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viernes, 18 de marzo de 2016

LA DIGNIDAD DE LAS RUMANAS (GITANAS)



Los medios de comunicación llevan tres días dándonos una intensa brasa con los sucesos que tuvieron lugar el martes en la Plaza Mayor de Madrid durante la visita de los hinchas holandeses del PSV Eindhoven, que jugaba contra el Atleti en los octavos de final de la Liga de Campeones. Es imposible a estas alturas no conocer los hechos, pues nos va a estallar la cabeza con tanta noticia, reportaje y mensaje de repulsa con los que nos han bombardeado incesantemente como si se tratara de un atentado terrorista o de una catástrofe natural de gran envergadura. Resulta que antes del partido varios jóvenes seguidores del PSV, imagino que ebrios, bromearon con unas gitanas de origen rumano que se encontraban pidiendo limosna en la Plaza. Les lanzaron monedas desde la terraza de un bar en vez de dárselas en mano, les pidieron que interpretaran bailes típicos de su tierra y que hicieran flexiones, prendieron fuego a un billete de cinco euros para ver quién lo apagaba antes, y, en fin, unas cuantas gamberradas más que pueden verse en el vídeo del final del post.

Todas las ONG´s de ayuda al inmigrante, las asociaciones feministas, los colectivos sociales, los partidos políticos y el Secretariado Gitano, encabezados, como no podía ser menos, por la alcaldesa comunista Manuela Carmena, han repudiado estas “vejaciones racistas” y las han denunciado ante la Fiscalía de Delitos de Odio, que ya ha abierto las oportunas diligencias. También se ha exigido una explicación al embajador holandés, que se ha apresurado a pedir disculpas (como para no), y al propio club de fútbol implicado, que, por lo visto, piensa meter un buen paquete a los bromistas.

A mí también me desagrada mucho lo sucedido, que, por cierto, no me sorprende en absoluto teniendo en cuenta que los neerlandeses son unos auténticos salvajes con un sentido de la moralidad más que difuso, como lo demuestran su experiencia colonial en Sudáfrica y su actual legislación en materia de eutanasia, drogas y prostitución. Basta un mínimo de humanidad para saber que solo a un malnacido se le ocurre pitorrearse de una persona que está mendigando en la vía pública.

Pero al margen de los reproches que sin duda merecen los futboleros de Eindhoven, a mí lo que me ha sorprendido de todo este fenómeno mediático es la repentina preocupación de políticos y medios informativos por la dignidad humana en general y la de los indigentes en particular. La verdad es que se me ocurren infinitos ejemplos de dignidad pisoteada bastante más sangrantes que las gansadas de los holandeses en la Plaza Mayor y no recuerdo que nuestros mandatarios ni sus periodistas en nómina hayan protestado nunca con tamaña energía.

Las mafias controlan la mendicidad en Madrid
No voy a caer en la tentación demagógica, o quizás no tan demagógica, de pormenorizar las situaciones de esclavismo que sufren millones de trabajadores españoles por culpa de la última reforma laboral de PP, y que aún no he visto censuradas en ningún reportaje o programa especial de las grandes cabeceras y cadenas de radio y televisión. Puede que la tragedia de que nuestra juventud carezca de oportunidades, tenga el futuro fundido a negro o, en el mejor de los casos, se deslome a trabajar por cuatro perras no se perciba por la prensa como una humillación suficientemente escandalosa, pero es que, ya que estamos hablando de inmigrantes, tampoco me he encontrado nunca, ni en primera ni en última plana, ni en prime time ni a las doce de la noche, ningún artículo ni documental arremetiendo con tanto brío contra las mafias de la mendicidad que funcionan impunemente en Madrid y en todas nuestras grandes ciudades ante la vergonzosa pasividad de las autoridades políticas y policiales. Baste decir que el 90% de los 50.000 gitanos rumanos que pordiosean en España son manejados y sangrados por organizaciones criminales que nadie se molesta en desmantelar. Pero, claro, no sé si los alcaldes y los concejales de turno consideran esta realidad lo bastante degradante como para azuzar al embajador rumano o montar un pollo en los periódicos con lágrimas de cocodrilo incluidas. Y es más: cuando algún ayuntamiento, como el de mi ciudad, ha intentado atajar este problema implantando severas medidas de control de la mendicación, los progres han montado en cólera acusándole de fascista.

Clama al cielo que quienes no han dicho nunca ni pío sobre los extorsionadores profesionales que en pleno centro de Madrid explotan, amenazan y denigran todos los días a miles de inmigrantes de todas las nacionalidades, se pongan ahora hechos unos basiliscos porque cuatro niñatos holandeses lancen al suelo unas monedas para que las recojan unas "pintorescas" calés.

Hay muchas más indignidades que no se critican en la tele ni sofocan demasiado al personal. La prostitución es una de ellas y lo seguirá siendo por muchos años mientras la clase política continúe mirando hacia otro lado en vez de coger el toro por los cuernos y plantar cara a uno de los peores dramas de la Humanidad, causa del más escalofriante tráfico de seres humanos. Pero está visto que cuando un viejo verde asqueroso mete un billete en público en el escote de una stripper mulata, a nadie le parece vejatorio, pero si un hooligan promete una limosna a una gitana a cambio de un baile inocente, casi acaba interviniendo el Tribunal de Estrasburgo.

Y aunque habrá quien me ponga a escurrir, a mí también me revienta no ver a nadie desvelado por la imagen absolutamente indigna de la ciudad de Madrid y de toda España que estamos dando a los visitantes y turistas permitiendo a cuadrillas enteras de rumanas ilegales, llenas de mugre y vestidas como en siglo XVI, acosar sin descanso a los viandantes. Cuando esta chusma nos roba la cartera en el metro o se hacina en un piso de nuestra propiedad llenándolo de excrementos y de basura hasta el techo nadie organiza una campaña de prensa defendiendo nuestra dignidad humana.


sábado, 7 de noviembre de 2015

EUFEMISMOS POLÍTICOS



Los eufemismos me parecen una de las muestras más deliciosas del ingenio humano. Merecerían un detenido análisis los motivos por los que, al utilizar el lenguaje, esquivamos ciertos conceptos, los sustituimos por otros más sutiles u oblicuos, o directamente los camuflamos hasta hacerlos irreconocibles.

En el mundo de la política es más rica que en ningún otro ámbito la paleta de colores eufemísticos. En el fondo todo el mundo sabe que expresiones como economía de mercado, democracia popular, centro, democracia cristiana, unidad popular, reconciliación nacional, identitarismo y sostenibilidad equivalen, respectiva y literalmente, a ultraliberalismo, dictadura comunista, arribismo político, mafia, terrorismo, venganza, nacionalismo anti-inmigrante y ecologismo de cagarruta y megáfono.

Esta semana he visto otro ejemplo que me ha parecido de lo más ocurrente. Leyendo una noticia sobre los planes de fusión de tres organizaciones patrióticas extraparlamentarias, me encuentro con la genialidad de que estos pequeños partidos se autodefinen como defensores de “la filosofía del Humanismo Cristiano Europeo”, así, con mayúsculas. Atención a la perla porque no tiene desperdicio.

