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miércoles, 12 de julio de 2017

EL ARTÍCULO 155




Por muy críticos, independientes y formados que nos creamos, siempre acaban calando en nosotros, en mayor o menor medida, ciertas patrañas difundidas hasta la saciedad por los medios de comunicación. Una mentira repetida un millón de veces puede convencer hasta al más incrédulo, y además a todos nos resulta muy cómodo dar por buenos ciertos datos o explicaciones porque habitualmente tenemos poco tiempo –y menos ganas– de contrastar la información o investigar por nuestra cuenta.

Esto es lo que nos ha pasado a muchos con el famoso artículo 155 de la Constitución. Entre nuestros deseos de que las cosas sean de una determinada manera y nuestra pereza por indagar a fondo, nos hemos tragado tan contentos las interpretaciones de brocha gorda que la prensa y muchos políticos han hecho de este precepto, según las cuales el Gobierno de España podría suspender la autonomía de Cataluña si los separatistas se pusieran demasiado farrucos.

Pero un día se pone uno a leer despacio el artículo de marras y a ojear las monografías publicadas al respecto por diversos juristas y catedráticos de prestigio, y se lleva las manos a la cabeza de lo inocente que ha sido. Porque resulta que la única manera de alterar el régimen de autonomía de Cataluña o de cualquier comunidad es reformando la Constitución y/o el correspondiente estatuto de autonomía, lo que en el caso catalán exigiría previo referéndum de los electores de la región. 

Con el artículo 155 es jurídicamente imposible suspender o derogar el régimen autonómico de Cataluña. De hecho todavía no está claro quién ha sido el listo que se ha inventado la extraña expresión “suspensión de la autonomía”, que te pones a rascar y nadie tiene claro qué significa y menos aún los expertos en derecho constitucional.

Porque el célebre artículo lo único que dice es que si una comunidad autónoma atenta gravemente contra el interés general de España, el Senado, por mayoría absoluta, puede autorizar al Gobierno a adoptar las medidas necesarias, que incluirían la posibilidad de dar instrucciones a las autoridades autonómicas.

 
Eso, medítalo, chaval.

O sea que los que en algún momento hemos pensado que igual se le podían quitar todas o algunas competencias a la comunidad levantisca para que fueran asumidas (al menos provisionalmente) por el Estado, somos más tontos que un vencejo. Los que suponíamos que era viable, con la Carta Magna en la mano, disolver las instituciones autonómicas y encomendar a la Administración General del Estado la prestación en Cataluña de los servicios públicos esenciales, no somos pardillos, sino lo siguiente.

La legalidad vigente no nos permitiría darnos esas alegrías. Y además, bien mirado, sería un sindiós, entre otras cosas porque está buena la Administración central como para asumir competencias y servicios ajenos.

¿Entonces para que sirve el articulito dichoso? Pues no está nada claro porque nunca se ha aplicado y de hecho casi todos los entendidos coinciden en que, de utilizarse esta vía excepcional, nos adentraríamos en territorio desconocido con consecuencias imprevisibles. Coinciden también en que en la práctica implicaría la aprobación por el Senado de  un paquete de medidas para frenar el proceso independentista, así como facultar al Gobierno para dar instrucciones a las autoridades y funcionarios autonómicos, por ejemplo a los Mossos d'Esquadra, o al personal destinado en centros educativos o en los medios de comunicación públicos catalanes, imponiendo severas sanciones a quienes desobedecieran. 

En otras palabras: no se trataría de una suspensión de la autonomía, ni de una anulación de competencias, sino, como mucho, de una sustitución transitoria de autoridades hasta que se sofocase el incendio secesionista. Hay quien opina que sería posible suspender temporalmente o reemplazar a determinados altos cargos del Govern e incluso a funcionarios. A saber, porque el artículo es corto y muchas pistas no da.

Yo, además de sentirme bobo, estoy muy decepcionado y sigo creyendo que lo mejor sería explorar las posibilidades del artículo 8, que dice que las Fuerzas Armadas tienen como misión defender la integridad territorial de España. Mucho más clarito, ¿verdad?

lunes, 10 de julio de 2017

LA LENGUA DE LAS MARIPOSAS



Este fin de semana he repasado la legendaria película La lengua de las mariposas (1999). Cuando fui a verla al cine, en su estreno, salí muy rebotado, echando pestes contra José Luis Cuerda y contra su madre. Pero aunque me indigné muchísimo por obvias razones ideológicas, ya era capaz, incluso en aquellos años políticamente tumultuosos para mí, de valorar la calidad cinematográfica al margen de mis opiniones personales sobre la guerra civil española, ejercicio de honestidad intelectual, por cierto, bastante poco frecuente en España, ni siquiera entre quienes, en teoría, son mucho más tolerantes que yo.

