ferrocarril son profesionales que necesitan utilizar el vagón como oficina y disfrutar de un entorno mínimamente apacible para concentrarse en sus tareas. No es que tengan fobia a los niños, como los raritos de los hoteles, sino que deben aprovechar el trayecto para sacar trabajo urgente y jamás podrían hacerlo con tres mocosos al lado berreando que quieren un Danonino.

Con esta modalidad de billete no se discrimina a nadie, pues imagino que solo será un vagón por tren y que las familias con menores no tengan ninguna dificultad para encontrar sitio en cualquiera de los demás coches. Además, los problemas de espacio se plantearían, como mucho, en época de vacaciones, porque no creo que los peques monten mucho en AVE durante el curso en los días de diario. 

domingo, 22 de diciembre de 2013

LOS RECUERDOS MÁS VIEJOS DE INTERNET




Desde hace un tiempo proliferan en Internet, sobre todo en las redes sociales, todo tipo de contenidos nostálgicos relacionados con los años 70 y 80 del pasado siglo. En mil bitácoras, páginas de Facebook o presentaciones enviadas masivamente por correo electrónico se rescatan y homenajean series televisivas, concursos, humoristas, grupos musicales, personajes infantiles, juguetes, juegos, ropas, vocabulario, material escolar, golosinas, bebidas y costumbres de la época en que fuimos niños los que ahora rondamos los 40. El sitio más emblemático de todos es Yo fui a EGB, del que me declaro fan incondicional.

Viendo esta auténtica invasión de recuerdos setenteros y ochentenos, alguna vez me he preguntado por qué en la Red apenas se encuentran referencias similares a otras épocas más recientes (por ejemplo, los 90) o más antiguas (los años 60, en los que además ya había tele). Pero no, la añoranza virtual parece estar monopolizada por el período de vigencia (1970-1990) del modelo educativo implantado por la Ley Villar Palasí.
 
Me respondo a mí mismo suponiendo que los recuerdos noventeros son demasiado recientes como para producir melancolía entre quienes tuvieron su infancia en esa época, y que los críos de los 50 y los 60 han sufrido de mayores la brecha digital generacional, o sea que en su gran mayoría no se manejan con las nuevas tecnologías con la suficiente soltura como para inundar la red de redes con sus evocaciones.

También influye notablemente en este fenómeno que en los años 70 alcanzó su cúspide la cultura desarrollista y se produjo el baby-boom. En aquellos tiempos se multiplicaron la oferta televisiva y el consumo, y vivió su edad de oro la industria juguetera. Los que íbamos al cole por entonces tuvimos muchos más cachivaches, chuches y programas en la tele que nuestros padres y por eso ahora contamos con más material para la nostalgia.

En definitiva, que los recuerdos de infancia de mi generación son, por así decirlo, los más antiguos de Internet.

jueves, 8 de agosto de 2013

PECAR BIEN



Hace quince años, un conocido mío católico a machamartillo, de Misa y comunión diaria y de lo más puritano que pueda imaginarse, me comentó: “Neri, si no puede uno aguantarse, ya que peca por lo menos que peque bien”. Le dije que no entendía y él, que había quemado vallas publicitarias de condones y reprochado a sus catecúmenos llevar cogidas a sus novias por encima del codo, me explicó que si caías en la tentación y te acostabas con una, había que ponerse preservativo y disfrutar el momento, porque una cosa es ser pecador y otra gilipollas.

Su respuesta, así de pronto, me resultó un tanto cínica, pero luego me dio que pensar, porque es cierto que mucha gente ha sido y es incapaz de disfrutar del sexo por motivos religiosos. Habría mucho que hablar (que no criticar) sobre los orígenes y la vigencia de la moral sexual católica, pero no es el momento; yo solo quiero resaltar hasta qué punto una visión obsesiva y ultraestricta de esta cuestión puede llegar a condicionar las relaciones íntimas de una persona, hasta el punto de desnaturalizarlas e impedir incluso que cumplan su finalidad de expresar ternura, confianza o amor.