¿Cómo debemos traducir exactamente la frase “Humanismo Cristiano Europeo” cuando la utilizan este tipo de grupos? Es bien simple. Decir “Humanismo Cristiano” es una manera bastante burda de eludir la comprometida etiqueta de “cristianos” o “católicos”, lo que nos indica que estos señores son unos anticlericales rabiosos que ni siquiera creen en Dios, pero que reivindican el “cristianismo cultural” como tradición y seña de identidad española y, sobre todo, que son muy antimoros y muy antisemitas. Por su parte, el adjetivo “Europeo” en su boca debe interpretarse textualmente como “nazi” o, en el mejor de los casos, como un guiño descarado al Frente Nacional de Marine Le Pen.

¿Ven qué fácil? Si es que estas sutilezas idiomáticas son la bomba. A veces son tan elementales que el eufemismo resulta todavía más corrosivo que la palabra maldita que se intenta evitar.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

¡UNA ESPAÑA FUERTE Y UNIDA!


El españolismo del líder afroamericano emocionó a nuestro monarca


En el encuentro, ayer, entre S.M. Don Felipe y el Presidente de Estados Unidos, este declaró solemnemente: “Estamos profundamente comprometidos a mantener la relación con una España fuerte y unida”, en fina alusión a las elecciones catalanas de la semana que viene.

Grande y unida. Casi lloro de la emoción. ¡Ni José Antonio Primo de Rivera!

Estas declaraciones se enmarcan en la intensa campaña de Rajoy para recabar apoyos internacionales a la unidad española frente al dislate separatista. En un sentido similar, aunque en tono más aséptico, se pronunciaba a principios de mes la canciller alemana Ángela Merkel: “Los tratados de la UE garantizan la soberanía y la integridad territorial de cada estado" (…) “Es muy importante que se respete la legalidad internacional”.

A uno le entran tentaciones de agradecer a los dos grandes mandatarios sus hermosos gestos a favor de la incolumidad de nuestro territorio, pero igual habría que preguntarse hasta qué punto son sinceras y desinteresadas sus rimbombantes declaraciones, máxime cuando ninguno de ellos tiene la más mínima noción (ni interés en adquirirla) sobre la trayectoria histórica de los condados catalanes y de la Corona de Aragón, y además se trata de un asunto de estricta política interna.

No puede obviarse que nuestras importaciones procedentes de los Estados Unidos han repuntado en los últimos tres años y que las inversiones españolas en compañías gringas han experimentado un reciente y extraordinario crecimiento que se espera que continúe. La súper potencia norteamericana es también la primera inversora extracomunitaria en nuestro maltrecho país, con el 13% del total.

En definitiva, sería pecar de ingenuos (por emplear un término neutro y biensonante) suponer que las encendidas palabras del negrito Barack nos van a salir gratis. Mi intuición me advierte que no son más que la contraprestación al gobierno español por algún acuerdo comercial especialmente suculento para el Tío Sam.

Y Alemania, parecido.

Tengamos muy clarito que si la región de Cataluña se acabara segregando de España -Dios no lo quiera y los buenos españoles no lo permitan- , los yanquis y los germanos no tendrían el menor empacho en reconocer el nuevo estado catalán independiente. Todo dependería una vez más de cómo les salieran las cuentas.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

REFUGIADOS MARICONES

La mayoría de los refugiados son varones en edad militar que buscan librarse de empuñar un fusil

Me quería explayar sobre el espinoso tema de los refugiados sirios y sobre la cuota que le va a tocar a la súper solidaria España, pero casi mejor otro día. Hoy me limitaré a lanzar una breve y capciosísima pregunta.

Desde que ha comenzado el flujo masivo de ciudadanos sirios hacia los países de la Unión Europea (bueno, en realidad hacia Alemania), los medios de comunicación nos han recalcado que se trata de pobres civiles que huyen del avance de las milicias yihadistas del Estado Islámico.

Pero el cuadro no es exactamente como nos lo pintan. Uno de los principales motivos por el que decenas de miles de familias sirias están huyendo de su país es eludir el reclutamiento forzoso de varones en edad militar, que, por cierto,  representan, a pesar de las imágenes de la tele, casi dos tercios del grueso de los autoexiliados. Si se quedaran en Siria, estos "hombres" podrían ser reclutados tanto por el gobierno legítimo de Bashar al-Asad como por el Ejército Libre Sirio u otras unidades de apoyo a los rebeldes, incluido el propio Estado Islámico.

La pregunta es bien sencilla: ¿Por qué tiene Occidente que sacar las castañas del fuego (acoger exiliados, bombardear las posiciones de ISIS) a un país cuyos jóvenes no tienen el valor, la dignidad y la decencia de luchar por el futuro de su patria? ¿Por qué tiene que mojarse, arriesgarse y gastar un euro la Unión Europea si los varones sirios mayores de edad eluden implicarse en el conflicto y huyen como mariconas del alistamiento? 

¿Por qué estos mierdas no se quedan en su tierra y se enrolan en la Fuerza de Defensa Nacional, en Hezbolá o donde les salga de los cojones para plantar cara a la barbarie integrista por la que tanto lloriquean, en vez de correr como las niñas cuando ven un ratón?

Y todavía digo más: ¿Por qué los refugiados contrarios al gobierno sirio (que los hay y muchos) no se atreven a unirse a las filas rebeldes para luchar por la Siria que sueñan y prefieren apuntarse a la sopa boba de Europa y esperar a que sean los americanos, Reino Unido o Francia los que desalojen al supuesto tirano?

Unos varazos de avellano les daba yo para que se dieran la vuelta y corrieran a cumplir sus deberes con su patria.

viernes, 17 de julio de 2015

LOS MÉTODOS DE LA TROIKA

Tsipras captó rápidamente el significado de la segunda oferta

Una de las formas de amenazar de la vieja mafia siciliana consistía en ir rebajando la oferta inicial en las negociaciones cuando la parte contraria se negaba a aceptar la “propuesta” planteada. En la Sicilia de principios del siglo XX se practicaba mucho esta técnica cuando el mafioso local pretendía comprar la finca de un campesino. Por ejemplo, empezaba ofreciendo al propietario un  millón de liras por el terreno, pero si este se negaba a vender, le hacía una segunda oferta de 800.000 liras. El aldeano comprendía rápidamente que no quedaba otra que aceptar la transacción so pena de aparecer muerto a los dos días en un naranjal.

En la novela y en la película de El Padrino se describe este curioso modus operandi en el relato que Michael le hace a su novia sobre la historia de Johny Fontane:

“Don Corleone se encargó personalmente de las negociaciones. Ofreció a Les Halley veinte mil dólares para que anulara el contrato que Johnny Fontane tenía con él. Cuando Halley ofreció quedarse sólo el cincuenta por ciento de las ganancias de Johnny, Don Corleone estuvo a punto de echarse a reír y bajó su oferta de veinte mil a diez mil. El director de orquesta, que evidentemente no conocía otro mundo que el de las variedades, confundió completamente el significado de la segunda oferta. No quiso aceptarla.

