El periodista Alfred Bertram Guthrie, natural de Indiana y descendiente
de pioneros, ganó el premio Pulitzer por su novela The way west (1950), nunca
traducida al español, pero su asiento de honor en la historia de la literatura se lo debe a The
big sky (Bajo cielos inmensos, 1947). Ambas obras fueron llevadas a la gran
pantalla con los títulos Camino de Oregón (1967) y Río de sangre (1952)
respectivamente.
Bajo cielos inmensos narra en tono épico y nostálgico las aventuras de Boone Caudill, un
adolescente rebelde que huye de su casa en Kentucky y se enrola en la tripulación
de una barcaza que remonta el río Missouri para comerciar con los indios Pies
Negros. Con los años, Boone se convierte en un aguerrido trampero, en un
mountain man que no quiere volver a saber nada de la civilización ni relacionarse
con nadie aparte de la tribu india que lo acoge.
Estamos ante un
emocionante relato de aventuras, pero el libro va mucho más allá y nos deleita
con poéticas descripciones de los parajes del oeste, desde las praderas
inmensas hasta las Rocosas, y de la naturaleza virgen de aquellas latitudes en
la década de 1830. Se nota además que el autor era aficionado a las aves por la
multitud de especies que menciona; es una pena que el traductor se haga un lío
y sitúe en América especies estrictamente europeas.
Bajo cielos
inmensos tiene también un valor antropológico: a lo largo de sus quinientas páginas,
nos ilustra sobre las costumbres de las diferentes tribus de amerindios del
noroeste, y sobre la incidencia en sus vidas de la llegada del hombre blanco. Normalmente
se nos ha mostrado a los pieles rojas como indígenas belicosos en defensa de su
"nación", pero Guthrie nos revela la otra cara de la moneda, la de unos salvajes
anclados en el Neolítico pero fascinados por las mercancías de los colonos (en
especial por el whisky), que no dudaron en cambiar sus hábitos, plantar sus
campamentos cerca de los fuertes y prostituir a sus mujeres sin ningún escrúpulo
a cambio de alcohol, pólvora, ropa o tabaco.
Por último la
novela plantea, más o menos de refilón, cuestiones de gran interés, como la legitimidad
de la Doctrina del Destino Manifiesto, los convencionalismos de la sociedad
civilizada, el concepto de libertad personal y los peligros del individualismo.
Todo un himno a
un territorio salvaje del que ya no queda nada ni rastro y al valor de unos
hombres que lo dejaron todo solo por ver un horizonte distinto.
“Sobre sus cabezas había más cielo que el que un hombre
podría imaginar, una cúpula profunda, lejana y vacía, a excepción tal vez de un
halcón o un águila navegando por las alturas”.