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domingo, 3 de abril de 2016

EGOÍSMO MASCULINO



Al final de la reunión nos dispusimos a fijar el día del siguiente encuentro, que debía celebrarse –en virtud de los plazos establecidos– entre el lunes y el jueves de la próxima semana, por la tarde a última hora. Éramos todos varones, así que Luis, en tono confianzudo, buscó la complicidad del resto para que la reunión no coincidiera con ningún partido importante de la Champions.

– Si os da lo mismo, mejor el lunes o el jueves, y así no nos perdemos ni al Madrid ni al Atleti. 

A mí me pareció muy cutre condicionar al fútbol una reunión de semejante calado, con gente de fuera y tal, pero para mi sorpresa todos los asistentes se mostraron de acuerdo. Esto es España, me dije, no hay nada que hacer. Lo único que el representante del Ayuntamiento manifestó que el lunes y el martes él estaba de viaje, de modo que escogimos el jueves día 7 por aclamación popular. La despedida tuvo un tono festivo y futbolero que contrastó vivamente con el clima solemne e incluso algo tenso que había reinado durante toda la tarde. 

Al día siguiente, nada más llegar a la oficina, me encuentro a Luis a la puerta de mi despacho todo compungido.  

– ¡Qué cagada, Neri, qué cagada! Tan ciego con lo de la Champions no me di cuenta ayer de que el jueves por la tarde celebramos el cumpleaños del crío… 

– ¡No me digas! –tuve que hacer verdaderos esfuerzos para controlar una carcajada– ¿Pero no te da tiempo a llegar? 

– ¡Qué dices! Esta mierda ya sabes que no acabará antes de las nueve, y en lo que llego a casa… Nada, que llegaré al humo de las velas de la tarta. Ya me jode, chico, pero qué le vamos a hacer. A mi mujer ya le he dicho que es una cosa ineludible y que no hemos podido negociar la fecha con esta gente… 

Ya.

viernes, 18 de marzo de 2016

LA DIGNIDAD DE LAS RUMANAS (GITANAS)



Los medios de comunicación llevan tres días dándonos una intensa brasa con los sucesos que tuvieron lugar el martes en la Plaza Mayor de Madrid durante la visita de los hinchas holandeses del PSV Eindhoven, que jugaba contra el Atleti en los octavos de final de la Liga de Campeones. Es imposible a estas alturas no conocer los hechos, pues nos va a estallar la cabeza con tanta noticia, reportaje y mensaje de repulsa con los que nos han bombardeado incesantemente como si se tratara de un atentado terrorista o de una catástrofe natural de gran envergadura. Resulta que antes del partido varios jóvenes seguidores del PSV, imagino que ebrios, bromearon con unas gitanas de origen rumano que se encontraban pidiendo limosna en la Plaza. Les lanzaron monedas desde la terraza de un bar en vez de dárselas en mano, les pidieron que interpretaran bailes típicos de su tierra y que hicieran flexiones, prendieron fuego a un billete de cinco euros para ver quién lo apagaba antes, y, en fin, unas cuantas gamberradas más que pueden verse en el vídeo del final del post.

Todas las ONG´s de ayuda al inmigrante, las asociaciones feministas, los colectivos sociales, los partidos políticos y el Secretariado Gitano, encabezados, como no podía ser menos, por la alcaldesa comunista Manuela Carmena, han repudiado estas “vejaciones racistas” y las han denunciado ante la Fiscalía de Delitos de Odio, que ya ha abierto las oportunas diligencias. También se ha exigido una explicación al embajador holandés, que se ha apresurado a pedir disculpas (como para no), y al propio club de fútbol implicado, que, por lo visto, piensa meter un buen paquete a los bromistas.

A mí también me desagrada mucho lo sucedido, que, por cierto, no me sorprende en absoluto teniendo en cuenta que los neerlandeses son unos auténticos salvajes con un sentido de la moralidad más que difuso, como lo demuestran su experiencia colonial en Sudáfrica y su actual legislación en materia de eutanasia, drogas y prostitución. Basta un mínimo de humanidad para saber que solo a un malnacido se le ocurre pitorrearse de una persona que está mendigando en la vía pública.

Pero al margen de los reproches que sin duda merecen los futboleros de Eindhoven, a mí lo que me ha sorprendido de todo este fenómeno mediático es la repentina preocupación de políticos y medios informativos por la dignidad humana en general y la de los indigentes en particular. La verdad es que se me ocurren infinitos ejemplos de dignidad pisoteada bastante más sangrantes que las gansadas de los holandeses en la Plaza Mayor y no recuerdo que nuestros mandatarios ni sus periodistas en nómina hayan protestado nunca con tamaña energía.

Las mafias controlan la mendicidad en Madrid
No voy a caer en la tentación demagógica, o quizás no tan demagógica, de pormenorizar las situaciones de esclavismo que sufren millones de trabajadores españoles por culpa de la última reforma laboral de PP, y que aún no he visto censuradas en ningún reportaje o programa especial de las grandes cabeceras y cadenas de radio y televisión. Puede que la tragedia de que nuestra juventud carezca de oportunidades, tenga el futuro fundido a negro o, en el mejor de los casos, se deslome a trabajar por cuatro perras no se perciba por la prensa como una humillación suficientemente escandalosa, pero es que, ya que estamos hablando de inmigrantes, tampoco me he encontrado nunca, ni en primera ni en última plana, ni en prime time ni a las doce de la noche, ningún artículo ni documental arremetiendo con tanto brío contra las mafias de la mendicidad que funcionan impunemente en Madrid y en todas nuestras grandes ciudades ante la vergonzosa pasividad de las autoridades políticas y policiales. Baste decir que el 90% de los 50.000 gitanos rumanos que pordiosean en España son manejados y sangrados por organizaciones criminales que nadie se molesta en desmantelar. Pero, claro, no sé si los alcaldes y los concejales de turno consideran esta realidad lo bastante degradante como para azuzar al embajador rumano o montar un pollo en los periódicos con lágrimas de cocodrilo incluidas. Y es más: cuando algún ayuntamiento, como el de mi ciudad, ha intentado atajar este problema implantando severas medidas de control de la mendicación, los progres han montado en cólera acusándole de fascista.

Clama al cielo que quienes no han dicho nunca ni pío sobre los extorsionadores profesionales que en pleno centro de Madrid explotan, amenazan y denigran todos los días a miles de inmigrantes de todas las nacionalidades, se pongan ahora hechos unos basiliscos porque cuatro niñatos holandeses lancen al suelo unas monedas para que las recojan unas "pintorescas" calés.

Hay muchas más indignidades que no se critican en la tele ni sofocan demasiado al personal. La prostitución es una de ellas y lo seguirá siendo por muchos años mientras la clase política continúe mirando hacia otro lado en vez de coger el toro por los cuernos y plantar cara a uno de los peores dramas de la Humanidad, causa del más escalofriante tráfico de seres humanos. Pero está visto que cuando un viejo verde asqueroso mete un billete en público en el escote de una stripper mulata, a nadie le parece vejatorio, pero si un hooligan promete una limosna a una gitana a cambio de un baile inocente, casi acaba interviniendo el Tribunal de Estrasburgo.

