El conocido autor de bestsellers navideños Arturo Pérez-Reverte acaba de publicar un ensayo corto sobre la guerra civil española destinado al público de las nuevas generaciones, a una juventud ya desprovista de buena parte de los conocimientos y prejuicios de sus padres y abuelos sobre este espantoso conflicto que “causó miles de muertos, destruyó hogares, arruinó el país y llevó a mucha gente al exilio”. El loable objetivo de Reverte ha sido escribir una microhistoria de nuestra guerra, “de forma escueta, objetiva y rigurosa, sin clichés partidarios ni etiquetas fáciles”, dirigida a quienes no conocen del tema más que cuatro generalidades escuchadas de refilón o, en el mejor de los casos, leídas en los libros de texto.
Debo confesar que he leído La guerra civil contada a los jóvenes con la guardia muy alta y con los máximos recelos, dada la intensa antipatía que profeso hacia su autor. Y una vez terminada la lectura también debo admitir en justicia que mi opinión sobre el libro, sin llegar a ser entusiasta ni mucho menos, es bastante más favorable de lo que esperaba. Pero vayamos por partes.
Honestamente no me cabe otra que hacer numerosos elogios al ensayo. Se trata de un muy buen resumen que cumple de sobra su cometido de dar una visión de conjunto sobre la guerra civil a quien no sabe nada sobre ella. El texto está extraordinariamente bien escrito y sobre todo resulta muy claro. La selección de contenidos en general y la estructura en capítulos concisos y directos me han resultado muy atractivas. La mejor parte, sin duda, es el relato de las principales batallas, que recomiendo leer a todo el mundo, y en el que el periodista cartagenero demuestra una vez más que en el campo de la historia militar sabe moverse como pez en el agua. Finalmente, también son encomiables la presentación del volumen y las preciosas ilustraciones de Fernando Vicente, a pesar de algunos errores históricos sin importancia. Me ha gustado especialmente el anexo gráfico con dibujos de los oficiales, soldados y milicianos de las principales unidades de ambos bandos.
Agotado mi repertorio de alabanzas, paso a valorar, también con la máxima honestidad intelectual, si el libro cumple la promesa de ser “objetivo” y de no incurrir en “clichés partidarios ni etiquetas fáciles”. Hacer un diagnóstico sobre su neutralidad es bien sencillo. Basta con preguntarse si, una vez leído, puede adivinarse fácilmente con qué facción simpatiza Pérez-Reverte. Y la respuesta es que sí, que está al alcance de cualquiera con un mínimo de picardía acertar sus ideas tras leer el texto, aunque quizá no tanto –y ahí está el problema- para quienes se adentran por primera vez en esta materia, que son precisamente los destinatarios de la obra.
Don Arturo no es neutral y él lo sabe, pero tampoco cae en el sectarismo. Posiblemente el mayor o quizá el único defecto en el que incurra sea contar la guerra a los chavales desde la óptica y los parámetros políticos y culturales del siglo XXI, haciendo continuos e inoportunos contrastes entre los valores de los años treinta y los actuales, y lanzando, con pretendida sutileza, numerosos juicios morales. Es una pena que haya caído en esta tentación, pues el libro está muy bien planteado y podría haber sido, por fin, un referente de imparcialidad en la bibliografía sobre la guerra civil. Pero el resultado final es imperfecto porque no ayuda nada a los adolescentes y jóvenes de hoy a situarse en el contexto de 1936. El autor se limita, a grandes rasgos, a insinuarles que la Segunda República era buena porque sus fundamentos políticos eran más similares a los del régimen nacido en 1978 que los encarnados por el bando nacional. De hecho, al libro lo salva su gran brevedad y su carácter esquemático; con un 25% más de extensión, al autor se le habría visto el plumero desde la luna.
