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martes, 26 de julio de 2016

DOS CATEGORÍAS

Definitivamente los españoles pueden dividirse en dos grandes grupos en función de su actitud y grado de permeabilidad hacia las nuevas tecnologías: los que al pronunciar Whatsapp acentúan la primera "a" y los que acentúan la segunda.  

viernes, 11 de septiembre de 2015

CUITAS DE UN BLOG EN FACEBOOK




Desde hace dos años puede seguirse La pluma viperina a través de Facebook. Mi experiencia con el blog en esta red social ha sido hasta ahora bastante agridulce.

Por un lado es una herramienta interesante en la medida que permite estudiar la reacción  espontánea del público ante cada post, averiguar rápidamente qué contenidos gustan y cuáles dejan indiferente al personal. Esto está muy bien, ya que este feedback instantáneo y a veces masivo permite enriquecer las temáticas, mejorar los enfoques y afinar las habilidades comunicativas. Al fin y al cabo el principal objetivo de cualquier bitácora es ser leída.

Pero publicar el blog en Facebook también tiene efectos, a mi juicio, perjudiciales. Tenemos una tendencia instintiva a creer que una entrada con cinco mil Me gusta siempre será mejor que otra con solo cinco, y no es cierto. La popularidad en la red de Zuckerberg resulta engañosa y demasiadas veces está reñida con la calidad. Para obtener audiencia en un medio tan multitudinario y poco selectivo suele ser imprescindible sacrificar matices, profundidad, extensión y nivel intelectual en los temas tratados, y además siempre está la tentación, a menudo invencible, de recurrir a ciertos trucos cutres (pero efectivos), como los títulos impactantes o las fotos sensacionalistas. Este comportamiento adaptativo puede terminar menoscabando el pedigrí y la independencia de un blog.

Aunque no siempre es así. Debo reconocer que cuando me curro un post, Facebook suele premiármelo, igual que castiga con su indiferencia mis textos más anodinos. 

Lo que es innegable es que el nivel medio de los usuarios del Caralibro es más bien bajo, y que, por lo general, tienen mucha más aceptación las ideas simples, la actualidad del último segundo, el morbo y la información masticada y remasticada que los artículos o ensayos de cierta enjundia o que pretenden invitar a la reflexión. 

Por ejemplo, me parece muy ilustrativo lo sucedido estos dos últimos días con mi polémico post Refugiados maricones, que ha tenido una inusual acogida en Facebook. La entrada ha sido compartida por cientos de personas y ha recibido un ingente número de comentarios. Al principio me halagó este pequeño éxito, pero la vanidad solo me duró hasta que leí las casi cien intervenciones. Más del 80% de los comentaristas (a favor y en contra casi en igual proporción) demostraban un porte intelectual de muy bajos vuelos. Un lenguaje de SMS, faltas tipográficas y ortográficas, destrozos gramaticales e inculturas supinas orgullosamente evidenciadas contrastaban demasiado con la forma y el fondo impecables que caracterizan a los comentarios, mucho menos numerosos, de la pagina del blog. Ni un solo comentario de Facebook me hizo pensar ni medio segundo, ni plantearme nuevas perspectivas del problema de los refugiados.

Dicen que Facebook está dejando en los huesos a los blogs personales porque es un medio más inmediato, intuitivo y ágil, en el que se puede opinar más rápido y dejar un Me gusta en vez de molestarse en escribir texto, pero no sé, qué queréis que os diga, yo me siento muy orgulloso del caché de los seguidores de la versión blog de La pluma viperina y de la riqueza de su zona de comentarios, mientras que la súper plataforma social americana me recuerda a una charca de ranas, a una casa de putas, a una asamblea de Podemos.

martes, 24 de febrero de 2015

MUSEOS

Museo del Pan en Mayorga (Valladolid)

Acabo de leer que el alcalde de mi ciudad se plantea cerrar el museo municipal taurino, puesto que “no cuadran los números” con una media de un visitante al día. Yo no sé si avergonzarme de admitir que, aunque me gustan los toros, en mi vida he visitado este museo.

