Mostrando entradas con la etiqueta Aves. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Aves. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de abril de 2016

CASTRONUÑO



Ayer fui de excursión a las Riberas de Castronuño, uno de los espacios naturales más singulares de Valladolid y el segundo enclave más importante de toda la región en lo que a variedad de aves se refiere; por ello ha sido declarado por la Unión Europea como Zona Especial de Protección para las Aves. Este humedal, formado por la presa de San José en el curso medio del Duero, tiene 192 hectáreas y en su entorno pueden realizarse varias rutas de senderismo, entre las que destaca la Senda de los Almendros, de unos cinco kilómetros, que discurre por la ribera del río, por bosques de chopos y fresnos y por un pinar en el que hay un magnífico mirador que domina todo el embalse, serpenteando, en su último tramo, entre almendros centenarios. El paseo es una ocasión única para avistar algunas especies de pájaros que no pueden verse todos los días.

Milano negro
Mi objetivo, naturalmente, era encontrarme con alguna garza imperial (Ardea Purpurea), especie emblemática del pantano que ahora mismo acaba de llegar de África. Solo en las lagunas de Villafáfila, en Castronuño y en un par de sitios más podemos los castellanos contemplar a esta zancuda dorada e inconfundible. Hizo un día muy agradable, sin calor ni frío, aunque con cuatro gotas al final de la jornada. Durante los primeros kilómetros no pude ver gran cosa, pues ya se sabe que Dios no ayuda a quien no madruga. Registré minuciosamente los carrizales desde la Senda de los Pescadores y solo logré atisbar los nidos de cigüeña de siempre, muchas docenas, construidos sobre troncos de árboles. Hasta que llegué a la altura de la presa, no hubo nada interesante.

Garza imperial

Cruzando el puente, casi hacia la mitad, con un fuerte viento azotándome el rostro, una pareja de milanos negros, recién llegados también, me ofreció unas vistosas acrobacias nupciales y un par de picados sobre una presa que logró escapar. Las cabezas de plata de estas rapaces enamoradas refulgían contra el sol tímido de la primavera. En el embalse nadaban los cormoranes, ya con el pico anaranjado, y los presumidos somormujos lavancos, con sus crestas de punki y sus papadas rojo chillón. Bajé a almorzar al río y, mientras terminaba mi bocata, pude espiar a placer a un pequeño grupo de chorlitejos chicos, que exploraban el fango pedregoso de la ribera, y a una garceta común, blanca como la nieve y engalanada con su coleta nupcial.

Somormujos lavancos
Garceta común
Me adentraba ya en el bosque, junto al arroyuelo Mucientes, desistiendo una vez más de ver a las imperiales, cuando a mi espalda levantó el vuelo desde una isleta una de estas preciosidades púrpuras, grises y negras. Pude disfrutarla durante casi un minuto. La seguí con mis prismáticos hasta que se posó sobre unos carrizos y sentí esa emoción que siempre experimento cuando avisto un ave que no volveré a tener ocasión de ver en todo un año o más. Más adelante, al pie de uno de los viejos almendros, distinguí el vuelo, mucho más lejano, de una garza real. No me encandiló tanto porque a estas las veo en el Pisuerga cada vez que quiero, aunque es un ave bellísima que siempre impresiona.
Chorlitejo chico


Hay que aprovechar abril para hacer escapaditas ornitológicas. En este mes encuentras diez veces más especies que en cualquier otra época del año, incluido el verano. El despertar del celo hace a los pájaros bastante menos madrugadores y mucho menos precavidos, pues están a lo que están, y uno puede observarlos a placer, incluso a cortas distancias, sin que se espanten. 

martes, 29 de marzo de 2016

ZARAGOZA

Basílica del Pilar tras el Puente de Piedra
Zaragoza es una joya mudéjar a orillas del Ebro que impresiona por su tamaño. Con casi 700.000 habitantes, es la cuarta urbe más grande de España, después de Madrid, Barcelona, Valencia y Sevilla. Tiene avenidas, como el Paseo de la Independencia, que recuerdan el centro de Madrid. Es una ciudad que combina, con perfecto equilibrio, modernidad y belleza. A mí me encanta su tranvía, que le da un aire europeo y dinámico. Eso sí, como todas las grandes metrópolis, tiene sus inconvenientes y uno de los más graves es, sin duda, su alta densidad de inmigrantes, particularmente morunos. Me ha impresionado la morisma que abarrota literalmente la calle Conde de Aranda.

He pasado dos días muy agradables en la capital de Aragón, alojado –como no podía ser de otro modo– justo frente a la estatua de César Augusto, fundador de la ciudad, que el mismísimo Mussolini regaló al ayuntamiento tras la Guerra Civil. Hacía muchos años que no visitaba Zaragoza y he tenido la ocasión de repasar algunos de sus viejos rincones. Se siente uno como en casa en esta histórica localidad que ha sido testigo de algunos de los hitos más gloriosos de nuestra Patria y simboliza su riqueza cultural.

