Mostrando entradas con la etiqueta Guerra civil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guerra civil. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de julio de 2017

LA LENGUA DE LAS MARIPOSAS



Este fin de semana he repasado la legendaria película La lengua de las mariposas (1999). Cuando fui a verla al cine, en su estreno, salí muy rebotado, echando pestes contra José Luis Cuerda y contra su madre. Pero aunque me indigné muchísimo por obvias razones ideológicas, ya era capaz, incluso en aquellos años políticamente tumultuosos para mí, de valorar la calidad cinematográfica al margen de mis opiniones personales sobre la guerra civil española, ejercicio de honestidad intelectual, por cierto, bastante poco frecuente en España, ni siquiera entre quienes, en teoría, son mucho más tolerantes que yo.

Todos hemos visto La lengua de las mariposas y a todos nos ha emocionado. Pocos reproches técnicos pueden hacerse a esta obra tan repleta de aciertos, empezando por la interpretación inolvidable de Fernán Gómez, siguiendo por la humanidad que rezuma la historia y por su ritmo narrativo perfecto, y terminando por su banda sonora. Incluso Willy Toledo (al que yo considero un buen actor, aunque un cretino) está muy acertado en su papel. No dudé ni un segundo en incluir la película en la lista de las 50 mejores del cine español que publicamos en La pluma en 2008.

Sin embargo, tampoco me duelen prendas en opinar que se trata de una de las cintas más inadecuadas para entender nuestra guerra. Yo incluso llegaría a calificarla de muy nociva para cualquier persona (en especial, si es joven) con escasos conocimientos sobre los sucesos acaecidos en España en 1936. Más aún: probablemente se trate del filme más maniqueo y más tramposo jamás rodado sobre el tema. 

La lengua de las mariposas es una tendenciosa, por no decir sectaria, adaptación de tres relatos breves del escritor Manuel Rivas, escritos originalmente en gallego y recopilados en un volumen titulado ¿Qué me quieres, amor?  El argumento central del guión se basa en el relato que lleva el mismo nombre que la película, un cuento precioso sobre la amistad entre el afable maestro Don Gregorio, “feo como un bicho”, y su tímido alumno Gorrión. En la narración, ambientada en la primavera de 1936, apenas se vislumbra intención política, pues se limita a describir cómo un maestro rural transmite a un niño su amor por la naturaleza. La única referencia a la posible ideología del profesor es una frase de la madre de Gorrión: “no sé por qué dicen que ese nuevo maestro es un ateo”. El día del Alzamiento, es detenido y conducido a fusilar en un camión junto al alcalde y otros izquierdistas significados, algo que responde plenamente a la verdad histórica, pues no fue infrecuente la represión de docentes por utilizar metodologías laicas y progresistas.



El pecado de la película es que carece por completo de la sutileza del libro, y se recrea, con un claro objetivo manipulador, en la bonhomía sin tacha de Don Gregorio y en su defensa de la libertad, en contraste con una serie de personajes inventados por José Luis Cuerda que simbolizan la represión, el nepotismo y la maldad humana. Me refiero sobre todo al cacique de la localidad, el clásico gordo que explota a sus convecinos y soborna al maestro con capones cebados, y al cura envarado e inquisitorial, ataviado con teja, que hostiga al pobre profesor porque desde que Gorrión va a la escuela ha perdido su vocación de monaguillo. Y ni que decir tiene que ni un solo personaje defensor de la República comete el menor exceso político; son todos prudentes y respetuosos, como mucho con algún "simpático" tic anticlerical. Vamos, la basura habitual en la filmografía sobre la guerra, pero aumentada con lupa y resaltada hábilmente con el trasfondo de una historia tierna que logra conmover al público.

La película graba en el corazón de los espectadores un potente mensaje subliminal a favor del régimen republicano, simbolizado por el bueno de Don Gregorio, y en contra del bando rebelde, encarnado por los elementos más hipócritas y repulsivos del pueblo. El desenlace, que es el punto fuerte de la cinta, lo adereza Cuerda con escenas de violencia protagonizadas, cómo no, por  falangistas achulados que sacan a rastras de sus casas a honestos padres de familia para pegarles cuatro tiros.

Esta clase de películas, con independencia de sus valores estéticos y narrativos, incurren en deformaciones históricas tan graves y en clichés tan burdos que solo pueden contribuir a la confusión. Son un insulto a la verdad y a la inteligencia que no ayuda a nadie a entender nuestro pasado colectivo y nuestros errores, ni favorece la superación de nuestras diferencias.

Siempre he creído que es necesario un mínimo nivel de formación para librarse de la ponzoña que se cuela de estraperlo en este tipo de cine. De hecho, quizá bastaría con que todos hiciéramos un esfuerzo por rechazar los estereotipos generalmente asociados a la guerra civil, y tuviéramos claro, al menos, que la Segunda República no fue un paradigma de libertades; que la mayoría de los partidos políticos de la época, de cualquier signo, defendían fórmulas autoritarias; que en ambos bandos hubo gente buena, y que entre los nacionales no solo había caciques, curas y militares reaccionarios.

martes, 7 de junio de 2016

HISTORIA ACADÉMICA E HISTORIA MILITANTE

Esta semana he leído en mi revista de historia favorita una curiosa reseña de un libro que acaba de publicarse sobre el Frente Popular de 1936 con motivo de su 80º aniversario. No tengo la menor intención de hacer publicidad de este monográfico, que intuyo nefasto, pero no me resisto a comentar la reseña, en la que se dice que su autor “desde el principio deja claro honestamente cuál es su posición política” y que la obra es “un buen ejemplo de historia académica y, a la vez, de historia militante. Ante tales enormidades no sabe uno si sonreír o echarse a temblar. 