Y aunque habrá quien me ponga a escurrir, a mí también me revienta no ver a nadie desvelado por la imagen absolutamente indigna de la ciudad de Madrid y de toda España que estamos dando a los visitantes y turistas permitiendo a cuadrillas enteras de rumanas ilegales, llenas de mugre y vestidas como en siglo XVI, acosar sin descanso a los viandantes. Cuando esta chusma nos roba la cartera en el metro o se hacina en un piso de nuestra propiedad llenándolo de excrementos y de basura hasta el techo nadie organiza una campaña de prensa defendiendo nuestra dignidad humana.


jueves, 17 de marzo de 2016

CULTURA SUBVENCIONADA

Hace poco presencié en una cafetería un acalorado debate sobre la tauromaquia en el que uno de los tertulianos preguntaba irónicamente por qué tenían que concederse subvenciones a los toros si, como sostienen los defensores de la Fiesta, hay tantos aficionados. Argumentaba que si a la sociedad española le gustaran de verdad estos festejos, se sostendrían por sí mismos sin ninguna necesidad de financiación pública.

El comentario me divirtió mucho.

Es obvio que las corridas de toros no tendrían viabilidad sin el apoyo (y no solo económico) de las Administraciones públicas. No estoy seguro de que dejaran de celebrarse si el Ministerio de Agricultura, las comunidades autónomas y los ayuntamientos cortaran el grifo, pero no me cabe duda de que el precio de las entradas se duplicaría (como mínimo) y los espectáculos taurinos perderían su carácter popular para convertirse en un capricho de las clases acomodadas.

Si no fuera por las subvenciones públicas, las entradas de los toros tendrían un precio prohibitivo.

Pero es que no solo se subvencionan los toros. Hay multitud de eventos y actividades culturales y de ocio que son arropadas por los poderes públicos sin que nadie se escandalice demasiado, e incluso sin que nadie lo sepa. Podríamos empezar hablando del cine o del deporte (incluyendo el fútbol de Primera División), pero ello daría pie a interminables discusiones que me dan mucha pereza. Aunque hay otros ejemplos similares a los toros que sí vale la pena rescatar del olvido, y me refiero a la ópera y al ballet clásico, que, según me enteré el verano pasado en un reportaje de televisión, jamás podrían representarse en España si no fuera por las cuantiosas inyecciones de fondos públicos que reciben todos los años los dueños de los teatros y las compañías correspondientes.

Al margen de nuestra opinión personal sobre cada una de estas manifestaciones culturales, las preguntas que debemos hacernos son bien polémicas. ¿Debe estar sujeta la cultura al juego de la oferta y la demanda? ¿Tienen que desaparecer del mercado aquellas artes escénicas que dejen de gustar al público? ¿Debe el Estado abstenerse de fomentar o patrocinar cualquier tipo de espectáculo o expresión artística? ¿En realidad nuestras costumbres de ocio responden a nuestras verdaderas inclinaciones o más bien nos acaba "gustando" lo que a la Administración le interesa que nos guste y nos mete a todas horas por los ojos o nos pone mejores precios? ¿Debe el Estado inhibirse ante los gustos del público o tiene derecho a “educar” a la gente para que se sensibilice hacia ciertas formas de arte o de cultura?

Algunas de estos interrogantes son muy difíciles de responder, aunque ya nos imaginamos que desde el poder político se financian e impulsan aquellos eventos, museos, artistas y obras que, por muy distintos motivos, interesa, como dicen ahora los cursis, poner en valor.

A veces son motivos ideológicos, de tradición e incluso de identidad nacional o regional, como sucede con los toros o con los bailes folclóricos. Seamos sinceros: ¿a quién le interesan los bailes regionales? ¿Quién asistiría a una exhibición de jotas castellanas si no fuera gratis gracias a la subvención de turno? Es más: ¿quién sabría siquiera de la existencia de estas danzas si la televisión autonómica no las pusiera a todas horas y los ayuntamientos no les dieran siempre un espacio en los programas de fiestas municipales?


El Ministerio de Cultura subvenciona muy fuertemente a las compañías de ópera.

Otras veces son razones más bien educativas, como en el caso de la ópera. Todos sabemos que la ópera hasta hace unas décadas era un espectáculo carísimo y elitista, reservado a las familias más pudientes de la burguesía europea. Pero en un determinado momento los gobernantes se plantean que esté género constituye un patrimonio cultural de primer orden que debe ser divulgado al máximo entre todos los ciudadanos independientemente de su poder adquisitivo. Se entendió que había que hacer lo posible para que la gente se refinara y le empezaran a entusiasmar las obras de Verdi, Puccini o Wagner, y ahí empezaron las subvenciones de más del 80% de los costes. Y así la ópera, que –perdonad la catetada– a mí me parece un coñazo, ha dejado de ser un antojo de los ricos para convertirse en un antojo de los gobiernos, que se gastan un pastón en mantener artificialmente unas representaciones a las que no va ni Rita, y los que menos los albañiles. ¿Chapamos entonces el Teatro Real de Madrid o lo seguimos manteniendo entre todos porque da buena imagen y nos hace parecer muy cultos?

En no pocas ocasiones se mezclan motivos de ambos tipos, y tampoco es extraño que entren en juego intereses particulares de ciertos lobbies muy poderosos...

Toda esta reflexión podría extenderse a muchos otros ámbitos, como el de los museos. La mayoría de los museos del país son deficitarios. ¿Hay que cerrarlos o deben mantenerse para garantizar el derecho de todos los ciudadanos a acceder a ciertos bienes culturales, sean o no de interés para el gran público?

Nada fácil, ya digo. Es complicado encontrar un equilibrio en este asunto, pero al menos deberíamos alejarnos de las dos posturas extremas. Una es la de sostener con dinero público actividades que realmente no interesan a la inmensa mayoría de los ciudadanos o incluso hieren su sensibilidad, solo para satisfacer intereses partidistas o sectoriales. Y el otro extremo es no hacer lo posible por dar a conocer a la sociedad, y sobre todo a las nuevas generaciones, las más valiosas manifestaciones de nuestra identidad cultural so pretexto de que están “pasadas de moda” o no arrastran a las multitudes. 

domingo, 14 de febrero de 2016

CREED. LA LEYENDA DE ROCKY






La primera entrega de Rocky (1976) es una excelente película que obtuvo tres premios Oscar y de la que me declaro incondicional; Rocky II (1979) es una secuela digna; las taquilleras Rocky III (1982) y Rocky IV (1985), dos productos comerciales pero bien cocinados (aunque la IV parece un videoclip); Rocky V (1990), una bazofia intragable, y en Rocky Balboa (2006), solo apta para forofos, Stallone hace el ridículo subiendo al ring a su edad, aunque el combate con Mason Dixon es vibrante.

 A pesar de la dudosa calidad de muchas de estas pelis y de que las más recientes no dejan de ser burdos señuelos para enganchar a cuarentones nostálgicos, yo estaré en el estreno de Rocky XX, si llega a rodarse, porque me encanta la saga y su filosofía, además del boxeo como deporte. De momento ayer fui a ver, muy emocionado, Creed. La leyenda de Rocky. 

