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miércoles, 11 de mayo de 2016

¿QUÉ ESPERABAS?

Lo más probable es que esta entrada no la entiendas más que tú, pero me da igual.

A ver si te enteras ya, amiguito. Tienes todo el derecho del mundo a defender unos ideales de lo más revolucionarios, a proclamarlos a viva voz en el trabajo, a comprometerte públicamente con un sindicato tan cañero, y a denunciar con contundencia las injusticias laborales que se cometen a tu alrededor. Ni la ley ni nadie te ha negado jamás ese derecho. Y menos yo. De hecho, hasta ahora siempre me habías parecido un tipo valiente, generoso y digno de admiración.

Pero, cuidado, no te engañes. A lo que no puedes aspirar siendo como eres y haciendo lo que haces es a que tu empresa, u otra empresa cualquiera, te dé un puesto con responsabilidades directivas y te pague un sueldazo. Lo que no puedes hacer, salvo que seas idiota, es salir en el periódico encabezando manifas, lanzar declaraciones incendiarias, presentarte a las elecciones municipales con el partido que tú sabes, pasarte la vida tocándoles los huevos a tus jefes (seguramente con toda la razón) y luego lloriquear como una nena porque ascienden a cualquiera menos a ti.

Un tipo tan consecuente y tan duro como tú no debería cogerse una depresión de caballo por chuparse tres años de paro (“búsqueda activa de empleo”, pones en LinkedIn) y diez meses sin una sola entrevista. ¿Qué te pensabas? ¿Que ser contestatario salía gratis? ¿Acaso suponías que las empresas en las que echas currículum no iban a buscarte en Internet, en Facebook, y no te iban a ver enarbolando banderas y pancartas, y denunciando a boca de megáfono “las agresiones capitalistas” de “la oligarquía empresarial”? Yo te creía más listo.

No me decepciones, chico. No seas blandito. Si tienes arrestos para disparar contra tus enemigos a pecho descubierto, debes tenerlos también para recibir sus balazos sin gimotear. ¿O es que imaginabas que solo tú podías repartir leña y ejercer la libertad de expresión?

Y no te confundas conmigo, cuidado. No me estoy cachondeando de ti ni menospreciando tu labor política y sindical. Lo único que te sugiero es que, como mínimo, tengas la dignidad de no presumir de independiente, de insobornable, y luego disgustarte de esa manera porque la patronal desconfíe de ti. Habiendo miles de trabajadores dóciles igual o más capaces que tú, ¿por qué iban a contratarte a ti o a promocionarte a un puesto sensible con la guerra que das?

Y no tengas tanta jeta de decirme que es injusto. Si tú montaras una pyme preferirías que te mataran antes que fichar a un pepero.

Tal como están las cosas, si de verdad tuvieras lo que hay que tener opositarías a una plaza en la Administración, que ahí nadie se va a preocupar de cómo piensas, o emprenderías un negocio con tu dinerito, en vez de humillarte penosamente aguardando a que te den de comer aquellos a los que no dejas de pisar el callo. Y cuando lo consigas, cuando tu subsistencia ya no dependa de la “oligarquía empresarial”, como si sacas una metralleta y los acribillas a todos. 

lunes, 9 de mayo de 2016

DOS HISTORIAS MUY TRUCULENTAS


Hoy toca una ración de realismo crudo. Las dos anécdotas que voy a contar son auténticas y las vivió en primera persona un compañero mío de trabajo que estuvo cinco años destinado en un centro para personas con discapacidad grave. Aunque voy a intentar narrar los hechos de forma neutra y respetuosa, advierto a los lectores sensibles que quizá no les convenga seguir leyendo.

El protagonista de la primera historia es Luismi, un interno de 22 años con un problema severo de psicomotricidad de cintura para arriba, que le afectaba principalmente al cuello, los brazos y las manos. El muchacho, con la cabeza siempre ladeada y la expresión rota por una extraña mueca, apenas podía hablar ni abrir siquiera una puerta o sujetar una cuchara, así que tenían que vestirlo y alimentarlo. Varias noches un celador le sorprendió en su habitación tirado en el suelo, boca abajo, jadeando y restregándose brutalmente contra la alfombrilla al pie de la cama. Se estaba masturbando como podía. Con el tiempo, Luismi se fue causando raspaduras y heridas en los genitales, algunas graves, que tenían que ser vigiladas y curadas por el personal sanitario que lo atendía. Todos en el centro veían que el chico estaba desquiciado por la ansiedad, sobre todo en los meses de calor. Miraba los escotes de las enfermeras con una mezcla de deseo y de angustia que ponía el corazón en un puño.

En la reunión semanal del equipo multidisciplinar se terminó planteando el tema. El médico opinó que a esa edad era una tragedia no tener ninguna posibilidad de canalizar los impulsos, ni siquiera tocándose con la mano. La psicóloga informó, con lenguaje muy técnico, de que cada vez se agravaban más en el paciente los efectos de la privación de cualquier forma de sexualidad, y que, en resumen, el chaval estaba totalmente obsesionado, iba adquiriendo tics nerviosos cada día más acusados y podía llegar un momento en que su personalidad se quebrase y quedara encerrado en sí mismo para siempre. También se barajaron distintas soluciones, como terapias ocupacionales, ejercicio físico moderado, paseos más frecuentes, atención psicológica especializada o tratamientos farmacológicos específicos para atenuar sus ímpetus eróticos. Hasta que Manolo, un ATS próximo a jubilarse, muy campechano él, lanzó la bomba:

– Pues yo creo que habría que traerle una puta de vez en cuando.

Durante casi un minuto no se oyó ni el vuelo de una mosca, hasta que Joaquín, el director, intervino bastante incómodo:

– Pero, Manolo, por Dios, ¿cómo vamos a hacer una cosa así? Eso está fuera de todo protocolo. ¡Es matar moscas a cañonazos! En un centro público eso es inviable y lo sabéis todos. ¡La que se liaría si se entera la prensa! Y además, digo yo que los padres de Luismi tendrán algo que decir… aunque bueno, el chico es mayor de edad y no está incapacitado.

Se abrió entonces un acalorado debate sobre la propuesta de Manolo, que casi todos los profesionales presentes consideraron muy bien intencionada pero inviable por inoportuna y dudosamente ética, a pesar de que la subdirectora les recordó que en Holanda y en no sé qué país nórdico las administraciones públicas facilitaban este tipo de servicios a los reclusos de las cárceles y, por supuesto, a pacientes con la problemática de Luismi. El asunto estaba casi cerrado cuando, de forma inesperada, tomó la palabra Azucena, una jovencísima auxiliar de enfermería que se llevaba muy bien con el interno, con el que charlaba a diario y al que solía regalar CD´S de música con recopilaciones de sus canciones favoritas. La chica explicó visiblemente afectada que le parecía muy cruel la situación de Luismi y que, por elementales razones de humanidad, debería tomarse alguna determinación para paliar su sufrimiento.

– A mí se me encoge el alma, de verdad, y si se trata de encontrar una solución discreta, yo me ofrezco personalmente a ayudarle. Cada diez o quince días, o cuando se decida, yo no tengo ningún inconveniente en… hablemos claro, si no os importa, en hacerle una paja, para que se quede tranquilo y deje de autolesionarse, que las últimas heridas que se ha hecho a mí me han puesto los pelos de punta. ¡No tiene por qué enterarse nadie!

Joaquín se puso en pie, alteradísmo, y ordenó pasar, sin más discusiones, al siguiente punto del orden del día. Con Luismi hablaría la psicóloga y, si él estaba conforme, el médico le recetaría unas pastillas para atemperar su líbido. Y punto.

La segunda historia, que sucedió dos años después, se parece a la primera, pero es si cabe más dramática y surrealista. Una pareja de internos que se habían conocido en este mismo centro decidió contraer matrimonio tras un noviazgo llamativamente corto. Él tenía 36 años y ella 29. Ambos sufrían de movilidad reducida y, al igual que Luismi, de importantes trastornos de psicomotricidad. Diez días antes de la boda solicitaron una entrevista con la trabajadora social, y, tras numerosos rodeos, la novia le explicó que, debido a su discapacidad, no les iba a ser posible consumar el casamiento ni disfrutar en modo alguno de una vida sexual plena. Vamos, ni plena ni menos plena, ya que los dos eran incapaces de mover, ni levemente, ninguna de las partes del cuerpo implicadas en una relación íntima, ni siquiera las manos ni los dedos. A mayor abundamiento, ella sufría de una especie de parálisis en los músculos maxilares que le impedía abrir y cerrar la boca con normalidad (detalle que aporto sin ningún ánimo morboso, sino solo para que pueda entenderse el problema en toda su amplitud).

