viernes, 7 de marzo de 2014

HUMILDAD

No hace falta ser Einstein para ver que la humildad es una virtud muy valorada en las relaciones interpersonales. En el fondo todos nos sabemos vulnerables e imperfectos, por lo que nos sentimos cómodos cuando las personas con las que tratamos se muestran sencillas en vez de hacer alarde de su inteligencia, su capacidad económica o su superioridad por muy evidente que estas sean. Es el abecé de la vida social que los cercanos y accesibles caen bien, mientras que a los altivos no hay quién los trague. Esto es así por una razón cultural: la modestia es uno de los grandes ejes de la moral cristiana que ha impregnado intensamente durante siglos la sociedad occidental.

Esta virtud, muy loable, suele ser objeto de ciertas distorsiones y problemas que todos conocemos. Uno de ellos es la falsa modestia, que se produce cuando alguien quiere gozar de los beneficios sociales de la humildad a pesar de que este rasgo no le caracteriza en absoluto. Lo bueno es que al falso modesto se le detecta rápidamente: en cuanto alguien le repite las críticas que él mismo se autoinflige, suele picarse y saltar impulsado por  el resorte de su soberbia.

Con la humildad sucede también, en los casos en que es auténtica, que cada vez encaja peor en el modelo de sociedad tan competitiva en que nos movemos. La sencillez está muy arraigada en nuestra mente como actitud ideal por los motivos culturales que he expuesto, pero lo cierto es que nuestro entorno social, económico y profesional ha cambiado de raíz en las últimas décadas y cada vez está más alejado de los valores cristianos. En el contexto de unas relaciones basadas en la rivalidad, los humildes corren el riesgo de ser empujados a la cuneta sin miramientos, por mucha valía que tengan. Parece obvio que por elementales razones de supervivencia, la humildad hoy en día debe ser dosificada con prudencia, advirtiendo bien su frontera con la estupidez, y combinándola con otras actitudes no necesariamente incompatibles con ella pero que sí la atemperan en cierto modo.

Casi nadie nos imaginamos a una persona muy sencilla y honesta con sus limitaciones superando la entrevista para un puesto al que aspiran cientos de profesionales. Nos chirría la presencia de un hombre campechano en ambientes (hoy tan habituales) en los que para mantenerse a flote es imprescindible saber venderse, parecer más listo que los demás y no regalar a nadie ni las migas de una ventaja.

¿Cómo compatibilizar una actitud tan encomiable como la humildad con nuestra necesidad de mantener el tipo en este mundo pujante y de apariencias que nos ha tocado en suerte?


Más sobre este tema en La pluma viperina:

- Saber venderse
- Por encima del hombro


10 comentarios:

nagore dijo...

A mi me da igual. Ya estoy cansada de ese tipo de personas tan perfectas, tan inteligentes, tan tan tan... con las que, no sabe uno cómo hay que ser para que sepan apreciar como eres y lo que vales o cómo llegar a ellas porque las quieres. Luego están los que se lo creen; los que piensan que cualquiera es más tonto que ellos.
"Nunca subestimes ni te rías de nadie; cualquier día te llevas una ostia como un piano."

Al fin y al cabo como dijo aquel "¿quién se acordará de nosotros cuando estemos muertos?" conscientes de que no somos nada y menos seremos después.

Feliz finde, chicos.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Señor Neri sigo su blog desde hace tiempo.Nunca comenté nada de este cariz.
Usted tiene un problema,nada pequeño.
Se lo resumo:busque su vocación,no la de funcionario,porque no me creo que sea esa su vocación.
Busque y encuentre, usted no es tonto.
Yo le veo,y lo escribo de corazón, en el seminario, o en alguna institución que,intuyo,le hace tilín.
Resuelva su crisis, hágame caso.
Resuelva,señor Neri.



Anónimo dijo...

Estaba leyendo la primera parte del texto y estaba pensando exactamente en lo que expone en la segunda parte.
Cuando se habla de humildad, siempre se me viene a la cabeza la anécdota que se cuenta (aunque no sé si es cierta, coincide con su personalidad)de don Miguel de Unamuno, que con su permiso contaré aquí.
Cuando el rey Alfonso XIII le estaba imponiendo una condecoración, don Miguel le espetó: "Muchas gracias, Majestad, por esta distinción que, sin duda, merezco". El monarca, sorprendido, replicó: "Es curioso, pero las demás personas que la recibieron dijeron no merecerla". A lo que el sin par escritor respondió: "Porque es verdad, ellos no la merecían".
La humildad es como tantas cosas de la vida: para poder situarte por encima de ella sin hacer el ridículo, tienes que haber demostrado antes que puedes estar poor encima de ella.

Un saludo.

Llorente.

Anónimo dijo...

Pues sí, Neri, menudo problema se va perfilando para el creyente con el aparentemente global triunfo, lento pero sostenido, del demoliberalismo plutocrático y sus consecuencias en la economía y vida laboral, que usted bien describe.

Quizá, hace ya dos mil años, nos fue dada una pista sobre cómo actuar: "sean mansos como palomas y astutos como serpientes". No será nada fácil seguramente la vida que se avecina, pero hay que recordar también aquello de que "sólo descansaremos en el Paraíso" y que "vita hominis super terram militiam est" (espero haberlo escrito bien).