Coincidiremos todos en que resulta utópico pretender que los historiadores escriban con total objetividad, pero digo yo que la neutralidad debería ser una de sus mayores aspiraciones, pues, de lo contrario, las diferencias entre un libro de historia y un panfleto político podrían llegar a ser imperceptibles. Es cierto que, por sus propias características, la ciencia histórica jamás podrá tener el rigor y la exactitud de las matemáticas, pero entre una enumeración aséptica de fechas y datos y un libelo o panegírico sectario hay un amplio margen en el que todo cronista serio debería moverse. De no ser así, estaríamos hablando de cualquier cosa menos de historia.

Por eso me ha dejado de una pieza que una revista digna, en la que colaboran catedráticos de supuesto renombre, se descuelgue con esa idiotez de que la historia académica puede ser al mismo tiempo historia militante, y de que un marxista tan ideologizado como el autor del libro sea capaz de hacer una contribución mínimamente solvente a la historiografía sobre la Segunda República en general y sobre el Frente Popular en particular. 

Uno, que ha leído muchos libros fuertemente politizados sobre períodos convulsos de la historia de España, si algo ha aprendido es que no son textos de historia. No estoy afirmando que sean obras sin ningún interés, que no aporten datos e interpretaciones valiosos ni que sus autores sean unos indigentes intelectuales; simplemente que son la peor opción posible para hacerse una idea completa y equilibrada de los acontecimientos que se analizan. Y ya si se trata de un militante político metido a narrar la historia de su propio partido, apaga y vámonos: el resultado solo podrá ser satisfactorio para sus correligionarios, que se deleitarán al hallar en cada párrafo la confirmación de sus ideales.

Repito que una obra muy ideológica sobre un determinado período u organización histórica puede aportar mucha luz en forma de puntos de vista, nuevas vías de interpretación y detalles de la intrahistoria que a menudo pasan desapercibidos al investigador universitario. Lo malo es que estos libros también suelen esconder bastantes sombras, pues tienden a manipular la información, a resaltar u omitir datos según interese y a ofrecer versiones sesgadas de los hechos en función de las ideas, filias y fobias  Distinguir el trigo de la paja es imposible salvo para iniciados en la materia.

Un ejemplo del que podría hablar a fondo es el de los estudios sobre Falange Española y las hagiografías de José Antonio Primo de Rivera publicados por camisas azules entusiastas. Evidentemente estas lecturas pueden ser muy agradables para un joseantoniano, pero si este decide abrir su abanico y leer a otros investigadores pronto se dará cuenta, salvo que sea tonto, de que no hay nadie menos apropiado que un falangista para escribir sobre los avatares históricos del falangismo. 

Luego hay otro fenómeno curioso que ha de tenerse en cuenta: cuanto más específico y polémico sea un tema histórico más probabilidades hay de que los autores de los pocos títulos disponibles sobre el mismo estén marcadamente politizados.  Por ejemplo, una monografía sobre el reinado de Carlos III tendrá un riesgo bajo de ideologización debido a la amplitud de la etapa y a lo aséptica que resulta para el gran público. Sin embargo una tesis doctoral sobre el requeté, o un ensayo sobre la represión en Valladolid durante la guerra o sobre la trayectoria del Frente Popular, casi podemos jugarnos la mano derecha a que han sido escritos por personas muy sugestionadas por estas temáticas y con un posicionamiento bien definido (y generalmente indisimulable) al respecto.

viernes, 6 de mayo de 2016

UN CARDENAL ARROJADO

El Cardenal Segura junto a Francisco Franco

Algunos piensan que los años del régimen franquista fueron una época dorada para la Iglesia Católica, ya que gozó de incontables honores y privilegios, además del apoyo incondicional del Estado a su labor pastoral y educativa. Pero esto es solo una verdad a medias. La realidad es que tras la victoria del bando nacional, la Iglesia española, liberada de la terrible persecución religiosa de la Segunda República y de la guerra, se excedió en sus demostraciones de agradecimiento arrodillándose literalmente ante los vencedores y perdiendo durante décadas buena parte de su autonomía y de sus derechos. En la práctica se convertiría en una especie de secta religiosa de corte nacionalista manipulada a su antojo por el Caudillo. 

Los excesos del nacionalcatolicismo español comenzaron a manifestarse ya en septiembre del 36, cuando Franco decidió difundir por toda la España nacional el discurso de Pío XI apoyando el Alzamiento, pero en una versión tendenciosamente censurada, recortando sin pudor los párrafos que exhortaban a amar al enemigo y a contenerse en las represalias. Muy poco después presionó al cardenal primado de Toledo, Isidro Gomá, para que preparara una carta colectiva del episcopado español a todos los obispos del mundo, declarando la condición de Cruzada de la guerra, describiendo los tormentos de los religiosos en la zona roja y defendiendo la dura represión llevada a cabo por los tribunales militares rebeldes.

Tras la victoria, la Iglesia se echó definitiva e incondicionalmente a los brazos de Franco, renunciando a su independencia y bajándose los pantalones hasta las corvas. Los cardenales y obispos saludaban brazo en alto; secundaban y pregonaban con entusiasmo las directrices del Movimiento; aceptaban que el Jefe de Estado presentara a los prelados para su nombramiento, entrara en los templos bajo palio y presidiera ceremonias religiosas, y consentían incluso que los altos cargos del régimen (los gobernadores civiles, por ejemplo) lanzaran arengas desde los púlpitos.


Pero también hubo excepciones. Muy pocas, pero las hubo. Y la más destacada de todas fue la del cardenal arzobispo de Sevilla, Pedro Segura, que tenía los huevos más grandes que el caballo del Cid.

