sábado, 6 de diciembre de 2008

UNA CIUDAD

Si tuviera que quedarme con una ciudad, la elegiría a ella por sus huellas romanas y porque su primavera la cambia de color como a ninguna. La elegiría por el paseo de La Alameda, que discurre de la mano de un río pleno de vida y de caudal pobre; por el Santuario de su bella Virgen, incrustado entre peñas y custodiado por el vuelo de las grajillas. La escogería sin duda por las escaleras de la Plaza de San Martín, por su Torreón almenado y por la vista de las nieves de Guadarrama desde el recodo de Juan Bravo.

Es mi favorita por sus pinchos de tortilla y calamares, por los cines Miró -a pesar de su oscuro pasado- y por los escaparates de la entrada del cine Zuloaga. Por las armaduras, las ballestas y la poética hiedra en los muros de su grandioso castillo Trastámara; por la Vera Cruz templaria y solitaria y por el ambiente del Titirimundi, exportado a otras plazas no hace mucho. Por Daoiz, por la Loba, por las elecciones municipales y Las Edades del Hombre de 2003, por la “calle de los bares” y por La Plaza, así sin apellido, sin la soberbia de ser Mayor aunque reine, coqueta y luminosa, entre mil venas y rincones medievales, cristianos y judíos.

Por su parecido “con el revés de una taza: todo son cuestas arriba para llegar a La Plaza”, porque sus “leperos” son los de Abades, porque su gente te dice “majo” aunque no te conozca y “modorro” para insultarte, por los inolvidables Linecar, por su lejana estación de RENFE –ahora la reina del mambo- , por su nieve navideña, por sus viejos jugando a la petanca en el Barrio de San José, por el románico desvaído de Santa Eulalia, por la Iglesia de San Esteban, por el Claustro de San Miguel, por la ruta a La Albuera y porque a un tiro de piedra se encuentran los jardines y las fuentes del Versalles español.

Por su ponche cremoso y dulzón –y sus sucedáneos- , por las aulas de Domingo de Soto, por los conserjes de La Casa de la Tierra y por los bares de alrededor, con sus “minis” en vez de “cachis” y su platito de cacahuetes sin pelar. Por los desayunos del José María y del Portobello, por los toneles a modo de mesa a la puerta de ese irlandés de cuyo nombre no quiero acordarme, por El Narizotas, por La Almuzara y hasta por la hamburguesería San Luis.

Por el chocolate de La Colonial de Fernández Ladreda; por sus centros para mayores - públicos y privados- ; por el edificio de la Escuela de Educación; por los Jardines del Cementerio, que exaltaron mi alergia primaveral; por Padre Claret; por Coronel Rexach y por la Plaza del Alto de Los Leones. Por sus inviernos de menos diez grados y sus otoños llenos de sol. Por todas las fotos que les hice a los japoneses con los arcos al fondo. Por el bullicio alegre en sus calles los domingos a última hora…

Si tuviera que escoger una ciudad, me decantaría por ella, aunque no sea grande, ni próspera, ni independiente; aunque muchos sigan queriéndola sólo por sus asadores y por sus dos monumentos intemporales. Puede que no lo tenga todo, pero… tiene algo.

4 comentarios:

Natalia Pastor dijo...

A mi me gusta muchísimo Segovia.
Una ciudad pequeña,coqueta y majestuosa a la vez,con todo a mano,sin grandes alharacas y ese sabor inconfundible que tiene toda Castilla.

Villeguillo dijo...

Es la chica segoviana
la mujer que yo más quiero
son sus ojos más bonitos
que la lunita de enero.

Entre lo que tú cuentas y lo que me dice la jota ni me creo ni la mitad. No son razones para adorar Segovia y tú sabes quien te lo dice.

El Subdirector del Banco Arús dijo...

Muy bien escrito, sr. Neri. Me ha encantado. Hace muchísimo que no voy a Segovia.

ignatus dijo...

Pues hoy tengo que seguir con los agradecimientos: gracias, amigo Neri, por la parte que
me toca (lo de "modorro", claro ;-)

Aprovecho para apuntarte que han cerrado los cines que citas (pero los escaparates siguen, algo es algo).

Y, entre las varias cosas que mencionas y no conozco (vergüenza me da decirlo, aunque no la suficiente como para ponerle remedio), me ha intrigado lo de "las elecciones municipales".

Muy buena entrada. Felicidades.