En esta última secuela, Adonis Johnson, un hijo bastardo de Apollo Creed que los guionistas se han sacado de la manga, abandona su prometedora carrera en el mundo de las altas finanzas para abrirse camino en el boxeo profesional. Empeñado en posicionarse en el ranking por sus propios méritos, se niega a utilizar el apellido de su padre, el mejor púgil de todos los tiempos en la categoría de los pesos pesados y, recordémoslo, un villano malo, malísimo, en Rocky I (el personaje de Apollo está inspirado directamente en el campeón Mohamed Ali). Tras ser vetado en los más importantes gimnasios de la costa oeste, acude a Filadelfia para que lo entrene Rocky Balboa, el único boxeador que logró vencer a Apollo. Tras un combate local sin demasiada importancia, se filtra a la prensa que Adonis es hijo de Creed, circunstancia que es aprovechada por el mánager y entrenador del campeón del mundo de los semipesados, el inglés "Pretty" Ricky Conlan (interpretado por el profesional Tony Bellew), para ofrecer al joven afroamericano una pelea en Liverpool con la mayor repercusión mediática, a fin de recuperarse de los últimos descalabros en la popularidad de Conlan a consecuencia de su conducta delictiva.

La película se evalúa rápido. Muy de agradecer que esta vez Rocky se limite a estar en la esquina de Adonis, que ya no está el abuelo para ponerse los guantes, como ha quedado patente en la muy lamentable La gran revancha (2013). Un punto positivo también para la técnica de rodaje de los combates, mucho más realista (aunque menos espectacular y por lo tanto menos "rockesca") que en los filmes predecesores. Si algo caracteriza a esta famosa saga, especialmente a partir de Rocky III, es que sacrifica la fidelidad a las reglas y a la estética del deporte profesional para ganar en espectacularidad cinematográfica, lo que se traduce en que los púgiles prácticamente no se cubran ni se abracen, y se sacudan de continuo unos guantazos espeluznantes que no resistiría ni un bloque de piedra. En Creed las peleas son muchísimo más parecidas a las de los cuadriláteros reales. La forma de plantearlas varía sensiblemente respecto a los Rockys tradicionales, con planos más cortos (que a mí me gustan menos) y no tantos mamporros directos.

Entre sus aspectos negativos, yo destacaría que la trama es demasiado lenta; que es poco creíble que la viuda de Apollo adopte a su hijo natural; que la novia de Adonis (Tessa Thompson) es una actriz penosa; que está muy poco aprovechado el personaje de Ricky Conlan, y que el ritmo de la historia es decididamente inadecuado, pues se deja muy poco metraje para el combate final impidiendo un mejor desarrollo de los rounds (a la mayoría, entre el tercero y el doce, solo se les dedica unos pocos segundos). Para terminar, la película me parece excesivamente parecida al primer Rocky y la nominación de Stallone para el Oscar al mejor secundario es, en mi opinión, inmerecida.

jueves, 25 de junio de 2015

FÚTBOL FEMENINO

Saludo en un antiguo partido de la Copa América
Tras su estruendoso varapalo en el Mundial, las “chicas” de la Selección Española “Femenina” de Fútbol han comparecido en diversos medios de comunicación para exigir el relevo del actual seleccionador nacional, Ignacio Quereda, al que acusan de machismo y de trato degradante. “Es como si tienes un jefe que te desprecia”, “va muchas veces por una línea autoritaria”, “nos trata como a niñas pequeñas, no como a profesionales”, "sus charlas y discursos siempre llevan la coletilla de ´chavalitas`”, “con unas está pendiente de lo que hacen y les corrige errores y de las otras pasa absolutamente”, han denunciado, entre hoy y ayer, las fracasadas futbolistas, explicando que si han callado hasta ahora ha sido para evitar represalias como las que supuestamente sufrió hace años la lesbiana Laura del Río por cuestionar los métodos de Quereda. Naturalmente a la hombruna Laura le ha faltado tiempo para unirse a la reivindicación de sus veintitrés ex compañeras.

Las jóvenes deportistas están muy molestas, las pobres, porque su seleccionador es un déspota que les hace bromas humillantes como “a ver quién hace de mujer y me pone el café” o las llama “gorditas”. Una vez, en pleno entrenamiento, le gritó a una delantera que le sobraban siete kilos. Fíjate qué drama.

Yo solo quiero preguntar si alguien se imagina a los jugadores de la Selección masculina lloriqueando en la tele porque Del Bosque se muestra imperativo, les llama “chavalitos”, les aconseja mantener la forma física o hace más caso a unos titulares que a otros. 

¡Y luego  pretenderán que nos tomemos en serio el fútbol de las féminas!  Se deben de pensar estas mozas que los entrenamientos deportivos son una asamblea, una reunión de sociedad o un encuentro de amiguitas con derecho a roce. Supongo que les encantaría que la dirección técnica fuera asumida por una tía despampanante o por una fornida camionera, según los gustos, que les prodigara, como mínimo, tantos mimos y ternezas como los que ellas intercambian (presumiblemente) en las duchas del vestuario.

A lo mejor si no concibieran el equipo como una cama redonda en la que todo varón es un extraño sus resultados en los Mundiales habrían sido muy diferentes. Para mí que no acaban de enterarse de que, en fútbol, una tijera es una jugada acrobática y no esa cochinada que tanto les gusta.

Yo no es por ser mal pensado, pero me da en la nariz que este bollo... perdón, pollo contra Ignacio Quereda lo han montado con el único propósito de brindar al balompié femenino un protagonismo que jamás encontrará en los estadios por diferentes razones, entre ellas la casi total ausencia de espectacularidad y dinamismo de este marginal deporte que a nadie le importa un pito.

viernes, 12 de junio de 2015

OTROS ULTRAJES AL HIMNO



No ha habido post sobre la pitada al himno de España en la final de la Copa del Rey del pasado 30 de mayo porque los seguidores de La pluma viperina ya saben muy bien, sin necesidad de que me pronuncie, qué medidas concretas pienso que deberían aplicarse tanto a los clubs implicados como a sus hinchas.

Lo que pasa es que ayer, viendo el partido de nuestra Selección contra Costa Rica, me hice algunas preguntas generales sobre el respeto que debería mostrarse durante la interpretación de la Marcha Real al comienzo de los encuentros deportivos. Porque de acuerdo en que pitar el himno, que es un símbolo oficial de España, constituye no solo un delito, sino también una falta de respeto intolerable que debería castigarse con el máximo rigor, de forma tan ejemplar que ni el más loco se atreviera a silbar de nuevo ni en el fútbol ni en la ducha, pero no puede olvidarse que existen otras formas de ultraje, también graves aunque no intencionadas.

En concreto me refiero a esa costumbre que tienen no pocos palurdos de tatarear ostentosamente la Marcha Granadera con diferentes onomatomeyas (chunda-chunda, la-la-la-la), pretendiendo en teoría paliar la ausencia de letra. En el partido de ayer se podía escuchar claramente.

Sin pretender comparar los pitidos insultantes con estos tarareos, el Himno Nacional debería escucharse en pie, en silencio y con actitud si no solemne, al menos deferente, y a los patanes que mosconean mientras está sonando habría que meterles un puro bien contundente que les quitara las ganas de canturrear. 

No pretendamos que la bazofia separatista respete el símbolo musical de nuestra nación si los que se suponen patriotas españoles se dedican a rebuznar mientras lo escuchan.

viernes, 20 de marzo de 2015

NI MEDIO NORMAL


Hay cosas que a mí no me parecen ni medio normales, pero en estos tiempos confusos y cambiantes no termino de ver claro si llevo razón o es que soy un carca y un inadaptado.

