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miércoles, 27 de abril de 2016

DESAYUNOS MUY SERIOS


Desde hace años bajo tres veces a la semana con un pequeño grupo de compañeros a cumplir el ritual sagrado del desayuno funcionarial. Como supongo que estaréis imaginando, cumplimos al dedillo los tópicos y estereotipos al uso: todos con gafas, los hombres con jersey de rombos, ellas muy feas y con fular al cuello, conversaciones mayormente sobre moscosos, niveles y trienios, quejas sobre los recortes en la Administración, etc. Lo que pasa es que al principio nos reíamos mucho y lo pasábamos muy bien, pero ahora son unos desayunos más bien formales en los que, aunque la charla es agradable, el tono general resulta un poco grave y circunspecto, sin las bromas de antaño.

La culpa la tiene Higinio, el jefe de la Sección de Información.

Antes hacíamos muchos chistes, sobre todo Gonzalo y yo. Gonzalo era especialista en las pullas picantonas, a veces bastante subidas de tono, que hacían soltar chilliditos a las compañeras, y lo mío eran los motes despiadados, el sarcasmo corrosivo y los comentarios políticamente incorrectos sobre gitanos o igualdad de género, que siempre escandalizaban a Natalia, la más pepera del grupo. Pero ya no. Ahora ya nadie dice gilipolleces porque le tenemos un miedo atroz a Higinio.

Cuando recuerdo los desayunos del principio, se me quitan automáticamente las ganas de hacer chirigotas. Igual que ahora, llegábamos al bar un poco más tarde de las 11 y ocupábamos una mesa al fondo, abriéndonos paso a codazos para pedir y trasladar los cafés y las viandas. Higinio siempre desayunaba té con limón y un gigantesco pincho de tortilla que engullía a grandes bocados. Ocupaba media mesa con su corpachón y hablaba muy poco. Por lo general se limitaba a escucharnos al resto con los ojos muy abiertos tras sus gruesas gafas de pasta, mientras rumiaba pan y tortilla, o a responder alguna pregunta concreta que alguna vez le hacíamos sobre su departamento.

–  Higinio, ¿qué quería esa rubia que ha entrado en tu sección a primera hora? –preguntaba, malicioso, Gonzalo.

El aludido respondía siempre con la boca llena, medio tapándosela con la mano, y le salía una voz gangosa y a duras penas inteligible.

– ¿Ummm? Ha fenido a for ed ceztificado que fidió e lunes.

– Bueno, bueno, pues si vuelve esa monada por el edificio, le dices, por favor, que se pase un momento por mi despacho, que quiero atenderla yo personalmente en todo, subrayo, en todo lo que necesite. ¡Todo sea por dejar satisfecha a una ciudadana!

Entonces se producía la tragedia, porque Higinio, que habla tan poco, es sin embargo hipersensible a cualquier muestra de humor, por pésima que sea, y además tiene una risa explosiva, escandalosa y, lo peor de todo, imprevisible. A la gracieta de Gonzalo, el jefe de la Sección de Información reaccionaba con una risotada gutural, estridente y detonante en el peor de los sentidos, ya que con ella esparcía a dos metros a la redonda múltiples restos masticados de tortilla de patatas y pan. Los tropezones volaban libres desde sus inflados mofletes y aterrizaban sobre la camisa de un compañero, pringaban el fular rosa de Natalia o caían en mi taza de café. Se producía un silencio espeso, incomodísimo, mientras la gente se limpiaba con discreción o apartaba su almuerzo para protegerlo de posibles nuevos disparos, ya que la carcajada de Higinio solía durar lo suyo.

Pero no aprendíamos. A la semana siguiente, igual. Yo daba un traguito a mi zumo de naranja y soltaba una cuchufleta sobre las orejas desplegadas del Director General de Accesibilidad, o contaba un chiste de negros o hacía alguna observación sarcástica sobre el administrativo de mi servicio, que es de Podemos el muy gañán, y entonces Higinio, con su tortilla de chorizo a medio deglutir, se descuajeringaba de la risa y nos hacía la metralleta sin previo aviso, que no nos daba tiempo ni a tapar las tazas. Pedazos de comida de muy diversos tamaños se estampaban en la corbata de uno, en la tostada con aceite y tomate de otra o en los pantalones del de más allá. A veces el tío, al terminar de deshuevarse, decía “perdón, perdón”, pero nadie le respondía nunca.

Así que con el tiempo nos hemos ido adiestrando en el autocontrol, y, aunque al principio nos costaba evitar las coñas, las duras experiencias vividas con el bueno de Higinio nos han convencido de que es preferible mantener la seriedad y aburrirnos un poco que morir de asco o incluso quedarnos sin desayunar, ya que a veces nuestro almuerzo quedaba incomestible después del bombardeo. 

martes, 29 de marzo de 2016

ZARAGOZA

Basílica del Pilar tras el Puente de Piedra
Zaragoza es una joya mudéjar a orillas del Ebro que impresiona por su tamaño. Con casi 700.000 habitantes, es la cuarta urbe más grande de España, después de Madrid, Barcelona, Valencia y Sevilla. Tiene avenidas, como el Paseo de la Independencia, que recuerdan el centro de Madrid. Es una ciudad que combina, con perfecto equilibrio, modernidad y belleza. A mí me encanta su tranvía, que le da un aire europeo y dinámico. Eso sí, como todas las grandes metrópolis, tiene sus inconvenientes y uno de los más graves es, sin duda, su alta densidad de inmigrantes, particularmente morunos. Me ha impresionado la morisma que abarrota literalmente la calle Conde de Aranda.

He pasado dos días muy agradables en la capital de Aragón, alojado –como no podía ser de otro modo– justo frente a la estatua de César Augusto, fundador de la ciudad, que el mismísimo Mussolini regaló al ayuntamiento tras la Guerra Civil. Hacía muchos años que no visitaba Zaragoza y he tenido la ocasión de repasar algunos de sus viejos rincones. Se siente uno como en casa en esta histórica localidad que ha sido testigo de algunos de los hitos más gloriosos de nuestra Patria y simboliza su riqueza cultural.

Aparte de la visita obligada a Nuestra Señora del Pilar en la tradicional basílica barroca, cañoneada por los herejes napoleónicos, y de la compra de los habituales –y un poco catetos- recuerdos en la tienda adyacente, no he olvidado entrar en la Seo, un impresionante templo gótico que a mí personalmente me gusta más que la basílica y que cuenta con un museo muy interesante de tapices del siglo XV. Y por supuesto he dedicado una tarde a recorrer la Aljafería, un antiguo palacio de la Taifa de Saraqusta convertido tras la reconquista en la residencia de los monarcas del Reino y de la Corona de Aragón, rodeado por un foso y un jardín espléndidos. En la actualidad es la digna sede de las Cortes de esta comunidad autónoma, algo de lo que debería aprender Castilla y León, cuya asamblea legislativa está ubicada en un edificio moderno, feo y hortera, flanqueado, para más inri, por una espeluznante escultura de Cristóbal Gabarrón.