– Vaya… –respondió, tras tomar aire, la asistente social– Es una dificultad que comprendo perfectamente y lamento de veras. Pero una cuestión tan íntima… No sé cómo deciros… No se me ocurre cómo podríamos ayudaros la dirección del centro y mucho menos yo…

– Sí, sí, claro que nos podéis ayudar. En la Ley de Asistencia a Personas con Discapacidad y en el propio reglamento del centro se dice muy claramente que la Administración está obligada a auxiliar a los discapacitados en la realización de las actividades esenciales de su vida cotidiana, como comer, beber, vestirse, desplazarse y lavarse, incluyendo la higiene relacionada con los procesos de excreción… Y, claro, el sexo tú ya sabes que es una actividad esencial en la vida, fundamental para la salud y el equilibrio emocional, y ya ni te cuento en una pareja recién casada...

La trabajadora social tragó saliva y miró turbada a los dos jóvenes, encogiéndose de hombros.

– Perdonadme, pero no entiendo cómo puede auxiliaros la Administración en… en esas actividades que, como muy bien decís, son esenciales…

–Pues, perdona –metió baza él, algo azorado–, pero yo creo que está clarísimo. Dicho sin remilgos, lo que esperamos del centro es que alguien nos facilite hacer lo que nosotros no podemos hacer solos de ninguna manera, es decir que nos desnude, nos coloque en la cama en la posición correcta y mueva nuestros cuerpos para que… bueno, ya me entiendes. No hacen falta florituras... Solo pedimos un auxilio básico.

El intrincado asunto también fue sometido al comité multidisciplinar, aunque esta vez no salió ningún voluntario para remediar el drama de la parejita. Joaquín volvió a zanjar la cuestión sin demasiadas contemplaciones, moviendo negativamente la cabeza y exclamando:

– Sí, claro, lo que nos faltaba, hacer de mamporreros como con los caballos. Nada, nada... No perdamos un minuto más con esto. Si quieren, que lo pidan por escrito y que resuelvan en Servicios Centrales.

miércoles, 27 de abril de 2016

DESAYUNOS MUY SERIOS


Desde hace años bajo tres veces a la semana con un pequeño grupo de compañeros a cumplir el ritual sagrado del desayuno funcionarial. Como supongo que estaréis imaginando, cumplimos al dedillo los tópicos y estereotipos al uso: todos con gafas, los hombres con jersey de rombos, ellas muy feas y con fular al cuello, conversaciones mayormente sobre moscosos, niveles y trienios, quejas sobre los recortes en la Administración, etc. Lo que pasa es que al principio nos reíamos mucho y lo pasábamos muy bien, pero ahora son unos desayunos más bien formales en los que, aunque la charla es agradable, el tono general resulta un poco grave y circunspecto, sin las bromas de antaño.

La culpa la tiene Higinio, el jefe de la Sección de Información.

Antes hacíamos muchos chistes, sobre todo Gonzalo y yo. Gonzalo era especialista en las pullas picantonas, a veces bastante subidas de tono, que hacían soltar chilliditos a las compañeras, y lo mío eran los motes despiadados, el sarcasmo corrosivo y los comentarios políticamente incorrectos sobre gitanos o igualdad de género, que siempre escandalizaban a Natalia, la más pepera del grupo. Pero ya no. Ahora ya nadie dice gilipolleces porque le tenemos un miedo atroz a Higinio.

Cuando recuerdo los desayunos del principio, se me quitan automáticamente las ganas de hacer chirigotas. Igual que ahora, llegábamos al bar un poco más tarde de las 11 y ocupábamos una mesa al fondo, abriéndonos paso a codazos para pedir y trasladar los cafés y las viandas. Higinio siempre desayunaba té con limón y un gigantesco pincho de tortilla que engullía a grandes bocados. Ocupaba media mesa con su corpachón y hablaba muy poco. Por lo general se limitaba a escucharnos al resto con los ojos muy abiertos tras sus gruesas gafas de pasta, mientras rumiaba pan y tortilla, o a responder alguna pregunta concreta que alguna vez le hacíamos sobre su departamento.

–  Higinio, ¿qué quería esa rubia que ha entrado en tu sección a primera hora? –preguntaba, malicioso, Gonzalo.

El aludido respondía siempre con la boca llena, medio tapándosela con la mano, y le salía una voz gangosa y a duras penas inteligible.

– ¿Ummm? Ha fenido a for ed ceztificado que fidió e lunes.

– Bueno, bueno, pues si vuelve esa monada por el edificio, le dices, por favor, que se pase un momento por mi despacho, que quiero atenderla yo personalmente en todo, subrayo, en todo lo que necesite. ¡Todo sea por dejar satisfecha a una ciudadana!

Entonces se producía la tragedia, porque Higinio, que habla tan poco, es sin embargo hipersensible a cualquier muestra de humor, por pésima que sea, y además tiene una risa explosiva, escandalosa y, lo peor de todo, imprevisible. A la gracieta de Gonzalo, el jefe de la Sección de Información reaccionaba con una risotada gutural, estridente y detonante en el peor de los sentidos, ya que con ella esparcía a dos metros a la redonda múltiples restos masticados de tortilla de patatas y pan. Los tropezones volaban libres desde sus inflados mofletes y aterrizaban sobre la camisa de un compañero, pringaban el fular rosa de Natalia o caían en mi taza de café. Se producía un silencio espeso, incomodísimo, mientras la gente se limpiaba con discreción o apartaba su almuerzo para protegerlo de posibles nuevos disparos, ya que la carcajada de Higinio solía durar lo suyo.

Pero no aprendíamos. A la semana siguiente, igual. Yo daba un traguito a mi zumo de naranja y soltaba una cuchufleta sobre las orejas desplegadas del Director General de Accesibilidad, o contaba un chiste de negros o hacía alguna observación sarcástica sobre el administrativo de mi servicio, que es de Podemos el muy gañán, y entonces Higinio, con su tortilla de chorizo a medio deglutir, se descuajeringaba de la risa y nos hacía la metralleta sin previo aviso, que no nos daba tiempo ni a tapar las tazas. Pedazos de comida de muy diversos tamaños se estampaban en la corbata de uno, en la tostada con aceite y tomate de otra o en los pantalones del de más allá. A veces el tío, al terminar de deshuevarse, decía “perdón, perdón”, pero nadie le respondía nunca.

Así que con el tiempo nos hemos ido adiestrando en el autocontrol, y, aunque al principio nos costaba evitar las coñas, las duras experiencias vividas con el bueno de Higinio nos han convencido de que es preferible mantener la seriedad y aburrirnos un poco que morir de asco o incluso quedarnos sin desayunar, ya que a veces nuestro almuerzo quedaba incomestible después del bombardeo. 

viernes, 8 de abril de 2016

TU UNIVERSO VIRTUAL

Siempre dices que naciste en una época equivocada y que jamás has logrado adaptarte a ella; que cada día te sientes más extraño rodeado de personas con cosmovisiones opuestas a las tuyas, presenciando como se imponen costumbres que te parecen deplorables y chocando a cada paso con códigos éticos o de comportamiento que ni entiendes ni compartes. Me explicas que no es un problema de edad porque, aunque es cierto que no sintonizas nada con las nuevas generaciones, que se te antojan frívolas, materialistas y melindrosas, tampoco es que te hayas entendido demasiado bien con tus coetáneos. 

Cada día tienes una mayor sensación de desencanto y de aislamiento. No te motivan las aficiones que a los demás entusiasman ni te mueven los mismos resortes que al común de los mortales. Tus conocidos y compañeros de trabajo te parecen, en su gran mayoría, personas sin ideales ni honor, casi como animales domésticos que se conforman con un plato diario de pienso y con poder dar, de cuando en cuando, un par de volteretas en el parque. Tus inquietudes están cada vez más alejadas de las de tus amigos de siempre, y en muchas ocasiones, cuando charlas con ellos, te da la impresión de que hablan un idioma distinto al tuyo.

Te aburre lo que a los demás divierte. Te indignan muchas de las cosas a las que los otros se han acostumbrado. Veneras y respetas aquello de lo que la gran mayoría hace escarnio. Te estimula lo que a casi todos causa indiferencia. No entiendes el cine actual y serías incapaz de leer un bestseller; sueles más bien leer cosas que casi nadie sabe que existen. Incluso hablas y te mueves de una manera que llama la atención. 