Voy a entrenar varias veces a la semana a un gimnasio muy grande con piscina al que acuden niños de todas las edades. Las instalaciones están perfectamente adaptadas a los menores: hay vestuarios especiales para ellos, cambiadores para bebés e incluso en el vestuario de adultos han habilitado unas cabinas individualizadas para mudar a los críos. Sin embargo, por razones de comodidad y agilidad, son muchos los que acceden con sus hijos pequeños (entre tres y seis años) al vestuario de mayores y no utilizan estos compartimentos especiales, sino que sientan al niño o a la niña en un banco cualquiera, los desnudan, se desnudan ellos mismos y entran y salen juntos de las duchas a la vista de todo el mundo.

No me considero en absoluto ni mojigato ni demasiado pudoroso, pero creo que hay unos límites mínimos de decoro y de respeto que el personal se salta alegremente. Es posible que cualquier argumento que intente esgrimir en contra de la horrible costumbre que he descrito sea tomado a chirigota por muchos, que me consideren un reprimido o que piensen que tengo “la mirada sucia”, pero de verdad que me espeluzna no ya que un señor exhiba desnuda a su hijita de casi seis años delante de cincuenta maromos, sino sobre todo que la exponga a la visión de los cuerpos en pelotas de tantos hombres de todas las edades.

Para qué engañarnos: yo no me acabo de sentir cómodo cuando me cambio con estos críos cerca y siempre procuro taparme un poco, pero cuando me quedo horrorizado es al sorprender a algún mocoso, y sobre todo a alguna mocosa, mirando fijamente, con la boca abierta, el colgajo de un setentón barrigudo o las nalgas de un fornido culturista. No me quiero imaginar el careto de los hombrecitos de cinco años cuando su mamá les meta en las duchas femeninas.

En serio que no sé explicarlo, pero me parece un cuadro nada edificante para unos chavalines de tan corta edad. Observo que les llama muchísimo la atención ver a la gente en cueros, y aunque imagino que terminarán acostumbrándose (a la fuerza ahorcan), no sé yo hasta qué punto una inmersión tan temprana en los misterios de la vida es conveniente para un adecuado desarrollo emocional e incluso sexual. Claro, luego a los veinte años, como ya lo han visto todo, les da por desear cosas raras. 

No soy pedagogo ni psicólogo infantil, pero me parece una cochinada, vamos, algo impresentable, por no hablar de la imprudencia que puede suponer exponer a un niño como Dios le trajo al mundo a la mirada de tanto depravado como hay suelto hoy en día.

El colmo es la escena dantesca que tuve que presenciar el lunes pasado mientras me secaba el pelo (de la cabeza). De repente, un bujarrón rapado y con piercings y tatuajes por todo el cuerpo salió de la ducha en bolas, agarró un secador, se puso en cuclillas y el muy maricón comenzó a deshumedecerse el ojarasco con el aire calentito. Miré a mi alrededor lógicamente turbado y descubrí a mi derecha a una niña pequeña, muy rubita, que contemplaba el espectáculo alucinada mientras su papá, a su vera, se frotaba los cojones con una toalla. El rostro del angelito era un poema; no podía abrir más sus ojos azules y ni siquiera acertaba a pestañear. Tras unos instantes se giró, tiró a papi del brazo y le preguntó: “papá, papá, mira, mira… ¿por qué se lo pone en el culo?”.

Agradecería cualquier opinión, pues quisiera constatar si soy un retrógrado o tengo razón al pensar que estas conductas son del todo anómalas. A veces me he planteado depositar una queja en el buzón de sugerencias de estas instalaciones deportivas, pero me temo que sea inútil y además me niego a suministrar a los trabajadores del centro material humorístico gratuito. Tristemente, batallas como estas están perdidas de antemano.

sábado, 27 de diciembre de 2014

VICIOS




Hay quien dice que todos tenemos algún vicio y que la vida sería imposible de sobrellevar sin la válvula de escape de los pequeños o grandes vicios. Alcohol, drogas, tabaco, sexo, juego, comida, compras, Internet, móvil, videoconsola, ropa, trabajo, deporte… Algunos tienen que ver con la dependencia, mayor o menor, de ciertas sustancias; otros, con la satisfacción compulsiva de necesidades fisiológicas, y los hay que pertenecen al mundo de las obsesiones.

Los vicios no deberían meterse todos en el mismo saco, pues aunque es cierto que los hay muy peligrosos y potencialmente destructivos, otros son (o parecen) más bien inocentes, como la pasión por los dulces, el café o el fútbol, aunque quizá la peligrosidad tenga un componente demasiado subjetivo y la amenaza no esté en el vicio en sí, sino en el vicioso. En efecto hay personas en las que cualquier inclinación pronto se convierte en manía y después en adicción sin solución de continuidad, mientras que otras siempre saben mantener sus frenesís a raya. Los individuos con más riesgo de volverse dependientes de cualquier cosa son aquellos con un grave déficit de fuerza de voluntad o los que atraviesan momentos bajos o depresiones.

Hay mucho que indagar sobre los vicios humanos.

¿De verdad todos tenemos vicios? Yo no lo creo. Conozco bastantes personas que no están subyugadas, ni en la más mínima medida, por ninguna de estas servidumbres. Quizá es verdad que en muchos casos se trata de gente que no necesita válvulas de escape porque no tiene de nada de lo que escapar: están muy satisfechos con su vida, pasan por pocos tragos desagradables y, sobre todo, están tan ocupados que no tienen ni media hora para expansiones superfluas. Un factor clave en relación con determinadas conductas y obsesiones es el nivel de ociosidad. Ya dice el refrán que “hombre parado, malas ideas” o que “cuando el demonio no tiene qué hacer, con el rabo espanta las moscas”, en referencia a la relación evidente entre inactividad y vicio. En la crisis que aún padecemos, los altos índices de desempleo han disparado el alcoholismo, el consumo de sustancias psicotrópicas y la promiscuidad juvenil.


 Otra cuestión interesante es la mayor propensión a enviciarse de los hombres frente a las mujeres. Hay muchos más varones alcohólicos, drogadictos o con cualquier otra dependencia grave. Incluso si hablamos de pequeñas manías, a mí me parece obvio que nosotros somos mucho más proclives que ellas. ¿Tal vez somos más infelices o más débiles? He pensado que pueda ser una cuestión cultural y que este hecho se explique por la mayor tolerancia social hacia los excesos del hombre debido al duro trabajo físico que este debía desempeñar, o, a sensu contrario, por el mayor control social al que estaban sometidas las mujeres, tanto solteras como casadas, exigiéndoseles una cota de virtud incompatible con cualquier devaneo. Es posible también que los vicios masculinos sean más ostentosos, especialmente los relacionados con la líbido, mientras que ellas hayan sido siempre más discretas o más hipócritas. Yo no lo acabo de ver claro, pero el caso es que a mi alrededor veo muchos hombres con los frenos descacharrados para unos cuantos “hobbies” y, en cambio, encuentro que la inmensa mayoría de las chicas no sufren estos desequilibrios y parecen más capaces de cumplir sus obligaciones cotidianas sin la ayuda de mecanismos de desahogo.

