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domingo, 2 de julio de 2017

CURAS Y MAESTROS



Escena de la película La lengua de las mariposas (1999)

Uno de los indicios más palpables del profundo cambio social y cultural que ha vivido España en las últimas cuatro décadas es el creciente desprestigio de dos tradicionales profesiones antaño muy valoradas: la de cura y la de maestro. Ambas figuras, que no hace tanto constituían la piedra angular de nuestras comunidades, especialmente en el medio rural, no gozan hoy, ni de lejos, del mismo predicamento.

En la pérdida de caché de ambas ocupaciones ha influido un factor común. Hace no demasiados decenios, el sacerdote y el maestro de escuela eran los más cultos del pueblo, situación que se ha invertido drásticamente en nuestros tiempos, puesto que no solo se ha disparado el porcentaje de titulados universitarios, sino que encima los estudios conducentes a la docencia y al sacerdocio no se caracterizan precisamente por su nivel de exigencia. Hoy casi cualquiera posee más cultura general que un párroco o que un profe de Primaria.

Pero luego hay causas específicas que todos conocemos bien. 

Por desgracia, la Iglesia ya no pinta nada en nuestro país y los curas han pasado, más repentinamente de lo que parece, de ser el referente moral en las vidas cotidianas de los españoles a casi tener que pedir permiso para existir y no digamos para opinar. Tras el virulento proceso de secularización que hemos padecido, la labor del clero ya no es valorada por el conjunto de la sociedad, e incluso se percibe con desconfianza o rechazo, aunque lo más frecuente, seamos sinceros, es que produzca una total indiferencia. Ni siquiera la acción social y asistencial de los religiosos es evaluada de forma especialmente positiva, dado el sinfín de oenegés laicas que, en teoría, hacen lo mismo.

En cuanto a los maestros, y ya lo hemos hablado alguna vez, ha influido mucho en su descrédito el cambio radical de perfil de los centros educativos. Antes los críos iban a la escuela unas pocas horas al día a que un sabio los ilustrarse, pero hoy los colegios se han convertido en establecimientos de guarda y custodia donde aparcar a los niños la mitad de la jornada, mientras los papis producen. En este nuevo contexto es indudable que los profesores desempeñan tareas mucho más amplias (y peor valoradas) que la de educar. Los padres identifican cada vez más el rol de maestro con el de cuidador y se consideran a sí mismos como clientes receptores de un servicio asistencial en vez de como partícipes, junto con los docentes, del proyecto educativo de sus hijos.

Otro día hablaremos de otras profesiones que también han perdido reconocimiento social en los últimos años (ingenieros, arquitectos, abogados) y de otras que lo han conservado intacto e incluso lo han visto acrecentado (médicos, informáticos).

martes, 3 de enero de 2017

LEALTADES COLECTIVAS





Una comentarista aludió el otro día a la lealtad y me hizo acordarme de que tengo pendiente desde hace varios años un post sobre este tema. El concepto de lealtad, que ofrece todo un abanico de matices, siempre ha sido objeto de interpretaciones erróneas o sesgadas que nos han hecho perder de vista su verdadero significado. Podría hablar sobre muchos aspectos de esta mezcla de fidelidad y adhesión incondicional que se supone que es la lealtad, pero al menos hoy voy a centrarme en un punto muy concreto, que es su dimensión grupal.

Con la idea de lealtad pasa algo parecido a lo que sucede con la amistad: que a pesar de ser un vínculo esencialmente íntimo y personal entre dos individuos, hay una fuerte tendencia a extrapolarlo a los grupos, es decir a entender que una persona puede ser amiga de un determinado grupo o leal a un colectivo. Este grave error de partida distorsiona la esencia de ambas realidades.

Desde niños se nos ha inculcado una lealtad sana hacia nuestros padres, que nos dieron la vida, y hacia nuestros hermanos, con quienes nos criaron, pero también hemos interiorizado una “lealtad” irracional a los grupos a los que únicamente pertenecemos por razón de las circunstancias. 