Cada vez te reconforta más la soledad y te refugias en ella del mundanal ruido. Todos los días sales a correr muy pronto, antes de ir al trabajo, por parajes solitarios, y dices que te consuela encontrarte a solas contigo mismo, con el latido de tu corazón, mientras trotas por el campo a cinco grados bajo cero. Los domingos siempre subes corriendo algún cerro de por aquí, y luego pasas un par de horas contemplando la ciudad desde la cima, escudriñando los coches lejanísimos de la autovía y a la gente minúscula que se mueve como hormigas. Tienes la sensación de que estás observando otro planeta, un mundo que nada tiene que ver contigo.

Tu trabajo te parece una gran farsa. Crees que te pagan para vender humo, para engañar a los demás. Te sientes una marioneta mal pagada y peor valorada bailando al son de cuatro millonarios que ni siquiera entienden el negocio. Me insistes en que no eres ambicioso, pero después de estudiar tan duramente esperabas otras responsabilidades y otras satisfacciones. 

Sé que te gustan mucho las mujeres pero dices que en el fondo te aburren y que tus experiencias te han enseñado lo interesadas y abrumadoramente pragmáticas que pueden llegar a ser. Hace años saliste con alguna chica, pero todas tus relaciones se congelaron lentamente, como el agua en la cubitera. Ellas decían que eras un tipo raro, muy frío, y tú pensabas que para pasar cincuenta años al lado de una persona hacía falta algo más que cuatro mimitos y una simpatía mutua. Me has contado que, en los últimos tiempos, quedas algún viernes con una compañera un poco loca, tan loca como tú, que también sale mucho a correr y escribe poesías y cuentos para niños. Tomáis unos vinos por el centro y tonteáis a base de juegos de palabras y de medias verdades, para acabar siempre en su casa buscando las briznas de placer y de comprensión que a ti te bastan pero que en ningún otro sitio encontrarías. Su cuerpo menudo y pálido te recuerda que estás vivo.

Defines tu vida como un Mátrix, como un mundo virtual que poco a poco te has ido construyendo para protegerte de la intemperie de la realidad. Vives rodeado de ti mismo, cubierto por una capa impermeable de incredulidad, de acuerdo a tus coordenadas morales y culturales, eludiendo personas, ambientes o situaciones que podrían desequilibrar tu universo perfecto. Te alimentas de recuerdos, de soledad y de “libros de caballerías”, de viejas historias edificantes que te ayudan a conservar la fe en la humanidad, esa fe que algunos creen que has perdido. 

Me he atrevido a insinuarte que, aunque tú no lo admitas, edificaste tu Mátrix con ladrillos de dolor y de frustración, que te aislaste porque sufriste fuertes palos y fuertes decepciones. Pero sigues negándolo. No crees haber sufrido más que los demás. Piensas que simplemente eres un inadaptado de nacimiento.

domingo, 3 de abril de 2016

EGOÍSMO MASCULINO



Al final de la reunión nos dispusimos a fijar el día del siguiente encuentro, que debía celebrarse –en virtud de los plazos establecidos– entre el lunes y el jueves de la próxima semana, por la tarde a última hora. Éramos todos varones, así que Luis, en tono confianzudo, buscó la complicidad del resto para que la reunión no coincidiera con ningún partido importante de la Champions.

– Si os da lo mismo, mejor el lunes o el jueves, y así no nos perdemos ni al Madrid ni al Atleti. 

A mí me pareció muy cutre condicionar al fútbol una reunión de semejante calado, con gente de fuera y tal, pero para mi sorpresa todos los asistentes se mostraron de acuerdo. Esto es España, me dije, no hay nada que hacer. Lo único que el representante del Ayuntamiento manifestó que el lunes y el martes él estaba de viaje, de modo que escogimos el jueves día 7 por aclamación popular. La despedida tuvo un tono festivo y futbolero que contrastó vivamente con el clima solemne e incluso algo tenso que había reinado durante toda la tarde. 

Al día siguiente, nada más llegar a la oficina, me encuentro a Luis a la puerta de mi despacho todo compungido.  

– ¡Qué cagada, Neri, qué cagada! Tan ciego con lo de la Champions no me di cuenta ayer de que el jueves por la tarde celebramos el cumpleaños del crío… 

– ¡No me digas! –tuve que hacer verdaderos esfuerzos para controlar una carcajada– ¿Pero no te da tiempo a llegar? 

– ¡Qué dices! Esta mierda ya sabes que no acabará antes de las nueve, y en lo que llego a casa… Nada, que llegaré al humo de las velas de la tarta. Ya me jode, chico, pero qué le vamos a hacer. A mi mujer ya le he dicho que es una cosa ineludible y que no hemos podido negociar la fecha con esta gente… 

Ya.

lunes, 18 de enero de 2016

CONFESIÓN "A LA LUTERANA"


Hace poco, en una tertulia de amigos, a raíz de una discusión sobre el sacramento de la Penitencia, me reí tanto que pensé que se me desencajaban las costillas. Creo que merece la pena contar aquí lo sucedido porque es muy hilarante y porque también me interesa conocer la sincera opinión de los lectores del blog.

La cosa comenzó cuando uno de mis amigos comentó, no recuerdo a cuento de qué, la vergüenza que le daba en sus años de bachillerato y de universidad confesarse de cierto tipo de pecados que todos podéis imaginar. Venía a decir que la principal causa por la que terminó abandonando el sacramento de reconciliación fue el sofoco que pasaba contándole al cura sus prácticas onanistas o sus expansiones físicas con la novia o con sus ligues. Acabó considerando que era absurdo relatar una y otra vez estos pecados al confesor, pasar un mal rato semejante, cuando tampoco estaba nada seguro de querer abandonar esas “costumbres”. Según contaba, alguna vez se planteó seguir confesándose sin referir estos escabrosos deslices, pero al final concluyó que eso equivaldría a hacerse trampas al solitario y que la absolución en todo caso sería inválida; y por simple honestidad prefirió desistir.

En esto que otro amigo, compañero de colegio del anterior y católico bastante practicante, intervino para reprocharle su actitud:

– Pues me parece fatal que dejaras de confesarte por ese motivo. No tienes por qué avergonzarte ante un sacerdote, que está para ofrecerte su comprensión y su consejo. Además, tío, tampoco hace falta entrar en detalles con esos temas. Se menciona el asunto y ya está. No es para tanto.

– ¿Cómo que no es para tanto? –saltó el aludido– Son pecados que hay que contar y resulta muy embarazoso explicarlos. ¿A ti no te daba corte? A ver, ¿cómo haces tú, listillo, para confesar ese tipo de cosas sin entrar en materia y sin sonrojarte?

Todos celebramos la pulla con una carcajada estruendosa. Pero el aludido no se amilanó y explicó detalladamente su técnica penitencial:

– Pues muy sencillo. Yo cuando voy a confesarme me suelo acusar normalmente de seis u ocho pecados, y todos los enuncio de una manera general, incluidos los del sexto mandamiento cuando corresponde. Suelo decir toda la lista seguida y bastante rápido, pues casi siempre son las mismas cosas, y en mitad de toda la retahíla meto también esas caídas a las que tú te refieres, como quien no quiere la cosa, y jamás doy ni me preguntan detalles.

– ¿Eh? ¿Qué es eso de que los enuncias “de una manera general”? ¿Cómo que no das detalles? A ver, que no lo acabo de pillar: ponme un ejemplo práctico de cómo lo expresarías de esa "forma general" que tú dices…

– Joder, pues qué sé yo. Por ejemplo, la cosa podría ser más o menos así: “Ave María Purísima”, “sin pecado concebida” – y aquí se puso a recitar a una velocidad de vértigo, como en el viejo anuncio de los coches de juguete Micro Machines– , “padre , me acuso de egoísmo y de vanidad, de haber discutido con mi hermana, de irritarme fácilmente, de ser demasiado cómodo, de perder el tiempo, de faltas contra la pureza, de haber faltado a misa, de envidiar los éxitos de los demás, y de comer y beber en exceso".

Aquí las risas ya estallaron como una bomba atómica. Alguno de los presentes tuvo que bajarse del taburete para no caerse. Yo mismo aporreaba con el puño la barra del bar entre espasmo y espasmo. Teníamos lágrimas en los ojos. Imaginábamos la escena en el confesonario y no podíamos contenernos. Pero el otro no se calló, sino que cabreado como una mona, se puso a lanzar exabruptos contra esa clase de confesiones:

– ¿Faltas contra la pureza? ¡Pero tú eres un sinvergüenza! ¿Qué mierda de confesión es esa? ¡Encima de carrerilla! ¡Eres un puto defraudador penitencial! ¡Tus confesiones son como las declaraciones de la Infanta Cristina!

