martes, 30 de diciembre de 2014

EL ESTORNINO


En mitad de esta ola de frío que ha roto en la Meseta, su rápido silbido en dos tiempos, que recuerda el disparo de una pistola láser en una peli de space opera, ameniza nuestras mañanas desde las antenas y los aleros de los tejados. Aunque abunda en nuestra ciudad, es más bien pájaro de pueblo; los estorninos se congregan en grandes bandos, arracimados en los tendidos eléctricos, sobre las tierras de labor, en las pequeñas localidades de toda Castilla.

Mal llamado tordo por los castellanos, se confunde habitualmente con el mirlo por su plumaje negro y su tamaño, algo menor que una paloma. Pero no tienen nada que ver: el estornino no vive en los jardines,  tiene la cola mucho más corta, camina en vez de saltar, encorvado y no erguido, y sus largas plumas alrededor del cuello le dan un aspecto despelujado que en nada recuerda al precioso plumaje compacto de los mirlos. Además el sturnus tiene el pico amarillo en la época estival y oscuro en los meses fríos.

Es insectívoro en primavera y verano, y vegetariano en invierno. Otra de sus características más destacables es su capacidad para imitar la voz de casi cualquier pájaro. A mí me ha llegado a engañar emulando el relincho del pito.

En España pueden verse dos especies distintas: el estornino negro y el pinto. El primero es de un color negro reluciente y habita exclusivamente en los países mediterráneos, donde es sedentario durante todo el año. En cambio, el estornino pinto, que es el que vemos estos días posado en las chimeneas, tiene el pecho salpicado de motas claras, aunque a lo lejos no se distinguen bien. Está distribuido por toda Europa y Asia, e incluso ha sido introducido en América. Es un ave muy abundante que solo viene a España a pasar el invierno. Grandes contingentes de pintos llegan a nuestras ciudades a partir de septiembre, convirtiéndose en una molesta plaga que inunda las aceras de excrementos y nos ensordece con sus chirridos. Los ayuntamientos han intentado de todo para ahuyentarlos, incluyendo grabaciones de reclamos de halcón, pero nada, ahí siguen año tras año.

Echemos hoy mismo una ojeada a la cubierta de algún alto edificio para descubrir a nuestro oscuro amigo oteando la ciudad en busca de bayas en arbustos y setos.

domingo, 28 de diciembre de 2014

OPERACIÓN B.S.O. (35): LOS SANTOS INOCENTES




Para narrar una historia tan chirriante hacía falta una melodía desgarradora y desafinada, capaz de encoger el corazón. Antón García Abril lo captó muy bien al componer el tema principal (solo hay dos) de Los santos inocentes (1984). Se trata de una pieza melancólica y desacompasada, interpretada por un pastor con un viejo rabel y arreglada con un violín de cuerdas metálicas, que provoca en los espectadores de la gran obra maestra de Mario Camus una desazón comparable a la que transmite la foto desvaída de la familia de Paco, el Bajo, el alarido casi animal de la Niña Chica, la escena del Azarías orinándose las manos “para que no me se agrieten” o la del ministro diciéndole al señorito Iván en el ojeo: “ni el perro más fino te haría el servicio que te hace este hombre, Vancito”, mientras Paco olisquea en cuclillas, entre las jaras, el rastro de una perdiz aliquebrada.

sábado, 27 de diciembre de 2014

VICIOS




Hay quien dice que todos tenemos algún vicio y que la vida sería imposible de sobrellevar sin la válvula de escape de los pequeños o grandes vicios. Alcohol, drogas, tabaco, sexo, juego, comida, compras, Internet, móvil, videoconsola, ropa, trabajo, deporte… Algunos tienen que ver con la dependencia, mayor o menor, de ciertas sustancias; otros, con la satisfacción compulsiva de necesidades fisiológicas, y los hay que pertenecen al mundo de las obsesiones.

Los vicios no deberían meterse todos en el mismo saco, pues aunque es cierto que los hay muy peligrosos y potencialmente destructivos, otros son (o parecen) más bien inocentes, como la pasión por los dulces, el café o el fútbol, aunque quizá la peligrosidad tenga un componente demasiado subjetivo y la amenaza no esté en el vicio en sí, sino en el vicioso. En efecto hay personas en las que cualquier inclinación pronto se convierte en manía y después en adicción sin solución de continuidad, mientras que otras siempre saben mantener sus frenesís a raya. Los individuos con más riesgo de volverse dependientes de cualquier cosa son aquellos con un grave déficit de fuerza de voluntad o los que atraviesan momentos bajos o depresiones.

Hay mucho que indagar sobre los vicios humanos.

¿De verdad todos tenemos vicios? Yo no lo creo. Conozco bastantes personas que no están subyugadas, ni en la más mínima medida, por ninguna de estas servidumbres. Quizá es verdad que en muchos casos se trata de gente que no necesita válvulas de escape porque no tiene de nada de lo que escapar: están muy satisfechos con su vida, pasan por pocos tragos desagradables y, sobre todo, están tan ocupados que no tienen ni media hora para expansiones superfluas. Un factor clave en relación con determinadas conductas y obsesiones es el nivel de ociosidad. Ya dice el refrán que “hombre parado, malas ideas” o que “cuando el demonio no tiene qué hacer, con el rabo espanta las moscas”, en referencia a la relación evidente entre inactividad y vicio. En la crisis que aún padecemos, los altos índices de desempleo han disparado el alcoholismo, el consumo de sustancias psicotrópicas y la promiscuidad juvenil.


 Otra cuestión interesante es la mayor propensión a enviciarse de los hombres frente a las mujeres. Hay muchos más varones alcohólicos, drogadictos o con cualquier otra dependencia grave. Incluso si hablamos de pequeñas manías, a mí me parece obvio que nosotros somos mucho más proclives que ellas. ¿Tal vez somos más infelices o más débiles? He pensado que pueda ser una cuestión cultural y que este hecho se explique por la mayor tolerancia social hacia los excesos del hombre debido al duro trabajo físico que este debía desempeñar, o, a sensu contrario, por el mayor control social al que estaban sometidas las mujeres, tanto solteras como casadas, exigiéndoseles una cota de virtud incompatible con cualquier devaneo. Es posible también que los vicios masculinos sean más ostentosos, especialmente los relacionados con la líbido, mientras que ellas hayan sido siempre más discretas o más hipócritas. Yo no lo acabo de ver claro, pero el caso es que a mi alrededor veo muchos hombres con los frenos descacharrados para unos cuantos “hobbies” y, en cambio, encuentro que la inmensa mayoría de las chicas no sufren estos desequilibrios y parecen más capaces de cumplir sus obligaciones cotidianas sin la ayuda de mecanismos de desahogo.