Todos hemos visto La lengua de las mariposas y a todos nos ha emocionado. Pocos reproches técnicos pueden hacerse a esta obra tan repleta de aciertos, empezando por la interpretación inolvidable de Fernán Gómez, siguiendo por la humanidad que rezuma la historia y por su ritmo narrativo perfecto, y terminando por su banda sonora. Incluso Willy Toledo (al que yo considero un buen actor, aunque un cretino) está muy acertado en su papel. No dudé ni un segundo en incluir la película en la lista de las 50 mejores del cine español que publicamos en La pluma en 2008.

Sin embargo, tampoco me duelen prendas en opinar que se trata de una de las cintas más inadecuadas para entender nuestra guerra. Yo incluso llegaría a calificarla de muy nociva para cualquier persona (en especial, si es joven) con escasos conocimientos sobre los sucesos acaecidos en España en 1936. Más aún: probablemente se trate del filme más maniqueo y más tramposo jamás rodado sobre el tema. 

La lengua de las mariposas es una tendenciosa, por no decir sectaria, adaptación de tres relatos breves del escritor Manuel Rivas, escritos originalmente en gallego y recopilados en un volumen titulado ¿Qué me quieres, amor?  El argumento central del guión se basa en el relato que lleva el mismo nombre que la película, un cuento precioso sobre la amistad entre el afable maestro Don Gregorio, “feo como un bicho”, y su tímido alumno Gorrión. En la narración, ambientada en la primavera de 1936, apenas se vislumbra intención política, pues se limita a describir cómo un maestro rural transmite a un niño su amor por la naturaleza. La única referencia a la posible ideología del profesor es una frase de la madre de Gorrión: “no sé por qué dicen que ese nuevo maestro es un ateo”. El día del Alzamiento, es detenido y conducido a fusilar en un camión junto al alcalde y otros izquierdistas significados, algo que responde plenamente a la verdad histórica, pues no fue infrecuente la represión de docentes por utilizar metodologías laicas y progresistas.



El pecado de la película es que carece por completo de la sutileza del libro, y se recrea, con un claro objetivo manipulador, en la bonhomía sin tacha de Don Gregorio y en su defensa de la libertad, en contraste con una serie de personajes inventados por José Luis Cuerda que simbolizan la represión, el nepotismo y la maldad humana. Me refiero sobre todo al cacique de la localidad, el clásico gordo que explota a sus convecinos y soborna al maestro con capones cebados, y al cura envarado e inquisitorial, ataviado con teja, que hostiga al pobre profesor porque desde que Gorrión va a la escuela ha perdido su vocación de monaguillo. Y ni que decir tiene que ni un solo personaje defensor de la República comete el menor exceso político; son todos prudentes y respetuosos, como mucho con algún "simpático" tic anticlerical. Vamos, la basura habitual en la filmografía sobre la guerra, pero aumentada con lupa y resaltada hábilmente con el trasfondo de una historia tierna que logra conmover al público.

La película graba en el corazón de los espectadores un potente mensaje subliminal a favor del régimen republicano, simbolizado por el bueno de Don Gregorio, y en contra del bando rebelde, encarnado por los elementos más hipócritas y repulsivos del pueblo. El desenlace, que es el punto fuerte de la cinta, lo adereza Cuerda con escenas de violencia protagonizadas, cómo no, por  falangistas achulados que sacan a rastras de sus casas a honestos padres de familia para pegarles cuatro tiros.

Esta clase de películas, con independencia de sus valores estéticos y narrativos, incurren en deformaciones históricas tan graves y en clichés tan burdos que solo pueden contribuir a la confusión. Son un insulto a la verdad y a la inteligencia que no ayuda a nadie a entender nuestro pasado colectivo y nuestros errores, ni favorece la superación de nuestras diferencias.

Siempre he creído que es necesario un mínimo nivel de formación para librarse de la ponzoña que se cuela de estraperlo en este tipo de cine. De hecho, quizá bastaría con que todos hiciéramos un esfuerzo por rechazar los estereotipos generalmente asociados a la guerra civil, y tuviéramos claro, al menos, que la Segunda República no fue un paradigma de libertades; que la mayoría de los partidos políticos de la época, de cualquier signo, defendían fórmulas autoritarias; que en ambos bandos hubo gente buena, y que entre los nacionales no solo había caciques, curas y militares reaccionarios.

jueves, 25 de agosto de 2016

EL DERECHO A CAMBIAR DE OPINIÓN


Una persona que me quiere bien pero que no tiene ni idea de cómo pienso ni de cómo funciono, me acusaba el otro día, un pelín escandalizada, de no respetar el derecho de la gente a cambiar de opinión en materia ideológica, moral o religiosa, ya que, según dice, tengo una visión enfermiza de la coherencia que me lleva a despreciar cualquier proceso de evolución personal. Esta persona cree que llamo congruencia a lo que no es más que obstinación y que considero –injustamente– veletas sin honor a quienes van adaptando su mentalidad a las circunstancias, a las experiencias vividas y a sus necesidades.