Aparte de la visita obligada a Nuestra Señora del Pilar en la tradicional basílica barroca, cañoneada por los herejes napoleónicos, y de la compra de los habituales –y un poco catetos- recuerdos en la tienda adyacente, no he olvidado entrar en la Seo, un impresionante templo gótico que a mí personalmente me gusta más que la basílica y que cuenta con un museo muy interesante de tapices del siglo XV. Y por supuesto he dedicado una tarde a recorrer la Aljafería, un antiguo palacio de la Taifa de Saraqusta convertido tras la reconquista en la residencia de los monarcas del Reino y de la Corona de Aragón, rodeado por un foso y un jardín espléndidos. En la actualidad es la digna sede de las Cortes de esta comunidad autónoma, algo de lo que debería aprender Castilla y León, cuya asamblea legislativa está ubicada en un edificio moderno, feo y hortera, flanqueado, para más inri, por una espeluznante escultura de Cristóbal Gabarrón.

Con todo, la visita cultural que más me ha gustado ha sido la del Museo Goya, donde se encuentran expuestas catorce pinturas y todos los grabados del genio de Fuendetodos.

Palacio de la Aljafería


También he disfrutado de alguna actividad "medioambiental". Me ha gustado mucho el acuario de agua dulce del complejo de la Expo de 2008, donde se reproducen los ecosistemas de varios ríos de todo el planeta, con especies piscícolas y de otros animales, incluidas las nutrias (que, desgraciadamente, no pude ver porque estaban durmiendo).  Además, como anécdota curiosa, sufrí el ataque de una enorme tortuga de río. La “pobre” había salido accidentalmente de su recinto acondicionado y se encontraba en mitad de un pasillo del recorrido, así que la cogí para devolverla al agua y la muy zorra empezó a mover las patas a velocidad de vértigo y me dejó las muñecas despellejadas con sus zarpas afiladas como puñales. Además di un paseo inolvidable por la ribera del Ebro, que han acondicionado muy bien (al menos la orilla de enfrente de la Basílica). Hay hasta una torreta para la observación de aves. El río, que estaba precioso y muy crecido, ofrece unas vistas únicas para los amantes de la fotografía. Los últimos cormoranes de la temporada practicaban la pesca submarina y sobrevolaban una y otra vez el Puente de Piedra.

Patatas Sherry, todo un clásico en El Tubo
Pero el capítulo más placentero de mi breve viaje ha sido el gastronómico, gracias a los inestimables consejos de Capitán Alatriste, un amigo zaragozano de La pluma viperina al que pedí que me asesorara. Había oído que el barrio de El Tubo es uno de los mejores sitios de España para tapear y lo he confirmado. Una docena de pequeños bares concentrados en tres o cuatro callejuelas del casco viejo ofrecen una gastronomía exquisita a precios variados pero no excesivos. Los locales que más me han gustado son Casa Pascualillo y su deliciosa chistorra con cebolla caramelizada regada con un tinto de Calatayud; El Champi, que solo sirve un montado de champiñones a la plancha para chuparse los dedos y una cerveza tostada en un frasco de rosca; la Taberna Doña Casta, con sus espectaculares croquetas de arroz negro y alioli; La Pilara, con unas tapitas de lo más original y una excelente relación calidad-precio; y La Ternasca, donde no hay que perderse sus ricas patatas Sherry, que son una especie de huevos rotos con patatas fritas muy delgadas y tallarines de ternasco (cordero joven). Se me hace la boca agua solo de escribirlo y recordarlo. También tuve ocasión de tomar unas copas por otras zonas del centro. Me agradó bastante un pub llamado La Bodeguilla. El ambiente nocturno está muy bien y la gente me pareció majísima aunque hablase exactamente igual que Marianico el Corto.

domingo, 28 de junio de 2015

LA SENDA DEL DUERO




Foto tomada por mí

Desde 1993 el Ministerio de Medio Ambiente, a través del Programa de Caminos Naturales, viene acondicionando rutas por canales, cañadas, antiguas vías de ferrocarril, caminos de sirga, vías pecuarias y veredas de todo tipo para fomentar el senderismo, el contacto con la naturaleza y el desarrollo rural. Uno de los proyectos más ambiciosos, en colaboración con Portugal, ha sido el sendero GR-14, más conocido como Senda del Duero, que recorre la ribera de esta emblemática arteria fluvial desde su nacimiento en Duruelo de la Sierra (Soria) hasta su desagüe en Oporto. El itinerario se inauguró en 2012 y está perfectamente señalizado. Yo ayer me animé a recorrer a pie un tramo de su etapa número 12, que une las localidades vallisoletanas de Peñafiel y Quintanilla de Onésimo. En concreto anduve un total de 17 kilómetros sumando la ida y la vuelta desde Peñafiel a Pesquera del Duero, un paseo que recomiendo a todos los amantes del trekking. 