Pero lo que más me interesa a mí de este tema es la subjetividad que he apuntado al principio, y que no solo se traduce en que haya personas con mayor tendencia a encenagarse que otras, sino en que la sociedad no tiene la misma percepción de unos viciosos que de otros. Lo cierto es que solemos tener una actitud farisaica y egoísta hacia las adicciones humanas. Lo que en realidad nos preocupa no es que uno de nuestros semejantes comprometa su vida o su salud física o mental por culpa de su dependencia de los licores, de las drogas o de las putas, sino que su comportamiento nos perjudique a los demás. La heroína en los años setenta y ochenta del pasado siglo, por ejemplo, jamás habría pasado de ser un drama familiar íntimo para los afectados a un problema de interés nacional si los toxicómanos hubieran sido millonarios y no hubieran necesitado delinquir para obtener sus dosis. Con el sexo y el juego pasa parecido: si a un soltero sin hijos le da por putañear diariamente o fundirse todo su sueldo en el póker, endeudándose hasta lo imposible, a todos nos importa un higo. Solo saltan las alarmas cuando estas depravaciones salpican a terceros, o sea cuando hay una esposa públicamente cornuda, unos hijos con la manutención en juego o unos parientes con la herencia peligrando.


En resumen, tengo la impresión de que en nuestra sociedad los vicios solo empiezan a percibirse como negativos o peligrosos cuando la mierda puede esparcirse y pringar a terceros, lo que en la practica implica una mayor benevolencia hacia el enviciamiento de los ricos que hacia el de los pobres, ya que aquel no suele repercutir hacia el exterior, mientras que este puede derivar fácilmente en la desestructuración familiar y en la marginación, con todo lo que ello implica para la comunidad en su conjunto a nivel de gasto asistencial y peligrosidad criminal entre otras consecuencias.

martes, 23 de diciembre de 2014

¿COMIDA SOLO PARA ESPAÑOLES?


A raíz de la denuncia del comunista asturiano Gaspar Llamazares, se ha levantado cierta polémica con la iniciativa de varias organizaciones patrióticas extraparlamentarias de repartir alimentos exclusivamente a necesitados españoles. Estas campañas se han llevado a cabo en unos cuantos puntos de la geografía nacional y con diferentes modalidades, a veces con ocupación ilegal de inmuebles y bajo la denominación de “hogares sociales”.

Me he estado informando del asunto y debo admitir que me cuesta bastante posicionarme. Como católico, no me termina de quedar clara la compatibilidad de los sentimientos humanitarios que se supone que inspiran a estas asociaciones con una discriminación programada por razón de nacionalidad. Se supone que un cristiano con intención de ayudar al prójimo paliando sus necesidades materiales, debería hacerlo espontáneamente con aquellas personas de su barrio o ciudad con mayores dificultades económicas o con mayor riesgo de exclusión, y no seleccionando de manera premeditada a aquellos pobres que más le gusten o mejor le caigan en función de su origen o de la regularidad de su residencia en nuestro país. Y cuidado, que no estoy defendiendo la inmigración ilegal, sino diciendo que a mí me costaría mucho estar repartiendo bocatas o kilos de macarrones a españoles en apuros y no poder darle nada a un negro o a un peruano en la misma o peor situación que me lo pidiera. 

Pero aquí mi primer error de juicio es dar por sentado que estos voluntarios actúan guiados por el Cristianismo.


Otro fallo mío, y esta vez a favor de estas iniciativas, es que seguramente no me doy cuenta de que cada ONG está especializada en un determinado campo de acción social, de que cada una suele ayudar a un determinado sector o colectivo, o centrarse en un ámbito geográfico o funcional concreto, por simples razones de eficacia o de vocación.  Si tanto me chirría que en los “hogares sociales” solo se entreguen lentejas y embutidos a los españoles, con la de extranjeros que viven en nuestras ciudades en circunstancias dramáticas, ¿por qué no me quejo entonces de las numerosísimas entidades cuya misión es acoger, alimentar, mantener y emplear solamente a inmigrantes? Quizá porque intuyo que este colectivo presenta unos rasgos y unas necesidades específicas que demandan una atención especializada, y porque sospecho que sus penurias son cuantitativamente más graves que las de mis compatriotas, pero… ¿es esto cierto? ¿Los españoles parados que no pueden pagar su vivienda ni alimentar a sus hijos no tienen también derecho a que se cree una asociación que concentre sus esfuerzos en ayudarles a ellos y solo a ellos? ¿De verdad lo pasan peor los moros y los panchitos de Madrid que algunos madrileños de pura cepa?

Pero posiblemente el principal motivo de mis recelos hacia estos repartos selectivos de comida sea mi convencimiento de que sus promotores actúan mucho más movidos por la demagogia y el deseo de publicidad política que por un verdadero afán de auxiliar a los hambrientos, como lo demuestran sus obsesivas campañas de difusión en las redes sociales. Una caridad que tan obscenamente se cacarea a los cuatro vientos no me parece auténtica. Tengo la impresión de que estos grupos lo único que pretenden es imitar (y encima mal) al partido nacionalsocialista heleno Amanecer Dorado, ansiosos de una repercusión mediática similar a la suya. Ha sido además el suyo un altruismo sobrevenido: nadie les recuerda repartiendo arroz antes de los logros electorales de Michaloliakos...

Por otra parte, me da en la nariz que estos aprendices de filántropos no tienen ni la menor idea de cómo identificar y seleccionar a las familias desamparadas, y que se dedican a regalar comida a cualquier jeta que pase por allí y les enseñe un DNI español, porque al fin y al cabo lo único que les preocupa es salir en las fotos de Facebook y de la prensa.

En mis tiempos de la cruz y la espada, por Navidad siempre llevábamos donativos y alimentos a congregaciones religiosas asistenciales o participábamos en la operación kilo de nuestra ciudad, y nunca preguntábamos por la nacionalidad ni por el color de la piel de los beneficiarios de nuestra ayuda, ni mucho menos proclamábamos nuestra “acción heroica” en todos los medios habidos y por haber.

domingo, 21 de diciembre de 2014

ME HALLARÁ LA MUERTE (por Teutates)


Esta novela del autor vizcaíno Juan Manuel de Prada, ganador del Premio Planeta en el 97 por La tempestad, se podría catalogar, si no como una obra maestra, al menos sí, como una gran obra narrativa. Hacía tiempo que no leía una historia tan completa. La calidad literaria y estructural de este libro es espléndida. Introduce muchísimos vocablos, que aunque puedan parecer de otro tiempo, podrían perfectamente recuperarse para nuestro lenguaje actual. Además, es una novela que engancha de principio a fin, una vez que comienzas a leer, es imposible parar. 

Narra la historia de Antonio Expósito, un pilluelo madrileño de la época de la Guerra Civil, con ciertos valores y remilgos, al que la vida le va llevando poco a poco a vaciar por completo su alma. En ese tránsito, va a hacerse divisionario y va a luchar en el frente ruso en la II Guerra Mundial, va a estar preso en diversos Gulag y a su regreso a España va a usurpar la identidad de uno de sus compañeros de cautiverio, convirtiéndose en un rico estraperlista en busca de la recuperación de su alma. 

Una de las más férreas cualidades de Antonio Expósito será la de hundir la vida de todos los que le rodean, siempre por sacar beneficio en su desgraciada vida o para salvar el culo en los avatares en los que se ve implicado, que a lo largo de la novela son muchos y variopintos. 