Con todo, la visita cultural que más me ha gustado ha sido la del Museo Goya, donde se encuentran expuestas catorce pinturas y todos los grabados del genio de Fuendetodos.

Palacio de la Aljafería


También he disfrutado de alguna actividad "medioambiental". Me ha gustado mucho el acuario de agua dulce del complejo de la Expo de 2008, donde se reproducen los ecosistemas de varios ríos de todo el planeta, con especies piscícolas y de otros animales, incluidas las nutrias (que, desgraciadamente, no pude ver porque estaban durmiendo).  Además, como anécdota curiosa, sufrí el ataque de una enorme tortuga de río. La “pobre” había salido accidentalmente de su recinto acondicionado y se encontraba en mitad de un pasillo del recorrido, así que la cogí para devolverla al agua y la muy zorra empezó a mover las patas a velocidad de vértigo y me dejó las muñecas despellejadas con sus zarpas afiladas como puñales. Además di un paseo inolvidable por la ribera del Ebro, que han acondicionado muy bien (al menos la orilla de enfrente de la Basílica). Hay hasta una torreta para la observación de aves. El río, que estaba precioso y muy crecido, ofrece unas vistas únicas para los amantes de la fotografía. Los últimos cormoranes de la temporada practicaban la pesca submarina y sobrevolaban una y otra vez el Puente de Piedra.

Patatas Sherry, todo un clásico en El Tubo
Pero el capítulo más placentero de mi breve viaje ha sido el gastronómico, gracias a los inestimables consejos de Capitán Alatriste, un amigo zaragozano de La pluma viperina al que pedí que me asesorara. Había oído que el barrio de El Tubo es uno de los mejores sitios de España para tapear y lo he confirmado. Una docena de pequeños bares concentrados en tres o cuatro callejuelas del casco viejo ofrecen una gastronomía exquisita a precios variados pero no excesivos. Los locales que más me han gustado son Casa Pascualillo y su deliciosa chistorra con cebolla caramelizada regada con un tinto de Calatayud; El Champi, que solo sirve un montado de champiñones a la plancha para chuparse los dedos y una cerveza tostada en un frasco de rosca; la Taberna Doña Casta, con sus espectaculares croquetas de arroz negro y alioli; La Pilara, con unas tapitas de lo más original y una excelente relación calidad-precio; y La Ternasca, donde no hay que perderse sus ricas patatas Sherry, que son una especie de huevos rotos con patatas fritas muy delgadas y tallarines de ternasco (cordero joven). Se me hace la boca agua solo de escribirlo y recordarlo. También tuve ocasión de tomar unas copas por otras zonas del centro. Me agradó bastante un pub llamado La Bodeguilla. El ambiente nocturno está muy bien y la gente me pareció majísima aunque hablase exactamente igual que Marianico el Corto.

domingo, 20 de septiembre de 2015

LA MATANZA



Matanza tradicional en un pueblo vallisoletano

En la región donde yo vivo, la cultura gastronómica gira alrededor de la carne de cerdo. Desde tiempos inmemoriales, el rito de la matanza ha sido un pilar fundamental en la vida de los pueblos del Valle del Duero, desde Soria hasta tierras salmantinas, y aún hoy se conserva en muchas zonas esta costumbre ancestral, que tiene una liturgia de siglos y una significación social y festiva que permanecen intactas. De ello da fe la fama mundial de los embutidos castellanos y leoneses, como, por ejemplo, los jamones de Guijuelo o los chorizos de Cantimpalos. 

Pero tranquilos, que este no es un post patrocinado por la marca Tierra de Sabor de la Junta de Castilla y León. Simplemente quiero explicar la curiosa razón por la que la matanza del marrano y el consumo de los productos porcinos han tenido y tienen todavía en estas comarcas una importancia tan decisiva. El motivo no es otro que la necesidad histórica de los castellanos de definir socialmente su identidad religiosa en aquellos territorios donde convivieron o, mejor dicho, habitaron superpuestas, las comunidades cristiana, musulmana y judía. 

Hasta mucho después de la Edad Media, en la Corona de Castilla solo podía accederse a ciertos cargos y dignidades acreditando la limpieza de sangre, o, lo que es lo mismo, la condición de cristiano viejo. A partir de finales del siglo XV, las autoridades animaron a miles de moros e israelitas a abrazar la Fe en Cristo, pero no todas las conversiones fueron tan sinceras como cabría desear, por lo que la Inquisición se vio obligada a realizar pesquisas y a abrir procesos contra los ciudadanos de conducta ambigua. Estas circunstancias propiciaron que el pueblo castellano, siempre sabio como sus refranes, convirtiera la ceremonia de la matanza en un acto de la máxima relevancia social, que resultara inexcusable practicar o al que fuera imposible no asistir so pena de parecer sarraceno o judío, ya que ambas religiones abrahámicas prohíben probar siquiera, por "impura", la carne de cerdo. 

La matanza era una fiesta que se celebraba en todos los hogares y a la que se invitaba a todos los vecinos. Además, tras acuchillar al gorrino en el corral, se servían a los invitados las viandas típicas del festejo. Todo el ritual, en el fondo, era una manera de demostrar que se era un cristiano auténtico, y ¡ay de quien no matara un gocho todos los inviernos o pusiera una excusa poco convincente para no asistir a la matanza en casa de un conocido! El consumo de la carne de porcino, principalmente jamón, embutidos curados y morcillas, también era motivo de ostentación social para dejar bien claro que no se tenía ni una gota de sangre hereje o que la reciente conversión al Cristianismo había sido veraz.

Incluso en El Quijote, el inolvidable Sancho Panza, deseoso de acreditar su aptitud para ser gobernador de una ínsula, jura tener sobre el alma “cuatro dedos de enjundia de cristianos viejos”, en referencia a las hojas de grasa (tocino) que se colgaban en las cocinas después de la matanza.

También llama la atención cómo algunos astutos judíos, simuladamente convertidos a nuestra Fe, se inventaron las "morcillas falsas", que exteriormente tenían todo el aspecto de ser porcinas, pero en realidad estaban elaboradas con pan, patata, y carne de ave o de conejo. Así cumplían con sus preceptos alimenticios y al mismo tiempo engañaban al vecindario y a la Inquisición. Estos productos (aunque ya cocinados con grasa de cerdo) forman parte hoy de nuestra gastronomía popular y reciben el nombre de farinato (Salamanca), androjas (Zamora) o morcilla patatera (Extremadura).

domingo, 28 de junio de 2015

LA SENDA DEL DUERO




Foto tomada por mí

Desde 1993 el Ministerio de Medio Ambiente, a través del Programa de Caminos Naturales, viene acondicionando rutas por canales, cañadas, antiguas vías de ferrocarril, caminos de sirga, vías pecuarias y veredas de todo tipo para fomentar el senderismo, el contacto con la naturaleza y el desarrollo rural. Uno de los proyectos más ambiciosos, en colaboración con Portugal, ha sido el sendero GR-14, más conocido como Senda del Duero, que recorre la ribera de esta emblemática arteria fluvial desde su nacimiento en Duruelo de la Sierra (Soria) hasta su desagüe en Oporto. El itinerario se inauguró en 2012 y está perfectamente señalizado. Yo ayer me animé a recorrer a pie un tramo de su etapa número 12, que une las localidades vallisoletanas de Peñafiel y Quintanilla de Onésimo. En concreto anduve un total de 17 kilómetros sumando la ida y la vuelta desde Peñafiel a Pesquera del Duero, un paseo que recomiendo a todos los amantes del trekking. 

