domingo, 16 de diciembre de 2012

JANDICAPADOS


A veces tengo la impresión de que en el mundillo de los servicios sociales le dan más importancia a la denominación formal de los colectivos que atienden que a garantizarles unos recursos y unas prestaciones de calidad, y a tratarles con la humanidad y el respeto que merecen.

En los primeros meses de mi carrera profesional tuve una serie de reuniones con un grupo de trabajadores sociales y alguna vez, sin mala intención, se me escaparon las expresiones “asilo”, “reformatorio” y “manicomio”, y creí que me linchaban allí mismo. Se les hinchó la vena del cuello y me llamaron de todo menos bonito, pero luego yo no veía que ese celo por dignificar el nombre empleado para referirse a los grupos desfavorecidos lo acompañaran de una preocupación real por entender sus realidades o satisfacer sus necesidades más allá de la fría burocracia. Bueno, había de todo, pero hablo en general.

Es curiosa la evolución de la nomenclatura utilizada en relación con las personas que tienen limitadas sus funciones intelectuales o físicas. De antiguo y hasta los años setenta del siglo pasado, se les designaba técnicamente (incluso en las leyes) con calificativos como “impedidos”, "inválidos", “disminuidos”, “caballeros mutilados”, “paralíticos”, “tullidos”, “idiotas” (que padecen idiocia), “dementes”, “subnormales”, “mongólicos” o “retrasados mentales”. Estas palabras jamás tuvieron intención despectiva y si se analizan etimológicamente sin perjuicios puede entreverse su origen neutro e incluso científico, puesto que en ocasiones se acuñaron por los propios descubridores de la enfermedad.

Pero todo cambió no solo en España sino en Europa cuando se pusieron en boga los estados sociales y democráticos de derecho, es decir el modelo asistencial de servicio público. Aunque estos términos, ya digo, no resultaban ofensivos en sí mismos, es cierto que habían sufrido un fuerte desgaste sociológico a lo largo de los años, siendo incluso usados como insultos en el lenguaje coloquial. Los colectivos afectados, amparados por la Administración, reaccionaron escrupulosamente y se inventaron el concepto “minusvalía”, que durante varias décadas ha sido unánimemente admitido como comodín para nombrar cualquier impedimento de movilidad o de otra naturaleza. La palabra “minusválido” ha venido pronunciándose con respeto y con normalidad durante mucho tiempo.

Fue hace más o menos quince años cuando comenzó una verdadera locura terminológica promovida por los adalides de la más ñoña corrección política. Un día a algún imbécil se le ocurrió que lo de “minusválidos” era insultante, pues equivalía, en su literalidad, a decir que esas personas “valían menos” que las demás, y las mentes privilegiadas de los servicios sociales se apresuraron a acuñar un palabro nuevo, “discapacitados”, que pareció gustar a la mayoría durante un tiempo. Si en el año 2003 llamabas minusválido a un tío en silla de ruedas, te podías dar por jodido: te caía una buena bulla de esa especie de sacerdotisas de la sensibilidad que son las asistentas sociales (lo de presidentas sí, pero lo de asistentas no les mola).

Claro que como las consultoras, los gurús del marketing, las expertas en igualdad de género y demás cretinos estratosféricos tenían que seguir forrándose, no tardaron en darnos la barrila una vez más anunciándonos muy serios que eso de “discapacitado” era como insinuar, así en abstracto, que el señor o la señora en cuestión no tenía capacidades, y que lo equitativo era concretar que sus limitaciones lo eran solo en un aspecto, y que además con ese vocablo se hacía de menos a las señoras discapacitadas. Así que nos impusieron por ley un nuevo sustantivo o, mejor dicho, una nueva frase más larga que un día sin pan: “personas con discapacidad”, que engloba a hombres y mujeres, y es menos genérica.

