martes, 3 de enero de 2017

LEALTADES COLECTIVAS





Una comentarista aludió el otro día a la lealtad y me hizo acordarme de que tengo pendiente desde hace varios años un post sobre este tema. El concepto de lealtad, que ofrece todo un abanico de matices, siempre ha sido objeto de interpretaciones erróneas o sesgadas que nos han hecho perder de vista su verdadero significado. Podría hablar sobre muchos aspectos de esta mezcla de fidelidad y adhesión incondicional que se supone que es la lealtad, pero al menos hoy voy a centrarme en un punto muy concreto, que es su dimensión grupal.

Con la idea de lealtad pasa algo parecido a lo que sucede con la amistad: que a pesar de ser un vínculo esencialmente íntimo y personal entre dos individuos, hay una fuerte tendencia a extrapolarlo a los grupos, es decir a entender que una persona puede ser amiga de un determinado grupo o leal a un colectivo. Este grave error de partida distorsiona la esencia de ambas realidades.

Desde niños se nos ha inculcado una lealtad sana hacia nuestros padres, que nos dieron la vida, y hacia nuestros hermanos, con quienes nos criaron, pero también hemos interiorizado una “lealtad” irracional a los grupos a los que únicamente pertenecemos por razón de las circunstancias. 

Por ejemplo, en el colegio era una regla no escrita pero sagrada que debíamos formar piña con nuestros compañeros de clase, hasta el punto de convertirnos en cómplices silenciosos de conductas muy graves para evitar que los profesores castigaran a nadie, por muy merecido que se lo tuviera. Hablar, informar de un hecho injusto o alertar a nuestros mayores de un abuso intolerable o de un posible peligro para todos, significaba ser un acusica, un chivato asqueroso.

Todos nos hemos visto obligados a practicar una solidaridad muy mal entendida con los miembros de estos grupos de los que formábamos parte solo por accidente. ¿Nadie se acuerda de lo mal visto que estaba negarse a prestar unos apuntes o a soplar en el examen a un compañero independientemente de los motivos de la negativa? Porque yo recuerdo en la Facultad a vagos y a jetas redomados que se habían pirado las clases de todo el año para irse a tomar cervezas pretendiendo después, en junio, que alguien les prestara todos los apuntes del curso pasados a limpio, y sentándose en el examen cerca de un empollón para que les “echara una mano” bajo riesgo de ser pillado y suspendido. Si alguien se ponía borde y dejaba las cosas claras, quedaba como un mal compañero y como un hijo de puta.

Esta visión envenenada de la lealtad la hemos ido arrastrando hacia otros ámbitos de la vida, como el laboral. Es cierto que la unidad y la cohesión de los trabajadores son el único medio de defensa eficaz frente a la rapiña de los patronos, pero lo que no puede pretenderse, como tantas veces se pretende, es basar nuestra ética profesional en un respaldo sin condiciones a todos los compañeros de nuestra empresa o categoría frente a cualquier decisión de los superiores o empresarios, porque entonces no solo podemos entrar en una espiral de injusticia, sino que podemos vernos obligados a postergar intereses personales muy legítimos a cambio de quedar como solidarios con los cuatro tíos más inútiles de la organización, que, a lo mejor, puestos a ser equitativos, donde deberían estar es en el paro o dos niveles profesionales por debajo del suyo. La tendencia a igualar por debajo, a dar a todo el mundo lo mismo con independencia de sus méritos y a basar los ascensos en criterios puramente objetivos como la antigüedad podrán parecer soluciones muy buenrollistas pero yo siempre las he considerado arbitrarias e injustas con los merecimientos y la capacidad de la gente. También he considerado siempre una estupidez no poder criticar abiertamente a un compañero ante un superior cuando su conducta o bajo rendimiento pueda suponer un riesgo para el futuro del proyecto y del equipo.