Esta zona es famosa en España por su cultura vitivinícola. A decir de los entendidos, aquí tienen los viñedos las bodegas más prestigiosas de la denominación Ribera de Duero, que elabora los caldos más preciados del país después del tinto de La Rioja. Este valle fluvial alberga además numerosos municipios de gran relevancia histórica, destacando Peñafiel con su soberbio castillo del siglo X, que fue conquistado por el mismísimo Almanzor y recobrado 30 años más tarde por el conde castellano Sancho García. 

El recorrido que hice discurre por antiguas sendas de pescadores atravesando pinares y frondosos bosques de chopos, sauces y fresnos. Desde el mismo Peñafiel seguí el Duratón hasta su desembocadura, casi tres kilómetros más allá. A partir de este punto un Duero ya caudaloso serpentea suavemente con su color de arcilla, con una corriente casi imperceptible en esta época del año, flanqueando farallones y pegado al camino, unas veces a ras de suelo y otras hasta treinta metros por debajo. Aunque fácil y accesible, la ruta alterna repechos y bajadas para no aburrir y sorprende con vistas maravillosas de un río en estado salvaje, con troncos muertos que lo atraviesan a modo de puente y una increíble variedad de aves tanto acuáticas como de bosque de ribera que pude disfrutar a pesar del calor: aguiluchos laguneros, fochas, azulones, rabilargos, abubillas, colirrojos y un ruiseñor cada cincuenta metros enseñoreándose de su territorio.

Un buen plan, a ser posible en una época algo menos tórrida, para gozar de un día campestre completo, con opción de lechazo regado con un crianza de postín en alguno de los mejores asadores de la provincia (yo, naturalmente, llevé un bocata de tortilla en coherencia con mi austeridad de revolucionario).

viernes, 6 de marzo de 2015

SI TE HE VISTO NO ME ACUERDO


Hay varias canciones de Joaquín Sabina que nunca han salido en un disco. 

Una de ellas es la sintonía del legendario programa gastronómico Con las manos en la masa (1984-1991), presentado por Elena Santoja. Yo siempre había creído que tanto la música como la letra de esta genial composición, que se sabe de memoria media España, era obra del propio cantautor jienense, pero lo cierto es que su autoría corresponde al dúo Vainica Doble, integrado por la hermana de la presentadora y por Gloria Van Aerssen, que la interpreta junto a Sabina (quien, por cierto, una vez insinuó que se avergonzaba de esta faceta de su carrera artística).

Otro tema inédito es el titulado Si te he visto no me acuerdo, una reliquia valiosísima que hoy quiero rescatar del olvido. Sabina lo interpretó para Televisión Española durante el programa especial homónimo de la Nochevieja 1985-1986. Sus siete largas estrofas separadas por un pegadizo estribillo rebosan veneno y sarcasmo contra el primer gobierno del PSOE. Provocó un gran malestar en las altas esferas socialistas y fue la primera cuenta del rosario de desencuentros que sostuvieron el cantante y la cadena pública. Al año siguiente, en vísperas de elecciones y siendo ya Pilar Miró la directora de RTVE, el Gobierno se cobró su venganza censurando la canción Cuervo ingenuo (de Javier Krahe) en la emisión de un concierto de Sabina y Viceversa. No fue ni mucho menos la única acción represiva de la supuestamente demócrata Miró contra las voces disidentes en el medio que dirigía, y si no que se lo pregunten a Lolo Rico, creadora y directora de La bola de cristal. 

Si te he visto no me acuerdo es una joya histórica que con el tiempo ha cogido solera, pues se escribió a modo de crónica humorística de la primera legislatura de Felipe González, incidiendo en las contradicciones entre el programa político ultrarreformista y aderezado con chaquetas de pana que votaron diez millones de españoles en el 82 y la realidad de los hechos una vez que los sociatas tomaron las riendas del país. Las estrofas abordan temas entonces de plena actualidad, como la expropiación de RUMASA, el escándalo Flick, el cambio de postura sobre el ingreso en la OTAN, la retransmisión de la visita de Juan Pablo II, el romance de Boyer con la Preysler, las vacaciones de González en el yate Azor, el sida o los anuncios de condones. Se cita además a personajes televisivos de la época como Coll, Ramoncín, José María Calviño, Paloma Gómez Borrero, Fernando García Tola, Eva Nasarre, Felipe Mellizo, José María Íñigo, Jesús Hermida o Alfredo Amestoy. Incluso el líder de Fuerza Nueva aparece en el verso “cenarán tortilla en la bodeguilla Palazón y Blas Piñar”. ¡Quién le iba a decir al veterano patriota que acabaría teniendo un puesto “de honor” en el cancionero de Sabina! Y por cierto: ¿alguien sabe quién era Palazón? 

En Youtube no hay ningún vídeo completo de la canción, así que he elegido para encabezar el post una versión editada a base de empalmes de sonido, aunque desgraciadamente sin imágenes. Para ver varios fragmentos de la actuación recomiendo este enlace

Más sobre Sabina en La pluma: 

- Sabina, Viceversa, Varona y la igualdad
- Joaquín Sabina 



miércoles, 28 de enero de 2015

COMIENDO A CIEGAS



Hay algo que jamás he logrado entender sobre la comida que sirven los hosteleros. 

Si compras en un supermercado cualquier producto alimenticio, comprobarás que en el envase o en la etiqueta figura una información más que exhaustiva sobre el mismo: descripción; origen geográfico; datos del fabricante; peso neto; ingredientes detallados con el nombre técnico de todos los colorantes y conservantes; composición nutricional; condiciones de conservación; grado alcohólico; forma de preparación, fecha de caducidad… 

En cambio si vas de pinchos o a cenar a un restaurante, la situación es justamente la contraria: te ofrecen el minimum minimorum de datos sobre las viandas a degustar. 

En cualquier sitio de picoteo, la máxima información al cliente es una pizarra o un menú plastificado donde se relacionan, con su denominación común y de manera sospechosamente sucinta, las tapas o raciones disponibles: patatas guisadas, revuelto de la casa, sándwich mixto, parrillada de verduras… En los restaurantes, en el mejor de los casos aparece en la carta, bajo el nombre del plato, una enumeración genérica de los componentes de la receta, pero eso es tener mucha suerte porque lo normal es que no te aclaren nada o incluso se permitan, sobre todo –pero no solo– en los establecimientos de alta cocina, emplear nombres de fantasía poco o nada esclarecedores como “cristal de tocino con soplo de pacharanes”, “huevo mollet con mezclum de lechugas”, “cordero con bizcocho de algas” o “postre de chocolate en tres cocciones”.

