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viernes, 19 de febrero de 2016

EL PERDÓN DEL ARZOBISPO

Ayer comenzó el juicio contra la portavoz del Ayuntamiento de Madrid, la podemita Rita Maestre, por los hechos acaecidos en 2011 en el campus de Somosaguas de la Universidad Complutense. El episodio es de todos conocido. Unas quince señoritas capitaneadas por la actual concejala de Bienestar de la capital de España accedieron por la fuerza (empujando a un sacerdote) a la capilla de la Facultad de Psicología, en cuyo interior se desnudaron de cintura para arriba y corearon con un megáfono diversas proclamas anticlericales como “arderéis como en el 36” y “el Papa no nos deja comernos las almejas”. El Fiscal pide un año de cárcel para Rita por un delito contra los sentimientos religiosos. La concejala, que entonces tenía 22 años, ha declarado ante el juez que “no tiene ningún sentido que haya una capilla, ni de de la Iglesia Católica ni de ninguna confesión religiosa, en una universidad pública. Ese era mi mensaje” y que “un torso desnudo no es un gesto ofensivo”.

A pesar de mis tentaciones, no voy a hacer ningún comentario sobre estos sucesos. Elijo morderme la lengua, más que nada por no resultar cansino repitiendo mis opiniones sobre incidentes similares. Todos los seguidores de La pluma viperina saben de sobra qué medidas concretas creo que deberían adoptarse contra esta joven.

Foto del asalto a la capilla de la Universidad Complutense
De quien sí voy a opinar sin cortarme un pelo –y ya lo siento– es del Arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro. Curiosamente la identidad de la líder de las asaltantes no trascendió hasta 2015, cuando Ahora Madrid ganó las elecciones municipales y Manuela Carmena la nombró concejal portavoz. El prelado, entonces, se apresuró a felicitar a la flamante alcaldesa por su victoria y a quitar hierro a la “travesura” de su pupila, declarando que “no hay que exagerar, hay que ponerlo en su lugar", y que "cualquier persona, si de verdad sabe quién está presente realmente en el Sagrario y en la Eucaristía, no haría esas cosas".

Pero eso no es todo. En las últimas semanas, en vísperas del juicio, la militante de Podemos, que está acojonada por su posible condena, ha acudido al Palacio Episcopal a "pedir disculpas" a monseñor Osoro, quien se ha limitado a manifestar que “a veces, a una edad determinada, todos hacemos cosas que después descubrimos que no debieran hacerse así o que deberíamos respetar otras cosas (…) Todos hemos tenido 18 y 19 años. No sé lo que habrán hecho otros, pero sí sé lo que he podido hacer yo". Según fuentes episcopales, el arzobispo considera beneficioso "pasar página" y no va a apoyar la denuncia ni a declarar contra la audaz feminista.

Para mí que el mitrado confunde el culo con las témporas. Me parece perfecto que se avenga a perdonar cristianamente a esta individua, es decir que destierre cualquier asomo de odio o rencor, trate de olvidar su conducta y, si lo desea, ponga a cero el contador de sus sentimientos hacia ella. Nada que objetar, puesto que yo, como católico, también he perdonado a esta hermana mía descarriada, por la que rezo de vez en cuando. Pero ya se sabe que el perdón, en nuestra Fe, exige verdadero arrepentimiento y no está exento de penitencia. Osoro, que aunque parezca un perfecto idiota, no lo es en absoluto, tiene que intuir que a Rita no le atormentan los remordimientos por haber asaltado un oratorio con el pecho al aire vociferando amenazas violentas. Además, como el perdón no excluye el castigo y resulta que monseñor es la máxima autoridad eclesiástica en Madrid, le corresponde defender a los fieles y el buen nombre de la Iglesia, y, por lo tanto, respaldar la denuncia interpuesta y hacer todo lo que esté en su mano para que la descocada izquierdista pague por su delito.

Rita Maestre y su ex pareja Íñigo Errejón

Ya sabemos que lo ideal es que Rita y sus muchachas se hubieran encontrado en la capilla con cuatro o cinco católicos concienciados de veras y, a ser posible, muy impulsivos, pues así el conflicto se habría resuelto de manera espontánea, sin tribunales ni papeleos. ¡Y sin rencores, por supuesto! Pero ya que las cosas han seguido un derrotero legal (y no gracias al Arzobispado, que ni siquiera denunció), lo suyo es que el señor arzobispo se deje de despropósitos y apoye por lo menos la acción legal ejercitada por varias asociaciones, que defienda lo que la Iglesia representa y se abstenga de quitar importancia a un atentado tan grave y gratuito contra la sensibilidad religiosa de millones de españoles.

¿Acaso el Arzobispado renuncia a ejercer sus acciones y derechos legales en el ámbito civil cuando alguien lesiona sus intereses económicos? ¿Acaso no defiende con uñas y dientes sus prerrogativas fiscales y patrimoniales cuando cualquiera las pone en entredicho? ¿Es que no se vuelca todos los años en una intensa campaña para que los contribuyentes marquen la equis a favor de la Iglesia en sus declaraciones? ¡Pues aquí lo mismo! No se entiende tanto rigor defendiendo unas cosas y tanta flexibilidad (por no decir pasividad) con otras. Su Excelencia Reverendísima debería dejar de hacer el payaso y luchar a brazo partido por la dignidad de la Institución, cesar de lamer el culo al gobierno municipal y combatir las humillaciones y faltas de respeto que los rojos y las feministas infligen a los católicos día sí y día también. Lo que tiene que hacer monseñor es ponerse en su sitio y dejar de avergonzarnos a los creyentes.

Lamento tener que expresarlo con tanta crudeza, pero el arzobispo de Madrid se está comportando como una babosa en su esfuerzo por mantener una relación cordial con el Ayuntamiento. Me parece triste que no quiera enterarse de que los planes de Podemos y sus satélites son mearse en la Iglesia, en sus pastores y en sus fieles cada vez que surja la más mínima oportunidad, como vienen demostrando Carmena y Ada Colau desde que tomaron posesión de sus respectivas alcaldías. 

El arzobispo de Madrid se está comportando como una babosa

También me parece penosa la evolución de la Iglesia española en general. La mayoría de sus posturas y reacciones están más condicionadas por su poder real y su capacidad de influencia que por el cumplimento de su misión. En la España de hace cincuenta años, cuando la Iglesia contaba con el máximo respaldo social y político, un arzobispo no solo habría condenado con vehemencia un crimen como el de Rita Maestre, sino que habría desplegado todo su poderío para garantizar una represión ejemplar. Y hoy todo lo contrario. En una Iglesia arruinada, con los templos vacíos, con toda la prensa aireando sus miserias ciertas o inventadas– , la ciudadanía pasando de los curas y los neomarxistas a las puertas del gobierno, ansiosos por arrasar todo vestigio de religiosidad, en una Iglesia así, digo, parece no haber lugar para la honra y la decencia, y nos tiene que tocar un monseñor Osoro que se suba la sotana hasta la cintura y se agache bien agachado para que el rojerío haga con él lo que quiera. Malo es que no proteste por la profanación de la capilla ni por el apoyo explícito de Podemos a esta agresión, pero que encima reste importancia a lo sucedido, disculpe a las responsables y se niegue a perjudicarlas en el juicio es un salivazo en plena cara de los pocos que seguimos respetando el papel de la Iglesia en nuestra sociedad. 