– Oye, oye, cuidado, que a mí en más de veinte años ni un solo cura me ha interrumpido ni me ha pedido pormenores… Bueno, miento: una vez un párroco joven, el muy morboso, me dijo: “para, para, chaval, vayamos por partes..."

– ¡Tú eres un fariseo y un jeta! O sea que yo me he pasado toda mi adolescencia sufriendo para explicarle al cura cuántas veces me la pelaba, y tú mientras te ibas de rositas con esa morcilla de las “faltas contra la pureza" ¡Eso es totalmente nulo! ¡Esas son confesiones “a la luterana”!

– ¡Nada de “a la luterana”!  Lo que pasa es que tú eras un guarro que te ponías a dar detalles que un confesor no necesita en absoluto para absolverte. ¡Basta con que te vea arrepentido y ya está! ¿También cuando te confesabas de contestar mal a tu padre le contabas la bronca completa o qué? ¡Degenerado!

Creo que hace años que no nos lo pasábamos tan bien tomando una copa.

viernes, 8 de enero de 2016

LA ABUELA




No me resisto a compartir una anécdota muy poco edificante pero impagable del reciente viaje de negocios que ha hecho un amigo mío a Cuba.

Aeropuerto de La Habana. Mi amigo busca un taxi que le lleve al hotel. Coge uno pilotado por un negrito sabrosón, obeso, con camiseta de tirantes y gorra de béisbol puesta del revés. Nada más saber que es español, le guiña un ojo a través del retrovisor: 

  Se follará a una mulata, ¿eh, amigo? Venir a La Habana y no singarse a una mulata es como no venir, ¿eh?

Mi amigo se echa a reír y le sigue el juego: 

 Pero bueno, vamos a ver, ¿aquí en La Habana se puede o no se puede follar gratis?

Están justo en un semáforo y el taxista se gira completamente hacia el asiento de atrás y exclama todo encendido: 

  ¿Gratis? ¡Gratis ni mi abuela!

viernes, 3 de abril de 2015

QUE SE VEAN DESNUDOS LOS MADEROS


Procesión de Semana Santa en Valladolid




UNA CRUZ SENCILLA 


Hazme una cruz sencilla, carpintero…,

sin añadidos ni ornamentos,

que se vean desnudos los maderos,

desnudos y decididamente rectos:

los brazos en abrazo hacia la tierra,

el ástil disparándose a los cielos.

Que no haya un sólo adorno que distraiga este gesto,

este equilibrio humano de los mandamientos.

Sencilla, sencilla…

Hazme una cruz sencilla, carpintero.


León Felipe

domingo, 25 de enero de 2015

MERCADILLO



Al pie del estadio se extienden dos largas calles de puestos flanqueadas por furgonetas blancas en medio de un bullicio de colores. Casi todos los tenderetes son de ropa y calzado, pero también los hay de juguetes, herramientas, antigüedades, marroquinería que parece plástico, cachivaches eléctricos y bisutería irregalable. Incluso un viejo merchero de mejillas chupadas con una visera puesta del revés vende periquitos, canarios y mixtos que animan la mañana invernal con sus trinos mezclados con el griterío de los reclamos comerciales.

– ¡Bolsos de marca a cinco euros, chicas! ¡Aprovechar!

Cuatro gitanos jóvenes, gordos como boliches, se desayunan con un trago de orujo frente a la churrería ambulante, frotándose las manos e intercambiando miradas salaces.

– ¿Tú tas echao ya con la Noemí? – le preguntan al más repeinado entre codazos cómplices y con la boca llena de churros.

Un jicho bajito con sombrero y patillas blancas le ofrece fulares a una señora muy peripuesta que ni se para. La sigue unos pasos llamándola a voz en grito:

– ¡Si no te gustan estos también los tengo de Busberri!

Las gitanas agasajan a las clientas mientras se prueban las prendas en la trasera de los tenduchos. Una chica guapa y con un desparpajo de vértigo intenta colocar una sudadera falsa de Adidas a una adolescente acompañada por su madre.

– Pues la tengo también en azul. ¡Esa te queda divina, cariño! –y mira a la madre– ¡Ay, de verdad que es que sois clavaditas! ¡Que al veros yo me pensé que erais hermanas y no madre e hija!

Tras el puesto de zapatos se desgañitan dos treintañeros en chándal:

–¡Botas buenas de piel en liquidación! ¡Venid pa acá, hermosonas! ¡Pagáis la bota derecha y os regalo la izquierda!

Hay un vejete con sonotone y cazadora de cuero gris que expone gorros de lana con pompón sobre una colcha extendida en la acera. Le sabe dar color a su mercancía: 


¡Todo térmico! ¡Todo térmico!

Al final de la calle venden collares, pendientes y otras baratijas. Atiende un chavalín renegrido, en camiseta a pesar del relente. Dos mujeres se paran y manosean las pulseras de cuentas hablando en bajo entre ellas.


– La que más os guste, ¿eh? ¡Es perla perla!

Antes de irme le compro al quinqui una piedra de calcio para mi periquita, y un espejo con cascabel, que se le ha roto el que tenía y se lo pasaba bomba picoteando su propia imagen y metiendo la cabeza bajo la campanilla.

domingo, 2 de noviembre de 2014

DUDAS DE FE



Siempre dice que no cree en Dios, pero habla tanto de religión y de moral católica que resulta difícil tragárselo. Siempre me explica que si le obsesiona tanto el “hecho religioso” es por la formación recibida y por el peso cultural que el Cristianismo ha tenido y tiene en este país. Se define como ateo pero no como anticlerical y, de hecho, suele hablar con cariño de los curas que le educaron y que ha conocido, sobre todo de Don Fermín.

Don Fermín es un sacerdote amigo de su familia y por eso le mandaron a hablar con él cuando, con dieciséis años, le empezaron a atormentar los interrogantes. Su fe se resquebrajaba por varios motivos y este cura le habló poco y le escucho mucho, que era precisamente lo que necesitaba. Justo antes de despedirse, en un arrebato de ansiedad le espetó: 

   Padre, sinceramente, ¿usted podría asegurarme que Dios existe sin ningún tipo de duda?

Don Fermín le sonrió y respondió con una frase que aún no ha olvidado: 

   Lo que puedo asegurarte sin ninguna duda es que yo he apostado mi vida a que Dios existe.

viernes, 24 de octubre de 2014

REUNIÓN POR TELÉFONO



El lunes te llamamos a tu despacho el jefe de departamento y yo, y nos desviaron a tu casa porque llevas dos meses en régimen de teletrabajo. Queríamos cerrar contigo el tema de las facturas de tu empresa, que ahí siguen, y de las dos formaciones que os faltan de impartir. Activamos la llamada grupal y el manos libres. La tele-reunión duró media hora y, aparte de que, como de costumbre, no nos solucionaste nada, tu hijo de nueve meses estuvo berreando y haciendo ruiditos todo el tiempo.

Mi opinión sobre el teletrabajo no viene al caso y no me meto en la decisión que tu jefe haya tomado al respecto, pero supongo que entenderás que una reunión con llantina infantil de fondo alternada con chillidos llamando a mamá y con una especie de gu-gu-gu que nos puso la cabeza como un bombo, me parezca el colmo de la cutrería y de la antiprofesionalidad. 

Me permito recordarte que la conversación telefónica del lunes no era una cháchara con tu madre, ni con una amiga, ni con el mentecato de tu director, que tanta cancha te da, sino una reunión de trabajo con una Administración pública de la que tu empresa es proveedora, y que en una reunión de estas características tampoco es que hayan de guardarse excesivas formalidades, pero sí al menos demostrar una seriedad, un decoro y un respeto que tú no nos demostraste. Al contrario, nos diste a entender que eres una irresponsable, que no tienes ni idea de cómo comportarte con un cliente y que en tu caso el teletrabajo es una treta para escaquearte y cuidar al niño.

Que el crío llore es normal y que tu prioridad sea atenderlo, también, pero si no sabes hacerlo sin que interfiera en tus obligaciones profesionales, cógete una excedencia o renuncia al puesto, y céntrate en tu maternidad y en cuidar a tu maridito, que estoy convencido de que es tu verdadera vocación. Te garantizo que serías mejor ama de casa que consultora (a poco), aunque, claro, en estos tiempos extraños todas queréis estar en misa y repicando a la vez, practicando una conciliación de la vida laboral y familiar ajustada con calzador o yo diría mejor que a martillazos. Y así nos va.