Una narración llena de imaginación y originalidad en la que el autor consigue con mucho éxito y acierto describir, por un lado la vida en los Gulag y las maldades del régimen staliniano, por otro, el diverso trato y respeto con los que se trató a los divisionarios en función de por dónde le pegaba el aire al régimen de Franco y por último, la relajada y libertina sociedad que dentro del supuesto régimen ultraconservador de la dictadura Franquista se desarrollaba en los más bajos fondos de la época. Tampoco se olvida de hacer una sibilina referencia a la evolución de la Falange: desde la de los valores y el compromiso joseantoniana, hasta la chulesca, pelotera, prepotente y sin escrúpulos de la Dictadura del Generalísimo. 

En resumen una novela, que puede brillar con luz propia en el elenco de títulos patrios actuales. Creo que merece muy mucho la pena su lectura.

jueves, 18 de diciembre de 2014

BORDEAR LA LEY

Cualquiera que desempeñe un puesto de responsabilidad en una Administración pública y le toque interpretar y aplicar normas jurídicas a diario, sabe muy bien que existe una tendencia natural a bordear la ley. Como tantas veces he dicho, las leyes suelen ser simples productos políticos y, como tales, contienen grandilocuentes declaraciones de intenciones, garantías draconianas, rimbombantes derechos y procedimientos escrupulosísimos. El problema viene cuando los funcionarios se enfrentan a la cruda realidad, al día al día de la tramitación de expedientes sin salirse ni un ápice del ordenamiento jurídico. Esta tarea puede ser ardua y en algunos casos imposible, y más cuando concurren circunstancias especiales como la urgencia, la limitación de recursos o los criterios de oportunidad (eufemismo de “intereses electorales”), lo que sucede por lo general en aquellos niveles fronterizos entre la Administración y la política.

En la práctica suele darse un tira y afloja entre las autoridades o funcionarios obligados a cumplir un determinado objetivo político en un plazo perentorio y los titulares de los diversos órganos de fiscalización, responsables de velar por el cumplimiento estricto de las reglas procedimentales. Casi invariablemente los primeros se empeñan en defender interpretaciones más o menos forzadas de la norma que permitan agilizar el procedimiento (obviando trámites o acortando plazos) o bien una mayor discrecionalidad en la selección de contratistas, la mayoría de las veces sin otra intención que prestar un servicio más ágil y eficiente. Los segundos sudan la gota gorda para conciliar en sus informes las necesidades operativas del alto cargo de turno con el respeto escrupuloso de la legislación aplicable. A veces puede llegar a haber presiones, normalmente en forma de sutiles intentos del político y sus colaboradores inmediatos de convencer al fiscalizador de que ese artículo tan fastidioso de la Ley de Régimen Jurídico o de la de Contratos podría llevarse un poco más al límite para ganar unas semanas o adjudicar la obra a una empresa que responda. 

En esta entrada quiero recopilar con humor los diez argumentos que más se utilizan en la Administración, en las reuniones y conversaciones de este tipo, para sugerir de forma eufemística que se vulnere la normativa. Cuando un gestor público pronuncia alguna de estas frases, es aconsejable estar alerta, extremar las precauciones y mirar los papeles con lupa para dilucidar su verdadera intención, si solo intenta arrimar el ascua a su sardina ante un precepto dudoso o acaso la serpiente de la prevaricación se empieza a deslizar por el expediente.

Ahí van las temidas frases:

1.- “Interpretar los artículos al pie de la letra lo sabe hacer hasta un niño; lo difícil es saber encontrar soluciones”

2.- “Yo creo que en este punto la jurisprudencia es vacilante”.

3.- “Pues en la Dirección General de (…) lo hicieron como yo os estoy proponiendo y no pasó nada”.

4.- “En las leyes siempre pueden encontrarse soluciones a todos los problemas, pero hay que estar dispuesto a buscarlas”.

5.- “Yo solo os hago una pregunta: ¿Qué puede pasar, en el peor de los casos, si lo hacemos como yo digo?”

6.- “Lo importante no es tanto la letra de la ley como su espíritu”.

7.- “Por favor, no me seáis más papistas que el Papa”.

8.- “Manolo, ¿qué tal, majo? Oye, que me acaban de contar que en tu informe nos quieres hacer tres reparos a la resolución que te pasamos el otro día,  y ya les he dicho yo: ¿Manolo? ¡Imposible! ¡Habrá sido un mal entendido! Que Manolo es un hombre proactivo y flexible y se puede dialogar con él…

9.- “Esa es una interpretación demasiado formalista, ¿no os parece?”.

10.- “Por mí, hacedlo como queráis; yo solo os recuerdo que el Alcalde ha dicho que tiene que estar resuelto antes del jueves”. 

miércoles, 17 de diciembre de 2014

TRUE DETECTIVE


Esta miniserie me la recomendó un amigo con su mayor entusiasmo y con términos tan encomiásticos como “obra maestra”, ”maravilla”, “genialidad” y “joya”, de modo que me la descargué y me dispuse a disfrutarla con unas expectativas por todo lo alto. El primer episodio no me enganchó, la verdad, pero su fabulosa fotografía y esa atmósfera tan inquietante de comarca sureña encenagada en el Misisipi y en la superstición me incitaron a seguir adelante y tragarme los ocho capítulos. Craso error. En su conjunto me ha parecido un cargante cóctel de pretenciosidad, tedio, guión impeorable e interpretaciones tan intensas como patéticas, con un Matthew McConaughey sobreactuadísimo.

True detective, estrenada este mismo año en Canal Plus, es una serie de la HBO sobre la investigación de unos crímenes de cariz religioso por dos turbios detectives de la policía estatal de Luisiana. Anclada en los esquemas más elementales del thriller policíaco, con un hilo argumental confuso y unos desnudos íntegros y absolutamente gratuitos, esta historia de Nic Pizzolatto nos recuerda las peores muestras del cine independiente americano. La trama es lentorra (sobra más de la mitad) y nada original, los episodios se hacen eternos (una hora), no hay casi acción, los continuos flashbacks hacen perder el hilo, los diálogos son enrevesados y muy difíciles de seguir, no hay ni un solo giro que sorprenda en todo el guión, el final deja indiferente (a quien lo entienda) y, por si fuera poco, los agentes protagonistas son más raros que un perro verde, hablan todo el tiempo en tono cansino y pseudofilosófico, y se pasan la serie bebiendo y follando sin venir a cuento.

Al amigo que me ha hecho tan nefasta sugerencia, corriendo voy a tomarle en serio otro día cuando me hable de cine. Me dijo el muy truhán que McConaughey estaba sublime y para mí que nunca debería haber dejado sus papeles de niño mono en comedias comerciales y pelis de acción. Ni siquiera me convenció del todo en su breve aparición, como bróker pajillero, en El lobo de Wall Street (2013).