Está visto que debemos ir acostumbrándonos a que la Jerarquía eclesiástica, en su cobarde debilidad, trague con cualquier cosa antes que molestar a los peores enemigos del Cristianismo.


Más sobre este tema en La pluma viperina: ¡Toño, fuera de mi coño!

jueves, 14 de enero de 2016

EL BEBÉ DE CAROLINA


La fundadora y diputada de Podemos Carolina Bescansa llevó ayer a su bebé a la sesión constitutiva de las Cortes y, sin cortarse un pelo, lo amamantó en pleno hemiciclo. Incluso un bromista votó a la criatura como candidato a la presidencia del Congreso. Carolina ha declarado que “hay que favorecer que estas tareas dejen de ser un asunto privado que las mujeres tienen que resolver por su cuenta en la invisibilidad”. El episodio en general y la absurda declaración de la podemita en particular han merecido una reacción airada de gran parte de los españoles y el consabido revuelo mediático, al considerarse este comportamiento muy poco profesional, máxime cuando la Cámara Baja dispone de servicio gratuito de guardería desde hace diez años.

Yo no quito la razón a la gente cabreada, pues está feo eso de llevarse el churumbel al trabajo. Lo lógico es que una feminista tan concienciada como la Bescansa hubiera dejado al crío con su padre (en caso de saber quién es) para dar ejemplo de lucha comprometida en favor de la igualdad de género y contra el patriarcado machista que nos asola.

Lo que pasa es que a mí esta cuestión de la visibilidad y de la guardería no es la que más me preocupa, y pienso que las alarmas deberían haber saltado por otro motivo que parece haber pasado desapercibido a todo el mundo a pesar de su gravedad. Me refiero al hecho de permitir que un menor, un chiquillo inocente de pocos meses, acceda a un antro tan pernicioso como el Congreso. Igual que las autoridades competentes en materia de protección a la infancia actuarían de manera fulminante contra un padre o una madre que entrara con su niño pequeño en un bar de putas, en un espectáculo indecente o peligroso, en una timba de póquer o en un cónclave de bandidos, cabría esperar que ayer mismo se hubiera retirado a esta señorita la custodia de su hijo, pues es difícilmente imaginable un lugar más amoral y obsceno que el Congreso de los Diputados, un ambiente más sórdido y nocivo para un mocoso que el de este cubil de lobos, trileros y chorizos. 

miércoles, 2 de diciembre de 2015

LAS CAUSAS DE LA VIOLENCIA DOMÉSTICA



Los políticos, los gurús de los servicios sociales y las feministas se empeñan en hacernos comulgar con la rueda de molino de que la “violencia de género” no responde a factores económicos, sino a otros de tipo cultural y psicológico, o, lo que es lo mismo, que este drama afecta en la misma medida a toda clase de mujeres, dependan o no del sueldo de su marido, ya que se trata, más bien, de un problema de machismo estructural, definición de roles y dependencias emocionales.

Las razones de este argumentario, totalmente oxidado pero no por ello desechado por los partidos políticos y los medios de comunicación, son puramente estéticas. Decir a las claras que las mujeres con independencia económica no se dejan dar guantazos violaría las Tablas de la Ley de la corrección política. Una afirmación como esta sería considerada clasista y contraria a ese igualitarismo de escaparate que nadie se traga pero que tampoco nadie osa cuestionar.

Pero lo cierto es que las cosas son así, nos gusten o no, por mucho que manipulemos u ocultemos las estadísticas. Todos sabemos, porque no somos gilipollas, que incluso en un matrimonio del más alto nivel cultural y económico pueden darse situaciones de control abusivo, desprecio, agresividad y maltrato no solo físico sino en todas sus variantes, y que puede haber señoras con su carrera y su sueldo de postín que soporten este panorama por muy diversos motivos que pueden ir desde el miedo al qué dirán hasta una falta de carácter patológica. Pero también está muy claro que cuando episodios tan lamentables surgen en este tipo de entornos, la solución es bien simple y está al alcance de la víctima desde el minuto cero, cosa que no sucede en otros escenarios socioeconómicos.

No tengo ninguna duda de que cualquiera de mis amigas que trabajan podría dar con un energúmeno que, en un momento dado, les gritara de forma intimidatoria o incluso les arreara un bofetón. Pero también estoy seguro de que sería la primera y la última bofetada que sufrieran, pues al día siguiente ya no estarían conviviendo con el palomo, algo que por desgracia no pueden permitirse una ama de casa que jamás ha conocido el mundo laboral, una gitana sin ningún recurso o una inmigrante en paro cargada de churumbeles.

Es de cajón y lo ve hasta un niño. Podremos hacer todos los matices que nos apetezcan, pero lo normal es que una persona que sufre violencia se aleje de su agresor ipso facto. Es algo que tiene que ver con el más elemental instinto de conservación y por ello esta regla solo se rompe cuando dicha conservación no puede asegurarse más que conviviendo con el violento, por carecer de medios propios de subsistencia. Y en cuanto a las mujeres que dicen aguantar estas vejaciones por estar enamoradísimas, pues, en fin, qué vamos a decirles... Allá ellas y su concepto enfermizo del amor. Con su pan se lo coman.

Creer, como muchos se creen, que el maltrato familiar se manifiesta de la misma manera, tiene los mismos peligros y se explica por los mismos estereotipos de roles “machistas” sea cual sea el estrato social demuestra una ignorancia insultante sobre la evolución de las últimas décadas y la situación actual de las familias españolas. 

jueves, 25 de junio de 2015

FÚTBOL FEMENINO

Saludo en un antiguo partido de la Copa América
Tras su estruendoso varapalo en el Mundial, las “chicas” de la Selección Española “Femenina” de Fútbol han comparecido en diversos medios de comunicación para exigir el relevo del actual seleccionador nacional, Ignacio Quereda, al que acusan de machismo y de trato degradante. “Es como si tienes un jefe que te desprecia”, “va muchas veces por una línea autoritaria”, “nos trata como a niñas pequeñas, no como a profesionales”, "sus charlas y discursos siempre llevan la coletilla de ´chavalitas`”, “con unas está pendiente de lo que hacen y les corrige errores y de las otras pasa absolutamente”, han denunciado, entre hoy y ayer, las fracasadas futbolistas, explicando que si han callado hasta ahora ha sido para evitar represalias como las que supuestamente sufrió hace años la lesbiana Laura del Río por cuestionar los métodos de Quereda. Naturalmente a la hombruna Laura le ha faltado tiempo para unirse a la reivindicación de sus veintitrés ex compañeras.

Las jóvenes deportistas están muy molestas, las pobres, porque su seleccionador es un déspota que les hace bromas humillantes como “a ver quién hace de mujer y me pone el café” o las llama “gorditas”. Una vez, en pleno entrenamiento, le gritó a una delantera que le sobraban siete kilos. Fíjate qué drama.

