Desde hace años bajo tres veces a
la semana con un pequeño grupo de compañeros a cumplir el ritual sagrado del
desayuno funcionarial. Como supongo que estaréis imaginando, cumplimos al dedillo los tópicos y estereotipos al uso: todos con gafas, los hombres con jersey de
rombos, ellas muy feas y con fular al cuello, conversaciones mayormente sobre
moscosos, niveles y trienios, quejas sobre los recortes en la Administración,
etc. Lo que pasa es que al principio nos reíamos mucho y lo pasábamos muy bien,
pero ahora son unos desayunos más bien formales en los que, aunque la charla es agradable, el tono general resulta un poco grave y circunspecto, sin las bromas
de antaño.
La culpa la tiene Higinio, el jefe de la Sección de Información.
Antes hacíamos muchos chistes, sobre todo Gonzalo y yo. Gonzalo era especialista en las pullas picantonas, a veces bastante subidas de tono, que hacían soltar chilliditos a las compañeras, y lo mío eran los motes despiadados, el sarcasmo corrosivo y los comentarios políticamente incorrectos sobre gitanos o igualdad de género, que siempre escandalizaban a Natalia, la más pepera del grupo. Pero ya no. Ahora ya nadie dice gilipolleces porque le tenemos un miedo atroz a Higinio.
Cuando recuerdo los desayunos del principio, se me quitan automáticamente las ganas de hacer chirigotas. Igual que ahora, llegábamos al bar un poco más tarde de las 11 y ocupábamos una mesa al fondo, abriéndonos paso a codazos para pedir y trasladar los cafés y las viandas. Higinio siempre desayunaba té con limón y un gigantesco pincho de tortilla que engullía a grandes bocados. Ocupaba media mesa con su corpachón y hablaba muy poco. Por lo general se limitaba a escucharnos al resto con los ojos muy abiertos tras sus gruesas gafas de pasta, mientras rumiaba pan y tortilla, o a responder alguna pregunta concreta que alguna vez le hacíamos sobre su departamento.
– Higinio, ¿qué quería esa rubia que ha entrado en tu sección a primera hora? –preguntaba, malicioso, Gonzalo.
El aludido respondía siempre con la boca llena, medio tapándosela con la mano, y le salía una voz gangosa y a duras penas inteligible.
– ¿Ummm? Ha fenido a for ed ceztificado que fidió e lunes.
– Bueno, bueno, pues si vuelve esa monada por el edificio, le dices, por favor, que se pase un momento por mi despacho, que quiero atenderla yo personalmente en todo, subrayo, en todo lo que necesite. ¡Todo sea por dejar satisfecha a una ciudadana!
Entonces se producía la tragedia, porque Higinio, que habla tan poco, es sin embargo hipersensible a cualquier muestra de humor, por pésima que sea, y además tiene una risa explosiva, escandalosa y, lo peor de todo, imprevisible. A la gracieta de Gonzalo, el jefe de la Sección de Información reaccionaba con una risotada gutural, estridente y detonante en el peor de los sentidos, ya que con ella esparcía a dos metros a la redonda múltiples restos masticados de tortilla de patatas y pan. Los tropezones volaban libres desde sus inflados mofletes y aterrizaban sobre la camisa de un compañero, pringaban el fular rosa de Natalia o caían en mi taza de café. Se producía un silencio espeso, incomodísimo, mientras la gente se limpiaba con discreción o apartaba su almuerzo para protegerlo de posibles nuevos disparos, ya que la carcajada de Higinio solía durar lo suyo.
Pero no aprendíamos. A la semana siguiente, igual. Yo daba un traguito a mi zumo de naranja y soltaba una cuchufleta sobre las orejas desplegadas del Director General de Accesibilidad, o contaba un chiste de negros o hacía alguna observación sarcástica sobre el administrativo de mi servicio, que es de Podemos el muy gañán, y entonces Higinio, con su tortilla de chorizo a medio deglutir, se descuajeringaba de la risa y nos hacía la metralleta sin previo aviso, que no nos daba tiempo ni a tapar las tazas. Pedazos de comida de muy diversos tamaños se estampaban en la corbata de uno, en la tostada con aceite y tomate de otra o en los pantalones del de más allá. A veces el tío, al terminar de deshuevarse, decía “perdón, perdón”, pero nadie le respondía nunca.