Al día siguiente, Don Corleone fue a ver de nuevo a Les Halley, esta vez con sus dos mejores amigos: Genco Abbandando, su ´consigliere`, y Luca Brasi. Sin ningún otro testigo, Don Corleone persuadió al director de orquesta de la conveniencia de firmar un documento por el que renunciaba a todos sus derechos en relación con Johnny Fontane, contra pago de un cheque garantizado por valor de diez mil dólares. Don Corleone convenció a Halley poniéndole una pistola en la frente y asegurándole que, al cabo de un minuto justo, en el documento estaría estampada su firma, o bien sus sesos.”

La semana pasada hemos vivido un episodio de la política internacional que me ha recordado mucho a este "arreglo" entre Don Vito y el pobre Les Halley. Me refiero a las negociaciones del gobierno de Alexis Tsipras con la Troika europea. Las condiciones iniciales de rescate que Merkel y Hollande propusieron a Tsipras, y que fueron rechazadas en referéndum por el pueblo griego, se endurecieron sensiblemente en la siguiente conversación y a SYRIZA no le quedó otro remedio que comérselas con patatas.

Solo hay tres cosas claras en todo este asunto: el plebiscito griego ha sido una tomadura de pelo, Tsipras es un pésimo negociador y la Troika gusta de los métodos sicilianos para alcanzar “acuerdos”.

jueves, 21 de mayo de 2015

"ME HE TENIDO QUE IR"

  


Últimamente ponen mucho en la tele un emotivo anuncio de Marcilla en el que una chica hace café para ella y para su madre mientras se preparan para una vídeoconferencia con su hermano, que ha emigrado a Reino Unido. El spot comienza con una frase que me llama mucho la atención: “Un año ya desde que mi hermano tuvo que irse a trabajar fuera”.

Esta manera tan intencionada de referirse a la decisión del muchacho de irse a trabajar a Inglaterra me parece muy ilustrativa por lo bien que simboliza la actitud de los emigrantes españoles y sus familias desde que comenzó la crisis. Seguro que en los últimos años todos hemos conocido a varios jóvenes que han buscado y encontrado trabajo allende nuestras fronteras, y nos hemos fijado en cómo casi ninguno de ellos admite haberse marchado por su propia voluntad; prácticamente todos justifican su salida de España con frases muy similares a la del anuncio de Marcilla: “me he tenido que buscar la vida fuera”, “he tenido que largarme”. En el caso de sus familias, podríamos quitar el “casi”, pues esta actitud se agudiza hasta el extremo. Jamás una mamá, un hermano pequeño o una novia admitirían, ni bajo tortura, que el chaval se ha ido a currar a Mánchester o a Berlín porque le ha dado la gana, incluso aunque así lo haya manifestado (que tampoco es frecuente) el propio interesado.

Cuidado, porque no estoy insinuando que todos los españoles que emigran lo hagan por gusto, nada más lejos de mi intención. Lo único que digo es que aquellos que toman esta determinación sin necesidad y simplemente porque les apetece o les interesa (que no son pocos) no suelen mostrarse sinceros al hablar del tema, y dejan caer casi siempre, de un modo u otro, que la recesión económica les ha forzado a hacer las maletas y a abandonar, sintiéndolo mucho, su amado país. Otras veces las explicaciones que nos dan los emigrantes denotan una fuerte agresividad contra las políticas económicas del gobierno o la idiosincrasia de nuestra nación. “En esta España de mierda no te puedes quedar”, “aquí nunca habrá trabajo con la clase política que tenemos” y la tan socorrida “este es un país de pandereta” son las consignas predilectas de algunos de los “aventureros” que agarran el petate y se van a trabajar para una economía extranjera.

La pregunta es por qué motivo un joven español que opta libremente por asentarse, por ejemplo, en otro estado de la Unión Europea para desarrollar mejor su carrera profesional, ganar un salario mucho más alto que en Madrid o perfeccionar un idioma, se suele sentir obligado a inventarse una versión melodramática de su decisión para su familia y amistades.

Y la respuesta es más que obvia. Por un lado, la sociedad en general acepta mucho mejor que una persona nacida y formada en España emigre a los extranjeros impelida por razones de grave necesidad a que lo haga solo para obtener una retribución más sustanciosa o un alto nivel de vida, y no digamos si es por una inclinación personal hacia otros países o culturas. En el fondo, aunque sea de una manera subconsciente, al pueblo español no dejan de darle grima, por traidores, muchos de los descastados que salen en Españoles por el mundo presumiendo de sueldazo y de casoplón desde Dubai mientras juran frívolamente echar de menos la tortilla de patatas. Por otra parte, los “exiliados” saben, porque así se lo dicta su conciencia, que alejarse miles de kilómetros, sin una buena razón, de su familia, de sus seres queridos y del entorno que les ha visto nacer y crecer, es propio de renegados y de desagradecidos. 

Por eso es tan habitual maquillar las verdaderas motivaciones de estos periplos, que a veces son de ida pero no de vuelta.

Es verdad que resulta muy difícil valorar la sinceridad real de los afectados, pero hay veces en que el cinismo asoma descaradamente. Yo conozco gente que ha emigrado muy a su pesar porque así se lo ha exigido su empresa o porque les habría costado un riñón encontrar en España una salida digna dentro de su sector profesional. Estas personas me han demostrado su valentía, su capacidad de sacrificio y su talante emprendedor a la hora de mejorar su vida y la de los suyos. Pero también conozco casos bien distintos, y me refiero a gente que teniendo ocupación en España, o al menos alternativas reales de encontrarla, ha preferido probar en Alemania engolosinada por una nómina de 3.000 euros o por una cultura o un modelo de sociedad que le gusta más que el nuestro. Y nos pongamos como nos pongamos, esta última actitud tiene numerosas implicaciones éticas, y no solo la carencia del más elemental patriotismo (por mucho que este valor esté de capa caída), sino otras relacionadas con la pasta que se han gastado nuestras Administraciones en la formación de estos desertores o con las repercusiones que en un futuro podría tener para España el retorno de todos ellos dispuestos a darnos leccioncitas.

Sea como sea, tampoco voy a enjuiciar (demasiado) las razones de cada cual. Lo único que me atrevo a pedir es que la gente sea franca de una puñetera vez y si se pira a trabajar fuera porque quiere no trate de vendernos que aquí poco menos se moría de hambre.

jueves, 14 de mayo de 2015

DEUDAS HISTÓRICAS

Piedra de Rosetta, en el British Museum

Una de las visitas que más he disfrutado en esta semana londinense ha sido la del British, probablemente el museo con las más valiosas colecciones arqueológicas y artísticas del mundo, con piezas como la Piedra de Rosetta, los mármoles del Partenon, el Ajedrez de Lewis, la Vasija de Portland, momias egipcias, bajorrelieves asirios y otros muchos tesoros de todas las civilizaciones del planeta desde varios milenos antes de Cristo.

Es bien conocida la vieja polémica sobre los métodos empleados por los británicos a lo largo de la historia para apropiarse de  muchos de estos símbolos emblemáticos de la cultura humana, y sobre la conveniencia de que sean devueltos a los países en cuyos territorios fueron hallados en su día. La controversia se ha avivado en los últimos cinco años debido a la política alemana de devolución parcial de las obras de arte de las que se incautó el Tercer Reich por media Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Sobre este último tema se ha rodado además, hace un año, una repulsiva americanada protagonizada por George Clooney cuyo único objetivo parece ser la deformación histórica en beneficio del Tío Sam.

