No puedo reprimir mi simpatía por aquellas personas que por razón de su personalidad, edad o prestigio, llega un momento en que están por encima del bien y del mal, les importa un bledo quedar como Cagancho, y dicen sin rodeos lo que piensan y lo que les apetece. Por eso en su día aplaudí a rabiar, mientras me retorcía de risa, la bulla de Fernando Fernán Gómez al plasta que le perseguía para pedirle un autógrafo y el glorioso rapapolvo de Paco Umbral a la petarda de la Milá, que le llevó engañado a su programa so pretexto de promocionar su último libro. Dos de los momentos más hilarantes de la historia de la televisión en España.
La última genialidad de este tipo la ha protagonizado ayer mismo el magnífico y entrañable actor Arturo Fernández, soltando en una tertulia sin desperdicio en El gato al agua de Intereconomía que “en las manifestaciones yo en mi vida he visto gente más fea” y, refiriéndose a las concentraciones de la huelga de la semana pasada, que “hay que poner gente guapa, la gente guapa siempre funciona. No hay gente fea excepto estos, que yo no sé dónde fueron a por ellos”.
El galán por excelencia, el actorazo irreprochable, el figurín deseado por las damas de dos generaciones, ha escogido el momento histórico más inapropiado para decir una verdad como un templo y se ha quedado tan ancho. Y es que el chatín, el indiscutible arbiter elegantiarum de España, más que cuadrados, los tiene rectangulares.
El gran Arturo no ha expresado ni mucho menos una frivolidad; se ha limitado a recordarnos una realidad empíricamente contrastable sobre las protestas ciudadanas. No hay cosa más cutre y con menos glamour que las marchas reivindicativas, siempre atestadas de mangarrianes en manada voceando como cabreros consignas toscamente rimadas, y exhibiendo pancartas grotescas. ¿Cómo no va a ser fea la gente de las manifas? La gente enfadada se pone muy feota y al gritar como energúmenos se les deforman las facciones, y luego salen como salen en las fotos. Y después la pinta… Tengamos en cuenta que al menos el ochenta por ciento de las concentraciones están orquestadas por la izquierda más casposa, de modo que no cabe esperar en los rebaños de manifestantes otra cosa que melenudos infectos, puretas con barba y jersey gordo, perroflautas sin duchar, feministas pelicortas pero de sobaquera y felpudo bien poblados, subnormales con aros en la nariz o en las cejas, inmigrantes astrosos y desarrapados de toda especie, que no solo a Arturo Fernández, sino a cualquiera con un mínimo sentido estético, nos ponen los pelos como escarpias.
La última genialidad de este tipo la ha protagonizado ayer mismo el magnífico y entrañable actor Arturo Fernández, soltando en una tertulia sin desperdicio en El gato al agua de Intereconomía que “en las manifestaciones yo en mi vida he visto gente más fea” y, refiriéndose a las concentraciones de la huelga de la semana pasada, que “hay que poner gente guapa, la gente guapa siempre funciona. No hay gente fea excepto estos, que yo no sé dónde fueron a por ellos”.
El galán por excelencia, el actorazo irreprochable, el figurín deseado por las damas de dos generaciones, ha escogido el momento histórico más inapropiado para decir una verdad como un templo y se ha quedado tan ancho. Y es que el chatín, el indiscutible arbiter elegantiarum de España, más que cuadrados, los tiene rectangulares.
El gran Arturo no ha expresado ni mucho menos una frivolidad; se ha limitado a recordarnos una realidad empíricamente contrastable sobre las protestas ciudadanas. No hay cosa más cutre y con menos glamour que las marchas reivindicativas, siempre atestadas de mangarrianes en manada voceando como cabreros consignas toscamente rimadas, y exhibiendo pancartas grotescas. ¿Cómo no va a ser fea la gente de las manifas? La gente enfadada se pone muy feota y al gritar como energúmenos se les deforman las facciones, y luego salen como salen en las fotos. Y después la pinta… Tengamos en cuenta que al menos el ochenta por ciento de las concentraciones están orquestadas por la izquierda más casposa, de modo que no cabe esperar en los rebaños de manifestantes otra cosa que melenudos infectos, puretas con barba y jersey gordo, perroflautas sin duchar, feministas pelicortas pero de sobaquera y felpudo bien poblados, subnormales con aros en la nariz o en las cejas, inmigrantes astrosos y desarrapados de toda especie, que no solo a Arturo Fernández, sino a cualquiera con un mínimo sentido estético, nos ponen los pelos como escarpias.
Pensando en manifestaciones con gente guapa (aunque hortera) solo se me ocurre el Desfile de Madrid del Orgullo Gay, donde bujarras, camioneras, bisexuales y demás viciosos se aseguran, por lo general, de exhibir unos cuerpos esculturales y unos atuendos primorosamente diseñados para la ocasión.Cada vez estoy más convencido de que la única protesta popular digna, en la que estaríamos bien guapos, es una que hiciéramos entrando a caballo en el Congreso y repartiendo sablazos entre los políticos; o bien erguidos sobre la torreta de un carro de combate atravesando las Ramblas de Barcelona y ametrallando separatistas, o avanzando en formación y fusil al hombro, en vez de en tropel y con silbato como las piaras sindicaleras, hacia el Palacio de la Zarzuela.
Arturo Fernández, una vez más, ha estado apoteósico.