True detective amenaza con más temporadas. Menos mal que en cada una la historia y los personajes son distintos.

domingo, 14 de diciembre de 2014

NI PARA FINOS NI PARA BASTOS


“A su hermana, la Régula, le contrariaba la actitud del Azarías, y le regañaba y él, entonces, regresaba a la Jara, donde el señorito, que a su hermana, la Régula, le contrariaba la actitud del Azarías porque ella aspiraba a que los muchachos se ilustrasen, cosa que a su hermano, se le antojaba un error, que, luego no te sirven ni para finos ni para bastos, pontificaba con su tono de voz brumoso, levemente nasal (…)

(...) y él marchaba al otro cortijo, donde su hermana, y ella, la Régula, nada más abrirle el portón, ¿qué se te ha perdido aquí, si puede saberse?, y Azarías, ¿y los muchachos? , y ella, ae, en la escuela están, ¿dónde quieres que anden?, y él, el Azarías, mostraba un momento la punta de la lengua, gruesa y rosada, volvía a esconderla, la paladeaba un rato y decía al fin, el mal es para ti, luego no te van a servir ni para finos ni para bastos, y la Régula, ae, ¿te pedí yo opinión? (...)"

  (“Los santos inocentes”. Miguel Delibes, 1981)


Con muchísimos jóvenes de ahora sucede lo que pontificaba el Azarías con su voz de tonto: estudian un grado y cuando tienen el título bajo el brazo no nos sirven ni para finos ni para bastos. Para finos no, porque, dado el número anual de licenciados, la mayoría jamás va a poder ejercer su titulación y ni siquiera trabajar de algo remotamente relacionado con “lo suyo”. Pero para bastos, menos, ya que los universitarios suelen resistirse como gato panza arriba a arremangarse y faenar en labores “subalternas”. Se creen que su titulín les confiere una especie de estatus aristocrático incompatible con doblar el lomo y se pasan la vida mareando la perdiz en el mercado laboral para terminar no haciendo nada útil. Los que pueden permitírselo gracias a sus familias, claro.

La forma de concebir la Universidad, especialmente el acceso a la misma y la relación entre formación académica y expectativas profesionales, ha hecho un daño inconmensurable a la sociedad española, al generar una amplia masa de jovencitos que se creen que saben algo y, peor aún, se consideran investidos del sagrado derecho a trabajar en un puestazo en una oficina. 

La "mentalidad universitaria" ha inhabilitado para cualquier ocupación, ha inutilizado completamente a millones de jóvenes, que están en la misma tesitura que los sobrinos del Azarías si hubieran ido a la escuela: no querrían volver a limpiar las pocilgas, pero en su entorno y con sus limitaciones sociales tampoco nadie los habría contratado para sentarse detrás de un escritorio. 

Y luego encima nos quejamos de los inmigrantes, que vienen a ocuparse de las tareas y a desempeñar los oficios que los españolitos graduados no quieren ver ni de lejos. 



Más sobre este tema en La pluma viperina:

- Mandangas vocacionales 
- Algo falla 
- Estadísticas que nunca veremos

jueves, 11 de diciembre de 2014

LA CALIGRAFÍA A DEBATE

Nos quitaron la Enciclopedia Álvarez y ahora los Cuadernos Rubio... ¡Esto es el fin de la civilización occidental!

A principios de este mes los medios de comunicación de todo el mundo se hacían eco de la decisión del Gobierno de Finlandia de suprimir, a partir de 2016, la enseñanza de la escritura manual en la educación primaria, sustituyendo la caligrafía por la mecanografía a través de teclado. La noticia ha provocado un verdadero terremoto entre los profesionales de la enseñanza en España, que se han enzarzado en un debate sin desperdicio. A los pocos días, sin embargo, algunos periódicos recogían los “matices” del Instituto Nacional de Educación Finlandés, que ha dejado bien claro que la información ha sido manipulada y que en ningún momento se ha planeado prescindir de la práctica caligráfica, sino solamente de la “escritura seguida”. Es decir, que a los niños se les enseñará a escribir con lápiz, pero solo en letra de imprenta, y se potenciará sobre todo el uso de tablets y ordenadores.

Con independencia de lo que haga al final este país nórdico, no cabe duda de que el tema reviste un enorme interés para la sociedad de todo el planeta, en especial para las nuevas generaciones. Reconozco que al enterarme de la versión inicial de la noticia, mi primera reacción fue despotricar contra esos “vikingos del norte de romanización y cristianización tardía”, pero al poco tiempo, dándole vueltas, me di cuenta de que la decisión del ejecutivo finlandés tiene mucha más miga de la que parece, pues no en vano cada vez manuscribimos menos y en pocos años lo más probable es que desaparezca incluso el soporte papel. Ya invité una vez a los lectores de La pluma viperina a preguntarse cuántas palabras escribían de su puño y letra a la semana; yo, desde luego, pocas, muy pocas, y cada vez menos, debido a mi uso cotidiano del ordenador, Internet, correo electrónico y smartphone.

Intento, desde que me enteré de esta curiosa noticia, discurrir argumentos a favor de mantener la caligrafía tradicional, y la verdad es que no se me ocurren demasiados, y algunos de ellos admito que solo responden a la más pura nostalgia o a un romanticismo bobalicón. Pensaba por ejemplo lo triste que sería, si nos cepillamos la escritura a mano, que los chavales no pudieran escribir “tonto el que lo lea” en los cristales empañados del autobús, poner su nombre en la arena de la playa o inmortalizar sus primeros amores, con una navajita, en la corteza de un chopo. Aunque se siguiera enseñando la caligrafía con letras de molde, separadas y sin rabito, no sería igual de entrañable.



También se me han ocurrido otras razones más pragmáticas. Por ejemplo, ¿cómo nos comunicaríamos por escrito en una hipotética situación de emergencia en la que no pudiéramos disponer, al menos temporalmente, de dispositivos tecnológicos? Aunque este tipo de trances extraordinarios en los que tuviéramos que redactar mensajes con un lápiz o con un palo con la punta quemada parecen más propios de un filme del género apocalíptico, yo sí considero que saber escribir sin ayuda de instrumentos complejos que puedan sufrir averías o dependan de una fuente de alimentación, es una habilidad humana nada desdeñable que nos puede sacar de más de un apuro. En contra de mi razonamiento hay quien esgrime que una habilidad que casi nunca se practica acaba atrofiándose y volviéndose inútil en caso de necesidad. No hay más que fijarse en la letra de un anciano de ochenta años que aprendió a escribir en la escuela pero que jamás ha practicado en su vida.

Otra posible defensa de la caligrafía es que escribiendo con papel y bolígrafo los tiernos infantes potencian su destreza manual y su desarrollo cognitivo, lo cual ha sido rebatido por algunos pedagogos muy modernos, que señalan que hay otras formas más idóneas de adquirir estas pericias, como el dibujo o las manualidades. Lo que yo sí tengo muy claro, tras mi larga experiencia como estudiante y opositor, es que escribiendo las ideas y conceptos a mano se quedan mucho mejor grabados en la memoria que leyéndolos o incluso tecleándolos en el PC.

En pocos años los finlandeses no van a entender ni papa los textos como este

Se me va agotando la batería argumental y pido el auxilio de los lectores. En su momento pensé que suprimir la caligrafía alegando la existencia de teclados sería como no enseñar a los críos a sumar, restar, multiplicar y dividir con la excusa de que para eso ya existen las calculadoras. Pero siendo honrado debo aceptar que no es lo mismo, pues el aprendizaje de las operaciones aritméticas básicas favorece el desarrollo intelectual, la inteligencia conceptual y el conocimiento del medio de una manera muy específica y totalmente imprescindible para la vida futura del niño, mientras que desterrar los Cuadernillos Rubio y los lapiceros no equivale a anular el aprendizaje de las habilidades lingüísticas, sino a alcanzarlo por otras vías más acordes con nuestro actual entorno socio-tecnológico.

