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sábado, 31 de diciembre de 2016

CAMBIO DE RUMBO




Un último trimestre de año complicado y distintos problemas y retos personales me han mantenido apartado dos meses de La pluma viperina. Este blog demoledoramente sincero, que me ha causado satisfacciones y contratiempos casi por igual durante más de ocho años, de momento ha dejado de ser para mí una prioridad en mis ratos de asueto.

Estos meses no he escrito porque no encontraba ni tiempo ni palabras, pero he pensado bastante en La pluma. Se me ha pasado por la cabeza abandonar con una despedida a la altura de la bitácora, transformar su línea y sus contenidos (convirtiéndola en una web de historia, o de crítica literaria y cinematográfica, por ejemplo), reducir drásticamente su periodicidad o incluso abrirla a otros colaboradores. Luego he pensado que ni el blog, ni sus lectores ni yo nos merecemos nada de eso después de tantos años, y que, en realidad, me apetece seguir escribiendo sobre mis dudas y mis cuitas, sobre mis ideas y mis valores, y sobre todo lo que siempre me ha apasionado y siempre me apasionará.

Ahora mismo, y espero que la situación cambie, no puedo garantizar una mínima continuidad. Me espera un año complicado en el que aunque disponga de algún rato para escribir, no contaré con las horas suficientes para investigar y profundizar en los temas con el cariño habitual. El resultado, espero, será un blog que se actualice menos y con posts más cortos y menos documentados, a modo de rápidas pinceladas sobre mis puntos de vista. Este es el cambio de rumbo que tengo en mente, pero a saber.

Para terminar, quiero pedir disculpas por este parón sin explicaciones y dar las gracias a los muchos amigos viperinos que se han interesado por el blog y por mí. Ocho años de comunicación diaria han forjado un vínculo, un afecto y una admiración mutuas que yo, desgraciadamente, no he sabido valorar en su justa medida hasta que el blog ha encallado.

Feliz año 2017 y un abrazo a todos, amigos.

lunes, 26 de septiembre de 2016

EL DONATIVO DEL DOMUND




Gerardo es un chico de nobles sentimientos y comunión semanal que escucha mucho y abre poco la boca, y las contadas veces que interviene, entre sorbo y sorbo de Bitter Kas, es para hablar, con su soniquete un poco curil, de su mujer y de sus tres princesas, o para relatarnos las anécdotas que le acontecen en la oenegé, con esas familias gitanas, rumanas o marroquíes a las que atiende sin falta todos los jueves por la tarde. Gerardo tiene mofletes de querubín y gafas jesuíticas con la montura al aire. Tarda diez minutos en contar una cosa que debería caber en dos frases, pero todos le queremos porque es un buenazo.

Ayer en la tertulia se habló de la infidelidad, pero Gerardo no estaba. El eje del debate era dilucidar si al infiel conyugal se le presiente por su picardía, por sus antecedentes e incluso por su careto, o en realidad cualquiera, incluso el que menos te imaginas, puede ser un corneador en potencia. Contra la opinión general, yo defendía esta segunda postura:

– Cuidadito con las apariencias, que hay mucho macho-man y mucho bocazas que después no haría daño ni a una mosca, y padres de familia perfectos, santurrones de vida edificante, que las matan callando y tienen un lío por ahí...

Pero la mayoría me decía que ni hablar, que evidentemente hay un margen de error, pero que todos podríamos diagnosticar con bastante exactitud quiénes de nuestros conocidos caerían rápido en tentación y quiénes ni siquiera se enterarían de si les están tirando los tejos, tan centrados como están en su familia, en su trabajo y en sus cosas.

La discusión se prolongó casi veinte minutos y mis contrincantes no cedían por mucho que yo les repitiera el manido refrán: De las aguas mansas, líbrame, Señor, que de las bravas me libro yo. Pero ya Quique se hartó y con sus resoplidos y muecas tan expresivas, y arreando un buen palmetazo a la barra, que casi nos vuelca las consumiciones, me espetó:

– ¡Que no, Neri, que no! Que entro yo de sorpresa en casa de Gerardo y me lo encuentro en la cama con una negra desnuda y de verdad que me pienso que le está dando el donativo del Domund.

miércoles, 10 de febrero de 2016

¿QUÉ MÉRITO TIENE SER TU AMIGO?


Tengo un amigo muy querido del que, sin embargo, hay un aspecto que me molesta profundamente, aunque supongo que no debería. Es difícil de explicar.