Si tanto en el Mercadona como en un mesón lo que en definitiva estoy haciendo es adquirir alimentos para mi consumo, ¿por qué estas diferencias? En mi desconocimiento sobre la normativa comunitaria en materia de consumidores y servicios hosteleros, estoy convencido de que algo se me escapa, pero, sean cuales sean los fundamentos legales, la cosa es que no alcanzo a comprender por qué si compro el artículo envasado, me cuentan hasta el DNI del moro que recolectó los espárragos, pero si me lo sirven en barra o mantel tengo que hacer un acto de fe imaginándome más o menos de qué estará hecho el guiso. 

Yo desde luego prefiero saber con la mayor exactitud posible lo que estoy comiendo, y no digo que me cuenten hasta el nombre de la vaca que dio la leche con la que me han hecho el flan, pero en mi opinión los bares y restaurantes sí deberían describir con cierto detalle todos los ingredientes utilizados en los platos que sirven, y no solo por mí, que igual soy un maniático, sino por los muchos celíacos, diabéticos, alérgicos o personas a dieta que necesitan conocer esa información para almorzar tranquilos, y por los consumidores en general, que no tenemos por qué aguantar que pedir una comida se convierta en una pura lotería y menos cuando nos clavan cien euros por cubierto. 

domingo, 3 de agosto de 2014

¿CÓMO SE COME UNA HAMBURGUESA?




No sé por qué me empeño en comer las hamburguesas con cuchillo y tenedor. Bueno, la verdad es que solo lo hago cuando me ponen cubiertos, lo que solo sucede en establecimientos de un mínimo nivel. Sí, sí, fijaos los amantes de la fast food en qué sitios os ponen cubiertos con la hamburguesa y veréis que no es tan habitual. El caso es que, si los tengo delante, yo los utilizo por esa especie de instinto civilizado que debo de tener medio escondido, en especial si el emparedado de carne picada es XL y voy arreglado o con manga larga, pues ya se sabe que comiendo estas cosas con las manos te acabas pringando de grasa y ketchup hasta la ropa interior. 

Pero comer el burger a lo señorito tiene un inconveniente todavía peor: que no lo disfrutas. Al menos a mí me es imposible pinchar y cortar en pedazos sin que se desmoche todo el conjunto. El pan acaba divorciado del filete; los pepinillos, en la otra punta del plato; la rodaja de tomate, partida en dos y a un kilómetro de la cebolla, y la lechuga, si la hubiere, desparramada junto a las patatas fritas. Y todo ello por mucho que me esfuerce antes de empezar en prensar con fuerza los bollos (perdonad la expresión) para que quede todo compacto y no se despegue.  Creo que en toda mi vida he conseguido pinchar en mi tenedor ni un solo pedazo de hamburguesa con todos sus ingredientes más o menos integrados. 

El resultado es terrible, claro, porque este manjar estadounidense de origen alemán está concebido para degustar mezclados todos sus componentes y no cada uno por separado, que sabe totalmente distinto. De hecho algunos de  ellos (el tomate y la cebolla) a mí no me gustan solos, pero cada vez que pruebo a trinchar esta comida parece que me estoy comiendo una puta ensalada de carne, tomate, cebolla y salsas, que ahora pinchas un pedacito de esto y luego de lo otro. Un asco. Creo que me sabría mejor si me la comiera con cuchara. 

La única forma de gozar de una hamburguesa es cogiéndola con las dos manazas y emprendiéndola a mordiscos voraces de neandertal, aunque acabe uno con la cara más ribeteada que un bebé con su primera papilla y con un par de lamparones en la camiseta. Lo dicho: ¡nunca jamás el metal volverá a tocar mi sagrada hamburguesa!

Más sobre hamburguesas en La pluma viperina:  

- Comida americana en Valladolid 
- Burger sociology

domingo, 2 de febrero de 2014

ESTACIÓN GOURMET




Ir de tapeo es una divertida alternativa a la cena de amigos en un restaurante y además últimamente vivimos la época dorada del pincho, que se ha convertido en estrella gastronómica en muchas de nuestras ciudades. Frente a la mesa, el mantel y el menú, las ventajas de salir a picar son la variedad en la oferta, el cambio de ambientes y el formato más dinámico e informal, que da pie a otra forma de relacionarnos. En cuanto a los precios habría mucho que discutir sobre si de verdad sale más barato el picoteo de calidad que cenar sentados como Dios manda, pero lo que está claro es que nos encanta romper la monotonía. 

Ayer fui por primera vez a la Estación Gourmet de Valladolid, inaugurada hace pocos meses a imagen y semejanza del madrileño Mercado de San Miguel, aunque con unos precios bastante más ajustados. El concepto de negocio me encantó y los productos también. Ubicado en la nave de los viejos almacenes de RENFE, este gran “mercado de la hostelería" se compone de unas barras centrales que albergan una cervecería y una vinoteca, y de unos veinte puestos monográficos que ofrecen verdaderas delicatessen, como una hamburguesería especial con minihamburguesas de rabo de toro o de buey; una croquetería con muchas variedades como el lechazo o el pulpo; un bar especializado en pinchos de pollo (brochetas, nuggets); una crepería francesa; una brasería argentina; una pulpería donde también sirven sidriña; una heladería italiana; una cafetería para degustar recetas inauditas; una freiduría de gambas de mil tipos, una coctelería y, lo que más gracia me hizo, un establecimiento llamado El Templo del Huevo donde solo ponen tortillas españolas y platos de huevos fritos con patatas, pero con guarniciones bien variadas: trufa, jijas, setas, chorizo... ¡Delicioso y lleno hasta la bandera!

Aparte de que estaba todo exquisito, yo lo recomiendo porque muchos de los locales apuestan por productos de la tierra y de denominación de origen, sus tapas son originales, y cuentan con un servicio la mar de esmerado. Por otra parte no me pareció caro teniendo en cuenta las calidades. Sale igual o más barato que los bares de tapeo típicos de la ciudad con dos ventajas añadidas: que la bebida no se compra en los puestos de raciones, sino en las barras comunes y así una caña, si quieres, te puede durar dos stands (a los catalanes les encantaría), y que se pueden adquirir a la entrada cheques degustación, que salen muy bien sobre todo si se va en grupos grandes. 

Sería una buena idea que todos los viperinos aconsejáramos zonas o locales de tapeo de diferentes ciudades, y así hacemos un poco de turismo gastronómico y nos lanzamos a otros sabores armados con un palillo en vez de con los cubiertos, que ya están muy vistos. ¡Animaos y hacednos la boca agua!

martes, 17 de diciembre de 2013

COMIENDO EN LA BASURA


El domingo pasado han fallecido en Alcalá de Guadaíra (Sevilla) tres miembros de una familia por intoxicación alimentaria. Aunque ahora este dato se ha puesto en tela de juicio, en principio se informó que la causa del envenenamiento había sido la ingesta de alimentos recogidos de la basura, concretamente un pescado adobado. Nada más conocerse esta versión de los hechos se convocó una virulenta protesta en el municipio, con insultos a concejales incluidos, exigiendo una mayor protección social. Por Internet han circulado además con profusión toda clase de mensajes furibundos acusando al Gobierno de “asesinar” a los pobres al obligarles a rebuscar comida en los contenedores.