Mi respuesta fue clara y directa. Intenté hacerle ver que esta crítica no tiene fundamento y que siento el máximo respeto por la conciencia de cada cual y, por consiguiente, reconozco la libertad de cualquier individuo para renovar sus ideas y criterios del tipo que sean y con el alcance que considere oportuno, primero porque la adaptación a los cambios sociales, culturales y personales está implícita en la propia naturaleza humana (si no evolucionáramos seríamos enfermos) y segundo porque yo, como cualquiera, he experimentado no pocas mudas en mis puntos de vista y sería de un cinismo vergonzoso hacer reproches a los demás por tal motivo.

Yo a los únicos que critico, y con mucha contundencia además, es a los que se han pasado años y años abanderando públicamente una determinada idea y, de pronto, tras sufrir una transformación, conversión, evolución personal o como queramos llamarlo, tras percatarse –por los motivos que sean– de que vivían en el error, no se conforman con opinar distinto o incluso pasarse a la acera opuesta, sino que se convierten en los más fervorosos adalides de su nueva postura. 

Reconozco, naturalmente, el derecho a cambiar de opinión, pero no el de ser, a lo largo de la vida, cabeza visible, líder, paladín o ferviente activista de diferentes causas diametralmente opuestas entre sí. 

Porque uno puede haber sido católico practicante y después enfriarse su Fe, puede haber votado a la derecha y poco a poco volverse rojillo, haber sido muy revolucionario en su juventud y terminar llevando una vida cómoda y egoísta, o haber estado en contra de las relaciones prematrimoniales y terminar arrejuntado con la más puta del pueblo. Son cosas que pasan, que están al orden del día y de las que poca sangre cabe hacer en plena era de las libertades individuales y teniendo en cuenta la metamorfosis que ha sufrido nuestra sociedad en las últimas décadas. Pero lo que no es de recibo, lo que es un choteo –por no emplear palabras más gruesas– es que un fulano sea el evangelizador oficial de un ideario y se pase cuatro lustros dando el coñazo al personal, friendo a su familia y amigos, ilusionando o engañando a innumerables jóvenes y repartiendo leña a sus enemigos ideológicos, y un día, de repente, lo veamos de promotor, de militante ardiente, de confaloniero de la filosofía contraria. 



A lo que no hay derecho es a pasarse quince años como profesor numerario del Opus, metiéndose en la conciencia de cientos de adolescentes, forzando confesiones y tocando la guitarra en las giras papales y luego reciclarse como ateo y como activista de los derechos del colectivo de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Personas Transgénero, con una columna semanal en la revista Zero. A lo que no hay derecho es a ser un fascista genuino en 1941 y arrastrar a miles de españoles a la División Azul y terminar en el 62 liderando el Contubernio de Múnich. A lo que no hay derecho es a encabezar manifestaciones Provida a los veinticinco años, y a los cuarenta y tres ser una famosa abogada feminista que escribe a favor de una ley que permita abortar en las doce primeras semanas de gestación. A lo que no hay derecho es a poner de vuelta y media, allá por los noventa, a las hijas de las vecinas que se iban de vacaciones con el novio, y ahora predicar a todo el mundo que “casarse ya es un atraso, ya no se casa nadie” porque tu hijo viva amancebado.

Cambiar de postura es un derecho, sí, aunque se trate de un cambio radical e independientemente del fervor con el que se hayan venido abrazando anteriores ideales. Pero si uno ha sido notorio baluarte de un determinado credo, si entregó su vida a él y, sobre todo, si su defensa de esas ideas tuvo una dimensión pública o convenció o involucró a mucha gente con ellas, la mínima vergüenza torera aconseja llevar el cambio con la mayor discreción posible, sin bombos ni platillos, limitándose a hablar de las nuevas convicciones en el ámbito de la más estricta intimidad. De lo contrario, muchos podrían pesar que uno es un tarado, un imbécil o un sinvergüenza.

jueves, 21 de julio de 2016

EL GOLPE (FALLIDO) DE TURQUÍA


Mi tendencia crónica (creo que cada vez más atenuada) al maniqueísmo siempre me ha llevado a tratar de posicionarme rápidamente sobre cualquier acontecimiento político internacional, por muy complejo que sea. Con el tiempo me he dado cuenta de que esto es una idiotez porque si ya es difícil enterarse de quiénes son los buenos y los malos, los justos y los injustos, en nuestro propio país, ya ni te cuento en Palestina, en Oriente Medio, en el Congo o en cualquier lugar recóndito con parámetros históricos, sociales y culturales opuestos a los nuestros.