Esta persona, a la que conozco desde hace unos cuantos años, siempre se ha portado conmigo de forma exquisita. Además de ser, tanto él como su familia, muy buena gente, me parece un tío educado, detallista, preocupado por los demás y extraordinariamente generoso, amén de divertido y de amena conversación.  Por si fuera poco, es digno de mi máxima admiración en varias de sus facetas personales y profesionales, lo cual no es baladí, pues ya he comentado algunas veces lo difícil que me resulta encariñarme con personas a las que no admiro.

¿Cuál es entonces el problema? Pues que es un hombre nada selectivo con sus amistades. Cultiva indistintamente un trato afectuoso con personas muy valiosas en todos los sentidos y con auténtica chusma. Entre sus amigos más cercanos, con los que sale de copas o a comer todas las semanas e incluso se va de vacaciones, se encuentran seres maravillosos que destacan por su educación, prudencia y fiabilidad, pero también auténticos robaperas. Queda y alterna con igual entusiasmo con inteligencias privilegiadas y con tontos de solemnidad, con caballeros y con palurdos, con leales y con traicioneros, con cultos y con iletrados, con fachas y con rojos, con creyentes y con ateos, con desprendidos y con interesados, con educados y con mangarrianes, con comedidos y con bocazas, con sanos y con depravados, con salerosos y con aburridos, con moderados y con plastas, con quien comparte inquietudes y con quien no se le parece ni en el blanco de los ojos.

¿Esto es malo en sí? Para mí muchísimo por dos razones.

Primero porque semejante falta de criba denota una carencia de criterio preocupante. De hecho, rascando un poco, es fácil detectar una cierta superficialidad en muchas de sus relaciones. Mi amigo tiene un don de gentes innegable pero tiende a adoptar en sus círculos amistosos una actitud bastante aséptica hacia todo, una neutralidad que le mantiene a salvo de cualquier roce. Cuenta con una habilidad extraordinaria para evitar en sus conversaciones cualquier tema o comentario susceptible de generar la más mínima fricción, y es incapaz de formular críticas ni reproches de ningún tipo. Este talante, que parece ser la clave de su “éxito social”, en mi opinión le resta mucha autenticidad. Da la impresión de que no tiene sangre en las venas, de que puede sentirse igual de cómodo en compañía de personas de muy distinta catadura, de que no concede ninguna importancia a la calidad humana de sus más allegados.

Y en segundo lugar,  me pregunto qué “mérito” tiene ser amigo de alguien que se junta con cualquiera. Sé que mi postura puede parecer celosa y hasta injusta, pues lo que debería preocuparme es mi relación con él y no los vericuetos de su vida social. Pero no sé. A  mí,  que considero la amistad como el único vínculo social que puede elegirse libremente, que siempre he filtrado de forma meticulosa mis relaciones de confianza y que me gusta sentirme orgulloso de mis amigos y de sus virtudes, me escama que a alguien le dé lo mismo confraternizar con gente honesta y admirable que con camanduleros, que sea tan poco escogido a la hora de construir su reducto íntimo. En el fondo, sin desdecirme ni una coma de los elogios que le he dedicado, pienso que con su forma de actuar en este terreno demuestra un menosprecio por algo tan valioso como la verdadera amistad.

lunes, 18 de enero de 2016

CONFESIÓN "A LA LUTERANA"


Hace poco, en una tertulia de amigos, a raíz de una discusión sobre el sacramento de la Penitencia, me reí tanto que pensé que se me desencajaban las costillas. Creo que merece la pena contar aquí lo sucedido porque es muy hilarante y porque también me interesa conocer la sincera opinión de los lectores del blog.

La cosa comenzó cuando uno de mis amigos comentó, no recuerdo a cuento de qué, la vergüenza que le daba en sus años de bachillerato y de universidad confesarse de cierto tipo de pecados que todos podéis imaginar. Venía a decir que la principal causa por la que terminó abandonando el sacramento de reconciliación fue el sofoco que pasaba contándole al cura sus prácticas onanistas o sus expansiones físicas con la novia o con sus ligues. Acabó considerando que era absurdo relatar una y otra vez estos pecados al confesor, pasar un mal rato semejante, cuando tampoco estaba nada seguro de querer abandonar esas “costumbres”. Según contaba, alguna vez se planteó seguir confesándose sin referir estos escabrosos deslices, pero al final concluyó que eso equivaldría a hacerse trampas al solitario y que la absolución en todo caso sería inválida; y por simple honestidad prefirió desistir.