Esta zona es famosa en España por su cultura vitivinícola. A decir de los entendidos, aquí tienen los viñedos las bodegas más prestigiosas de la denominación Ribera de Duero, que elabora los caldos más preciados del país después del tinto de La Rioja. Este valle fluvial alberga además numerosos municipios de gran relevancia histórica, destacando Peñafiel con su soberbio castillo del siglo X, que fue conquistado por el mismísimo Almanzor y recobrado 30 años más tarde por el conde castellano Sancho García. 

El recorrido que hice discurre por antiguas sendas de pescadores atravesando pinares y frondosos bosques de chopos, sauces y fresnos. Desde el mismo Peñafiel seguí el Duratón hasta su desembocadura, casi tres kilómetros más allá. A partir de este punto un Duero ya caudaloso serpentea suavemente con su color de arcilla, con una corriente casi imperceptible en esta época del año, flanqueando farallones y pegado al camino, unas veces a ras de suelo y otras hasta treinta metros por debajo. Aunque fácil y accesible, la ruta alterna repechos y bajadas para no aburrir y sorprende con vistas maravillosas de un río en estado salvaje, con troncos muertos que lo atraviesan a modo de puente y una increíble variedad de aves tanto acuáticas como de bosque de ribera que pude disfrutar a pesar del calor: aguiluchos laguneros, fochas, azulones, rabilargos, abubillas, colirrojos y un ruiseñor cada cincuenta metros enseñoreándose de su territorio.

Un buen plan, a ser posible en una época algo menos tórrida, para gozar de un día campestre completo, con opción de lechazo regado con un crianza de postín en alguno de los mejores asadores de la provincia (yo, naturalmente, llevé un bocata de tortilla en coherencia con mi austeridad de revolucionario).

martes, 30 de diciembre de 2014

EL ESTORNINO


En mitad de esta ola de frío que ha roto en la Meseta, su rápido silbido en dos tiempos, que recuerda el disparo de una pistola láser en una peli de space opera, ameniza nuestras mañanas desde las antenas y los aleros de los tejados. Aunque abunda en nuestra ciudad, es más bien pájaro de pueblo; los estorninos se congregan en grandes bandos, arracimados en los tendidos eléctricos, sobre las tierras de labor, en las pequeñas localidades de toda Castilla.

Mal llamado tordo por los castellanos, se confunde habitualmente con el mirlo por su plumaje negro y su tamaño, algo menor que una paloma. Pero no tienen nada que ver: el estornino no vive en los jardines,  tiene la cola mucho más corta, camina en vez de saltar, encorvado y no erguido, y sus largas plumas alrededor del cuello le dan un aspecto despelujado que en nada recuerda al precioso plumaje compacto de los mirlos. Además el sturnus tiene el pico amarillo en la época estival y oscuro en los meses fríos.

Es insectívoro en primavera y verano, y vegetariano en invierno. Otra de sus características más destacables es su capacidad para imitar la voz de casi cualquier pájaro. A mí me ha llegado a engañar emulando el relincho del pito.

En España pueden verse dos especies distintas: el estornino negro y el pinto. El primero es de un color negro reluciente y habita exclusivamente en los países mediterráneos, donde es sedentario durante todo el año. En cambio, el estornino pinto, que es el que vemos estos días posado en las chimeneas, tiene el pecho salpicado de motas claras, aunque a lo lejos no se distinguen bien. Está distribuido por toda Europa y Asia, e incluso ha sido introducido en América. Es un ave muy abundante que solo viene a España a pasar el invierno. Grandes contingentes de pintos llegan a nuestras ciudades a partir de septiembre, convirtiéndose en una molesta plaga que inunda las aceras de excrementos y nos ensordece con sus chirridos. Los ayuntamientos han intentado de todo para ahuyentarlos, incluyendo grabaciones de reclamos de halcón, pero nada, ahí siguen año tras año.

Echemos hoy mismo una ojeada a la cubierta de algún alto edificio para descubrir a nuestro oscuro amigo oteando la ciudad en busca de bayas en arbustos y setos.

domingo, 16 de noviembre de 2014

BAJO CIELOS INMENSOS



El periodista Alfred Bertram Guthrie, natural de Indiana y descendiente de pioneros, ganó el premio Pulitzer por su novela The way west (1950), nunca traducida al español, pero su asiento de honor en la historia de la literatura se lo debe a The big sky (Bajo cielos inmensos, 1947). Ambas obras fueron llevadas a la gran pantalla con los títulos Camino de Oregón (1967) y Río de sangre (1952) respectivamente.