La noticia me lleva a pensar instintivamente en otros museos locales y provinciales que conozco. Por ejemplo, hace poco he visitado el Museo del Pan en Mayorga y el Museo del Vino en Peñafiel y, para qué engañarnos, ambos me han parecido bastante lamentables. Por supuesto que ofrecen una información de interés (no sé si general), pero es obvio que estos centros y otros muchos están descaradamente sobredimensionados en cuanto a gastos, personal y promoción, y que no pasan de ser un puro escaparate de las políticas culturales y turísticas de la administración correspondiente. Cuando fui a verlos era festivo y temporada alta y casi había más guías y personal atendiendo la taquilla o la tienda que visitantes.

¿A qué se debe esta situación? Existen varias explicaciones al fracaso rotundo de buena parte de los museos y recursos turísticos gestionados por nuestras administraciones y al hecho de que, a pesar de su artificialidad y de su escaso atractivo para el público, sigan manteniéndose abiertos. La principal razón es el empeño de los políticos en desarrollar acciones turísticas y divulgativas a cualquier precio, haya o no contenidos que las sostengan e independientemente de los gustos de los ciudadanos. Otro problema es el enfoque erróneo que suele darse a los museos.

Puede parecer exagerado, pero es que en este país hasta el alcalde de un poblacho aislado en un secarral y sin la menor trayectoria histórica se siente obligado a ofertar, al precio que sea, un catálogo de rutas medioambientales, centros museísticos y recorridos culturales o gastronómicos con la pretensión de atraer turistas. Otras veces los recursos ofertados sí son valiosos; por ejemplo la cultura vitivinícola es fundamental en Valladolid y merece la pena divulgarla. La cuestión es si al vallisoletano o al español medio le apetece pasarse una mañana aprendiendo los tipos de uva, rememorando las fases de la vendimia o leyendo paneles sobre la diferencia entre un crianza, un reserva y un gran reserva. Es muy habitual que los museos, aun teniendo un fin plenamente justificado, respondan a un perfil más "expositivo" que museístico, es decir que no exhiban objetos, obras ni elementos curiosos, sino que se limiten a mostrar textos, fotos y materiales interactivos que no aportan ningún valor añadido al visitante, pues seguramente toda esa información tan poco original podría encontrarla navegando en Internet. Otro de los errores más funestos es enfocar los contenidos casi exclusivamente a la comunidad escolar, lo que desincentiva a muchos potenciales interesados en la materia.

Interior del Museo del Vino en el Castillo de Peñafiel (Valladolid)

Lo que parece evidente es que en plena era tecnológica, en la que vemos de todo a diario y nuestra capacidad de sorpresa es ya muy limitada, un museo solo podrá ser sostenible si de verdad consigue impactar a los visitantes ofreciéndoles algo nuevo, material con muchísimo valor o interés, e informaciones inéditas o al menos organizadas o mostradas de forma especialmente original. Tampoco debe olvidarse que la gente no es idiota y que el nivel cultural de la población se ha disparado en las últimas décadas, por lo que diseñar museos excesivamente didácticos y simplones (que es la práctica habitual) siempre conllevará el riesgo de que no lo visite nadie. Y por último, por muchas pantallitas, nuevas tecnologías y espectáculos de luz, sonido y color que tenga un museo y, sobre todo, por muy impresionante que sea el edificio que lo alberga, lo que más atrae al personal es saber que los contenidos expuestos no los va a encontrar en ningún otro sitio. A admirar los cuadros del Louvre iría medio mundo aunque los colgaran en una nave industrial,  pero al Museo del Queso de Villalón de Campos seguiría sin ir absolutamente nadie aunque lo montaran en el más suntuoso palacio. Bueno, sí, acudirían a ver el palacio, pero no el museo, igual que pasa con lo del vino en Peñafiel, que la gente va solo por el castillo aunque luego, para matar la tarde, se saque una entrada para la exposición.

Aunque, claro, yo aquí solo estoy hablando de las razones por las que algunos museos son económicamente insostenibles, porque otra cosa bien distinta, y que daría para un rico debate, es delimitar hasta qué punto algunos de estos centros cumplen una misión de servicio público y, por lo tanto, deben financiarse y mantenerse abiertos, con pocas o muchas visitas, para garantizar el derecho de todos los ciudadanos a acceder a ciertos bienes culturales, sean o no de interés para el gran público. En cualquier caso me temo que los ejemplos que he puesto en esta entrada no cumplirían los requisitos.