Con todo, el ensayo no es malintencionado y tiene la virtud de destacar repetidamente la valentía y la heroicidad que se vivió en ambos bandos, señalándose que “se dieron numerosos casos de infamia, pero también de dignidad” y que “mucha gente se mostró humanitaria y compasiva”. También se pretende la equidad al tratar los episodios represivos en ambas zonas, y se hace un esfuerzo por explicar de forma desapasionada los conceptos ideológicos y la doctrina de los distintos partidos y sindicatos, a cuyo efecto se incluye un anexo de definiciones que es rescatable en buena medida pese a haberse redactado a gruesos brochazos, no se sabe si para no liar al joven lector o para llevarle por el “camino recto”.
Me gustaría hacer muchas aclaraciones sobre algunos excesos del libro, pero voy a limitarme a comentar brevemente sus aspectos más tendenciosos y aquellos párrafos en los que se bordea la manipulación histórica. Para mayor claridad, los textos originales siempre los pongo en cursiva y entrecomillados.
- Se subraya el contraste entre la “república democrática, con representantes elegidos por el pueblo”, el “legítimo gobierno republicano”, y “los militares sublevados”, olvidando mencionar que la República “nació” de unas simples elecciones municipales y que su proclamación no pudo ser más ilegal e irregular.
- En el análisis de los antecedentes y causas de la contienda no se hace ni una raquítica alusión al golpe de estado que intentó dar el PSOE cuando las derechas ganaron las elecciones de 1934.
Debo confesar que he leído La guerra civil contada a los jóvenes con la guardia muy alta y con los máximos recelos, dada la intensa antipatía que profeso hacia su autor. Y una vez terminada la lectura también debo admitir en justicia que mi opinión sobre el libro, sin llegar a ser entusiasta ni mucho menos, es bastante más favorable de lo que esperaba. Pero vayamos por partes.
Honestamente no me cabe otra que hacer numerosos elogios al ensayo. Se trata de un muy buen resumen que cumple de sobra su cometido de dar una visión de conjunto sobre la guerra civil a quien no sabe nada sobre ella. El texto está extraordinariamente bien escrito y sobre todo resulta muy claro. La selección de contenidos en general y la estructura en capítulos concisos y directos me han resultado muy atractivas. La mejor parte, sin duda, es el relato de las principales batallas, que recomiendo leer a todo el mundo, y en el que el periodista cartagenero demuestra una vez más que en el campo de la historia militar sabe moverse como pez en el agua. Finalmente, también son encomiables la presentación del volumen y las preciosas ilustraciones de Fernando Vicente, a pesar de algunos errores históricos sin importancia. Me ha gustado especialmente el anexo gráfico con dibujos de los oficiales, soldados y milicianos de las principales unidades de ambos bandos.
Agotado mi repertorio de alabanzas, paso a valorar, también con la máxima honestidad intelectual, si el libro cumple la promesa de ser “objetivo” y de no incurrir en “clichés partidarios ni etiquetas fáciles”. Hacer un diagnóstico sobre su neutralidad es bien sencillo. Basta con preguntarse si, una vez leído, puede adivinarse fácilmente con qué facción simpatiza Pérez-Reverte. Y la respuesta es que sí, que está al alcance de cualquiera con un mínimo de picardía acertar sus ideas tras leer el texto, aunque quizá no tanto –y ahí está el problema- para quienes se adentran por primera vez en esta materia, que son precisamente los destinatarios de la obra.
Don Arturo no es neutral y él lo sabe, pero tampoco cae en el sectarismo. Posiblemente el mayor o quizá el único defecto en el que incurra sea contar la guerra a los chavales desde la óptica y los parámetros políticos y culturales del siglo XXI, haciendo continuos e inoportunos contrastes entre los valores de los años treinta y los actuales, y lanzando, con pretendida sutileza, numerosos juicios morales. Es una pena que haya caído en esta tentación, pues el libro está muy bien planteado y podría haber sido, por fin, un referente de imparcialidad en la bibliografía sobre la guerra civil. Pero el resultado final es imperfecto porque no ayuda nada a los adolescentes y jóvenes de hoy a situarse en el contexto de 1936. El autor se limita, a grandes rasgos, a insinuarles que la Segunda República era buena porque sus fundamentos políticos eran más similares a los del régimen nacido en 1978 que los encarnados por el bando nacional. De hecho, al libro lo salva su gran brevedad y su carácter esquemático; con un 25% más de extensión, al autor se le habría visto el plumero desde la luna.