Ya te digo que me encantaría saber qué opina tu jefe de que estés hablando con nosotros el espinoso asunto de las facturas mientras le das el biberón a Pelayo, creo que se llama, y nos deja medio sordos con sus bramidos cuando tratamos de explicarte que antes de la semana del 24 de noviembre tiene que estar todo cerrado o no vais a ver un euro.

domingo, 29 de diciembre de 2013

PASADO POLÍTICO

Te imaginabas que tarde o temprano pasaría algo así y ha sucedido hace dos jueves, en Madrid, en la cena de Navidad de tu empresa. El mismísimo vicepresidente, dices que con unas copitas de más, te llamó “camarada Díez” y te saludó a la romana delante de toda la comisión ejecutiva. Te pusiste como una amapola.

Me llamas hace un rato para pedirme consejo legal sobre la forma de borrar de Internet todas esas páginas que te comprometen. Preguntas si hay que escribir a Google o a cada boletín oficial en el que salen tu nombre y tus apellidos. Te noto exasperado repitiéndome cien veces que no hay derecho a que por una “chorrada” que hiciste cuando eras “un chaval” estés marcado para toda la vida “por culpa del puto Internet”. Me dices altanero y despectivo que ya no tienes nada que ver con “esa gente” y me preguntas si este tema te va a perseguir siempre como tu sombra, jodiéndote la reputación y los ascensos. Estás acojonado de que los medios te den cualquier día un disgusto.

Apareces con todos nosotros en seis resultados de búsqueda, como segundo o tercero en listas para elecciones municipales y europeas: tres en el BOE y tres en boletines provinciales. También sales uniformado en una foto de una vieja revista, sobre el texto “camarada Juan José Díez pronunciando su discurso”. ¡Te llevan los demonios!

No sabía bien qué contestarte pero al final te he soltado lo que pienso y te has mosqueado. Te he recordado que ser joven no significa ser gilipollas, y que además hace doce años no eras ningún crío y ya había Internet. De sobra sabías entonces, o deberías haber sabido, que esas candidaturas eran públicas y que cualquiera podría consultarlas en un futuro, como acaban de hacer desde su ordenador tu adorado vicepresidente y su círculo de aves de rapiña. También aceptaste sacarte aquella foto y que la pusieran en un fanzine que se repartió a más de mil personas, así que no me toques ahora los huevos. Llama si quieres a Celes a pedirle que te borre y verás como se ríe de ti en la cara.

Nadie tiene la culpa de que no contaras con tu prometedor futuro en esa multinacional repugnante, que me recuerda a la Inmobiliare de El Padrino, ni de que decidieras al cabo de un tiempo (no mucho) amoldar tus ideas a los gustos de ese negrero seboso al que ya llevas siete años lamiendo las posaderas, ni de que ahora tengas una columna todos los viernes en un suplemento del periódico de tu ciudad, en la que escribes, con tonillo de gurú financiero, todo lo contrario a lo que vociferaste exaltado en el mitin que inmortalizó la foto que hoy tanto te cabrea.

Lo siento, Juanjo, pero jódete. No puedo decirte más. Chápate tú mismo la Ley de Protección de Datos, o quéjate a Google, al Boletín Provincial de Ávila o al propio Celes, si tienes lo que hay que tener. Escribe si eso a Don Juan Carlos o a Aznar, que ahora tanto te molan, a ver si entre los dos hacen desaparecer las vergüenzas de tu pasado político, pero a mí déjame en paz. Déjame que viva, con mil contradicciones pero jamás con rubor, mis principios, mis recuerdos y mis lealtades.

domingo, 3 de noviembre de 2013

ESTO NO LLEVA A NINGUNA PARTE



Me pregunto a dónde piensan las mujeres que deberían llevar sus relaciones interpersonales porque cada vez que quieren cortar una por lo sano tiran de esa muletilla tan femenina y tan abstracta (valga la redundancia) de que “esto no lleva a ninguna parte”. Yo me malicio que sus vínculos de amistad, sus rolletes, sus noviazgos, y su trato familiar y social en general tienen que llevar a dónde a ellas les dé la gana para que les merezca la pena conservarlos. Cuidado con la frase; echaros a temblar si una tía os la suelta. 

Cuando una trata de pillar novio abriéndose de patas la primera tarde y luego él se va haciendo el longuis con lo de salir en serio, y le dice que no está preparado para una relación de pareja pero que lo pasa chachi con ella, la muchacha salta de la cama con un mohín de dignidad, sollozando por lo bajini “no sé, Jose, esto no lleva a ninguna parte”.

Cuando en mitad de un noviazgo sólido pero tormentoso, una chica percibe que no logra llevar al novio a su terreno, que las cosas no discurren por donde ella quiere o que le toca ceder en algo, termina disparando a bocajarro, en la última cena, “¿no crees que esto no lleva a ninguna parte?”.

A la segunda vez que a una recién ennoviada le reprochen sus amigas que las ha dejado tiradas de repente y ya ni se toma un café con ellas ni les manda un mísero whatsapp, contestará refunfuñando que “si vais a poneros en ese plan, pues no sé, chicas, pero esto no lleva a ninguna parte”.

Si ella te deja después de una relación larga y, una vez que lo asumes, intentas que al menos se salve la amistad y la llamas para tomar una caña tres veces al año, aceptará al principio pero no tardará en decirte por teléfono o por email que “te valoro un montón pero lo he pensado mucho y no sé yo si esto lleva a alguna parte”.

martes, 9 de julio de 2013

CORRER DELANTE DE LOS GRISES

A veces creo que ya soy una persona civilizada, domesticada, recuperada para la convivencia democrática, y entonces llegas tú contándome esas mierdas de tu pasado transicionero y despierta el monstruo que hay en mí, me doy cuenta de que los rojos me siguen dando las mismas náuseas de siempre.

No sé si es que me has visto cara de progre,  pero ya llevas casi un año abrasándome, en plan abuelo cebolleta (que es lo que eres), con tus hazañas juveniles de cuando coqueteabas con Cristianos por el Socialismo, o frecuentabas, con veinticinco tacos, la parroquia más comunista de la ciudad, o te medio afiliaste al PCE, o cuando corrías delante de los grises. Sí, esa cantinela de que te persiguieron los grises, que parece el trofeo cultural de los izquierdistas seniles de toda España, me la repites mucho sonriendo y mirándome con tus ojillos acuosos. La semana pasada ya no me pude contener y te respondí burlón que si te persiguió la policía, algo habrías hecho, y tú te quedaste confuso, boquiabierto, como no entendiendo mi broma que no era ninguna broma, sin quererte enterar de que si tú y yo hubiéramos tenido veinte años menos, habría preferido castigarte el lomo con mi porra plegable a soltarte una pulla inocente.


Te crees que has luchado por un noble ideal cuando en aquellos años no eras más que un niño bien, hijo de un médico franquista, que lo único que quería era fumar porros y acostarse con las jipis zarrapastrosas que se encerraban en la universidad o acudían a esas manifestaciones, porque las de derechas no se dejaban, pájaro. No eras más que un malcriado que no daba palo al agua, que se rebelaba contra el sistema mientras papá le pagaba el coche y los viajes a Francia para ver películas “de arte y ensayo”, que llevaba la barba y el pelo grasientos, que no se duchaba más que los domingos, y apestaba a sudor y a marihuana.

Además, ¡qué luchador ni qué cojones! Cada día que pasa exageras más tus batallitas. Primero solo contabas lo de las asambleas clandestinas en la parroquia, pero adelantando las fechas un poco cada vez, para  presumir de que aún estaba vivo el Abuelo, cuando sabes de sobra que solo hiciste el capullo durante el 76, sin ningún peligro, y que esos contubernios de los viernes a última hora eran la excusa para salir luego a tomar unos chatos, a drogarte y a intentar convencer a cualquier golfa de falda larga y mugrienta de que te subiera a su piso de estudiantes. Luego te animaste a hablarnos de las manifas estudiantiles en la zona de La Antigua y acabaste asegurando, orgulloso, que la "policía fascista" te zarandeó en un portal, por demócrata, pero sin explicar, zorro, que eres un zorro, que solo te mezclabas en el barullo al principio, cuando aún no habían aparecido las “fuerzas represoras”, que hasta rehusabas sostener la pancarta que te ofrecían los del partido por si te hacían fotos o se enteraba tu padre, y que antes de empezar las carreras te escondías en los portales con las chicas, y por eso una vez los armadas os sacaron con unos simples empujones y sin una sola detención.