Cuestión curiosa también es la forma que tienen los poderes públicos de mantener activos ciertos museos que no tienen el menor poder de atracción pero que interesa salvar como sea por distintas razones políticas, de imagen o de compromiso con determinados sectores o colectivos. El truco habitual para “dinamizarlos” es el viejo método “Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como”, que consiste en organizar continuas visitas de alumnos de centros educativos públicos de toda la comunidad autónoma e incluir la actividad en todos los programas de viajes para mayores organizados por la Administración. De esta manera tan peculiar se sostienen de manera ficticia instalaciones y puestos de trabajo que nos cuestan a todos una pasta, además del prurito de contar en la localidad con una Casa del Cangrejo, una flamante Exposición Permanente de Piedras de Mechero, un Centro de Interpretación de la Babosa Ibérica, un Aula de los Derechos de la Mujer o un faraónico Museo de la Ciencia.

domingo, 22 de febrero de 2015

FOTÓGRAFOS DE PRENSA




Está claro que la fotografía profesional ya no es y cada vez será menos un negocio. La irrupción del formato digital, el abaratamiento de los equipos y el efecto Internet han disparado el número de aficionados y además han supuesto que tomar una instantánea de alta calidad deje de ser privilegio de unos pocos iniciados con amplios conocimientos técnicos para estar al alcance de cualquiera con una camarita decente y un mínimo de interés. A los que tienen abierto un estudio fotográfico y viven de cubrir bodas y otras celebraciones familiares yo les auguro un futuro tristísimo, y a los fotógrafos de prensa en cierto modo también.

En efecto, el periodismo gráfico está sufriendo las consecuencias de esta democratización de la fotografía y de la difusión de millones de imágenes anónimas (y muy buenas) en las redes sociales. Una de las pruebas más irrefutables es esa práctica tan extendida últimamente entre los medios de comunicación, tanto escritos como televisivos, de pedir al público que envíe por email sus mejores fotos de eventos culturales, monumentos o paisajes. Así el periódico o la cadena de televisión de turno reciben a diario y sin ningún coste un ingente número de magníficas instantáneas de sus lectores o telespectadores que utilizan para ilustrar sus noticias y reportajes sobre el tiempo, deportes, conciertos, fiestas o celebraciones públicas. Todos sabemos que en los canales españoles de televisión hay programas meteorológicos o de sucesos de máxima audiencia basados prácticamente en el material gráfico remitido gratis et amore por pobres aficionados anónimos que, salta a la vista, valoran muy poco su habilidad con la cámara, pues se conforman con el dudoso honor de ver su obra en pantalla o en papel de imprenta para gloria y beneficio de los grandes holdings de la comunicación. 

Pero no se trata de lo mezquina que pueda parecerme esta estafa con todas las letras, en la que los entusiasmados paisanos regalan al periódico local sus más bellas imágenes de la Semana Santa de Zamora, y la cabecera no solo no tiene el más mínimo detalle material con ellos, sino que encima se hincha a vender ejemplares gracias al súper reportaje de cien fotos artísticas escogidas entre las dos mil recibidas. Lo verdaderamente alarmante es que andado un tiempo los medios prescindirán de fotógrafos profesionales en sus plantillas y se nutrirán de una amplia y difusa cantera de colaboradores a los que quizá ni conozcan, con los que contactarán a través de Internet y suscribirán (en el mejor de los casos) contratos mercantiles con escasas garantías, si es que toda esta actividad no acaba desenvolviéndose en las negruras de la economía sumergida.

sábado, 27 de diciembre de 2014

VICIOS




Hay quien dice que todos tenemos algún vicio y que la vida sería imposible de sobrellevar sin la válvula de escape de los pequeños o grandes vicios. Alcohol, drogas, tabaco, sexo, juego, comida, compras, Internet, móvil, videoconsola, ropa, trabajo, deporte… Algunos tienen que ver con la dependencia, mayor o menor, de ciertas sustancias; otros, con la satisfacción compulsiva de necesidades fisiológicas, y los hay que pertenecen al mundo de las obsesiones.