Por ejemplo, en el colegio era una regla no escrita pero sagrada que debíamos formar piña con nuestros compañeros de clase, hasta el punto de convertirnos en cómplices silenciosos de conductas muy graves para evitar que los profesores castigaran a nadie, por muy merecido que se lo tuviera. Hablar, informar de un hecho injusto o alertar a nuestros mayores de un abuso intolerable o de un posible peligro para todos, significaba ser un acusica, un chivato asqueroso.

Todos nos hemos visto obligados a practicar una solidaridad muy mal entendida con los miembros de estos grupos de los que formábamos parte solo por accidente. ¿Nadie se acuerda de lo mal visto que estaba negarse a prestar unos apuntes o a soplar en el examen a un compañero independientemente de los motivos de la negativa? Porque yo recuerdo en la Facultad a vagos y a jetas redomados que se habían pirado las clases de todo el año para irse a tomar cervezas pretendiendo después, en junio, que alguien les prestara todos los apuntes del curso pasados a limpio, y sentándose en el examen cerca de un empollón para que les “echara una mano” bajo riesgo de ser pillado y suspendido. Si alguien se ponía borde y dejaba las cosas claras, quedaba como un mal compañero y como un hijo de puta.

Esta visión envenenada de la lealtad la hemos ido arrastrando hacia otros ámbitos de la vida, como el laboral. Es cierto que la unidad y la cohesión de los trabajadores son el único medio de defensa eficaz frente a la rapiña de los patronos, pero lo que no puede pretenderse, como tantas veces se pretende, es basar nuestra ética profesional en un respaldo sin condiciones a todos los compañeros de nuestra empresa o categoría frente a cualquier decisión de los superiores o empresarios, porque entonces no solo podemos entrar en una espiral de injusticia, sino que podemos vernos obligados a postergar intereses personales muy legítimos a cambio de quedar como solidarios con los cuatro tíos más inútiles de la organización, que, a lo mejor, puestos a ser equitativos, donde deberían estar es en el paro o dos niveles profesionales por debajo del suyo. La tendencia a igualar por debajo, a dar a todo el mundo lo mismo con independencia de sus méritos y a basar los ascensos en criterios puramente objetivos como la antigüedad podrán parecer soluciones muy buenrollistas pero yo siempre las he considerado arbitrarias e injustas con los merecimientos y la capacidad de la gente. También he considerado siempre una estupidez no poder criticar abiertamente a un compañero ante un superior cuando su conducta o bajo rendimiento pueda suponer un riesgo para el futuro del proyecto y del equipo.

La impresión que yo tengo es que, en definitiva, este tipo de fidelidades colectivas se practican más por miedo que por convencimiento. En el fondo intuyo que estas normas de falsa lealtad se las han inventado y nos las han impuesto por la fuerza los cuatro elementos más desvergonzados e ineptos de cada grupo para poder cometer desmanes con impunidad y beneficiarse de ventajas que ni merecen ni habrían alcanzado en su vida si cada uno atendiera estrictamente a sus propias aspiraciones y, como mucho, a las de las personas decentes que le rodean. Porque sabemos que incumplir estas reglas artificiales es arriesgarse a sufrir venganzas, burlas o críticas por parte de estos elementos, que, amén de no aportar nada al grupo al que pertenecen, son a menudo los más agresivos.

viernes, 7 de octubre de 2016

LA OSCURA HISTORIA DE LA PRIMA MONTSE


Como ya intuirán los amigos de La pluma viperina, el polémico escritor Juan Marsé me cae bastante gordo por múltiples motivos ideológicos, morales y personales, pero con tanta pasión me han recomendado su novela más famosa y tan elogiosas son las críticas literarias, que al final me he animado a leerla. Y, en efecto, La oscura historia de la prima Montse (1970) me ha parecido un novelón de sobresaliente por lo que cuenta y por cómo lo cuenta. 

