viernes, 29 de enero de 2016

ENVEJECER


Yo pensaba que el envejecimiento humano era más bien lento y progresivo. No me basaba en ningún dato científico, sino en mi pura intuición. Sospechaba que las células, los órganos, la piel, iban desgastándose poco a poco con el paso del tiempo y que este desgaste se manifestaba físicamente también de forma escalonada.

En realidad no tengo ni puñetera idea de cómo funciona el asunto, pero lo que vengo observando cada vez más en la gente de mi entorno y en mí mismo es que, por desgracia, no nos aviejamos de manera tan pausada y paulatina como sería deseable, sino que, de cuando en cuando y sin previo aviso, sufrimos fuertes bajones. 

Yo he visto a demasiadas personas ajarse de golpe, en menos de un año. A cada edad a un nivel, por supuesto. He visto a tíos de cuarenta muy bien de aspecto y me los he encontrado al año siguiente calvos, encanecidos o con más patas de gallo que en un corral. Y las personas mayores lo mismo: señoras setentonas de aspecto juvenil, activas, que se mueven y caminan estupendamente y con la mente bien lúcida, y que en seis meses se convierten en venerables ancianitas de muleta y sofá que no se acuerdan ni de lo que acaban de comer.

Hay quien atribuye estos bajones físicos a causas concretas y, por supuesto, no niego que influyan en el envejecimiento las enfermedades o los disgustos. Pero para mí que no se trata solo de eso y que simplemente cada uno menguamos a un ritmo, subimos los escalones de nuestra edad a ratos sin prisa y a ratos corriendo, y encima estos escalones son muy irregulares, de muy diferentes alturas.

Lo noto mucho en los álbumes de fotos familiares o de amigos. A veces me fijo en alguien que está idéntico en una instantánea de 2002 que en otra de 2013, pero si miro en una de 2015 el contraste es brutal: asoman súbitamente en su rostro las huellas de toda una década, como un declive con efecto retardado. 

Es todo un misterio cómo nos marchitamos, y si no que se lo pregunten al presentador televisivo Jordi Hurtado. Ese sí que es la envidia de todos, aunque nunca se sabe si de un día para otro saldrá en Saber y ganar totalmente encorvado, con bastón y con la jeta más rugosa que Matusalén.