Pero no soy el único atacado por el come-come de tomar partido. Cada vez que se monta un pollo incomprensible allende nuestras fronteras, tertulianos televisivos, políticos, enteradillos, compañeros de trabajo, colegas de barra y señoras de la limpieza se esfuerzan en hilar una versión simplista de lo sucedido en la que no quede duda de quiénes son los héroes y quiénes los villanos. El cine es que ha hecho mucho daño... 

Pero a mí me encanta analizar el proceso intelectual que nos lleva a adoptar una postura definida ante sucesos que no entendemos ni papa acaecidos en naciones de las que solo conocemos el nombre y que a veces no sabríamos ni situar en un mapa.

Un ejemplo estupendo es el del intento de golpe de estado en Turquía de la semana pasada.

En un resumen un poco para tontos, podríamos decir que una facción del ejército otomano, defensor desde los tiempos de Atatürk del laicismo del estado, la secularización de la sociedad, la europeización de Turquía y el liberalismo, se ha alzado contra el presidente Erdogán, líder del AKP, un islamista autoritario y conservador, poco amigo del parlamentarismo, que reivindica las raíces culturales de su patria y practica un doble juego con la Unión Europea y con el yihadismo, al que hace el caldo gordo sutilmente. Bueno, y del gülenismo hablamos otro día porque ya es liar mucho la madeja.

Esta última semana, tanto los periodistas como los partidos políticos y las personas de mi entorno más próximo han ido pronunciándose sobre esta rebelión, basándose en distintos criterios que podríamos dividir en tres grandes bloques:

- Quienes basan su postura en los intereses económicos y políticos de la Unión Europea y, por extensión de España. Esta corriente de opinión simpatiza en general con los rebeldes y con Fetullah Gülen, fundador del llamado “Opus Dei islámico”, por entender que el triunfo del levantamiento habría convertido a Turquía en un socio europeo más seguro y en un tapón eficaz contra el Estado Islámico. Yo a alguno de estos les he preguntado cuándo, por qué y en qué circunstancias podemos estar entonces a favor de un golpe de estado, y, aunque ninguno me ha respondido claramente, me temo que defenderían o condenarían un cuartelazo exclusivamente en función sus opiniones políticas.

- Los que se basan solamente en criterios de legalidad. Condenan el golpe al considerar que, al margen de las ideas y objetivos del AKP y del ejército, el gobierno de Erdogán está avalado por la Constitución y por las urnas. En mi opinión los que piensan así son los más necios, los que menos entienden los resortes de la política. A uno de estos lumbreras le pregunté ayer si le habría parecido justa una rebelión popular contra Hitler después de que este ganara las elecciones alemanas en 1933 y me ha dicho que en ese caso, sí. ¡Solo faltaba, hombre!

 - Los que ven el asunto desde una óptica patriótica o nacionalista intentando ponerse en la piel de los turcos. Creen que si ellos fueran turcos estarían con el AKP, que, a grandes rasgos, encarna la defensa de la independencia y la identidad de Turquía frente a un ejército traidor, europeizante y tibio en lo religioso. Su simpatía con Erdogán no implica, evidentemente, comunión con el confesionalismo islámico ni con el yihadismo, pero sí con su patriotismo y su tradicionalismo. Esta es una postura muy minoritaria pero presente en algunos ambientes patriotas.

Difícil, ¿verdad?

viernes, 8 de julio de 2016

¿POR QUÉ MI BLOG ES ANÓNIMO?


No hace mucho tuve una curiosa conversación con un conocido mío acerca del anonimato de los blogs. A esta persona, que lee a veces La pluma viperina, se le ocurrió preguntarme por qué utilizaba un pseudónimo en vez de firmar las entradas con mi nombre y apellidos. Según su lógica, si creo que tengo algo que contar en un medio público, pienso que lo hago bien y no me avergüenzo de mis ideas y opiniones, lo suyo sería que me identificara de forma transparente. Lo contrario, según él, demuestra que quiero ocultar algo, que no estoy seguro de lo que pienso y escribo, que me da miedo lo que opinen de mí y que tengo algo así como una doble personalidad, pues me muestro de diferente forma en el blog que en mis relaciones cotidianas.

La cosa parece tener su miga, pero como que no. Las razones por las que firmo como Al Neri son tan obvias y están tan al alcance intelectual de cualquiera que casi me da pereza explicarlas. Me gusta escribir mis reflexiones. Deseo hacerlas públicas porque creo que pueden aportar algo a los demás. Me hace mucho bien expresarme con total libertad, sin ningún condicionante ni cortapisa. Pero, igual que les sucede a millones de blogueros de todo el planeta, no me interesa asociar públicamente mi identidad con los contenidos de mi bitácora. ¿Por qué? Por distintos motivos.

Primero porque en La pluma viperina abordo aspectos de mi intimidad que no me apetece airear indiscriminadamente.

