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lunes, 26 de septiembre de 2016

EL DONATIVO DEL DOMUND




Gerardo es un chico de nobles sentimientos y comunión semanal que escucha mucho y abre poco la boca, y las contadas veces que interviene, entre sorbo y sorbo de Bitter Kas, es para hablar, con su soniquete un poco curil, de su mujer y de sus tres princesas, o para relatarnos las anécdotas que le acontecen en la oenegé, con esas familias gitanas, rumanas o marroquíes a las que atiende sin falta todos los jueves por la tarde. Gerardo tiene mofletes de querubín y gafas jesuíticas con la montura al aire. Tarda diez minutos en contar una cosa que debería caber en dos frases, pero todos le queremos porque es un buenazo.

Ayer en la tertulia se habló de la infidelidad, pero Gerardo no estaba. El eje del debate era dilucidar si al infiel conyugal se le presiente por su picardía, por sus antecedentes e incluso por su careto, o en realidad cualquiera, incluso el que menos te imaginas, puede ser un corneador en potencia. Contra la opinión general, yo defendía esta segunda postura:

– Cuidadito con las apariencias, que hay mucho macho-man y mucho bocazas que después no haría daño ni a una mosca, y padres de familia perfectos, santurrones de vida edificante, que las matan callando y tienen un lío por ahí...

Pero la mayoría me decía que ni hablar, que evidentemente hay un margen de error, pero que todos podríamos diagnosticar con bastante exactitud quiénes de nuestros conocidos caerían rápido en tentación y quiénes ni siquiera se enterarían de si les están tirando los tejos, tan centrados como están en su familia, en su trabajo y en sus cosas.

La discusión se prolongó casi veinte minutos y mis contrincantes no cedían por mucho que yo les repitiera el manido refrán: De las aguas mansas, líbrame, Señor, que de las bravas me libro yo. Pero ya Quique se hartó y con sus resoplidos y muecas tan expresivas, y arreando un buen palmetazo a la barra, que casi nos vuelca las consumiciones, me espetó:

¡Que no, Neri, que no! Que entro yo de sorpresa en casa de Gerardo y me lo encuentro en la cama con una negra desnuda y de verdad que me pienso que le está dando el donativo del Domund.

jueves, 25 de agosto de 2016

EL DERECHO A CAMBIAR DE OPINIÓN


Una persona que me quiere bien pero que no tiene ni idea de cómo pienso ni de cómo funciono, me acusaba el otro día, un pelín escandalizada, de no respetar el derecho de la gente a cambiar de opinión en materia ideológica, moral o religiosa, ya que, según dice, tengo una visión enfermiza de la coherencia que me lleva a despreciar cualquier proceso de evolución personal. Esta persona cree que llamo congruencia a lo que no es más que obstinación y que considero –injustamente– veletas sin honor a quienes van adaptando su mentalidad a las circunstancias, a las experiencias vividas y a sus necesidades.

Mi respuesta fue clara y directa. Intenté hacerle ver que esta crítica no tiene fundamento y que siento el máximo respeto por la conciencia de cada cual y, por consiguiente, reconozco la libertad de cualquier individuo para renovar sus ideas y criterios del tipo que sean y con el alcance que considere oportuno, primero porque la adaptación a los cambios sociales, culturales y personales está implícita en la propia naturaleza humana (si no evolucionáramos seríamos enfermos) y segundo porque yo, como cualquiera, he experimentado no pocas mudas en mis puntos de vista y sería de un cinismo vergonzoso hacer reproches a los demás por tal motivo.

Yo a los únicos que critico, y con mucha contundencia además, es a los que se han pasado años y años abanderando públicamente una determinada idea y, de pronto, tras sufrir una transformación, conversión, evolución personal o como queramos llamarlo, tras percatarse –por los motivos que sean– de que vivían en el error, no se conforman con opinar distinto o incluso pasarse a la acera opuesta, sino que se convierten en los más fervorosos adalides de su nueva postura. 

Reconozco, naturalmente, el derecho a cambiar de opinión, pero no el de ser, a lo largo de la vida, cabeza visible, líder, paladín o ferviente activista de diferentes causas diametralmente opuestas entre sí. 

Porque uno puede haber sido católico practicante y después enfriarse su Fe, puede haber votado a la derecha y poco a poco volverse rojillo, haber sido muy revolucionario en su juventud y terminar llevando una vida cómoda y egoísta, o haber estado en contra de las relaciones prematrimoniales y terminar arrejuntado con la más puta del pueblo. Son cosas que pasan, que están al orden del día y de las que poca sangre cabe hacer en plena era de las libertades individuales y teniendo en cuenta la metamorfosis que ha sufrido nuestra sociedad en las últimas décadas. Pero lo que no es de recibo, lo que es un choteo –por no emplear palabras más gruesas– es que un fulano sea el evangelizador oficial de un ideario y se pase cuatro lustros dando el coñazo al personal, friendo a su familia y amigos, ilusionando o engañando a innumerables jóvenes y repartiendo leña a sus enemigos ideológicos, y un día, de repente, lo veamos de promotor, de militante ardiente, de confaloniero de la filosofía contraria. 