El cardenal Segura, que ha sido definido como "un hombre de carácter íntegro, talante integrista e intolerancia medieval", se negó a pasar por el aro. Y no por rojo precisamente, ya que era un monárquico recalcitrante que defendía las posiciones más retrógradas dentro de la Iglesia, llegando a ser famosas en la capital hispalense sus intensivas campañas en pro de la decencia pública, que arremetían contra escotes, faldas cortas y otras "muestras de impudicia". Simplemente era un teócrata convencido, un defensor acérrimo de la subordinación total del poder político al poder religioso, es decir justo lo contrario que el modelo franquista.

Amigo íntimo de Alfonso XIII y de carácter muy enérgico, había protagonizado graves enfrentamientos con las autoridades de la República, con los católicos que se avinieron a participar políticamente en ella (a través de la CEDA) e incluso con el mismísimo Vaticano. En agosto de 1937 fue designado para la archidiócesis de Sevilla y a partir de ese momento se iniciaría un rosario de violentos desencuentros con el nuevo régimen.

No esperó ni un mes desde su nombramiento para hacerle el primer feo al Caudillo, negándose a firmar la carta colectiva de los obispos por considerar herética la denominación “cruzada” aplicada a la guerra. Pero la cosa no quedó ahí. En 1940 comenzó a atacar al Régimen y a condenar, sin el menor tacto diplomático, la subordinación de la Iglesia española a las consignas políticas. En sus célebres sabatinas solía arrear muy duro a Franco, llegando a proclamar que en la literatura clásica se llamaba “caudillos” a los “jefes de una banda de forajidos” y que en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio “caudillo” era sinónimo de “demonio". Franco se ponía furioso con estas diatribas y terminó ordenando su detención y su expulsión de España, aunque en el último momento se retractó, a petición del ministro Serrano Súñer, para evitar una crisis con Roma.

El intrépido cardenal se pasó protestando veinte años sin cortarse un pelo. Por ejemplo, criticaba sin ambages que un Jefe de Estado pudiera acceder a un templo bajo palio y en 1948 se opuso a ceder a Carmen Polo la presidencia en el acto de inauguración del monumento al Sagrado Corazón de San Juan de Aznalfarache. También protagonizó un escándalo mayúsculo con la carta que escribió al Generalísimo para evitar el fusilamiento (que finalmente se llevó a cabo) del general de la Guardia Civil Antonio Escobar, que había defendido la República pese a ser un católico convencido. “Si fusila a Escobar no fusila a un hombre, fusila a un santo”, le escribió.

El Cardenal Segura criticó con dureza el privilegio de Franco de entrar en los templos bajo palio

Pero el suceso más polémico fue el de la inscripción en los muros de la catedral de Sevilla de los nombres de los “Caídos por Dios y por España”. El cardenal Segura no solo era un fanático antifascista, que consideraba a la Falange un movimiento pagano y estatólatra “en el que se refugian los peores enemigos de la Iglesia”, sino que estaba en contra de utilizar las paredes de los templos para honrar a los muertos de la guerra y mucho menos a los de un solo bando, por lo que prohibió terminantemente estas inscripciones en su catedral. Se armó una buena y, por lo visto, a punto estuvieron de poner los nombres sin su permiso hasta que declaró que quienes lo hicieran quedarían automáticamente excomulgados. Al final ganó la batalla, pues la cruz de los caídos sevillana tuvo que ser instalada junto a los muros de los Reales Alcázares. Los falangistas se vengaron pintando durante muchos años yugos y flechas en el Palacio Episcopal.

Franco hizo todas las gestiones posibles para remover a Su Eminencia de su cargo, pero nunca lo consiguió. Solo logró que Pío XII accediera en 1954 a nombrar un arzobispo coadjutor de la archidiócesis de Sevilla y a "dispensar" a Segura de muchos de sus cometidos.

El mes pasado, el sacerdote y periodista Carlos Ros nos ha dejado a todos de piedra revelando en su libro Pedro Segura y Sáenz. Semblanza de un cardenal selvático que el controvertido arzobispo tuvo un hijo secreto en su juventud (en 1918). Se trataría de Santiago Segura Ferns, que fue el abogado del General Milans del Bosch tras el fallido golpe de estado de 1981.

domingo, 24 de abril de 2016

"ME TIRÉ A LA TAQUILLERA"




El público la conocía por sus libros infantiles y por sus constantes apariciones en la televisión socialista, vestida de hombre, con sus trazas de bollera impenitente y recitando con voz aguerrida y aguardentosa unos ripios para niños que parecían compuestos por una persona con discapacidad intelectual. Pero Gloria, la gran Gloria Fuertes, era mucho más que eso. 

Esta poeta (odiaba lo de poetisa) siempre me cayó simpática. Hizo sus pinitos leyendo poemas en la radio durante la Segunda República, y la guerra, que vivió en pleno barrio de Lavapiés, le dejó un trauma tan imborrable que llegó a declarar que, sin esta tragedia, quizá jamás habría empezado a escribir. A mí me impresionaba su inteligencia. Gloria casi no fue a la escuela, pero con el tiempo se convertiría en una mujer muy culta gracias a su tesón. A los intentos de encuadrarla en una u otra corriente literaria, siempre respondía que se consideraba “autodidacta y poéticamente desescolarizada”. A finales de los años 50 se decidió a estudiar biblioteconomía e inglés, y acabó dando clases de literatura en varias universidades de los Estados Unidos. 

Gloria ya tenía éxito en el franquismo
Descubrí a Gloria Fuertes († 1998) en el 93, gracias a Ignatus. La tenía encasillada, como casi todo el mundo, en la literatura para críos, y me sorprendieron sus Obras incompletas (1975). Sus versos cortos y rebosantes de humanidad, engarzados por un humor espontáneo y aderezados de rebeldía y sencillez, me fascinaron, convenciéndome de que era una mujer especial. Nunca hubiera sospechado que la autora de Un globo, dos globos, tres globos, la marimacho de aire tímido que barbullaba rimas absurdas en La cometa blanca fuera capaz de dejarme el corazón en carne viva con su cristianismo hondo y crítico, su compromiso social y sus divertidos juegos de palabras. 