Con independencia de que el dato de la basura sea más o menos cierto, se me ocurren varias reflexiones sobre el populismo demagógico y repugnante que infecta la sociedad española, sobre la falta de criterio y congruencia de un populacho superficial y semianalfabeto que no dice ni pío cuando debe protestar pero berrea cuando tiene que callar.

Ni al más retrasado mental se le escapa que ingerir comida sacada de una bolsa de basura conlleva un riesgo gravísimo para la salud. Tanto es así que solo se entiende que recurran a esta forma de alimentarse personas con necesidades severas, en un contexto de pobreza, guerra, hambruna o total desatención por parte de los poderes públicos. En España, qué duda cabe, los servicios sociales no son perfectos, pero tengo la más absoluta certeza que no se deja morir a nadie de hambre. Puede que otras situaciones de desamparo no se encuentren suficientemente atendidas, pero las necesidades de alimentación sí están cubiertas para el 100% de la población a través de diferentes mecanismos como comedores sociales públicos y privados, bancos de alimentos y servicios municipales o de Cáritas, parroquias o ONG´s asistenciales. Ni al más tirado de los mendigos de este país (y la familia intoxicada no lo era) se le niega un plato de comida y un par de bocadillos diarios.

Si esta familia sevillana ha decidido cenar comida de un contenedor, la responsabilidad es exclusivamente suya, ya que podría haber accedido sin ningún problema a alimentos en perfecto estado por muy complicada que fuera su situación económica. Discutir esto es absurdo y tener ganas de enredar.

En España la alimentación no es un problema digan lo que digan los manifestantes de Alcalá de Guadaíra

El problema en estos casos no es tanto la falta de asistencia sino la resistencia de ciertas familias o individuos a recurrir a los servicios sociales o a las parroquias, y eso no es un problema de las Administraciones. De toda la vida ha habido indigentes que han fallecido congelados durmiendo en la calle por negarse a acudir a los albergues municipales. ¿El motivo? Que no les daba la gana acatar las normas de estos establecimientos, entre otras la apertura de una ficha y la realización de un seguimiento por los trabajadores sociales, la prohibición de introducir bebidas alcohólicas y la obligación de ducharse y respetar ciertas reglas higiénicas o de comportamiento. En otras ocasiones se trata de personas con alguna enfermedad mental de las que no cabe esperar una conducta lógica ni que intenten siquiera protegerse del hambre y del frío.

También sucede a menudo que cierto tipo de familias, en el que bien podría encajar la de Alcalá de Guadaíra, se niegan a pedir ayuda a las redes asistenciales por pura vergüenza. Suele ser gente que antes de la crisis pertenecía a la clase media baja, y eran humildes pero con un trabajo y medios suficientes para llegar a fin de mes aunque fuera por los pelos, pero en los últimos cuatro años su nivel ha empeorado y hoy se encuentran en una situación de pobreza que se resisten orgullosamente a admitir y, mucho menos, a solucionar a través de los recursos públicos. Nuevamente la culpa no es del Estado, que no puede ayudar a quien no se deja y prefiere incurrir en temeridades como zamparse un pescado de origen dudoso recogido entre la mierda.

A mí me parece manifiesta la irresponsabilidad de los padres de esta familia, que por lo visto alimentaron a menores con deshechos podridos. Es más, si alguno de los cónyuges hubiera quedado vivo, deberían haberlos imputado por homicidio involuntario, por imprudencia, de su hija.

Pero el colmo del absurdo se produce cuando la masa rebuznadora acusa a los poderes públicos de favorecer estas situaciones al obligar a miles de familias a buscar su sustento en los vertederos. Aparte de que, como he dicho, esta acusación es insostenible en un país como España, me permito recordar que en los últimos años varios ayuntamientos (entre ellos el de Madrid) han sufrido la ira popular cuando han aprobado ordenanzas prohibiendo recoger viandas en la basura. Los habituales calificativos de “insolidarios”, “represores” y, por supuesto, “fascistas”, no se han hecho esperar cuando los consistorios han tratado de impedir situaciones de riesgo con una medida tan loable como impedir rebuscar en la porquería.

Lo que no puede hacer un estado, amigos demagogos, es adivinar quién tiene hambre o ir preguntándoselo a la gente casa por casa. Tampoco puede, solo faltaría, impedir que se tire un pescado en mal estado a la basura (pues la basura está para eso) ni que un tonto del culo prefiera recogerlo y dárselo de comer a  sus hijos menores antes que llamar a la puerta de Cáritas. A lo que sí está obligado es a garantizar el sustento más básico de toda la población y a dictar normas de protección sanitaria, y ambas cosas las cumple la Administración española con sus servicios sociales propios o subvencionado a entidades privadas, y prohibiendo (si le dejan) que se hurgue en la basura. 

sábado, 12 de enero de 2013

ALIMENTOS CADUCADOS


Se ha armado un buen revuelo tras la decisión de Grecia de autorizar la venta a un precio más bajo de los alimentos caducados y las recientes declaraciones de nuestro Ministro de Agricultura a favor de distribuir para su consumo productos pasados de fecha para "evitar el desperdicio en la cadena alimentaria”.

Sean cuales sean las medidas que se adopten finalmente, considero importante tomar en cuenta el fuerte componente sociológico que tiene este tema, dada la estigmatización que han sufrido desde siempre los alimentos con la fecha de caducidad sobrepasada, pues quizá una errónea política de etiquetado y de información al consumidor ha llevado a mucha gente a considerarlos estropeados y peligrosos para la salud. Tras años y años advirtiéndonos contra estas viandas prescritas, tras mil reportajes en la tele con mendigos hurgando en los contenedores del Mercadona para conseguirlas, no pueden pretender ahora encasquetárselas a las familias humildes, pues, por muy apuradas que anden, a nadie le gusta sentirse tan necesitado y tan cutre. El otro día me contaron que en algunos comedores sociales, cuando a las magdalenas les falta un día para caducar, hay comensales que ni las prueban. Somos hidalgos ante todo, y en público más.

Sin embargo, en el fondo casi todos nos maliciamos que las fechas que vienen en los productos son solo indicativas y además demasiado estrictas, dependiendo mucho del tipo de artículo. Yo desde luego me he tomado cervezas fuera de fecha (sobre todo en casa de cierto amigo que sigue el blog), yogures un par de días después de lo marcado, y no digamos caramelos y golosinas, que igual están más secos pero igual de ricos de sabor (omítanse bromitas sobre cómo me he quedado a consecuencia de ello). Es cierto que a veces pueden alterarse un poco el color o la textura, pero estos productos son igualmente aptos para el consumo humano.

Es más, yo conozco a dueños de tiendas de alimentación que toda la vida han consumido en casa lo que ya no podían vender por la fecha de la etiqueta. Y siguen vivos, oye.

Y más aún: sé de buena tinta que hay empresas que reetiquetan los productos atrasados para volverlos a vender.