Para terminar, daré una razón que a mí me parece importante. Si se finiquita la enseñanza de la “letra seguida” (la caligrafía cursiva, como se le llama técnicamente), los alumnos quedarán incapacitados para leer un manuscrito y ello repercutirá de manera negativa en la comunicación intergeneracional y en el acceso a las fuentes del conocimiento. Imagino que los futuros historiadores y documentalistas tendrían que hacer un curso monográfico para aprender cómo se escribían sin ordenador las letras “a”, "b", “r” y “f”, y cómo se unían los caracteres entre sí con los trazos de una pluma.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

DINERO Y LIBERTAD


Quienes me conocen saben que el vil metal apenas me motiva. Educado en la austeridad y de gustos más bien sencillos, necesito muy poco para vivir y para disfrutar. No miento cuando afirmo que en toda mi vida no he tomado una sola decisión pensando directamente en la pasta. Ni siquiera me sé la cifra de mi sueldo, ni podría decir cuánto tengo ahorrado en el banco. Muchas veces contemplo el dinero con aprensión, con el mismo desprecio con que lo haría un asceta, en la seguridad de que a la larga solo envenena las relaciones humanas, avivando las envidias, la explotación y el lacayismo.

Pero no debo de ser tan asceta cuando hay dos cosas que sí valoro, y mucho, del parné. Una es que teniéndolo, se goza de una agradable sensación de confianza y de seguridad material. Por muy parco que se sea, tener siempre la cartera abultada relaja mucho y le permite a uno planificar tranquilamente su futuro y el de su familia. Y lo segundo, aunque suene muy triste, es que en nuestra sociedad solo se puede ser libre con los bolsillos llenos, y cuanto más llenos, más libre. Solo puede gozarse de una auténtica libertad individual con la cuenta saneada. Me refiero a la libertad para trabajar en lo que nos gusta, o mejor dicho para no trabajar en lo que no nos gusta; para emanciparnos, casarnos o tener hijos cuándo y cómo queramos; para viajar y movernos por donde nos apetezca; para opinar (impunemente) lo que nos dé la gana delante de quien sea; para mandar al infierno a los indeseables que nos incordian; para ayudar como nos gustaría a nuestra gente; para no aguantar chorradas… Incluso he llegado a pensar que solo los ricos pueden plantearse vivir conforme a sus creencias y valores.


Más sobre el mismo tema en La pluma viperina: Dinero y virtud

lunes, 8 de diciembre de 2014

LA DOSIS PERFECTA




En el trato con muchos de nuestros familiares y amigos nos pasa lo que decía Paracelso de las drogas: que la diferencia entre una medicina y un veneno solo está en la dosis. Hay personas a las que tenemos un gran cariño, que nos parecen agradables, bondadosas y hasta divertidas, pero siempre que nuestro contacto con ellas se limite a un determinado número de horas o de días al año. Si nos pasamos de la dosis estipulada, que por supuesto varía en función del ser querido, la situación se invierte y el pariente o amigo que nos parecía entrañable durante las dos visitas o tres cafés que compartíamos con él al año puede transformarse en un ser cansino, indiscreto, maleducado o maniático si nos toca tratarle, por ejemplo, durante todo un fin de semana. Esta es una regla de oro que suele olvidarse más de lo debido.

Muchos de los que merecen nuestra simpatía y afecto son como fármacos benefactores que, sin embargo, vienen acompañados de un prospecto que no nos leemos casi nunca para comprobar las contraindicaciones en caso de sobreingesta, cuando el secreto del éxito en nuestra relación con ellos reside precisamente en su administración moderada. 

A mí me pasa con algunos familiares o amiguetes, a los que poco a poco voy midiendo la dosificación y así da gusto. Los hay que me resultan encantadores cuando me paro a saludarlos por la calle o me tomo con ellos una caña que me deja en los labios la espuma de un buen sabor de boca, pero no saldría jamás con ellos de noche, porque no los trago cuando llevan tres gintonics. Los hay que me arrancan la sonrisa en las cuatro visitas domingueras que intercambiamos al año, pero veinticuatro horas seguidas de convivencia en un contexto menos convencional (de visita todos somos fantásticos) me harían el mismo efecto que la penicilina adulterada y me consumiría una fiebre de decepción. Los hay que los disfruto en una comida, de ciento en viento, pero si el almuerzo fuera semanal, acabaríamos malamente. Los hay chisposos y cautivadores en la cafetería de la oficina, pero Dios me libre de tener con ellos una disputa profesional, pues entonces conocería bien de cerca sus fauces de lobo. Los hay que solo están ahí para las risas y los buenos ratos, para la jarana, el deporte o las aficiones, pero nunca les leería ni una línea de mi vida, ni ellos a mí (gracias a Dios). Los hay que solo sirven para arrancarme risotadas a través del teléfono o del whatsapp, pero en vivo y en directo nunca alcanzarían ni a rozar mi alma. 

Todos me aportan algo en esa receta que yo me autoprescribo con lo mejor de cada uno, en esa inyección medida al milímetro, y tantas veces subcutánea, que me preparo con sus componentes más valiosos, pero lo cierto es que en cada uno ellos no veo sino una simple pieza del puzzle completo que yo necesito encontrar en los ojos de alguien para atreverme a subir un poco más la dosis.

jueves, 4 de diciembre de 2014

JIMMY ERA ESCORIA


El tal Jimmy palmó el domingo tras ser apaleado y arrojado al Manzanares en el transcurso de una pelea entre los ultras de su equipo, el Deportivo de la Coruña, y los del Atleti. Los elementos más radicales de ambas peñas futboleras, que habían quedado ex profeso para canearse, provocaron graves disturbios que se han saldado con la detención de más de veinte personas, aparte de la muerte de este hooligan de 43 tacos, un drogata asqueroso, un camello con antecedentes policiales por robo y maltrato, arrestado varias veces en otras peleas entre gamberros vinculados al fútbol.

He leído que la facción de los Riazor Blues a la que pertenecía es de extrema izquierda, mientras que los ultras del Frente Atlético que se lo han cargado simpatizan con el nazismo. Yo creo más bien que a la hora de enjuiciar el comportamiento de todos estos tarados, las ideas son lo de menos. Suponiendo que esta gentuza tenga una inteligencia superior a la indispensable para no mearse encima y sea capaz de sostener alguna opinión política, su adscripción a uno u otro bando ideológico me parece totalmente coyuntural e incluso aleatoria. Esta ralea carece de los mínimos conocimientos y de la mínima inquietud para identificarse con ningún ideal y simplemente utiliza la política como coartada para dar rienda suelta a sus instintos animales de violencia. Si Stalin o Hitler levantaran la cabeza, los mandarían al Gulag o a un campo de concentración, porque no son más que basura que no aporta nada a la comunidad.