Bajo cielos inmensos narra en tono épico y nostálgico las aventuras de Boone Caudill, un adolescente rebelde que huye de su casa en Kentucky y se enrola en la tripulación de una barcaza que remonta el río Missouri para comerciar con los indios Pies Negros. Con los años, Boone se convierte en un aguerrido trampero, en un mountain man que no quiere volver a saber nada de la civilización ni relacionarse con nadie aparte de la tribu india que lo acoge.

Estamos ante un emocionante relato de aventuras, pero el libro va mucho más allá y nos deleita con poéticas descripciones de los parajes del oeste, desde las praderas inmensas hasta las Rocosas, y de la naturaleza virgen de aquellas latitudes en la década de 1830. Se nota además que el autor era aficionado a las aves por la multitud de especies que menciona; es una pena que el traductor se haga un lío y sitúe en América especies estrictamente europeas.

Bajo cielos inmensos tiene también un valor antropológico: a lo largo de sus quinientas páginas, nos ilustra sobre las costumbres de las diferentes tribus de amerindios del noroeste, y sobre la incidencia en sus vidas de la llegada del hombre blanco. Normalmente se nos ha mostrado a los pieles rojas como indígenas belicosos en defensa de su "nación", pero Guthrie nos revela la otra cara de la moneda, la de unos salvajes anclados en el Neolítico pero fascinados por las mercancías de los colonos (en especial por el whisky), que no dudaron en cambiar sus hábitos, plantar sus campamentos cerca de los fuertes y prostituir a sus mujeres sin ningún escrúpulo a cambio de alcohol, pólvora, ropa o tabaco.

Por último la novela plantea, más o menos de refilón, cuestiones de gran interés, como la legitimidad de la Doctrina del Destino Manifiesto, los convencionalismos de la sociedad civilizada, el concepto de libertad personal y los peligros del individualismo.

Todo un himno a un territorio salvaje del que ya no queda nada ni rastro y al valor de unos hombres que lo dejaron todo solo por ver un horizonte distinto.

“Sobre sus cabezas había más cielo que el que un hombre podría imaginar, una cúpula profunda, lejana y vacía, a excepción tal vez de un halcón o un águila navegando por las alturas”.

martes, 21 de octubre de 2014

ADAPTACIÓN


En la naturaleza, las especies que se adaptan son las que sobreviven. Aquellos animales más versátiles, capaces de hacerse a cualquier hábitat, clima o dieta son los que mejor se reproducen y los que subsisten ante cualquier cambio, mientras que los más especializados y rígidos en sus costumbres se acaban extinguiendo antes o después. 

En el mundo de las aves hay muchísimos ejemplos. 

Entre las rapaces encontramos el águila imperial ibérica, que solo puede anidar en bosques mediterráneos sin transformar, sin infraestructuras humanas en un amplio perímetro, y cuya única fuente de alimentación son los conejos. Por eso está en grave peligro de extinción. En cambio los ratoneros y los milanos viven en tierras de labor, a cualquier altitud, y se alimentan de lo que pillan, incluida la carroña de los mamíferos atropellados, y por eso desde el coche ves tropecientos volando o posados en los postes de la carretera.


Si hablamos de pajarillos la cosa es parecida. Todos los paseriformes adaptados a los jardines se multiplican como la mala hierba, mientras que las especies menos antropófilas acusan demasiado los cambios en su entorno y desaparecen para siempre tras cualquier intervención humana (por ejemplo, la rehabilitación de una ribera). Y con la alimentación, lo mismo. Los pájaros más abundantes son los omnívoros, es decir los que no tienen una dieta insectívora ni granívora estricta. Un caso típico es el gorrión común, pero ojo: esta especie cada vez escasea más y el motivo no es otro que su incapacidad absoluta de adaptación. Es verdad que come de todo pero jamás lograría sobrevivir en áreas no humanizadas. Su existencia está tan ligada al hombre que en los pueblos de montaña que solo están habitados en verano, mueren al llegar la estación fría.

En cuanto a las aves ligadas a medios fluviales, la clave de su conservación está la mayoría de las veces en su capacidad de acomodarse a aguas contaminadas o de mala calidad. Pueden verse azulones nadando hasta en graveras llenas de mierda y por eso son las anátidas más abundantes, mientras que el mirlo acuático, por ejemplo, se encuentra en clara regresión porque no puede vivir fuera de cauces puros y cristalinos, que cada vez se cuentan más con los dedos de la mano. Hasta hace poco se pensaba que el martín pescador y las garzas eran aves de aguas limpias y algunos se congratulaban de su presencia en el Pisuerga a su paso por Valladolid, pues la consideraban indicio de una excelente política de saneamiento hidráulico. Ahora sabemos que simplemente estas especies son mucho más adaptables de lo que se suponía, hasta el punto de pescar en nuestro asqueroso río.