En definitiva, sí me parece bien que revisen los etiquetados intentando diferenciar correctamente cuando un alimento se estropea tras una fecha y cuando simplemente no es tan bonito o crujiente pero no pasa nada por tragárselo, aunque me pregunto por qué se dan cuenta ahora del despilfarro que supone tirar tanta comida por culpa de unas etiquetas tan inflexibles o por qué nos han asustado tanto hasta ahora si no es tan peligroso. A veces es para sentirse manipulado como un muñeco.

Sin tener ni idea sobre las normas comunitarias al respecto, una buena idea podría ser poner una horquilla de fechas en vez de una fecha concreta, por ejemplo “consumir preferentemente antes del período comprendido entre marzo y junio de 2013”, y una vez pasado ese tramo tener todos muy claro que hay que tirar el alimento a la basura por narices en vez de darle vueltas a si se puede seguir distribuyendo o no.

jueves, 8 de noviembre de 2012

VINO DE ZANAHORIA

La Administración de la comunidad autónoma en la que vivo organiza cada año el certamen Campus Emprende, bajo el bonito lema “Educar para Emprender”, en el que premian proyectos creativos e innovadores a fin de fomentar “la actividad emprendedora y la creación de empresas de base tecnológica en el seno de las universidades de la región”.

Uno ya era bastante escéptico sobre los proyectos investigadores de las universidades españolas en general y de la Universidad de Valladolid en particular. Eso de investigar en nuevas tecnologías suena muy bien, pero cuando esta actividad investigadora no se enmarca en programas coherentes, sus resultados no se fiscalizan como es debido y nadie sabe qué repercusión tienen en la vida social y económica del país, te acabas maliciando que todo es un montaje para recibir pasta de la Unión Europea y de las Administraciones, y vivir del cuento.

Uno ya era bastante escéptico sobre la seriedad y la capacidad de los profesores universitarios, pero el premio Campus Emprende de este año ha terminado por confirmar todas mis aprensiones, pues ha recaído nada menos que en una docente por el estúpido proyecto denominado “Elaboración de bebida espumosa (vino) a partir de la fermentación alcohólica de la zanahoria”.

La rocambolesca idea premiada, según han explicado muy ilusionados sus promotores, consiste en “una bebida de entrada dulce, con un toque fresco y vivo, gracias a su carácter espumoso, acompañado de toques terrosos y herbales que recuerdan su origen vegetal”. Con este vino de zanahoria, al que han bautizado como Artezana, pretenden “dinamizar los recursos de Castilla y León, aprovechando un cultivo de relevancia regional".

El común de los mortales y hasta un tipo como yo, con la visión comercial rotundamente bloqueada, pensamos que el licor de zanahoria no tiene ninguna pinta de irrumpir con fuerza en el mercado vitivinícola de nuestra Región en los próximos cien años. Tenemos el pálpito de que casi con toda seguridad no será creada de forma inminente la Denominación de Origen Daucus Carota de las Tierras de Valladolid, y, es más, albergamos la sospechilla de que nadie va a ser tan tonto del culo de pedirse en un bar un rosado de zanahoria.

Aun así, la Junta de Castilla y León ha premiado el proyecto por considerarlo un ejemplo de visión emprendedora con posible incidencia en la economía regional. Deben de suponer que dando la suficiente publicidad a la nueva bebida, en poco tiempo desbancará al verdejo de Rueda y al espumoso de Peñascal.

Yo sugiero a los creadores de este mejunje que sigan desarrollando sus rompedoras ideas con el nabo. Entiéndanme, por favor: me refiero a la hortaliza conocida por los científicos como Brassica rapa, o incluso a otros tubérculos, como la patata o el boniato, con los que seguramente podrían fermentarse finos caldos de mesa. Y ya metidos en harina, imbuidos del entusiasmo emprendedor financiado por la Junta y por la Universidad, sería bueno elaborar una cerveza de cardo borriquero, un orujo de col lombarda o un delicioso blanco a partir del puerro. Ya saben que los consumidores estamos a la espera, bien dispuestos a apoyar los productos de nuestra tierra.

domingo, 20 de mayo de 2012

COMIDA AMERICANA EN VALLADOLID

A lo mejor hay quien piensa que es una contradicción, pero he de reconocer que, pese a mi fobia manifiesta al papel histórico de Estados Unidos en el mundo y a su mentalidad política, económica y social, me encantan el cine y la comida americana. Hoy voy a hablar precisamente de esta última para comparar tres restaurantes de estilo yanqui que hay en Valladolid.

Aunque como ya dije un día, no hago ascos al McDonalds ni al Burger King, obviamente prefiero otro tipo de establecimientos donde el servicio, la calidad y, por qué no decirlo, el ambiente, están mucho más cuidados. En España ha habido varias experiencias de restaurantes genuinamente estadounidenses. La primera de ellas fue Planet Hollywood, que ha terminado fracasando estrepitosamente por su incapacidad para conectar con el público español, por sus precios muy poco competitivos y, seguramente, por sus fastuosos e inútiles gastos de promoción. Los Planet de España en los que yo he comido han cerrado todos.


Sin embargo, la cadena Foster´s Hollywood sí ha triunfado. Desde hace diez años soy cliente de Foster y debo decir que los restaurantes de esta marca que conozco en varias ciudades me encantan. Aunque su local en Valladolid (en Parquesol) no me parece el mejor que he probado, nadie puede negar su estilo, su variedad y, lo más importante para mí, la calidad de su carne. Sus hamburguesas son deliciosas, difícilmente imitables, y hay un sinfín de entrantes y complementos para elegir. No obstante, para mí Foster Valladolid tiene dos puntos débiles: uno, que no permiten reservar mesa, por lo que los fines de semana te puede tocar esperar una hora o más debido a su enorme volumen de comensales; y dos, que cuando tienen demasiada gente van muy deprisa en la cocina y ello repercute en las hamburguesas, pues a mí a veces me la han cocinado mal o me la han quemado un poco. En esto último influye también el grosor excesivo de los filetes, que los hace más difíciles de coger el punto en la plancha.

Hace no muchos años han abierto en Arroyo de la Ecomienda el Brook Steakburguer, un pequeño restaurante con el mismo tipo de comida que ofrecen en el Foster pero con la simpática nota de imitar el ambiente de un local de hamburguesas americano de los años 60, con la decoración típica, las gramolas esas para elegir canción y el vestuario de los camareros, logradísimo. Sin embargo, fui muy ilusionado a cenar con unos cuantos amigos hace dos meses y sufrí cierta decepción. La comida no está mal, pero es mejorable y, en cualquier caso, sensiblemente inferior a la de Foster´s Hollywood para un precio muy similar. La carne es bastante peor, el pan de las hamburguesas es pésimo y está más tieso de la mojama, y nos sirvieron patatas fritas viejas, de esas que ya saben un poco a revenido. Aunque sí se puede reservar mesa, el defecto más grave del Brook es la risible dimensión del establecimiento, que les obligó a arrinconarnos como a sardinas en lata. Dado el éxito del negocio, deberían hacerse con otro local porque, la verdad, no se está cómodo. El punto más fuerte a su favor, insisto: la ropa y las gorritas de los empleados, que me parecieron geniales.