En esto que otro amigo, compañero de colegio del anterior y católico bastante practicante, intervino para reprocharle su actitud:

– Pues me parece fatal que dejaras de confesarte por ese motivo. No tienes por qué avergonzarte ante un sacerdote, que está para ofrecerte su comprensión y su consejo. Además, tío, tampoco hace falta entrar en detalles con esos temas. Se menciona el asunto y ya está. No es para tanto.

– ¿Cómo que no es para tanto? –saltó el aludido– Son pecados que hay que contar y resulta muy embarazoso explicarlos. ¿A ti no te daba corte? A ver, ¿cómo haces tú, listillo, para confesar ese tipo de cosas sin entrar en materia y sin sonrojarte?

Todos celebramos la pulla con una carcajada estruendosa. Pero el aludido no se amilanó y explicó detalladamente su técnica penitencial:

– Pues muy sencillo. Yo cuando voy a confesarme me suelo acusar normalmente de seis u ocho pecados, y todos los enuncio de una manera general, incluidos los del sexto mandamiento cuando corresponde. Suelo decir toda la lista seguida y bastante rápido, pues casi siempre son las mismas cosas, y en mitad de toda la retahíla meto también esas caídas a las que tú te refieres, como quien no quiere la cosa, y jamás doy ni me preguntan detalles.

– ¿Eh? ¿Qué es eso de que los enuncias “de una manera general”? ¿Cómo que no das detalles? A ver, que no lo acabo de pillar: ponme un ejemplo práctico de cómo lo expresarías de esa "forma general" que tú dices…

– Joder, pues qué sé yo. Por ejemplo, la cosa podría ser más o menos así: “Ave María Purísima”, “sin pecado concebida” – y aquí se puso a recitar a una velocidad de vértigo, como en el viejo anuncio de los coches de juguete Micro Machines– , “padre , me acuso de egoísmo y de vanidad, de haber discutido con mi hermana, de irritarme fácilmente, de ser demasiado cómodo, de perder el tiempo, de faltas contra la pureza, de haber faltado a misa, de envidiar los éxitos de los demás, y de comer y beber en exceso".

Aquí las risas ya estallaron como una bomba atómica. Alguno de los presentes tuvo que bajarse del taburete para no caerse. Yo mismo aporreaba con el puño la barra del bar entre espasmo y espasmo. Teníamos lágrimas en los ojos. Imaginábamos la escena en el confesonario y no podíamos contenernos. Pero el otro no se calló, sino que cabreado como una mona, se puso a lanzar exabruptos contra esa clase de confesiones:

– ¿Faltas contra la pureza? ¡Pero tú eres un sinvergüenza! ¿Qué mierda de confesión es esa? ¡Encima de carrerilla! ¡Eres un puto defraudador penitencial! ¡Tus confesiones son como las declaraciones de la Infanta Cristina!

– Oye, oye, cuidado, que a mí en más de veinte años ni un solo cura me ha interrumpido ni me ha pedido pormenores… Bueno, miento: una vez un párroco joven, el muy morboso, me dijo: “para, para, chaval, vayamos por partes..."

– ¡Tú eres un fariseo y un jeta! O sea que yo me he pasado toda mi adolescencia sufriendo para explicarle al cura cuántas veces me la pelaba, y tú mientras te ibas de rositas con esa morcilla de las “faltas contra la pureza" ¡Eso es totalmente nulo! ¡Esas son confesiones “a la luterana”!

– ¡Nada de “a la luterana”!  Lo que pasa es que tú eras un guarro que te ponías a dar detalles que un confesor no necesita en absoluto para absolverte. ¡Basta con que te vea arrepentido y ya está! ¿También cuando te confesabas de contestar mal a tu padre le contabas la bronca completa o qué? ¡Degenerado!

Creo que hace años que no nos lo pasábamos tan bien tomando una copa.

viernes, 8 de enero de 2016

LA ABUELA




No me resisto a compartir una anécdota muy poco edificante pero impagable del reciente viaje de negocios que ha hecho un amigo mío a Cuba.

Aeropuerto de La Habana. Mi amigo busca un taxi que le lleve al hotel. Coge uno pilotado por un negrito sabrosón, obeso, con camiseta de tirantes y gorra de béisbol puesta del revés. Nada más saber que es español, le guiña un ojo a través del retrovisor: 

–   Se follará a una mulata, ¿eh, amigo? Venir a La Habana y no singarse a una mulata es como no venir, ¿eh?

Mi amigo se echa a reír y le sigue el juego: 

–  Pero bueno, vamos a ver, ¿aquí en La Habana se puede o no se puede follar gratis?