El Partido Comunista intentó convertir en bandera su obra y la de otros poetas sociales del movimiento postista, pero ella no se dejó. Su fina inteligencia y su espíritu un poco ácrata la mantuvieron siempre al margen de los politiqueos. A lo largo de su vida colaboró con medios de muy distintos colores, incluidos el diario Arriba y Flechas y Pelayos. 

Su vida sentimental siempre fue oscura y tormentosa. En la guerra, con veinte años, perdió a su gran amor, un miliciano que cayó en el frente. Al poco se enamoró de un médico derechista al que encarcelaron los rojos y ella visitaba en el penal. Luego parece que cambiaron de rumbo sus inclinaciones. En Me siento abierta a todo, se expresa así: 

“Me siento sola y una, como una sola luna
-por ser igual a todas las mujeres y no parecerme a ninguna-,
me siento sola y una en mi vacía cuna.” 

Muchas veces se especuló con su orientación sexual, de la que tuvo el acierto de no hablar jamás en público. Sus conflictos interiores solo se asoman en varios poemas autobiográficos y en otros defendiendo la homosexualidad. Impacta especialmente A Jenny: 

"Nadie le ayudó, 
pero él se hizo mujer.
Cantaba cantaba,
era la preferida de los hombres
del night-club.
Me dijo:
-En toda mi vida
sólo he leído un libro,
el tuyo.
Entonces...
le acaricié de verdad
sus pechos de mentira". 

Para mí, la mejor anécdota, la que mejor ilustra su sentido del humor y su inteligencia es la que da título a este post. La historia la desveló Vicente Molina Foix al poco de fallecer Gloria, pues antes no contaba con su permiso. En una entrevista para el suplemento dominical de El País, en 1994, ella le confesó que a lo largo de su vida había sufrido terribles altibajos y depresiones, y que incluso había pensado en suicidarse. 

“Y así me contó, mientras yo tomaba notas a diestra y siniestra, que en cierta ocasión, al sufrir un desengaño, pensó seriamente en el suicidio. ´Fui al metro decidida a matarme. Pero al ir a sacar el billete ligué, y en vez de tirarme al tren me tiré a la taquillera`. Cuando me harté de reír, le pregunté: ´¿Puedo contar esto, Gloria?`. ´No. Ahora no. Yo vivo de mis libros infantiles, y estas cosas podrían asustar a los padres, que son los que los compran`. Naturalmente, respeté su deseo.”



 

miércoles, 2 de marzo de 2016

LOS CIPRESES CREEN EN DIOS

A los dieciséis años, cuando leí por primera vez esta novela, me impactó su dramatismo y me enamoré de la Falange. Trece años después volví a leerla y me conmovió la humanidad de sus personajes (es, sobre todo, una novela de personajes). Y otros trece años más tarde he vuelto a repasarla y esta vez he disfrutado de su trasfondo histórico y político, descubriendo matices que antes me pasaron inadvertidos por carecer de los conocimientos necesarios sobre el período histórico en que se enmarca la narración.

Podría escribir más de cien páginas sobre Los cipreses creen en Dios (1953), pero hoy quiero decir muy poco. Solo que es, con diferencia, la mejor novela sobre la II República y el estallido de la guerra civil; que es la obra literaria que más me ha conmocionado e influido (en muchos aspectos), y que, a pesar de tratarse de uno de los mayores bestsellers en castellano de todos los tiempos (más de seis millones de ejemplares sin contar traducciones), hoy se encuentra fuertemente desprestigiada por la crítica debido a su supuesta parcialidad a favor del bando sublevado.

¿Seré capaz de resumir esta voluminosa novela en unas pocas líneas? Lo intento. Los cipreses (Premio Nacional de Literatura) tiene como protagonista a la propia ciudad de Gerona, que se nos muestra casi como un personaje vivo. A través de la mirada de decenas de gerundenses de muy diversas clases sociales, mentalidades e ideologías, José María Gironella relata minuciosamente cómo se vivió en esta localidad la experiencia republicana y el Alzamiento del 36. El eje central de la historia es la vida de un matrimonio de clase media, los Alvear, formado por una mujer muy religiosa y por un republicano moderado, cuyo hijo mayor, Ignacio, es un estudiante atormentado por las dudas, que “lleva en sí mismo la guerra civil”. Los conflictos políticos y sociales de esta ciudad catalana van recrudeciéndose poco a poco y generando una creciente polarización que desemboca en tragedia. El relato tiene un enorme interés humano y ahonda sobre todo en la importancia del factor religioso en los tristes acontecimientos que vivió España en los años treinta del pasado siglo. El desenlace es tan sobrecogedor que nadie podrá terminar el libro sin estremecerse y sin alterar su visión sobre el capítulo más sangriento de nuestra historia.
José María Gironella

Como ya digo, por sus novecientas páginas desfilan personajes de lo más variado, representativo cada uno de ellos de un estrato social o de una facción política. Inolvidables para mí son el subdirector del Banco Arús (militante de la CEDA y furibundo antimasón), el falangista Mateo, los republicanos hermanos Costa (millonarios y populistas), el cínico policía Julio, el soberbio Mosén Alberto, el místico seminarista César Alvear, el anarquista José, el siniestro comunista Cosme Vila, el rentista Jorge de Batlle, David y Olga (dos sectarios maestros de Estat Català), el incendiario carlista apodado La Voz de Alerta, la prostituta Canela, la deliciosa Ana María (el gran amor imposible de Ignacio) y el doctor Relken, un judío alemán que trafica con obras de arte robadas mientras asesora, con un repugnante aire de suficiencia, a los partidos izquierdistas locales.