Para terminar dedicaré unas líneas a la franquicia del Peggy Sue´s en la ciudad, que ha abierto la semana pasada en la calle Gamazo y ha tenido un éxito sin precedentes en la inauguración y en los días inmediatamente posteriores, hasta tal punto de que algunos de mis amigos y familiares han tenido que desistir de cenar allí el finde pasado. Yo he estado ayer y voy a enfocar mis comentarios desde tres puntos de vista: comida, decoración y servicio.

En el primer aspecto, no puedo sino lanzar mis más entusiastas alabanzas al restaurante. La carta es excepcional y, sobre todo, originalísima y americanísima. Hamburguesas genuinas y de una calidad de sobra a la altura del Foster (a mí me parecieron incluso más jugosas), unos hotdogs enormes, deliciosos y divinamente aliñados, una presentación de los platos preciosa, divertida y muy superior a la de la cadena hollywoodiense, y unos postres y complementos yanquis al 100%. Muy destacables me parecieron los detalles de un helado azulito con sabor a gominola o más concretamente al palote Maski, un brownie delicioso y la sustitución de la europea Fanta por la cinematográfica Pink lemonade. Todo ello a un precio aceptable.

La ambientación y los decorados están más logrados que los del Brook, a excepción de la ropa de los empleados. De verdad te sientes metido, mientras comes, en la película Grease o en la primera de Regreso al futuro.

 


La organización y el servicio son los únicos aspectos en los que todavía deben mejorar. Digo todavía porque, hasta cierto punto, es comprensible que resulte negativamente explosiva la mezcla entre la bisoñez de sus jovencísimos encargados y camareros y la masiva afluencia de público que han tenido estas primeras semanas. Como simple anécdota contaré que hace dos sábados intenté comer allí y que, a pesar de estar abierto y con gente dentro, tenían la puerta atrancada y no dejaban pasar a quienes no hubieran reservado. Me explicaron muy amables que se les había terminado no sé qué y que se había estropeado la máquina registradora, por lo que, sintiéndolo mucho, no podían atender a más gente.

Por lo tanto, dejan reservar, pero, atención, porque su "sistema de rotación”, como lo llaman ellos, es abracadabrante. Intenté coger mesa a las 10, pero el encargado me dijo que, debido a los turnos, tenía que reservar a las 9.30 o a las 10.30, algo que no comprendí hasta el final de la cena. Este encargado, por cierto, cuando llegamos a cenar, estaba tan desbordado y tan tenso por el jaleo que parecía al borde de una apoplejía, llegando a perder la cuenta de a quiénes había acomodado y a quiénes no, y de si había tachado las reservas. A pesar de que no estuvimos mucho tiempo y a que buena parte del mismo se consumió en esperas por la descoordinación del personal, cuando llegó la hora del siguiente turno, justo al pedir los cafés, este nervioso muchacho se acercó a nuestra mesa y con sonrisilla forzada nos soltó a bocajarro que, si no nos importaba, nos iba a traer la cuenta porque ya había gente esperando por nuestra mesa. Algo absolutamente intolerable que no me ha pasado en la vida ni en los más cutres chiringos. Para acabar, se confundieron en la cuenta en quince euros a nuestro favor (éramos cuatro) y, cuando llamamos al responsable para hacérselo notar y pagar la diferencia, se armaron tal lío, los pobres, que al final nos lo perdonaron medio aturdidos, a pesar de que en la nota faltaban una hamburguesa doble y dos postres. Ver para creer.

Espero que la indiscutible calidad de esta nueva hamburguesería, que recomiendo vivamente, se vea pronto acompañada por una verdadera profesionalidad de los que la atienden, algo que sucederá sin duda en unos meses, cuando estos chavales se despabilen.

jueves, 10 de mayo de 2012

LEER Y COMER


La lectura me recuerda a la comida. Si solo comes lo que te gusta o solo lees lo que te apetece, al final tu salud, física o intelectual, se resiente de veras. Si comes poco variado, solo lo que te pide el paladar, y lees únicamente aquello que te interesa, te entretiene o te autoafirma, lo llevas crudo: reventarás de colesterol o de incultura supina.

Ahora no tanto, pero desde mi más tierna infancia yo he sido un gran lector, un devorador de libros, aunque mi defecto gordo ha sido escoger mis lecturas de forma bastante anárquica, muy poco sistemática, sin mucho criterio, y, claro, ahora tengo más lagunas que Escocia. Ya lo dice Suso cuando me riñe en su blog: “¡Le faltan muchas lecturas, señor Neri!”, y qué razón tiene el tío.

De chaval, a parte de los textos escolares, leía solo lo que me divertía. De adolescente devoraba demasiadas biografías de mis héroes políticos y demasiados panfletos incendiarios. En la Universidad me dio por los tratados politológicos y por la novela española, despreciando estúpidamente a los autores extranjeros. Luego tuve que leer mucho Derecho, unas veces por obligación y otras por placer, y, de unos diez años a esta parte, me he aficionado compulsivamente a la Historia hasta el punto de plantearme estudiar la carrera. En general mi problema es que le he dado demasiada prioridad a la literatura y he olvidado tocar otros palos culturalmente más sustanciosos.

Aunque
admito mi cojera como lector, también me siento orgulloso de alguna de mis actitudes en este campo. Algo que siempre he hecho es imponerme la disciplina de conocer autores con ideas muy opuestas a las mías, a fin de contrastar puntos de vista y recortar mis orejeras, aunque admito que no es fácil porque puede leerse al “enemigo” con tales prejuicios y tal cerrazón que se acabe aún más intransigente que antes.

Lo que más echo en falta es haber conocido a alguien con una formación integral que me guiara como es debido en mis ansias lectoras. Ha habido familiares, profesores y amigos, destacando entre ellos mi padre y El Subdirector del Banco Arús, que me han ayudado a interesarme por obras a las que jamás hubiera hincado el diente motu proprio, pero aun así mi andadura en las bibliotecas ha estado siempre marcada por la comodidad y por el ocio, con los pobres resultados que ahora lamento.

Creo que el sistema educativo debería establecer, con carácter obligatorio y con el debido seguimiento, un plan o unas guías de lectura lo bastante ambiciosos y variados como para dotar a nuestros jóvenes de una cultura verdaderamente integral.

Lo malo es precisamente que muchos hemos identificado lectura y ocio, y no hay error más grave. Leer debería entenderse casi como estudiar, como una búsqueda del saber, como un contacto forzado con algunas materias que en principio pueden no atraernos nada pero que son imprescindibles para formarse una opinión del mundo que nos rodea y no ser unos ignorantes incluso pretenciosos. Como digo, leer es como alimentarnos: si el pescado o la verdura nos repelen y no los incluimos en nuestra dieta, tarde o temprano el organismo se nos quejará.

domingo, 22 de abril de 2012

HOSTELEROS MAFIOSOS

Los empresarios de hostelería de mi ciudad me parecen unos mafiosos y unos sinvergüenzas.