Yo solo quiero preguntar si alguien se imagina a los jugadores de la Selección masculina lloriqueando en la tele porque Del Bosque se muestra imperativo, les llama “chavalitos”, les aconseja mantener la forma física o hace más caso a unos titulares que a otros. 

¡Y luego  pretenderán que nos tomemos en serio el fútbol de las féminas!  Se deben de pensar estas mozas que los entrenamientos deportivos son una asamblea, una reunión de sociedad o un encuentro de amiguitas con derecho a roce. Supongo que les encantaría que la dirección técnica fuera asumida por una tía despampanante o por una fornida camionera, según los gustos, que les prodigara, como mínimo, tantos mimos y ternezas como los que ellas intercambian (presumiblemente) en las duchas del vestuario.

A lo mejor si no concibieran el equipo como una cama redonda en la que todo varón es un extraño sus resultados en los Mundiales habrían sido muy diferentes. Para mí que no acaban de enterarse de que, en fútbol, una tijera es una jugada acrobática y no esa cochinada que tanto les gusta.

Yo no es por ser mal pensado, pero me da en la nariz que este bollo... perdón, pollo contra Ignacio Quereda lo han montado con el único propósito de brindar al balompié femenino un protagonismo que jamás encontrará en los estadios por diferentes razones, entre ellas la casi total ausencia de espectacularidad y dinamismo de este marginal deporte que a nadie le importa un pito.

viernes, 24 de octubre de 2014

REUNIÓN POR TELÉFONO



El lunes te llamamos a tu despacho el jefe de departamento y yo, y nos desviaron a tu casa porque llevas dos meses en régimen de teletrabajo. Queríamos cerrar contigo el tema de las facturas de tu empresa, que ahí siguen, y de las dos formaciones que os faltan de impartir. Activamos la llamada grupal y el manos libres. La tele-reunión duró media hora y, aparte de que, como de costumbre, no nos solucionaste nada, tu hijo de nueve meses estuvo berreando y haciendo ruiditos todo el tiempo.

Mi opinión sobre el teletrabajo no viene al caso y no me meto en la decisión que tu jefe haya tomado al respecto, pero supongo que entenderás que una reunión con llantina infantil de fondo alternada con chillidos llamando a mamá y con una especie de gu-gu-gu que nos puso la cabeza como un bombo, me parezca el colmo de la cutrería y de la antiprofesionalidad. 

Me permito recordarte que la conversación telefónica del lunes no era una cháchara con tu madre, ni con una amiga, ni con el mentecato de tu director, que tanta cancha te da, sino una reunión de trabajo con una Administración pública de la que tu empresa es proveedora, y que en una reunión de estas características tampoco es que hayan de guardarse excesivas formalidades, pero sí al menos demostrar una seriedad, un decoro y un respeto que tú no nos demostraste. Al contrario, nos diste a entender que eres una irresponsable, que no tienes ni idea de cómo comportarte con un cliente y que en tu caso el teletrabajo es una treta para escaquearte y cuidar al niño.

Que el crío llore es normal y que tu prioridad sea atenderlo, también, pero si no sabes hacerlo sin que interfiera en tus obligaciones profesionales, cógete una excedencia o renuncia al puesto, y céntrate en tu maternidad y en cuidar a tu maridito, que estoy convencido de que es tu verdadera vocación. Te garantizo que serías mejor ama de casa que consultora (a poco), aunque, claro, en estos tiempos extraños todas queréis estar en misa y repicando a la vez, practicando una conciliación de la vida laboral y familiar ajustada con calzador o yo diría mejor que a martillazos. Y así nos va.

Ya te digo que me encantaría saber qué opina tu jefe de que estés hablando con nosotros el espinoso asunto de las facturas mientras le das el biberón a Pelayo, creo que se llama, y nos deja medio sordos con sus bramidos cuando tratamos de explicarte que antes de la semana del 24 de noviembre tiene que estar todo cerrado o no vais a ver un euro.

martes, 6 de mayo de 2014

EL PÁRROCO KAMIKAZE


  
Con razón dice Sabina en su tema Más de cien mentiras que los curas de Berlanga son una de las mejores razones para vivir. En efecto, el clero patrio da mucho juego y, pese a la desaparición del genial cineasta valenciano, los españoles podemos comprobar que la realidad supera la ficción disfrutando en nuestras vidas cotidianas de presbíteros más abracadabrantes aún que el padre Calvo de La escopeta nacional, el capellán castrense de La vaquilla o los monjes de Moros y cristianos.

Hace pocos meses ya nos lo pasamos bomba con la noticia de aquel cura malagueño que prohibía a los fieles llorar en los funerales al grito de “callaos, porque si no os calláis no hago la misa, y si no hago la misa, no se entierra”. Pero la de este domingo ha sido casi más berlanguiana: Don Pedro Ruiz, párroco del pequeño municipio jienense de Canena, ha manifestado en la homilía de unas comuniones que “hace treinta años, a lo mejor un hombre se emborrachaba y pegaba a su mujer, pero no la mataba como hoy, porque antes había un sentido moral y hoy no”.

La anécdota es para relamerse, en especial por la histeria que ha provocado en los colectivos feministas y en los medios de comunicación, que a poco linchan al pobre hombre. También me parece muy hilarante la absoluta falta de tacto del cura, que, a pesar de decir una verdad como un templo (es moralmente más reprochable matar que golpear), no ha podido ser más torpe al expresarla habida cuenta del clima hipersensible de hoy en día hacia esta realidad social y de que en una ceremonia de comunión los familiares de los críos lo filman todo. Finalmente yo me pregunto, conteniendo las carcajadas, a través de qué extraño mecanismo mental, habrá terminado el padre Ruiz hablando de mujeres asesinadas en un sermón dirigido a niños de ocho años. Todo demasiado surrealista.

En realidad, el cura de Canena es un auténtico kamikaze que está por encima del bien y del mal, y le importa un pimiento lo que pueda opinar su pueblo, España o el mundo entero. De otras mil formas más sutiles podría haber expresado que la violencia doméstica se ha recrudecido en los últimos tiempos y que cada vez más casos acaban en homicidio, pero él ha preferido explicarse a lo me cago en diez, dando a entender que antes los maridos eran como Dios manda porque zurraban a sus mujeres sin llegar a matarlas. Y se ha quedado tan ancho a pesar de la tormenta mediática, lo que merece un aplauso por mi parte: si hoy hubiera rectificado todos le seguirían poniendo verde y además, qué coño, el episodio no habría tenido ni la mitad de gracia. Pedir perdón o matizar en casos como este queda muy cutre.

