martes, 5 de febrero de 2013

EL JUEGO DE LA NAVECITA


Era uno de mis mejores amigos del cole cuando tenía 13 y 14 años. Nos sentábamos juntos en clase y nos pasábamos la hora haciendo el gamba, hasta que el profesor nos expulsaba al pasillo (ahora no se puede). Por hacer el tonto con él y no atender las explicaciones de don Manrique sobre la perspectiva caballera, me quedó el dibujo de 8º para septiembre, aunque también influyó que mis láminas, tras pasarlas a tinta, parecían un bebedero de patos. Los dos sufrimos el exhaustivo interrogatorio del Padre Pajas y luego nos lo contamos horrorizados, y juntos conocimos por primera vez los insondables secretos de la Obra. A él le echaban a menudo de las pláticas por irreverente.

Nos pasábamos el día zascandileando por las calles y caminando sin rumbo fijo. Quedábamos media hora antes de que empezaran las clases de la tarde para seguir (de lejos) a alguna pandilla de chicas de la Enseñanza, y les decíamos cosas o las lanzábamos globos llenos de agua en los días de calor. En su compañía perpetré mis primeros coqueteos, tan inocentes y, por supuesto, tan infructuosos. Íbamos al cine, pero solo de cuando en cuando porque valía 250 pesetas el día del espectador, y entrábamos a la sala provistos de una bolsa de jamones (nubes para algunos) y de Fresquitos de Fiesta. Pero donde nos pasábamos horas y horas era en mi casa, jugando en mi microordenador de 8 bits a ese viejo juego de Konami en el que una navecita va atravesando galaxias llenas de peligros y, al final de cada fase, ha de enfrentarse a una siniestra nave nodriza que lanza pepinos como si fuera gratis, la hija de puta. Jamás logramos pasar más allá de la cuarta fase.

Cuando se fue del cole, poco a poco dejamos de vernos. La última vez que quedamos fue hace casi 25 años.

Pero hace diez días me encontró en Facebook y me mandó un mensaje, “tenemos que quedar a tomar algo". El tío consiguió sorprenderme pero le dije que perfecto, que al siguiente jueves por la tarde a la hora que quisiera. Rebusqué entre mis viejas fotos escaneadas y le mandé por whatsapp la única que tenemos juntos, disfrazados en las fiestas del colegio en marzo de 1988. Entonces casi no se hacían fotos. Se alegró mucho de verla, aunque no caía de cuándo era ni reconocía a todos los que salían.

La cita del jueves fue algo parecido a montarnos en el coche de Regreso al futuro (que vimos juntos). Fue un dulce intercambio de flashbacks, y de imágenes, anécdotas y situaciones que dormían ya en muchos casos en el lecho del olvido. Habíamos quedado junto al Teatro Calderón y al verle venir intuí que era él por su sonrisa, pero no estaba seguro. Parecía otro. Aquellas gafas de pasta gruesa y de cristales de culo de garrafa que le imponían, de chaval, sus tropecientas dioptrías habían desaparecido merced a una operación. Tenía el pelo completamente blanco y unas vertiginosas entradas. Antes era un tirillas y ahora está fornido. Hasta que se plantó en mis narices y nos abrazamos, yo le miraba y le miraba pero no le reconocía.

Entre caña y caña, recordamos aquellos años y hubo momentos que nos retorcimos de risa. En una especie de competición para ver quién recordaba más cosas, nos atropellábamos hablando para contarnos muchas de las gilipolleces que hicimos en aquella época. Unas veces las recordábamos los dos, pero otras solo uno, y al otro, al oírlas, se le encendía una bombilla en el trastero de sus recuerdos, una bombilla maravillosa que nos hacía sentir como si volviéramos a tener 14 tacos. Cotilleamos un poco sobre nuestro trabajo, nuestra vida sentimental, nuestras familias, nuestros viajes; sobre lo que nos había deparado la vida imprevisible.

Teníamos en común tantos recuerdos… y sin embargo yo notaba con algo de tristeza que la persona con la que estaba compartiendo unos tragos era otra totalmente distinta a la de entonces. El paso de los años nos moldea (o nos esculpe) más de lo que quisiéramos. Aunque en algún instante… no sé. Hubo algunos momentos en que mirándole a los ojos sí logré ver al amiguete de mi preadolescencia y casi tuve la seguridad de que si le llego a proponer ir a tirar globos de agua a las colegialas de las Carmelitas, habría aceptado entusiasmado.

