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jueves, 22 de noviembre de 2012

LA GENTE FEA DE LAS MANIFAS

No puedo reprimir mi simpatía por aquellas personas que por razón de su personalidad, edad o prestigio, llega un momento en que están por encima del bien y del mal, les importa un bledo quedar como Cagancho, y dicen sin rodeos lo que piensan y lo que les apetece. Por eso en su día aplaudí a rabiar, mientras me retorcía de risa, la bulla de Fernando Fernán Gómez al plasta que le perseguía para pedirle un autógrafo y el glorioso rapapolvo de Paco Umbral a la petarda de la Milá, que le llevó engañado a su programa so pretexto de promocionar su último libro. Dos de los momentos más hilarantes de la historia de la televisión en España.

La última genialidad de este tipo la ha protagonizado ayer mismo el magnífico y entrañable actor Arturo Fernández, soltando en una tertulia sin desperdicio en El gato al agua de Intereconomía que “en las manifestaciones yo en mi vida he visto gente más fea” y, refiriéndose a las concentraciones de la huelga de la semana pasada, que “hay que poner gente guapa, la gente guapa siempre funciona. No hay gente fea excepto estos, que yo no sé dónde fueron a por ellos”.

El galán por excelencia, el actorazo irreprochable, el figurín deseado por las damas de dos generaciones, ha escogido el momento histórico más inapropiado para decir una verdad como un templo y se ha quedado tan ancho. Y es que el chatín, el indiscutible arbiter elegantiarum de España, más que cuadrados, los tiene rectangulares.

El gran Arturo no ha expresado ni mucho menos una frivolidad; se ha limitado a recordarnos una realidad empíricamente contrastable sobre las protestas ciudadanas. No hay cosa más cutre y con menos glamour que las marchas reivindicativas, siempre atestadas de mangarrianes en manada voceando como cabreros consignas toscamente rimadas, y exhibiendo pancartas grotescas. ¿Cómo no va a ser fea la gente de las manifas? La gente enfadada se pone muy feota y al gritar como energúmenos se les deforman las facciones, y luego salen como salen en las fotos. Y después la pinta… Tengamos en cuenta que al menos el ochenta por ciento de las concentraciones están orquestadas por la izquierda más casposa, de modo que no cabe esperar en los rebaños de manifestantes otra cosa que melenudos infectos, puretas con barba y jersey gordo, perroflautas sin duchar, feministas pelicortas pero de sobaquera y felpudo bien poblados, subnormales con aros en la nariz o en las cejas, inmigrantes astrosos y desarrapados de toda especie, que no solo a Arturo Fernández, sino a cualquiera con un mínimo sentido estético, nos ponen los pelos como escarpias.

Pensando en manifestaciones con gente guapa (aunque hortera) solo se me ocurre el Desfile de Madrid del Orgullo Gay, donde bujarras, camioneras, bisexuales y demás viciosos se aseguran, por lo general, de exhibir unos cuerpos esculturales y unos atuendos primorosamente diseñados para la ocasión.

Cada vez estoy más convencido de que la única protesta popular digna, en la que estaríamos bien guapos, es una que hiciéramos entrando a caballo en el Congreso y repartiendo sablazos entre los políticos; o bien erguidos sobre la torreta de un carro de combate atravesando las Ramblas de Barcelona y ametrallando separatistas, o avanzando en formación y fusil al hombro, en vez de en tropel y con silbato como las piaras sindicaleras, hacia el Palacio de la Zarzuela.

Arturo Fernández, una vez más, ha estado apoteósico.

martes, 29 de marzo de 2011

HISTORIAS DE ESPAÑA VIEJA (X): EL NACIMIENTO DE LA CABALLERÍA.

FALTÓ EN EL MUNDO LA CARIDAD, LA JUSTICIA Y LA VERDAD

Hoy, día 29 de marzo, se conmemora la fiesta del beato mallorquín Raimundo Lulio. Erudito en la corte de Jaime I el Conquistador, llevó una vida disoluta hasta los treinta años cuando, tras experimentar varias visiones místicas, sufrió una profunda conversión que lo llevó a acercarse a la Orden Tercera Franciscana. Gran conocedor de las culturas árabes y judías, en cuyas lenguas llegó a escribir algunas de sus obras, no dudaba en predicar ante las puertas de las mezquitas y las sinagogas, solicitando, incluso, una nueva cruzada que le permitiera predicar en los territorios musulmanes.