Pero lo que más me interesa a mí de este tema es la subjetividad que he apuntado al principio, y que no solo se traduce en que haya personas con mayor tendencia a encenagarse que otras, sino en que la sociedad no tiene la misma percepción de unos viciosos que de otros. Lo cierto es que solemos tener una actitud farisaica y egoísta hacia las adicciones humanas. Lo que en realidad nos preocupa no es que uno de nuestros semejantes comprometa su vida o su salud física o mental por culpa de su dependencia de los licores, de las drogas o de las putas, sino que su comportamiento nos perjudique a los demás. La heroína en los años setenta y ochenta del pasado siglo, por ejemplo, jamás habría pasado de ser un drama familiar íntimo para los afectados a un problema de interés nacional si los toxicómanos hubieran sido millonarios y no hubieran necesitado delinquir para obtener sus dosis. Con el sexo y el juego pasa parecido: si a un soltero sin hijos le da por putañear diariamente o fundirse todo su sueldo en el póker, endeudándose hasta lo imposible, a todos nos importa un higo. Solo saltan las alarmas cuando estas depravaciones salpican a terceros, o sea cuando hay una esposa públicamente cornuda, unos hijos con la manutención en juego o unos parientes con la herencia peligrando.


En resumen, tengo la impresión de que en nuestra sociedad los vicios solo empiezan a percibirse como negativos o peligrosos cuando la mierda puede esparcirse y pringar a terceros, lo que en la practica implica una mayor benevolencia hacia el enviciamiento de los ricos que hacia el de los pobres, ya que aquel no suele repercutir hacia el exterior, mientras que este puede derivar fácilmente en la desestructuración familiar y en la marginación, con todo lo que ello implica para la comunidad en su conjunto a nivel de gasto asistencial y peligrosidad criminal entre otras consecuencias.

jueves, 4 de diciembre de 2014

JIMMY ERA ESCORIA


El tal Jimmy palmó el domingo tras ser apaleado y arrojado al Manzanares en el transcurso de una pelea entre los ultras de su equipo, el Deportivo de la Coruña, y los del Atleti. Los elementos más radicales de ambas peñas futboleras, que habían quedado ex profeso para canearse, provocaron graves disturbios que se han saldado con la detención de más de veinte personas, aparte de la muerte de este hooligan de 43 tacos, un drogata asqueroso, un camello con antecedentes policiales por robo y maltrato, arrestado varias veces en otras peleas entre gamberros vinculados al fútbol.

He leído que la facción de los Riazor Blues a la que pertenecía es de extrema izquierda, mientras que los ultras del Frente Atlético que se lo han cargado simpatizan con el nazismo. Yo creo más bien que a la hora de enjuiciar el comportamiento de todos estos tarados, las ideas son lo de menos. Suponiendo que esta gentuza tenga una inteligencia superior a la indispensable para no mearse encima y sea capaz de sostener alguna opinión política, su adscripción a uno u otro bando ideológico me parece totalmente coyuntural e incluso aleatoria. Esta ralea carece de los mínimos conocimientos y de la mínima inquietud para identificarse con ningún ideal y simplemente utiliza la política como coartada para dar rienda suelta a sus instintos animales de violencia. Si Stalin o Hitler levantaran la cabeza, los mandarían al Gulag o a un campo de concentración, porque no son más que basura que no aporta nada a la comunidad.

Yo no me alegro de la muerte de Jimmy, pero tampoco la lamento. Al igual que al resto de la sociedad española, no me da ni frío ni calor. El que la sigue la consigue, y la trayectoria de este sujeto presagiaba un desenlace como el que finalmente se ha producido, y que no juzgo bueno ni malo, sino lógico. Encima no estamos hablando de un chavalín en la edad del pavo, sino de un “hombre” ya talludito y con familia (que no sabrá dónde meterse) que debería haber ordenado mejor sus prioridades vitales. Por otra parte, digo yo que la desaparición física de un parásito y un delincuente que se dedicaba a pasar droga a los jóvenes nunca puede ser perjudicial para la sociedad. Para mí que no merece ni el minuto de silencio que le han dedicado en el Riazor. 

Jimmy, descansa en paz (nosotros, desde luego).

miércoles, 15 de octubre de 2014

ESCUCHAR


No hay duda de que la escucha activa es uno de los elementos fundamentales de la comunicación humana, pero el caso es que muy poca gente escucha de verdad a los demás. Si todos prestáramos verdadera atención a lo que quieren transmitir nuestros interlocutores, despojándonos de prejuicios y orejeras, las relaciones interpersonales se enriquecerían notablemente y se reduciría el número de conflictos, pero quizá pretender una actitud tan abierta en el común de los mortales no sea más que una utopía teniendo en cuenta la naturaleza humana y los condicionantes sociales y educativos que nos atenazan.

Basta observar la conversación más informal o asistir a una reunión de cualquier tipo para comprobar, sin necesidad de fijarnos demasiado, que hay muchas personas que sistemáticamente hacen oídos sordos a casi todo lo que les dicen. Como es lógico existen muchos niveles, pero yo podría contar con los dedos de una mano a mis conocidos que tienen las antenas siempre desplegadas y se enteran de todo lo que se habla a su alrededor. De estos pocos individuos solo puedo decir que suelen tener una mente curiosa y una inteligencia bastante desarrollada, y que su forma de ser les permite relacionarse con más facilidad y anticiparse a muchas situaciones, puesto que cuentan con una mina de información de la que los demás carecemos por no hacer todo el caso que debiéramos a los que nos rodean.

¿Pero cuáles son las razones por las que no escuchamos a los demás? 

Por una parte existen motivos que responden a una anomalía y que no dependen nada de la persona. Hay gente que nace con un problema de falta de concentración que le impide atender correctamente a las conversaciones. Me refiero a una especie de déficit de atención que provoca que el sujeto tienda a dispersarse y a “desconectar” involuntariamente cuando le están hablando o incluso cuando está viendo una película, a poco que el discurso de prolongue o adquiera cierta complejidad. En realidad esta rareza no es tan rara como pudiéramos suponer, pues, en sus grados más leves, la sufre un porcentaje amplio de la población.

El segundo motivo es más social. Determinados individuos, normalmente de naturaleza más bien primaria e instintiva, tienen una fuerte inclinación a apagar el interruptor de la escucha cuando se abordan temas que “no les interesan” o que “no les afectan”. Sin darse cuenta, su cerebro criba los contenidos “útiles” de los “inútiles” y se cierra en banda a estos últimos. Suele tratarse –aunque no siempre– de personas con mentalidad muy conservadora y con el intelecto rígido que no albergan la menor curiosidad hacia las realidades que no conocen, que no entienden o que ellos consideran que no pueden repercutir en su vida. Ya digo que este comportamiento termina siendo subconsciente, pero el gran problema de estas personas es la excesiva subjetividad de su valoración sobre lo que les concierne o no, y así terminan cerrando a cal y canto los oídos a cosas que sí deberían saber, al menos para crecer personalmente, adquirir conocimientos, evitar el aislamiento o no parecer idiotas. Un buen ejemplo es mi actitud hacia el fútbol. Mi cerrazón casi absoluta a las conversaciones sobre esta materia me ha convertido en un bicho raro dada la importancia social del deporte rey en España y su condición de muletilla indispensable en cualquier conversación entre varones.