A lo que no hay derecho es a pasarse quince años como profesor numerario del Opus, metiéndose en la conciencia de cientos de adolescentes, forzando confesiones y tocando la guitarra en las giras papales y luego reciclarse como ateo y como activista de los derechos del colectivo de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Personas Transgénero, con una columna semanal en la revista Zero. A lo que no hay derecho es a ser un fascista genuino en 1941 y arrastrar a miles de españoles a la División Azul y terminar en el 62 liderando el Contubernio de Múnich. A lo que no hay derecho es a encabezar manifestaciones Provida a los veinticinco años, y a los cuarenta y tres ser una famosa abogada feminista que escribe a favor de una ley que permita abortar en las doce primeras semanas de gestación. A lo que no hay derecho es a poner de vuelta y media, allá por los noventa, a las hijas de las vecinas que se iban de vacaciones con el novio, y ahora predicar a todo el mundo que “casarse ya es un atraso, ya no se casa nadie” porque tu hijo viva amancebado.

Cambiar de postura es un derecho, sí, aunque se trate de un cambio radical e independientemente del fervor con el que se hayan venido abrazando anteriores ideales. Pero si uno ha sido notorio baluarte de un determinado credo, si entregó su vida a él y, sobre todo, si su defensa de esas ideas tuvo una dimensión pública o convenció o involucró a mucha gente con ellas, la mínima vergüenza torera aconseja llevar el cambio con la mayor discreción posible, sin bombos ni platillos, limitándose a hablar de las nuevas convicciones en el ámbito de la más estricta intimidad. De lo contrario, muchos podrían pesar que uno es un tarado, un imbécil o un sinvergüenza.

miércoles, 25 de mayo de 2016

PLACER Y DOLOR


El cuerpo y la mente están íntimamente relacionados pero el vínculo que los une es un misterio insondable.

Se ha discutido mucho si el dolor y el placer físicos son experiencias objetivables, relacionadas exclusivamente con el sistema nervioso, o, por el contrario, tienen más que ver con el mundo de la mente y de las emociones. En otras palabras, si ante estímulos idénticos los seres humanos experimentamos un mismo nivel de dolor o de placer, o depende de la personalidad de cada individuo.

En cuanto al dolor, es evidente que hay gente que se desmaya con el simple pinchazo de una aguja mientras que otros podrían resistir con entereza una sesión de tortura china o una intervención quirúrgica sin anestesia. Según algunos científicos, el motivo son las enormes diferencias de sensibilidad física entre las personas, pero otros sostienen que se trata de un problema de sensibilidad emocional, y que, en realidad, los que más aguantan no es que sientan menos el dolor que quienes se marean con un rasguño, pero sí tienen mayor coraje y son menos quejicas y aprensivos.

Con el placer pasa igual. Existen estudios que defienden que la razón por la que algunas personas son propensas al vicio sexual (promiscuidad, ninfomanía, masturbación compulsiva) es porque sus impulsos son más intensos que los de la media de la población y su clímax, más potente, por lo que el riesgo de adicción es mayor. Sin embargo las tesis más recientes van en la línea de que la excitación, el deseo y el gozo sexual son experiencias subjetivas más asociadas a la mente que al cuerpo. Es decir, que un salido no lo es porque el cuerpo le pida más guerra que al común de los mortales o porque sus experiencias orgásmicas sean de una intensidad especialmente adictiva, sino por diferentes razones psicológicas, como por ejemplo la falta de voluntad y autocontrol, la necesidad de desahogo ante determinados problemas o una baja autoestima que se intenta compensar mediante proezas amatorias (el conocido síndrome del donjuanismo tan estudiado por Gregorio Marañón).

Tampoco puede obviarse la influencia del factor cultural en este asunto. Supongo que es imposible resolver la vieja controversia de si las necesidades sexuales y el orgasmo de los varones son más intensos que los de las mujeres, pero al menos parece indiscutible que la sociedad, desde tiempos inmemoriales, ha sido muchísimo más benevolente con las manifestaciones externas del deseo carnal masculino que con las del femenino, y que incluso en ciertos círculos o ambientes "de hombres" siempre ha estado y sigue estando mal visto no hacer pública ostentación de este tipo de apetencias, a modo de marchamo de virilidad. Así, en determinados contextos culturales, un señor aparentemente mujeriego y rijoso (por sus comentarios) podría tener la líbido a niveles bajo cero, y una joven de aspecto pudoroso y recatado podría ser la más lasciva del pueblo.

lunes, 9 de mayo de 2016

DOS HISTORIAS MUY TRUCULENTAS


Hoy toca una ración de realismo crudo. Las dos anécdotas que voy a contar son auténticas y las vivió en primera persona un compañero mío de trabajo que estuvo cinco años destinado en un centro para personas con discapacidad grave. Aunque voy a intentar narrar los hechos de forma neutra y respetuosa, advierto a los lectores sensibles que quizá no les convenga seguir leyendo.

El protagonista de la primera historia es Luismi, un interno de 22 años con un problema severo de psicomotricidad de cintura para arriba, que le afectaba principalmente al cuello, los brazos y las manos. El muchacho, con la cabeza siempre ladeada y la expresión rota por una extraña mueca, apenas podía hablar ni abrir siquiera una puerta o sujetar una cuchara, así que tenían que vestirlo y alimentarlo. Varias noches un celador le sorprendió en su habitación tirado en el suelo, boca abajo, jadeando y restregándose brutalmente contra la alfombrilla al pie de la cama. Se estaba masturbando como podía. Con el tiempo, Luismi se fue causando raspaduras y heridas en los genitales, algunas graves, que tenían que ser vigiladas y curadas por el personal sanitario que lo atendía. Todos en el centro veían que el chico estaba desquiciado por la ansiedad, sobre todo en los meses de calor. Miraba los escotes de las enfermeras con una mezcla de deseo y de angustia que ponía el corazón en un puño.