La cosa, señores, no acabó ahí, porque la moda de los últimos tiempos nos ha traído el anglicismo “handicapped”, que viene de “handicap” (desventaja), y que los iluminados habituales han adaptado a nuestra lengua como “handicapados”, que ya se empieza a oír mucho a los técnicos de servicios sociales, pronunciando, eso sí, la “h” como una rasposa “j”, en plan castizo. El resultado es cuando menos hilarante y, a mi modo de entender, incompatible con la dignidad de los minusválidos, discapacitados, personas con discapacidad o como se los quiera llamar. A mí “jandicapados” me suena a que han sido capados a mano, como los gorrinos.

Para mí sería deseable una menor obsesión con las palabritas, una menor instrumentalización política de estas personas con limitaciones, y, respetando su sensibilidad y sus deseos sobre cómo quieren ser designados (el lenguaje también es importante), una apuesta justa y honesta por su integración social y -en la medida de sus posibilidades- laboral, y, cuando sea preciso, por su sostenimiento económico integral, sin falsos sentimentalismos y sin dar a nadie, por una caridad mal entendida, más de lo que merece en perjuicio de los demás.

12 comentarios:

Virginia dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Virginia dijo...

Qué razón tiene, Señor Neri.

He trabajado durante años de cara al público y he vivido en carnes esta obsesión verbal de la que habla. También he trabajado de cara al público en Reino Unido y he de decir que lo que tenemos aquí ni se acerca a lo de allí, que ya pasa del absurdo radical.

Con el tiempo y la práctica he llegado a la triste conclusión de que, generalmente, la gente que se empeña en negar las diferencias de forma verbal y se avergüenza al escucharlas, suele ser la más discriminadora/racista en convicciones personales, y que a las personas objeto de la "característica" suele ser a las que menos les ofende el calificativo (obviamente cuando se emite de forma natural, sin desprecio).

No sé, a mi todo este tema me resulta extremadamente ridículo y falto de sentido común, que es lo único necesario para ofrecer un servicio adecuado y adaptado a ciertas particularidades personales.

"Jandicapados". Qué horror de palabro.

alco dijo...

Hará unos 15 años o algo más, en un intercambio con un Liceo de Montpelier, ví un lavabo con el rótulo "handi". En aquella época, este lenguaje aún no había llegado a España, y yo pensé de entrada (que burro) que tenían un lavabo para inmigrantes hindúes (por algún motivo religioso, quizá). No sé porqué, handi me sonó a hindú. No dije nada, hasta que ví salir a un alumno con silla de ruedas, y lo relacioné con handicapped.

El chico de los tablones dijo...

Brillante artículo, sr. Neri. Comparto todo lo que dice usted.

Leerlo me ha recordado una acalorada discusión que generé en su día sin pretenderlo en el blog de Trija: mencioné sin mala intención la palabra "tullido" con tan mala suerte que un "jandicapado" fue a leerlo y se puso hecho un basilisco...

C. S. dijo...

¿va en serio lo de handicapado? Como llegue una asistenta social a llamarle eso a un señor de mi pueblo llamado Faustino, lo mismo acaba saliendo en El Caso. Una vez una le llamó "discapacitado" y él, lleno de furor, la increpó señalándola con el bastón: "¡Eso lo será su madre, buena mujer! ¡yo simplemete soy cojo!"

sefo dijo...

Como tú dices, el lenguaje también es importante y si es verdad que hay palabras que ya suenan mal o despectivas no me parece mal poner otras más imparciales o que a los discapacitados les guste más, porque es de educación llamar a las personas como ellas quieren que las llamen y si el Faustino que cuenta C.S. quiere que le llamen cojo a secas, así sea.

Capitan trueno dijo...

Vaya con la palabreja. Al ver el titulo pense que era un neologismo sarcastico que el Sr. Neri se habia inventado para ilustrar una historia real...pero no! Estos esperpentos parece que suceden en la realidad.

De todos modos, no se de que nos asombramos. La "correccion Politica", instrumento derivado del comunismo (al igual que el movimiento "feminista" y gran parte del ecologismo), tiene como objetivo crear una policia del pensamiento, y agilipollar a las masas borregas de occidente. Y vive Dios que lo estan haciendo muy bien.