En segundo lugar, puesto que muchos de mis artículos tienen una carga ideológica muy disonante con los valores y paradigmas políticos hoy vigentes, considero que su difusión bajo mi verdadera rúbrica podría acarrearme una serie de perjuicios que, al menos a fecha de hoy, no estoy dispuesto a asumir. Es triste, sí, pero ya he visto de cerca las consecuencias que han sufrido varios amigos por firmar opiniones incluso menos “estridentes” que las vertidas en este diario agridulce y políticamente incorrecto. La cosa es que yo tengo bastante más que perder que casi todos ellos y, en cualquier caso, no me da la gana ser represaliado en ningún ámbito de mi vida y mucho menos en aquellos con una dimensión pública.

¿Esto significa que en determinados contextos y ambientes no voy predicando la filosofía viperina? ¡Pues claro! Con la salvedad del blog, yo mis ideas solo las aireo en dos situaciones: en la intimidad y cuando me las preguntan. Mi etapa evangelizadora terminó hace mucho.

¿Esto quiere decir que soy un cobarde y que estoy vendido? Pues a lo mejor.

Y el último motivo es que Internet en general me parece un mal negocio para la gente honesta que decide arriesgarse y saltar a la lona a pecho descubierto, sin ganar encima nada a cambio. Si todos los internautas, feisbuqueros y visitantes de blogs operaran con perfiles reales y todos supiéramos quién es quién en la Red, podría merecer la pena exponerse en una bitácora personal, pero visto el panorama no parece muy aconsejable embarcarse, con nombre propio, en ciertos proyectos sensibles en los que, amén de no obtener ningún beneficio, cabe esperar continuas puñaladas traperas, denuncias anónimas y vendettas de canallas embozados con un nick. Soy sincero pero no tonto.

O sea que los contras de “dar la cara” me parecen muchísimos más que los pros, si es que hay algún pro en escribir gratis, casi como un puro desahogo, y para un reducido número de destinatarios. Todavía si yo fuera Isasaweis, tuviera dos millones de seguidores o me estuviera forrando con el blog, igual me pensaba firmar los posts, siquiera por vanidad...

El anonimato, opción mayoritaria de los blogueros, me parece perfectamente legítimo siempre que se utilice con responsabilidad y honradez, y no se aproveche para lanzar ataques ad hominem contra personas que actúan bajo su verdadera identidad y no pueden defenderse.


Leer también, sobre este mismo tema, La sinceridad en La pluma viperina

martes, 28 de junio de 2016

¿QUÉ HACEMOS CON EL MATRIMONIO GAY?



La derogación del matrimonio homosexual debería respetar los derechos adquiridos (cómo no)

Mientras oíamos en la radio una noticia del Orgullo gay, un amigo me ha preguntado, medio en serio, medio en broma, qué haría yo, si estuviera en el poder, con el matrimonio homosexual. Que si derogaría la ley que lo ampara. 

Soy consciente de que ni uno solo de los actuales partidos políticos, por muy conservador que se considere, se atrevería a dejar sin efecto el “marimonio”. Hasta los besacirios de Vox dicen que solo es un problema “semántico” y que están a favor de regularizar estas uniones pero llamándolas de otra manera. Qué asco.

Pero yo a mi amigo le he respondido que sí, que conmigo se acabaría toda posibilidad de que esta gente se casara. 

   ¿Y con los que ya están casados que harías? 

Pues hombre, una derogación con efectos retroactivos sería una medida demasiado abrupta. Después de todo, no soy fascista.

Pero al cabo de un rato de reflexión, he pensado que me estoy ablandando más de la cuenta, y que lo mejor sería una solución intermedia, es decir no llegar al extremo de aplicar la nueva ley retroactivamente pero sí arbitrar un procedimiento sencillo, ágil y gratuito (sin necesidad de abogado ni nada) para anular el vínculo de aquellas parejas homosexuales que lo desearan. Y a la vez, por supuesto, incentivar de algún modo efectivo estas anulaciones simplificadas. Se me ocurre, por ejemplo, que estaría bien otorgar algún beneficio fiscal a los que se animaran, facilitarles el acceso a ciertas ayudas o a la vivienda, o, qué sé yo, exigir como requisito para ejercer la enseñanza, acceder a un puesto en la Administración o a un cargo público no estar casado en virtud de la deleznable ley de Zapatero...

Pero siempre respetando la libertad, ¿eh? Y sin aberraciones jurídicas ni retroactividades. Los maricas que quieran seguir casados, adelante.

martes, 21 de junio de 2016

VINO ESPAÑOL


No sé si debo contar esta anécdota, pero no me aguanto.

El jueves pasado un Ministerio cuyo nombre prefiero omitir me convocó a una reunión en Madrid para el día 23 de este mes, a la que asistirán dos altos cargos de la Generalitat catalana. Sin entrar en detalles, baste decir que se trata de dos elementos de Convergència Democràtica que ostentan la máxima responsabilidad del sector en el que trabajo en la bella región del nordeste peninsular.