En la reunión semanal del equipo multidisciplinar se terminó planteando el tema. El médico opinó que a esa edad era una tragedia no tener ninguna posibilidad de canalizar los impulsos, ni siquiera tocándose con la mano. La psicóloga informó, con lenguaje muy técnico, de que cada vez se agravaban más en el paciente los efectos de la privación de cualquier forma de sexualidad, y que, en resumen, el chaval estaba totalmente obsesionado, iba adquiriendo tics nerviosos cada día más acusados y podía llegar un momento en que su personalidad se quebrase y quedara encerrado en sí mismo para siempre. También se barajaron distintas soluciones, como terapias ocupacionales, ejercicio físico moderado, paseos más frecuentes, atención psicológica especializada o tratamientos farmacológicos específicos para atenuar sus ímpetus eróticos. Hasta que Manolo, un ATS próximo a jubilarse, muy campechano él, lanzó la bomba:

– Pues yo creo que habría que traerle una puta de vez en cuando.

Durante casi un minuto no se oyó ni el vuelo de una mosca, hasta que Joaquín, el director, intervino bastante incómodo:

– Pero, Manolo, por Dios, ¿cómo vamos a hacer una cosa así? Eso está fuera de todo protocolo. ¡Es matar moscas a cañonazos! En un centro público eso es inviable y lo sabéis todos. ¡La que se liaría si se entera la prensa! Y además, digo yo que los padres de Luismi tendrán algo que decir… aunque bueno, el chico es mayor de edad y no está incapacitado.

Se abrió entonces un acalorado debate sobre la propuesta de Manolo, que casi todos los profesionales presentes consideraron muy bien intencionada pero inviable por inoportuna y dudosamente ética, a pesar de que la subdirectora les recordó que en Holanda y en no sé qué país nórdico las administraciones públicas facilitaban este tipo de servicios a los reclusos de las cárceles y, por supuesto, a pacientes con la problemática de Luismi. El asunto estaba casi cerrado cuando, de forma inesperada, tomó la palabra Azucena, una jovencísima auxiliar de enfermería que se llevaba muy bien con el interno, con el que charlaba a diario y al que solía regalar CD´S de música con recopilaciones de sus canciones favoritas. La chica explicó visiblemente afectada que le parecía muy cruel la situación de Luismi y que, por elementales razones de humanidad, debería tomarse alguna determinación para paliar su sufrimiento.

– A mí se me encoge el alma, de verdad, y si se trata de encontrar una solución discreta, yo me ofrezco personalmente a ayudarle. Cada diez o quince días, o cuando se decida, yo no tengo ningún inconveniente en… hablemos claro, si no os importa, en hacerle una paja, para que se quede tranquilo y deje de autolesionarse, que las últimas heridas que se ha hecho a mí me han puesto los pelos de punta. ¡No tiene por qué enterarse nadie!

Joaquín se puso en pie, alteradísmo, y ordenó pasar, sin más discusiones, al siguiente punto del orden del día. Con Luismi hablaría la psicóloga y, si él estaba conforme, el médico le recetaría unas pastillas para atemperar su líbido. Y punto.

La segunda historia, que sucedió dos años después, se parece a la primera, pero es si cabe más dramática y surrealista. Una pareja de internos que se habían conocido en este mismo centro decidió contraer matrimonio tras un noviazgo llamativamente corto. Él tenía 36 años y ella 29. Ambos sufrían de movilidad reducida y, al igual que Luismi, de importantes trastornos de psicomotricidad. Diez días antes de la boda solicitaron una entrevista con la trabajadora social, y, tras numerosos rodeos, la novia le explicó que, debido a su discapacidad, no les iba a ser posible consumar el casamiento ni disfrutar en modo alguno de una vida sexual plena. Vamos, ni plena ni menos plena, ya que los dos eran incapaces de mover, ni levemente, ninguna de las partes del cuerpo implicadas en una relación íntima, ni siquiera las manos ni los dedos. A mayor abundamiento, ella sufría de una especie de parálisis en los músculos maxilares que le impedía abrir y cerrar la boca con normalidad (detalle que aporto sin ningún ánimo morboso, sino solo para que pueda entenderse el problema en toda su amplitud).

– Vaya… –respondió, tras tomar aire, la asistente social– Es una dificultad que comprendo perfectamente y lamento de veras. Pero una cuestión tan íntima… No sé cómo deciros… No se me ocurre cómo podríamos ayudaros la dirección del centro y mucho menos yo…

– Sí, sí, claro que nos podéis ayudar. En la Ley de Asistencia a Personas con Discapacidad y en el propio reglamento del centro se dice muy claramente que la Administración está obligada a auxiliar a los discapacitados en la realización de las actividades esenciales de su vida cotidiana, como comer, beber, vestirse, desplazarse y lavarse, incluyendo la higiene relacionada con los procesos de excreción… Y, claro, el sexo tú ya sabes que es una actividad esencial en la vida, fundamental para la salud y el equilibrio emocional, y ya ni te cuento en una pareja recién casada...

La trabajadora social tragó saliva y miró turbada a los dos jóvenes, encogiéndose de hombros.