Para el anónimo del 07/03/14 21.27 hs.: ¿mandar a alguien al seminario por plantearse estas cuestiones...? ¡Si lo que hace Neri es tomarse en serio su fe!, que se supone es lo que debiera hacer todo cristiano; caso contrario, lo que queda es la fe del carbonero de la que hablaba Unamuno, la cual puede estar bien... para el carbonero, pero dudo que el articulista y los lectores del blog lo sean (con todo respeto hacia quienes ejercen tal labor, si es que existe aún), más bien parece gente que busca pensar e indagar.


Y, por cierto, según el alemán Hölderlin "quien ha pensado lo más profundo ama lo más viviente".

Tábano porteño.

Andreu Camperols Butanyenc dijo...

Para todas las mujeres que con abnegación humildad y cariño hacen que esta vida sea cada vez más bonita. Mi más sincera felicitación por trabajar sin mencionar ni el sudor ni la queja; regalando siempre la mejor sonrisa.

Especialmente tú, Alfonsina.

Alfonsina dijo...

Igual que vosotros.
Exactamente.
No hay nada excepcional en nosotras que no podáis hacer vosotros.
Bueno sí... pero solo una.
Todo lo demás no importa.
También merecéis vuestro día.
Entonces seremos un poquito más iguales.
Mientras tanto...

...pero gracias, caballero.

Brisa dijo...

Sobre el post anterior, que leí recién y no puedo evitar un comentario: me parece que de "psicología" Sr. Neri ud no tiene mucha idea. No me extraña la verdad, en su tierra resulta ser la ciencia social menos desarrollada; sumado a que como ciencia cuenta con menos de 100 años...

Entiendo en algún punto a quienes piensan como ud. Para reconocer la importancia de la psicología hay que reconocer primero la vulnerabilidad del ser humano, la necesidad de la autoinspección (con el riesgo que conlleva) y tener luego el valor de buscar ayuda profesional y exponerse a "la mirada del otro". No es fácil y menos en sociedades tan conservadoras como la suya.
Una pena porque en infinidad de casos muchas personas han sobrellevado situaciones muy difíciles (que las habrían llevado al suicidio, por ejemplo) gracias a terapias psicológicas. Y el aporte en el campo de la pedagogía (que también defenestra) son invaluables.

Y como anécdota: ud me hizo acordar a una conversación hace poco con un compatriota suyo. El tema había derivado en el crecimiento del PBI en Canadá, y el tipo va y comenta: "Canadá, qué país espantoso" Cara de asombro mia. Su explicación: "Leí en el periódico que un padre fue preso por dar un escarmiento a su hija. Esta llamó a la policía y se lo llevaron esposado. ¡Por una simple paliza!" Mis ojos de huevo ameritaron el siguiente comentario: "Cuando a mi hijo más chico ya no hay forma de hacerle entender que deje de hacer alguna cosa, y parece que el cerebro le cayó a la altura del culo, un buen golpe en las nalgas hace que el cerebro le suba nuevamente a la cabeza. ¡Y Santas Pascuas!" :-)

Anónimo dijo...

Oigame, Brisa... ¿por casualidad escribe usted desde Argentina?

Su país funciona muy bien, como todo el mundo sabe. Y además son todos ustedes muy muy importantes...
Debe ser gracias a tanto psicólogo y psicoanalista.

nago dijo...

Modestino lo explica mejor que yo.

Al Neri dijo...

Sabias frases, Nago, que algunos aprenden demasiado tarde.

Extraordinaria la anécdota de Unamuno, que además nos viene muy bien para profundizar en la humildad. Era tal la soberbia de Don Miguel que, aun siendo tan inteligente, no hacía más que cagarla en su afán de ser único e intransferible y no casarse con nadie.

En el ejemplo de la condecoración yo veo 4 posibles niveles de humildad según lo que hemos dicho en el post:

- El nivel más bajo, que se corresponde con una soberbia cegadora que te convierte en gilipollas, es el de Unamuno: no solo afirma merecer la distinción (lo cual es absurdo porque nadie le había preguntado y nada gana diciéndolo salvo quedar como un imbécil), sino que encima asegura que los demás que la han recibido no la merecen, que ya es de traca.

- Un estrato todavía bastante chulesco habría sido decir solamente que él la merecía sin pronunciarse sobre los demás.

- La humildad perfecta habría consistido en dar las gracias por el premio y punto. No obstante, si alguien hubiera puesto en duda, en público o en privado, su mérito para recibirlo, yo sí consideraría perfectamente legítimo y humilde responder con argumentos defendiendo su idoneidad si él cree que la tiene.

- Otro escalafón sería el de los falsos modestos, es decir los que aseguraron al putero Alfonso XIII, también sin que nadie se lo preguntara, que no merecían tal honor. Fueron falsos como Judas, pues en realidad creían merecerlo de sobra.

- Y por último un nivel de humildad que a mí me parece dañino sería no aceptar el premio por considerar que no se merece. De idiotas también, vamos. Y de más cretinos aún es explicar por qué no se merece y además decir que otros sí lo merecen.

Muy bien, Anónimo de las 22:03. Una cosa es reconocer el valor que en situaciones puntuales puede tener la psicología clínica y otra lo que sucede con estos temas en Argentina, país en el que, en mi humilde opinión, se les va la fuerza por la boca. Debe de ser por consejo de los psicoanalistas, que insisten en expresarse sin ataduras. Buen ejemplo es el Santo (que no discreto) Padre, del que auguro protagonizará graves cagadas en los próximos años a causa de esa espontaneidad suya tan relajante y liberadora. Y total para no cambiar nada.