Tras una primera conversación telefónica con una de las organizadoras, recibo un email con el orden del día de la sesión, cuyo último punto dice literalmente: “13:45 h: Vino español”. Ya sabemos que esta es la forma tradicional de denominar en nuestro país al pequeño aperitivo que a veces cierra un acto público, congreso o similar. De momento, nada que objetar.

Pero hete aquí que al día siguiente a media mañana me mandan documentación adicional para el evento, y entre la misma figura otra vez el orden del día. Como suelo hacer en estos casos, comparo la nueva convocatoria con la anterior por si se ha introducido alguna variación en el horario o en las intervenciones, y cuál es mi sorpresa al comprobar que el único cambio del programa es la denominación del último punto, que ahora se titula “13:45 h: Cocktail”.

Creo que pagaría dinero por saber qué ha ocurrido entre el primer y el segundo email, quién ha decidido cambiar el nombre de la celebración de clausura y por qué motivos exactos. La escena que me imagino es dantesca, aunque nunca sabré si el cambio ha sido a petición expresa de los invitados catalanes o más bien –tiene toda la pinta– lo han decidido motu proprio los propios funcionarios del Ministerio para no molestar a los repugnantes separatistas. No sé qué es peor. Bueno, no seamos tan mal pensados, también cabe la posibilidad de que los caldos que tienen previsto servir no sean españoles y nos pongan un Oporto o un Burdeos. El jueves lo comprobaré in situ. 

domingo, 5 de junio de 2016

INTOLERANTE



En mi vida he sido muy duro con la gente. Bastante correcto y a veces afable en mis relaciones cotidianas, muy poco sonriente pero de trato cortés, detrás de mi apariencia de buen muchacho, de mi aire tímido y de mi campechanía verbal siempre se ha ocultado un ser intransigente, un pequeño inquisidor poco amigo de hacer la vista gorda con los defectos y las negligencias de quienes me rodean. Los que me conocen de años saben muy bien que puedo perdonar fácilmente pero que nunca olvido; que soy exigente e impaciente; que rehuyo toda confianza con quien se encuentra, en cualquier ámbito, en una acera opuesta a la mía; que mis criterios personales (que no mis intereses) están por encima de cualquier persona, incluidos amigos íntimos y familia; que en pocos días puedo olvidar para siempre a alguien con quien compartí años de amistad; que soy mucho más frío de lo que aparento, aunque menos de lo que a veces me gustaría ser.

A menudo pienso que los años, sobre todo los últimos años, me han ablandado, pero después de reflexionar me doy cuenta de que sigo siendo un bastión irreductible de intolerancia, solo que ahora sé disimularlo bien por la cuenta que me trae, y más que nada porque me he vuelto cómodo y no quiero vivir más choques de trenes, ni quemarme con las chispas que puedo provocar a mi alrededor ni seguir sufriendo los efectos colaterales (devastadores) de mi fanatismo. Soy más débil, es verdad, pero mi corazón sigue siendo inflexible. Además, a mi edad, en mi entorno y en los tiempos que corren los exaltados no están nada bien vistos…

Fui tan poco comprensivo… Y ahora cuando comprendo a los demás muchas veces es porque me da igual, porque me ha ido corroyendo la indiferencia. Es fácil derrochar empatía con quien no te importa. Fui rígido y severo con mi familia, con mis amigos más antiguos (que siempre intentaron entenderme a mí), con aquellas buenas chicas que me querían de verdad. Nunca pude ni quise ponerme en el lugar de nadie. Y, por supuesto, en su día, fui implacable con mis adversarios políticos y con quienes simplemente rechazaban mi forma de ver el mundo.

Antaño pensaba que era como fray Tomás de Torquemada, que llevaba a los infieles a la hoguera por amor. Creía odiar el pecado, el error y la mentira, pero no al pecador, al equivocado y al mentiroso. Estaba convencido de actuar por justicia y no por venganza, de hacer honor a la verdad y no a mi amor propio ni a mi soberbia. Quizá estaba en lo cierto.

Un día, no hace mucho, me pregunté hasta qué punto me apesadumbraba ser como soy, y no supe responderme. Lo que me duele, eso sí, son los palos que me he llevado por mi manera de ser. Y una de las pocas cosas que me alivia es saber a ciencia cierta que en no pocas ocasiones fui justo (mi mayor aspiración) y, sobre todo, que la persona con la que más intransigente fui jamás soy yo mismo. Mi contundente látigo ha fustigado más mis espaldas que las de nadie. Soy el único a quien jamás he perdonado ninguna debilidad y por eso las punzadas de mi conciencia son como un infierno en vida. Jamás me he llevado bien con mis límites. Me he exigido a mí mismo hasta la extenuación y he luchado por mejorar todos los días de mi existencia. He enjuiciado mi comportamiento como en un auto de fe y mil veces me he autocondenado a la hoguera. He sido un tonto idealista que soñaba con una sociedad perfecta y con un Al Neri perfecto y mis batacazos han sido de órdago.