Están justo en un semáforo y el taxista se gira completamente hacia el asiento de atrás y exclama todo encendido: 

–   ¿Gratis? ¡Gratis ni mi abuela!

jueves, 29 de octubre de 2015

INMORALIDAD




Hay quien piensa que la inmoralidad puede infiltrarse en un aspecto concreto de la vida de una persona, pero que en todos los demás ese individuo puede ser éticamente intachable. Defienden, por ejemplo, que un tipo puede ponerle los cuernos a su mujer alevosa y repetidamente, y después ser un padre modélico o un ciudadano comprometido con la justicia social. Que un empresario negrero o con pocos escrúpulos legales luego puede resultar un esposo atento y cariñosísimo, o un amigo generoso donde los haya.

Yo tengo mis dudas.

Quizá los ejemplos que he puesto no sean los mejores, pero tengo la impresión de que la deshonestidad es como un cáncer metastático que, una vez brota, aunque sea en un punto bien localizado, tiende a extenderse por todo el organismo. La indecencia es una tela de araña que termina cubriéndonos de los pies a la cabeza a poco que nos descuidemos.

El concepto de moral tiene una carga subjetiva, sí, pero no tanta. Al final, la mayor parte de las inmoralidades se reducen a falta de amor y a exceso de egoísmo. Nuestra honestidad se corroe cuando ponemos nuestros intereses, nuestra comodidad, nuestros placeres, por encima de las necesidades de los que nos rodean, cuando empieza a darnos igual causar perjuicios graves a terceros para obtener pequeños beneficios propios. 

Yo no puedo creer que alguien sea un egocéntrico redomado, incapaz de amar, en un ámbito determinado de su vida, y en otros sea un ángel entregado al altruismo. O hay amor o no hay amor. 

Ojo con considerar legítimo desenvolverse a machetazo limpio en el trabajo, en los negocios o en otras situaciones, y pretender ser un santo en el entorno familiar. Esta diferenciación a mí me resulta cínica y creo que responde a una visión equivocada y peligrosa de la familia, como considerándola un “clan” cerrado, o el reducto de “los nuestros” que hay que proteger al precio que sea, caiga quien caiga. Hay gente (se me ocurren Don Corleone o el difunto Ruiz Mateos) convencida de que la rectitud moral solo es exigible en el nido familiar, con sus seres más queridos y cercanos, y que no pasa nada por putear a los que quedan fuera del círculo de confianza. El problema de esta concepción, mucho más extendida de lo que suponemos, es que es la típica de los que conciben a su cónyuge y a sus hijos como una simple extensión de sí mismos. No son buenos y protectores con su familia porque la amen, sino porque sea aman a sí mismos.

Luego están los que dicen que no es que en unos aspectos sean éticos y en otros no, sino que ellos tienen su propio código moral al margen del de la sociedad y que se comportan en consonancia con él. Este es un argumento muy típico para vendernos, por ejemplo, la compatibilidad de las infidelidades sexuales con un amor a prueba de bomba hacia la pareja. Los interesados aseguran que para ellos un desahogo con un ligue esporádico, sin implicación afectiva, no tiene la menor importancia ni merma en absoluto el amor que sienten por su mujer o por su marido. Aquí la pregunta es si son válidos estos códigos morales diseñados a la medida de sus intereses en vez de a la medida de la sensibilidad o de los valores de la persona que comparte su vida con ellos.

Una deslealtad no es menos grave porque así se lo parezca a quien la comete. Habría que preguntarle a la víctima. Y quien traiciona una vez y es capaz de disculpar su felonía apelando al placer, a la debilidad o al dinero, mañana volverá a vender a cualquiera y sabrá encontrar la justificación que mejor le interese. 

Una vez que la injusticia corrompa el más pequeño pliegue de nuestro espíritu, poco a poco nos debilitará, nos irá haciendo cada vez más tolerantes a la vileza y terminará arrebatándonos al asalto hasta las plazas que creíamos mejor fortificadas.

domingo, 4 de octubre de 2015

IMPASIBLES




No me gustan las personas que dejan traslucir continuamente su estado de ánimo, que no pueden disimular ante los demás su tristeza, su alegría, su ira o su frustración. Para mí, el pilar más importante de la estabilidad emocional es ser capaces de llevar a cabo nuestras obligaciones cotidianas, relacionarnos en el día a día con nuestros compañeros, amigos y familiares, sin que nuestro desaliento o nuestro júbilo interfieran más de lo debido. Al engranaje diario e imparable del mundo le importa muy poco cómo nos sintamos, y así debe ser.