No dudo que el párroco haya actuado con recta intención rememorando una época en la que no salían tantas salvajadas en el telediario. El problema es que por estar tan fuera de onda de la sociedad en que vive se ha metido sin buscarlo en un jardín peliagudo. Además de revelar su carencia total de empatía con una actitud que traspasa lo grotesco, ha puesto de relieve que no tiene ni la más remota idea sobre el fenómeno del maltrato conyugal. En los tiempos de los que nos habla este sacerdote el público no conocía ni la punta del iceberg de la violencia contra las mujeres, pero es que además, dando por bueno que “antes no se mataba”, habría que preguntarse por qué. Y el motivo es que hace unas décadas la mayoría de las esposas eran dependientes de sus cónyuges, hacían lo que les mandaban e incluso aguantaban los guantazos con docilidad, de modo que ellos no se alteraban más de la cuenta, no veían la necesidad de ir más allá. En cambio ahora, con esto de la democracia y la liberación laboral y sexual, las chicas nos han salido muy respondonas; quieren hacer su vida, entrar y salir a discreción, ganar su sueldo, separarse cuando las viene en gana y quedarse con el piso y los niños, y, claro, algunos novios y maridos de la vieja escuela se ponen demasiado nerviosos y luego pasa lo que pasa... Que cada uno valore las ventajas e inconvenientes de cada época, ¿no? 

Uy, no sé si lo habré puesto peor que el cura de Canena...

martes, 4 de febrero de 2014

¡TOÑO, FUERA DE MI COÑO!


Por diversas causas que sería largo de analizar, algunas directamente achacables a ella misma, en las últimas décadas la Iglesia Católica ha ido perdiendo predicamento en la sociedad española a pasos agigantados. De ser la institución más influyente en nuestro país, de inspirar las legislaciones, de impregnar con sus valores el sistema educativo, de tener presencia activa en todos los ámbitos, de servir de referente moral indiscutible y de infundir el mayor de los respetos incluso a los más fríos en materia religiosa, nuestra querida Iglesia ha pasado a convertirse en una especie de oenegé permanentemente cuestionada, objeto de mil críticas y blanco de las calumnias más repugnantes, de la que ya reniegan en público hasta los no hace mucho fervientes devotos.

Ha sido un proceso largo y escalonado en varias fases. Primero vino un cumplimento inerte del precepto dominical acompañado de un cambio de costumbres a espaldas de la moral católica, muchas veces en un mar de remordimientos; luego una indiferencia absoluta hacia la Religión y sus ministros; más tarde la gente empezó a cachondearse de los curas y a criticar poco a poco el papel de la Iglesia en la sociedad; al poco, comenzaron a difundirse impunemente las más viles difamanciones contra sacerdotes y religiosas, y, anteayer, por fin, tocamos fondo cuando cinco militantes de la organización ultrafeminista Femen atacaron desnudas de cintura para arriba al septuagenario Monseñor Antonio Rouco, y le pusieron unas bragas sucias en la cabeza. En las tetas llevaban escrito el lema “Toño, fuera de mi coño”.

Ante un hecho semejante, que no tiene parangón en la escalada de vejaciones y faltas de respeto que los progres infligen a la Iglesia, se mezclan mis sentimientos de tristeza y de ira. Lo que no tengo claro es qué proporción de mi rabia va dirigida hacia las mujerzuelas de Lara Alcázar y cuál hacia las autoridades eclesiásticas y hacia los propios fieles católicos por humillar la cabeza como corderos ante esta afrenta. Porque si las activistas de Femen se han atrevido a insultar de esta forma la dignidad del Presidente de la Conferencia Episcopal y, consiguientemente, la de millones de fieles, es porque saben a ciencia cierta que les va a salir gratis, no solo porque el Código Penal español prevé una simple multa para quienes hagan escarnio público de los sentimientos religiosos, sino porque ni el cardenal va a protestar siquiera ni un solo creyente a reaccionar como es debido ante el atropello.

Lara Alcázar, fundadora de Femen en España
La cobardía y la pasividad de los católicos es lo que da alas a las furcias de Femen, que se saben muy seguras irrumpiendo en pelotas en catedrales abarrotadas de abuelos bonachones, o afrentando a plácidos cardenales acompañados de beatas de ochenta años, pero que se cuidarían mucho de montar una protesta de las suyas en aquellos lugares del mundo donde verdaderamente reina el patriarcado y se oprime a la mujer, léase países islámicos. Evidentemente no reivindico que los cristianos españoles adoptemos contra estas jóvenes medidas equivalentes a las que tomarían en Irak, pero me parece muy lamentable que nos quedemos con los brazos cruzados.

Por otro lado, el virulento anticlericalismo de estas señoritas les hace perder de vista algo tan obvio como que los mensajes de la jerarquía católica en materia de moral sexual van dirigidos a los creyentes que aspiran a vivir conforme a los mandatos de Cristo, entre los cuales no se encuentran las integrantes de este movimiento de origen ucraniano, que ya damos por sentado que harán caso omiso de lo que pueda opinar Rouco y se comportarán sencillamente como perras en celo al margen de todo sentido del decoro y de la dignidad. De modo que su Ilustrísima, frente a lo que ellas suponen, nunca ha tenido intención alguna de entrometerse en el uso o abuso que deseen hacer de su cavidad vaginal. La Iglesia y Toño (como ellas le llaman) pasan de su coño, aunque por supuesto estarían encantados en que se produjera una sincera conversión y la Lara y sus putitas acabaran profesando en un convento de monjas.

Mientras esperamos el milagro a mí se me ocurren diversas iniciativas que los católicos podríamos abordar para poner freno a los excesos de estas jovencitas tan lozanas, que, como todo el mundo intuye, no pertenecen a Femen, sino que son contratadas ex profeso para las algaradas ante la escasez de feministas con los mínimos requerimientos estéticos. Yo entiendo que aparte de las querellas que puedan presentarse contra Femen por su agravio a nuestra Fe, y puesto que estas chicas no quieren al cardenal en su coño, no estaría nada mal que algún exaltado les llenara de cardenales el resto del cuerpo, y, si no es mucho pedir, procediera a raparles el pelo al cero y a convidarlas con mucho cariño a un buen trago de aceite de ricino. Y que todo quede ahí, por favor: después de todo, no somos integristas.


Más remedios contra los anticlericales en La pluma viperina.

jueves, 9 de enero de 2014

PRINGAOS


Gracias a Dios, existen ciertos papeles -los guays dirían roles- que se resisten a cambiar en un mundo plagado de metrosexualidades, ideologías de género diverso y confuso, feminazismo y pijoprogres pseudointelectuales con micrófono, estrado y varas diversas para medir y golpear.

Combatir a base de dictado educacional y legalista lo que la evolución ha configurado lentamente a lo largo de milenios se antoja más que complicado. Pretender eliminar, o incluso invertir, los dictados de nuestras conexiones neuronales y los tiránicos impulsos hormonales, que moldean nuestros cuerpos y nuestros pensamientos, es propio de ilusos que creen poder tapar el Sol con un dedo. La Naturaleza tiene un orden establecido anterior y superior a nuestros complejos por muy modernos y avanzados que nos creamos.


Un orden que lleva a los hombres y a las mujeres por caminos diferentes. Pues, aunque iguales en dignidad, no es cierto que los varones y las hembras tengamos diferentes gustos, vocaciones y maneras de enfocar nuestra existencia únicamente a causa de una sociedad paternalista y falocéntrica. Somos diferentes y, gracias a Dios, complementarios.