La Iglesia Católica y casi todas las confesiones de inspiración cristiana proscriben las relaciones sexuales fuera del matrimonio, pero el caso es que muchos creyentes convencidos las practican. Eso sí, estas personas suelen sufrir dos fenómenos muy característicos:

El primero es que cuanto más intensa es su Fe y la formación religiosa recibida, más difícil les resulta mantener unidas por mucho tiempo su práctica religiosa  y su conducta sexual. Hace años, los niveles de hipocresía eran altos y las dobles vidas frecuentes, pero hoy en día un católico muy practicante casi con toda seguridad dejará de serlo si su vida empieza contradecir sustancialmente las reglas de la moral sexual y llega a la conclusión de que no puede (o no quiere) contenerse. En cambio, si las caídas son puntuales o circunstanciales, a la persona le será más fácil seguir practicando su Fe.

Es un tema muy interesante de analizar, ya que probablemente los pecados carnales sean los únicos capaces de alejar por completo a un creyente de su prácticas devotas e incluso de su Fe, mientras que ante otras faltas tan graves o más como la soberbia, la envidia, la explotación de trabajadores, el egoísmo o la total falta de caridad, muy pocos católicos de Misa, comunión y confesión frecuentes se plantean abandonar sus convicciones.

El segundo fenómeno es al que me refiero con lo de pecar bien.  Un porcentaje sin duda nada desdeñable de quienes han mamado desde la cuna la ética sexual del Cristianismo, no sabrían pecar bien aunque quisieran, que seguro que quieren. Las relaciones prematrimoniales de estas personas bordean lo patético, rozan lo enfermizo y entran de lleno en lo grotesco. “Manolo, solo la puntita”; marcha atrás para evitar el demonizado preservativo; calentones inconclusos de los de volverse loco; juegos que todo lo incluyen excepto la estocada y que uno se pregunta por qué con ellos se peca menos; escenarios improvisados e incómodos para dejar claro que no ha mediado premeditación alguna (solo faltaba); rodeos eternos; penosos autoengaños; búsqueda clandestina, normalmente por él, de parejas más liberales; infidelidades cutres y a salto de mata,  e incluso bloqueos, tanto gatillazos de él como frigideces de ella, por ser incapaces de relajarse y de disfrutar de la situación cuando esta se produce burlando sus rectas intenciones.

Lo triste es que a veces todo esto se traslada al lecho matrimonial, porque mira que es jodido conseguir ver de repente como un regalo de Dios lo que el día antes era una indecencia.

Quizá la doctrina sexual de la Iglesia tenga trampa y esté diseñada no solo para disuadir sino para impedir el goce de quienes le dan la espalda. Pero sea como sea, pienso que mi conocido llevaba razón, y que  lo inteligente y lo humano sería que quien finalmente cae, aunque sea sin buscarlo, disfrute de la caída sin demasiados remordimientos aunque luego reflexione al levantarse y haga los más firmes propósitos de enmienda. No creo que a Dios le guste vernos usar algo tan natural y fantástico como el sexo, creado por Él, como un instrumento de tortura en vez de cómo una fuente de placer.

sábado, 15 de junio de 2013

LÍDERES JÓVENES

Estoy convencido de que cualquier empresa u organización (también los partidos políticos) tiende a funcionar mejor si sus máximos responsables son gente joven. Creo firmemente en los jóvenes porque me parece que su ilusión, sus energías, sus mayores posibilidades de movilidad, su mayor creatividad y su falta de prejuicios y ataduras personales suelen imprimir mayor frescura y eficacia a cualquier entidad que dirijan. Me entusiasma el modelo de liderazgo y la entrega de los directivos que rondan los treinta.