– Perdonadme, pero no entiendo cómo puede auxiliaros la Administración en… en esas actividades que, como muy bien decís, son esenciales…

–Pues, perdona –metió baza él, algo azorado–, pero yo creo que está clarísimo. Dicho sin remilgos, lo que esperamos del centro es que alguien nos facilite hacer lo que nosotros no podemos hacer solos de ninguna manera, es decir que nos desnude, nos coloque en la cama en la posición correcta y mueva nuestros cuerpos para que… bueno, ya me entiendes. No hacen falta florituras... Solo pedimos un auxilio básico.

El intrincado asunto también fue sometido al comité multidisciplinar, aunque esta vez no salió ningún voluntario para remediar el drama de la parejita. Joaquín volvió a zanjar la cuestión sin demasiadas contemplaciones, moviendo negativamente la cabeza y exclamando:

– Sí, claro, lo que nos faltaba, hacer de mamporreros como con los caballos. Nada, nada... No perdamos un minuto más con esto. Si quieren, que lo pidan por escrito y que resuelvan en Servicios Centrales.

domingo, 24 de abril de 2016

"ME TIRÉ A LA TAQUILLERA"




El público la conocía por sus libros infantiles y por sus constantes apariciones en la televisión socialista, vestida de hombre, con sus trazas de bollera impenitente y recitando con voz aguerrida y aguardentosa unos ripios para niños que parecían compuestos por una persona con discapacidad intelectual. Pero Gloria, la gran Gloria Fuertes, era mucho más que eso. 

Esta poeta (odiaba lo de poetisa) siempre me cayó simpática. Hizo sus pinitos leyendo poemas en la radio durante la Segunda República, y la guerra, que vivió en pleno barrio de Lavapiés, le dejó un trauma tan imborrable que llegó a declarar que, sin esta tragedia, quizá jamás habría empezado a escribir. A mí me impresionaba su inteligencia. Gloria casi no fue a la escuela, pero con el tiempo se convertiría en una mujer muy culta gracias a su tesón. A los intentos de encuadrarla en una u otra corriente literaria, siempre respondía que se consideraba “autodidacta y poéticamente desescolarizada”. A finales de los años 50 se decidió a estudiar biblioteconomía e inglés, y acabó dando clases de literatura en varias universidades de los Estados Unidos. 

Gloria ya tenía éxito en el franquismo
Descubrí a Gloria Fuertes († 1998) en el 93, gracias a Ignatus. La tenía encasillada, como casi todo el mundo, en la literatura para críos, y me sorprendieron sus Obras incompletas (1975). Sus versos cortos y rebosantes de humanidad, engarzados por un humor espontáneo y aderezados de rebeldía y sencillez, me fascinaron, convenciéndome de que era una mujer especial. Nunca hubiera sospechado que la autora de Un globo, dos globos, tres globos, la marimacho de aire tímido que barbullaba rimas absurdas en La cometa blanca fuera capaz de dejarme el corazón en carne viva con su cristianismo hondo y crítico, su compromiso social y sus divertidos juegos de palabras. 

El Partido Comunista intentó convertir en bandera su obra y la de otros poetas sociales del movimiento postista, pero ella no se dejó. Su fina inteligencia y su espíritu un poco ácrata la mantuvieron siempre al margen de los politiqueos. A lo largo de su vida colaboró con medios de muy distintos colores, incluidos el diario Arriba y Flechas y Pelayos. 

Su vida sentimental siempre fue oscura y tormentosa. En la guerra, con veinte años, perdió a su gran amor, un miliciano que cayó en el frente. Al poco se enamoró de un médico derechista al que encarcelaron los rojos y ella visitaba en el penal. Luego parece que cambiaron de rumbo sus inclinaciones. En Me siento abierta a todo, se expresa así: 

“Me siento sola y una, como una sola luna
-por ser igual a todas las mujeres y no parecerme a ninguna-,
me siento sola y una en mi vacía cuna.” 

Muchas veces se especuló con su orientación sexual, de la que tuvo el acierto de no hablar jamás en público. Sus conflictos interiores solo se asoman en varios poemas autobiográficos y en otros defendiendo la homosexualidad. Impacta especialmente A Jenny: 

"Nadie le ayudó, 
pero él se hizo mujer.
Cantaba cantaba,
era la preferida de los hombres
del night-club.
Me dijo:
-En toda mi vida
sólo he leído un libro,
el tuyo.
Entonces...
le acaricié de verdad
sus pechos de mentira". 

Para mí, la mejor anécdota, la que mejor ilustra su sentido del humor y su inteligencia es la que da título a este post. La historia la desveló Vicente Molina Foix al poco de fallecer Gloria, pues antes no contaba con su permiso. En una entrevista para el suplemento dominical de El País, en 1994, ella le confesó que a lo largo de su vida había sufrido terribles altibajos y depresiones, y que incluso había pensado en suicidarse. 

“Y así me contó, mientras yo tomaba notas a diestra y siniestra, que en cierta ocasión, al sufrir un desengaño, pensó seriamente en el suicidio. ´Fui al metro decidida a matarme. Pero al ir a sacar el billete ligué, y en vez de tirarme al tren me tiré a la taquillera`. Cuando me harté de reír, le pregunté: ´¿Puedo contar esto, Gloria?`. ´No. Ahora no. Yo vivo de mis libros infantiles, y estas cosas podrían asustar a los padres, que son los que los compran`. Naturalmente, respeté su deseo.”



 

lunes, 18 de abril de 2016

CRITERIO PROPIO


En lo tocante a posicionamientos políticos, ideológicos y religiosos es importante esforzarse por cultivar un criterio propio.