Por eso siento cierta repulsión cuando observo esas parejas en las que parecen haberse invertido los papeles. Supongo que siempre habrán existido relaciones en las que la mujer llevara los pantalones y se vería obligada a asumir obligaciones que habrían de corresponder al varón: conducir habitualmente mientras que él se queda en el asiento trasero con los niños; pagar una cena; llevar la voz cantante a la hora de gestionar cualquier tipo de papeleo... Hombres insulsos que, de seguro, no aportan nada a una relación. Ahora, incluso, debido a la pérdida de cierta vergüenza pública, algunos de forma voluntaria -no me refiero a los que no pueden trabajar, están ya jubilados o no encuentran empleo esporádicamente- deciden hacerse cargo de las labores domésticas y del cuidado de los hijos mientras la mujer sale todos los días a buscar un jornal.

Cuando, en una pareja, ella se tiene que encargar de todo en la recepción de un hotel; o cuando una joven se ocupa de aparcar el coche y de descargar la sillita del bebé que él sostiene en brazos; o cuando un pasmarote es llevado de aquí para allá por su señora en cualquier situación pública, la Subdirectora siempre pronuncia la misma frase: «¿Has visto que pringao?»

Y no se me ocurre mejor adjetivo.

jueves, 28 de noviembre de 2013

DUDAS EXISTENCIALES SOBRE LA "VIOLENCIA DE GÉNERO"


Fritos nos tienen ya con el tema
Hay unas cuantas cosas que no entiendo sobre el fenómeno denominado “violencia de género” ni sobre su tratamiento jurídico y mediático.

Para empezar no me trago que un marido o novio se ponga a dar palizas a su pareja de un día para otro, sin una previa, larga y progresiva escalada de agresividad iniciada seguramente por leves vejaciones, seguida por gritos o insultos, y culminada por agarrones y empujones que poco a poco vayan dando paso a los golpes a medida que se envalentona el canalla. De hecho, estoy convencido de que en la mayoría de los casos los síntomas de agresividad se manifiestan de un modo u otro desde las primeras fases de la relación amorosa. Por eso no pillo por qué algunas mujeres consienten desde el principio determinados comportamientos chulescos y humillantes que, a todas luces, solo pueden desembocar en unos guantazos en el mejor de los casos. Solo se me ocurren dos explicaciones: que a estas señoras les pongan los macarrillas y les vaya la marcha, o bien que dependan económicamente del maromo y prefieran los garbanzos seguros a su integridad personal, algo muy difícil de comprender en plena era de la igualdad, de la emancipación de la mujer y del feminismo despechugado al estilo Femen. Además, qué tonto soy, cómo puedo decir lo de la independencia económica cuando las feministas ya nos han demostrado científicamente que las profesionales con trabajo e ingresos propios reciben tantas palizas como las amas de casa que viven del sueldo de su marido

Tampoco entiendo por qué esta lamentable lacra social ha sido regulada en nuestro país de un modo tan especial, casuístico, discriminatorio e injusto, llegando a invertirse la carga de la prueba en el proceso penal a favor de la mujer supuestamente agredida, de modo que si esta afirma que su compañero la ha sacudido tendrá que ser él quien demuestre lo contrario. Vamos, que si a tu señora se le cruzan los cables o tiene una mala regla, y se presenta en comisaría inventándose que la has arreado dos bofetones, no te libra de pasar la noche en el calabozo ni la Virgen del Carmen. Además yo me pregunto por qué esta conducta, que se tipifica como agravante del delito de lesiones, solo puede tener a la mujer como sujeto pasivo, o sea que si es él quien recibe una agresión de su señora (que bien podría suceder, que para eso ya somos iguales), a la violenta solo la pueden condenar de seis meses a tres años de prisión en vez de los dos años a cinco que se aplicarían si fuera al revés.


A estas un marido con mano dura les vendría como el comer
Por último, escapan por completo a mi intelecto los motivos de la reforma legislativa llevada a cabo en Inglaterra para que todas las mujeres puedan acceder al historial de “violencia machista” de sus parejas. Esta medida recién adoptada permite a las chicas británicas solicitar a la policía un informe sobre los antecedentes de violencia de género de sus nuevos novios para estar prevenidas y poder eludir episodios de maltrato. Me parece que semejante ley entra en el terreno del más puro surrealismo por contradecir de lleno la lógica natural del enamoramiento, que se basa en la ilusión y la confianza, y resulta incompatible con esas actitudes de espionaje precautorio que se pretenden fomentar. Ya estoy imaginándome situaciones extravagantes, de locos, como que Jane se enamore de Peter en un bar de copas un sábado por la noche y acuda el lunes a comisaría a preguntar si maltrataba a sus ex novias, por si acaso, oiga, que más vale prevenir que curar. También tengo curiosidad por saber si la poli exigirá a la interesada alguna acreditación de la relación sentimental (que a saber cómo se demuestra) o darán fotocopias de la ficha al buen tuntún, a cualquier vecina cotilla que pueda interesarse por los intríngulis de la vida del sujeto. Y por último no he visto que en ninguna noticia se especifique si los antecedentes a los que se dará acceso serán los policiales o los penales, aunque todo apunta a que se trate de los primeros teniendo en cuenta quién los suministra. ¡Viva la presunción de inocencia!

viernes, 30 de agosto de 2013

MODA FEMENINA ISLÁMICA

 
En los últimos tres años he visitado varios países con diferentes grados de islamización y en todos ellos no he podido dejar de fijarme en el atuendo de las mujeres (y en nada más porque en Morolandia a las chicas solo se las ve la ropa). En todos los sitios donde he estado, siempre he visto cinco tipos de mujeres según su vestimenta, que describo de menor a mayor grado de puritanismo: 

1.- Las occidentalizadas 

Se trata invariablemente de chicas jóvenes. Llevan la cabeza descubierta, siempre con el pelo muy largo y visten vaqueros y  blusa o camiseta igual que cualquier chica europea, con la diferencia de que jamás enseñan las piernas, es decir que van con pantalón largo. Tampoco dejan que se atisbe ni se transparente su ropa íntima, no como las de aquí, que la calle parece un puto desfile de Women Secret. El porcentaje de occidentalizadas varía enormemente de un país a otro, pero en general equivaldrían socialmente a las progres o jipis (o sea promiscuas) en la España de la Transisión. Por ejemplo, para una familia decente de Marruecos que un hijo se eche una novia así es motivo de drama familiar. 

2.- Las semioccidentalizadas

Prácticamente solo se diferencian de las anteriores en que llevan el hiyab en la cabeza, o sea un pañuelico, y una camiseta larga interior para no mostrar los brazos. A mí algunas me parecen muy elegantes. Son chicas universitarias o cultas que a menudo te encuentras de turismo por países no musulmanes. Gozan de una mayor aceptación social que las anteriores en bastantes áreas de la morería; no así, me temo, en Yemen o Afganistán, que no han sido ni serán en breve destinos de mis viajes. 