Profundamente afectado por la caída de Jerusalén en manos de Saladino, y observando una profunda crisis en la forma de vida de algunos caballeros cristianos, promovió la reforma de las órdenes militares con la intención de que fueran unificadas bajo las órdenes de un único Rex Bellator, seguramente Jaime II de Mallorca. Así, entre sus variadas obras, destaca el Libro del Orden de Caballería, en el que un caballero anciano, convertido en eremita, enseña a un joven escudero los altos valores morales que deben informar el noble ideal del caballero cristiano, y a la vez predica contra los donceles indignos.

Esta figura, cumbre del pensamiento español medieval, tan poco difundida que se hace muy complicado encontrar en el mercado alguno de sus textos -mi edición del Libro del Orden de Caballería es de los años 40-, murió linchado por los mismos musulmanes tunecinos a los que intentaba convertir.





1. Faltó en el mundo caridad, lealtad, justicia y verdad; comenzó enemistad, deslealtad, injuria y falsedad, y de ahí nació error y turbación en el pueblo de Dios, que fue creado para que los hombres amasen, conociesen, honrasen, sirviesen y temiesen a Dios.

2. Al comenzar en el mundo el menosprecio de la justicia por disminución de la caridad, convino que la justicia recobrase su honra por medio del temor; y por eso se partió todo el pueblo en grupos de mil, y de cada mil fue elegido y escogido el hombre más amable, más sabio, más leal y más fuerte, y con más noble espíritu, mayor instrucción y mejor crianza que todos los demás.

3. Se buscó entre todas las bestias la más bella, la más veloz y capaz de soportar mayor trabajo, la más conveniente para servir al hombre. Y como el caballo es el animal más noble y más conveniente para servir al hombre, por eso fue escogido el caballo entre todos los animales y dado al hombre que fue escogido entre mil hombres; y por eso aquel hombre se llama caballero.

4. Una vez reunidos el animal y el hombre más nobles, convino que se escogiesen y tomasen de entre todas las armas aquellas que son más nobles y más convenientes para combatir y defenderse de las heridas y de la muerte; y aquellas armas se dieron y se hicieron propias del caballero. Quien quiera, pues, entrar en la orden de caballería debe meditar y pensar en el noble principio de la caballería; y conviene que la nobleza de su corazón y su buena crianza concuerden y convengan con el principio de la caballería, pues, si no lo hace así, sería contrario a la orden de caballería y a sus principios. Y por eso no conviene que la orden de caballería reciba en sus honras a sus enemigos, ni a aquellos que son contrarios a sus principios.

5. Amor y temor convienen entre sí contra desamor y menosprecio; y por eso convino que el caballero, por nobleza de corazón y de buenas costumbres, y por el honor tan alto y tan grande que se le dispensó escogiéndolo y dándole caballo y armas, fuese amado y temido por las gentes, y que por el amor volviesen caridad y cortesía, y por el temor volviesen verdad y justicia.

6. El hombre, en cuanto posee mayor cordura y entendimiento, y es de naturaleza más fuerte que la mujer, puede ser mejor que la mujer; pues si no fuese tan capaz de ser bueno como la mujer, se seguiría que la bondad y la fuerza de la naturaleza serían contrarias a la bondad del corazón y de las buenas obras. De donde, así como el hombre por su naturaleza se halla en mejor disposición de tener noble corazón y de ser bueno que la mujer, así también el hombre se halla más predispuesto a ser aleve que la mujer; pues, si así no fuese, no sería digno de tener mayor nobleza de corazón y mayor mérito de ser bueno que la mujer.

(...)


10. Ciencia y doctrina tienen los clérigos para poder, saber y querer amar, conocer y honrar a Dios y a sus obras, y para dar doctrina a las gentes y buen ejemplo en amar y honrar a Dios; y para ser ordenados en estas cosas, aprenden y frecuentan las escuelas. De donde, así como los clérigos, por vida honesta y por buen ejemplo y por ciencia, tienen orden y oficio de inclinar a las gentes a devoción y santa vida, así los caballeros, manteniendo la orden de caballería con la nobleza de su corazón y la fuerza de sus armas, tienen la orden en que están para inclinar a las gentes a temor, por el cual temen los hombres delinquir los unos contra los otros.

(...)

14. Si no hubiese falta en clérigos ni en caballeros, apenas habría falta en las demás gentes; pues por los clérigos tendrían devoción y amor a Dios, y por los caballeros temerían delinquir contra el prójimo. De donde, si los clérigos tienen maestro y doctrina, y frecuentan las escuelas para ser buenos, y si hay tantas ciencias que están en doctrina y en letras, muy grande injuria se hace a la orden de caballería no haciendo de ella una ciencia enseñada por letras y de la que se haga escuela, como sucede con las otras ciencias. Por todo ello, el que escribe este libro suplica al noble rey y a toda la corte que se ha reunido para honor de la caballería que empleen el libro a satisfacción y restitución de la honrada orden de caballería, que es agradable a Dios.