En mi juventud me predicaron muchas veces que atrincherarme en mi propio criterio era un acto de soberbia, puesto que muchas personas más inteligentes, cultas y santas que yo ya habían estudiado esos temas que me preocupaban y dictaminado lo correcto. La prudencia aconseja –me decían– adherirse humildemente a los criterios de los más sabios, de los más virtuosos o de los que ostentan mayor autoridad, para no hacer el ridículo de creer estar inventando algo que lleva diez o veinte siglos inventado.

Esta tesis que tanto me repitieron y que solía parecerme razonable, hoy me produce cierto sarpullido. Así en abstracto no parece plantear muchas objeciones, pero en la práctica se trata de una teoría que se presta al abuso de embaucadores y manipuladores como yo mismo tuve ocasión de comprobar. Está muy bien eso de sumarse, de forma más o menos automática, a las opiniones de gente más capacitada y acreditada moralmente que nosotros, pero los problemas suelen ser tres. Primero, que no siempre es fácil estar seguros del fundamento de esa supuesta superioridad, que podría estar prefabricada o basarse en falsedades. Segundo, que la mayoría de las veces no conocemos las opiniones de esos sabios o santos sino a través de fuentes indirectas, material extractado, resumido o interpretado casi siempre, qué casualidad, por quienes nos recomiendan no tener criterio propio. Y tercero, que esa autoridad ideológica o filosófica a la que hemos secundado, parafraseado y emulado con fervor durante años podría muy bien cambiar de parecer de un día para otro, opinar de repente todo lo contrario a lo que opinaba, y dejarnos con cara de idiotas y más perdidos que un pulpo en un garaje.

Como estas situaciones yo ya las he vivido, hoy tiendo a fiarme más bien poco de los iluminados. Prefiero consultar yo mismo las fuentes que me interesan, reservarme el derecho a posicionarme o no –incluso sobre temas aparentemente meridianos– y guiarme por mi olfato, que será una actitud muy soberbia y tal, pero, visto lo visto, bastante más segura que repetir como un papagayo las ideas de un señor, por muy perfecto que alguien me diga que es. 

Ahora me viene a la cabeza un tipo que conocí en los noventa y que es fiel reflejo de esto que estoy explicando. El personaje en cuestión era, y me parece que sigue siendo, un católico exaltado. A mí me caía gordo, y no por sus convicciones, que me parecen muy bien, sino por su rigidez chirriante, su forma de hacer proselitismo y su seguridad impostada y casi ofensiva. Era muy cansino. Se pasaba el día analizando la conducta de los demás y practicando la corrección “fraterna” con un estilo punzante y deslenguado. Siempre estaba discutiendo con otros jóvenes de la parroquia o de su grupo de oración que tenían visiones más flexibles que las suyas –o simplemente distintas– sobre cualquier cuestión religiosa o moral. Su estrategia dialéctica era muy burda pero a la gente más inexperta siempre la sugestionaba. La piedra angular de todo su argumentario era el magisterio pontificio. Tenía estudios de teología y se sabía de memoria todas las encíclicas y documentos papales. Siempre zanjaba los debates con alguna cita, generalmente de Pío XI o de Juan Pablo II, que eran sus favoritos, y atacando con dureza a todo aquel que osara discrepar de su postura. “¿Acaso vas a contradecir lo que ha dicho un papa? ¿Es que no respetas las encíclicas? ¿Y tú te consideras católico?”.

Era verdad que sabía un montón y que la gente lo respetaba por ello, pero siempre se aprovechaba de su posición, de sus conocimientos, y empleaba continuas trampas dialécticas. Cuando alguien es un experto en una materia de la que casi nadie a su alrededor tiene ni idea, la tentación de manipular la información es demasiado fuerte, y él, por supuesto, siempre caía en ella. No solo citaba los textos que le interesaban obviando otras fuentes que contradecían sus opiniones personales (como hizo una vez, aún lo recuerdo, con el tema de la objeción de conciencia al servicio militar), sino que exageraba o falseaba los datos, no distinguía entre el magisterio solemne y el ordinario, y esgrimía textos pastorales que habían sido rectificados por otros posteriores que, naturalmente, se escondía en la manga. Pero para darse cuenta había que hilar muy fino y era imposible pillarle en un renuncio porque tenía respuesta para todo.

   Pero Juan Pablo II se ha pronunciado a favor de la democracia –le decían–.  ¡Mira, mira, lo pone aquí en el nuevo Catecismo!

– ¡Por favor! –vociferaba escandalizado–. El Santo Padre se está refiriendo a una democracia perfecta, ideal, verdaderamente participativa y respetuosa con la dignidad humana, y no a este engendro que padecemos ahora, con un sistema de representación viciado de raíz y unas leyes que permiten el asesinato de niños inocentes en el vientre de sus madres. ¡Cómo va a estar la Iglesia a favor de una democracia así!

Y se ponía a citar papas, encíclicas, exhortaciones y documentos conciliares que avalaban su propio concepto de democracia.

Pero los temas con los que más caña daba con diferencia eran los de índole moral y de costumbres, sobre todo los sexuales. Con una potente batería de constituciones y cartas apostólicas, pronunciamientos papales y demás elementos del Magisterio de la Iglesia, discurseaba al personal de forma incansable sin que nadie dijera ni pamplona por miedo a ver puesta en tela de juicio su Fe y su ortodoxia. Yo lo recuerdo mucho despotricando, con la cara enrojecida, contra la comunión en la mano, el amancebamiento, los noviazgos largos –fuente inagotable de tentaciones contra la pureza– y, en general, contra ciertos comportamientos de los novios, como por ejemplo cogerse del brazo por encima del codo. ¡Y no digamos sobre otras expansiones de mayor alcance o sobre los "métodos anticonceptivos artificiales"!