3.- Las doñas Rogelias 
Doñas Rogelias
Suelen ser más mayores, aunque las hay de todas las edades. Su estampa es prototípica: una gabardina horrible ligeramente entallada y de color claro (en invierno y en verano), y un hiyab o un chador cubriéndoles la cabeza. Estos fulares suelen ser de diseño horrendo, como los que llevaba nuestra abuela en los años cincuenta. Van normalmente en grupos grandes de mujeres y llevan un calzado estridente que a menudo no pega ni con cola con el resto del conjunto (por ejemplo, unas zapatillas de deporte blancas). Bajo su guardapolvo se intuye muy poca higiene, unos olores inconfesables. 





4.- Las cucarachas light
 
Cucaracha Guerrero del Antifaz
Cucaracha light
Van totalmente cubiertas con una túnica negra que les llega hasta los pies y con una especie de capucha o cofia similar a la de las monjas que las tapa el pelo y la garganta pero deja ver todo o parte del rostro: a veces la cara entera, a veces todo menos la boca y en ocasiones solo la franja de los ojos en plan Guerrero del Antifaz, depende de lo descocadas que sean.  Las guerreras del antifaz a veces se ponen unas gafas de sol y parecen el hombre invisible de la peli de James Whale. Yo he visto a chiquitas de 18 años (casadas) vestidas con alguna de estas variantes. En Marruecos serán un 10% de las mujeres y en Turquía un 5%. En Egipto ya ves a muchas. 

5.- Las cucarachas integrales
Iguales que las anteriores pero con burka o con un velo traslúcido más moderado que las tapa todo el careto. Es el máximo exponente de la degradación de la mujer. Ves bastantes pocas en zonas urbanas y alguna más en pueblos. Siempre caminan por detrás del marido que, sin excepción, tiene una pinta de garrulo que asusta. Yo esta vestimenta se la impondría durante un año a las feministas europeas para que se quejaran por algo (¡y por no verlas la cara!)

domingo, 14 de julio de 2013

DEPILACIÓN MASCULINA

Escalofríos me han dado buscando la foto de este sarasa
Calculo que ha sido en los últimos cinco años cuando ha estallado la moda de que los hombres se depilen todo el cuerpo. Hace tiempo todos conocíamos al típico metrosexual que se empeñaba en tener suave desde el pecho hasta los tobillos, pero ahora es algo que está al orden del día, principalmente entre gimnasieros, bicicleteros y otros aficionados al deporte, aunque no solo. Ayer decía una amiga que en la piscina se queda alucinada porque hay tíos mejor depilados que ella.
 
Afeitarse el cuerpo nunca ha sido en España costumbre masculina e incluso las mujeres han empezado a rasurarse las piernas en fechas más recientes de lo que imaginamos. La imagen del varón de pelo en pecho y con las canillas bien velludas siempre ha simbolizado en nuestro país, se quiera o no, las más altas cotas de virilidad y erotismo. Las mujeres como Dios manda los prefieren peludos, pues el pelo corporal abundante es indicio inequívoco de un nivel elevado de testosterona, amén de que dedicar al acicalamiento más de diez minutos semanales (y depilarse lleva mucho más) es una prueba de mariconismo despendolado.
 
Por eso los que lo llevan todo como el cutis de un bebé necesitan esgrimir toda clase de pretextos para que no los tomen por bujarrones. Los más habituales son que sin pelo el sudor resbala más, no se acumula y se huele menos, y que en caso de caídas con la bici es más fácil curar las heridas sin pelotes de por medio. ¡Todo falso! Si algunos hombres se depilan hasta las partes pudendas y los confines del culo es únicamente por motivos estéticos, para imitar a los deportistas de élite que prefieren ir sin pelambrera en las competiciones televisadas para millones de personas, y, qué coño, porque con la piel lisa se marcan mucho más los musculitos. Así que ya está bien de argumentos pseudohigiénicos y pseudodeportivos, panda de narcisistas.
 
A mí particularmente me parece una mariconada del catálogo de las graves. Téngase en cuenta por otra parte que esta práctica es muy del gusto del colectivo gay, pues el vello les parece vulgar a los muy nenazas, les estorba para ponerse sus tangas ridículos y no digamos para practicar sus cochinadas innombrables. De modo que uno de cada tres depilados integrales es homosexual, por lo que cuando veo a uno de estos snobs ultradeportivos yo prefiero situarme con la retaguardia protegida contra un muro, que más vale prevenir que curar.
 
Más grave aún, si cabe, es que algunas chicas últimamente se están volviendo unas talibanas con este asunto y exigen a sus parejas pasarse la Gillette o la cera hasta por la rabadilla, por eso de la igualdad o por el concepto absurdo de que el pelo del cuerpo es igual de feo en ellos que en ellas. A mí desde luego bastante ambiguo me parece ya quitarme el entrecejo como para rasurarme el resto del cuerpo. Preferiría la castidad perpetua, oigan.
 
Se hace preciso reivindicar, por razones de dignidad masculina y de identidad nacional, los cánones más sobrios y tradicionales de virilidad hispánica, esto es una generosa mata pectoral, a ser posible engalanada con una cadena gorda de oro; unas sobaqueras oscuras y espesorras, y, como remate, unos muslos y pantorrillas gorilescos que despierten la líbido en todas las chatis de alrededor. ¡Como debe ser!


(Más sobre estética viperina en la etiqueta "Estética y moda")

domingo, 10 de marzo de 2013

¿POR QUÉ SON FEAS LAS FEMINISTAS?


Ya lo sabía, pero el viernes, Día de la Mujer Trabajadora, pude constatarlo una vez más viendo por la tele las manifestaciones propias de la jornada e incluso en vivo (a una prudente distancia) la concentración que se celebró en mi ciudad. En efecto, las feministas son feas, muy feas. Resulta difícil encontrar armonía alguna en los rostros y cuerpos de las lideresas de estas algaradas. Desgraciadamente para ellas, el tópico se cumple con exactitud científica: gordinflonas, enanas, pelicortas, malencaradas, vulgares, poco femeninas y horteras en el vestir. De forma adicional, y aunque nada tiene que ver con la estética, estos engendros tan reinvindicativos suelen caracterizarse por una voracidad sexual insólita, que, por razones patentes, rara vez satisfacen acompañadas, lo que agria su carácter más todavía.

¿Por qué son tan feas las feministas por lo general? ¿Por qué nunca se ve a una tía buena enarbolando esas pancartas chorras? ¿Por qué son unos cocos todas las responsables de iniciativas y organizaciones relacionadas con la igualdad de género? Pues muy sencillo: a las mujeres atractivas siempre les ha ido fenomenal en eso que las feministorras llaman "el patriarcado machista". Durante tantos siglos en que los hombres han tenido la sartén por el mango en casi todos los ámbitos de la sociedad, las chicas guapas siempre han sido tratadas como princesas. Han tenido amor, dinero, fama, comodidades, vestidos, regalos y docenas de interesantes galanes pendientes de cada uno de sus caprichos. Incluso en estos tiempos en que ellas creen que nos van ganando el terreno, las mujeres agraciadas siguen siendo, sin lugar a dudas, las que primero encuentran trabajo, las que menos paro chupan, y las que más posibilidades tienen de destacar social y laboralmente, llevándose los mejores pedazos de una tarta que, por mucho que les joda a las herederas de las sufragistas (que también eran muy feas), seguimos cortando los hombres.