Pero cuando más me río es cuando aseguras, bajando un poco la voz, que has participado en “acciones” contra la dictadura, como si hubieras empuñado las armas. Pero tú y yo sabemos bien que la única “acción” que llevaste a cabo fue pincharle las ruedas del coche a un anciano de Fuerza Nueva que era profesor tuyo en la Facultad. Sí, hombre, en 1979, cuando ya llevabas ocho años estudiando Derecho y este señor te suspendió por tercera vez. Una noche de borrachera te colaste en su garaje con otros dos y allí perpetrasteis  esa misión heroica. 

Piensas que fuiste un adalid de la libertad, que contribuiste a acabar con una tiranía, olvidando que Franco se os murió en la cama y que la vigente monarquía parlamentaria jamás existiría si a él no le hubiera dado la gana, si no hubiera sentado sus bases y no hubiera dado el relevo a sus perros más fieles, que se acostaron defensores de la dictadura y se levantaron constitucionalistas de toda la vida. No te coscas de que los de ahora son los mismos que los de antes y de que tú, desgraciado, no has hecho más que el canelo.

Ahora sigues siendo el mismo cerdo, pero ya no tienes edad para los canutos y mucho menos para lo otro. Nos cuentas tus epopeyas cutres en la cafetería pero luego tonteas con el gobierno regional, tienes un Audi de los caros, cenas en los mejores restaurantes del centro, llevas a tus nietas a La Hípica y vistes como el novio de la Barbie, de forma totalmente inapropiada para tu edad, con esos polos rosas o amarillo pollo de Ralph Lauren, que pareces maricón. Ah, y hueles bien, cabronazo; no apestas como hace treinta y cinco años.

martes, 28 de mayo de 2013

PEDRO

Aunque sus padres se percataron muy pronto de que no iba a ser el más listo de la clase, no dejaron de animarle a mejorar y a cultivar el tesón desde su más tierna infancia. En especial su madre, una señora orgullosa y embriagada por una especie de cruzada fanática para que Pedro fuera igual o mejor que los demás niños, desoía los consejos de los profesores y las insinuaciones sutiles de los pedagogos, y le paseaba por las calles de la normalidad tratándole como a un triunfador y enseñándole a despreciar los obstáculos.

Al principio, Pedro suspendía muchas asignaturas, se ahogaba en el caudal de su torpeza física y en los recreos, en el gran patio, mordisqueaba su bocadillo de burlas y soledad, mas luego, en casa, su madre sabía recomponer su sonrisa insistiéndole en que era el mejor, el más guapo y el más hábil, y en que eran los otros los que no entendían nada, las lecciones las que tenían una dificultad inabordable o los maestros los que no acertaban a calificar con justicia sus ejercicios. Tenaz hasta la demencia, se pasaba el día la buena mujer hablando con los curas del cole, viendo formas de que Pedro aprendiera y aprobara; le apuntaba año tras año a clases de apoyo; le juntaba, casi a la fuerza, con sus compañeros mejor dotados, y le obligaba a estudiar más horas que a nadie, ella siempre encima repitiéndole los conceptos una y otra vez y rehaciendo juntos los deberes hasta bien entrada la noche. Y luego Pedro aprobaba algunas veces, cada vez más, gracias a esta insistencia febril y a que sus profesores sabían valorar su esfuerzo titánico y su fuerza de voluntad auspiciados por una madre única.

Delante del boletín de notas, la madre de Pedro encomiaba con fervor sus aprobados, atribuyéndolos a su inteligencia despierta y a su capacidad de trabajo, y, al tiempo, quitaba toda importancia a los suspensos, que no eran sino piedrecillas insignificantes en un camino que ella le profetizaba exitoso, a la medida de su valía, porque tú, hijo, le aseguraba, con esos dones que Dios te ha dado podrás ser lo que quieras en la vida, alcanzarlo todo a poco que te lo propongas.

Pedro aprendió de su madre que los fracasos no importaban nada y que cuando uno caía, aun tras un golpe demoledor, era preciso levantarse al instante y seguir avanzando hacia el objetivo, en medio de la lluvia torrencial, aunque todos le advirtieran que era estúpido hacerlo. Aprendió que las cosas que salían mal había que reintentarlas hasta el agotamiento o, mejor, más allá del agotamiento; que algo podía hacerse peor una, dos o mil veces, pero si se seguía repitiendo sin descanso, como un robot, al final si no perfecto, quedaría muy digno; que tal vez alguien fuera capaz de aprender una tarea en una hora y uno mismo necesitara dos años, pero a los dos años la sabrían hacer los dos; que daba igual el tiempo y el esfuerzo dedicado al logro de un objetivo, pues lo importante era alcanzarlo aunque ello implicara un sacrificio desproporcionado; que había que hacer caso omiso de los desprecios, mofas y críticas de los demás, y seguir en pie, sin responder pero sin sufrir, haciendo lo que se creía correcto; que nada ni nadie debía ser capaz de desanimarle a uno, y que aunque las sombras de la evidencia comenzaran a envolverlo todo, era fundamental seguir mirando hacia el horizonte como si fuera una mañana soleada de primavera.

Pedro aprobó el bachillerato a duras penas pero no fue capaz de superar ni un curso en la Universidad, según su madre porque su amplitud de miras y su vena creativa quedaban encalladas, sin viento ni velas, en los escollos de los rutinarios programas y de los exámenes memorísticos a los que se plegaba la gente vulgar en pos de un diploma inútil que no les daría de comer. El muchacho buscó trabajo infatigablemente, creyéndose, si no el mejor, sí de los mejores, y así lo dejaba entrever en las decenas de entrevistas que hizo, destilando un entusiasmo arrollador y un optimismo que le brillaba en los ojos, hasta que le contrataron, primero en hostelería para fregar platos en un hotel, después de dependiente en una tienda de muebles, luego en una empresa de telefonía a la caza de contratos de puerta en puerta, y, en los últimos tiempos, en varios comercios y compañías de seguros. En todos estos años siempre fue el más rápido lavando platos, el que más dormitorios vendía, el que más contratos colocaba gracias a su locuacidad obsequiosa, y el que más pólizas hacía a base de insistir, insistir e insistir tal como siempre le enseñó su madre.

Hubo trabajos que le duraron poco, pero él jamás se desanimó por los despidos y salía a la calle al día siguiente con su traje marengo y el currículum en una carpeta verde de cartón, recorriendo, mañanas y tardes enteras, calles, centros comerciales y polígonos, pertrechado con su jovialidad y del brazo de una euforia con la que no tardaba en convencer al dueño de algún bar o al gerente de cualquier gestoría de que era un chico activo, trabajador y con iniciativa.

Cuando asomó el dragón de la crisis, pocos amigos universitarios de Pedro resistieron su embestida en forma de paro, ni sus bocanadas de fuego y desesperación, que les dejaron consumidos en casa, sin saber qué hacer ni cómo empezar de cero después de haber perdido los trabajos en los que se sentían seguros desde hacía diez años. Pero él no miró a la fiera ni de reojo y se mantuvo erre que erre, a lo suyo, sin hacer ascos a nada ni entristecerse jamás por una bajada de sueldo, ni por un ERE repentino ni por tres meses sin cobrar, y a la mañana siguiente del contratiempo sus compañeros se hacían cruces al verle currando como un negro, como si nada, o sus amigos le veían pasar, desde la cristalera del bar de sus lamentos, con su sonrisa inocentona, su eterna carpeta verde y su traje oscuro, zigzagueando de tienda en tienda, de local en local, hasta que volvía a encontrar algo por un par de semanas o por tres meses.

En el año 2012 Pedro fue el único de su grupo de amigos que trabajó más de ocho meses, y hoy es el único que sonríe con franqueza y sin miedos, en la seguridad de que siempre saldrá adelante.

viernes, 17 de mayo de 2013

PORTAZOS Y AULLIDOS

El aseo de caballeros da pared con pared con la amplia sala (que muchos llaman pradera) donde trabajan los programadores del departamento. La gente nunca se ha quejado porque la puerta está en el pasillo y no molesta el trajín ni se notan olores, pero es cierto que las paredes son bastante delgadas y los que están muy cerca sí que sienten un ligero rumor cada vez que alguien tira de la cadena, aunque dicen haberse acostumbrado y ni enterarse si están concentrados en sus cosas.