Pero todo este peñazo solo venía a cuento para contaros que si yo fuera un ave, figuraría sin duda en el catálogo de especies extinguidas hace muchísimos años.



NOTA: Gracias a Teutates por la foto de su gorrión Pipi.

martes, 5 de agosto de 2014

ABEJARUCOS


No me los encuentro mucho, pero sí al menos tres o cuatro veces cada verano, aunque nunca tan cerca como este domingo. Estaba en lo alto de un teso contemplando el paisaje periurbano que rodea Zaratán cuando escuché nítidamente su reclamo inconfundible de silbato soplado sin ganas. No estaba seguro de llegar a verlos, pues su canto puede oírse a grandes distancias y me sonaba lejano, pero a los pocos minutos atisbé en el cielo la peculiar silueta de un ejemplar, con esas alas tan afiladas, e inmediatamente una pareja adulta y dos juveniles descoloridos se posaron en una alambrada a diez metros de mí. Me oculté tras un arbusto y pude observarlos a placer con mis prismáticos, sin perderme un detalle de su plumaje, de su pico y de sus ojos rojo chillón. Son unos pájaros bellísimos.


Si queréis ver abejarucos, aprovechad ahora, pues se largarán a África dentro de dos semanas como mucho tras pasar con nosotros toda la primavera y el verano. Para casi todo el mundo son las aves más bonitas de Europa por su variado colorido de tonos azules en las partes ventrales y cálidos en el dorso. Suelen vivir en colonias y casi siempre vuelan en grupo cazando abejas (de ahí su nombre) y otros insectos similares, contra cuyo veneno están inmunizados.

Se trata de un ave relativamente abundante que no es difícil de avistar siempre que reconozcamos su canto (ver vídeo), principal pista para localizarlo. Otra forma de encontrar a este vistoso coraciiforme es acudir a zonas que encajen con su hábitat, que también es muy característico, ya que excava su nido en cortados, barrancos y otras paredes arenosas no necesariamente elevadas. Acudir a primera hora de cualquier día caluroso a una zona de pinar con desniveles o a una ribera flanqueada por taludes es casi garantía de toparse con este pájaro de colorines de casi 30 centímetros.


Más sobre aves en La pluma viperina:

domingo, 9 de marzo de 2014

EL VERDECILLO




Una señal inequívoca de la proximidad de la primavera es el gorjeo estridente, prolongado y rapidísimo del verdecillo macho en celo, que comienza a oírse sin falta en nuestros parques hacia la última semana de febrero. Mi ciudad ya es un hervidero de verdecillos inundándolo todo con su canto incansable que recuerda el frotar de cristales rotos.

El verdecillo (Serinus Serinus), también conocido como chamarín, serín o gafarrón, es uno de los fringílidos más pequeños y abundantes en España; de hecho es una de las aves más frecuentes en nuestro territorio, que puede observarse sin problema en parajes muy diversos, desde pinares, olivares y huertos, hasta eriales, jardines y parques públicos. No es un pájaro tímido y se deja contemplar de cerca. 

Es de color verdoso, aunque el macho presenta unos tonos más brillantes y exhibe, a partir de la primavera, un intenso amarillo en el pecho, cejas, cuello y frente. La mancha limón del pecho de la hembra es mucho menos llamativa.  El vientre del chamarín es estriado y su cola tiene forma de horquilla; su vuelo es característicamente ondulado y se le identifica muy bien en el aire por su inconfundible obispillo amarillento.

 La especie reside en España durante todo el año, pero a partir de otoño se multiplica su población al llegar miles de ejemplares del norte y centro de Europa. Cría dos veces al año y se alimenta sobre todo de semillas, por lo que ha sido tradicionalmente un ave de jaula como el resto de fringílidos cantarines (canario, jilguero, verderón, lúgano, pardillo y pinzón). Hoy está prohibida su captura pero se cría en cautividad.

Disfrutémoslo estos días por todas partes. Prestemos atención a su retahíla de notas chirriantes e intentemos sorprenderlo posado en su rama cuando gorjea esponjado y ajeno a todo.


domingo, 7 de julio de 2013

EL RUISEÑOR

 
Esta primavera y lo que llevamos de verano me he fijado mucho en los ruiseñores. A pesar de que en teoría el ruiseñor común (Luscinia Megarhynchos) es una de las aves más populares en España debido a la belleza de su canto, lo cierto es que no muchos acertarían a identificarlo ni visualmente ni por el oído. Con este post pretendo contribuir a remediar tal circunstancia, pues creo que todos los amantes de la naturaleza deberíamos saber perfectamente que esas notas potentes y armoniosas que nos embelesan cuando las oímos entre la espesura pertenecen a este simpático pajarillo veraniego del que todo el mundo habla, hasta la película de Robert Mulligan. 

