viernes, 7 de noviembre de 2014

LA CLASE


Me ha causado una fuerte impresión La clase (Entre les murs, 2008), una película francesa de Laurent Cantet que he visto esta semana. Me la habían recomendado por mi gran interés por los temas educativos y es cierto que no deja indiferente. Sin un argumento definido, La clase nos muestra el día a día de un curso académico en un centro de secundaria de un suburbio parisino atestado de chavales problemáticos y de inmigrantes africanos. El joven y progresista profesor de lengua, François, defensor de los métodos participativos y del debate en las aulas, va quemándose poco a poco ante la actitud cada vez más desafiante de los alumnos a su cargo. Los chicos, con un comportamiento más propio de macacos que de personas, terminan desanimando al docente y volviéndole escéptico con las bondades del diálogo y del igualitarismo en los que siempre creyó.

Al terminar la película a uno le afloran sentimientos contradictorios y sobre todo dudas, muchísimas dudas. La cinta dignifica la labor de los profesores de instituto, desgraciadamente infravalorada en los países de nuestro entorno. Los docentes en general, y los destinados en centros difíciles en particular, me parecen unos auténticos héroes que llevan al límite su vocación, su paciencia e incluso su salud para transmitir a los adolescentes unos conocimientos esenciales para desenvolverse en la vida social y profesional. Muchas veces esta tarea no tiene ningún reconocimiento y, lo que es peor, ningún resultado, con lo que el riesgo de desánimo es altísimo. El derrotismo hace mella en multitud de profesionales de la enseñanza, que terminan convertidos en verdaderos burócratas que pasan de los alumnos. Es aquí donde cabe preguntarse si los actuales sistemas de selección del profesorado permiten elegir a las personas más idóneas desde el punto de vista emocional y del carácter, ya que es obvio que su cometido va mucho más allá de explicar las lecciones en una pizarra y exige unas habilidades sociales, una madurez, una empatía y un temperamento por encima de la media.

La segunda cuestión que me ha venido a la cabeza es la crisis del principio de autoridad. En la película puede apreciarse como la labor de François es sistemáticamente boicoteada por la clase. Sus conflictivos alumnos no se callan jamás, lo discuten todo, juzgan su trabajo, le insultan y provocan, se niegan a participar, entran y salen del aula cuando les da la gana, no hacen nunca los deberes, mienten y difunden bulos gravísimos sobre él, y recurren a la violencia física si se les cuestiona o amonesta aunque sea levemente. Frente a esta actitud, el idealista François, jamás hace valer su autoridad, sino que, al contrario, se pasa horas intentando inútilmente razonar con los muchachos, les pide opinión sobre todo y acepta todas sus sugerencias. El resultado es el previsible: en vez de valorar la actitud dialogante de su profesor, las pequeñas bestias acaban imponiéndose y machacándolo psicológicamente. 

Supongo que una cosa es educar en los "valores democráticos” y otra perder de vista que profesores y alumnos no están ni deben estar al mismo nivel, y que aquellos pueden y deben exigir a estos el cumplimiento de una serie de obligaciones. Supongo que una cosa es mostrar una actitud cercana y otra convertir la clase en una asamblea permanente donde cualquier cuestión, ya sea organizativa, disciplinaria o educativa, tenga que ser consensuada con un alumnado que, por lo general, lo único que busca es librarse de todo esfuerzo.


Los docentes que conozco suelen quejarse de que “el sistema” no les brinda instrumentos para hacer frente de forma eficaz a la falta de disciplina y de que los críos son intocables so pena de acabar defenestrados por los padres o por la propia Administración. Sin duda tienen parte de razón, pero yo también estoy seguro de que con un mismo grupo de alumnos asilvestrados no todos los educadores sufrirían las mismas faltas de respeto ni problemas disciplinarios de la misma envergadura. Esto es así porque hay profesores que saben hacerse respetar mucho más que otros por tener más personalidad y mayor habilidad para manejar situaciones complicadas. De modo que la culpa del problema debe repartirse entre las administraciones educativas y los propios profesionales, porque, aunque es cierto que la normativa vigente excluye toda posibilidad de adoptar ciertas medidas represivas que serían indispensables y, como he dicho, no se vela por la selección de perfiles adecuados para impartir clase en circunstancias difíciles, tampoco los aspirantes a profesor actúan con responsabilidad al pretender muchos de ellos acceder a una profesión tan delicada y tan social a sabiendas de su pusilanimidad y de su nulo interés por los adolescentes. Algunos se piensan que enseñar (y domar) a imberbes de 12 a 18 años es como trabajar en una oficina y se lanzan a la aventura pensando solo en el sueldo y no en los disgustos que van a sufrir por culpa de su apocamiento y de su ineptitud para lidiar con estas fieras. Por eso la decisión de varias comunidades autónomas de convertir en autoridad pública a los profesores no va a servir para mucho, pues al final no se trata solo de una cuestión de potestas sino de autoritas personal.

