viernes, 29 de abril de 2016

ODIO LAS DESPEDIDAS


Tengo fama de ser un tanto brusco despidiéndome cuando abandono una reunión familiar, de amigos o de trabajo. Se me reprocha que cuando el encuentro ha terminado, me limito a cumplir rápidamente con los rituales de rigor (apretones de manos, besos o decir adiós) y a largarme. Es una crítica que no me extraña nada teniendo en cuenta que en este país la gente es muy dada a las despedidas interminables. No me sorprende llamar la atención con mi “impaciencia” cuando nuestra cultura mediterránea parece exigir toda clase de cansinos rodeos, circunloquios y cortesías para disolver un grupo.

Como todos conocemos de qué va el tema, me ahorro descripciones exhaustivas. Todos hemos estado tomando unas copas con unos amigos un par de horas y después casi otras dos despidiéndonos de pie y ateridos de frío junto al coche. Hemos asistido a reuniones profesionales de treinta minutos y luego nos hemos pasado cuarenta y cinco más hablando en la puerta del ascensor, antes de marcharnos. Hemos ido a cenas familiares en las que, al final, después de decirnos abur, nos hemos tirado hasta las tantas charlando en el recibidor o en el descansillo, con el abrigo a medio poner y mirando todo el rato el reloj, “bueno, nos vamos, que ya es tardísimo”. Y luego está lo de algunas parejitas de novios que dedican más tiempo a despedirse en el portal de la chica que el que han pasado en el cine y tomando cañas (aunque en este último ejemplo qué duda cabe que concurren circunstancias especiales que lo hacen malísimo).

Pero el caso es que la gente es un coñazo despidiéndose y a mí no me da la gana. Yo estoy el rato que haga falta reunido, charlando o comiendo con quien sea, tranquilamente y sin prisas de ningún tipo. Calculo el tiempo de que dispongo y en él hago o digo todo lo que tenga que hacer o decir, pero una vez se da por finalizada la reunión, cuando el palique, el cafelito o la cena concluyen y no queda nada por añadir, cuando nos ponemos en pie para irnos, yo cojo, digo hasta luego y me marcho sin más. Me ponen nerviosísimo esas eternas despedidas a la española, con todo el mundo levantado, la chaqueta ya en la mano, los críos subidos al coche desde hace media hora, los besos dados y las manos estrechadas hasta dos o tres veces, pero sin que nadie se determine a coger el montante, venga a hablar de tonterías o a repetir doscientas veces lo mismo con tal de no separarse demasiado destempladamente. ¡Me parece absurdo!

Por supuesto, el tiempo gastado en estas despedidas irracionales es directamente proporcional al número de personas presentes y al porcentaje de mujeres.

Estas situaciones son una prueba más del uso ineficiente que, sin darnos cuenta, hacemos de nuestro tiempo los españoles, tanto en nuestra jornada laboral como en el ocio de fin de semana. Nos pegamos atracones de trabajo, nos retrasamos continuamente en las citas y no dormimos las horas suficientes por nuestra incapacidad atávica de adaptar nuestra vida a las manecillas del reloj, de llegar cuando hay que llegar y de marcharnos cuando toca.

2 comentarios:

Tábano porteño dijo...

¿Y los iberoamericanos habremos heredado el defecto?. Notas como ésta (de ayer sábado) del diario La Nación, el segundo en tirada en Argentina, son recurrentes en los medios:

http://www.lanacion.com.ar/1894197-impuntuales-victimas-del-reloj-o-desidia?utm_campaign=Echobox&utm_medium=Echobox&utm_source=Facebook#link_time=1462046587

Al Neri dijo...

Es muy bueno el enlace. Recomiendo leerlo a todo el mundo. La mejor frase:

"Las personas impuntuales creen que pueden hacer más cosas de las que realmente pueden hacer con el tiempo que disponen. Se trata del fenómeno determinado como «falacia de la planificación». Y consiste en que las personas perciben el tiempo que emplean en determinadas tareas más breve de lo que es en realidad."


Y con todo el respeto, Tábano, pienso que los iberoamericanos, además de heredar el defecto, se regodean en él alcanzando límites inimaginables ni siquiera para un andaluz.