Realizo muchos kilómetros con el coche a lo largo del año, del orden de 40.000. Tantas horas sentado al volante, muchas veces en solitario y por las mismas carreteras castellanas, rectas y monótonas, precisan de una ligera distracción. Hace algunos años, siempre sintonizaba La mañana de Federico en la COPE, antes de que el locutor se comportara como un auténtico psicópata. Más tarde, aburrido de los voceros bicolores del régimen y de los CD's que ya me sabía de memoria, comencé a captar cadenas musicales. Esto supuso un trabajo de selección bastante sencillo, utilizando como primer criterio que los locutores hablasen poco (así se descartó Los 40 Subnormales); y, como segundo, que huyeran de las gitanadas (y así eliminé Cadena Dial).
Y poco a poco, según desaparece del espectro o se acomoda en un estilo único, voy mudando de emisora favorita: de M80 a Vive Radio (del ínclito rey juntero Michel Méndez Pozo); de KissFM a EuropaFM; y tras eliminar esta última emisora y a sus locutoras guarrofónicas nocturnas del dial de mi Toyota, pasé a Cadena 100 que, por fin, se escucha en toda Castilla y León.
No sé si será por causa de la edad o porque la falta de competencia profesional también incluye a los que programan la parrilla de las emisoras o por una crisis de creatividad pero, últimamente, la música que escucho en todas las emisoras me parece más aburrida, vulgar y similar cada día que pasa. Tanto en inglés como en español, la música es mala y la letra logra rematarla. En inglés, al menos, no entiendo casi nada la mayoría de las veces, a Dios gracias, pero las letras españolas son francamente pésimas. De ahí creo que viene la moda española de componer letras en inglés, incluso para Eurovisión: para que poca gente se entere de las chorradas que estamos diciendo, vamos a traducirlas chapuceramente a otro idioma. O bien se piensan que nuestra lengua y cultura, que representan a 500 millones de almas en el mundo, no están a la altura de un histriónico y caduco concursillo.
La música siempre me había parecido un especie de ciencia oscura, reservada para elegidos capaces de interpretar sus arcanos pero va a resultar que estaba equivocado. Poco a poco me voy convenciendo que, en su expresión más comercial, popular y monetaria, está infestada de frotaguitarras cuyos conocimientos no exceden el de los gitanillos de órgano Casio, trompeta, cabra y escalera. Gentes que solo son capaces de juntar cuatro notas, en el mejor de los casos pegadizas, y que, sin duda debido a su escasa formación académica, no aciertan a componer unos ripios resultones que sirvan siquiera de acompañamiento.
Ahí está como prueba aquel compositor de Mecano empeñado en que su ¿ópera? se estrenara en El Real. Una chapuza que le obligó a aprender solfeo y que, a pesar de haber sido interpretada por Plácido Domingo -poderoso caballero habrá sido don Dinero- parecía una auténtica broma: «Que por qué; que por qué./ Yo que sé; yo que sé./Si tú me dejas, yo me tiro al río,/ ¿sabes? Cariño mío.» decía el gitano Manolillo o algo así.
Y luego, tras sufrir bodrios como este que me obligaban a desconectar la radio, he decidido volver a sintonizar de nuevo la COPE (advierto a los lectores que escuchar esta canción aumenta las ganas de matar):