Los vicios no deberían meterse todos en el mismo saco, pues aunque es cierto que los hay muy peligrosos y potencialmente destructivos, otros son (o parecen) más bien inocentes, como la pasión por los dulces, el café o el fútbol, aunque quizá la peligrosidad tenga un componente demasiado subjetivo y la amenaza no esté en el vicio en sí, sino en el vicioso. En efecto hay personas en las que cualquier inclinación pronto se convierte en manía y después en adicción sin solución de continuidad, mientras que otras siempre saben mantener sus frenesís a raya. Los individuos con más riesgo de volverse dependientes de cualquier cosa son aquellos con un grave déficit de fuerza de voluntad o los que atraviesan momentos bajos o depresiones.

Hay mucho que indagar sobre los vicios humanos.

¿De verdad todos tenemos vicios? Yo no lo creo. Conozco bastantes personas que no están subyugadas, ni en la más mínima medida, por ninguna de estas servidumbres. Quizá es verdad que en muchos casos se trata de gente que no necesita válvulas de escape porque no tiene de nada de lo que escapar: están muy satisfechos con su vida, pasan por pocos tragos desagradables y, sobre todo, están tan ocupados que no tienen ni media hora para expansiones superfluas. Un factor clave en relación con determinadas conductas y obsesiones es el nivel de ociosidad. Ya dice el refrán que “hombre parado, malas ideas” o que “cuando el demonio no tiene qué hacer, con el rabo espanta las moscas”, en referencia a la relación evidente entre inactividad y vicio. En la crisis que aún padecemos, los altos índices de desempleo han disparado el alcoholismo, el consumo de sustancias psicotrópicas y la promiscuidad juvenil.


 Otra cuestión interesante es la mayor propensión a enviciarse de los hombres frente a las mujeres. Hay muchos más varones alcohólicos, drogadictos o con cualquier otra dependencia grave. Incluso si hablamos de pequeñas manías, a mí me parece obvio que nosotros somos mucho más proclives que ellas. ¿Tal vez somos más infelices o más débiles? He pensado que pueda ser una cuestión cultural y que este hecho se explique por la mayor tolerancia social hacia los excesos del hombre debido al duro trabajo físico que este debía desempeñar, o, a sensu contrario, por el mayor control social al que estaban sometidas las mujeres, tanto solteras como casadas, exigiéndoseles una cota de virtud incompatible con cualquier devaneo. Es posible también que los vicios masculinos sean más ostentosos, especialmente los relacionados con la líbido, mientras que ellas hayan sido siempre más discretas o más hipócritas. Yo no lo acabo de ver claro, pero el caso es que a mi alrededor veo muchos hombres con los frenos descacharrados para unos cuantos “hobbies” y, en cambio, encuentro que la inmensa mayoría de las chicas no sufren estos desequilibrios y parecen más capaces de cumplir sus obligaciones cotidianas sin la ayuda de mecanismos de desahogo.

Pero lo que más me interesa a mí de este tema es la subjetividad que he apuntado al principio, y que no solo se traduce en que haya personas con mayor tendencia a encenagarse que otras, sino en que la sociedad no tiene la misma percepción de unos viciosos que de otros. Lo cierto es que solemos tener una actitud farisaica y egoísta hacia las adicciones humanas. Lo que en realidad nos preocupa no es que uno de nuestros semejantes comprometa su vida o su salud física o mental por culpa de su dependencia de los licores, de las drogas o de las putas, sino que su comportamiento nos perjudique a los demás. La heroína en los años setenta y ochenta del pasado siglo, por ejemplo, jamás habría pasado de ser un drama familiar íntimo para los afectados a un problema de interés nacional si los toxicómanos hubieran sido millonarios y no hubieran necesitado delinquir para obtener sus dosis. Con el sexo y el juego pasa parecido: si a un soltero sin hijos le da por putañear diariamente o fundirse todo su sueldo en el póker, endeudándose hasta lo imposible, a todos nos importa un higo. Solo saltan las alarmas cuando estas depravaciones salpican a terceros, o sea cuando hay una esposa públicamente cornuda, unos hijos con la manutención en juego o unos parientes con la herencia peligrando.