Por fortuna, en el resto del mundo no estan las sociedades tan mal. Aun.

Al Neri dijo...

Virginia, es que los ingleses son formalistas hasta lo ridículo.

Por cierto, Virginia, ¿ha oído hablar del reciente libro de Javier Cercas Las leyes de la frontera , sobre la historia de El Vaquilla. Yo lo tengo pendiente de leer, pero tiene buena pinta. ¿Tiene usted ebook?

Alco, sí, en Europa se lleva usando más tiempo.

Tablones, genial la discusión donde Trija, pero peor fue lo mío cuando llamé mongólicos a los downs en un post, a pesar de que la palabra "mongólico" fue la empleada por el doctor Down, que fue quien descubrió esta alteración genética, y curiosamente se dejo de emplear debido a las protestas de los oriundos de Mongolia y no porque los afectados y sus familiares se sintieran ofendidos.

C.S., totalmente en serio. Busque por Internet. Yo pienso bastante como Sefo (en este tema puntual). El lenguaje sí es importante, sobre todo para los afectados. Se trata de ponernos en el lugar de los discapacitados y sus familias. Cuando sufres una desgracia de este tipo estás muy sensibilizado hacia el lenguaje que se utiliza contigo y ese es el motivo por el que se ha tendido a suavizar a fin de evitar referencias expresas a la dolencia o incapacidad (por ejemplo, "invidente" en vez de "ciego"). Sí creo que hay que atender a esta circunstancia a la hora de utilizar un término u otro, pero es que también depende de cada minusválido. Los hay que asumen su limitación con mucha naturalidad e incluso llegan a bromear al respecto (recordemos la película "Intocable") y otros muy frustrados y con la sensibilidad a flor de piel. Ambas posturas deben entenderse y respetarse, pero de ahí a incurrir en absurdeces terminológicas auspiciadas por gente que probablemente no padezca ninguna discapacidad, hay un largo trecho.

Trueno, el feminismo, el ecologismo y el progresismo social son obra del marxismo sin ningún género de duda, pero este buenismo idiota, esta corrección política, no tiene, a mi juicio, nada que ver.

Carlos Tuñón dijo...

Lo de los eufemismos ha pasado de ser un interesante recurso literario a una degradación del idioma. ¿De dónde viene este miedo reciente a llamar las cosas por su nombre para camuflar la realidad? Ahora ya no existen los ancianos, ni los viejos achacosos. Ahora se denominan personas en la edad dorada con múltiples disfunciones orgánicas. Lamentable.

Muy bueno, sr. Neri. Paradojas del destino, mi entrada en el blog este próximo jueves trataba este tema de los eufemismos. ¡Cambio de rumbo!

Virginia dijo...

Sr Neri, sí que tengo ebook :) ¡¡Muchísimas gracias por el libro del Sr Cercas, se me había pasado por alto!! Pero acabo de colgarle al cuello el cartel de "en busca y captura" :)

¿Alguna web que recomiende para libros electrónicos en particular? Si no iré a la librería directamente, todavía me gusta el papel jeje

Un saludo

Al Neri dijo...

Escriba, por favor, también sobre ello, Carlos, seguro que nos hace pasar un buen rato como con el resto de las entradas de ese gran blog sobre la sociología de la publicidad que es Reflexiones de publicidad y consumo , que recomendamos desde aquí encarecidamente.

Virginia, ahora mismo le he mandado un email reconviniéndola por su aviesa intención de piratear el libro. ¡No destruya la cultura!

Capitan Trueno dijo...

Sr. Neri, yo tambien pensaba que la correccion Politica era una simple degradacion mental del ser occidental, producida por una perdida de valores, entre otros motivos. Y asi es, ciertamente, pero tambien responde a un plan deliberado por parte de las elites marxistas.

Le recomiendo que vea este video, bastante revelador al respecto:

http://www.youtube.com/watch?v=EjaBpVzOohs&list=PL08597D2DCBC287A7&index=12

Un saludo