martes, 16 de septiembre de 2014

DIMINUTIVOS

Ya hemos hablado del gusto de los españoles por los eufemismos para mitigar la connotación negativa de algunas palabras, normalmente alusivas a ciertas realidades incómodas. Tanto evitamos llamar al pan, pan, y al vino, vino, que acabamos incurriendo en un discurso abstracto, técnico y pedante que resulta más ofensivo para los afectados que los términos de toda la vida.

Una costumbre muy parecida a esta y que a mí me hace mucha gracia es la utilización de diminutivos para no mencionar tal cual los adjetivos indeseados, por parecernos demasiado hostiles. 

Algunas veces se trata de “sustituir” insultos puros y duros. Nuestra conciencia se queda tan a gusto soltando verdaderas burradas en su versión “emotiva” o menos intensa, pero a nadie le pasa desapercibido el apelativo en cuestión; todo el mundo se da perfecta cuenta de lo que queremos llamar al sujeto, así que es una práctica inútil. “Está más bien gordito”, “¡qué vaguete es tu compañero”, “su prima parece tontita”, “¡qué golfillo!”, “ese vecino me parece algo pesadín”, “es un joven muy chulito”, “¿no es ese un poco fachita?”, “Manolo está salidillo”, “¡ay, qué especialito!”. Se nos pueden ocurrir muchos otros ejemplos. De hecho, en castellano, los diminutivos de muchos insultos parecen tener entidad propia, como dando por sentado que nadie debe usar el original para no ofender (“macarrilla”, “mariquita”, “tontorrón”, “debilucho”, “payasete”, “lentito”, “listillo”, “vejete”, “feílla”…).

En otras ocasiones las palabras que deseamos suavizar no tienen nada de malo, solo que nos da corte pronunciarlas a palo seco debido a prejuicios de corrección política que nos han ido inculcando. Probablemente el mejor ejemplo es lo de cambiar “negro” por “negrito” para denominar a los subsaharianos o afroamericanos, pero también se da a menudo con otras razas o colectivos: “gitanillo”, “morito”, “chinito”, “mudita”, “enanito”… El resultado es patético y tiene una implicación paternalista bastante desafortunada.

El lenguaje y las formas son importantes pero la intención también. Deberíamos utilizar el idioma con naturalidad y precisión, huyendo de falsas caridades (que nadie agradece) y sin tanta ñoñería.

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