Y por último, reconozcamos que hay personas de las que tenemos tan pobre opinión que consideramos que nada de lo que digan merece la pena ser escuchado, lo que nos lleva a desenchufar los altavoces cuando pían. A veces se trata de tipos a los que consideramos unos cretinos y se nos revuelve el estómago cada vez que abren la boca. Otras veces los tenemos por ignorantes o por poco versados en el tema a tratar. A menudo nos parecen simplemente pesaditos o incluso nos molesta su tono de voz. Y también nos ponemos los tapones cuando alguien dice lo que no queremos oír o expresa ideas opuestas a las nuestras. Todas estas motivaciones para no escuchar pueden tener fundamento y habría que preguntarse si todas las tonterías deben ser atendidas y si existe un derecho universal a ser escuchado incluso para los analfabetos que se lanzan a pontificar sobre lo humano y lo divino, los palizas que no paran de cotorrear sin decir nada sustancioso o los memos que no se hartan de hablar de simplezas. El riesgo nuevamente está en nuestra subjetividad, que tantas veces es como una venda en los ojos y que puede degenerar en una insana soberbia intelectual que no nos deje apreciar las aportaciones de gente muy interesante solo porque, vete a saber por qué oscuros motivos, tenemos metido entre ceja y ceja que nada pueden enseñarnos.

jueves, 11 de septiembre de 2014

¿POR QUÉ NOS IMPORTA UN BLEDO EL MUNDIAL DE BALONCESTO?


Este verano, con motivo de ambos mundiales, hemos constatado una vez más la abismal diferencia entre el nivel de popularidad del fútbol y el del baloncesto. Los forofos de este último deporte continuamente argumentan que cada vez acude más público a las canchas y que también es un fenómeno multitudinario con una fuerte repercusión mediatica, como lo demuestran los casi cinco millones de telespectadores que siguieron ayer el España-Francia. Pero todos sabemos que no hay color, que en España las televisiones dedican diez veces más espacio (y me quedo corto) al deporte rey que al basket y, lo más importante, que la gente en la calle no habla de baloncesto ni se emociona ni con la liga, ni con el mundial ni con ninguna de sus competiciones; todo lo contrario que el fútbol, que forma parte esencial de nuestro entorno y de nuestras conversaciones.

¿Hay algún motivo por el que, salvo en Estados Unidos y otros pocos países, el balompié guste mucho más a la gente que el basketball? ¿Es aquel realmente un deporte más atractivo que este o es que los medios de comunicación de masas tienen algún interés en dar más bombo al mundo futbolístico? ¿Qué es antes, el huevo de que el público es más futbolero por naturaleza y por eso la prensa le dedica más atención, o la gallina de que se sigue menos el baloncesto porque casi no lo sacan en la tele?

En cualquier caso: ¿Por qué el mundial de fútbol es un auténtico fenómeno social mucho más allá de lo deportivo y el de baloncesto nos importa un carajo? Voy a intentar esbozar las claves de este dilema, aunque espero la opinión de los más aficionados. Incorporaré al post las mejores reflexiones.


  • Tradición y fenómeno sociológico.
La afición futbolera en España es bastante más antigua que la del baloncesto y tiene un importante peso y componente sociológico que, como digo, va muchísimo más allá de lo puramente deportivo, entrando incluso en los terrenos social, económico y político. 

  • Auge de otros deportes
Al baloncesto le ha pasado como al PSOE con UPyD y Podemos. Hace años era una “segunda fuerza” consolidada, pero últimamente han alcanzado gran apogeo en España otros deportes hasta entonces minoritarios, como el tenis, la Fórmula 1 y, en menor medida, el balonmano, que le han “robado” mucha cuota de afición. 

  • Espectacularidad
Las dimensiones del campo y del estadio, la vistosidad de las jugadas y el enorme simbolismo estético de las competiciones (que recuerdan a una batalla) otorgan al soccer una espectacularidad de la que a todas luces carece el basket, con espacios y recursos más discretos. La gente se divierte más con la larga lucha para marcar un gol que con el marcaje continuo de puntos.

  • Emoción
El fútbol encaja divinamente en la forma de ser de los españoles, ya que deja un enorme espacio a la improvisación, al azar y a la iniciativa individual. El resultado de un partido está más abierto a la sorpresa y al factor suerte que en el baloncesto, donde prima, por decirlo en lenguaje educativo, una especie de “evaluación continua” que premia la constancia más que el momento puntual de inspiración. En el fondo la vida, al menos en nuestro país, se parece más al fútbol y por eso nos sentimos más identificados con él que con otros juegos.

  • Estética
Hoy la belleza y el sex-appeal juegan un papel decisivo en cualquier espectáculo público y resulta evidente que los jugadores de balompié cumplen mejor que los de basket (con diferencia) los requerimientos estéticos que, por suerte o por desgracia, impone nuestra sociedad. Dicho de forma más descarnada: demasiados baloncestistas, tanto hombres como mujeres, padecen gigantismo o sufren deformaciones derivadas de su altura y complexión. Qué duda cabe que ello resta atractivo a los encuentros, aunque jueguen solo blancos.

  • Importancia de la competición
El campeonato mundial de baloncesto no es, a diferencia del de la FIFA, la competición más relevante en este deporte. Las olimpiadas, como sabemos, tienen una repercusión mediática y social notablemente más amplia.

viernes, 4 de julio de 2014

FUERA DE LUGAR

La edición especial de la Gillette Fusion languidece en los escaparates de toda España

No tengo ni pajolera idea de cómo funciona lo del patrocinio de marcas a la Selección Española, ni de cómo se contrata la publicidad asociada a los grandes eventos deportivos, pero estoy muy perplejo de que casi un mes después de nuestra descalificación del Mundial, sigan emitiéndose en radio y televisión, e insertándose en prensa escrita numerosos reclamos con mensajes de exaltado optimismo sobre el combinado de Vicente del Bosque, como si no hubiera pasado nada y aún pudiera hacerse con la copa.

Tiene toda la pinta de que muchas empresas pagaron la inserción de sus cuñas, anuncios o contraportadas hasta la fecha de la final del Campeonato con independencia de los resultados o, como mínimo, hasta la fase de cuartos con posibilidad de renovar si los vientos resultaban favorables a la mal llamada Roja. El problema es que a pesar de los prematuros reveses ante Holanda y Chile, a algunos patrocinadores no les ha dado la gana suspender sus anuncios publicitarios y ni siquiera se han tomado la molestia de retocar los contenidos para adaptarlos lo más dignamente posible a la triste situación actual, por ejemplo incluyendo frases de consuelo o de agradecimiento por los éxitos del pasado.

Esta racanería de resistirse a prescindir dos meses antes de lo previsto de una publicidad carísima y ya pagada supongo que va a salirles muy cara a las empresas de turno, que están dando una imagen desactualizada y patética, hurgándonos encima en la herida del fracaso día sí y día también con unos eslóganes ya totalmente fuera de lugar con los que parece que se están pitorreando de la Selección y de los aficionados.

domingo, 15 de junio de 2014

EL PATRIOTISMO DE DIEGO COSTA




Los abucheos dedicados a Diego Costa por sus compatriotas durante el debut de la Selección Española en estos mundiales me han recordado otros episodios controvertidos que a lo largo de la historia se han producido a cuenta de la nacionalidad adquirida interesadamente por deportistas en eventos internacionales. El delantero rojiblanco obtuvo el año pasado la doble nacionalidad y solicitó no ser convocado por la Canarinha para así poder jugar en el equipo de Del Bosque. Ahora los brasileños no se lo perdonan. 

Estas cosas, ya digo, no se han inventado ayer. Salvando las distancias, conviene recordar los polémicos acontecimientos vividos durante la II Copa Mundial de Fútbol celebrada en 1934 en la Italia fascista.