La impresión que yo tengo es que, en definitiva, este tipo de fidelidades colectivas se practican más por miedo que por convencimiento. En el fondo intuyo que estas normas de falsa lealtad se las han inventado y nos las han impuesto por la fuerza los cuatro elementos más desvergonzados e ineptos de cada grupo para poder cometer desmanes con impunidad y beneficiarse de ventajas que ni merecen ni habrían alcanzado en su vida si cada uno atendiera estrictamente a sus propias aspiraciones y, como mucho, a las de las personas decentes que le rodean. Porque sabemos que incumplir estas reglas artificiales es arriesgarse a sufrir venganzas, burlas o críticas por parte de estos elementos, que, amén de no aportar nada al grupo al que pertenecen, son a menudo los más agresivos.

sábado, 31 de diciembre de 2016

CAMBIO DE RUMBO




Un último trimestre de año complicado y distintos problemas y retos personales me han mantenido apartado dos meses de La pluma viperina. Este blog demoledoramente sincero, que me ha causado satisfacciones y contratiempos casi por igual durante más de ocho años, de momento ha dejado de ser para mí una prioridad en mis ratos de asueto.

Estos meses no he escrito porque no encontraba ni tiempo ni palabras, pero he pensado bastante en La pluma. Se me ha pasado por la cabeza abandonar con una despedida a la altura de la bitácora, transformar su línea y sus contenidos (convirtiéndola en una web de historia, o de crítica literaria y cinematográfica, por ejemplo), reducir drásticamente su periodicidad o incluso abrirla a otros colaboradores. Luego he pensado que ni el blog, ni sus lectores ni yo nos merecemos nada de eso después de tantos años, y que, en realidad, me apetece seguir escribiendo sobre mis dudas y mis cuitas, sobre mis ideas y mis valores, y sobre todo lo que siempre me ha apasionado y siempre me apasionará.

Ahora mismo, y espero que la situación cambie, no puedo garantizar una mínima continuidad. Me espera un año complicado en el que aunque disponga de algún rato para escribir, no contaré con las horas suficientes para investigar y profundizar en los temas con el cariño habitual. El resultado, espero, será un blog que se actualice menos y con posts más cortos y menos documentados, a modo de rápidas pinceladas sobre mis puntos de vista. Este es el cambio de rumbo que tengo en mente, pero a saber.

Para terminar, quiero pedir disculpas por este parón sin explicaciones y dar las gracias a los muchos amigos viperinos que se han interesado por el blog y por mí. Ocho años de comunicación diaria han forjado un vínculo, un afecto y una admiración mutuas que yo, desgraciadamente, no he sabido valorar en su justa medida hasta que el blog ha encallado.

Feliz año 2017 y un abrazo a todos, amigos.

lunes, 31 de octubre de 2016

ENCUESTA SOBRE EL PRÓXIMO LÍDER DEL PSOE


Pregunta: ¿Quién será el nuevo secretario general del PSOE?

Participantes: 7
Duración: 10 días

Respuestas: 

a) Seguirá siendo Pedro Sánchez:  0 votos (0%)
b) Será Susana Díaz: 0 votos (0%)
c) Será otra persona: 7 votos (100%)

viernes, 28 de octubre de 2016

DELINCUENTES POTENCIALES


Pablo Iglesias se saltó ayer a la torera el derecho constitucional a la presunción de inocencia.

Cuando Pablo Iglesias se enteró ayer, durante el discurso de investidura, de que el Gobierno había movilizado a quinientos policías para controlar la manifestación ultraizquierdista Rodea el Congreso, pronunció una frase que evidencia su inmoralidad, su arbitrariedad y su desprecio por los derechos fundamentales: 

“Hay más delincuentes potenciales en esta Cámara que fuera”.

Imagino que, como profesor de Ciencias Políticas, el líder de Podemos recordará que el artículo 24.2 de la Constitución reconoce a todos los españoles el derecho fundamental a la presunción de inocencia. Lo que no parece claro es que alcance a comprender que este derecho esencial en cualquier nación civilizada es incompatible de raíz con la siniestra expresión “delincuentes potenciales”. 

Alguien tendría que explicar a este barbián que en los países de nuestro entorno solo se puede llamar delincuentes a los ciudadanos condenados por sentencia firme por la comisión de un delito, y que todos los demás ciudadanos tienen derecho a que ningún soplapollas especule, y menos en público, sobre los potenciales delitos que podrían cometer. 