El ruiseñor común es un paseriforme de apariencia discreta. Ligeramente más grande que un gorrión, presenta unas  partes dorsales de color chocolate, que contrastan vivamente con un pecho color beige o blanco. Sus rasgos más distintivos son el tono rojizo de la cola y del obispillo, y un pico enorme, que abre como un buzón de correos mientras interpreta sus partituras. 

Su canto, por supuesto, es inconfundible con el de cualquier otra ave. Primero por su volumen, que parece impensable en un pajarín de 17 centímentros; se oye a una distancia increíble. Y segundo por su riqueza de registros, que incluye trinos, series de pocas notas, distintos tipos de gorgojeos, cambios de ritmo y hasta un curioso gemido que siempre saca de dudas sobre el origen de los trinos y que puede apreciarse entre los segundos 12 y 15 del vídeo. Precisamente esta melodía tan intensa y poco monótona es la que ha dado fama al ruiseñor, que se libra de ser un pájaro de jaula por su dieta insectívora (excepto al final del verano, que también come bayas). Resulta muy curioso también cómo el Luscinia Megarhynchos canta indistintamente de día y de noche. 

Llega puntualmente a la península (salvo al norte) nada más comenzar la primavera y se larga de nuevo a África a finales del verano o principios de otoño, alegrándonos el oído más de cuatro meses. Su hábitat típico son los sotos ribereños o el monte muy húmedo, donde anida en el suelo. 

Se trata de un ave muy abundante pero tímida y difícil de avistar. Se localiza bien por el canto pero verla ya es otra cosa. Aunque en la época de cría los machos (que son iguales que las hembras) suelen cantar desde alguna rama alta y visible, se esconden en la maleza a la menor aproximación. Con paciencia y unos prismáticos puede llegarse a observar bien en las orillas de ríos, canales o acequias en los meses de mayo y junio. 

Confío en que a partir de ahora este pájaro, tan presente en nuestra cultura, nos resulte a todos mucho más familiar aunque sea al escucharlo entre las zarzas sin tener ni idea de por dónde anda.


domingo, 5 de mayo de 2013

POR LOS PELOS


Sucedió ayer por la mañana durante mi paseo campestre. Divisé a treinta metros a dos conejos adultos embistiendo a una urraca que insistía en hurgar bajo las raíces de un árbol. Jamás había visto a unos lepóridos tan agresivos, así que me olí que estaban defendiendo la camada. Consiguieron espantar a la marica hasta tres veces, llegando a morderle un ala,  pero al cuarto intento vi con toda claridad cómo sacaba a tirones, enganchado del pico, a un gazapín muy pequeño que chillaba como un ratón. Comenzó a zarandearlo y a darle picotazos dispuesto a convertirlo en su desayuno, pero entonces me acerqué corriendo como una flecha, espantando al córvido y a los valientes papás, y por los pelos conseguí rescatar al conejillo que veis en mis manos. Al principio berreaba dejándome sordo, pero luego se acostumbró a mí y se quedó quietecito haciendo muy bien de modelo mientras le tiraba estas fotos. Lo tuve cogido veinte minutos (era una cucada) y después lo llevé hasta la hura por la que escaparon sus padres y lo metí dentro. Entró hasta el fondo tan contento. Cuando me alejé, la carnicera urraca se posó en la copa de un árból próximo para hacer guardia esperando una nueva oportunidad.

domingo, 28 de abril de 2013

GARZAS Y CORMORANES


Cormoranes grandes

A su paso por mi ciudad, a escasos 20 kilómetros de su desembocadura, el ya caudaloso Pisuerga concentra en sus riberas una riqueza considerable de especies de la avifauna española. Este invierno he paseado mucho por sus orillas observando todo lo que se mueve y alguna sorpresa me he encontrado, como un martín pescador y un andarríos chico. Pero los grandes protagonistas del Pisuerga urbano invernal, además de patos domésticos, azulones,  cruces variopintos de unos y otros, ocas y gallinetas comunes (también llamadas, con perdón, pollas de agua), son las garzas reales (Ardea cinerea) y los cormoranes grandes (Phalacrocorax carbo), dos curiosas aves muy avezadas en el arte de la pesca.

El objetivo del post de hoy es publicar unas fotos tomadas por Veneficus durante el paseo que dimos juntos la mañana de víspera de Reyes de este año y, de paso, comentar algunas peculiaridades sobre el cormorán y la garza, cada vez más frecuentes en nuestro río. Veneficus es un gran aficionado a la fotografía, con una especial sensibilidad artística, que imprime su personalidad tanto en la instantánea de un paisaje como en la de una despampanante modelo, pero era la primera vez que se aventuraba a retratar pájaros. Llevó varios objetivos que talmente parecían armas secretas del 007 de los primeros sesenta y estuvo ojo avizor confiando en nuestra suerte, que no fue mala.