En resumen, tengo la impresión de que en nuestra sociedad los vicios solo empiezan a percibirse como negativos o peligrosos cuando la mierda puede esparcirse y pringar a terceros, lo que en la practica implica una mayor benevolencia hacia el enviciamiento de los ricos que hacia el de los pobres, ya que aquel no suele repercutir hacia el exterior, mientras que este puede derivar fácilmente en la desestructuración familiar y en la marginación, con todo lo que ello implica para la comunidad en su conjunto a nivel de gasto asistencial y peligrosidad criminal entre otras consecuencias.

viernes, 19 de septiembre de 2014

PSICOLOGÍA DE LAS FOTOS



Igual que existe la grafología para determinar, a través de la escritura de un individuo, los rasgos de su carácter y personalidad, tendría que haber otra disciplina (y sería mucho más rigurosa) que dedujese los atributos psicológicos de las personas basándose en la actitud, postura y gestos que adoptan posando en las fotos, de forma que estudiando unas cuantas instantáneas en las que salga un señor pudiéramos establecer científicamente si es un sujeto equilibrado, educado, discreto, modesto o inteligente, o si, por el contrario, se trata de un acomplejado, un vanidoso, un notas o un descerebrado.

En tiempos, no tan lejanos, en que la gente no se hacía más fotografías que la del carné de identidad o, si acaso, alguna suelta en los viajes de vacaciones, no podía sacarse ninguna conclusión certera de la observación de estas pocas imágenes. Todo el mundo puede tener un día tonto o estar con mala cara en un momento determinado, así que cuando veíamos una foto de alguien despeinado, haciendo el capullo, con semblante de proxeneta, con posturita de portada de disco, o, en el caso de ellas, con pose de modelo o de semiprostituta, nos echábamos unas risas y exclamábamos: “¡anda, qué mal ha salido Fulanito/a!, ¡vaya pintas!”.

Pero en la era de las redes sociales ya no tiene razón de ser un comentario tan cauteloso, pues ahora podemos acceder, por ejemplo a través de Facebook, a cientos de fotos de nuestros conocidos, y comprobar que quien parece gilipollas en una imagen generalmente también lo parece en las otras cuatrocientas que comparte en su perfil. Con tanto material disponible, ya no cabe hablar de mala suerte.

En efecto podrían esbozarse auténticos diagnósticos psicológicos y hasta psiquiátricos repasando los álbumes del personal. 

Una primera pista sobre el desajuste mental de alguien nos la da la presencia en su cuenta de un número llamativo de retratos personales. Colgar muchas fotitos con el grupo de amigos, la familia o la novia puede considerarse cansino o poco prudente, pero entra dentro de la normalidad. Al contrario, salir casi siempre solo denota el egocentrismo inquietante de quien está encantado de haberse conocido. Si encima se abusa del formato selfie, podemos tener la seguridad de que el autorretratado es, como mínimo, un estúpido de primera división.

Las actitudes del fotografiado constituyen igualmente una valiosa fuente de información clínica. La vanidad, que es el mayor defecto femenino, adquiere tintes caricaturescos en las social networks, sobre todo cuando la que cuelga veinte instantáneas tumbada en bikini en una hamaca, poniendo morritos y entornando los ojos a lo Scarlet Johansson, es una señorita con sobrepeso, sin tetas o con cara de mandril. Pero no solo, puesto que también las chicas monas nos dicen muy poco de sí mismas difundiendo indiscriminadamente sus pases de modelos, sus miraditas afectadas, sus escotes y sus guiños sensuales; en el mejor de los casos, que son chicas superficiales, poco sencillas y obsesionadas por el físico. No tiene sentido llenar tu página con este tipo de fotografías salvo que vivas de la pasarela.


Pero esta manía de poner fotos haciéndose el guay no es exclusiva de ellas. En bastante menor medida podemos ver a alguno de nuestros amigos llenando su muro con imágenes de vergüenza ajena en las que se muestra con ademanes gorilescos, marcando camiseta después de su sesión de gimnasio o con el torso descubierto, en plan Tarzán, sin ningún contexto de playa o piscina que lo justifique. En los hombres también se suele dar un exhibicionismo más de tipo intelectual, en el que no se presume de belleza o de cuerpo, sino de ser un tipo intenso, culto o interesante. Todos tenemos en mente esos primeros planos del rostro con una sonrisilla enigmática, la palma en la mejilla, el cuello ladeado, la mirada reconcentrada, gafitas de ensayista reconocido y, en definitiva, con pinta de imbécil al cuadrado cuando no de maricón.