Divagaciones cinematográficas aparte, debo admitir que mi postura acerca de estas cuestiones ha evolucionado recientemente. De toda la vida yo solía predicar con no poco ardor que los ingleses eran unos vulgares ladrones que habían practicado el pillaje por todos los rincones del mundo y que lo que procedía era vaciar inmediatamente sus museos, empezando por el Británico de Londres, y reintegrar las colecciones a sus países de origen, principalmente Egipto. Pero a raíz de la lectura de varios artículos especializados, no todos firmados por ingleses, me he dado cuenta de que en este problema concurren factores demasiado complejos y que es imprescindible una reflexión mucho más sosegada y mucho menos anglófoba que la mía para posicionarse correctamente.

Debo empezar aclarando que por muy etnocéntrica que parezca mi afirmación, no todas las naciones han sido ni son igual de importantes, ni han contribuido del mismo modo al progreso del género humano ni a la configuración de nuestro legado cultural. Qué duda cabe de que Inglaterra, un pueblo poco y mal romanizado, jamás se ha contado entre las naciones más civilizadas del orbe y que podríamos describir su experiencia colonial como un combinado explosivo de piratería, racismo, genocidio, puritanismo hortera y biblias manipuladas, pero al fin y al cabo tampoco podemos negar a los anglosajones sus méritos en el proceso de construcción de Europa, en la propagación del mensaje de Cristo por las regiones más recónditas de la Tierra y en el avance tecnológico a nivel internacional. A ello hay que añadir, mal que nos pese, que Reino Unido es en la actualidad una superpotencia, un estado moderno y pujante, con millones de visitantes extranjeros anuales y con todos los recursos técnicos y científicos a su disposición, mientras que la mayoría de las áreas geográficas que fueron “expoliadas” por el imperio inglés se encuentran administradas por salvajes, analfabetos o islamistas radicales. 

Por todo ello considero bastante lógico que muchos de los restos arqueológicos y obras de arte que los hijos de la Gran Bretaña sacaron de sus colonias para llevar a la metrópoli y que constituyen las claves para interpretar el gran periplo de la Humanidad estén en el British Museum y no en una choza de ladrillo y madera en una aldea subsahariana perdida de Dios. Comprendo que es preferible que la Piedra de Rosetta o unas momias de hace seis mil años estén custodiadas por los ingleses a que se encargue de su conservación la República Árabe de Egipto, que, sin ánimo de ofender, no me inspira la menor confianza, pues mañana mismo podría caer en manos de los energúmenos del Estado Islámico y ser pasto de las llamas, en cuestión de minutos, estos baluartes irrepetibles de la Historia Universal. Casi prefiero que Inglaterra siga gestionando, con mayor o menor legitimidad, estos objetos que encarnan las gestas de nuestros antepasados y nos ayudan a entender quiénes somos y de dónde venimos, a que se devuelvan a Siria, a la India, a Sudán, a Birmania, a Tanzania, a Nigeria o a Irán, donde vete tú a saber cómo los tratarían y qué tipo de acceso facilitarían al público extranjero. 

Reino Unido está en el epicentro cultural del planeta y todo el mundo visita Londres varias veces en su vida. Es un estado absolutamente concienciado con la universalidad de las obras que expone. Los grandes museos ingleses son de acceso gratuito. El país cuenta con los mejores especialistas y arqueólogos, que a su vez colaboran con los de otros países. Dispone de las mejores y más caras técnicas de conservación y gasta millones de libras anuales en investigaciones relacionadas con el patrimonio cultural. ¿Pueden ofrecer esto todos los países (muchos en vías de desarrollo) que pretenden exigir a Londres el reintegro de sus tesoros robados? Evidentemente, no. Por no entrar ya en otras cuestiones de legitimidad histórica en las que no me apetece enfangarme, pero, aparte de que la regla no escrita de todas las guerras es que el botín es para el vencedor, deberíamos tener en cuenta que cuando el Imperio británico colonizó estas zonas de la cuenca del Nilo o de Asia Central, en algunas de ellas no había países, ni estados, ni nada que se le pareciera, sino simples poblados de negritos u otros indígenas bramando “unga-unga” y matándose todo el día con los del pueblecito de un kilómetro más allá, en muchos casos sin ninguna conciencia identitaria y por supuesto sin conocimiento alguno de los restos históricos que escondían “sus” tierras. Así que no queda claro en nombre de qué o de quién piden ahora algunas “naciones” que les sean devueltas ciertas antigüedades.

Vamos,  que no me extraña nada que las reclamaciones en este sentido que ahora puedan formular, por ejemplo, Sudán del Sur o Uganda se las pasen los ingleses por la patilla. Dirán que a lo mejor son los sudaneses o los ugandeses los que tienen una deuda pendiente con Europa por haberles enseñado a santiguarse y a dejar de comerse a la gente.

domingo, 10 de mayo de 2015

RELEYENDO "EL PADRINO" (30): LA MAFIA SICILIANA


Mafiosos sicilianos en 1971


He leído mucho sobre la Mafia siciliana y pienso que Mario Puzo, pese a no ser historiador, es uno de los autores que mejor ha explicado los orígenes, historia, razón de ser y funcionamiento de esta compleja sociedad criminal. El libro donde mejor nos ilustra sobre estas cuestiones es, sin duda, El siciliano (1984), una especie de biografía novelada del romántico bandido Salvatore Giuliano (1922-1950), en la que curiosamente aparecen, como personajes secundarios, Michael Corleone y Peter Clemenza.  Pero también en El Padrino, concretamente en la sexta parte, dedicada  al exilio de Michael en Sicilia, podemos encontrar unos párrafos donde se resume a la perfección en qué consistía realmente la Onorata Società. Imprescindible su lectura para entender bien el fenómeno.


“Vestido con ropas sencillas y gorra, Michael había sido trasladado desde el barco anclado en Palermo hasta el interior de la isla, concretamente a una provincia controlada por la Mafia, donde el "capomafia" local debía un gran favor a su padre. En la provincia estaba la localidad de Corleone, cuyo nombre había tomado el Don al emigrar a América. Pero ya no vivía ninguno de los parientes del Don; las mujeres habían muerto a edades muy avanzadas, mientras que los hombres, o habían sido víctimas de "vendette" o habían emigrado a Estados Unidos, Brasil o a alguna provincia del norte de Italia. Más tarde, Michael sabría que el porcentaje de crímenes de la pequeña localidad era más alto que el de cualquier otro lugar del mundo.

Michael fue instalado, en calidad de invitado, en casa de un tío soltero del "capomafia". El hombre, que tenía más de setenta años, era el médico del distrito. El capo contaba cerca de sesenta años y se llamaba Don Tommasino.