El handicap aparente de estos jefes es su bisoñez. Han vivido menos situaciones y tenido menos experiencias que los veteranos, y, por ello, en teoría, podrían desenvolverse peor en ciertos campos o no anticiparse a ciertos problemas. También suele decirse que no han tenido tiempo de acumular conocimientos, de especializarse, por lo que técnicamente son más flojos que los profesionales de mayor edad.

Yo, en cambio, rompo y espero seguir rompiendo siempre una lanza por la juventud. La falta de experiencia tiene también una cara positiva de la moneda, que es no haber adquirido aún manías o malos vicios, no haberse acomodado aún ni ser esclavo de la muletilla “esto siempre se hizo así”. Y de la menor cualificación derivada de esta falta de horas de vuelo, también puede hacerse una lectura favorable; yo creo que los recién titulados tienen los conceptos más frescos y muchas ganas de aplicarlos sin tabúes, condicionantes o intereses ajenos a la pura profesionalidad. Por otra parte, todo se aprende si hay entusiasmo y desde luego hay edades en que es mucho más fácil absorberlo todo como una esponja.

Por lo general, un líder joven o muy joven llega al puesto sin vendas en los ojos, sin estar picardeado y con una actitud mucho más auténtica. Siempre he creído que mandar es cosa de jóvenes.

domingo, 19 de mayo de 2013

EL TIEMPO QUE LE DEDICAS AL ALCOHOL...



Fijo que Mick Jagger no se perdió ni un ensayo por culpa de una resaca

La Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) lleva ya algunos meses desarrollando una campaña de spots televisivos bajo el lema “El tiempo que le dedicas al alcohol se lo quitas a todo lo demás”. Son tres o cuatro anuncios fuertemente demagógicos en los que se muestra cómo por culpa de la resaca una chica se pierde un ensayo de su grupo musical el domingo por la mañana, un  joven no puede declararse a su amor platónico y un padre no es capaz de llevar a su niña pequeña a los columpios, creo recordar, entre otras sandeces. 

Vaya por delante que soy poco bebedor, pero no comparto todos estos prejuicios esperpénticos contra el alcohol y su papel en las relaciones interpersonales y en el ocio nocturno. Siguiendo la moda imperante, la FAD, otras organizaciones similares y, al alimón, las diferentes administraciones públicas se empeñan en convencernos en sus respectivos planes y campañas de sensibilización de que el tabaco y el alcohol son dos drogas más, al mismo nivel incluso (tal como las abordan) que las sustancias tóxicas, estupefacientes y psicotrópicas cuya distribución está perseguida penalmente. 

En sus campañitas parten de una visión negativa y falsa del consumo de bebidas alcohólicas intentando contrastarlo continuamente con otras actividades que consideran mejores, más saludables, menos peligrosas, más divertidas o que favorecen mucho más la vida social, en especial el deporte, que se muestra siempre como símbolo de salud y de amistad , y como antítesis de todos los vicios. 

Este punto de partida es profundamente erróneo, ya que los licores no solo están íntimamente ligados a nuestra cultura y modelo social, sino que además resultan inocuos si se consumen correctamente y sin excesos (como casi todo en la vida). 

Que una pequeña minoría de los jóvenes españoles esté arruinando su vida por culpa de sus abusos empinando el codo no justifica a mi modo de ver que estos señores de la FAD nos den la murga a todas horas en la tele repitiéndonos esa perogrullada de que mientras bebemos no hacemos otras cosas, de que si te levantas con dolor de cabeza por haber alternado con tus amigos la noche antes, no saldrás a correr, ni te pondrás a estudiar,  ni echarás un caliqueño mañanero. 

Yo les diría a estos filántropos que, bien mirado, el tiempo que le dedicas a jugar al baloncesto, a estudiar un coñazo de carrera para luego ir al paro, a leer, a practicar el senderimo, a llevar al cine a Mari Pili o a hacer eso que llamas música con eso que llamas tu grupo, se lo quitas a meterte unos cuantos pelotazos con los colegas, a disfrutar de una buena cerveza de trigo, a echarte unas risas aderezadas con gin tonic (que no son las mismas que a palo seco) o a saborear un rico Ribera en tu tasca favorita. 