  Muchas de las cosas que se hacen mal es por desconocimiento –solía decir–. Pero basta leerse la Mulieris Dignitatem, la Humanae Vitae y la Familiaris Consortio para saber a qué atenerse en estas materias.

Parece ser que los divorciados vueltos a casar ya no están excomulgados
Pero la cuestión que yo me planteo en estos momentos es cómo se tiene que sentir hoy este paisano, cuya única baza argumental era la autoridad de los papas, al escuchar las declaraciones públicas de Francisco sobre los temas más variados, y, en especial, al leer su reciente exhortación apostólica, Amoris Laetitia, en la que parece instar a los pastores a huir del rigorismo a la hora de negar el sacramento de la la eucaristía a los católicos divorciados que se han vuelto a casar o conviven maritalmente.

No sé por qué pero mucho me temo que por muy confundido que se encuentre con estas insólitas novedades, no se callará ni agachará la cabeza cuando alguien le pregunte, con malicia, si ahora también va a comerse con patatas lo que diga el Papa o va a pensar por su cuenta. Me apuesto lo que sea a que ya tiene preparado un sermón explicando la diferencia –ahora sí– entre los dogmas y las opiniones de un papa a título particular, y vapuleando a la prensa por “sacar de contexto” las palabras del Pontífice. 

viernes, 18 de marzo de 2016

LA DIGNIDAD DE LAS RUMANAS (GITANAS)



Los medios de comunicación llevan tres días dándonos una intensa brasa con los sucesos que tuvieron lugar el martes en la Plaza Mayor de Madrid durante la visita de los hinchas holandeses del PSV Eindhoven, que jugaba contra el Atleti en los octavos de final de la Liga de Campeones. Es imposible a estas alturas no conocer los hechos, pues nos va a estallar la cabeza con tanta noticia, reportaje y mensaje de repulsa con los que nos han bombardeado incesantemente como si se tratara de un atentado terrorista o de una catástrofe natural de gran envergadura. Resulta que antes del partido varios jóvenes seguidores del PSV, imagino que ebrios, bromearon con unas gitanas de origen rumano que se encontraban pidiendo limosna en la Plaza. Les lanzaron monedas desde la terraza de un bar en vez de dárselas en mano, les pidieron que interpretaran bailes típicos de su tierra y que hicieran flexiones, prendieron fuego a un billete de cinco euros para ver quién lo apagaba antes, y, en fin, unas cuantas gamberradas más que pueden verse en el vídeo del final del post.

Todas las ONG´s de ayuda al inmigrante, las asociaciones feministas, los colectivos sociales, los partidos políticos y el Secretariado Gitano, encabezados, como no podía ser menos, por la alcaldesa comunista Manuela Carmena, han repudiado estas “vejaciones racistas” y las han denunciado ante la Fiscalía de Delitos de Odio, que ya ha abierto las oportunas diligencias. También se ha exigido una explicación al embajador holandés, que se ha apresurado a pedir disculpas (como para no), y al propio club de fútbol implicado, que, por lo visto, piensa meter un buen paquete a los bromistas.

A mí también me desagrada mucho lo sucedido, que, por cierto, no me sorprende en absoluto teniendo en cuenta que los neerlandeses son unos auténticos salvajes con un sentido de la moralidad más que difuso, como lo demuestran su experiencia colonial en Sudáfrica y su actual legislación en materia de eutanasia, drogas y prostitución. Basta un mínimo de humanidad para saber que solo a un malnacido se le ocurre pitorrearse de una persona que está mendigando en la vía pública.

Pero al margen de los reproches que sin duda merecen los futboleros de Eindhoven, a mí lo que me ha sorprendido de todo este fenómeno mediático es la repentina preocupación de políticos y medios informativos por la dignidad humana en general y la de los indigentes en particular. La verdad es que se me ocurren infinitos ejemplos de dignidad pisoteada bastante más sangrantes que las gansadas de los holandeses en la Plaza Mayor y no recuerdo que nuestros mandatarios ni sus periodistas en nómina hayan protestado nunca con tamaña energía.

Las mafias controlan la mendicidad en Madrid
No voy a caer en la tentación demagógica, o quizás no tan demagógica, de pormenorizar las situaciones de esclavismo que sufren millones de trabajadores españoles por culpa de la última reforma laboral de PP, y que aún no he visto censuradas en ningún reportaje o programa especial de las grandes cabeceras y cadenas de radio y televisión. Puede que la tragedia de que nuestra juventud carezca de oportunidades, tenga el futuro fundido a negro o, en el mejor de los casos, se deslome a trabajar por cuatro perras no se perciba por la prensa como una humillación suficientemente escandalosa, pero es que, ya que estamos hablando de inmigrantes, tampoco me he encontrado nunca, ni en primera ni en última plana, ni en prime time ni a las doce de la noche, ningún artículo ni documental arremetiendo con tanto brío contra las mafias de la mendicidad que funcionan impunemente en Madrid y en todas nuestras grandes ciudades ante la vergonzosa pasividad de las autoridades políticas y policiales. Baste decir que el 90% de los 50.000 gitanos rumanos que pordiosean en España son manejados y sangrados por organizaciones criminales que nadie se molesta en desmantelar. Pero, claro, no sé si los alcaldes y los concejales de turno consideran esta realidad lo bastante degradante como para azuzar al embajador rumano o montar un pollo en los periódicos con lágrimas de cocodrilo incluidas. Y es más: cuando algún ayuntamiento, como el de mi ciudad, ha intentado atajar este problema implantando severas medidas de control de la mendicación, los progres han montado en cólera acusándole de fascista.