La sensibilidad es un arma de doble filo que acaba rebanándonos el cuello cuando se desborda. Ese jefe que se muestra irritable en la oficina los días que discute con su mujer, ese colega que el viernes se puso impertinente tomando cañas porque había tenido un mal día en el curro, esa novia que te da la noche después de una bronca con sus padres, ese cuñado tristón al que todos tienen que preguntar “qué te pasa” en una cena familiar, esa madre que da un azote al crío solo porque está nerviosa, esa compañera que hace una porquería de informe porque su hija tiene fiebre…  Todos ellos incumplen su deber con el prójimo y con el tiempo terminarán pagando la elevada factura de su debilidad. 

La vida es un camino tortuoso que se recorre más fácilmente con el gesto impasible, y las relaciones humanas son un complejo artilugio que jamás funcionará bien si no tenemos la generosidad de enterrar nuestras emociones aunque sea a ras de suelo. 

Merecen mi mayor admiración quienes son capaces de apartar la mirada de su ombligo y de neutralizar a discreción sus risas y sus lágrimas para cumplir con su deber, servir a los demás o alcanzar metas más importantes que ellos mismos.

viernes, 2 de octubre de 2015

HACERSE EL TONTO


Varón fingiendo incapacidad intelectual para poner una lavadora

Hay una vieja estrategia social que todos conocemos que consiste en simular un déficit general de inteligencia o una escasa habilidad para algunas tareas con el objetivo de librarnos de ciertas responsabilidades y compromisos. La táctica está muy generalizada en todos los ámbitos de la vida, pero mientras que unos recurren a ella solo en situaciones críticas, otros son auténticos expertos en fingir una suerte de autismo, de despiste crónico o incluso de subnormalidad profunda cada vez que alguien les exige un esfuerzo que a su juicio no deben realizar o que no les reporta ningún beneficio.

Seamos sinceros: todos nos hemos hecho los tontos alguna vez. Las situaciones más proclives en España se dan en el trabajo, cuando un jefe nos trata de encasquetar un cometido incómodo; en el matrimonio, cuando la parienta pretende enseñarnos a planchar o a poner la lavadora; y entre amigos, cuando alguien debe asumir la engorrosa organización de alguna actividad de grupo (cenas, viajes). En muchos de estos casos, todos, en algún momento, hemos tratado de aparentar que éramos torpes, lentos, olvidadizos y hasta un poco retrasados mentales para ver si nos libraban de ese marrón concreto o, por lo menos, no nos lo volvían a encalomar jamás.

La maniobra no está mal si no se abusa de ella, pero lo difícil es hallar el equilibrio. Yo tengo la teoría de que ir por la vida con las antenas demasiado bien sintonizadas, derrochando entusiasmo, talante activo y eficiencia sin ningún tipo de criba, es una actitud muy poco adecuada si no aspiramos a convertirnos en los pringados de la oficina, de la familia o de la cuadrilla de amigos, a los que se cargue día sí y día también con quehaceres ajenos. Tengo claro que en muchas ocasiones, mientras no estemos seguros de con quién nos jugamos los cuartos, es preferible quedar como algo lerdos que como los más hábiles del mundo mundial. Parece una medida básica de prudencia y más en este país de aprovechados. Pero pasarnos de la raya con la pantomima también tiene sus contraindicaciones, y no solo porque entonces los jetas seríamos nosotros, sino porque podrían tomarnos por idiotas o por inútiles definitivamente y para muchos más aspectos de lo que nos interesa, en perjuicio de nuestros intereses y expectativas. 

miércoles, 6 de mayo de 2015

LOS EFECTOS COLATERALES DE LA AMABILIDAD


No sé si es que yo soy muy malo o algunos son tan buenos que parecen tontos. 

Un compañero habitual de desayuno nos cuenta que está hasta el gorro de una vecina suya que, cada vez que se la encuentra en el portal, por mucha prisa que lleve, le enreda en una conversación de 40 minutos contándole su vida y milagros, sus problemas de salud y las últimas monerías de su hija pequeña. Nos dice que lo pasa fatal porque no encuentra la manera de cortarla. Yo le he soltado que la culpa no es de la vecina palizas, sino suya, por idiota, pero él porfía que ya le gustaría verme a mí en la misma situación, a ver cómo me las arreglaba para librarme de ella.