El argumento tiene miga. En la Barcelona de los años 60, los Claramunt, una acomodada y rancia familia de la burguesía industrial, encorsetada por los convencionalismos, reaccionan con la máxima vehemencia cuando Montse, la hija mayor, activista de Acción Católica y más corta que una pierna de Torrebruno, se enamora de un recluso al que visita en prisión en el marco de un programa de voluntariado social. Lo que comenzó como un capricho se agrava cuando el delincuente recobra su libertad y seduce a la muchacha. El escándalo no tarda en estallar y en adquirir tintes dramáticos, dejando al desnudo las incoherencias de una familia formalmente cristiana y muy caritativa en apariencia pero dispuesta a todo, absolutamente a todo, antes que permitir que uno de sus miembros se case con un marginado. Toda la historia está deliciosamente contada, en un tono burlesco e irónico, por un pariente pobre y progre de la familia, que no deja títere con cabeza.

El cascarón del relato es fantástico, con un enfoque experimental o, como mínimo, muy novedoso para la época. He disfrutado de la lectura en gran parte gracias al lenguaje y al vigor narrativo de Juan Marsé. 

La historia, por otra parte, me parece verosímil y su mayor atractivo para mí son las despiadadas andanadas del autor contra la burguesía barcelonesa y contra ciertas formas de vivir y predicar la fe cristiana. Marsé, comunista en su juventud, es un anticlerical rabioso de cuyo anticlericalismo, sin embargo, puede extraer enseñanzas muy útiles cualquier católico honesto. La oscura historia de la prima Montse pone de relieve el carácter hueco y testimonial, meramente social y ritual, de la religiosidad de muy buena parte de los españoles a partir del último tercio del siglo pasado, y profundiza en los grotescos métodos de proselitismo de ciertos sectores de la Iglesia tras el Concilio Vaticano II. 

La parte más sabrosa son los cuatro capítulos dedicados al cursillo de cristiandad (una especie de convivencia) al que Montse manda a su peculiar novio para evangelizarlo y, de paso, para que pueda hacer contactos y encontrar trabajo. Hacía mucho tiempo que no me estremecía tanto leyendo un libro, ni siquiera de terror. La descripción del ambiente de la convivencia, del falso progresismo de los curas, de las estratagemas psicológicas utilizadas, de las técnicas de manipulación y de la violación permanente de la conciencia individual es tan minuciosa que se me puso la carne de gallina, y más todavía recordando algunas experiencias personales en este sentido. Hay que tomar el texto con precaución, pues Marsé es un ateo que detesta todo aquello que huela a sacristía y obviamente abusa de la caricatura, pero qué duda cabe que hay un fondo muy real en lo que cuenta y que hasta al más beato de los lectores, si tiene un mínimo de sentido crítico, debería quedarle un poso de inquietud al cerrar la novela; debería reconocer que la pérdida de influencia de la Iglesia en nuestra sociedad ha traído de la mano algunas actitudes camaleónicas, falsas y absurdas que contribuyen a espantar a los jóvenes más que a fidelizarlos. 

Por último, una crítica que yo haría a Marsé es que a veces, al hacer burla de las contradicciones de la familia de Montse, tan cristiana, tan cristiana, pero incapaz de aceptar en su seno a alguien de otra clase social, incurre en una demagogia un poquito gruesa. Pienso yo que cualquier familia tiene derecho a practicar obras de caridad y no obstante a recelar, sin ser hipócrita, de que un ladrón recién salido de la cárcel y al que no conoce de nada se acueste con su hija, que encima es una romanticona con pocas luces. No sé muy bien qué supone el autor que debería hacer una familia congruente y no clasista ante una situación así. A mí me parece comprensible que unos padres normales tiendan a preocuparse y, por lo menos de primeras, hasta asegurarse de las intenciones del chico, intenten evitar la relación, que es lo que básicamente hacen los Claramunt, aunque es verdad que ellos, por otros motivos, son sepulcros blanqueados que se merecen muchas de las críticas de la novela. 

Y por cierto, cómo se nota que en 1970 la censura estaba ya muy relajada. Diez años antes La oscura historia de la prima Montse se habría quedado sin ver la luz.