miércoles, 6 de mayo de 2015

LOS EFECTOS COLATERALES DE LA AMABILIDAD


No sé si es que yo soy muy malo o algunos son tan buenos que parecen tontos. 

Un compañero habitual de desayuno nos cuenta que está hasta el gorro de una vecina suya que, cada vez que se la encuentra en el portal, por mucha prisa que lleve, le enreda en una conversación de 40 minutos contándole su vida y milagros, sus problemas de salud y las últimas monerías de su hija pequeña. Nos dice que lo pasa fatal porque no encuentra la manera de cortarla. Yo le he soltado que la culpa no es de la vecina palizas, sino suya, por idiota, pero él porfía que ya le gustaría verme a mí en la misma situación, a ver cómo me las arreglaba para librarme de ella.

Yo creo, para empezar, que estos temas son una cuestión de actitud. Es como que los plastas huelen de lejos a las personas con predisposición a escuchar ilimitadamente las chapas ajenas y se lanzan como buitres. Es algo que se ve incluso en el careto. Yo puedo asegurar que a cualquiera de mis vecinos le basta verme la cara para darse cuenta de que es una mala idea intentar entablar conmigo una cháchara insustancial de más de cinco minutos. Tengo cara de llevar prisa. Tengo cara de ir a lo mío. Tengo cara de importarme un pito la vida de mis vecinos. Y tengo una cara que invita muy poco a la confraternización espontánea. Podría suceder que algún despistado no acertara a interpretar estos signos externos e intentara un día desahogar conmigo su verborrea, pero sería casi al cien por cien de posibilidades la única y última vez que lo hiciera. Mi actitud cortés pero distante le haría ver que es preferible buscarse a otro para eso, y si el tipo anduviera demasiado perdido y siguiera sin enterarse, mi nivel de cortesía iría reduciéndose hasta que no le cupiera la menor duda.

Mi compañero es justo lo contrario. La expresión de su rostro es arcangélica; su sonrisa, perenne y cálida; su andar, pausado. Mi compañero suele pararse a departir con todos los vecinos, conocidos, mendigos de la calle, papás de los niños de la clase de su hijo, abuelitos del parque y, en fin, con todo perro pichichi. Y por supuesto, se interesa sinceramente por las vidas de todos los que le rodean, incluso por la de aquellos a los que le unen muy pocos lazos. Luego, claro, le pasa lo que le pasa. De cuando en cuando da con algún zumbado, con algún cargante o con alguna vecina trastornada por la soledad que se pegan a él como las lapas a la roca, y entonces se cansa y en el desayuno nos dice que está hasta los cojones de fulano o de mengana, que le tienen 40 minutos hablándole de paridas cuando va volado a trabajar o a llevar a su padre al médico. 

La cuestión que yo quiero plantear a cuenta de todo esto es si de verdad mi amigo es tan bueno y yo soy un insensible, un estirado e incluso una mala persona por no dar ningún pie a esta clase de confianzas con desconocidos.

Quiero que vaya por delante mi propensión a ayudar al prójimo cuando detecto su necesidad y está en mi mano ponerla remedio. Es muy cierto que a mí la vida de mis vecinos no me importa absolutamente nada, pero si viera que cualquiera de ellos tiene un problema o una emergencia, o me pidiera cualquier tipo de ayuda razonable, estaría dispuesto a echarle una mano. Una petición de ayuda razonable yo la interpreto como aquella que sea justificada, proporcionada y ajustada a mis posibilidades, y siempre que nadie mucho más cercano a esa persona tenga la obligación de prestársela. Sin estos límites, nuestra bonhomía cristiana terminaría traduciéndose en una entrega integral de nuestro esfuerzo, tiempo y dinero a todo el que pasara a nuestro lado y tuviera pinta de necesitar apoyo. Yendo al ejemplo del post, aclaro que escuchar varias veces a la semana, durante casi una hora, las reflexiones irrelevantes de una vecina con incontinencia verbal no encaja de ninguna manera en mi concepto de ayuda razonable. ¿Puede que la vecina se sienta sola? Sí. ¿Es caritativo escuchar al que lo necesita? Puede. ¿Tengo que ser yo el que le sirva de desahogo? Pues no. Para nada. Ni de coña. La desproporción entre el tiempo que debería invertir y las obligaciones que debería descuidar para dar satisfacción (emocional, se entiende) a una vecina como la de mi compañero, y los escasos beneficios que mi escucha activa podrían brindarla, me reafirma en la idea de que lo que procede es pasar de esta señora mientras no me demande un auxilio concreto que yo le pueda prestar.