¿Cómo van a querer las guapas que cambie este estado de cosas, por favor? ¿Cómo van a ponerse a reivindicar la igualdad unas mujeres que desde que nacen les va todo rodado con los varones gracias a sus ojazos y a su culo? A las que no les queda otra que manifestarse y protestar es a esos orcos en versión femenina a los que no contratarían ni de dependientas en una tienda de ropa; a esos adefesios que mientras los hombres predominen en los consejos de administración de las empresas, las van a tener escondidas en una cueva, como a Gollum, si es que las contratan; a esas gruñonas mal parecidas que para conseguir un puesto cualificado precisan el triple de valía y de inteligencia que un hombre y el doble que una mujer guapa.

Pecando, ya lo sé, de simplificador, este es el gran móvil de fondo del siempre acomplejado y repugnante feminismo, que predica una igualdad de tabla rasa que jamás podrá existir, ya que las oportunidades de cada cual son ya distintas desde la cuna (y no hablo de dinero) le pese a quien le pese.

domingo, 16 de diciembre de 2012

JANDICAPADOS


A veces tengo la impresión de que en el mundillo de los servicios sociales le dan más importancia a la denominación formal de los colectivos que atienden que a garantizarles unos recursos y unas prestaciones de calidad, y a tratarles con la humanidad y el respeto que merecen.

En los primeros meses de mi carrera profesional tuve una serie de reuniones con un grupo de trabajadores sociales y alguna vez, sin mala intención, se me escaparon las expresiones “asilo”, “reformatorio” y “manicomio”, y creí que me linchaban allí mismo. Se les hinchó la vena del cuello y me llamaron de todo menos bonito, pero luego yo no veía que ese celo por dignificar el nombre empleado para referirse a los grupos desfavorecidos lo acompañaran de una preocupación real por entender sus realidades o satisfacer sus necesidades más allá de la fría burocracia. Bueno, había de todo, pero hablo en general.

Es curiosa la evolución de la nomenclatura utilizada en relación con las personas que tienen limitadas sus funciones intelectuales o físicas. De antiguo y hasta los años setenta del siglo pasado, se les designaba técnicamente (incluso en las leyes) con calificativos como “impedidos”, "inválidos", “disminuidos”, “caballeros mutilados”, “paralíticos”, “tullidos”, “idiotas” (que padecen idiocia), “dementes”, “subnormales”, “mongólicos” o “retrasados mentales”. Estas palabras jamás tuvieron intención despectiva y si se analizan etimológicamente sin perjuicios puede entreverse su origen neutro e incluso científico, puesto que en ocasiones se acuñaron por los propios descubridores de la enfermedad.

Pero todo cambió no solo en España sino en Europa cuando se pusieron en boga los estados sociales y democráticos de derecho, es decir el modelo asistencial de servicio público. Aunque estos términos, ya digo, no resultaban ofensivos en sí mismos, es cierto que habían sufrido un fuerte desgaste sociológico a lo largo de los años, siendo incluso usados como insultos en el lenguaje coloquial. Los colectivos afectados, amparados por la Administración, reaccionaron escrupulosamente y se inventaron el concepto “minusvalía”, que durante varias décadas ha sido unánimemente admitido como comodín para nombrar cualquier impedimento de movilidad o de otra naturaleza. La palabra “minusválido” ha venido pronunciándose con respeto y con normalidad durante mucho tiempo.

Fue hace más o menos quince años cuando comenzó una verdadera locura terminológica promovida por los adalides de la más ñoña corrección política. Un día a algún imbécil se le ocurrió que lo de “minusválidos” era insultante, pues equivalía, en su literalidad, a decir que esas personas “valían menos” que las demás, y las mentes privilegiadas de los servicios sociales se apresuraron a acuñar un palabro nuevo, “discapacitados”, que pareció gustar a la mayoría durante un tiempo. Si en el año 2003 llamabas minusválido a un tío en silla de ruedas, te podías dar por jodido: te caía una buena bulla de esa especie de sacerdotisas de la sensibilidad que son las asistentas sociales (lo de presidentas sí, pero lo de asistentas no les mola).

Claro que como las consultoras, los gurús del marketing, las expertas en igualdad de género y demás cretinos estratosféricos tenían que seguir forrándose, no tardaron en darnos la barrila una vez más anunciándonos muy serios que eso de “discapacitado” era como insinuar, así en abstracto, que el señor o la señora en cuestión no tenía capacidades, y que lo equitativo era concretar que sus limitaciones lo eran solo en un aspecto, y que además con ese vocablo se hacía de menos a las señoras discapacitadas. Así que nos impusieron por ley un nuevo sustantivo o, mejor dicho, una nueva frase más larga que un día sin pan: “personas con discapacidad”, que engloba a hombres y mujeres, y es menos genérica.

La cosa, señores, no acabó ahí, porque la moda de los últimos tiempos nos ha traído el anglicismo “handicapped”, que viene de “handicap” (desventaja), y que los iluminados habituales han adaptado a nuestra lengua como “handicapados”, que ya se empieza a oír mucho a los técnicos de servicios sociales, pronunciando, eso sí, la “h” como una rasposa “j”, en plan castizo. El resultado es cuando menos hilarante y, a mi modo de entender, incompatible con la dignidad de los minusválidos, discapacitados, personas con discapacidad o como se los quiera llamar. A mí “jandicapados” me suena a que han sido capados a mano, como los gorrinos.

Para mí sería deseable una menor obsesión con las palabritas, una menor instrumentalización política de estas personas con limitaciones, y, respetando su sensibilidad y sus deseos sobre cómo quieren ser designados (el lenguaje también es importante), una apuesta justa y honesta por su integración social y -en la medida de sus posibilidades- laboral, y, cuando sea preciso, por su sostenimiento económico integral, sin falsos sentimentalismos y sin dar a nadie, por una caridad mal entendida, más de lo que merece en perjuicio de los demás.

miércoles, 7 de marzo de 2012

EL NEGOCIO DE LAS GUÍAS ANTISEXISTAS

Varias administraciones autonómicas, universidades, sindicatos y otros chiringuitos que no recuerdo llevan ya unos años editando lo que denominan "guías de lenguaje no sexista", en las que recopilan una serie de indicaciones sobre cómo redactar documentos oficiales, resoluciones administrativas y normas jurídicas para que las mujeres no se vean discriminadas por culpa de los prejuicios linguísticos.