Yo creo, para empezar, que estos temas son una cuestión de actitud. Es como que los plastas huelen de lejos a las personas con predisposición a escuchar ilimitadamente las chapas ajenas y se lanzan como buitres. Es algo que se ve incluso en el careto. Yo puedo asegurar que a cualquiera de mis vecinos le basta verme la cara para darse cuenta de que es una mala idea intentar entablar conmigo una cháchara insustancial de más de cinco minutos. Tengo cara de llevar prisa. Tengo cara de ir a lo mío. Tengo cara de importarme un pito la vida de mis vecinos. Y tengo una cara que invita muy poco a la confraternización espontánea. Podría suceder que algún despistado no acertara a interpretar estos signos externos e intentara un día desahogar conmigo su verborrea, pero sería casi al cien por cien de posibilidades la única y última vez que lo hiciera. Mi actitud cortés pero distante le haría ver que es preferible buscarse a otro para eso, y si el tipo anduviera demasiado perdido y siguiera sin enterarse, mi nivel de cortesía iría reduciéndose hasta que no le cupiera la menor duda.

Mi compañero es justo lo contrario. La expresión de su rostro es arcangélica; su sonrisa, perenne y cálida; su andar, pausado. Mi compañero suele pararse a departir con todos los vecinos, conocidos, mendigos de la calle, papás de los niños de la clase de su hijo, abuelitos del parque y, en fin, con todo perro pichichi. Y por supuesto, se interesa sinceramente por las vidas de todos los que le rodean, incluso por la de aquellos a los que le unen muy pocos lazos. Luego, claro, le pasa lo que le pasa. De cuando en cuando da con algún zumbado, con algún cargante o con alguna vecina trastornada por la soledad que se pegan a él como las lapas a la roca, y entonces se cansa y en el desayuno nos dice que está hasta los cojones de fulano o de mengana, que le tienen 40 minutos hablándole de paridas cuando va volado a trabajar o a llevar a su padre al médico. 

La cuestión que yo quiero plantear a cuenta de todo esto es si de verdad mi amigo es tan bueno y yo soy un insensible, un estirado e incluso una mala persona por no dar ningún pie a esta clase de confianzas con desconocidos.

Quiero que vaya por delante mi propensión a ayudar al prójimo cuando detecto su necesidad y está en mi mano ponerla remedio. Es muy cierto que a mí la vida de mis vecinos no me importa absolutamente nada, pero si viera que cualquiera de ellos tiene un problema o una emergencia, o me pidiera cualquier tipo de ayuda razonable, estaría dispuesto a echarle una mano. Una petición de ayuda razonable yo la interpreto como aquella que sea justificada, proporcionada y ajustada a mis posibilidades, y siempre que nadie mucho más cercano a esa persona tenga la obligación de prestársela. Sin estos límites, nuestra bonhomía cristiana terminaría traduciéndose en una entrega integral de nuestro esfuerzo, tiempo y dinero a todo el que pasara a nuestro lado y tuviera pinta de necesitar apoyo. Yendo al ejemplo del post, aclaro que escuchar varias veces a la semana, durante casi una hora, las reflexiones irrelevantes de una vecina con incontinencia verbal no encaja de ninguna manera en mi concepto de ayuda razonable. ¿Puede que la vecina se sienta sola? Sí. ¿Es caritativo escuchar al que lo necesita? Puede. ¿Tengo que ser yo el que le sirva de desahogo? Pues no. Para nada. Ni de coña. La desproporción entre el tiempo que debería invertir y las obligaciones que debería descuidar para dar satisfacción (emocional, se entiende) a una vecina como la de mi compañero, y los escasos beneficios que mi escucha activa podrían brindarla, me reafirma en la idea de que lo que procede es pasar de esta señora mientras no me demande un auxilio concreto que yo le pueda prestar.

Con ello no estoy criticando la postura de mi amigo. Cada uno es como es y supongo que a él le sería imposible, tanto por la cara que tiene como por su vena misionera y su humanidad hipersensible, librarse de todas las sanguijuelas y parásitos emocionales que le sorben a diario las energías. Lo más seguro es que ni siquiera desee librarse de ellos, pues, en el fondo, esa forma suya de relacionarse le hace sentirse más feliz y coherente con sus valores. Incluso me apuesto a que le horrorizaría ser como yo y que ningún vecino ni conocido se atreviera a explayarse con él en el ascensor. Lo único que yo le diría es que, al menos, no se queje cuando recoge los frutos envenenados del exceso de confianza que va dando al personal. 