Actuaba como "gabellotto" de las extensas propiedades de una de las más nobles familias sicilianas. (El "gabellotto" era una especie de controlador de las propiedades de los ricos, que se cuidaba también de que los pobres no reclamaran las tierras que no eran cultivadas ni presentaran problemas a los dueños de los latifundios. En resumen, un mafioso que por dinero protegía a los ricos de los pobres, sin importar de parte de quién estuviera la razón. Cuando algún pobre campesino trataba de hacer valer la ley que le permitía comprar tierras no cultivadas, era él quien lo amenazaba con hacerle pegar una paliza o con la muerte. Así de sencillo.) 

Don Tommasino controlaba también las aguas de riego de la zona, y se encargaba de torpedear todos los proyectos de construcción de presas. Éstas hubieran arruinado el lucrativo negocio de vender el agua de los pozos artesianos que controlaba, pues al abaratarse su precio, aquel negocio que ya llevaba cientos de años se habría ido a pique. No obstante, Don Tommasino era un mafioso anticuado, que nunca se hubiera dedicado al tráfico de drogas o a la prostitución. En esto, Don Tommasino chocaba con la nueva generación de jefes de la Mafia de ciudades como Palermo, los cuales, bajo la influencia de los gángsteres norteamericanos deportados a Italia, no tenían tales escrúpulos.

El jefe de la Mafia era un hombre corpulento y majestuoso al que todos temían (...)”

domingo, 15 de marzo de 2015

HACER EL AMOR



Dicen que la expresión “hacer el amor” (“faire l’amour”) surgió en Francia a principios del siglo XIX como eufemismo de relación sexual en las novelas románticas, y que muy pronto se popularizó en toda Europa, sobre todo en la Inglaterra victoriana (“to make love”), donde era inconcebible la separación conceptual entre afectividad y sexualidad. En poco tiempo la frasecita llegó a ser una muletilla recurrente en la literatura, en el teatro y, poco después, en el cine de los países anglosajones, por lo socorrida que resultaba para eludir ciertos verbos y sustantivos demasiado sórdidos para la época.  

España fue una excepción hasta los años 70 del pasado siglo, ya que hasta entonces “hacer el amor” significaba en nuestro idioma algo bien distinto a mantener relaciones íntimas; equivalía sin más a cortejar a una mujer, a galantearla y enamorarla caballerosamente. Era una forma bonita de referirse al galanteo, más descriptiva y literal que la variante europea y mucho menos timorata. Para lo otro, la lengua castellana era -y sigue siendo- rica en vocablos más o menos salaces, entre ellos "yacer", que utilizábamos con la mayor soltura. 

Pero ya digo que más o menos en los tiempos de la Transición el cine yanqui nos empezó a pegar esa forma remilgada de definir un buen colchonazo, ya fuera con la parienta o con una señorita con la que no nos unieran mayores compromisos. Recuerdo que en mi niñez y en mi adolescencia esta frase tan repipi se utilizaba continuamente y, lo que es peor, con toda seriedad, en la vida cotidiana por influencia de los medios audiovisuales. Aunque es cierto que eran las mujeres quienes más tiraban de ella, también nos toca a los varones entonar el mea culpa de haber incurrido en semejante cursilada cuando en aquella época queríamos parecer educados rehuyendo el rotundo y castellanísimo verbo "follar". ¡Pero si hasta la canción más famosa de Los Inhumanos se titulaba Qué difícil es hacer el amor en un Simca 1000! ¿Alguien se imagina ahora a un grupo musical empleando esta fórmula eufemística? 

En efecto, los tiempos han cambiado y en este tema desde luego que para bien. Afortunadamente, en materia sexual, hoy los chavales llaman al pan, pan y a al vino, vino, evitando así la estupidez de mezclar semánticamente dos conceptos tan distintos, por mucho que lo ideal es que fueran siempre unidos. Ahora en estas materias se han recuperado las raíces etimológicas más españolas, y en la calle, en el autobús o en las tertulias, sobre todo masculinas, resuenan de nuevo, sin tapujos, los clásicos de siempre, como echar un “polvo”, un “casquete” o un “caliqueño”; “tirarse” o “zumbarse” a Fulanita; “llevar a la cama”; “acostarse” (polisémico, pero evocador), o los cutres pero entrañables “ñaca-ñaca” o “pimba-pimba”. ¡Y qué decir del sudamericano y para nosotros siempre equívoco "coger"! Ellas son más ñoñonas (algunas) y todavía necesitan perderse en circunloquios o recurrir a metáforas floridas, pero cada vez menos. El lenguaje mímico también cumple una misión inestimable a la hora de abordar tan espinosas cuestiones. 

 Y, por cierto, me atrevería a asegurar que casi todas las parejas tienen sus frases o palabras clave, de uso doméstico y totalmente personalizado, para aludir al asunto…

martes, 13 de enero de 2015

CORAZONES DE ACERO


Lo he pasado en grande con la última de Brad Pitt, Corazones de acero, aunque aún me estoy preguntando por qué en la versión doblada no se ha respetado el título original (Fury, el nombre del tanque), bastante más oportuno y menos cursi. 

Con películas como esta me doy cuenta de hasta qué punto puede disfrutarse del cine. David Ayer nos marca al fuego con estas dos horas de emociones fuertes y constantes. El horror, el asco, la tensión, la ternura, la compasión y la angustia son los ingredientes de este combinado sensacional que oscila, sin decantarse, entre el género bélico y el de acción.

En las últimas semanas de la Segunda Guerra Mundial, el ejército americano invade una Alemania desesperada que ha decretado la guerra total, reclutando mujeres y niños y lanzando a sus unidades más fanatizadas contra rendicionistas y colaboradores. El casi adolescente recluta Norman, destinado hasta entonces como mecanógrafo en las oficinas del estado mayor, es asignado a la tripulación de un carro de combate Sherman que, a las órdenes del sargento Wardaddy Collier (Brad Pitt), debe adentrarse en las líneas enemigas, defendidas por tanques alemanes Tiger, muchísimo mejor blindados que los yanquis, y por los batallones más exaltados de las SS. Las profundas convicciones religiosas del muchacho le impiden tomar parte activa en los combates o ejecutar a sangre fría a los prisioneros capturados, pero pronto irá aprendiendo que en la guerra, ante al dilema de morir o matar, los contornos de la moral son difusos y a veces irreconocibles.

Estamos ante una cinta crudísima sobre la ética en la guerra y el salvajismo humano en los momentos difíciles. Su mérito es marcar ciertas distancias con el tono y los tópicos hollywoodienses habituales a la hora de abordar la conflagración que arrasó el mundo entero entre 1939 y 1945. Realmente es demasiado pedir y muy de agradecer en una película estadounidense que muestre al menos parte de la realidad de la invasión del territorio teutón por las tropas del Tío Sam, dejando entrever los fusilamientos sumarísimos y las humillaciones a la población civil, sobre todo a las mujeres, perpetradas por los supuestos paladines de la libertad. La toma del pueblo es una de las escenas más atroces y desoladoras que yo he visto en una peli de este tipo.


Con un Brad que dan ganas de levantarse a aplaudir y una recreación pavorosa del infierno que tuvieron que ser aquellas batallas, Fury se merece una más que generosa puntuación, a pesar de su final algo tramposo. También es una agradable sorpresa su banda sonora original, basada en unos coros épicos y contundentes que realzan el dramatismo de la cinta.