A modo de síntesis, estas guías (que yo he padecido intensamente) prohíben el uso del masculino neutro (tan firmemente consolidado en el sistema gramatical español) para designar indistintamente a hombres y a mujeres, y a veces obligan a violar las reglas relativas al participio activo en algunas palabras. Por ejemplo, pontifican que hay que decir y escribir “personas titulares de las Direcciones Generales de la Consejería de Industria” en vez de “Directores Generales de la Consejería de Industria”, “personas sin trabajo” en vez de “parados”, “la ciudadanía” en lugar de “los ciudadanos” y “presidenta” en vez de “presidente” cuando el cargo lo ocupa una señora.

También se han elaborado otras guías que no son para enseñarnos a redactar sin ser unos machistas de mierda, sino, peor todavía, para explicarnos cómo legislar midiendo con lupa el “impacto de género” de las normas, o sea velando para que, por ejemplo, una norma técnica sobre contaminantes, un reglamento sobre vías pecuarias o una orden que regule un registro de entidades deportivas no tengan consecuencias discriminatorias para las féminas. Estos documentos absurdos, que a veces se han plasmado en leyes, obligan a los funcionarios que preparan un texto normativo a acompañar al proyecto un largo y abracadabrante informe sobre el impacto de género que este pudiera tener. El tono de estos informes, que todo el mundo elabora de cualquier manera y renegando por lo bajini, se acerca unas veces al género cómico y otras al surrealista. Estaría bien publicar un día una recopilación de estas mamarrachadas.

Hace pocos días la Real Academia Española ha aprobado un polémico informe en el que arremete con bastante dureza contra las guías lingüísticas, acusándolas de contravenir las más elementales reglas léxicas, morfológicas y sintácticas de nuestra lengua, llegando a dictaminar que “si se aplicaran las directrices propuestas en estas guías en sus términos más estrictos, no se podría hablar”. La RAE también se queja de que las administraciones promotoras de estos panfletos ni siquiera han contado con  filólogos o lingüistas para su elaboración.

He de reconocer que el informe de la RAE me ha soprendido bastante, ya que esta institución, con la excusa de que el lenguaje es vivo y ha de adaptarse a los tiempos, viene vendiéndose al mejor postor desde hace años y mucho me temo que seguirá haciéndolo sin pudor. Imaginaros pues qué barbaridades recomendarán las guías de marras para que los académicos se descuelguen con este rapapolvo.

Pero lo que ni la Academia ni muchos críticos con estas barrabasadas idiomáticas y estos excesos feminazis parecen tener en cuenta es el motivo de fondo que subyace en las guías. No se trata de que un puñado de subnormalas hayan decidido de pronto sensibilizarnos a todos contra las oscuras reminiscencias sexistas de la lengua española; de hecho, yo sospecho más bien que estas cantinelas no se las creen ni las feministas más aguerridas y con más pelo en el pecho. Lo que hay detrás, y ya va siendo hora de dejarlo claro, es un reducido grupo de consultoras, asociaciones y fundaciones, auspiciadas casi todas por la Junta de Andalucía, que al más puro estilo mafioso se embolsan una pasta gansa “ofreciendo” a las Administraciones sus disparatados servicios, consistentes no solo en el diseño de las guías, sino sobre todo en la organización de formaciones y seminarios de muchos días de duración (a los que los funcionarios asisten obligados) y en la impartición de cursos on-line de tropecientas horas para explicar su intrincada metodología. Porque estas entidades privadas, de cuyas conexiones con la Administración sospechamos todos, ya se cuidan de que las guías sean lo bastante oscuras y difíciles de aplicar como para que la Comunidad Autónoma o la Universidad de turno no tengan más remedio que contratar a sus expertas, casi siempre pelicortas, marisabidillas y sociatas, para ponerse el día y cumplir con la ley; para acertar a ponerse, como ellas dicen, "las gafas del género". ¡Y cualquiera, en estos tiempos de lo políticamente correcto, se atreve a decir que no quiere ser estricto con las cuestiones de igualdad!

Vamos, lo mismo que sucede con otros sectores de los que ya hablé en su día. Todo el mundo tiene que comer y las feministas las que más.

Sobre este mismo tema en La pluma: Igualdad desigual (de Veneficus)

miércoles, 15 de febrero de 2012

INFRARREPRESENTADAS

Las feministas tienen más cara que espalda.

Desde hace años sostienen una encarnizada batalla para acabar con la infrarrepresentación femenina en diversos sectores profesionales. Nunca se han cortado un pelo y han exigido celosamente que las mujeres puedan acceder a cualquier actividad sea cual sea su naturaleza, incluso a aquellas que conllevan riesgos y esfuerzos no solo incompatibles con la constitución física y el carácter femeninos, sino que vetarles su ejercicio era un acto protector, humanitario y sensible propio de una sociedad civilizada. Un claro ejemplo fue su “logro”, en los años noventa, de acabar en España con la prohibición histórica del trabajo femenino en las minas subterráneas. ¡Menudo avance! ¡Gracias a las rojas ya no solo revientan de silicosis los hombres sino también las mujeres! Otro caso, bastante polémico, es el acceso de las chicas al ejército y a los cuerpos de seguridad del estado (eso sí, rebajando las exigencias), o a la práctica profesional de ciertos deportes como el boxeo. Se ve que su conquista del derecho a pegar tiros, a perseguir criminales y a hacer el bestia en un ring es un hito histórico en el progreso de la Humanidad.

Lo que me toca mucho la moral es que las muy zorras (en el sentido de astutas) no dicen ni pamplona cuando los discriminados somos los hombres y encima por motivos absolutamente injustificados. Por pura coherencia, estas marranillas pelicortas y vociferantes, en teoría fanáticas de la igualdad de oportunidades para todos, deberían exaltarse también cuando en una determinada actividad laboral se contrata solo a mujeres con todo el descaro, pero qué va, en estos casos flagrantes miran para otro lado porque les conviene conservar un estatus privilegiado en el mercado laboral de ese sector.

En el último mes me he fijado en varios carteles y anuncios de prensa demandando trabajadoras y solo trabajadoras para realizar cometidos que no hay quién entienda por qué han de desempeñar ellas por narices. En la frutería de al lado de mi casa: “se necesita dependienta”; en un bar de copas: “se busca camarera” y en la sección de ofertas de trabajo del periódico local: “puesto de secretaria de alta dirección”. Y aunque no haya visto anuncios últimamente, podríamos hablar de cientos de áreas de actividad copadas por mujeres y algunas veces cerradas a los hombres en las ofertas, como el cuidado de ancianos o de niños, las dependientas de tiendas de ropa, las cajeras de supermercado, las tareas de recepcionista, las auxiliares de enfermería, los servicios de limpieza, la costura y la confección, o las azafatas de congresos, por citar solo algunas.

Las habitualmente indeseables (en todos los sentidos) militantes feministas también deberían lanzarse al cuello de los miles de empresarios que solo buscan y contratan señoritas para poner copas, hacer de canguro, fregar portales o llevar la agenda de un director general. Solo así empezaríamos algunos a tomárnoslas un poco en serio como luchadoras por la igualdad (porque como mujeres imposible) y a poner en cuarentena nuestra sospecha de que, detrás de todas sus maniobras, solo hay un burdo deseo de imponerse a los varones y desahogar así, a falta de otros mecanismos, sus frustraciones y sus complejos.