viernes, 8 de abril de 2016

TU UNIVERSO VIRTUAL

Siempre dices que naciste en una época equivocada y que jamás has logrado adaptarte a ella; que cada día te sientes más extraño rodeado de personas con cosmovisiones opuestas a las tuyas, presenciando como se imponen costumbres que te parecen deplorables y chocando a cada paso con códigos éticos o de comportamiento que ni entiendes ni compartes. Me explicas que no es un problema de edad porque, aunque es cierto que no sintonizas nada con las nuevas generaciones, que se te antojan frívolas, materialistas y melindrosas, tampoco es que te hayas entendido demasiado bien con tus coetáneos. 

Cada día tienes una mayor sensación de desencanto y de aislamiento. No te motivan las aficiones que a los demás entusiasman ni te mueven los mismos resortes que al común de los mortales. Tus conocidos y compañeros de trabajo te parecen, en su gran mayoría, personas sin ideales ni honor, casi como animales domésticos que se conforman con un plato diario de pienso y con poder dar, de cuando en cuando, un par de volteretas en el parque. Tus inquietudes están cada vez más alejadas de las de tus amigos de siempre, y en muchas ocasiones, cuando charlas con ellos, te da la impresión de que hablan un idioma distinto al tuyo.

Te aburre lo que a los demás divierte. Te indignan muchas de las cosas a las que los otros se han acostumbrado. Veneras y respetas aquello de lo que la gran mayoría hace escarnio. Te estimula lo que a casi todos causa indiferencia. No entiendes el cine actual y serías incapaz de leer un bestseller; sueles más bien leer cosas que casi nadie sabe que existen. Incluso hablas y te mueves de una manera que llama la atención. 




Cada vez te reconforta más la soledad y te refugias en ella del mundanal ruido. Todos los días sales a correr muy pronto, antes de ir al trabajo, por parajes solitarios, y dices que te consuela encontrarte a solas contigo mismo, con el latido de tu corazón, mientras trotas por el campo a cinco grados bajo cero. Los domingos siempre subes corriendo algún cerro de por aquí, y luego pasas un par de horas contemplando la ciudad desde la cima, escudriñando los coches lejanísimos de la autovía y a la gente minúscula que se mueve como hormigas. Tienes la sensación de que estás observando otro planeta, un mundo que nada tiene que ver contigo.

Tu trabajo te parece una gran farsa. Crees que te pagan para vender humo, para engañar a los demás. Te sientes una marioneta mal pagada y peor valorada bailando al son de cuatro millonarios que ni siquiera entienden el negocio. Me insistes en que no eres ambicioso, pero después de estudiar tan duramente esperabas otras responsabilidades y otras satisfacciones. 

Sé que te gustan mucho las mujeres pero dices que en el fondo te aburren y que tus experiencias te han enseñado lo interesadas y abrumadoramente pragmáticas que pueden llegar a ser. Hace años saliste con alguna chica, pero todas tus relaciones se congelaron lentamente, como el agua en la cubitera. Ellas decían que eras un tipo raro, muy frío, y tú pensabas que para pasar cincuenta años al lado de una persona hacía falta algo más que cuatro mimitos y una simpatía mutua. Me has contado que, en los últimos tiempos, quedas algún viernes con una compañera un poco loca, tan loca como tú, que también sale mucho a correr y escribe poesías y cuentos para niños. Tomáis unos vinos por el centro y tonteáis a base de juegos de palabras y de medias verdades, para acabar siempre en su casa buscando las briznas de placer y de comprensión que a ti te bastan pero que en ningún otro sitio encontrarías. Su cuerpo menudo y pálido te recuerda que estás vivo.

Defines tu vida como un Mátrix, como un mundo virtual que poco a poco te has ido construyendo para protegerte de la intemperie de la realidad. Vives rodeado de ti mismo, cubierto por una capa impermeable de incredulidad, de acuerdo a tus coordenadas morales y culturales, eludiendo personas, ambientes o situaciones que podrían desequilibrar tu universo perfecto. Te alimentas de recuerdos, de soledad y de “libros de caballerías”, de viejas historias edificantes que te ayudan a conservar la fe en la humanidad, esa fe que algunos creen que has perdido. 

Me he atrevido a insinuarte que, aunque tú no lo admitas, edificaste tu Mátrix con ladrillos de dolor y de frustración, que te aislaste porque sufriste fuertes palos y fuertes decepciones. Pero sigues negándolo. No crees haber sufrido más que los demás. Piensas que simplemente eres un inadaptado de nacimiento.

2 comentarios:

El chico de los tablones dijo...

Me ha gustado mucho esta entrada, como todas aquellas en las que se intuye un cierto componente autobiográfico. Me siento identificado en tantos aspectos...

También a mí me encanta escribir en segunda persona del singular: no conozco forma mejor de conseguir un texto sincero y autocrítico; una radiografía de uno mismo.

Buen fin de semana a todos.

Tábano porteño dijo...

Oración por los que no tienen suerte

Por todos los que no han tenido suerte
por los tipos de yeta y malasuerte
oremos...¡Oh Señor piadoso y fuerte!
Por la grotesca y lamentable hilera
de los que sin manzana y con dentera
la taba vida les salió culera.

Por el poeta hambriento
que mal nutrido de ilusión y viento
ve de golpe un buen día que no tiene talento...

Por la muchacha torda
que es feúcha la pobre, y además pobre y gorda
y lo sabe la pobre, aun siendo un poco sorda...

Por el empleadillo el otro día
que musitaba solo en el tranvía
este resumen de su biografía:
"Yo podría quién sabe enamorarme
pero ya no da el naipe para eso
y cuando el naipe daba
las que quise querer no me quisieron
y las que me quisieron yo no quise
y l'única para perder el seso
l'única por la cual yo moriría
o era capaz de hacer algo soberbio
me la vengo a encontrar el otro día
ella vieja y yo viejo
casada con un turco vigilante
abandonada del marido luego
de costurera en este Buenos Aires
con un chiquillo enfermo
¡y encima demasiado religiosa
pa' divorciarse en México!".

Patrón de los que no tenemos suerte
desde el mismo nacer hasta la muerte
Jesús Cristo Dios Hombre humilde y fuerte

que desde Herodes, bestia carnicero
hasta la cruz y su reventadero
mucha fortuna no tuviste; pero...

¿Tuviste buena madre? Yo también.
¿Naciste en tierra linda? Yo también.
¿De buena sangre y gente? Yo también.

¿Todo cuanto pudiste hiciste el bien?
Pues yo también, ¡oh, yo también, mi Dios,
lo he deseado hacer junto con Vos!

-Sólo que muchas veces pierdo el tren...-
y así aunque diga: "Oremos
por los que mucha suerte no tenemos"
te hago del ojo a Vos
diciéndote-¡perdón!-;"Nosotros dos
nosotros dos ¿qué más queremos?..."

¡Mas sed para los otros un milagroso Dios!

P. Leonardo Castellani