Al despedirnos quedamos en vernos más a menudo, en salir a comer un día, en llamar a otros compañeros... Cuando llegué a casa, le mandé por mail un emulador para Windows de mi antiguo ordenador y, por supuesto, el juego de la navecita para ver si nos lo pasábamos de una puñetera vez.

7 comentarios:

Virginia dijo...

¡Sr. Neri, qué emotivo y divertido saber estas cosas de ud.!

Enhorabuena por el reencuentro :) Es agradable cuando esa complicidad no se pierde, cuando a pesar de los años sin verse, vuelves a charlar cinco minutos con él/ella y es como si fuerais los mismos de antaño. Y me gusta cuando te recuerdan cosas que ya borraste completamente de tu memoria, pero que fueron tu vida también. Debe ser algo así como que le cuenten batallitas a una persona con amnesia, porque yo muchas veces no recuerdo nada en absoluto de lo que rememoran mis amistades, aunque se suponga que estuve allí y participé activamente(e incluso recuerden mis palabras o hechos!).

A veces son los otros los que cambian, y otras somos nosotros mismos, y la forma de mirar a los demás, la que hace que parezca que han cambiado. Pero desde luego, 25 años dan para muchos cambios en ambos :)

A disfrutar de las amistades! Y muerte a la nave nodriza!!! :)

Zorro de Segovia dijo...

las anécdotas permanecen, pero las sensaciones, la intimidad, cambiará.

Quedo desde hace años con unos compañeros del instituto y me encanta verles, aunque los roles han cambiado mucho de acuerdo a la evolución que ha tenido cada uno. Aquéllos chicos y chicas quedaron en los álbumes de fotos, pero la nueva realidad tampoco está mal.

El Subdirector del Banco Arús dijo...

Es curioso que en esto seamos tan distintos. Yo no recuerdo con tanto cariño los años de mi niñez. Es más, de vez en cuando veo a gente con la que compartí amistad cuando era niño. Y veo que no tengo en común con ellos prácticamente nada.

Aprendiz de brujo dijo...

Tenía pinta de buena persona.Yo no llegué a tener mucha relación con él en el colegio, y fuera de él menos.
Reencontrase con el pasado lejano siempre es especial.No pierdas el contacto.
En fin. Si le va bien, me alegro.

Mª Asunción Balonga Figuerola dijo...

¡Muy bonito y muy bien contado este episodio nostálgico!
Además, de vez en cuando, es bueno comprobar que es usted humano :-)))
En serio, refleja algo que nos ocurre a todos, el pasado no vuelve por suerte o por desgracia.
Depende de como fue.
A mí hay momentos que me gustaría recuperar... pero prefiero tirar
p´alante y que me pase algo bueno de verdad: por ejemplo, ¡un nieto!
Me volveré loca , ¡más!, de alegría, seguro.
Un beso
Asun

El chico de los tablones dijo...

Fantástica crónica de un reencuentro, Sr. Neri. Me he emocionado al leerlo y todo... Por cierto, ¿usted tirando globos de agua a las carmelitas y esquivando los pepinazos de la nave nodriza? ¡Acostumbrado a su habitual seriedad a veces olvido que también Al Neri una vez tuvo infancia! ;-)

Ojalá que este encuentro con su amigo pueda repetirse de vez en cuando. Seguro que todavía le quedan no pocos recuerdos de su niñez que revivir.

Saludos a todos, amigos viperinos. Terminados los exámenes estoy de vuelta :-)

Carlos Tuñón dijo...

Tengo muy reciente una situación similar, por no decir igual, y me alegra saber que mi amigo de la infancia se ha podido quedar con la misma sensación que usted.

Cierto que el tiempo nos cambia, y mucho, pero yo creo que en el fondo, tras unas cuantas cervezas, vuelve a aparecer ese brillo en los ojos y determinadas maneras que durante un ratito nos trasladan a esos años en los que la amistad es lo más sincera que puede ser.