Al final, como en todo, hay que buscar el equilibro y a veces resulta muy difícil. A la hora de delimitar qué distancia de seguridad debemos establecer entre nosotros y la gente corremos el riesgo de pecar por defecto, como mi amigo, que va por la vida a pecho descubierto y permite que cualquiera le eche el aliento a un milímetro del rostro, o por exceso, como yo posiblemente, que soy precavido hasta el punto de que mi armadura me salva de las heridas pero también me impide sentir las caricias. Va mucho en el carácter, en las experiencias vitales y en el sentido práctico de cada cual. A mi entender, los riesgos de derrochar cercanía, tiempo y mimos con personas desconocidas es tan alto que ni me planteo actuar así, más que nada porque sería incapaz de afrontar los efectos colaterales de una amabilidad a chorros. El que esté dispuesto y se vea con fuerzas o con ganas de capear a pesados, abusones, lloricas, comodones y jetas de todo pelaje, que no se corte en abrir los brazos a todo el mundo, en ponerse a disposición de la Humanidad entera.

viernes, 10 de abril de 2015

CONFORMISTAS



Está comprobado que las personas conformistas son mucho más felices que las difíciles de contentar. Quien está dispuesto a acatar con mansedumbre lo que la vida disponga, el rol que la sociedad le asigne o las decisiones de los demás en lo tocante a sus intereses, se llevará sin duda muchos menos disgustos que los abanderados de la rebeldía. Es de cajón que quien se conforma con poco vivirá plácidamente, tan contento con lo que le ha tocado, mientras que los ambiciosos, los inquietos o simplemente los que se hacen demasiadas preguntas andarán siempre sufriendo en su esfuerzo por progresar y con sus comeduras de tarro.

Una vez alguien se pitorreó de un amigo mío porque le gustaban todas: “Macho, es que a ti te da igual que sean gordas, bajas, feas… ¡Todas te parece que están buenísimas!”. Y mi amigo respondió que si así era, mejor para él, que menudo chollo poder alegrarse la vista y disfrutar con cualquier mujer que conociera. Que el problema lo tenían los selectivos, los exquisitos que solo están satisfechos con una tía imponente. ¡Con las pocas que hay!

Actitudes parecidas no solo se ven en el ámbito de la pareja, sino en el laboral, en el económico y en cualquier tipo de relación humana. Los que abren las tragaderas hasta el límite o adoptan la postura de aceptar lo que les venga sin ningún espíritu crítico tendrán una sonrisa permanente en los labios y rara vez se enfadarán o entristecerán por lo que otros considerarían pobres resultados, logros insuficientes o putadas.

Creo que algo sí deberíamos aprender de cierto tipo de conformistas, de aquellos cuya filosofía es que resulta absurdo angustiarse por aquellos acontecimientos que escapan a nuestro control. El buen conformar en determinadas situaciones me parece la postura más lúcida, aunque pueda parecer propia de estoicos sin sangre en las venas. Pero hay que delimitar bien en qué circunstancias es aceptable la resignación y en qué otras una posición acomodaticia es un claro indicio de cobardía. Existe una modalidad muy concreta de conformismo que no es más que una pose para eludir los conflictos y el sufrimiento. No son pocos los que premeditadamente deciden que con cualquier cosa les basta, como estrategia para escaquearse de librar batallas o de sacrificarse lo más mínimo. Si incurrimos en esta tentación es casi seguro que gozaremos de una mayor tranquilidad y no padeceremos grandes aflicciones, pero también llevaremos una existencia mediocre y obtendremos de la vida unos frutos mezquinos, muy por debajo de nuestros merecimientos o capacidades.

Como ejemplo podría mencionar la actitud pasiva de algunos individuos en las discusiones, incluso en las que se ventilan asuntos que les conciernen de forma directa. La gente que por sistema rehuye los altercados dialécticos (casi siempre por falta de carácter) suele justificarse en el pragmatismo, esgrimiendo que es absurdo desgastarse con quien no escucha, que el otro es un cabezota imposible de convencer, que para qué va a pasar un mal rato, que al final no va a llegarse a ninguna conclusión, que no es un tema tan importante… Se trata de conformistas por apocamiento. Prefieren refrendar con su silencio los argumentos ajenos a entablar un incómodo debate en defensa de sus criterios. Prefieren tolerar que alguien que miente, no lleva razón o sabe mucho menos que él tenga siempre la última palabra a entrar en un ingrato cuerpo a cuerpo. Y esta manera de afrontar los desencuentros tiene, cómo no, algunas ventajas, entre ellas no llevarse sofocos y no ganarse enemigos, pero la contrapartida es dura, pues la gente así, además de ver pisoteados todos los días sus derechos y sus opiniones, terminará perdiendo la consideración de sus semejantes, el crédito profesional, y el respeto de su familia y amigos. En el fondo todos tenemos debilidad por los valientes y sentimos una repulsión indisimulable hacia los calzonazos.