Así que con el tiempo nos hemos ido adiestrando en el autocontrol, y, aunque al principio nos costaba evitar las coñas, las duras experiencias vividas con el bueno de Higinio nos han convencido de que es preferible mantener la seriedad y aburrirnos un poco que morir de asco o incluso quedarnos sin desayunar, ya que a veces nuestro almuerzo quedaba incomestible después del bombardeo.
La culpa la tiene Higinio, el jefe de la Sección de Información.
Antes hacíamos muchos chistes, sobre todo Gonzalo y yo. Gonzalo era especialista en las pullas picantonas, a veces bastante subidas de tono, que hacían soltar chilliditos a las compañeras, y lo mío eran los motes despiadados, el sarcasmo corrosivo y los comentarios políticamente incorrectos sobre gitanos o igualdad de género, que siempre escandalizaban a Natalia, la más pepera del grupo. Pero ya no. Ahora ya nadie dice gilipolleces porque le tenemos un miedo atroz a Higinio.
Cuando recuerdo los desayunos del principio, se me quitan automáticamente las ganas de hacer chirigotas. Igual que ahora, llegábamos al bar un poco más tarde de las 11 y ocupábamos una mesa al fondo, abriéndonos paso a codazos para pedir y trasladar los cafés y las viandas. Higinio siempre desayunaba té con limón y un gigantesco pincho de tortilla que engullía a grandes bocados. Ocupaba media mesa con su corpachón y hablaba muy poco. Por lo general se limitaba a escucharnos al resto con los ojos muy abiertos tras sus gruesas gafas de pasta, mientras rumiaba pan y tortilla, o a responder alguna pregunta concreta que alguna vez le hacíamos sobre su departamento.
– Higinio, ¿qué quería esa rubia que ha entrado en tu sección a primera hora? –preguntaba, malicioso, Gonzalo.
El aludido respondía siempre con la boca llena, medio tapándosela con la mano, y le salía una voz gangosa y a duras penas inteligible.
– ¿Ummm? Ha fenido a for ed ceztificado que fidió e lunes.
– Bueno, bueno, pues si vuelve esa monada por el edificio, le dices, por favor, que se pase un momento por mi despacho, que quiero atenderla yo personalmente en todo, subrayo, en todo lo que necesite. ¡Todo sea por dejar satisfecha a una ciudadana!
Entonces se producía la tragedia, porque Higinio, que habla tan poco, es sin embargo hipersensible a cualquier muestra de humor, por pésima que sea, y además tiene una risa explosiva, escandalosa y, lo peor de todo, imprevisible. A la gracieta de Gonzalo, el jefe de la Sección de Información reaccionaba con una risotada gutural, estridente y detonante en el peor de los sentidos, ya que con ella esparcía a dos metros a la redonda múltiples restos masticados de tortilla de patatas y pan. Los tropezones volaban libres desde sus inflados mofletes y aterrizaban sobre la camisa de un compañero, pringaban el fular rosa de Natalia o caían en mi taza de café. Se producía un silencio espeso, incomodísimo, mientras la gente se limpiaba con discreción o apartaba su almuerzo para protegerlo de posibles nuevos disparos, ya que la carcajada de Higinio solía durar lo suyo.
Pero no aprendíamos. A la semana siguiente, igual. Yo daba un traguito a mi zumo de naranja y soltaba una cuchufleta sobre las orejas desplegadas del Director General de Accesibilidad, o contaba un chiste de negros o hacía alguna observación sarcástica sobre el administrativo de mi servicio, que es de Podemos el muy gañán, y entonces Higinio, con su tortilla de chorizo a medio deglutir, se descuajeringaba de la risa y nos hacía la metralleta sin previo aviso, que no nos daba tiempo ni a tapar las tazas. Pedazos de comida de muy diversos tamaños se estampaban en la corbata de uno, en la tostada con aceite y tomate de otra o en los pantalones del de más allá. A veces el tío, al terminar de deshuevarse, decía “perdón, perdón”, pero nadie le respondía nunca.
Así que con el tiempo nos hemos ido adiestrando en el autocontrol, y, aunque al principio nos costaba evitar las coñas, las duras experiencias vividas con el bueno de Higinio nos han convencido de que es preferible mantener la seriedad y aburrirnos un poco que morir de asco o incluso quedarnos sin desayunar, ya que a veces nuestro almuerzo quedaba incomestible después del bombardeo.


