Ya va a cumplir un año de la llegada de Lucas a la empresa, como jefe de proyecto. Así de primeras a sus compañeros y subordinados les pareció un tío serio, algo estirado, que imponía respeto con esa voz grave y ceremoniosa, con sus trajes severos y su caminar elegante y tan pausado. Pero el respeto se evaporó una mañana de marzo en que Lucas entró al aseo a primera hora. De pronto, en medio del silencio de la pradera solo atenuado por el frenético teclear y por el murmullo de las impresoras, estalló una larga serie de pedorretas, que por su potencia, duración y musicalidad, no parecía un sonido proveniente de un cuerpo humano, sino más bien de un instrumento de viento mal afinado. Toda la sala dirigió su mirada atónita a la pared de los lavabos y, como respondiendo a la expectación, las destempladas flatulencias se repitieron con brío creciente y con registros más variados que los del canto del ruiseñor. Se alternaron, recorriendo todo el pentagrama, notas de trombón, impertinentes resoplidos de trompetilla, gemidos de flauta estropeada, salpicaduras estruendosas, y para terminar, una especie de concierto de batería, inimaginable si no se escucha, al que siguió, por fin, el zumbido de la cisterna.

A los dos minutos regresó Lucas todo tieso pero con el flequillo algo húmedo. Antes de que llegara a su pecera, se oyeron los primeros bufidos de risa contenida e incluso la carcajada irreprimible de algún imprudente. La mayoría se tapaba la boca con la mano y se ocultaba tras el parapeto de su escritorio. El jefe de proyecto notó algo raro y se quedó mirando un rato. Interrogó con la mirada a dos ingenieros que tenía cerca, como diciendo, ¿pasa algo?, pero no obtuvo respuesta, y siguió caminando ceremoniosamente hacia su despacho.

Las detonaciones gástricas de Lucas fueron la comidilla ese día en la cafetería y en el comedor. La gente se retorcía de risa, hasta llorar incluso, recordando el recital de pandero, bombo y timbales con que les había obsequiado su superior. Algún compañero intentó emular los ruidos, haciendo canuto con los dedos y soplando escatológicamente, pero no tuvo demasiado éxito, pues el virtuosismo y la riqueza de matices del intestino de Lucas eran inimitables.

Pero la cosa no terminó ahí, ni mucho menos, ya que desde entonces, dos veces a la semana (rara vez tres) y casi siempre los lunes y los jueves a las 9 en punto, Lucas ejecuta su impúdica partitura entre el jolgorio general. Es cierto que el personal ya se ha habituado a las explosiones y que el pitorreo se ha mitigado bastante a fecha de hoy, pero estos fenómenos, que algunos consideran paranormales, han tenido consecuencias indelebles.

Me refiero a que el flamante jefe de proyecto ha perdido no poca credibilidad social, como lo demuestra el hecho de que, salvo en su presencia, todo el departamento se refiere a él con el expresivo e injusto mote de Porky. Otra prueba de que los técnicos a su cargo no le guardan la deferencia debida es la gamberrada que perpetró Salinas a los pocos meses de comenzar a manifestarse las singularidades estomacales de su jefe. Un lunes por la mañana lo siguió hasta el servicio y, tras asegurarse de que ya se había encerrado y sentado en la taza, se introdujo en el cuarto de baño y lo grabó todo en un archivo de audio acercando lo que pudo su móvil a la puerta. Ni que decir tiene que la grabación se difundió ampliamente por toda la empresa, pero es que además el bellaco de Salinas se la puso como tono de llamada, llegando a producirse una situación de lo más bufa durante una reunión de trabajo. Estaban reunidos una tarde Salinas, Lucas y otros cinco programadores cuando comenzó a sonar el teléfono del primero y se produjo un silencio violentísimo en el que se oían con toda claridad las recias ventosidades. Salinas, refrenando a duras penas las risotadas, no acertaba a silenciar el móvil, y al fin Lucas, imperturbable, exclamó:

- ¿Pero qué tono tienes puesto, hijo? ¡Qué cosa más rara! Son como portazos y aullidos, ¿no?

miércoles, 14 de noviembre de 2012

ME HAS JODIDO LA CERVEZA

Según te veo llegar a la mesa con las cañas te noto cara de acelga y cometo el error fatal de preguntarte si te pasa algo. Te sientas alicaído, meneando la cabeza, y me empiezas a contar lo mal que te va en tu matrimonio. Me dices que tu vida con tu mujer es una mierda desde hace más de un año, que a veces os pasáis semanas sin hablaros o comunicándoos solo con gruñidos y malos tonos, y que solo fingís normalidad delante de tus padres o de los suyos, o cuando salís a algún compromiso con los amigos. La niña empieza a ser mayorcita y se da cuenta.

Antes de eso hubo un tiempo de broncas incendiarias. Ella se cabreaba cada vez que salías a correr, si tenías una comida de trabajo o te querías tomar una copa con nosotros. Un día te dijo que te fueras a hacer puñetas y empezó a prepararse la comida para ella sola y a hacer la colada solo con su ropa. Se quejaba por todo: de lo poco que colaborabas en casa, de la hora a la que llegabas cuando salías, de lo que duraba tu siesta, de las visitas de tus hermanos, del poco caso que hacías a la cría, de lo que gastabas en chorradas…

Me explicas, con voz lastimera y ojos muy brillantes, que antes de casaros no era así pero que se ha ido amargando poco a poco, no sabes muy bien si por la monotonía, porque no te aguanta o por qué. Me confiesas que es un infierno disimular y que no sabes qué hacer. Ella al principio habló de divorcio un par de veces pero hace tiempo que no dice nada; seguramente fuera un farol o bien ahora se lo piensa por la niña o por ese orgullo endiablado que tiene, que le impide reconocer ante su familia que algo ha fallado en su vida perfecta. Tú también has pensado en separarte pero no estás dispuesto a quedarte sin casa y con menos de mil euros, ni a tener que volver donde tus padres, pues no te quedaría otra.

Miras fijamente el platito de cacahuetes y murmuras que hace ya un año que no folláis.

Yo me revuelvo incómodo en mi silla e intento poner una cara medio de funeral, medio de tío comprensivo, y me pregunto qué te he hecho yo para que me cuentes estas historias. No es justo, pienso, no es justo que me vengas con estos rollos, porque cuando a mí me dejó Clara o cuando me echaron de la planta y tardé dos años en encontrar algo, no le di el coñazo a nadie y menos a ti. Además tú no me cuentas tus miserias conyugales por confianza o por amistad, sino que necesitas desahogarte de tu desgracia igual que un borracho tiene que echar la pota, y me ha tocado a mí la china, al primero que has pillado.

Me has jodido la cerveza, campeón. Yo había quedado contigo para lo de siempre, para tomarnos tranquilos unas birritas después del curro, hablar del próximo partido del Pucela, contar algún chiste, insultar a Artur Mas y a esos separatistas, o comentar el escote de la camarera, y tú me vienes con estos dramas indigeribles obligándome a escucharte atento y con cara de consternación en vez de mirar la Fórmula 1 de la tele, cuando a mí en realidad tu matrimonio, tu mujer, tu hija y tus problemas me importan tres cojones.

Parece que ya se te ha acabado la cuerda y ahora miras los coches del televisor como desinflado, y le pegas un buen meneo a la cerveza, que ya se ha quedado sin espuma y yo diría que calentorra.

miércoles, 10 de octubre de 2012

AMIGOS EN PROPIEDAD (y 2ª parte)

(1ª parte)

La niña no había cumplido 4 años y Nacho comenzó a comportarse de forma extraña. Hablaba muy poco, siempre parecía esquivo, nunca tocaba a Marta y solía regresar de la oficina casi todos los días más tarde de las 9. Cuando ella al fin, completamente confundida, le pidió explicaciones entre sollozos un domingo por la mañana, se limitó a farfullar, mirando al suelo, que quería divorciarse. El motivo se supo al fin y no fue otro que una enfermera pelirroja de 24 años que, según las malas lenguas, había conocido en un chat. Provisionalmente ella se quedó en casa con la cría y él se trasladó al chalet de sus padres en un pueblo cercano, primero solo y a los tres meses con Lidia, su minifaldera y espigada pelirroja.