Clama al cielo que quienes no han dicho nunca ni pío sobre los extorsionadores profesionales que en pleno centro de Madrid explotan, amenazan y denigran todos los días a miles de inmigrantes de todas las nacionalidades, se pongan ahora hechos unos basiliscos porque cuatro niñatos holandeses lancen al suelo unas monedas para que las recojan unas "pintorescas" calés.

Hay muchas más indignidades que no se critican en la tele ni sofocan demasiado al personal. La prostitución es una de ellas y lo seguirá siendo por muchos años mientras la clase política continúe mirando hacia otro lado en vez de coger el toro por los cuernos y plantar cara a uno de los peores dramas de la Humanidad, causa del más escalofriante tráfico de seres humanos. Pero está visto que cuando un viejo verde asqueroso mete un billete en público en el escote de una stripper mulata, a nadie le parece vejatorio, pero si un hooligan promete una limosna a una gitana a cambio de un baile inocente, casi acaba interviniendo el Tribunal de Estrasburgo.

Y aunque habrá quien me ponga a escurrir, a mí también me revienta no ver a nadie desvelado por la imagen absolutamente indigna de la ciudad de Madrid y de toda España que estamos dando a los visitantes y turistas permitiendo a cuadrillas enteras de rumanas ilegales, llenas de mugre y vestidas como en siglo XVI, acosar sin descanso a los viandantes. Cuando esta chusma nos roba la cartera en el metro o se hacina en un piso de nuestra propiedad llenándolo de excrementos y de basura hasta el techo nadie organiza una campaña de prensa defendiendo nuestra dignidad humana.


miércoles, 17 de febrero de 2016

LA PLAYA NUDISTA


No cabe duda de que en el mundo de la publicidad coexisten profesionales ingeniosísimos, con un talento y una creatividad asombrosos, con auténticos tarados que hacen de la mediocridad y de la burda provocación su modus vivendi. Estos últimos consideran que lo importante de un mensaje publicitario es que impacte al público y sea recordado, con independencia de toda consideración ética o estética, e incluso de su relación con el producto anunciado.

Un ejemplo muy reciente es el spot televisivo de la "cuenta nómina" de la entidad de banca electrónica ING Direct, con el que nos llevan machacando unos cuantos meses, al principio con su versión íntegra y últimamente con un resumen de unos pocos segundos. En este anuncio, una anciana de 85 años, suponemos que viuda, llama a sus tres hijos y les pide que la lleven “por primera vez a una playa… nudista”. La historia la narra la voz en off de uno de los hijos, que explica que la buena señora “solo había visto desnudo a mi padre y tenía curiosidad, pero siempre sintió que era algo que no le estaba permitido”. Al final los tres hermanos aceptan acompañarla a la playa naturista y el spot acaba con una imagen de la viejecita sentada frente al mar rodeada de bañistas en pelotas y con el mensaje en pantalla “¿Vivimos condicionados? Cuenta nómina de ING. Siéntete libre de comisiones, libre de condiciones”.

Yo sinceramente no lo pillo. Algo se me escapa. No alcanzo a atisbar ni la más remota relación entre sentirse libre de comisiones bancarias y este singular y nada entrañable– capricho de una vieja más lasciva que un bonobo a causa de su demencia senil. Pero, claro, la parida en cuestión es difícil de olvidar para cualquiera que esté viendo la tele y supongo que de eso se trata. Imagino que la idea es sorprender, crear polémica, provocar risas, o, en fin, cualquier otra reacción excepto la indiferencia. No sé si el sistema es muy efectivo, la verdad, porque antes de escribir este post yo he tenido que buscar el vídeo en YouTube para identificar la empresa anunciante, pues, aunque recordaba perfectamente la anécdota de la abuelita salida, no tenía ni idea de si lo que se publicitaba era un producto financiero, una cadena de residencias para mayores o una comprensa anti-pérdidas.

Estos temas prefiero tomármelos con humor y no hacerme mala sangre, aunque bien mirado no sé si un caso como el de doña Encarnación Flores, que así se llama la mujer, es para reír o para llorar amargamente, sobre todo si nos toca de cerca. Porque, claro, estas cosas parecen muy divertidas cuando le suceden al vecino, pero quizá deberíamos plantearnos qué tal nos sentaría que nuestra madre de casi noventa años nos llamara una tarde por teléfono y nos confesara sus deseos inaplazables de visitar un recinto nudista y pasarse la mañana mirando rabos porque con el de nuestro padre no tuvo suficiente. Yo tengo claro que me daría un buen disgusto y que no tardaría ni media hora en llevarla al médico a por un volante para el neurólogo, el psiquiatra o el especialista que procediera.