Que, por cierto, conozco mucha gente que bebe lo suyo y está muy lejos de ser alcohólica. Sé de algunos que acaban tostados todos los sábados y son unos magníficos profesionales entre semana. Hay muchísima gente que le arrea bien a la botella, pero sin pasarse,  y hace deporte regularmente y son, además, unos maridos y unos padres ejemplares. Hay tropecientos mil  estudiantes que practican el botellón y algún día se ponen hasta las trancas pero luego sacan en todo sobresaliente y hasta terminan ganando las oposiciones a judicaturas. Todos conocemos a quienes beben en abundancia pero saben hacerlo y jamás tocan el volante si se han tomado una copa, ni se meten con los demás ni molestan a nadie. Y eso por no hablar de la de conjuntos de rock legendarios cuyos miembros se tajaban como perros antes, durante y después de ser famosos. ¡La de ensayos que se pirarían como la chica del anuncio!

Lo que tenían que hacer las administraciones, las ONG´s y todos estos, es enseñar a beber a la gente, explicar cuáles son los riesgos y los límites de las bebidas espirituosas, en vez de demonizar una actividad que, en sí misma, no tiene nada de malo, y de decirle a la gente cómo tiene que vivir y divertirse, o cuáles deberían ser las prioridades de su vida.


Más sobre el alcohol en La pluma viperina: Reflexiones alcohólicas

martes, 7 de mayo de 2013

INDEPENDENCIA


Una de las cosas que más me han preocupado a lo largo de mi vida es mi independencia, pero no me refiero a mi autonomía material (emancipación) o afectiva respecto a los demás, ya que las personas interactuamos, nos queremos, nos odiamos y consiguientemente dependemos en mayor o menor medida las unas de las otras, sino a mi plena independencia de criterio, que viene a traducirse en la posibilidad real de hablar, opinar y comportarme según me parezca en cada momento, conforme a mis valores, ideales o forma de ser, sin servilismos, clientelismos ni sujeción alguna a intereses ajenos a los míos.

Hubo unos años en que creía neciamente que esta independencia de criterio estaba asociada a la personalidad, a la fortaleza de carácter y a la valentía, es decir que para mantener firmes las posturas propias y actuar libremente contra viento y marea era cuestión sobre todo de echarle huevos y de no dejarse achantar por el qué dirán o por otro tipo de presiones sociales. Pensaba que con un poco de coraje se podía llegar a ser plenamente independiente y cantarle las verdades a cualquiera en cualquier momento y lugar.

El tiempo ha pasado y me temo que mi punto de vista ha sufrido una modificación sustancial. Sigo admirando, cómo no, el arrojo de quienes se mantienen inalterables en la defensa de sus opiniones o estilo de vida  a contracorriente de los valores sociales o culturales imperantes, o en la denuncia de todo desafuero que se produzca a su alrededor. Sigo aplaudiendo a los que opinan lo que creen que deben opinar esté quien esté delante y caiga quien caiga. Pero, a diferencia de antaño, me parece que esta actitud solo la puede adoptar impunemente una pequeña minoría; que para actuar así no basta tenerlos bien puestos, sino también estar en una posición que lo permita, y que la independencia personal es muy difícil de sostener en la sociedad en que vivimos, de modo que no es una virtud que en justicia pueda exigirse ni esperarse de la inmensa mayoría de la población.

Solo pueden permitirse ser auténticamente independientes aquellos que están por encima del bien y del mal, o sea a los que les importa un carajo lo que piensen los demás y no puedan verse perjudicados por nadie, y aquellos que, aunque puedan sufrir graves perjuicios derivados de su fidelidad a sí mismos, están dispuestos a sufrirlos sin ningún problema.