Lidia rápido se sintió muy unida a todos los amigos de Nacho. Fue recibida al principio como una especie de novedad exótica, por la sorpresa de la separación y por la diferencia de edad, pero superada esa fase de pocos meses en la que se sintió observada y casi juzgada, especialmente por ellas, rápido fue acogida sin reservas y con cariño, y encontró al fin en aquella gente las mejores amistades que había tenido en su vida.

A Marta jamás la volvieron a llamar para quedar. Sus amigos del alma no la avisaron más de ninguna cena, ni la invitaron a ninguna excursión los fines de semana, ni contaron con ella para las copas de los jueves en El Soportal. Probablemente no habría ido, pues malditas eran las ganas que tenía de coincidir más tiempo del imprescindible con el miserable que la había engañado, que ya se le hacía bastante cuesta arriba verse con él para asuntos relacionados con su hija. Pero es que ni siquiera le pegaban ya un toque las chicas cuando bajaban al centro comercial con los churumbeles dos o tres veces a la semana.

Neli, la mujer de Quique, la llamó por teléfono un mes después de separarse, para ver cómo estaba. “Ay, chica, no sabes cómo lo he sentido”. Ni una sola palabra sobre Lidia. Ni una sola crítica al adúltero. “Un besito para la niña y nos vemos un día, ¿eh, guapa?, que te tienes que animar y salir”. Nunca más volvió Neli a dar señales de vida.

Lorenzo y María Luisa se encontraron con ella en el Carrefour más de un año después. Le dieron dos besos, la miraron con los ojos del Gato con Botas de Shreck y María Luisa la cogió del brazo muy cariñosa, “ay, hija, los hombres”, le susurró. Lorenzo, tan hablador, con el que siempre había tenido una conexión especial, ni siquiera abrió la boca y se pasó los diez minutos del encuentro riñendo a sus gemelos para que no se alejaran del carrito. Nunca más volvió a saber de ellos.

Los demás ni la llamaron ni la pusieron un simple email. Con Azu coincidió en la plaza una vez, siglos después de lo sucedido, y se empeñó en tomar “un cafetín y me cuentas”, pero a Marta le asqueaba su falsedad y respondió que llevaba prisa y que mejor otro día.

En las últimas Ferias vio a lo lejos a todo el grupo, Nacho y Lidia incluidos, picando algo en la caseta de La Sepia. Daban la impresión de divertirse mucho, pues se estaban riendo a carcajadas en un corrillo. Se fijó en cómo Lorenzo charlaba animadamente con la flaca del pelo rojo y le hacía esa bromita, que antes solía gastarle a ella, de quitarle las gafas de sol que llevaba sobre el pelo a modo de diadema.

Se quedó sin los amigos que suponía tener y a veces se sentía tan desdichada por ello como por su humillante divorcio.

Se quedó sola.

Y tardó en entender que incluso los amigos tienen dueño legítimo; que por mucho que te adoren los amigos de tu marido, tu relación de amistad con ellos tiene la misma fecha de caducidad que la de tu matrimonio; que hay que tener muy claro, para no llevarse demasiados disgustos, quién ostenta la propiedad de los amigos y quien simplemente los tiene prestados mientras se dén unas determinadas circunstancias.

Fin

viernes, 5 de octubre de 2012

AMIGOS EN PROPIEDAD (1ª parte)

Marta se sentía muy unida a sus amigos, a los que conoció por Nacho cuando empezaron a salir. Eran todos de su pandilla. Fue recibida al principio casi como una exótica novedad, pues a Nacho, con 29 tacos, no se le había conocido novia hasta entonces, pero superada esa fase de pocos meses en la que se sintió observada y casi juzgada, especialmente por ellas, rápido fue acogida sin reservas y con cariño, y encontró al fin en aquella gente las mejores amistades que había tenido nunca.

En efecto, el gran grupo de amigos que se formó aquellos años había surgido partir de la antigua cuadrilla de Nacho, todos colegas desde los tiempos del colegio. Las chicas, en cambio, eran las novias de ellos y se fueron conociendo al empezar a salir, lo que no impidió que surgiera entre todas ellas una amistad entrañable que las unió como hermanas.

Antes de que se dieran cuenta todo el mundo se casó, formando una especie de gran familia que sincronizó su tiempo libre, sus gustos y su maternidad. Todos los críos nacieron en un período de dos años y la panda se transformó en una ruidosa guardería donde se reforzaron más que nunca los lazos de amistad. Marta quedaba al menos tres veces por semana con las otras mamás. Llegaron a juntarse hasta seis y se pasaban horas en el parque o en el Vallsur, tomando café mientras el mini ejército de chiquitines se desfogaba, y deshaciéndose en consejos con las embarazadas o con las que acababan de dar a luz. Se llamaban todo el día por teléfono, iban juntas de compras y hasta se prestaban ropa para las bodas. Aquella época fue para Marta una de las más felices de su vida, en parte porque ella no había tenido demasiadas amigas de soltera y las pocas que conservaba vivían en Bilbao, donde había vivido hasta la adolescencia.

Los puentes, si hacía bueno, solían irse en manada a una casa rural, al norte. Llevaban hasta los bebés de un mes. Marta siempre decía que esos días todos juntos eran lo más parecido a una familia numerosa, a una comunidad en la que todo se compartía. Compraban en común, preparaban juntos los biberones y las comidas, y, a pesar del jaleo y del engorroso reparto de tareas, jamás se vio una mala cara ni una sola discusión. Solamente Luchi o María bronqueaban de vez en cuando a sus respectivos por hablar a todas horas de fútbol o beber demasiado güisqui mientras jugaban al mus por las noches, pero en general las relación entre la gente era como una balsa maravillosa y todos disfrutaban, se echaban una mano en lo que fuera y se partían de risa continuamente, pero sobre todo en la fiesta de disfraces para niños y mayores que celebraban el último día.

Marta tenía también mucho cariño a los amigos de su marido. Los chicos eran estupendos y algunos tuvieron detalles que jamás olvidaría. Cuando aún era novia de Nacho, Fernando coló a su madre en la lista de cardiología y fue atendida primorosamente en el hospital. Quique, por ejemplo, la llevó a Madrid a una entrevista de trabajo un día que Nacho estaba enfermo, y Lorenzo, como trabajaba en la Fundación, siempre se acordaba de ella cuando había una ópera que merecía la pena y le conseguía un par de entradas. Lorenzo era además con quien mejor se llevaba, no solo porque compartían los gustos “culturetas” con los que había un cachondeo y una incomprensión general por parte del resto, sino porque era un chico que sabía escuchar, y por eso Marta a veces le contaba cosas que la tenían preocupada; era de las pocas personas capaz de levantarle el ánimo en los pocos momentos tristes que vivió por entonces, tal era su optimismo y tan irresistible su sentido del humor.

domingo, 29 de julio de 2012

LA MADRASTRA DE LOS CUENTOS


Ya he contado alguna vez que me interesa mucho el trasfondo simbólico, social e histórico de los cuentos infantiles.

Un prototipo bastante recurrente de estos relatos es el de la madrastra malvada. Este personaje aparece en decenas de cuentos de origen medieval, aunque los más conocidos son Hansel y Gretel, la Cenicienta, y Blancanieves y los siete enanitos.

Hay que tener muy en cuenta que en la Edad Media la figura de la madrastra era mucho más frecuente que ahora. En aquel tiempo resultaba muy habitual la muerte de mujeres jóvenes en el parto debido a las precarias condiciones de salubridad y a los escasos avances médicos. Lo más típico al producirse uno de estos fallecimientos es que el marido volviese a casarse para tener a alguien al cuidado de la casa y de los niños.

Es fácil deducir que la llegada de una madrastra al hogar familiar representaba para los niños (destinatarios de los cuentos al fin y al cabo) un duro trauma, no solo por ser un acontecimiento asociado a la muerte de su madre biológica, sino porque en aquella época de familias muy numerosas, penuria económica e intensa competencia por los recursos, una mujer extraña en casa probablemente tendiera a favorecer a sus futuros hijos en perjuicio de la prole nacida de la anterior unión de su marido. En el imaginario popular, sobre todo en el infantil, la madrastra simbolizaba el dolor, la inseguridad, la falta de cariño verdadero, el egoísmo y el favoritismo.

En los cuentos populares, que en el fondo son parábolas simbólicas, aparecen las madrastras para personificar la antítesis de los valores de la maternidad, la fuerza del amor de madre frente a la volubilidad del de padre, el hundimiento de todas las seguridades al faltar la progenitora, la injusticia, la incertidumbre y la necesidad de que los niños espabilaran cuanto antes en una sociedad empobrecida y cruel.