Definitivamente, el invento este de la democracia es maravilloso.
Los virtuosos demócratas aprueban unas leyes equitativas y respetuosas con la libertad y con la vida humana. Enuncian unas cartas de derechos preciosas, que hacen llorar de emoción. Legislan unas penas justas, proporcionadas y acordes con esos derechos. Regulan un sistema procesal transparente y garantista, para que nadie pueda ser condenado (ni mucho menos ejecutado) sin previa sentencia judicial y sin pruebas fehacientes. Enuncian orgullosos el principio de presunción de inocencia y el derecho a la defensa legal. Por si fuera poco, diseñan unas políticas antiterroristas prudentes, sensibles y ponderadas para dejar claro su talante dialogante, alejado de toda imposición represiva.
Pero luego, como saben que esto sirve de poco en la lucha contra los criminales a gran escala, organizan comandos clandestinos o secretos, sin límite en los procedimientos o medios empleados, para cepillarse por las buenas a todos los terroristas, enemigos del país, sujetos peligrosos, supervillanos de tebeo y, en fin, a quien les dé la gana. Sin publicidad, sin juicios, sin garantías y sin leches. Mandan de tapadillo al Agente 007 a un país lejano, compran a un par de malos, convocan a los hombres de Harrelson o al Equipo A, y pim, pam, pum, se cargan al malo maloso sin rodeos ni contemplaciones.
Aquí en España la cosa se llamó GAL y lo llevaron muy en secreto hasta que saltó la liebre por las chapuzas cometidas. En Estados Unidos le echan más huevos porque a la población (muy demócrata) en el fondo le encantan estas macarradas de cine de acción donde al final Chuck Norris o Stallone hacen venganza y matan al comunista o al moro de turno. Los yanquis cada vez disimulan menos y, si les pillan, se limitan a sonreír picarones como el niño al que sorprenden robando chocolate en la despensa: “jijiji, es que yo creía que sí había armas de destrucción masiva”, “jejeje, es que Bin Laden era muy malvado y ha sido en un tiroteo, jijiji, bueno, vale, iba desarmado”.
Da gusto con la democracia, oye. Yo de mayor también quiero ser demócrata y presumir de libertades, de derechos y de leyes guays (para pillar los votos de los ciudadanos), que luego ya estudiaré cómo me los salto con disimulo para arreglar los problemas, luchar con eficacia contra los delincuentes más antisociales o proteger el país en serio, con los mismos métodos que siempre critico en los fascistas e incluso en los propios terroristas.