Hacer una crítica de Los cipreses también me resulta muy difícil, así que me voy a limitar a exponer las tres grandes paradojas que yo veo en él, y que son muy descriptivas de su espíritu.

En primer lugar siempre me ha parecido ilógica mi veneración por una obra escrita por un autor que tanto me desagrada. A Gironella, además de un meapilas y un cursi, le considero un novelista mediocre. Los cipreses creen en Dios es su única novela redonda y confieso que algunas otras no he podido ni terminarlas. Aunque sí he leído los otros tres tochos de la tetralogía (Un millón de muertos, Ha estallado la paz y Los hombres lloran solos), su calidad y su interés están a años luz de Los cipreses, que tiene un ritmo, un tono, un clima, un escenario y una humanidad magnéticos que no en vano encandilaron a toda una generación. Hasta se estrenó una serie de televisión en 1960.

La segunda paradoja es cómo pudo sortear la censura una novela tan dura con ciertas actitudes de la Iglesia y con ciertos sectores de la derecha española, de los que se insinúa su responsabilidad moral en la conflagración, por no hablar de algunos contenidos sexuales impensables en una obra de ficción española de 1953. Por lo visto, el censor de turno decidió aprobarla íntegramente al advertirle Gironella de que iba a ser publicada de todos modos en Francia con la etiqueta “censurada en España”.

Gerona, con la catedral en primer término, que fue saqueada en 1936

Y por último, no es fácil responder a la pregunta de si se trata de una novela objetiva. Su autor solía decir que era una narración “no objetiva, pero sí imparcial”, juego de palabras muy propio de un pedante como él pero que yo nunca he entendido. Lo que sí es cierto es que aparecen personajes relevantes de ambos bandos políticos con rasgos morales muy heterogéneos; que tanto en la Iglesia y en el Ejército como en el Partido Socialista o en la FAI, nos encontramos con íntegros y malvados, con héroes y asesinos, con virtuosos y calaveras, con valientes y cobardes, con nobles y envidiosos, y con coherentes y trepas. Pero también es innegable que Gironella concentra la mayoría de las virtudes en sus personajes más religiosos y patrióticos, y las taras, excesos y vilezas en los masones y en el rojerío. A lo mejor es que era así de verdad. 

Honradamente, el libro no peca de cerrazón, no es de un partidismo chirriante y creo que empatiza con las razones y sensibilidades de las izquierdas (otro motivo para extrañarnos de que pasara la censura), pero de ahí a considerarlo un paradigma de imparcialidad hay un ancho abismo. Es evidente que el escritor gerundense contemporiza con el bando nacional, pero es justo reconocerle su grandeza de corazón al ofrecer todos los puntos de vista, hacer severa autocrítica, evitar la burda propaganda y poner de relieve el amor y el perdón como única receta para la reconciliación entre los españoles. Y este reconocimiento ha de ser doble teniendo en cuenta el año en que se editó la novela. En aquella época el franquismo estaba poco dispuesto a admitir ni uno solo de sus incontables errores ni mucho menos a ponerse en la piel del enemigo.

viernes, 5 de febrero de 2016

LUCES Y LIEBRES EN LOS MONTES TOROZOS

En mi provincia no hubo combates durante la guerra civil, pues el Alzamiento tuvo un éxito clamoroso y el bando nacional se hizo inmediatamente con la capital y con todos los pueblos. Se sufrieron, eso sí, a lo largo de la contienda, varios bombardeos republicanos que mataron a doscientas personas.

Lo más crudo de la guerra en Valladolid fue la intensa represión que llevaron a cabo las fuerzas sublevadas. El grueso de estas acciones punitivas lo constituyeron las ejecuciones incontroladas de las llamadas “patrullas del amanecer” o “patrullas de limpieza”, formadas por espontáneos falangistas, monárquicos y guardias civiles que, sobre todo durante el verano del 36, recorrían la provincia en camiones, recogían en los pueblos a los izquierdistas más significados y los fusilaban en las afueras de la localidad o en algún monte. No pocos casos fueron simples venganzas personales.
 
Sin duda las sacas más numerosas y conocidas fueron las perpetradas al sur de la comarca de Tierra de Campos, en los Montes Torozos. Cientos de personas fueron acribilladas a balazos detrás de un encinar junto a la carretera N-601 Valladolid-León, a la altura del cruce hacia Peñaflor de Hornija y Castromonte. Cada noche morían allí decenas de personas antes de la salida del sol. Los patrulleros rara vez enterraban a sus víctimas. Lo más frecuente era que sacaran de la cama, a punta de fusil, a dos o tres labradores de los caseríos cercanos y les obligaran a cavar las zanjas y a completar la inhumación de los muertos. No era raro, sin embargo, dejar muchos cadáveres sin cubrir o sepultarlos solo superficialmente. Al día siguiente los familiares acudían al lugar para intentar identificar a sus seres queridos, pero a veces había un piquete de guardia que se lo impedía.

Durante las horas que duraban las ejecuciones y los enterramientos se cortaba la carretera para evitar testigos.

Monumento a "las víctimas de la represión franquista" en los Montes Torozos tras el ataque que sufrió en 2014

Este rincón del Páramo vallisoletano es todavía un lugar entre mítico y maldito para los lugareños. Yo he oído contar a varios paisanos algunas historias que ponen los pelos de punta.