jueves, 2 de junio de 2016

HIROHITO

El general McArthur y el Emperador Shōwa en la ceremonia de rendición de Japón

Hitler se pegó un tiro en la cabeza. Los grandes jerarcas nazis (Göring, Von Ribbentrop, Rossenberg, Hess) fueron condenados en Núremberg, a la horca o a cadena perpetua. A Mussolini lo fusilaron los partisanos y su cadáver fue brutalmente profanado en Milán…

En cambio, Hirohito, el Emperador del Japón, el otro gran líder del Pacto Tripartito, que ordenó el ataque a Pearl Harbor y la invasión de todo el Sudeste Asiático, no solo se fue de rositas, sino que siguió reinando hasta 1989. ¿Cómo es posible? La increíble impunidad del llamado Emperador Shōwa sigue siendo una cuestión polémica y espinosa para políticos e historiadores de todo el mundo.

Tras el lanzamiento de las bombas atómicas, el invicto general Douglas McArthur fue designado representante de los aliados en la ceremonia de rendición del 2 de septiembre de 1945 y supervisor de la ocupación americana de la Tierra del Sol Naciente, que se prolongaría hasta 1955 (en Okinawa hasta 1972). A partir del 46 comenzó a funcionar el Tribunal Penal Militar Internacional para el Lejano Oriente, compuesto por magistrados de las potencias vencedoras y ante el que se celebrarían los famosos procesos de Tokio para juzgar a los criminales de guerra japoneses. Los japos no habían sido precisamente unos angelitos y se habían destacado por el uso prohibido de armas químicas y bacteriológicas, el asesinato en masa de millones de personas (recordemos, entre otras, las masacres de Nankín y de Manila), el trato despiadado a los prisioneros (incluyendo el canibalismo y experimentos médicos inhumanos) y la prostitución por la fuerza de miles de muchachas en los territorios ocupados. También mataron de hambre a poblaciones enteras al derivar todos los recursos locales al esfuerzo militar y cometieron toda clase de desmanes contra la colonia española en Filipinas, masacrando sin miramientos a quienes se refugiaron en nuestra embajada.

Vamos, que fueron casi tan salvajes como los ingleses y los yanquis, quienes, por cierto, solo durante el primer año de la ocupación de Japón violaron a casi 300 mujeres diarias y establecieron una férrea censura para evitar que se filtrara a la prensa información alguna sobre estos crímenes.

Pero el caso es que a pesar de las múltiples solicitudes de políticos y militares para que Hirohito fuera sometido a los procesos de Tokio, McArthur se empeñó en salvarle de la quema. Y lo consiguió. Meses antes de iniciarse los juicios, los altos funcionarios del General comenzaron a trabajar activamente para que las acusaciones por crímenes de guerra sirvieran a la vez como sólida defensa de Hirohito. Se entrevistaron con todos los acusados, coordinaron sus declaraciones y hasta compraron testigos para que en las sesiones quedara bien claro que el Emperador solo había sido una víctima de los manejos de sus generales ultranacionalistas y que no había tenido ninguna responsabilidad en la guerra.

Por supuesto esto era falso. El Emperador Shōwa había ratificado en 1937 la propuesta de su ejército de vulnerar los tratados internacionales en materia de armas químicas (es decir de gasear masivamente a los chinos) y en 1941 encargó personalmente al General Hideki Tōjō el bombardeo de la famosa base estadounidense en Hawai. Además, según numerosos investigadores, estuvo siempre al tanto de todas las operaciones militares tanto en el frente como en la retaguardia.

Pero a Estados Unidos le daba igual. Le interesaba demasiado que Hirohito siguiera siendo el Emperador. Por una parte, fue la propia familia imperial la que facilitó a los aliados los nombres y los datos más relevantes para montar el circo de los juicios de Tokio, pero sobre todo la figura imperial resultaba imprescindible para legitimar ante la población la ocupación aliada del archipiélago. Dado que para el sintoísmo japonés el Emperador era una divinidad viviente y, por lo tanto, el elemento de mayor cohesión nacional, McArthur quiso mantenerlo en el trono, libre de todo cargo, a modo de títere, para que los objetivos de la invasión se alcanzaran sin obstáculos y del modo más fluido posible. Según el tratado de capitulación, la intervención del Tío Sam se justificaba en la necesidad de reconstruir el país, atajar las hambrunas, supervisar el desarme y democratizar las instituciones, pero todo el mundo sabe que la verdadera misión de Mr. Douglas, el militar más condecorado de toda la historia, era liberalizar la economía para que Washington se comiera con patatas el mercado nipón. Naturalmente, una minucia como la responsabilidad criminal de Hirohito no iba a impedir a los gringos cerrar sus negocios multimillonarios de postguerra…

viernes, 27 de mayo de 2016

EL PP ORIGINAL


Hay un dato histórico muy curioso sobre el PP que hoy vamos a recordar. Todo el mundo sabe que en 1989 Alianza Popular decidió lavarse la cara para quitarse las legañas derechistas, virando hacia el centro y cambiando su nombre por el de Partido Popular (un partido unificado en vez de una federación de partidos como lo era AP). Pero de lo que casi nadie se acuerda es que ya había existido en España otro partido político con este nombre, concretamente en 1976.