Yo no me alegro de la muerte de Jimmy, pero tampoco la lamento. Al igual que al resto de la sociedad española, no me da ni frío ni calor. El que la sigue la consigue, y la trayectoria de este sujeto presagiaba un desenlace como el que finalmente se ha producido, y que no juzgo bueno ni malo, sino lógico. Encima no estamos hablando de un chavalín en la edad del pavo, sino de un “hombre” ya talludito y con familia (que no sabrá dónde meterse) que debería haber ordenado mejor sus prioridades vitales. Por otra parte, digo yo que la desaparición física de un parásito y un delincuente que se dedicaba a pasar droga a los jóvenes nunca puede ser perjudicial para la sociedad. Para mí que no merece ni el minuto de silencio que le han dedicado en el Riazor. 

Jimmy, descansa en paz (nosotros, desde luego).

martes, 2 de diciembre de 2014

GUERRA FRÍA

Cuando en un grupo cualquiera del que formes parte (familia, amigos, equipo de trabajo) detectes que cada vez es más difícil llegar a acuerdos incluso en los temas más triviales, ten la seguridad de que las personas de ese grupo no se tienen ningún cariño y seguramente ni siquiera el mínimo respeto. También pregúntate por qué a pesar de todo siguen en contacto, visitándose, saliendo de copas o trabajando juntos. La respuesta casi siempre te dejará muy triste. 

Hay relaciones humanas que están rotas o podridas por dentro pero por interés mutuo, costumbre u obligación, necesitan mantenerse en pie e incluso mostrarse bien lustrosas. Sin embargo, hay un primer indicio (indisimulable) de la putrefacción interna: la falta de fluidez en la toma conjunta de las decisiones más sencillas. Cuando nadie cede ni en lo insignificante, es que en ese grupo se cuece el odio y hay una guerra fría subyacente, llegue o no a desatarse el conflicto.

domingo, 30 de noviembre de 2014

OPERACIÓN B.S.O. (34): ZULÚ





Una banda sonora sobresaliente, aunque poco conocida, es la de Zulú (1964), la gran cinta bélica de Cy Endfield sobre la defensa de la misión de Rorke´s Drift por un puñado de 140 soldados británicos frente a 4.000 guerreros indígenas en plena guerra anglo-zulú (1879). Esta película inglesa, que suele confundirse con Amanecer zulú (1979), cuenta con las escenas de combate cuerpo a cuerpo más imponentes de la historia del género y con el acicate musical de un John Barry en plenitud de facultades. Ahí va el tema principal para los que no lo conozcan.

viernes, 28 de noviembre de 2014

DESRADICALICEMOS


Ser corrupto no consiste solo en tener caja B en el partido, lucrarse a base de comisiones y prevaricar en la política urbanística. También es corrupción chanchullear el programa electoral incluyendo medidas impactantes a sabiendas de que jamás se implementarán y, sobre todo, cambiar descaradamente de ideas y de estrategia según convenga para pillar cacho en la tarta del poder.

Podemos presentó ayer en Madrid su documento “definitivo” de propuestas económicas, en el que renuncia sin sonrojo a los puntos más emblemáticos y electoralistas del programa que le valió cinco eurodiputados la pasada primavera. Iniciativas como la jubilación a los 60, el impago de la deuda, la “renta universal” y el abandono del euro han sido fuertemente suavizadas o borradas sin más en un intento de trazar “un diagnóstico realista” y desradicalizar el mensaje. La cosa es no cabrear demasiado a la banca ni asustar a la gente de orden que se está pensando muy en serio votarles.

Si ya en estas fases tan preliminares, Pablo Iglesias no tiene reparos en dar giros a la derecha y bajarse los gayumbos hasta los tobillos, es fácil imaginar hasta dónde llegaría para no perder una mayoría en el Congreso.

jueves, 27 de noviembre de 2014

CERRAR UN BLOG

En los años que llevo con La pluma viperina he visto clausurar cientos de blogs, normalmente a los pocos meses de su apertura. Existen varios motivos (no muchos) por los que alguien embarcado en el proyecto de publicar sus reflexiones de forma periódica decide abandonar de repente. El más típico es que el bloguero se da cuenta de que su bitácora no la lee nadie y se siente absurdo (no me extraña) compartiendo sus reflexiones con la pared. Pero existen otras dos causas muy frecuentes: que el autor no tenga nada que contar y que carezca de pericia redactando.

Hay bloggers que descubren que cuando se sientan a escribir una entrada no se les ocurre ningún tema y por lo tanto acaban frustrándose. Aquí el primer error es confiar en la inspiración; un blog mínimamente constante debe tener unos contenidos planificados de antemano. El segundo fallo es pretender mantener un ciber diario cuando no se tiene ninguna idea que expresar, ninguna vivencia que compartir y ninguna reflexión que hacer. Esta situación es frecuentísima y lo peor no es cuando desemboca en el cierre de la página, sino en el continuo enlace y copiapega de contenidos ajenos. Esta es la mayor aberración en la que puede incurrir un bloguero. Si no tienes ideas propias, usa Facebook, que es el sucedáneo para tontos de un blog.

La otra causa de “liquidación” a la que me refería es que el autor no sepa redactar ágilmente. Es muy habitual y se nota a la legua. Lo normal es que una persona con una mínima formación y gusto por la lectura pueda componer correctamente un texto de extensión media, pero existen abismales diferencias de destreza entre unos individuos y otros. Por ejemplo, para escribir, corregir, ilustrar y publicar un post de la misma extensión y nivel de profundidad que este que estás leyendo hay quien necesita diez minutos y quien necesita dos horas. Casi cualquiera podría pergeñar un texto formalmente correcto, pero muchos necesitan pensar demasiado las frases, dar vueltas a la forma de expresar los conceptos y hacer múltiples retoques. Así, al final, lo que nació como un mero pasatiempo se convierte para algunos en una incómoda carga, por precisar mucho tiempo a la semana para mantener la bitácora actualizada, mientras que a quienes redactamos muy rápido nos basta cualquier ratillo muerto para sacar un post. El efecto “redactor lento” se agrava si las entradas requieren cierto nivel de profundidad o de investigación previa. Quien no está acostumbrado a escribir a diario puede tardar días en cerrar un artículo serio y documentado, a diferencia de las plumas ligeras, que en una hora pueden dejar listo un reportaje de tres páginas con datos, enlaces y fotos.

Terrible lacra para un weblog es tener un autor poco ducho, y el síntoma más evidente es la caída en picado de la frecuencia y la complejidad de sus textos en los períodos en que está más ocupado.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

BREAKING BAD


Walter White y su otro yo "Heisenberg", con todos los accesorios

El otro día me di cuenta del enorme impacto sociológico que ha tenido la serie televisiva americana Breaking bad (2008-2013) cuando me encontré, en el escaparate de una tienda de coleccionismo de Madrid, con varios muñecos articulados y camisetas del personaje Walter White. No me extrañó nada porque esta creación de Vince Gilligan, que se emitió en España en Canal Plus y en Yomvi, me parece tan original y apasionante que considero imposible no quedar un poco marcado por ella. Personalmente jamás he visto nada parecido, ni en el cine ni en televisión, a esta serie de cinco temporadas y 62 episodios, a caballo entre el drama y la comedia negra, sobre el proceso de corrupción de un convencional padre de familia de Albuquerque (Nuevo México) que aprovecha sus conocimientos de química para adentrarse en el negocio de las drogas sintéticas. La historia es brillante, sorprendente y truculenta a más no poder; cuenta con unas interpretaciones inolvidables y ha ganado numerosos premios, entre ellos el Emmy a la mejor serie dramática.