Una de ellas es que en los años de la guerra y hasta tiempo después a la gente le daba pánico aproximarse siquiera a la zona, pues por la noche, desde todas las carreteras de alrededor, se podían ver unas tenues llamaradas de fuego verdoso elevándose desde la tierra. Es lo que se conoce como fuegos fatuos, producidos en teoría por el gas metano que generan los restos orgánicos al descomponerse, pero que otros consideran un fenómeno paranormal relacionado con las ánimas.

Lo que me extraña es que no haya en la actualidad ninguna leyenda de fantasmas a cuenta de este episodio. Por lo visto los únicos fantasmas que pueden verse en este encinar son los miembros de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica cada vez que organizan uno de sus espectáculos para remover, manipular y politizar esta tragedia del pasado que esperamos que jamás se repita.

Otra anécdota que siempre me ha impresionado es la repugnancia que sienten aún muchos terracampinos, sobre todo los ancianos, hacia la carne de liebre. Aunque la liebre ha sido siempre una pieza de caza emblemática en esta parte de la provincia, parece ser que desde los tiempos de la guerra su carne está vetada en la mesa de muchos hogares de Medina de Rioseco, Villabrágima o Castromonte. ¿El motivo? Que se atribuye a estos animales costumbres carroñeras y se dice que las liebres de toda la comarca se alimentaron de los cuerpos sin enterrar. De nada sirve explicarles que ya han pasado tropecientas generaciones de liebres desde aquellos tristes sucesos. Les sigue dando un asco que no veas. 

miércoles, 27 de enero de 2016

EL "FASCISTA" LICIO GELLI


Hay individuos con una personalidad tan compleja que sus ideas y comportamiento representan, durante toda su vida, un misterio insondable. Es el caso del italiano Licio Gelli, que falleció el mes pasado. Dicen que Licio Gelli, también conocido como El Venerable, se pasó los últimos años de su vida repitiendo “soy fascista y moriré fascista”, pero la verdad es que analizando su trayectoria yo soy incapaz de adivinar qué diablos fue. Y si alguien lo sabe que me lo explique.

Francis Ford Coppola se inspiró en él y en Giulio Andreotti para crear el personaje de Licio Lucchesi, de El Padrino III. 

Durante la Segunda Guerra Mundial, Gelli estaba afiliado al Partido Nacional Fascista y fue enviado a Alemania por el mismísimo Mussolini como enlace diplomático con el Tercer Reich. Al final de la contienda se encontraba combatiendo en Italia en un batallón de camisas negras, pero de repente, por arte de birlibirloque, se pasó a un grupo de resistencia partisano para recibir con los brazos abiertos a las tropas estadounidenses. Poco después era captado por la CIA con la misión de frenar la influencia soviética en Italia a través del Partido Comunista y otras organizaciones de extrema izquierda. Durante toda la Guerra Fría participó en varios atentados contra este tipo de grupos, todos ellos orquestados por los servicios secretos norteamericanos.
 
En los años 60 ingresó y llegó a ser Venerable Maestro de la extraña logia anticomunista Propaganda Due, más conocida como P2, cuya estrategia era -entre otras- debilitar el poder de los sindicatos, y de la que formaban parte militares, magistrados, periodistas, políticos de distintas tendencias e industriales, tanto de Italia como de otros muchos países. Parece ser que esta poderosa organización secreta, un auténtico “gobierno paralelo” respaldado por la CIA y la OTAN, estuvo detrás de la Red Gladio; del fallido Golpe Borghese de 1970; del asesinato del líder democristiano Aldo Moro, atribuido a las Brigadas Rojas, en 1978; de la matanza de Bolonia provocada por el grupo ultraderechista Ordine Nuovo en 1980; de la quiebra en 1982 del Banco Ambrosiano (participado por la santa Sede) y del ahorcamiento de su presidente, y de numerosos crímenes perpetrados por la Mafia y por la Ndrangheta. Incluso se especula con que los tentáculos de la P2 alcanzaron mortalmente los aposentos de Juan Pablo I. 

En 1974 obtuvo la nacionalidad argentina (había vivido y se había casado allí en los años 40 y 50) y el nombramiento como diplomático argentino en Italia. Durante la década de los 70 se relacionó con el ministro López Rega, dirigente de la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) y miembro también de la logia P2. La mano negra de ambos tuvo una influencia decisiva en la llegada al poder de la Junta Militar del Teniente General Videla. No obstante, a pesar de la simpatía de Licio Gelli por el peronismo, en 1987 fue profanada la tumba de Perón y cortadas las dos manos del cadáver, en un cobarde acto que varios investigadores atribuyen a la temida logia romana y a simpatizantes videlistas. 

En 1982 había ocho órdenes de captura dictadas contra Gelli, que al final terminó detenido e internado en un centro penitenciario de Ginebra, del que logró escapar haciéndose pasar por funcionario de prisiones. Al poco tiempo se entregaría y sería extraditado a Italia en 1988, aunque no volvería a ingresar en prisión debido a sus problemas de salud.   

La mayor parte de su vida la pasó en su lujosa villa de Arezzo, rodeada de tres hectáreas de olivos, viñas y bosque, desde donde movía los hilos de todos sus crímenes y "negocios". En 1998 los servicios secretos italianos encontraron ocultos entre las macetas de su jardín 200 kilos de lingotes de oro, una pequeña muestra de la fortuna que llegó a amasar. 