Desde finales del primer tercio del pasado siglo, el adjetivo “popular” en política es la marca común de los partidos demócrata-cristianos europeos. Acordémonos de la Acción Popular de José María Gil Robles (1932). A grandes rasgos la democracia cristiana surgió como una táctica del empresariado y de los grandes propietarios agrícolas para participar en los regímenes liberales del período de entreguerras defendiendo sus intereses económicos. En nuestro país, en sus orígenes, este movimiento político tenía un fuerte componente populista, cierto tonillo beaturro y una herencia innegable del caciquismo decimonónico más pestilente.

Inaugurada en 1976 la llamada Transición, numerosos partidos de este jaez lucían el calificativo “popular” en su denominación legal. Uno de ellos fue precisamente el Partido Popular fundado por los ex ministros Pío Cabanillas padre († 1991) y José María de Areilza († 1998), que, insisto, no tiene nada que ver con la refundación de Alianza Popular en el 89.

Este primer PP, integrado por siete partidos regionales, tuvo un fuerte tirón debido a la popularidad e influencia de sus fundadores. Su primer congreso, en 1977, gozó de una amplísima cobertura mediática, similar a la del PSOE.

Sin embargo, como había un exceso de formaciones independientes democristianas, una auténtica sopa de letras que hacía inviable el reparto del pastel, muy pronto la mayoría de estos partidos se agrupó en dos grandes coaliciones. Los más conservadores en materia moral (Unión del Pueblo Español, Unión Social Popular, Acción Democrática Española, etc) fundaron la federación Alianza Popular, mientras que los más “progres” pergeñaron la coalición Unión de Centro Democrático, bajo el liderazgo del intrépido abulense que hoy da nombre al aeropuerto de Madrid. Entre estos últimos figuraban el Partido Demócrata Cristiano, El Partido Demócrata Popular, el Partido Liberal y el más logrero y repugnante de todos: el Partido Popular.

El Partido Popular era el que más peso tenía en la UCD, si bien su vicepresidente, Areilza, conde de Rodas, sostenía una pujante rivalidad con Suárez, que se saldó con el abandono de aquél. Pero Areilza fundaría entonces Acción Ciudadana Liberal, con la que, en coalición con Alianza Popular, obtendría un acta de diputado en 1979. En 1982 volvió a la UCD pero no logró salir elegido en las elecciones de ese año.

Cuando en agosto del 77 la UCD dejó de ser una simple coalición para convertirse en partido, aquel PP se disolvió para integrarse en el proyecto de Suárez. Por eso en 1989 Fraga pudo utilizar sus siglas abandonadas.

Por su parte, el otro fundador, el viejo Pío Cabanillas, fue diputado y eurodiputado por la UCD. Tras el hundimiento de esta formación, ingresó en el Partido Liberal (del que también formó parte Esperanza Aguirre), que acabaría integrándose en el Partido Popular en 1989. El ultraliberal Cabanillas fue el más importante asesor personal de José María Aznar.

Unos tipos idealistas y leales, como puede apreciarse. Con el armario atestado de chaquetas.

martes, 17 de mayo de 2016

UN NUEVO CAMBIO DE MUDA DEL PARTIDO COMUNISTA





Yo lo veo clarinete:

- El Movimiento 15-M de 2011 no fue para nada espontáneo, sino que lo orquestó Izquierda Unida. Más en concreto, fue una estrategia del sector renovador de este partido para buscar una salida tras sus últimos varapalos electorales.

- Como era de prever, el exitoso 15-M cristalizó muy pronto en un partido político, Podemos, que fue cuidadosa e inteligentemente diseñado y puesto en marcha por militantes, ex militantes y asesores de Izquierda Unida.

- Sirviéndose de una maniobra de imagen consistente en hacer creer al electorado que se trataba de un movimiento “transversal, no de izquierdas”, Podemos arrasó en las últimas elecciones generales.

- Una vez consolidada su fuerza, ha suscrito una coalición electoral con Izquierda Unida para los nuevos comicios del próximo 26 de junio. 

¿CONCLUSIÓN? Podemos no ha sido más que una refundación, un cambio de muda, del Partido Comunista de España, similar al que llevó a cabo en 1986 creando Izquierda Unida.