Acabo de ver otro peliculón de Héctor
Olivera: La Patagonia rebelde. Esta cinta argentina de 1974, basada en un libro de Osvaldo Bayer y ganadora del Oso
de Plata de Berlín en 1984, nos brinda una descripción desgarradora de la
huelga general revolucionaria que se produjo a principios de los años veinte
del siglo pasado en la región patagónica, conocida como la Patagonia trágica.
Ante la situación casi protofeudal en
que vivían los peones agropecuarios e industriales del sur de Argentina, la
Federación Obrera Regional, controlada por anarcosindicalistas al mando del
famoso Antonio Soto, anuncia un paro general que siembra el caos en las
estancias (latifundios) de todo el territorio. El Gobierno de
Buenos Aires envía a Río Gallegos, como mediador, al teniente coronel Héctor Benigno Varela, que, al conocer la explotación y los abusos reinantes, se pone de parte
de los trabajadores y fuerza a los patronos a suscribir un convenio colectivo
mucho más humanitario. Nada más marcharse Varela, los estancieros inician una
campaña de despidos y extorsiones contra sus asalariados, lo que provoca una
rebelión sangrienta y sin precedentes en toda la región. Los campesinos se
hacen con armas y cometen toda clase de desmanes, poniendo en peligro la
economía argentina, los intereses ingleses en los “frigoríficos” cárnicos de la
zona e incluso la unidad territorial del país. Ante tan delicada situación, agravada por los asesinatos y violaciones perpetrados por el Consejo Rojo de Alfredo Fonte, El Toscano, el Presidente del Gobierno encomienda
a Varela regresar a la Patagonia, pero esta vez con órdenes de reprimir
contundentemente a los revolucionarios, encargo que el militar ejecuta con el máximo celo, torturando y fusilando a cientos de huelguistas. Un año después de
estos acontecimientos, el implacable militar moría en un atentado anarquista a
la puerta de su casa.
La Patagonia rebelde destaca por su
garra narrativa, su realismo y su crudeza, unidos a las sólidas
interpretaciones de Héctor Alterio (teniente coronel), Luis Brandoni (Soto) y
Pepe Soriano (“el alemán”). El guión tiene un gran interés histórico, y
profundiza en el romanticismo de los ideales anarquistas y en la figura de Antonio
Soto, ferrolano emigrado a Argentina con 13 años y uno de los mitos del
anarcosindicalismo internacional (en la ciudad de Ferrol una calle lleva su
nombre y en La Coruña le recuerda una fuente centenaria). También se abordan
indirectamente las tensiones de la época entre Argentina y Chile.
Entre las cosas que más me han llamado
la atención está el cambio de nombre del teniente coronel Varela, que aparece
como teniente coronel Zavala. No se entiende esta “precaución” cuando todo el
mundo sabe de sobra quién es el militar encarnado por Alterio y cuando se respeta la
identidad histórica del resto de protagonistas.
Es muy interesante además el hecho de
que la película se estrenara durante la presidencia de Juan Domingo Perón, que
inicialmente prohibió su exhibición pero que terminó autorizándola en vista de
los valores sociales que ensalzaba. También debe destacarse que fue este filme
la causa inmediata del exilio a España del actor Héctor Alterio, ya que poco después de
su estreno la Triple A le invitó a abandonar el país.





