En el primer grupo, en el de los que están por encima del bien y del mal, siento proclamar sin anestesia que se encuentran solo los individuos situados en los más altos niveles del escalafón social. No solo me refiero a los que ostentan mayor poderío económico (que también y sobre todo), sino a los que gozan de fama, de una posición privilegiada o de gran prestigio de cualquier naturaleza. Para el que está arriba y no ha de rendir cuentas a nadie, sino todos a él, está chupado ser independiente. Para quien diga lo que diga y haga lo que haga va a ser loado por un ejército de lameculos ansiosos de las migajas de su dinero o de su poder, no supone mayor complicación obrar con autonomía infinita, sin dar explicaciones ni sufrir percances, porque aunque meta la pata siempre habrá algún lacayo que le ayudará a sacarla, que le revocará el procesamiento aunque sea una zorra ladrona de gallinas. Para el que no está atado a una hipoteca, ni le debe nada al banco, ni tiene que comportarse con sus clientes como un servicial reptil, ni tiene jefe alguno al que agradar (o no cabrear), ni debe velar por el pan de sus hijos, es lo más natural del mundo despotricar despreocupadamente contra todo lo que le pete.

El otro grupo lo constituye, como digo, el de la gente normalita, sin posición ni millones, que dice y hace lo que le da la gana no porque le salga gratis, sino porque está dispuesta a pagar el precio. Un precio que a veces puede ser altísimo. Aquí nos encontramos desde zumbados peligrosos con vocación de masoquistas que van por la vida como auténticos kamikazes, diciendo lo que les sale del moño importándoles una higa la reacción de su entorno, hasta seres de una generosidad tan extrema y encomiable que denuncian sin cesar, bien alto y bien claro, todas las injusticias que ven aunque sus autores sean los más poderosos. Tanto los primeros, que son unos inconscientes, como los segundos, que para mí son heroicos, pagan en mayor o menor medida el precio de ser distintos, de no callarse ni debajo del agua. Por lo general reciben un severo castigo en forma de marginación, control social, paro o incluso represión penal. Otras veces, al estar tan asumidas por la sociedad las arbitrariedades que denuncian, se les deja protestar con relativa libertad en la seguridad de que no comportan riesgo alguno y de que solo resultarán pintorescos.

Gozan de total independencia, sí, pero a menudo les sale tan cara que cabe preguntarse si les compensa. A quien sí le compensa que existan tipos así es a la Humanidad.

martes, 16 de abril de 2013

GAMIFICACIÓN

Mis conocidos gurús de la pedagogía e ideólogos de la Administración educativa, me cuentan que ahora lo que pita en la enseñanza es la gamificación y que va a ser la gran revolución de los próximos años.

El ridículo anglicismo “gamificar”, que viene de la palabra "game", y que aquí en España algunos traducen como "ludificar", consiste en aplicar técnicas de juego a tareas que normalmente se consideran pesadas o aburridas, a fin de incentivarlas o hacerlas más atractivas. La educación es uno de los ámbitos donde se ha empezado a implantar, pero no solo. En un país bárbaro de esos de arriba (Suecia, creo) construyeron una empinada escalera a base de teclas grandotas de piano que sonaban con sus notas cada vez que alguien las pisaba, y parece ser que la gente, que es gilipollas, dejó de usar la escalera mecánica que había al lado para subir dando saltitos interpretando un concierto de Chopin. Hasta los viejos de noventa años.

La gamificación también intenta instaurarse en otras actividades como la cumplimentación de encuestas o de formularios oficiales, o las actividades formativas, creando, por ejemplo, una mascota virtual que te guíe o convirtiendo un curso on line de toda la vida en un videojuego. Yo hace poco tuve una formación que en realidad era una aventura gráfica muy buena, pero al final me quedé más con la anecdotilla lúdica que con los contenidos del curso.