Garza real
La garza real o gris y el cormorán grande tienen en común que crían en España en número moderado pero en los meses fríos bajan miles de ejemplares del norte de Europa, aumentando llamativamente su población. Las garzas grises, que yo sepa, se han reproducido toda la vida en nuestras latitudes, pero los cormoranes grandes, también llamados cuervos marinos, han empezado a hacerlo recientemente. Además, este último también ha incrementado muchísimo su contingente invernal en las últimas dos décadas. Antes era raro verlo y en la ciudad mucho más; hoy puedo dar fe de su onmipresencia entre noviembre y marzo. De todos modos, tengo la impresión de que en mi localidad construyen sus nidos muy pocos individuos de una y otra especie, pues desde principios de este mes veo muchos menos cuervos marinos y ninguna garza gris.

Garza real al acecho
Tienen también en común que son piscívoros y les encantan las presas grandes, aunque sus técnicas de pesca son bien distintas. El cormorán va nadando como los patos pero se zambulle de continuo para bucear en busca de peces. Cuando trinca alguno tarda mucho en tragárselo y sus congéneres acuden bulliciosos e intentan arrebatarle la comida montando unas peleas impresionantes. La Ardea cinerea es más discreta. Siempre está posada, completamente inmóvil, en una rama de la orilla y, cuando pasa su escamosa víctima a ras de superficie, la atrapa con un picotazo inesperado.

Petirrojo europeo
Hay otro cormorán en España, el moñudo, que es estrictamente marino, y otra especie de garza, la imperial, que es dorada y con listas, mucho más escasa y solo se ve en primavera y verano. La semana pasada estuve en el embalse de Castronuño y vi decenas de Phalacrocorax y de garzas reales, pero ni una sola imperial.

Gallineta común o polla de agua
Como remate de esta entrada pajarera, ponemos también la foto de una polla de agua y de un simpático petirrojo que se negaba a mirarnos de frente. La polla es muy abundante en todos los meses y llama mucho la atención con su pico rojo con la punta amarilla y su costumbre de nadar moviendo la cabeza adelante y atrás como diciendo que sí todo el tiempo.

¡Pinchad en las fotos para verlas en todo su esplendor!


domingo, 3 de marzo de 2013

¡LE PILLÉ, SEÑOR MARTÍN!


Una compañera del trabajo, aficionada a las aves como yo, me contó emocionada antes de Navidades que había visto un martín pescador zambulléndose en el estanque de un gran parque a las afueras de la ciudad, a pocos metros de la orilla del río. Debo confesar que me sorprendió bastante el relato, ya que esta especie muestra querencia por las aguas cristalinas o, al menos, de una mínima calidad, condiciones opuestas a las que se dan en el Pisuerga a su paso por la urbe. Además, el martín es una de las aves más esquivas de España, difícil de observar incluso en entornos naturales, y vuela a una velocidad de vértigo. Pero me lo creí porque los pajareros no mienten (y mi compañera menos), porque es cierto que este pequeño pájaro buceador merodea ambientes muy distintos durante el invierno, porque he leído citas de ornitólogos sobre avistamientos puntuales incluso en la cascada de un parque más céntrico y, como no, porque el amigo Carlos Naza, de cuyo blog soy seguidor entusiasta, le hizo fotos hace años en la ciudad.  
Lavandera cascadeña

Garza real
De modo que me propuse pillar al señor Martín y yo soy un tipo con mucho tesón. Mi compi me dijo que seguramente la vistosa flecha azul con pico de puñal estaría solo de paso y que sería complicado dar con ella de nuevo, pero yo sospecho más bien que en invierno estos bichos tienen que acudir siempre a los mismos posaderos para pescar y en nuestra ciudad no hay tantos para elegir. Desde que lo hablamos, he salido bastantes fines de semana a pasear por la ribera hasta el bello parque para ver si lograba dar con el vistoso coraciiforme aunque fuera por casualidad y, de paso, por supuesto, disfrutar de la rica avifauna de la zona. Es increíble la de especies que pueden llegar a identificarse en las arboledas, praditos y vegetación palustre que rodean las orillas del río. A mí lo que más me gusta es ver cómo pescan las garzas reales y los cormoranes grandes, pero también es apasionante contemplar a las gallinetas comunes, a los picos picapinos tamborileando en su tronco, a los ruidosos ánsares, a toda la legión de pajarillos que tanto abundan como pitos reales, mirlos, petirrojos, currucas capirotadas, pinzones, mitos, agateadores, carboneros, herrerillos, colirrojos tizones o verdecillos, y a otros menos frecuentes como el carbonero garrapinos o el acentor.   