Es la falta de naturalidad en un retrato la que más nos habla de los defectos de alguien.

Capítulo aparte merecen las fotos de mascotas, de parejitas empalagosas y de bebés y niños pequeños que inundan las cuentas de las redes sociales y que nos suben el nivel de azúcar hasta límites intolerables. Hay demasiada gente que con el material gráfico que comparte de forma indiscriminada simplemente nos está demostrando sus obsesiones, su falta de medida, su irresponsabilidad y lo poco que respeta su propia intimidad personal.


No tengo ninguna duda de a todos se nos están ocurriendo muchos otros ejemplos divertidos que os agradecería que compartierais.

viernes, 29 de agosto de 2014

CIBERGENEROSIDAD


Tanto la generosidad como la mezquindad se notan en los mínimos detalles de cualquier comportamiento. Incluso en la forma de utilizar Internet hay personas que demuestran un gran altruismo y otras que se retratan como ruines y cicateras.

Algunos internautas manejan la red de redes bajo el lema "recíbelo todo sin dar nada a cambio". Descargan todo tipo de contenidos sin subir un solo mega. Acceden continuamente a los perfiles, datos y fotos de otros usuarios de redes sociales pero mantienen su propia cuenta cerrada a cal y canto. Avasallan con sus dudas en los foros buscando ansiosamente solucionar su problema y luego ni dan las gracias a quienes dedican su tiempo a responderles ni, por supuesto, publican jamás ninguna información útil. Pretenden que sus blogs se llenen de comentarios pero rara vez comentan en las bitácoras ajenas o, si lo hacen, se nota a la legua que solo quieren darse publicidad.

Son muy fácilmente identificables por su conducta: jamás publican ni una línea en Internet si no es para obtener un beneficio del tipo que sea.

Cuando empecé a manejarme en los cibermundos y no tenía ni idea, un amigo me instaló la famosa aplicación P2P Emule. Me enseñó a bajarme películas pero me advirtió: “Cuando te hayas descargado una, no la quites de la carpeta inmediatamente. Hay una regla ética no escrita de que debes compartirla al menos unos días, dejar que los demás se la bajen de tu pc”. Me pareció curioso el consejo, pero muy lógico.

Como dije el otro día, yo he aprendido mucho gracias a Internet, sobre todo informática, aunque también otras materias como cine, ornitología o historia, y ha sido casi siempre gracias a la labor desinteresada de unos cuantos cibernavegantes que comparten sus conocimientos y sus experiencias en los foros o en sus blogs. También en demasiadas ocasiones he podido hacer una buena compra o elegir bien un hotel gracias a que un experto, sin ganar nada a cambio, ha hecho una crítica del artículo que me interesaba, o a que un viajero se ha tomado la molestia de comentar en una web las ventajas y defectos de su alojamiento. Otras veces los foros me han enseñado a hacer alguna tarea (chapuzas domésticas, recetas, nudos de corbata, manejo de un programa…). Los tutoriales y los vídeos de Youtube pueden llegar a ser utilísimos.

Por eso pienso que es de sentido común y de una mínima moralidad aportar nuestro granito de arena para ayudar a otros en Internet. Aunque no nos demos cuenta, todos tenemos alguna habilidad o somos expertos en algo, ya sea en el campo profesional o del ocio, y en alguna medida podríamos poner en común lo que sabemos para que los demás lo aprovechen. Al menos, todos somos usuarios de servicios o consumidores de bienes, y no cuesta dejar nuestra opinión, en un par de minutos, sobre el viaje que hemos contratado, el restaurante donde hemos comido, la peli que acabamos de ver o el producto que hemos comprado en Amazon.

domingo, 10 de agosto de 2014

SER CULTO YA NO TIENE MÉRITO



Hablando ayer sobre blogs con un tipo muy instruido, aunque algo petulante, me venía a decir que ahora con Internet “ser culto no tiene mérito” porque hasta el más cateto puede acceder en pocos segundos a cualquier información y escribir luego un post con tal amplitud de detalles, datos técnicos y fechas que le hagan parecer muy cultivado aunque acabe de leerlos por primera vez. 