Con ello no estoy criticando la postura de mi amigo. Cada uno es como es y supongo que a él le sería imposible, tanto por la cara que tiene como por su vena misionera y su humanidad hipersensible, librarse de todas las sanguijuelas y parásitos emocionales que le sorben a diario las energías. Lo más seguro es que ni siquiera desee librarse de ellos, pues, en el fondo, esa forma suya de relacionarse le hace sentirse más feliz y coherente con sus valores. Incluso me apuesto a que le horrorizaría ser como yo y que ningún vecino ni conocido se atreviera a explayarse con él en el ascensor. Lo único que yo le diría es que, al menos, no se queje cuando recoge los frutos envenenados del exceso de confianza que va dando al personal. 

Al final, como en todo, hay que buscar el equilibro y a veces resulta muy difícil. A la hora de delimitar qué distancia de seguridad debemos establecer entre nosotros y la gente corremos el riesgo de pecar por defecto, como mi amigo, que va por la vida a pecho descubierto y permite que cualquiera le eche el aliento a un milímetro del rostro, o por exceso, como yo posiblemente, que soy precavido hasta el punto de que mi armadura me salva de las heridas pero también me impide sentir las caricias. Va mucho en el carácter, en las experiencias vitales y en el sentido práctico de cada cual. A mi entender, los riesgos de derrochar cercanía, tiempo y mimos con personas desconocidas es tan alto que ni me planteo actuar así, más que nada porque sería incapaz de afrontar los efectos colaterales de una amabilidad a chorros. El que esté dispuesto y se vea con fuerzas o con ganas de capear a pesados, abusones, lloricas, comodones y jetas de todo pelaje, que no se corte en abrir los brazos a todo el mundo, en ponerse a disposición de la Humanidad entera.

4 comentarios:

Adán Moreno dijo...

A mi me pasa igual que a ti. Es importante diferenciar personas desconocidas de las que no lo son y por suerte mis vecinos no son pesados, simplemente nos damos un escueto saludo cordial, es lo más práctico y saludable.

Tábano porteño dijo...

Dice usted bien, Neri: sí que es difícil saber hasta dónde nos obliga nuestro cristianismo.

Me acordé de la anécdota de cómo el escritor José María Castiñeira de Dios se hizo peronista, según cuenta el historiador Fermín Chávez:

“Eso nació (se refiere Chávez a "el hogar de la empleada") porque Evita sabía que había un poeta, José María Castiñeira de Dios, un hombre del nacionalismo católico, que ella veía como medio oligarca, no muy grasita –recordaba Chávez–. Y lo invitó a que fuese a Trabajo y Previsión para ver cómo trabajaba ella. Y Castiñeira fue a menudo. Una noche se le acercó una mujer con unas llagas tremendas. Allí siempre había un médico a mano. Y Castiñeira, un poco asustado, le preguntó al doctor Lobo qué podía ser eso. ‘Puede ser varias cosas, incluso una sífilis avanzada...’, dijo el médico. Cuando Evita se acercó para besar a la mujer, Castiñeira quiso retenerla. Pero ella se desprendió de la mano de él con un casi imperceptible ‘¡Cas-ti-ñei-ra...’, y la besó ostensiblemente en la llaga. José María nos dijo luego a nosotros que cuando llegó esa noche a su casa no pudo dormir, que incluso se cuestionó su cristianismo. Y le escribió un poema que se llama Alabanza".

Aprendiz dijo...

Creo que no hay que sentirse mal por la forma de ser de cada uno. Cada uno es como es. Igual tu compañero a la hora de la verdad no es capaz de dar la cara, y tu te dejarías el pellejo sin pensarlo. Que no derroches amabilidad no significa que estés faltando a la caridad. Muchas veces faltamos más a la caridad juzgando el proceder de los demás; minusvalorando al cándido o despreciando al insensible. Supongo que no se es mejor de una forma concreta, sino aceptando como eres, y como son los demás. Todo tiene su parte buena y su parte mala.

A ti, hablando simpático y dicharachero con tu vecina la pesada o cualquier otra persona, a parte de parecer andaluz, que ya es bastante, se te vería como un santo con dos pistolas; en vez de una sonrisa tendrías una mueca difícil de definir...Pero eres así y te queremos igualmente!! ;-)

PΩLITÍCOLA dijo...

probablemente su último párrafo responde a los anteriores: "in medio virtus"

Mire, yo soy del estilo de su amigo. Soy así porque me gusta, me da más que me quita, soy feliz compartiendo el espacio con la gente, me apasiona conocer a otras personas, sus puntos de vista.

Y le diré que el otro siempre reacciona al uno. Será más sencillo que le hablen con confianza si usted está dispuesto a otorgarla.