En las aulas el invento se traduciría –según explican sus defensores– en la conversión de los procesos de aprendizaje en juegos divertidos para que los niños y los adolescentes se lo pasen pipa y vayan empapándose de las asignaturas sin darse cuenta. Se pueden poner muchos ejemplos: desde un trívial de literatura para jugar en clase, hasta un videojuego de geografía que muestre a los chavales, haciendo pruebas, los diferentes países del mundo, pasando por toda suerte de dinámicas lúdicas que den a los alumnos una de cal y una de arena, o una de juego y otra de estudio.

Como firme defensor de las modalidades más tradicionales de la docencia, en principio estos experimentos me hacen rechinar los dientes. No tengo nada en contra de que cultivarse intelectualmente pueda convertirse en una actividad agradable y, de hecho, he defendido aquí muchas veces la importancia de una divulgación cercana y accesible del conocimiento, encaminada a hacer digeribles y atractivas las materias más áridas. Pero una cosa es aprender lo que nos apetece por nuestra cuenta y otra muy distinta la educación reglada, cuyo objetivo es que el alumno adquiera una cultura general o un determinado nivel de conocimientos concretos que se supone le habilitarán para la vida social y profesional. Y con esta educación reglada no se puede jugar porque de ella depende la adecuada formación de millones de niños.


No puede confundirse el aprendizaje informal con el estudio. Habrá que estar a cada tipo de materia o a cada asignatura. Es obvio que un niño pequeño puede aprender un idioma jugando o viendo dibujos animados, aunque merece la pena recordar que todos hemos aprendido así nuestra lengua materna pero eso no nos ha librado de estudiar de memoria, machacona y aburridamente, las reglas gramaticales, sintácticas y ortográficas para hablarla y escribirla con total corrección. Parece evidente que un crío puede adquirir nociones de anatomía jugando con un esqueleto gigante de plástico llamado Manolo, pero tarde o temprano tendrá que sentarse delante del libro y echar horas como todos hemos hecho para memorizar los nombres de todos los huesos y músculos. Quizá los escolares puedan pasárselo en grande haciendo problemas de física o de matemáticas con una aplicación informática con música, colorines y demás mandangas, pero digo yo que al final tendrán que chaparse las fórmulas y los pasos quemándose las cejas delante de un flexo. Y seguramente Érase una vez el hombre era una serie de animación estupenda para familiarizar a los tiernos infantes con las vicisitudes históricas de forma amena, pero las fechas, las batallas, los nombres y los tratados hay que aprendérselos de pe a pa para saber Historia.

Un aprendizaje de calidad requiere de un intenso esfuerzo personal que no puede suplirse por simples pasatiempos. El estudio individual, memorístico o no, es una actividad poco agradable de por sí con la que debe terminar enfrentándose cualquiera que desee dominar en serio una disciplina.

Uno de estos expertos pedagogos me razonaba socarrón que para qué aprender de memoria datos que ya están en Internet o en cualquier enciclopedia y se pueden consultar en unos segundos. “Para ser un hombre culto sin tener que mirar la chuleta”, le respondí.

Yo recuerdo de pequeño cuando tenía que memorizar las preposiciones, los pronombres, las conjugaciones de verbos en latín, los ríos de todas las cuencas, las capitales de todos los países, todos los elementos de la tabla periódica, los vocabularios de inglés, las provincias de todas las comunidades autónomas y todos los reyes de España. Gracias a ello hoy no soy un analfabeto funcional como tantísimas víctimas de los sistemas educativos posteriores, que no saben ni dónde tienen la mano derecha.

Un buen sistema educativo debe apostar por el esfuerzo y por el sacrificio, no solo porque es la única manera de aprender bien las distintas disciplinas, sino porque de paso se enseña a los jóvenes que la vida no es una juerga permanente en la que solo existe la diversión, sino que hay muchos trámites desagradables que cumplir y muchas actividades aburridas que aguantar, mal que nos pese, para alcanzar nuestros objetivos. ¡Qué mala escuela es pretender que todo puede lograrse jugando y disfrutando!

