
Ya va a cumplir un año de la llegada de Lucas a la empresa, como jefe de proyecto. Así de primeras a sus compañeros y subordinados les pareció un tío serio, algo estirado, que imponía respeto con esa voz grave y ceremoniosa, con sus trajes severos y su caminar elegante y tan pausado. Pero el respeto se evaporó una mañana de marzo en que Lucas entró al aseo a primera hora. De pronto, en medio del silencio de la pradera solo atenuado por el frenético teclear y por el murmullo de las impresoras, estalló una larga serie de pedorretas, que por su potencia, duración y musicalidad, no parecía un sonido proveniente de un cuerpo humano, sino más bien de un instrumento de viento mal afinado. Toda la sala dirigió su mirada atónita a la pared de los lavabos y, como respondiendo a la expectación, las destempladas flatulencias se repitieron con brío creciente y con registros más variados que los del canto del ruiseñor. Se alternaron, recorriendo todo el pentagrama, notas de trombón, impertinentes resoplidos de trompetilla, gemidos de flauta estropeada, salpicaduras estruendosas, y para terminar, una especie de concierto de batería, inimaginable si no se escucha, al que siguió, por fin, el zumbido de la cisterna.
A los dos minutos regresó Lucas todo tieso pero con el flequillo algo húmedo. Antes de que llegara a su pecera, se oyeron los primeros bufidos de risa contenida e incluso la carcajada irreprimible de algún imprudente. La mayoría se tapaba la boca con la mano y se ocultaba tras el parapeto de su escritorio. El jefe de proyecto notó algo raro y se quedó mirando un rato. Interrogó con la mirada a dos ingenieros que tenía cerca, como diciendo, ¿pasa algo?, pero no obtuvo respuesta, y siguió caminando ceremoniosamente hacia su despacho.
Las detonaciones gástricas de Lucas fueron la comidilla ese día en la cafetería y en el comedor. La gente se retorcía de risa, hasta llorar incluso, recordando el recital de pandero, bombo y timbales con que les había obsequiado su superior. Algún compañero intentó emular los ruidos, haciendo canuto con los dedos y soplando escatológicamente, pero no tuvo demasiado éxito, pues el virtuosismo y la riqueza de matices del intestino de Lucas eran inimitables.
Pero la cosa no terminó ahí, ni mucho menos, ya que desde entonces, dos veces a la semana (rara vez tres) y casi siempre los lunes y los jueves a las 9 en punto, Lucas ejecuta su impúdica partitura entre el jolgorio general. Es cierto que el personal ya se ha habituado a las explosiones y que el pitorreo se ha mitigado bastante a fecha de hoy, pero estos fenómenos, que algunos consideran paranormales, han tenido consecuencias indelebles.
Me refiero a que el flamante jefe de proyecto ha perdido no poca credibilidad social, como lo demuestra el hecho de que, salvo en su presencia, todo el departamento se refiere a él con el expresivo e injusto mote de Porky. Otra prueba de que los técnicos a su cargo no le guardan la deferencia debida es la gamberrada que perpetró Salinas a los pocos meses de comenzar a manifestarse las singularidades estomacales de su jefe. Un lunes por la mañana lo siguió hasta el servicio y, tras asegurarse de que ya se había encerrado y sentado en la taza, se introdujo en el cuarto de baño y lo grabó todo en un archivo de audio acercando lo que pudo su móvil a la puerta. Ni que decir tiene que la grabación se difundió ampliamente por toda la empresa, pero es que además el bellaco de Salinas se la puso como tono de llamada, llegando a producirse una situación de lo más bufa durante una reunión de trabajo. Estaban reunidos una tarde Salinas, Lucas y otros cinco programadores cuando comenzó a sonar el teléfono del primero y se produjo un silencio violentísimo en el que se oían con toda claridad las recias ventosidades. Salinas, refrenando a duras penas las risotadas, no acertaba a silenciar el móvil, y al fin Lucas, imperturbable, exclamó:
- ¿Pero qué tono tienes puesto, hijo? ¡Qué cosa más rara! Son como portazos y aullidos, ¿no?
4 comentarios:
Muy olístico todo.Muy bonito.Cagar es un rito ceremonial, placentero que merece tiempo, intimidad y respeto. Y a poder ser un periódico y una radio de compañía.
Mi compañero de trabajo celebra con algarabía mis salvas de honor previas al parto.
El cabrón grita línea ó bingo!!!
Todos somos Lucas.
Un compañero estaba harto de dejar el ABC con el que venía a trabajar a todo el mundo. Pero se acabó su problema cuando divulgó que acostumbraba a leerlo sentado en la taza nada más fichar. Hasta hubo quien creyó ver manchas sospechosas en la portada.
Si si portazos y aullidos, sabía poco el otro. A mi me pasó hace poco con un jefe y desde entonces mantenemos las distancias... esto en mi pueblo se le llama un auténtico cerdo, cerdo es y cerdo dirige y cerdo se jubilará. Un abrazo
Acaso los que se reian de ese jefe no cagan y/o se tiran pedos?
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