De todos modos lo más alucinante del anuncio es que cuando la señora llega a la playa adanista y se acomoda en su silla para contemplar culos y chistorras, puede apreciarse que la muy caradura lleva un vestido que le cubre de los pies a la cabeza. O sea que la vieja, además de ninfómana, es una tramposa de tomo y lomo que pretende darse el lote radiografiando a tíos cachas como Dios les trajo al mundo sin quitarse ella ni las medias. Y cuidado, que no me estoy quejando para nada de que en el anuncio no hayan sacado a doña Encarnación en bolas, ¿eh? Casi que mejor. Solo me pregunto cuántos tortazos me llevaría yo si me meto en la misma playa y me pongo a otear a todas las jovencitas sin quitarme la camiseta ni las bermudas.

lunes, 18 de enero de 2016

CONFESIÓN "A LA LUTERANA"


Hace poco, en una tertulia de amigos, a raíz de una discusión sobre el sacramento de la Penitencia, me reí tanto que pensé que se me desencajaban las costillas. Creo que merece la pena contar aquí lo sucedido porque es muy hilarante y porque también me interesa conocer la sincera opinión de los lectores del blog.

La cosa comenzó cuando uno de mis amigos comentó, no recuerdo a cuento de qué, la vergüenza que le daba en sus años de bachillerato y de universidad confesarse de cierto tipo de pecados que todos podéis imaginar. Venía a decir que la principal causa por la que terminó abandonando el sacramento de reconciliación fue el sofoco que pasaba contándole al cura sus prácticas onanistas o sus expansiones físicas con la novia o con sus ligues. Acabó considerando que era absurdo relatar una y otra vez estos pecados al confesor, pasar un mal rato semejante, cuando tampoco estaba nada seguro de querer abandonar esas “costumbres”. Según contaba, alguna vez se planteó seguir confesándose sin referir estos escabrosos deslices, pero al final concluyó que eso equivaldría a hacerse trampas al solitario y que la absolución en todo caso sería inválida; y por simple honestidad prefirió desistir.

En esto que otro amigo, compañero de colegio del anterior y católico bastante practicante, intervino para reprocharle su actitud:

– Pues me parece fatal que dejaras de confesarte por ese motivo. No tienes por qué avergonzarte ante un sacerdote, que está para ofrecerte su comprensión y su consejo. Además, tío, tampoco hace falta entrar en detalles con esos temas. Se menciona el asunto y ya está. No es para tanto.

– ¿Cómo que no es para tanto? –saltó el aludido– Son pecados que hay que contar y resulta muy embarazoso explicarlos. ¿A ti no te daba corte? A ver, ¿cómo haces tú, listillo, para confesar ese tipo de cosas sin entrar en materia y sin sonrojarte?

Todos celebramos la pulla con una carcajada estruendosa. Pero el aludido no se amilanó y explicó detalladamente su técnica penitencial:

– Pues muy sencillo. Yo cuando voy a confesarme me suelo acusar normalmente de seis u ocho pecados, y todos los enuncio de una manera general, incluidos los del sexto mandamiento cuando corresponde. Suelo decir toda la lista seguida y bastante rápido, pues casi siempre son las mismas cosas, y en mitad de toda la retahíla meto también esas caídas a las que tú te refieres, como quien no quiere la cosa, y jamás doy ni me preguntan detalles.

– ¿Eh? ¿Qué es eso de que los enuncias “de una manera general”? ¿Cómo que no das detalles? A ver, que no lo acabo de pillar: ponme un ejemplo práctico de cómo lo expresarías de esa "forma general" que tú dices…

– Joder, pues qué sé yo. Por ejemplo, la cosa podría ser más o menos así: “Ave María Purísima”, “sin pecado concebida” – y aquí se puso a recitar a una velocidad de vértigo, como en el viejo anuncio de los coches de juguete Micro Machines– , “padre , me acuso de egoísmo y de vanidad, de haber discutido con mi hermana, de irritarme fácilmente, de ser demasiado cómodo, de perder el tiempo, de faltas contra la pureza, de haber faltado a misa, de envidiar los éxitos de los demás, y de comer y beber en exceso".

Aquí las risas ya estallaron como una bomba atómica. Alguno de los presentes tuvo que bajarse del taburete para no caerse. Yo mismo aporreaba con el puño la barra del bar entre espasmo y espasmo. Teníamos lágrimas en los ojos. Imaginábamos la escena en el confesonario y no podíamos contenernos. Pero el otro no se calló, sino que cabreado como una mona, se puso a lanzar exabruptos contra esa clase de confesiones:

– ¿Faltas contra la pureza? ¡Pero tú eres un sinvergüenza! ¿Qué mierda de confesión es esa? ¡Encima de carrerilla! ¡Eres un puto defraudador penitencial! ¡Tus confesiones son como las declaraciones de la Infanta Cristina!

– Oye, oye, cuidado, que a mí en más de veinte años ni un solo cura me ha interrumpido ni me ha pedido pormenores… Bueno, miento: una vez un párroco joven, el muy morboso, me dijo: “para, para, chaval, vayamos por partes..."

– ¡Tú eres un fariseo y un jeta! O sea que yo me he pasado toda mi adolescencia sufriendo para explicarle al cura cuántas veces me la pelaba, y tú mientras te ibas de rositas con esa morcilla de las “faltas contra la pureza" ¡Eso es totalmente nulo! ¡Esas son confesiones “a la luterana”!

– ¡Nada de “a la luterana”!  Lo que pasa es que tú eras un guarro que te ponías a dar detalles que un confesor no necesita en absoluto para absolverte. ¡Basta con que te vea arrepentido y ya está! ¿También cuando te confesabas de contestar mal a tu padre le contabas la bronca completa o qué? ¡Degenerado!

Creo que hace años que no nos lo pasábamos tan bien tomando una copa.