¿Qué va a hacer esta generación gamificada cuando se tenga que enfrentar con la Universidad o con un mercado de trabajo despiadado y competitivo? ¿Exigirán estos jóvenes un juego de ordenador con música rock para aprenderse el Código de Comercio? ¿Pedirán que las entrevistas laborales se las hagan a través de una chistosa dinámica de grupo con tarjetitas de colores? ¿Le dirán al director general de su empresa que las reuniones de los lunes se sustituyan por un karaoke participativo para desarrollar el orden del día con canciones? ¿Esperarán redactar los informes de trabajo más enjundiosos a través de un alegre aplicativo informático en el que un ratoncito rosa les vaya dictando los pasos?

Si fuera por mí, en vez de las gaitas estas de la gamificación, se volvería a implantar la Enciclopedia Álvarez y se obligaría a los niños a aprenderse de carrerilla la lista de los reyes godos para que captaran el valor del trabajo duro, del tesón, de la constancia y de la perfección en los detalles.

martes, 19 de marzo de 2013

LA CULTURA GENERAL DE LOS PROFES


La semana pasada, el gobierno de la Comunidad de Madrid ha hecho públicos los resultados de las últimas oposiciones a maestros de infantil y primaria, celebradas en 2011, que dejan patentes las profundas lagunas formativas de los aspirantes a profesor. Parece ser que solo un 13% de los presentados logró alcanzar una puntuación de 5 y que el nivel general está por los suelos, hasta el punto de no acertar una gran mayoría de los examinados ni las preguntas más elementales en una prueba específica de cultura general y cometer continuas faltas de ortografía. A pesar de ello, y tal como sucede en el resto de comunidades autónomas, hasta ahora es posible acceder a las bolsas de sustituciones sin necesidad de haber aprobado la fase de oposición del proceso selectivo (es decir el examen, ya que para ser funcionario también hay que superar un concurso de méritos).

En cualquier caso, la nota de prensa publicando los resultados de estos exámenes tiene ciertos tintes demagógicos y recuerda a los famosos libros de Antología del disparate, ya que se basa principalmente en un extracto de los gazapos más llamativos y anecdóticos.

Como ya sabemos todos, el Presidente de la Comunidad de Madrid ha transmitido su inquietud al Ministro de Educación, instándole a endurecer la carrera de Magisterio y a tomar otras medidas para acabar con el vergonzoso bajo nivel de los docentes españoles. El Ministerio se dispone a aprobar un estatuto del profesorado para, entre otras cuestiones, subir el listón en los concursos-oposición, y la Comunidad de Madrid ha anunciado que en próximas convocatorias no permitirá el acceso a las bolsas a quienes no superen el 5.

Ante estos hechos, me gustaría hacer algunas reflexiones y conocer también la opinión de todos nuestros amigos viperinos:

Esperemos que Wert devuelva la dignidad al profesorado público

1.- No es nuevo para nadie que el nivel cultural del profesorado español es llamativamente bajo. Todos conocemos maestros y profesores, pues constituyen un colectivo muy numeroso, y somos conscientes de que estos profesionales no fueron, por lo general, los más brillantes de la clase, de que a menudo tienen un conocimiento poco más que superficial de las materias que imparten y de que cometen faltas de ortografía. Yo conozco a dos profesores inteligentísimos y cultísimos, pero sé de muchos más (sobre todo interinos) cuyo nivel está por los suelos.

2.- Esto mismo también lo saben el Gobierno de España y la Comunidad de Madrid, sin que hasta ahora hayan dicho ni pío. Por ejemplo, dudo mucho que en el concurso-oposición de maestros de esta comunidad autónoma en 2009 los resultados fueran mejores que los de 2011 y sin embargo al gobierno de la Aguirre ni se le pasó por la cabeza impedir entrar en la bolsa a los que obtuvieran menos de un 5 en la siguiente convocatoria. ¿Por qué ahora sí? Sencillamente porque en estos momentos interesa reducir drásticamente el número de interinos debido al tenebroso escenario presupuestario.