Es difícil trazar esa línea delicadísima entre el conformismo sano, como expresión de nuestra madurez, inteligencia y capacidad de autocontrol, y ese conformismo venenoso que nace del miedo, de la vagancia, de la debilidad, de la comodidad o del amilanamiento, y que puede condenarnos a una medianía poco menos que castradora. 

viernes, 23 de enero de 2015

OPERACIÓN B.S.O. (36): FAMA




Estaba el otro día haciendo abdominales en el gimnasio, partiéndome en dos y sudando la gota gorda, cuando un amigo se acercó sigilosamente por detrás y me voceó: ¡la fama cuesta, y aquí es donde vas a empezar a pagar, con sudor! Me hizo mucha gracia y me vino rápido a la cabeza la vieja serie del 82, con Leroy, Amatullo, Coco, la carismática profe de danza (Lydia) y, por supuesto, el viejo Shorofsky, que no podía tener más pinta de judío, el pobre. Pero como fondo de estos recuerdos que avivó el gracioso de mi colega Pepe sonaba la voz de Irene Cara interpretando la inolvidable Fame! I'm gonna live forever. 

Lo que no saben muchos sobre esta canción es que antes de convertirse en entrada de la serie de Sherry Coben, había sido el tema principal de la peli musical homónima que la inspiró, y que curiosamente la hispana Cara interpretaba a Coco en el fime (en la serie le dieron el papel a Erica Gimpel).

Ahí va el vídeo con las letras de Fame para que al ritmo de este pegadizo tema nos atrevamos a "learn how to fly".

lunes, 8 de diciembre de 2014

LA DOSIS PERFECTA




En el trato con muchos de nuestros familiares y amigos nos pasa lo que decía Paracelso de las drogas: que la diferencia entre una medicina y un veneno solo está en la dosis. Hay personas a las que tenemos un gran cariño, que nos parecen agradables, bondadosas y hasta divertidas, pero siempre que nuestro contacto con ellas se limite a un determinado número de horas o de días al año. Si nos pasamos de la dosis estipulada, que por supuesto varía en función del ser querido, la situación se invierte y el pariente o amigo que nos parecía entrañable durante las dos visitas o tres cafés que compartíamos con él al año puede transformarse en un ser cansino, indiscreto, maleducado o maniático si nos toca tratarle, por ejemplo, durante todo un fin de semana. Esta es una regla de oro que suele olvidarse más de lo debido.

Muchos de los que merecen nuestra simpatía y afecto son como fármacos benefactores que, sin embargo, vienen acompañados de un prospecto que no nos leemos casi nunca para comprobar las contraindicaciones en caso de sobreingesta, cuando el secreto del éxito en nuestra relación con ellos reside precisamente en su administración moderada. 

A mí me pasa con algunos familiares o amiguetes, a los que poco a poco voy midiendo la dosificación y así da gusto. Los hay que me resultan encantadores cuando me paro a saludarlos por la calle o me tomo con ellos una caña que me deja en los labios la espuma de un buen sabor de boca, pero no saldría jamás con ellos de noche, porque no los trago cuando llevan tres gintonics. Los hay que me arrancan la sonrisa en las cuatro visitas domingueras que intercambiamos al año, pero veinticuatro horas seguidas de convivencia en un contexto menos convencional (de visita todos somos fantásticos) me harían el mismo efecto que la penicilina adulterada y me consumiría una fiebre de decepción. Los hay que los disfruto en una comida, de ciento en viento, pero si el almuerzo fuera semanal, acabaríamos malamente. Los hay chisposos y cautivadores en la cafetería de la oficina, pero Dios me libre de tener con ellos una disputa profesional, pues entonces conocería bien de cerca sus fauces de lobo. Los hay que solo están ahí para las risas y los buenos ratos, para la jarana, el deporte o las aficiones, pero nunca les leería ni una línea de mi vida, ni ellos a mí (gracias a Dios). Los hay que solo sirven para arrancarme risotadas a través del teléfono o del whatsapp, pero en vivo y en directo nunca alcanzarían ni a rozar mi alma. 

Todos me aportan algo en esa receta que yo me autoprescribo con lo mejor de cada uno, en esa inyección medida al milímetro, y tantas veces subcutánea, que me preparo con sus componentes más valiosos, pero lo cierto es que en cada uno ellos no veo sino una simple pieza del puzzle completo que yo necesito encontrar en los ojos de alguien para atreverme a subir un poco más la dosis.