Mussolini (muy poco aficionado, por cierto, al balompié) aprovechó el campeonato para exaltar el patriotismo de los italianos y concitar el apoyo popular a su régimen, algo que, en su justa medida, me parece perfecto y que hoy se hace en todo el mundo menos en España, que somos unos timoratos y tenemos menos sentido de lo nacional que un frío apátrida. Otra cosa fueron los métodos empleados por el Duce para asegurar la victoria de la Squadra Azzurra, que a algunos les recuerdan a los de Hitler en los Juegos Olímpicos del 36. 

Italia tenía que vencer a cualquier precio. Antes de empezar el Mundial, el propio Mussolini mandó el siguiente recado al presidente de la Federación: “Italia debe ganar este campeonato a como dé lugar. No es una sugerencia (...) , es una orden que no voy a consentir que se desobedezca”. Los jugadores debían ser considerados "soldados al servicio de la causa nacional".

Y la orden se cumplió religiosamente, gracias en buena medida a la calidad del combinado trasalpino, pero también desde luego a la nacionalización de varias estrellas argentinas (Monti, Orsi, Guaita y Demaría) y del brasileño Anfhiloquio Marques Filo, cuyo nombre se italianizó convenientemente como Anfilogino Guarisi. 

También influyeron, qué duda cabe, las presiones ejercidas sobre varios colegiados. Especialmente escandalosos fueron los arbitrajes en el partido de cuartos con España (1:1) y en el desempate del día siguiente (1:0), ambos en el estadio florentino Giovanni Berta. A pesar del favoritismo descarado hacia el equipo anfitrión, el conjunto de la Segunda República peleó con fiereza hasta el final. El mencionado desempate, más conocido como La Batalla de Florencia, marcó ya para siempre una profunda rivalidad entre las dos selecciones.

Varios árbitros de este campeonato fueron suspendidos nada más regresar a sus países de origen.

P.D.: Por cierto, una duda extra-deportiva que no tiene nada que ver con el post: ¿Cuánto habrán tenido que pagar los de Maldita Nerea para convertir su moñada de canción en la oficial de la Selección Española? ¿Nadie sabe la cifra exacta?

jueves, 13 de febrero de 2014

CARRERA MOTORISTA 1928 (por Un vallisoletano madrileño)


Con fecha del 12 de febrero de 1928, El Norte de Castilla, en su sección deportiva, anunciaba para ese mismo día la prueba motorista del “kilómetro lanzado”, que se celebraría entre San Isidro y La Cistérniga de Valladolid. Sin duda los participanes fueron los pioneros de este deporte en la ciudad, pues las primeras motos llegaron a España en la segunda década del siglo XX.

Completando esa noticia se encuentra en mi archivo, una fotografía de algunos participantes en dicha carrera.

En dicha foto aparecen Vicente Naure, de Madrid, sobre Velocette; Enrique San Juan, de Madrid, también sobre Velocette; Emiliano Sanz, de Madrid, sobre Franco Baure, y Pedro Pardo, de Valladolid.

Dicha foto está tomada en la villa de D. Pedro Pardo, situada en el Paseo de Zorrilla nº 2 de Valladolid. Don Pedro Pardo Urquiza y su esposa Doña Angela San José Goicoechea, padres del motorista, fueron los patronos-constructores de la iglesia de la Sagrada Familia del Paseo de Zorrilla, situada entre las calles Tres Amigos y Magallanes, y construida en el año 1899. Esta iglesia se derribó en el año 1967 y parece ser que actualmente se encuentra reconstruida en la finca de los Hermanos Pérez en el barrio de La Rubia. Pedro Pardo vivía en este gran chalet del Paseo de Zorrilla, que ocupaba toda la manzana entre las calles Juan de Juni y Gregorio Fernández. Este chalet fue derribado en los años ochenta del siglo pasado y actualmente se encuentra construido en dicho lugar el edificio de la Mutua Castellana.



Un hermano de Pedro Pardo, Ramón, fue alcalde de Valladolid en 1881. Esta familia fue propietaria de los talleres de Miguel de Prado en el barrio de San Andrés, en la calle Labradores, hasta su demolición sobre 1970.

La fotografía es de fotógrafo desconocido y sus medidas son de 134x89 mm.. Es de gran calidad y fue adquirida en un mercadillo de Madrid el año 2009.

 NOTA: Un vallisoletano madrileño es un amigo y lector de La pluma viperina que colecciona postales y fotos históricas de toda España y, en especial, de Madrid y de la capital del Pisuerga.

martes, 5 de noviembre de 2013

ENTRENADORES CAÑEROS


Llama la atención como un mismo comentario, hecho en idéntico tono, puede resultar indiferente a una persona y hundir la moral de otra. Es increíble la diferencia de sensibilidad y de susceptibilidad entre individuos.

El otro día oí una conversación sobre la famosa denuncia, hace más de un año, de varias integrantes del equipo de natación sincronizada contra su entrenadora Anna Tarrés por el supuesto trato vejatorio que esta las dispensaba durante los entrenamientos y que las llevó a una profunda depresión. Sin embargo, otras nadadoras del mismo equipo no percibieron como humillantes los procedimientos de su mentora y se los tomaron como parte de un juego y de un estilo cañero de entrenar, como un papel que representaba la Tarrés para motivarlas, sin que hubiera nada personal ni intención de dañar a nadie.

Yo de niño practiqué judo y me acuerdo perfectamente de que mi profesor (por cierto muy conocido a nivel internacional) tenía una forma muy directa y bastante bronca de espabilarnos. No había niñas en el gimnasio y eran principios de los ochenta. Nadie se extrañaba, nos lo pasábamos fenomenal y juraría que ningún crío sufrió, pero hoy seguro que los padres protestarían y se armaría un revuelo por los métodos empleados por este judoka. “¡Vamos, nenazas, que sois unas nenazas!”, “¡parecéis mariquitas!” “¡eres más cobardica que las niñas!” o “¡mueve el culito, Fernanda (a Fernando)!” eran fórmulas cotidianas en estas clases de artes marciales, por no hablar de los “castigos” que imponía a los más patosos: hacerlos tumbar y ponerles un pie en la espalda, o mandarles a un rincón a hacer flexiones. Nos divertíamos un montón con aquello.

También me acuerdo bien de Don Damián, mi profe de 4º de Básica, fallecido hace menos de un mes. En clase de gimnasia era un crack pero su modus operandi de aquella época no encajaría en estos tiempos, pues estaba a caballo entre los exabruptos militares del Sargento de Hierro y la metodología de un instructor de campamento de las Juventudes Hitlerianas. A los que se quedaban los últimos corriendo les pegaba puntapiés en el culo (flojos, naturalmente) y los sometía a escarnio público entre las carcajadas de toda la clase: "¡Torporrón, lentorro, calzonazos, no sé para qué quieres tener colita!”, ¡tenéis menos fuerza que el pedo de un marica!”, “¡parecéis señoritas paseando!”, etc, etc. Algún compañero de entonces sostiene que era un fascista, pero dudo mucho que nadie haya sufrido traumas por ello. Yo, desde luego, no, y eso que era un inútil saltando el plinto y recibía intensos chorreos de Herr Damián, y seguro que tampoco Curro, un chico de clase con evidentes dificultades psicomotrices con el que el profe se cebaba de lo lindo.