Acentor común
Pero el señor Martín no aparecía ni loco. A pesar de mis aguardos en los alrededores del estanque, lo más que llegué a ver la semana pasada es una parejita de lavanderas cascadeñas saltando de roca en roca y meneando la cola de arriba abajo. El invierno ya se acaba y yo daba por frustrado mi objetivo hasta que ayer a primera hora, a un grado bajo cero, el Alcedo Atthis hizo acto de presencia a siete metros escasos de mí. Fue una de esas experiencias emocionantes en las que uno echa en falta estar metido en el mundillo de la fotografía y llevar encima una buena cámara y un buen objetivo, aunque lo cierto es que no hubiera podido ni disparar una foto, tal fue la celeridad con que se produjo el encuentro.   

Carbonero garrapinos
Ni siquiera lo pillé en el dichoso estanque, sino mucho antes, al final de la playa, justo al pie del ancho puente de origen medieval que cruza el Pisuerga en dirección a León. Yo iba inspeccionando la embarrada orilla como otras veces cuando descubrí una bandada de jilgueros desperezándose en las ramas de un árbol que emergía casi del agua. Me eché los prismáticos a la cara para admirar con detalle sus siete colorines y en ese instante oí un inconfundible silbido; apenas había enfocado el punto correcto, el señor Martín, que se encontraba apostado en una rama baja, salió disparado como una centella turquesa hacia la otra orilla, dejándome ver poco más que su obispillo. Más contento que unas pascuas, lo seguí alejarse a una velocidad increíble (alcanza más de 50 kilómetros por hora) hasta que se perdió en la lejanía.

A ver si la próxima vez (seguramente ya el año que viene), se deja ver con más tranquilidad y, si puede ser (por pedir que no quede), pescando algún pececillo…

domingo, 7 de octubre de 2012

COTORRAS

La cotorra argentina o cotorra monje (Myiopsitta monachus) no lleva muchos años entre nosotros. Las primeras parejas empezaron a anidar en España a finales de los 70, pero hoy esta especie exótica invasora representa un serio problema, una auténtica plaga dañina en ciudades como Barcelona, Madrid, Valencia, Málaga o Sevilla. Yo únicamente la he visto en los jardines del Campo del Moro en Madrid y junto a la Torre del Oro en Sevilla, pero por lo visto la Ciudad Condal, donde alcanza casi los 3.000 ejemplares, tiene la mayor población de toda Europa.

Esta simpática ave de color verde, con la garganta y la frente grises, pertenece a la familia de los loros y proviene de Sudamérica. El origen de las nutridas colonias que hoy asolan nuestras ciudades está en la suelta de ejemplares domésticos. Aunque hoy está rigurosamente prohibida su importación, la cotorra argentina fue hace décadas el ave exótica más popular por su bajo precio. Cientos de familias se compraron una, pero pronto se cansaron de ella y la soltaron al ser un pájaro demasiado ruidoso y con tendencia a arrancarte el dedo de un picotazo a poco que te descuides. Yo tengo una amiga a la que se le escapó de la jaula.



Como es un animal extremadamente adaptable, que come de todo, incluso pan (hoy más del 40% de su dieta), se asilvestró fácilmente en las localidades de clima más benigno. La pega está en que se reproduce con una facilidad pasmosa, emite unos chillidos ensordecedores, fabrica unos nidos coloniales de cientos de kilos de peso que rompen las ramas grandes de los árboles con grave riesgo para los viandantes, y en que sus excrementos son muy erosivos. Por si fuera poco, para construir sus gigantescas nidificaciones destrozan en la época de cría toda la vegetación de los parques, y además en Barcelona se alimentan en los huertos de los pueblos cercanos, no dejando una mata viva, por lo que ya hay multitud de reclamaciones. Los ayuntamientos afectados han probado de todo y ya no saben qué hacer. Dicen que es peor que si hubieran echado cocodrilos en las alcantarillas. Las colonias de cotorras tienen una tasa de crecimiento anual del 8%.

Lo único positivo, al parecer, es que compiten duramente con las palomas, auténticas ratas con alas, y en algunos sitios han comenzado a desplazarlas, pero no se sabe si es peor el remedio que la enfermedad.

De momento en Castilla y León parece que estamos a salvo de estos bonitos pero perniciosos bichos, aunque las últimas noticias apuntan a varios avistamientos en la ciudad de Segovia. Para mí que no aguantan allí un invierno y en cuanto se chupen el viento de Guadarrama, palman todas.

También se las ha visto en Aranda de Duero (Burgos), donde el año pasado los agentes medioambientales detectaron un nido y capturaron un ejemplar. El Ayuntamiento de la capital ribereña se encuentra seriamente preocupado por los daños que el lorito de marras puede causar a los cultivos vitivinícolas de la zona.

(Y por cierto, hay otra especie de cotorra africana y asiática, la de Kramer, que también cría en algunas ciudades, aunque en mucha menor proporción, pues se calcula que habrá como mucho 250 parejas en toda España).

Sobre otras especies invasoras en La pluma: Castores en España