Por último, Corazones de acero me ha traído buenos recuerdos de mi servicio militar en Caballería, cuando estuve destinado como conductor de vehículos acorazados en maniobras me temo que un poco menos arriesgadas que las de Wardaddy y sus hombres.

viernes, 9 de enero de 2015

IDEAS SUELTAS SOBRE EL ATENTADO DE PARÍS


- El atentado musulmán contra el semanario Charlie Hebdo, que se ha cobrado al menos doce víctimas mortales, me parece una muestra repulsiva de la crueldad humana y debe ser condenado sin tapujos por cualquier persona con la mínima sensibilidad moral.

- Me pasma la hipocresía de nuestra sociedad, que abomina de este crimen brutal y exige toda clase de medidas y respuestas, pero nunca ha dado muestras de escándalo ante los miles de asesinatos de cristianos por el Estado Islámico y otros grupos en los países de Oriente Medio.

- No considero héroes dignos de admiración a los dibujantes de la revista, ni creo que hayan ejercido ninguna libertad de expresión legítima. Lejos de hacer una crítica sólida y razonada contra los fundamentos de la religión islámica, se han limitado, en la mayoría de los casos, a herir con zafiedad los sentimientos religiosos de millones de personas, burlándose gratuitamente de sus creencias, profetas y textos más sagrados. Los mahometanos no han sido el único blanco de su “humor”, que se ha cebado también en numerosas ocasiones con la Fe católica, como puede verse en esta lamentable portada sobre la Santísima Trinidad.

Como cristiano, creo que los responsables de la publicación de la portada que he enlazado son –o eran– merecedores de  un castigo proporcionado.

- En mi opinión hay razones mucho más elevadas para arriesgar la vida que dibujar viñetas pornográficas, chabacanas e innecesariamente provocativas sobre Mahoma, Alá, la Virgen María o Benedicto XVI.

- Solo una libertad de expresión muy mal entendida puede amparar una línea editorial como la de Charlie Hebdo. En Francia y en toda Europa deberían existir mecanismos penales contundentes –y no solo nominativos, en el mejor de los casos– para reprimir de forma eficaz toda conducta dirigida a mofarse, mediante la blasfemia o el sacrilegio puros y duros, de las convicciones religiosas de los ciudadanos. Si estos mecanismos existieran, podrían haberse adoptado medidas contra el semanario antes de que unos dementes se tomaran la justicia por su mano.

- A diferencia de los textos cristianos, el Corán preceptúa literalmente la ejecución de numerosos colectivos de “pecadores”, entre ellos los infieles o los renegados del Islam, y ampara la violencia contra la mujer. El islamismo en sí es bárbaro, despiadado, cruento e irrespetuoso con la dignidad humana. Los terroristas que han asaltado la sede de Charlie Hebdo no son intérpretes radicales de la palabra de Alá, sino que cumplen exactamente lo que el Corán ordena. Los llamados musulmanes moderados sencillamente no son auténticos musulmanes.

- No es ni ha sido nunca viable la convivencia en Europa entre cristianos y musulmanes consecuentes con su fe, por lo que urge tomar con la mayor urgencia posible toda clase de iniciativas para restringir al mínimo la inmigración desde estados islámicos, controlar exhaustivamente a la colonia mahometana en nuestros países y arbitrar los expedientes de expulsión necesarios ante el menor signo de inadaptación a nuestra cultura y valores.

jueves, 11 de diciembre de 2014

LA CALIGRAFÍA A DEBATE

Nos quitaron la Enciclopedia Álvarez y ahora los Cuadernos Rubio... ¡Esto es el fin de la civilización occidental!

A principios de este mes los medios de comunicación de todo el mundo se hacían eco de la decisión del Gobierno de Finlandia de suprimir, a partir de 2016, la enseñanza de la escritura manual en la educación primaria, sustituyendo la caligrafía por la mecanografía a través de teclado. La noticia ha provocado un verdadero terremoto entre los profesionales de la enseñanza en España, que se han enzarzado en un debate sin desperdicio. A los pocos días, sin embargo, algunos periódicos recogían los “matices” del Instituto Nacional de Educación Finlandés, que ha dejado bien claro que la información ha sido manipulada y que en ningún momento se ha planeado prescindir de la práctica caligráfica, sino solamente de la “escritura seguida”. Es decir, que a los niños se les enseñará a escribir con lápiz, pero solo en letra de imprenta, y se potenciará sobre todo el uso de tablets y ordenadores.

Con independencia de lo que haga al final este país nórdico, no cabe duda de que el tema reviste un enorme interés para la sociedad de todo el planeta, en especial para las nuevas generaciones. Reconozco que al enterarme de la versión inicial de la noticia, mi primera reacción fue despotricar contra esos “vikingos del norte de romanización y cristianización tardía”, pero al poco tiempo, dándole vueltas, me di cuenta de que la decisión del ejecutivo finlandés tiene mucha más miga de la que parece, pues no en vano cada vez manuscribimos menos y en pocos años lo más probable es que desaparezca incluso el soporte papel. Ya invité una vez a los lectores de La pluma viperina a preguntarse cuántas palabras escribían de su puño y letra a la semana; yo, desde luego, pocas, muy pocas, y cada vez menos, debido a mi uso cotidiano del ordenador, Internet, correo electrónico y smartphone.

Intento, desde que me enteré de esta curiosa noticia, discurrir argumentos a favor de mantener la caligrafía tradicional, y la verdad es que no se me ocurren demasiados, y algunos de ellos admito que solo responden a la más pura nostalgia o a un romanticismo bobalicón. Pensaba por ejemplo lo triste que sería, si nos cepillamos la escritura a mano, que los chavales no pudieran escribir “tonto el que lo lea” en los cristales empañados del autobús, poner su nombre en la arena de la playa o inmortalizar sus primeros amores, con una navajita, en la corteza de un chopo. Aunque se siguiera enseñando la caligrafía con letras de molde, separadas y sin rabito, no sería igual de entrañable.



También se me han ocurrido otras razones más pragmáticas. Por ejemplo, ¿cómo nos comunicaríamos por escrito en una hipotética situación de emergencia en la que no pudiéramos disponer, al menos temporalmente, de dispositivos tecnológicos? Aunque este tipo de trances extraordinarios en los que tuviéramos que redactar mensajes con un lápiz o con un palo con la punta quemada parecen más propios de un filme del género apocalíptico, yo sí considero que saber escribir sin ayuda de instrumentos complejos que puedan sufrir averías o dependan de una fuente de alimentación, es una habilidad humana nada desdeñable que nos puede sacar de más de un apuro. En contra de mi razonamiento hay quien esgrime que una habilidad que casi nunca se practica acaba atrofiándose y volviéndose inútil en caso de necesidad. No hay más que fijarse en la letra de un anciano de ochenta años que aprendió a escribir en la escuela pero que jamás ha practicado en su vida.

Otra posible defensa de la caligrafía es que escribiendo con papel y bolígrafo los tiernos infantes potencian su destreza manual y su desarrollo cognitivo, lo cual ha sido rebatido por algunos pedagogos muy modernos, que señalan que hay otras formas más idóneas de adquirir estas pericias, como el dibujo o las manualidades. Lo que yo sí tengo muy claro, tras mi larga experiencia como estudiante y opositor, es que escribiendo las ideas y conceptos a mano se quedan mucho mejor grabados en la memoria que leyéndolos o incluso tecleándolos en el PC.