Posiblemente el detalle que más me ha impactado de la siniestra biografía de este elemento es el idealismo exaltado de su primera juventud. Con veinte años se alistó junto a su hermano en el Corpo Truppe Volontarie, unidad de voluntarios fascistas que apoyó al bando nacional en la Guerra Civil española. Su hermano falleció en esta generosa aunque no muy decorosa aventura.

martes, 22 de diciembre de 2015

LA GUERRA CIVIL CONTADA A LOS JÓVENES

El conocido autor de bestsellers navideños Arturo Pérez-Reverte acaba de publicar un ensayo corto sobre la guerra civil española destinado al público de las nuevas generaciones, a una juventud ya desprovista de buena parte de los conocimientos y prejuicios de sus padres y abuelos sobre este espantoso conflicto que “causó miles de muertos, destruyó hogares, arruinó el país y llevó a mucha gente al exilio”. El loable objetivo de Reverte ha sido escribir una microhistoria de nuestra guerra, “de forma escueta, objetiva y rigurosa, sin clichés partidarios ni etiquetas fáciles”, dirigida a quienes no conocen del tema más que cuatro generalidades escuchadas de refilón o, en el mejor de los casos, leídas en los libros de texto.

Debo confesar que he leído La guerra civil contada a los jóvenes con la guardia muy alta y con los máximos recelos, dada la intensa antipatía que profeso hacia su autor. Y una vez terminada la lectura también debo admitir en justicia que mi opinión sobre el libro, sin llegar a ser entusiasta ni mucho menos, es bastante más favorable de lo que esperaba. Pero vayamos por partes.

Honestamente no me cabe otra que hacer numerosos elogios al ensayo. Se trata de un muy buen resumen que cumple de sobra su cometido de dar una visión de conjunto sobre la guerra civil a quien no sabe nada sobre ella. El texto está extraordinariamente bien escrito y sobre todo resulta muy claro. La selección de contenidos en general y la estructura en capítulos concisos y directos me han resultado muy atractivas. La mejor parte, sin duda, es el relato de las principales batallas, que recomiendo leer a todo el mundo, y en el que el periodista cartagenero demuestra una vez más que en el campo de la historia militar sabe moverse como pez en el agua. Finalmente, también son encomiables la presentación del volumen y las preciosas ilustraciones de Fernando Vicente, a pesar de algunos errores históricos sin importancia. Me ha gustado especialmente el anexo gráfico con dibujos de los oficiales, soldados y milicianos de las principales unidades de ambos bandos.

Agotado mi repertorio de alabanzas, paso a valorar, también con la máxima honestidad intelectual, si el libro cumple la promesa de ser “objetivo” y de no incurrir en “clichés partidarios ni etiquetas fáciles”. Hacer un diagnóstico sobre su neutralidad es bien sencillo. Basta con preguntarse si, una vez leído, puede adivinarse fácilmente con qué facción simpatiza Pérez-Reverte. Y la respuesta es que sí, que está al alcance de cualquiera con un mínimo de picardía acertar sus ideas tras leer el texto, aunque quizá no tanto –y ahí está el problema- para quienes se adentran por primera vez en esta materia, que son precisamente los destinatarios de la obra.

Don Arturo no es neutral y él lo sabe, pero tampoco cae en el sectarismo. Posiblemente el mayor o quizá el único defecto en el que incurra sea contar la guerra a los chavales desde la óptica y los parámetros políticos y culturales del siglo XXI, haciendo continuos e inoportunos contrastes entre los valores de los años treinta y los actuales, y lanzando, con pretendida sutileza, numerosos juicios morales. Es una pena que haya caído en esta tentación, pues el libro está muy bien planteado y podría haber sido, por fin, un referente de imparcialidad en la bibliografía sobre la guerra civil. Pero el resultado final es imperfecto porque no ayuda nada a los adolescentes y jóvenes de hoy a situarse en el contexto de 1936. El autor se limita, a grandes rasgos, a insinuarles que la Segunda República era buena porque sus fundamentos políticos eran más similares a los del régimen nacido en 1978 que los encarnados por el bando nacional. De hecho, al libro lo salva su gran brevedad y su carácter esquemático; con un 25% más de extensión, al autor se le habría visto el plumero desde la luna.

Con todo, el ensayo no es malintencionado y tiene la virtud de destacar repetidamente la valentía y la heroicidad que se vivió en ambos bandos, señalándose que “se dieron numerosos casos de infamia, pero también de dignidad” y que “mucha gente se mostró humanitaria y compasiva”. También se pretende la equidad al tratar los episodios represivos en ambas zonas, y se hace un esfuerzo por explicar de forma desapasionada los conceptos ideológicos y la doctrina de los distintos partidos y sindicatos, a cuyo efecto se incluye un anexo de definiciones que es rescatable en buena medida pese a haberse redactado a gruesos brochazos, no se sabe si para no liar al joven lector o para llevarle por el “camino recto”.

Me gustaría hacer muchas aclaraciones sobre algunos excesos del libro, pero voy a limitarme a comentar brevemente sus aspectos más tendenciosos y aquellos párrafos en los que se bordea la manipulación histórica. Para mayor claridad, los textos originales siempre los pongo en cursiva y entrecomillados.


- Se subraya el contraste entre la “república democrática, con representantes elegidos por el pueblo”, el “legítimo gobierno republicano”, y “los militares sublevados”, olvidando mencionar que la República “nació” de unas simples elecciones municipales y que su proclamación no pudo ser más ilegal e irregular.

- En el análisis de los antecedentes y causas de la contienda no se hace ni una raquítica alusión al golpe de estado que intentó dar el PSOE cuando las derechas ganaron las elecciones de 1934.

- Se niega el carácter popular del Alzamiento del 18 de julio y no se menciona ni de pasada la importancia del factor religioso en el apoyo a la sublevación de amplios sectores de las clases humildes. “Aunque todo estaba un poco mezclado, pues la sociedad española era compleja, los obreros y campesinos se agrupaban mayoritariamente en organizaciones de izquierda, y la burguesía, los terratenientes y el ejército eran más próximos a las de derecha.”

- Hay algunas afirmaciones que parecen una burla a los lectores viniendo de un liberal como Reverte: “La tierra no era de quien la trabajaba, y las condiciones laborales en las fábricas eran a menudo injustas”. Me río por no llorar.