Napola, una interesante película sobre este tema

Pero los tiempos han cambiado mucho y la sensibilidad se ha disparado hasta niveles ridículos, en parte por la práctica desaparición de la segregación educativa por sexos y por los clichés políticamente correctos al uso. El caso es que los papás y los niños de ahora son de mantequilla, unos tiquismiquis, y no son capaces de ponerse en situación y entender que en estas fórmulas de estimulación no hay animadversiones personales, ni mala fe, ni deseo de humillar a nadie. Como digo, es algo así como un rol que se representa para cohesionar el grupo y espolear el orgullo de sus miembros, y yo lo he visto, más atenuado, eso sí, en ámbitos muy diferentes al deportivo, como el familiar, el académico o el laboral. Pienso en el típico padre que va de estricto y está todo el día bronqueando a su retoño, en el preparador de oposición incisivo que juega a acojonar a sus alumnos con una disciplina ampulosa, o en el jefe que se pone la careta de voceras y exigentón para crear un clima activo en la oficina, cuando en realidad son los tres unos buenazos y hay que saber tomarse con cintura lo que dicen y hacen, sin picarse absurdamente ni mucho menos sufrir. Me hablaban el otro día de no sé qué futbolista muy famoso que aseguraba que cuando su agresivo míster arremetía contra él se hacía a la idea de que los improperios iban dirigidos a su número, no a su persona.

¿Pero por qué hay gente que lleva tan mal estas técnicas de motivación “de choque”, llegando a hundirse anímicamente, y otros que las agradecen y rinden mucho más? Dicen los psicólogos que esto demuestra que cualquier buen gestor de recursos humanos debería aprender a tratar a cada persona de forma individualizada, en función de su sensibilidad, y que no se puede decir ni exigir lo mismo ni de la misma manera a todos los miembros de un grupo. Yo, en cambio, me pregunto si no sería más fácil que nos educaran desde niños para tener un poco más de autoestima, de corteza; para no ser tan individualistas ni tan susceptibles; para saber que hay muchos estilos directivos y que cuando estamos en un equipo hemos de saber adaptarnos al de nuestro líder sin lloriquear porque no nos trata como nos gustaría. Siempre, por supuesto, dentro de unos límites razonables en los que se respete nuestra dignidad, aspecto en el que seguro que tampoco es fácil encontrar unanimidad.

jueves, 19 de septiembre de 2013

PROPAGANDISTAS

Me apuesto doble contra sencillo a que la mayoría de los chavalines de una república africana, de cualquier país de Hispanoamérica, Europa del Este o incluso España, no podrían decir ni cuatro vaguedades de la historia de su patria y, sin embargo, se saben de memoria que los estadounidenses libraron una guerra en el XVIII contra el yugo opresor de los casacas rojas y se dieron una constitución llena de libertades y de enmiendas preciosas; que varias generaciones de emprendedores ilusionados conquistaron el oeste para cumplir sus sueños, disputando cada palmo de tierra a la naturaleza y a los indios; que en 1945, tras épicas batallas, Norteamérica salvó al mundo de la tiranía nazi y regaló chocolate a los niños de todos los pueblos liberados, y que la mejor juventud americana dio su sangre en Vietnam para llevar un soplo fresco de libertad a una nación oprimida por malvados autómatas aliados de los soviéticos. Y lo mismo pasa con la geografía: muchos críos españoles no sabrían situar Soria o Jaén en la piel de toro, pero sí recitar los estados yanquis y los barrios de Nueva York.

¿Por qué? Porque los estadounidenses son muy listos y han sabido manejar un instrumento tan poderoso como el cine para exportar la mejor imagen de sí mismos hasta el último rincón del planeta, para difundir (e imponer) sus costumbres, y, en definitiva, colonizarnos culturalmente a todos, que hemos tragado el anzuelo como merluzos creyéndonos a pies juntillas todas esas patrañas de libertad, sueños americanos y juego limpio en las guerras contra villanos de cómic.

Mientras tanto en España, teniendo una historia trufada de gestas emocionantes, de misiones más imposibles que las de Tom Cruise, de grandiosas conquistas y reconquistas frente a nuestros propios pieles rojas (los moros), de héroes entrañables y de guerras devastadoras en las que el Bien se impuso, en España, digo, nos dedicamos a rodar melodramas de putas y maricones, escenas de cama y moralinas progres e infumables de las que se descojona el mundo entero. Encima, las únicas películas españolas de historia tratan de la guerra civil y lo cuentan todo al revés para satisfacer un ansia obsesiva de venganza y, al mismo tiempo, pillar subvención.

¿Y el deporte qué? Ahí tenemos a los separatistas instrumentalizando el Fútbol Club Barcelona (¿o es al revés?) para hacer campaña de sus ideas en medio mundo. Hasta los niños de teta del villorrio más remoto de la Capadocia visten la camiseta de Messi y se han quedado con alguna de las cantinelas catalanistas escupidas por el presidente del Club ante los medios internacionales.  Sin duda el Barça ha aprovechado su popularidad mundial para convertirse en embajador del repugnante victimismo de los nacionalistas, predicando la opresión que los pobres catalanes, su idioma y su cultura sufren de un estado español absorbente, sanguijuelesco e incomprensivo. También en España, fuera de Cataluña, miles y miles de personas animan al Barça, atraídas en teoría solo por los valores deportivos del equipo, pero poco a poco su cariño por el Club les hace cada vez más tolerantes con las insidias escisionistas del Laporta o del Sandro Rosell de turno. 

En efecto, más que un club: una marioneta de la canalla separatista

Sin embargo, el Gobierno de España no ha sido capaz de aprovechar el tirón de la Selección de fútbol, vencedora en dos Eurocopas y un Mundial,  para divulgar allende nuestras fronteras un mensaje de unidad y cohesión que contrarreste la ponzoña secesionista. No se trata de caer tan bajo como ellos y hacer política con un equipo deportivo, pero sí al menos, ya que en estos años somos referencia internacional en el mundo del balompié, nos ven jugar hasta en Cochabamba, Luanda o Ulán Bator, y sale Vicente del Bosque hasta en la sopa, soltar de vez en cuando algunas verdades como puños sobre la situación de nuestra Patria y sobre el problema catalán. 

Es muy fácil, hombre. Se coge a Del Bosque y a un par de jugadores anticatalanistas, a Casillas o a Ramos mismos, y se les alecciona sobre las morcillas que han de meter en sus intervenciones en ruedas de prensa. Por ejemplo, podría sugerírseles decir: “Estamos entusiasmados del rendimiento del equipo en los últimos partidos. El equipo está unido y juega como un solo hombre, haciendo así gala de un espíritu muy español, sin arredrarle las dificultades igual que a España no le amilana el chantaje nacionalista vasco o catalán, en su ilusión por seguir siendo un pueblo unido y trabajar todos juntos con respeto a nuestras culturas diferentes”. Sería estupendo que saliera esto una y otra vez en las teles de decenas de países. Y si el seleccionador o los muchachos no fueran lo bastante patriotas y se resistieran a colaborar, el Gobierno siempre podría ayudarles a decidirse con algún pequeño incentivo económico, que eso les encanta, y si se pusieran muy farrucos se les podría hacer una inspección fiscal a fondo, a  ver si así se animan.

La cuestión es que los españoles no sabemos vendernos nada de nada, y tenemos mucho que aprender de los grandes propagandistas para lucir por todo el orbe nuestra historia ejemplar, los valores hispánicos que deberían ser nuestro orgullo y la versión que nos interese de nuestros problemas internos, que ya está bien de que nos coman la merienda.