
Pero un problema de Intenet es que no discrimina la información y que la ofrece “en frío”, desnuda, a veces sin contexto y sin posibilidad de distinguir -salvo con cierta práctica y sentido común- las fuentes fiables de las opiniones de un loco. Otro hecho incuestionable, y es de lo que voy a hablar, es que el acceso a un volumen ingente de datos no convierte jamás en experto a alguien que no tenga una formación o cultura previas en la materia de que se trate. En definitiva,
para que la información que obtenemos en la Red nos sea útil hay que saber buscarla, leerla, interpretarla, relacionarla con un contexto y utilizarla convenientemente.
Esto, por supuesto, no siempre se hace, y así sucede que
un gilipollas de nacimiento se vuelve aún más gilipollas si tiene Internet.
Se me ocurren varios
ejemplos para ilustrar la anterior afirmación, pero quiero centrarme en tres materias o ámbitos profesionales que han sufrido una verdadera revolución como consecuencia del acceso masivo a Internet:
la Medicina, el Derecho y la Administración Pública.
Antes de la feliz llegada de las nuevas tecnologías, estas áreas constituían algo así como un compendio de
conocimientos secretos y misteriosos solo al alcance de los iniciados, o sea de los juristas, de los médicos y de los funcionarios. Tú ibas al médico de cabecera, a ver a un abogado o a una oficina pública (a Hacienda, por ejemplo) y
escuchabas con respeto los consejos de estos profesionales y después los seguías más o menos al pie de la letra sin plantearte mayores dudas “porque ellos son los que saben” y punto.

Vamos a ejemplificar empezando por las reuniones de vecinos. Todos sabemos que las reuniones de las comunidades se han vuelto insoportables en los últimos años por varios motivos, entre ellos la llegada de Internet.
Yo albergo la duda existencial de por qué los dos o tres vecinos menos dotados intelectualmente de todo el portal siempre se empeñan en leer, interpretar y glosar después en las reuniones la Ley de Propiedad Horizontal. Ello provoca episodios surrealistas, que toca soportar a los propietarios normales o al administrador de fincas licenciado en Derecho. Esta compleja norma jurídica, sin duda un útil instrumento para solventar conflictos vecinales, se convierte en una pesadilla cuando el clásico tonto del culo que se la ha bajado por Internet comienza a leer sus preceptos en voz alta y a sacar sus conclusiones peregrinas.
Con la Medicina, qué voy a contar. Mis amigos médicos están hasta el kimono.
La peña, antes de ir al médico de lo que sea, se busca en Google sus dolencias y ya va a la consulta autodiagnosticada, a intercambiar opiniones de igual a igual con el facultativo. Lo malo es que está científicamente demostrado que si metes en el buscador tres síntomas cualesquiera (por ejemplo, dolor de cabeza, estreñimiento y picor de manos), seguro que al menos en un enlace te pone que padeces una enfermedad mortal. Y, claro, las situaciones son de traca. Los pacientes no preguntan, sino explican; no escuchan, sino interrumpen, y, por descontado, discuten el diagnóstico y proponen medicinas concretas a recetar sin tener ni puta idea, para desesperación de los pobres galenos.
En la
Administración en cambio habría que matizar bastante, ya que –insisto-
es positivo que los ciudadanos estén muy bien informados y, además, buena parte de la información sobre derechos y trámites no es excesivamente técnica y está al alcance intelectual de cualquiera. ¡Pero ay cuando entra en juego el Derecho!, ¡ay, cuando están de por medio leyes, decretos y órdenes que regulan el funcionamiento de las Administraciones! Un conocido acuñó hace años la frase de
“tienes más peligro que un paleto con una Ley treinta noventa y dos”, y qué razón tiene. Hay ciudadanos que van a la ventanilla en el mismo plan que al médico, solo que dando lecciones de derecho administrativo preparadas el día antes con
Wikipedia, pontificando imprudentemente sobre silencios positivos sin conocer las excepciones, o sobre recursos, plazos y subvenciones contemplados en una norma ya derogada que, sin embargo, encontraron ayer navegando con el
Mozilla.
Increpan todo serios, con su culturilla de chichinabo recién adquirida, a un técnico que ha dedicado su juventud a aprenderse la legislación. Vocean, critican y exigen cuando no saben ni de qué va la vaina. Y después, naturalmente, los funcionarios son unos inútiles y unos vagos.
Cuidado con los gilipollas con Internet. Son el peligro número uno para la sociedad…