En pocos años los finlandeses no van a entender ni papa los textos como este

Se me va agotando la batería argumental y pido el auxilio de los lectores. En su momento pensé que suprimir la caligrafía alegando la existencia de teclados sería como no enseñar a los críos a sumar, restar, multiplicar y dividir con la excusa de que para eso ya existen las calculadoras. Pero siendo honrado debo aceptar que no es lo mismo, pues el aprendizaje de las operaciones aritméticas básicas favorece el desarrollo intelectual, la inteligencia conceptual y el conocimiento del medio de una manera muy específica y totalmente imprescindible para la vida futura del niño, mientras que desterrar los Cuadernillos Rubio y los lapiceros no equivale a anular el aprendizaje de las habilidades lingüísticas, sino a alcanzarlo por otras vías más acordes con nuestro actual entorno socio-tecnológico.

Para terminar, daré una razón que a mí me parece importante. Si se finiquita la enseñanza de la “letra seguida” (la caligrafía cursiva, como se le llama técnicamente), los alumnos quedarán incapacitados para leer un manuscrito y ello repercutirá de manera negativa en la comunicación intergeneracional y en el acceso a las fuentes del conocimiento. Imagino que los futuros historiadores y documentalistas tendrían que hacer un curso monográfico para aprender cómo se escribían sin ordenador las letras “a”, "b", “r” y “f”, y cómo se unían los caracteres entre sí con los trazos de una pluma.

jueves, 6 de noviembre de 2014

SABER DE ECONOMÍA

Hace no mucho, charlando con unos amigos, me manifesté partidario de la salida de España de la Unión Europea, y uno de ellos, licenciado en Económicas, me dijo que defendiendo una cosa así demostraba no tener ni idea de economía. Alguna otra vez he vivido episodios parecidos con leguleyos: propugnas alguna medida política concreta y te sueltan que qué barbaridad, que eso no es viable jurídicamente y que no tienes ni pajolera de derecho. 

La verdad es que la peña tiene muy poquita imaginación.

Todos estos universitarios de manual y titulados de corsé no pasan de ser unos loritos amaestrados y con el sensor crítico averiado, cuyo mayor logro intelectual ha sido subrayar apuntes con un fluorescente y aprobar treinta asignaturas. Y a veces ni eso.

Son miopes académicos, asnos con diploma que se han limitado a rumiar la alfalfa que les echaron los catedráticos y no han asimilado todavía la lección más importante: la economía y el derecho no son fines sino simples medios. 

Las reglas, para ellos sagradas, de la “ciencia económica” tienen como consecuencia, por ejemplo, que hoy en España los veinte tíos más ricos posean la misma fortuna que los 14 millones de personas más pobres, y los chiringuitos del estilo a la Unión Europea han sido concebidos y creados para que esto sea así de por vida. Por eso las reglas del mercado deben ser expurgadas, corregidas, encauzadas y, si me apuras, violadas al asalto por cualquier gobernante mínimamente ético y mínimamente comprometido con las necesidades de su pueblo.

Yo no sé mucho de economía, no señor, pero no hace falta ir a estudiar a Salamanca para entender que las finanzas de un país pueden funcionar perfectamente al margen del euro y del tinglado europeísta. Hay estados europeos que no han suscrito tratado de adhesión y ello no les impide contar con un nivel de vida igual o superior al nuestro, sin entrar ya en cuestiones de soberanía nacional. Hay grandes expertos en economía que luchan para que su país se salga de la cueva de la Merkel y los cuarenta ladrones. Lo que pasa es que para algunos “saber de economía” no es tener conocimientos en esta materia, sino tragarse sin rechistar el actual modelo de globalización capitalista.

Con el tema del derecho, algunos están en Babia y no se les ha ocurrido fijarse que jamás en la historia una norma jurídica ha sido obstáculo para sacar adelante una iniciativa política. Incluso la más sagrada y solemne de las leyes puede y debe modificarse (e incluso incumplirse) cuando concurren intereses superiores o surgen nuevas circunstancias que así lo exigen. Constituciones, estatutos de autonomía, leyes, reales decretos y órdenes carecen de entidad propia; no son sino herramientas de la voluntad política y solo se mantendrán mientras esa voluntad los dé soporte o no cambie el signo ideológico que los amparó. Cualquier medida adoptada por quien ostenta el poder, por muy ilegal que parezca, no tardará en ser convalidada formalmente con todas las bendiciones procedimentales y letra de molde en el BOE.

En la defensa de los valores fundamentales de la nación, de los principios de justicia social, del orden público y de las pautas de convivencia, el Estado debe ser todopoderoso y no arredrarse ni ante teorías “científicas” ni ante boletines oficiales. Es él quien debe definir su propio modelo económico y su propio marco normativo saltando por encima de lo que haya que saltar.

miércoles, 23 de julio de 2014

CAMISAS POLÍTICAS

Garibaldi y sus camisas rojas

Todos los movimientos europeos de inspiración fascista surgidos en el período de entreguerras adoptaron camisas de distintos colores como elemento de disciplina y uniformidad, casi siempre imitando la ropa de trabajo de los obreros. Hagamos un breve recorrido por la amplia gama cromática con que los socialpatriotas del Viejo Continente engalanaron sus pechos antes y durante la Segunda Guerra Mundial.



Camicie rosse


La idea de uniformarse con una camisa la tomaron los primeros fascistas de los camicie rosse de Giuseppe Garibaldi. Los voluntarios en las campañas militares de unificación italiana de mediados del XIX adoptaron este atuendo en recuerdo de la camisa de carnicero que vistió el famoso aventurero socialista durante la guerra entre Uruguay y Argentina de 1838. Como eran pobres, no podían permitirse más que esta simple blusa en vez de un uniforme completo.

Ramiro Ledesma Ramos, probablemente el más genuino fascista español, llegó a decir que a él y a sus camaradas “les viene mejor la camisa roja de Garibaldi que la camisa negra de Mussolini”.



La camisa negra fascista


Los Fasci Italiani di Combattimento adoptaron una pulsera roja en la muñeca y la camisa negra, en homenaje esta última a la vestimenta tradicional de los mineros italianos.

Esta camisa fue incorporada por otros movimientos europeos de corte similar, entre ellos la Unión Británica de Fascistas del peculiar Oswald Mosley.



Camisas pardas

Con este apelativo se conocía a los miembros de la S.A. (Sturmabteilung), el primitivo servicio de seguridad del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. La elección del color, en 1918, fue puramente pragmática, ya que las partidas de esa tela salían mucho mejor de precio debido a los excedentes de la Primera Guerra Mundial, cuando era ese el uniforme de las tropas coloniales germanas.

Muy pronto los S.A. fueron apodados "los bistecs" (tostados por fuera, rojos por dentro) en alusión a su ideología social y revolucionaria.

