Me suele hacer sonreír esa fe
ciega que tienen algunos en la ciencia y en los científicos, especialmente
cuando se ponen a comparar de forma capciosa el rigor del método
empírico-analítico con las “supercherías” preconizadas por la Iglesia Católica,
a la que siempre acusan de estar vendida al dinero y al poder. Me divierte
comprobar cómo estos celosísimos garantes de la experiencia como única fuente
de conocimiento, y de la objetividad y
la profesionalidad de los investigadores a la hora de exponer sus conclusiones, no
se enteran de que, con honrosas excepciones, si algo caracteriza a la clase
científica es su contumacia en ofrecerse al mejor postor como la más vulgar de las putas.
Podríamos citar miles de ejemplos
cotidianos ilustrativos de la pasmosa facilidad que tienen médicos,
químicos, astrónomos, estadísticos, dietistas o antropólogos para abrirse de piernas, a cambio de un plato de
lentejas, ante los más turbios intereses políticos o comerciales, proclamando
hoy unas "verdades" contrastadas e irrefutables, y mañana otras contrarias en
función de la pasta que reciban de sus amos.
Supongo que a todos nos parece
bochornoso el papel de los psiquiatras como peritos en los procesos
judiciales, cuando diagnostican la locura o la cordura de un reo según les abone el estipendio la defensa o la acusación, o nos rechinan reclamos publicitarios del
estilo a “nueve de cada diez dentistas recomiendan Sensodyne (o Trident)”. Nutricionistas pretendidamente asépticos un día nos explican que un alimento es sanísimo y al siguiente lo equiparan al cianuro solo porque ha cambiado el viento de las exigencias del mercado. Reputados zoólogos publican unas u otras cifras sobre el estado de conservación de una especie en peligro (lince, oso, lobo) dependiendo de la cuantía de las subvenciones para su protección. Hasta que se impusieron los medicamentos genéricos, muchos facultativos recetaban las marcas de la farmacéutica que más les untaba (directa o indirectamente). Los pedriatras no dejan de cambiar de opinión sobre los productos y artículos para bebés, que, de un día para otro, de acuerdo con lo que dispongan los fabricantes, pueden pasar de ser los más beneficiosos a dañar gravemente el crecimiento infantil. Y no sé muy bien si son científicos o putillas baratas, pero prefiero no hablar de ciertos arqueólogos al servicio de los políticos (nacionalistas o no) ni de los cantamañanas de los pedagogos, que no hacen más que usar a los críos como conejillos de indias en experimentos educativos auspiciados por grupos empresariales solo para sacar tajada.
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| La información del tiempo se adapta descaradamente a los intereses del sector turístico y hostelero |
Pero uno de los casos que más me
indigna es el de los meteorólogos. Estoy seguro de que la información
meteorológica suministrada por los medios de comunicación se manipula
sistemáticamente para adaptarla a los intereses de los sectores turístico y
hostelero, por supuesto previo pago. Una de las épocas del año en que más se
aprecia esta práctica miserable es en Semana Santa, aunque también es
perceptible en vísperas de los puentes de ámbito nacional en períodos no
estivales. Según se acercan las fechas clave, es típico que los medios en general pero sobre todo las cadenas televisivas comiencen a mostrarse
cautelosos o muy poco rotundos cuando toca anunciar mal tiempo, utilizando
expresiones ambiguas o tirando balones fuera al referirse al frío o a la lluvia
que "podrían producirse" esos días festivos. En Castilla y León, donde los pasos
y procesiones de Semana Santa tienen un fuerte poder de atracción y salvan la
temporada hotelera, estos días las ambigüedades de los servicios meteorológicos
claman al cielo. La idea, por supuesto, es no lanzar ningún dato que desincentive
las visitas a estos vistosos eventos, que, como todo el mundo sabe, se
suspenden ipso facto en cuanto caen cuatro gotas. El lucro de los empresarios
turísticos prevalece, con todo el descaro, sobre la verdad científica, que se
pliega sin ningún inconveniente.
Se podría decir que los
responsables de estos amaños son los periodistas y no los meteorólogos, pero no
me parece exacto, ya que las televisiones y las emisoras de radio suelen
encomendar la dirección de los boletines del tiempo a rimbombantes científicos del sector que
teóricamente deberían decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad,
con independencia de sus repercusiones económicas.
Quizá no es que la ciencia sea una zorra, sino que quien financia las actividades científicas lo hace con objetivos muy distintos al de ayudar a la Humanidad y dar a conocer al público datos ciertos y rigurosos.