Con todo, aplaudo desde aquí con mi mayor admiración a los buenos profesores, a los que se comprometen con los chicos poniendo toda su carne en el asador de una clase insufrible, a los que tienen el don de estimular las inquietudes de esos pequeños bárbaros dominados por las hormonas, a los que no se rinden pese a los contratiempos y a los que de verdad se ganan el sueldo haciendo de nuestros jóvenes unas personas mejor preparadas para la convivencia y para el trabajo.

Sobre la inmigración masiva y su repercusión en la vida de los centros docentes casi hablamos otro día, que da para mucho, aunque por supuesto agradezco cualquier comentario y cuanto más políticamente incorrecto, mejor.

3 comentarios:

Tábano porteño dijo...

Un viejo docente de estas tierras, versado en estas cuestiones pedagógicas, resumió la gravedad del tema educativo de esta manera: con la excusa de evitar el "autoritarismo", se ha quebrado el contrato implícito que hacía que mientras el docente tenía la obligación de hacerse entender del modo más claro posible, el alumno debía hacer el mayor esfuerzo por comprender al maestro. Hoy todos los derechos parecen estar del lado del alumno y todas las obligaciones del lado del profesor.

Como sabemos, una de las fuentes de la democracia liberal es J. J. Rousseau, cuya teoría del buen salvaje (el hombre bueno en estado de naturaleza, que se vuelve malo a causa de la represión de las instituciones de la civilización) contrasta con la visión cristiana (nacemos con vocación hacia el mal debido al pecado original, pero las instituciones -familia, Iglesia, escuela- tienen que "enderazarnos").
La pregunta inevitable es: ¿puede "enderezar" algo ese tontolón optimismo rusoniano?.

Dejo unos escolios de N, Gómez Dávila sobre educación (para nada "rusonianos" ni "optimistas"):
—«Lo eficaz no es denunciar la vileza de lo vil, sino mostrar la nobleza de lo noble».
—«Educar es enseñar a apasionarse por lo que carece de vigencia».
—«Mientras no tropezamos con tontos instruidos la instrucción parece importante».
—«El episodio más patético es el de la indiferencia con que la mera juventud finalmente mira la vejez más ilustre».
—«Una gran tradición intelectual es una garantía de sensatez para quien la hereda y un rico repertorio de tonterías para quien meramente se la apropia».
Sobre la educación literaria:
—«Las admiraciones literarias del joven suelen ser indicio de valores auténticos, mientras que sus antipatías se las dicta su situación histórica».
—«La filología, la crítica, la historia, es decir: el arte de leer a un autor, de comprender una doctrina, de conectar los hechos, brotan de un mismo principio: el principio del contexto».
—«La decadencia de una literatura empieza cuando sus lectores no saben escribir».
—«Las humanidades escolares le enseñaban al escritor a no hacer el oso, por lo menos».
—«El nacionalismo literario selecciona sus temas con ojos de turista.
De su tierra no ve sino lo exótico».
—«Para la prosa mágica no existen recetas, pero la prosa civilizada se aprendía».

María jesus dijo...

Yo creo que es un problema a resolver entre padres profesores y administración. No sirve de nada que la administración dicte normas que los padres pongan en tela de juicio delante de sus hijos y los profesores se ven coartados por denuncias y actitudes que minan su autoridad y su autoestima. La educación comienza en la familia, los profesores , aparte de impartir conocimientos , han de dar buen ejemplo y, al menos, no "des educar" y la administración ha de fijar las normas por las que se rijan profesores y alumnos y obligar su cumplimiento

Aprendiz dijo...

Yo también he visto esta película. No me acuerdo bien de todos los detalles, pero el profesor aunque tenía muy buena intención, acaba perdiendo el control de la clase y de sí mismo.

Ser profesor es algo muy complicado, porque pueden marcar mucho para bien o para mal. No todos los profesores marcan a todos los alumnos, pero sí a todos los alumnos les ha marcado algún profesor.

Para se profesor hay que saber elegir muy bien la edad a la que vas a enseñar según como sea cada uno, porque no todo el mundo sabe tratar a niños de infantil, primaria o secundaria.

Creo que un profesor, enseñe en el curso que enseñe, debe conocer a cada uno de sus alumnos, igual que un padre que conoce a sus hijos y sabe como va a reaccionar cada uno de ellos. Y a partir de ahí, darles a cada uno lo que necesiten.

Para mí, lo primero que tiene que hacer un profesor es conocer técnicas para controlar el aula, y trabajar mucho la paciencia. Porque si no es como si te sueltan en una jaula de leones.

Yo lo asimilo mucho a cuando montas a caballo. Tu manejas al caballo, pero el caballo va a ir probándote, y como tú no sepas en el momento corregirlo, cada vez que tenga la oportunidad va a hacer lo mismo, por lo tanto eres tu el que te tienes que anticipar, y cuando veas que llega el punto en el sabes que el caballo siempre te desobedece, un momento antes empiezas a corregirlo de modo que no le des la oportunidad. Pero para eso hay que estar pendiente de mil cosas a la vez.