Walter White es un profesor de química de instituto muy pringado con un hijo minusválido y no pocos problemas económicos. Diagnosticado de un cáncer terminal de pulmón y obsesionado por el futuro de su familia, decide asociarse con el veinteañero drogadicto Jesse Pinkman, ex alumno suyo y con menos entendederas que un insecto, para “cocinar” y distribuir juntos una receta muy pura de metanfetamina con los cristales de un llamativo color azul. Al entrar en contacto con la violencia y la sordidez del mundo del narcotráfico, ambos experimentan una compleja evolución personal que altera su percepción de la realidad y sus valores morales. White se ve obligado además a llevar una doble vida para no despertar recelos en su entorno y especialmente en su cuñado, agente de la Drug Enforcement Administration (DEA).

Jesse Pickman es muy tonto pero posee unos sólidos valores 

Se me ocurren multitud de consideraciones sobre una de las pocas series que me ha dejado sobrecogido y con la boca abierta al final de cada capítulo. 

Una de ellas, por supuesto, es en qué medida todos albergamos el mal en nuestro interior, en estado latente, y bastan las circunstancias adecuadas para que salga a la luz. También cabría preguntarse si la maldad humana es una realidad objetiva o deben siempre contrastarse los hechos, por muy reprobables que sean, con la rectitud de las intenciones. Y en esta misma línea, la gran pregunta que flota en el aire tras disfrutar de Breaking bad es si todo vale cuando se trata de proteger a nuestros seres queridos, cuando actuamos guiados por nuestro amor hacia ellos.

Un amigo me suele decir que él tiene una “vena muy siciliana” en cuestiones familiares, o sea que estaría dispuesto a incurrir en chanchullos e injusticias para ayudar o defender a sus hijos. Desde luego es humano preferir el sufrimiento de terceros al de las personas de nuestro círculo íntimo, pero no parece muy ético provocar nosotros mismos ese mal ajeno salvo en situaciones de extrema necesidad o legítima defensa, que entiendo que no concurren en el caso de “Heisenberg”, al menos en un principio.

Otro tipo de reflexiones irían más enfocadas al tema de la avaricia. ¿Existe algún tope en nuestras ambiciones económicas o siempre estaremos insatisfechos y querremos más, más y más, sea cual sea la cantidad ganada? También he pensado mucho viendo la serie en lo absurdamente compulsivos que podemos llegar a ser los seres humanos con el dinero, como por ejemplo el protagonista cuando se empeña en seguir acumulando pasta a pesar de que, por mucho que derrochara, no agotaría la que ya tiene “ni en diez vidas”, y encima no puede permitirse ningún lujo para que no le pille la DEA.

Lo que más me gusta de Breaking bad es su guión impredecible y plagado de sorpresas, que te mantiene entre desconcertado y angustiado hasta el final. El desenlace de la trama es deslumbrante, digno de esta magnum opus de la televisión estadounidense.

lunes, 24 de noviembre de 2014

LIBERALES


Era una tertulia radiofónica de derechas donde se criticaba, con grandes aspavientos, el programa económico de Podemos. Dos grandilocuentes economistas parecían al borde de la apoplejía advirtiendo de las nefastas consecuencias que tendría la puesta en práctica de los postulados que a mí más me gustan de la formación liderada por Pablo Iglesias. La injusticia, el aumento de la evasión fiscal, la restricción de libertades, la huida de capitales o el empobrecimiento del país eran, según estos señores, los fantasmas que nos asolarían si Iglesias, Errejón y Monedero sacaran adelante su proyecto intervencionista, redistributivo y nacionalizador. En mitad del debate, uno de los neocapitalistas aseguró, quedándose tan ancho: “Yo siempre he dicho que si soy liberal es para que los pobres puedan hacerse ricos, no para que los ricos se hagan más ricos”.

Comentarios de este jaez, que hieren mi estómago y azuzan mi agresividad más básica, merecerían una respuesta penal o, en su defecto, la acción de la apisonadora del pueblo encrespado y ahíto de paridas. Frases como esta son cuchillos de insulto, burlas crueles que atenazan la garganta de los humildes, únicos paganos de esta crisis desencadenada por usureros bancarios y por liberales porcinos como su autor.

Ya es duro que unos ideales se apoyen en el deseo de que alguien "se haga rico”, pero peor es el pitorreo. El liberalismo económico se fundamenta en unas relaciones fuertemente competitivas dentro de un escenario de absoluta desigualdad, en el que resulta técnicamente imposible que los débiles lleguen a jugar en la misma división que los millonarios de cuna. Por otra parte, como los recursos son limitados, la existencia de famélicos solo se explica por el hecho de que una pequeña minoría acumula la mayor parte de la renta y del patrimonio, algo que el modelo liberal no está dispuesto a enmendar. Por eso, en una economía capitalista los pobres jamás se forrarán, más que nada porque si todo el mundo fuera rico ello implicaría, por puras razones aritméticas, que los ricos de toda la vida perderían muchísimo dinero, algo que los liberales no van a consentir.

Esa cantinela yanqui del “país de las oportunidades” solo puede hacerme sonreír en el mejor de los casos. La presunta movilidad social ilimitada en los entornos libremercantilistas es solo una ilusión cultural auspiciada por la propaganda. La única oportunidad de las familias más necesitadas para mejorar sus expectativas sería al amparo de un régimen político que impulsara activamente medidas solidarias, fiscalizara las relaciones laborales, domesticara los mercados y enfocara la fiscalidad a la corrección de desigualdades. Yo dudo que todo esto vayan a hacerlo los de Podemos, quienes, por el contrario, si alcanzaran la más mínima cuota de poder, provocarían una fractura social sin precedentes y los efectos más nocivos imaginables para la integridad de nuestra Patria. ¡Y la culpa sería de los liberales!

viernes, 21 de noviembre de 2014

LA FAMILIA DE VALLADOLID

Es cierto que el llamado conflicto vasco no tiene demasiada gracia, pero reconozco que hacía un montón que no me reía tanto como con los sketches de “la familia de Valladolid” del programa de la ETB2 Euskadi Movie (antes, Vaya semanita), del guionista Borja Cobeaga (Ocho apellidos vascos). Descubrí ayer los vídeos y os prometo que llegaron a dolerme los abdominales de las carcajadas que me eché.

Las escenas, inspiradas en un violento episodio acaecido en 2012 en una boda en San Sebastián, nos muestran varios eventos familiares de un matrimonio vasco (bautizo, comunión, funeral) en los que se juntan sus parientes batasunos de Hernani con sus tíos peperos de Valladolid. El contraste es demasiado intenso y la convivencia imposible, por lo que no tardan en aflorar unas pullas ingeniosísimas que siempre desembocan en una ensalada de mamporros al más puro estilo de Mortadelo y Filemón.