- Abundan los juicios de valor indisimulados al comparar las doctrinas políticas: “Algunos españoles miraban hacia el extranjero en busca de modelos políticos que aplicar como soluciones. Unos eran moderados y otros extremistas". Igualmente la definición de "fascismo" ("movimiento político que defendía un estado dictatorial") es bastante menos bucólica que la de "comunismo" ("movimiento político que busca la creación de una sociedad sin clases sociales en la que los medios de producción sean de todos los individuos").

- Parece olvidarse que en el Alzamiento participaron todas las organizaciones "de derechas" (salvo el PNV) y no solo las “más extremistas”. La CEDA de Gil-Robles (que don Arturo parece considerar moderada) contribuyó activamente a la preparación del 18 de julio. “Dispuestos a hacerse con el control de la situación, y una vez puestos de acuerdo con los movimientos más extremistas de derecha (…) , buena parte de los jefes y oficiales del ejército se sublevó contra la República”.

- No se menciona en ninguna parte que el gobierno de la Segunda República tras febrero del 36 se encontraba en manos de la extrema izquierda, tan antidemocrática o más que los alzados en julio.

- Se resaltan en exceso los detalles y las cifras del apoyo italiano y alemán a los nacionales, citándose muy someramente la intervención soviética: “La Rusia soviética también intervino activamente con consejeros y armamento.”

- Dice al hablar de la represión en ambas zonas: “La diferencia (…) era que, mientras en la zona gubernamental esta barbarie era, en buena parte, fruto del desorden y obra de elementos incontrolados, en la zona rebelde los asesinatos eran tolerados y hasta organizados por los mandos militares”. ¡Falso! En la zona roja también hubo multitud de ejecuciones organizadas por los mandos militares y por el gobierno “legítimo”, y en la zona nacional muchos de los crímenes también fueron “fruto del desorden y obra de elementos incontrolados”. De hecho, las autoridades militares prohibieron a las milicias (falangistas, carlistas) llevar a cabo fusilamientos sin autorización, y la máxima autoridad falangista hasta abril del 37, Manuel Hedilla, se desgañitó exigiendo moderación y prohibiendo los “paseos”. Todas estas advertencias fueron desoídas sistemáticamente, igual que sucedió con las que hizo el gobierno republicano en su zona.

- También sobre el tema de la represión se recurre a una absurda comparación de cifras. “Durante la Guerra Civil fueron asesinadas 180.000 personas fieles a la República, a veces por el simple hecho de estar afiliadas a un sindicato”. “La España republicana también conoció innumerables detenciones arbitrarias, torturas y asesinatos, que se calculan en unos 50.000.”. Existe una práctica unanimidad entre los historiadores en que si los izquierdistas provocaron menos víctimas que los nacionales es porque dominaron menos territorio y menos población.

- Se citan muchos más episodios represivos protagonizados por el bando nacional (Badajoz, carretera Málaga-Almería, Guernica, etc) que por los “republicanos” (solo Paracuellos).

- Se entra solo en los pormenores escabrosos que interesan. En un claro guiño a las feministas, se incluye un estúpido capítulo sobre la represión de las mujeres en la zona franquista, incidiendo en detalles anecdóticos como el rapado al cero y la ingesta de aceite de ricino. De las castraciones a sacerdotes y del corte de los pechos de las monjas no se dice ni pío. ¡O detallamos todo o no detallamos nada! “En la zona republicana los abusos a mujeres fueron más frecuentes”.

- “Todos los progresos sociales y políticos que las mujeres habían logrado con la República quedaron abolidos en la zona franquista. Allí, la imagen de la mujer activa, independiente y dueña de su propia vida se planteó como algo negativo, y fue sustituida por un modelo de mujer sumisa, esposa y madre, hogareña y religiosa.”  Reverte debe de haber olvidado por error la labor de la Sección Femenina en favor de la promoción, la alfabetización y el aprendizaje de un oficio de millones de españolas de las que la República jamás se preocupó.

- Lo peor son los capítulos sobre la posguerra y el franquismo. Las valoraciones descaradas y las moralinas políticas abundan por doquier. “El régimen franquista era dictatorial y no aceptaba réplica ni debate de ideas” (¡el PCE y el PSOE en cambio eran el paradigma de las libertades!)  "Durante varios años (…) , España vivió una represión despiadada y sistemática, con innumerables consejos de guerra, encarcelamientos y condenas a muerte.” (…) “En vez de optar por la clemencia y la reconciliación, el régimen franquista, convertido en una férrea dictadura que iba a durar cuarenta años, procuró aplastar cualquier resto de libertad y democracia.”. Que sí, don Arturo, que estaba España en el 39 como para clemencias y reconciliaciones. Sin un férreo control de los enemigos del nuevo régimen, hubiéramos tenido otra guerra en pocos años.

- Se dedica un capítulo a los maquis, a los que se define como “guerrilleros”, sin hacer mención alguna al número y al perfil de sus víctimas. “Pequeños grupos de combatientes se refugiaron en las montañas, donde todavía actuaron como guerrillas durante unos años”.

- Y para terminar, un buen toque de humor sobre la labor del Rey Don Juan Carlos, desvelándonos datos hasta ahora inéditos sobre sus iniciativas políticas: “A la muerte del dictador, España se convirtió en una monarquía parlamentaria por decisión personal del rey Juan Carlos”. (…) “Mediante el jefe de gobierno Adolfo Suárez, asesorado por sus preceptores y con el apoyo de todas las fuerzas políticas del momento, Juan Carlos I volvió a legalizar los partidos políticos, procuró la reconciliación nacional, liquidó el régimen franquista y devolvió a España la democracia.”  ¡Bravo, bravo!