3.- Los datos publicados, con tener una base cierta, son populistas, demagógicos y sesgados, amén de que perjudican gravemente la imagen del profesorado español y no hacen justicia a los buenos maestros, que también los hay, sobre todo en franjas de edad en las que no regía el actual sistema educativo.

Mucho cuidado con eso de la cultura general. Cierto que son exigibles unos mínimos, pero ¿cuáles?, ¿qué conocimientos son más y cuáles menos importantes? Nos sorprenderíamos si hiciéramos la famosa prueba de cultura general de la Comunidad de Madrid a muchos supuestos intelectuales y mentes privilegiadas. Al final, con los años y sobre todo en esta era de especialización radical, cada uno sabemos de lo nuestro. Me apuesto lo que sea a que muchos médicos, ingenieros, abogados o economistas de menos de treinta años tampoco habrían salido muy airosos del test.

4.- El bajo nivel del profesorado solo es una consecuencia más de la era LOGSE-LOE que ha consagrado el sistema educativo más aberrante y deficiente de la historia de España, so pretexto de la igualdad, la integración y la satisfacción de “necesidades educativas especiales”. Puede que los maestros sean uno de los grupos más afectados debido al especial perfil de los estudios universitarios de Magisterio, pero no son los únicos ni mucho menos.

5.- Estoy en contra de que una persona que comete faltas de ortografía pueda dar clase en ninguna etapa del sistema educativo.


No puede enseñar el que no sabe
6.- En las protestas que han organizado los profes y en sus manifiestos que podemos leer en las redes sociales repiten mucho la idea de que un docente no tiene por que ser “una enciclopedia andante”, sino un buen pedagogo y un transmisor de valores. Estoy de acuerdo solo en parte, pues considero imprescindible un nivel mínimo que garantice al menos (y hoy no lo garantiza) que los educadores sepan más que los educandos sobre las materias que explican. En primaria es absurdo que un maestro que no domina a la perfección la ortografía enseñe a leer a los niños. En secundaria es intolerable que enseñe historia un profesor que no se sepa de memoria y por orden todos los reyes españoles desde Isabel la Católica.

7.- La política de personal de las administraciones educativas ha sido vergonzosa hasta ahora. La plantilla del profesorado se ha sobredimensionado hasta lo imposible mediante el sistema de interinidad por bolsa. Se ha venido contratando a muchísimo más personal del necesario únicamente por razones políticas y sociales, en concreto para maquillar las cifras del paro de recién titulados en las comunidades autónomas, y ahora con la crisis este sistema no da más de sí y toca inventar pretextos para soltar lastre. Lo ve hasta un ciego: todos los licenciados de carreras sin salidas que no han conseguido otra cosa se pasan el año pululando de un pueblo a otro haciendo sustituciones en los institutos. ¿Alguien conoce a una sola persona que se haya presentado a estas oposiciones y no haya terminado trabajando alguna vez gracias a la bolsa? ¡No ha habido ninguna criba!

8.- La profesión de docente es una de las más importantes para la sociedad. Debería ser vocacional y gozar del prestigio que tuvo antaño, pero hoy se ha convertido, por diversos motivos, en el cajón de sastre de los titulados universitarios, lo que en el fondo nadie quiere ser pero no le queda más remedio. Los educadores se merecen todo el respeto y apoyo del Gobierno y de las administraciones, a través de medidas eficaces (e incluso duras si es necesario) que dignifiquen los estudios universitarios conducentes a la docencia y los procesos selectivos,  y les devuelvan el reconocimiento social que nunca deberían haber perdido, aumentando incluso las exiguas retribuciones del profesorado. Pero de momento el ejecutivo madrileño lo único que ha demostrado con su reciente campaña de prensa  es el mayor menosprecio hacia los responsables de la formación de nuestros niños y jóvenes, intentándoles colar su excusa barata para vestir electoralmente los próximos recortes de personal.

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- ¡A la mierda la educación! (por Suso)
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- El recorte de los sueños