De cuando en cuando en mi ciudad se celebra algún sarao gastronómico extraordinario organizado por empresas foráneas. Por ejemplo, hace meses pusieron en la Plaza de Toros el MarisGalicia, una especie de carpa itinerante que ofrece durante una semana o así los más deliciosos productos gallegos. Y este fin de semana se está desarrollando en un recinto ferial un evento cultural relacionado con la Feria de Abril andaluza, en el que habrá actuaciones, romerías, concursos de sevillanas y, naturalmente, tapeo a gogó regado con fino y manzanilla.

Pues bien, de estos acontecimientos tan interesantes, que tienen la virtud de romper la monotonía del ocio local y permitirnos disfrutar de cosas nuevas, nos solemos enterar por el boca a boca, o través de carteles o folletos promocionales de la organización, porque lo que es la prensa de aquí no dice ni Pamplona o, como mucho, hace alguna leve referencia en letra pequeña y escondida en las páginas interiores.

De esta Feria de Abril de la que hablo, y a la que pienso acudir mañana para degustar pescaíto frito, la única noticia que ha aparecido en el mayor periódico local ha sido en relación precisamente con las airadas quejas que la Agrupación de Hosteleros de la ciudad ha dirigido al Ayuntamiento por los perjuicios que estas celebraciones causan a sus intereses. Según ellos, estos festejos importados les hacen muchísimo daño, y el alcalde debería prohibirlos terminantemente.

Pero vamos a ver, ¿de qué va esta panda de sicilianos cutres? A mi modo de ver, los hosteleros de mi tierra son una gente mezquina y atrasada que lleva años ofreciendo lo mismo y cada vez más caro. Son incapaces de renovarse y adaptarse al mercado, con honrosas excepciones como el concurso anual de pinchos. Salvo unos pocos establecimientos, ofrecen calidades muy discutibles. Fueron los que más abusaron con el cambio al euro. Son los únicos en la Región que no dan una miserable tapa con la bebida. A base de presiones políticas innombrables han obtenido el monopolio gastronómico en las Fiestas patronales, desterrando al extrarradio y machacando al final con su Feria de Día la antaño exitosa oferta de las casas regionales. Y, para rematar su talante corleonesco, han conseguido, sospecho que untando a los medios, que no se hable del MarisGalicia, de la Feria de Abril ni de ningún acontecimiento “intruso” aunque sus organizadores paguen impuestos aquí, igual que ellos, y se limiten a ejercer sus derechos en el marco de la libertad de empresa y del libre mercado en el que mis palurdos paisanos comerciantes se ciscan cada vez que les conviene (también cuando se abre una gran superficie).

Hosteleros de mi ciudad preparándose para recibir la Feria de Abril de este fin de semana
Entendámonos, porque yo, como ya he dejado claro en numerosas ocasiones, soy muy crítico con el libre mercado y defiendo apoyar y compensar con medidas diversas al pequeño comercio, pero por favor… una cosa es amparar los intereses de los pequeños negocios familiares de aquí frente a la rapiña capitalista y otra que se cierren en banda a cualquier novedad, aunque sea de tres días de duración, y se dediquen a boicotearla salvajemente en perjuicio de los consumidores que, digo yo, también tendremos algo que decir.

Nada, que solo les falta cobrar a los andaluces que vienen este finde una cuota para “su protección”, como la Mano Negra en Little Italy a principios del siglo pasado, u obligarles a cegar el pozo y a sacar agua solo del suyo so pena de un perdigonazo de lupara, igual que en la Sicilia profunda de 1930.

domingo, 26 de febrero de 2012

ESNOBISMO DE BARRA

Tras la cena anual de machos de la manada que celebramos ayer, me chocó que uno de mis amigos pidiera en la barra un gin tonic a secas, sin especificar marca. La camarera le preguntó de qué se lo ponía, que tenían tropecientas ginebras, y él respondió que le daba igual.

Cuando le manifesté mi extrañeza, me explicó que el 90% de la gente que pide una ginebra concreta jamás sería capaz de diferenciar una de otra, y que si dicen Tanqueray, Hendricks o Bombay Sapphire es solo por pura pijería, para quedar como unos entendidos en lo que no tienen ni idea, como un conocido suyo que andaba siempre a vueltas con los vinos exquisitos, gastándose una pasta y dándoselas de catador de élite con esas chorradas de que si un caldo estructurado y de boca potente pero con retronasal afrutado, y un día se la pegaron con un clarete Don Simón de brick que le sirvieron de la botella de un rosado de postín. El muy gilipollas olfateaba como un perrillo susurrando “qué riqueza de matices, qué franqueza de aromas”.

Me parece que mi amigo tiene toda la razón. Yo mismo reconozco pedir Barceló a lo bobo, igual que hace años pedía Brugal o Cacique, solo por no decir “un ron con Coca-Cola”, pero fijo que no distinguiría unos rones de otros ni por equivocación.

También reconozco haber empezado a decir “un Rueda” en vez de “un verdejo” imitando a mis compañeros de trabajo, para evitar que estos me miren como a un gañán de taberna.

La sociedad cada vez más esnobista y absurda en la que nos movemos nos empuja a comportarnos en la barra como auténticos cretinos. Un tipo que conozco dueño de un bar me contó que no hace muchos años casi todo el mundo pedía un blanco, un tinto o un clarete, sin más, pero que ahora se lleva mucho no solo concretar denominaciones de origen, sino ponerse a charlar de caldos con el camarero, en plan cargante, citando cosechas y características como si fueran sumillers consagrados, y que juraría que si les sirviera el tintorro de oferta del Mercadona se quedarían tan felices.

Otro amigo, el muy cachondo, siempre pide todo serio un Sauvignon y explica no sé qué de la acidez de la uva, pero al menos este sí que entiende de vinos, y de hecho hace poco me regaló un Mauro que me encantó. Siempre dice que la difencia entre un vino de 5 euros la botella y otro de 50 es abismal, pero que entre uno de 100 y uno de 300 seguramente no sabría distinguir.

Luego está otro espécimen muy típico, que es el que en las cenas de amigos siempre pide, normalmente sin consultar, el vino más caro de la carta, y luego no hace más que alabarlo con tecnicismos de soplapollas. Así cualquiera. Pidiendo el más caro también entiendo yo de vinos.

Al margen de las burlas que me inspiran estas actitudes esnobistas y ridículas, a mí sí me gustaría entender más sobre vinos porque creo que la cultura vinícola es un elemento esencial de la gastronomía y de la identidad de mi tierra, y que el saber no ocupa lugar. Aunque nunca he sido de beber vino, cada vez lo aprecio más gracias a la afición de algunos amigos, y estoy pensando en apuntarme a algún cursillo o cata que merezcan la pena, por lo que agradecería que alguien me informara si conoce alguno. En lo que espero no incurrir nunca es en esa afectación cursi de los que no se separan del decantador y dan la brasa en los restaurantes para demostrar lo mucho que saben antes que para disfrutar de un buen licor.