Azul mahón

Guardia Nacional irlandesa
En octubre de 1934, en el I Congreso Nacional de Falange Española de las J.O.N.S., fue elegido jefe único José Antonio Primo de Rivera (hasta entonces mandaba un triunvirato). Según cita Carlos Arce, se pasó entonces “a determinar la prenda de uniforme. Menudeaban las discusiones, pero allí estaba Luys Santa Marina con una camisa azul de mecánico y José Antonio, con aquel ímpetu de los grandes ocasiones, forrado de cortesía, pero inapelable, dijo: —Basta ya. Puesto que me habéis elegido jefe, honradme con vuestra confianza. Va a ser ésta la primera determinación de autoridad que adopto... Precisamos un color neto, serio y proletario. He decidido que nuestra camisa sea azul mahón. Y no hay más que hablar”. 

Muy posiblemente la idea fue copiada de los camisas azuis del Movimiento Nacional-Sindicalista portugués, nacido en 1932, aunque la de estos era de un tono más claro.

El azul también fue usado por la Guardia Nacional irlandesa, cuyos blueshirts protagonizaron en los años 30 muchas peleas callejeras con los militantes del IRA.


Mocidade
Tallos verdes

La Guardia de Hierro rumana, un movimiento patriótico y confesional ortodoxo creado en 1927 por el arrojado Corneliu Codreanu, escogió el verde para simbolizar los “tallos verdes” de la juventud.

También adoptó este color la Mocidade Portuguesa, una especie de Frente de Juventudes del Estado Novo de Oliveira Salazar.


Fuera de Europa

En esta misma época, afloraron fuera de Europa organizaciones de parecida base doctrinal a las anteriores que también usaron camisas como distintivo político. Entre los muchos ejemplos de todos los continentes, merecen destacarse la Legión de Plata estadounidense, de William Dudley, que eligió el color plateado basándose posiblemente en las estrellas de la bandera americana; los Gryshemde (camisas grises) sudafricanos, paramilitares imitadores de los nazis, con un fuerte componente antisemita y vinculados al movimiento afrikáner, o la Sociedad de Reconstrucción de China, cuyos miembros exhibían camisas de color azul.

miércoles, 2 de julio de 2014

EXTRANJERISMOS

El español, como lengua viva, ha ido incorporando a su vocabulario a lo largo de la historia innumerables préstamos de idiomas extranjeros, especialmente del portugués (carabela, barullo, chubasco), del francés (élite, chalé, ordenador), del inglés (fútbol, mitin, club), del alemán (brindis, guerra, obús) y del italiano (novela, glorieta, óleo). En su justa medida, este fenómeno no solo es inevitable (y más en el actual modelo de sociedad globalizada) sino que me parece positivo para enriquecer nuestro lenguaje. 

Por lo general los extranjerismos contribuyen a mejorar la precisión del vocabulario. No le demos más vueltas: cuando los españoles hemos adoptado espontáneamente una palabra extranjera en un determinado momento histórico ha sido porque en nuestro propio idioma no existía un término conciso para denominar esa realidad concreta. Si copiamos “bayoneta” a los franceses fue porque no teníamos un vocablo para definir el machete largo que se acopla al cañón del fusil, y si les cogimos “carabela” a nuestros vecinos portugueses fue porque en nuestra lengua no había un término para llamar a los barcos pequeños de tres palos y una sola cubierta que tan en boga estuvieron en el siglo XV. Y así con tantos ejemplos.

Además los préstamos lingüísticos suelen estar muy relacionados con aquellos campos técnicos, profesionales o sociales en los que es pionera o especialista la nación que los aporta. Así Portugal, en la Edad Moderna, exportó mucho vocabulario relacionado con la navegación; Alemania influyó más tarde en el léxico bélico de toda Europa; Francia nos ha terminado imponiendo su terminología del mundo de la moda y de la gastronomía, y los anglosajones han marcado la pauta idiomática en materia de balompié, nuevas tecnologías y gestión de organizaciones. España también les ha pegado a los demás palabras propias relacionadas con su historia o sus tradiciones, por ejemplo el nombre de muchos productos americanos tras el Descubrimiento o toda nuestra nomenclatura taurina que tanto se utiliza en el sur de Francia.

El problema de los extranjerismos en la actualidad es el riesgo de abuso, que puede llegar a poner en peligro la identidad, la inteligibilidad y la propia pervivencia de nuestro idioma. Porque una cosa es aceptar las aportaciones foráneas para hablar con mayor exactitud y ampliar nuestro diccionario, evitando así convertir el español en una lengua muerta e impermeable a los avatares culturales y a las relaciones internacionales, y otra incurrir en el esnobismo grosero de plagar nuestros textos y conversaciones de voces generalmente inglesas que podrían ser perfectamente sustituidas por su equivalente en castellano de similar extensión gráfica o fonética. 

A veces suponemos que utilizando de continuo nombrecitos en inglés vamos a dotar a nuestro discurso de un mayor nivel técnico y profesional, cuando lo único que conseguimos es mancillar el mayor tesoro de nuestro patrimonio cultural, que no nos entienda casi nadie, y, ya de paso, quedar como unos perfectos gilipollas. Coaching, feedback, network, mobbing, smartphone, personal trainer, headhunting, tablet y tantísimos otros términos son innecesarios y absurdos. Cuando los veo utilizar sin medida alguna por los colectivos en los que todos estamos pensando siento verdadera vergüenza ajena. 

Muy a menudo esta corrupción del español no se perpetra solo con la sustitución forzada de palabras, sino también de estructuras gramaticales (“te llamaré en la mañana”). Aunque de momento este fenómeno parece más limitado a los países hispanoamericanos, existe peligro de contagio a través de los inmigrantes.

Podríamos pensar a simple vista que toda esta contaminación se produce de manera más o menos espontánea, pero la realidad es bien distinta. La responsabilidad de la invasión insultante de extranjerismos, del abuso de los falsos préstamos, de la adulteración del segundo idioma más hablando del planeta y de la implantación del más burdo espanglish en todos los niveles de nuestra sociedad hay que atribuírsela al cincuenta por ciento a dos agentes muy distintos: a las marcas y multinacionales americanas, obviamente interesadas en la colonización cultural de nuestro país, y a los medios de comunicación nacionales, que a veces “por moda” y sin mala intención se convierten en dañinos caballos de troya capaces de socavar nuestra identidad lingüística. 

Es complicado plantear soluciones a este problema cada vez más grave. Existen algunas páginas webs encomiables (por ejemplo la de la Fundación para el Español Urgente-Fundéu, muy interesante también de seguir en Twitter) donde se listan los anglicismos no aceptados por la RAE y se sugieren expresiones en español para sustituirlos, sobre todo en el campo tecnológico y de la I+D+i. En cualquier caso no parece que la vía de la recomendación sea la más acertada para atajar esta amenaza. Desde mi punto de vista urge la creación de un organismo adscrito al Ministerio de Educación y Cultura que vele por la correcta utilización del idioma en los medios de comunicación tanto escritos como audiovisuales, en la edición de cualquier libro o novela, en los sitios de Internet españoles, y en la publicidad comercial. Una de sus misiones sería erradicar los extranjerismos superfluos mediante campañas divulgativas, acciones educativas y formativas, y, por supuesto, severas sanciones contra quienes infecten reiteradamente la lengua castellana con elementos extraños.