Con todo, el ensayo no es malintencionado y tiene la virtud de destacar repetidamente la valentía y la heroicidad que se vivió en ambos bandos, señalándose que “se dieron numerosos casos de infamia, pero también de dignidad” y que “mucha gente se mostró humanitaria y compasiva”. También se pretende la equidad al tratar los episodios represivos en ambas zonas, y se hace un esfuerzo por explicar de forma desapasionada los conceptos ideológicos y la doctrina de los distintos partidos y sindicatos, a cuyo efecto se incluye un anexo de definiciones que es rescatable en buena medida pese a haberse redactado a gruesos brochazos, no se sabe si para no liar al joven lector o para llevarle por el “camino recto”.
Me gustaría hacer muchas aclaraciones sobre algunos excesos del libro, pero voy a limitarme a comentar brevemente sus aspectos más tendenciosos y aquellos párrafos en los que se bordea la manipulación histórica. Para mayor claridad, los textos originales siempre los pongo en cursiva y entrecomillados.
- Se subraya el contraste entre la “república democrática, con representantes elegidos por el pueblo”, el “legítimo gobierno republicano”, y “los militares sublevados”, olvidando mencionar que la República “nació” de unas simples elecciones municipales y que su proclamación no pudo ser más ilegal e irregular.
- En el análisis de los antecedentes y causas de la contienda no se hace ni una raquítica alusión al golpe de estado que intentó dar el PSOE cuando las derechas ganaron las elecciones de 1934.
- Se niega el carácter popular del Alzamiento del 18 de julio y no se menciona ni de pasada la importancia del factor religioso en el apoyo a la sublevación de amplios sectores de las clases humildes. “Aunque todo estaba un poco mezclado, pues la sociedad española era compleja, los obreros y campesinos se agrupaban mayoritariamente en organizaciones de izquierda, y la burguesía, los terratenientes y el ejército eran más próximos a las de derecha.”
- Hay algunas afirmaciones que parecen una burla a los lectores viniendo de un liberal como Reverte: “La tierra no era de quien la trabajaba, y las condiciones laborales en las fábricas eran a menudo injustas”. Me río por no llorar.
- Abundan los juicios de valor indisimulados al comparar las doctrinas políticas: “Algunos españoles miraban hacia el extranjero en busca de modelos políticos que aplicar como soluciones. Unos eran moderados y otros extremistas". Igualmente la definición de "fascismo" ("movimiento político que defendía un estado dictatorial") es bastante menos bucólica que la de "comunismo" ("movimiento político que busca la creación de una sociedad sin clases sociales en la que los medios de producción sean de todos los individuos").
- Parece olvidarse que en el Alzamiento participaron todas las organizaciones "de derechas" (salvo el PNV) y no solo las “más extremistas”. La CEDA de Gil-Robles (que don Arturo parece considerar moderada) contribuyó activamente a la preparación del 18 de julio. “Dispuestos a hacerse con el control de la situación, y una vez puestos de acuerdo con los movimientos más extremistas de derecha (…) , buena parte de los jefes y oficiales del ejército se sublevó contra la República”.
- No se menciona en ninguna parte que el gobierno de la Segunda República tras febrero del 36 se encontraba en manos de la extrema izquierda, tan antidemocrática o más que los alzados en julio.
- Se resaltan en exceso los detalles y las cifras del apoyo italiano y alemán a los nacionales, citándose muy someramente la intervención soviética: “La Rusia soviética también intervino activamente con consejeros y armamento.”