O se es delincuente o no se es delincuente. Punto. Porque eso de “potenciales” suena a insulto, a calumnia y, en definitiva, a violación del derecho a la presunción de inocencia. También suela a idiotez, ya que, bien mirado, delincuentes potenciales lo somos todos los españoles y no solo los diputados del Congreso a los que al coletas le apetezca ofender.

La izquierda lleva ochenta años criticando la histórica Ley de Vagos y Maleantes por contemplar “castigos” para individuos considerados peligrosos aunque no hubieran cometido ninguna infracción penal. A pesar de que estas medidas predelictuales no eran penas ni suponían considerar delincuentes a las personas a las que se aplicaban, el rojerío las ha considerado fascistas toda la vida (o al menos desde que Franco heredó esta ley de la Segunda República). Pero ahora llega el profesor Iglesias y tiene el valor de conjeturar delante de todos los medios de comunicación sobre quién tiene más posibilidades de cometer un delito, si los diputados de partidos diferentes al suyo o los manifestantes de su cuerda. Ahora llega este chulo chavista, este indigente moral, este engañabobos, y se atreve a señalar con el dedo como criminales en potencia a los parlamentarios que no comparten su credo.

Por favor, ¿quién es el fascista?

Manifestantes de Rodea el Congreso. Nadie podría imaginarlos como potenciales delincuentes

jueves, 27 de octubre de 2016

ENCUESTA SOBRE LA TERCERA REPETICIÓN DE ELECCIONES


Pregunta: ¿Crees que se repetirán por tercera vez las elecciones?
Participantes: 29
Duración: 30 días

Respuestas: 

a) Sí. 18 votos (62% )
b) No. 13 votos (44%)

lunes, 24 de octubre de 2016

EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS




Ir al cine a ver una película que uno no ha elegido tiene sus riesgos y por eso este fin de semana he salido escaldado de El hombre de las mil caras (2016).

Yo ya había advertido a mis acompañantes de que era mucho mejor decantarnos por Los hombres libres de Jones, porque el tráiler del último trabajo de Alberto Rodríguez resultaba sospechosamente sugestivo para tratarse de la historia, un tanto coñazo, de Francisco Paesa y Luis Roldán. Les había insistido en que no era aconsejable invertir siete euros en una peli sobre un tema que a ninguno nos importaba nada y del que solo teníamos vagos recuerdos de hace más de veinte años. También dejé caer que no parecía muy buen augurio que la promoción de esta cinta se basara tan machaconamente en la coletilla “del director de La isla mínima”, como si fuera imposible venderla por sus méritos propios. Y por último, mis malas vibraciones se acentuaban por el hecho de inspirarse el guión en un trabajo periodístico del sensacionalista Manuel Cerdán. Pero como soy un demócrata acaté la decisión de la mayoría y me metí en la sala a ver El hombre de las mil caras, que, como era de esperar, no nos gustó a ninguno. 

El filme tiene dos o tres buenos momentos, pero está pésimamente planteado y es muy aburrido, y más aún si no se recuerda al detalle la odisea del ex director general de la Guardia Civil en 1994. Yo en los últimos veinte minutos estuve a punto de dormirme. A la salida todos coincidimos en que el metraje es excesivo (dos horas) y en que la trama peca de densa, tacha especialmente reprochable cuando los hechos narrados son tan simples, lo que demuestra que se ha recargado el guión para dotarlo de una complejidad artificial y pretenciosa. 

La historia se atasca en muchos puntos, resulta poco o nada convincente y transmite francamente mal los pormenores sobre las operaciones financieras efectuadas por Paesa para salvar los famosos 1.500 millones de pesetas. Alberto Rodríguez, que con La isla mínima (2014) sí estuvo fino, ahora es incapaz de mantener el interés, aunque ya digo que él no tiene toda la culpa, pues no es posible sacar acción y emoción de donde no las hay, por mucha banda sonora de peli trepidante (insoportable e inoportuna, por cierto) que se incorpore para compensar las limitaciones y el estatismo del argumento.

Y encima José Coronado, que interpreta al trasunto de Jesús Guimerá, está fatal, como fatal ha estado en sus últimos trabajos más conocidos (El niño o la serie El Príncipe). Una pena, porque a mí Coronado siempre me ha gustado.