Por supuesto que todas estas parodias están plagadas de tópicos, pero en mi opinión destilan una aguda e inteligente crítica tanto al entorno abertzale como a los derechones vascófobos y catalanófobos tan típicos en mi querida ciudad natal.

Describir las situaciones es imposible, así que no me resisto a poner unos cuantos ejemplos. Pueden verse todos los vídeos en esta página.






miércoles, 19 de noviembre de 2014

LIBROS DE CABALLERÍAS


“Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura, para comprar libros de caballerías en que leer; y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva: porque la claridad de su prosa, y aquellas intrincadas razones suyas, le parecían de perlas; y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafío, donde en muchas partes hallaba escrito: la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura, y también cuando leía: los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas y semejantes razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. (…)

En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.”


Me ha parecido genial el comentario que me ha hecho un buen amigo este fin de semana. Me ha dicho que mi gran problema es que he leído demasiados libros de caballerías. Mi amigo, siempre brillante en sus metáforas, no es que me esté llamando loco; solo insinúa que mi particular percepción de mundo, mis frecuentes conflictos morales y mis dificultades de adaptación a la sociedad que me ha tocado vivir se explican, en gran medida, por el proceso de ideologización que “sufrí” en mi juventud y por la ingesta incontrolada de libelos doctrinales, hagiografías apasionadas, discursos de adoctrinamiento e historiografía ultraparcial.

Yo solo quiero hacer un matiz a esta cariñosa crítica, y es que, diga lo que diga Don Miguel de Cervantes, yo no termino de tener claro si el ingenioso hidalgo se volvió loco por devorar las historias de Amadís de Gaula, el caballero del Febo el troyano o Palmerín de Inglaterra, o, al revés, su pasión desmedida por este tipo de lecturas se explica por su demencia. ¿Qué es antes, el huevo o la gallina? Igual que tampoco estoy seguro de si la gente llega a determinados estados de exaltación tras enfrascarse en textos revolucionarios o es que más bien son los ya exaltados quienes buscan esa literatura. Es difícil saber si se llega al descontento, a la obsesión o a la inadaptación tras la lectura de libros “radicales” o resulta que son los disgustados o los "descentrados" los únicos que se interesan por ellos.

martes, 18 de noviembre de 2014

ESCUPIR

Coinciden varios amigos que han estado en China en que los chinorris son unos cerdos y en que una de sus puercas costumbres es escupir continuamente en la vía pública.

Ir lanzando escupitajos siempre me ha parecido una de las bajezas más repugnantes, pero hay que reconocer que este comportamiento tiene ciertas connotaciones culturales, como lo demuestra el hecho de que hasta no hace tantos años había escupideras en los espacios públicos de casi todos los países de Occidente. Hoy por lo que parece solo está bien visto gargajear en ciertas regiones de Asia, empezando por la nación de la Gran Muralla, donde ponen salivaderas hasta en los mítines.

De todas formas no es tan raro encontrarse en España con algunas personas que no se cortan un pelo en expectorar ostentosamente en plena calle, pero estaremos de acuerdo en que semejante marranada parece exclusiva de sujetos de aire patibulario, macarras agitanados, chulos de putas, vejetes cutres, bacalatas de pueblo y arrastrados de toda condición.

Pocas cosas podrían predisponerme más en contra de alguien que verle esputar con desparpajo en mi presencia. El acto en sí no puede ser más bajuno, pero lo más horrible es que casi siempre va precedido de una sonora contracción de la garganta que, de solo oírla, se me da la vuelta al estómago. El disparo del gapo suele ejecutarse además con un ademán chulesco, ladeando el rostro, y no siempre con la puntería deseada ni guardando una distancia de seguridad con los demás viandantes. Si encima tienes la desgracia de ver el flemón chocar contra la acera, pues lo dicho, se te quitan las ganas de comer hasta el día siguiente.

Yo me pregunto si de verdad es una necesidad fisiológica tan inaplazable liberarse de un gargajo y más por este procedimiento. Por supuesto que en ocasiones, estando constipado por ejemplo, yo he padecido -digámoslo finamente- incómodas mucosidades en la faringe que me apetecía aligerar, pero nunca me ha supuesto ningún problema tragármelas o, en los casos, más extremos, usar de forma discreta un pañuelo de papel, y dispensen los detalles. Debe de ser que los chinos o algunos occidentales están todo el día griposos o padecen neumonía, porque si no no se explica esa ansia por descargar los esputos.


Más sobre China en La pluma viperina

domingo, 16 de noviembre de 2014

BAJO CIELOS INMENSOS



El periodista Alfred Bertram Guthrie, natural de Indiana y descendiente de pioneros, ganó el premio Pulitzer por su novela The way west (1950), nunca traducida al español, pero su asiento de honor en la historia de la literatura se lo debe a The big sky (Bajo cielos inmensos, 1947). Ambas obras fueron llevadas a la gran pantalla con los títulos Camino de Oregón (1967) y Río de sangre (1952) respectivamente.

Bajo cielos inmensos narra en tono épico y nostálgico las aventuras de Boone Caudill, un adolescente rebelde que huye de su casa en Kentucky y se enrola en la tripulación de una barcaza que remonta el río Missouri para comerciar con los indios Pies Negros. Con los años, Boone se convierte en un aguerrido trampero, en un mountain man que no quiere volver a saber nada de la civilización ni relacionarse con nadie aparte de la tribu india que lo acoge.

Estamos ante un emocionante relato de aventuras, pero el libro va mucho más allá y nos deleita con poéticas descripciones de los parajes del oeste, desde las praderas inmensas hasta las Rocosas, y de la naturaleza virgen de aquellas latitudes en la década de 1830. Se nota además que el autor era aficionado a las aves por la multitud de especies que menciona; es una pena que el traductor se haga un lío y sitúe en América especies estrictamente europeas.

Bajo cielos inmensos tiene también un valor antropológico: a lo largo de sus quinientas páginas, nos ilustra sobre las costumbres de las diferentes tribus de amerindios del noroeste, y sobre la incidencia en sus vidas de la llegada del hombre blanco. Normalmente se nos ha mostrado a los pieles rojas como indígenas belicosos en defensa de su "nación", pero Guthrie nos revela la otra cara de la moneda, la de unos salvajes anclados en el Neolítico pero fascinados por las mercancías de los colonos (en especial por el whisky), que no dudaron en cambiar sus hábitos, plantar sus campamentos cerca de los fuertes y prostituir a sus mujeres sin ningún escrúpulo a cambio de alcohol, pólvora, ropa o tabaco.

Por último la novela plantea, más o menos de refilón, cuestiones de gran interés, como la legitimidad de la Doctrina del Destino Manifiesto, los convencionalismos de la sociedad civilizada, el concepto de libertad personal y los peligros del individualismo.

Todo un himno a un territorio salvaje del que ya no queda nada ni rastro y al valor de unos hombres que lo dejaron todo solo por ver un horizonte distinto.

“Sobre sus cabezas había más cielo que el que un hombre podría imaginar, una cúpula profunda, lejana y vacía, a excepción tal vez de un halcón o un águila navegando por las alturas”.