- Dice al hablar de la represión en ambas zonas: “La diferencia (…) era que, mientras en la zona gubernamental esta barbarie era, en buena parte, fruto del desorden y obra de elementos incontrolados, en la zona rebelde los asesinatos eran tolerados y hasta organizados por los mandos militares”. ¡Falso! En la zona roja también hubo multitud de ejecuciones organizadas por los mandos militares y por el gobierno “legítimo”, y en la zona nacional muchos de los crímenes también fueron “fruto del desorden y obra de elementos incontrolados”. De hecho, las autoridades militares prohibieron a las milicias (falangistas, carlistas) llevar a cabo fusilamientos sin autorización, y la máxima autoridad falangista hasta abril del 37, Manuel Hedilla, se desgañitó exigiendo moderación y prohibiendo los “paseos”. Todas estas advertencias fueron desoídas sistemáticamente, igual que sucedió con las que hizo el gobierno republicano en su zona.
- También sobre el tema de la represión se recurre a una absurda comparación de cifras. “Durante la Guerra Civil fueron asesinadas 180.000 personas fieles a la República, a veces por el simple hecho de estar afiliadas a un sindicato”. “La España republicana también conoció innumerables detenciones arbitrarias, torturas y asesinatos, que se calculan en unos 50.000.”. Existe una práctica unanimidad entre los historiadores en que si los izquierdistas provocaron menos víctimas que los nacionales es porque dominaron menos territorio y menos población.
- Se citan muchos más episodios represivos protagonizados por el bando nacional (Badajoz, carretera Málaga-Almería, Guernica, etc) que por los “republicanos” (solo Paracuellos).
- Se entra solo en los pormenores escabrosos que interesan. En un claro guiño a las feministas, se incluye un estúpido capítulo sobre la represión de las mujeres en la zona franquista, incidiendo en detalles anecdóticos como el rapado al cero y la ingesta de aceite de ricino. De las castraciones a sacerdotes y del corte de los pechos de las monjas no se dice ni pío. ¡O detallamos todo o no detallamos nada! “En la zona republicana los abusos a mujeres fueron más frecuentes”.
- “Todos los progresos sociales y políticos que las mujeres habían logrado con la República quedaron abolidos en la zona franquista. Allí, la imagen de la mujer activa, independiente y dueña de su propia vida se planteó como algo negativo, y fue sustituida por un modelo de mujer sumisa, esposa y madre, hogareña y religiosa.” Reverte debe de haber olvidado por error la labor de la Sección Femenina en favor de la promoción, la alfabetización y el aprendizaje de un oficio de millones de españolas de las que la República jamás se preocupó.
- Lo peor son los capítulos sobre la posguerra y el franquismo. Las valoraciones descaradas y las moralinas políticas abundan por doquier. “El régimen franquista era dictatorial y no aceptaba réplica ni debate de ideas” (¡el PCE y el PSOE en cambio eran el paradigma de las libertades!) "Durante varios años (…) , España vivió una represión despiadada y sistemática, con innumerables consejos de guerra, encarcelamientos y condenas a muerte.” (…) “En vez de optar por la clemencia y la reconciliación, el régimen franquista, convertido en una férrea dictadura que iba a durar cuarenta años, procuró aplastar cualquier resto de libertad y democracia.”. Que sí, don Arturo, que estaba España en el 39 como para clemencias y reconciliaciones. Sin un férreo control de los enemigos del nuevo régimen, hubiéramos tenido otra guerra en pocos años.
- Se dedica un capítulo a los maquis, a los que se define como “guerrilleros”, sin hacer mención alguna al número y al perfil de sus víctimas. “Pequeños grupos de combatientes se refugiaron en las montañas, donde todavía actuaron como guerrillas durante unos años”.
- Y para terminar, un buen toque de humor sobre la labor del Rey Don Juan Carlos, desvelándonos datos hasta ahora inéditos sobre sus iniciativas políticas: “A la muerte del dictador, España se convirtió en una monarquía parlamentaria por decisión personal del rey Juan Carlos”. (…) “Mediante el jefe de gobierno Adolfo Suárez, asesorado por sus preceptores y con el apoyo de todas las fuerzas políticas del momento, Juan Carlos I volvió a legalizar los partidos políticos, procuró la reconciliación nacional, liquidó el régimen franquista y devolvió a España la democracia.” ¡Bravo, bravo!