Esta afirmación tiene una parte muy cierta y otra perversa.

No niego que el acceso indiscriminado a la información sobre una materia, y su manejo e interpretación por profanos, puedan causar serios inconvenientes o, como mínimo, resultar patéticos. La Red está infestada de internautas que se ve a la legua que tratan de informarse pero que ni pueden ni saben asimilar lo que leen, ni mucho menos expresarlo adecuadamente en sus entradas o intervenciones en los foros virtuales.

Sin embargo, afirmar que “ser culto ya no tiene mérito” tiene unas connotaciones elitistas que no acaban de gustarme. La frase lleva implícita una cierta añoranza de los tiempos en que el acceso a la información y a la cultura estaba restringido a los pocos que ostentaban el poder o disponían de medios económicos. Es como quejarse de que ahora todo el mundo pueda enterarse de todo, conocer sus derechos, aprender cosas nuevas cada día o satisfacer sus inquietudes culturales con un simple click.

Está claro que Internet no va a convertir en doctores universitarios a los internautas, pero digo yo que será preferible que un señor conozca sobre la Primera Guerra Mundial las cuatro cosas que ha leído en tres minutos en Wikipedia a que siga el resto de su vida sin saber ni la fecha ni los países que se enfrentaron.

La grandeza de la Red es que, con todas sus limitaciones, nos ha ayudado a todos a resolver muchas dudas y problemas, ha avivado nuestra curiosidad por mil temas y nos ha hecho mucho más cultos. 

Aunque parece que a algunos les jode perder el monopolio del conocimiento...

domingo, 20 de julio de 2014

COMPETENCIA DESLEAL

Nos gustará más o menos, nos adaptaremos mejor o peor, pero el comercio electrónico es el futuro y los modelos de negocio de toda la vida se quedan obsoletos por segundos. Hoy ya es casi ridículo comprar tecnología en una tienda física, las agencias de viaje han caído en picado y hasta las tiendas de ropa se plantean cobrar por entrar porque saben que la gente solo mira o se prueba las prendas pero luego se las compra on line en la competencia. Internet ha revolucionado el mercado y quien no sepa acoplarse a las nuevas reglas del juego se quedará tirado en la cuneta. 

El nuevo escenario económico tiene importantes ventajas pero también serios inconvenientes muy difíciles de atajar. Comprar un artículo o contratar un servicio por Internet es más barato, rápido y cómodo, pero hay que tener presente la otra cara de la moneda en forma de posibles fraudes, reducción de las garantías de los consumidores y conductas de competencia desleal y evasión fiscal. Ya si entramos en el terreno de las relaciones laborales, el lado oscuro de la red de redes puede adquirir tonos siniestros en la medida que favorece el contacto directo entre trabajadores y empresarios y, en consecuencia, el abuso de posición, la contratación irregular y la explotación. Un neoesclavismo. 

Oigo a muchas personas con negocios quejarse del comercio on line y de los ciber servicios, y a la hora de valorar sus quejas siempre intento preguntarme hasta qué punto responden a su inmovilismo e incapacidad de adaptación a las nuevas circunstancias, y hasta dónde son protestas legítimas contra la competencia injusta de quienes, amparados por el etéreo ciberespacio, eluden o infringen las obligaciones legales y fiscales que a ellos les asfixian.



El sector del taxi está sufriendo la competencia de los coches "piratas" ofertados por Internet
Ayer mismo, un conocido mío despotricaba amargamente por estos temas. Se trata de un joven que hace cuatro años, tras denodados esfuerzos y gracias a un préstamo familiar, consiguió abrir su negocio en el centro. Al principio fue tirando pero ahora comprueba desolado que el caro servicio que él presta se ofrece a un tercio de su precio en ocho o diez páginas “piratas” de la ciudad, por profesionales (o no profesionales) que no pueden o no quieren abrir tienda ni declarar sus ganancias. “Es la ruina”, nos decía. “Yo aquí pagando mi alquiler y mis impuestos, mientras que estos cabrones se lo llevan todo crudo y encima no ofrecen ninguna garantía. Voy a tener que cerrar”.

La cuestión es que casualmente la mayoría de "estos cabrones” hacen su trabajo igual o mejor que él; que mi conocido llora mucho pero se olvida de mencionar que tiene a dos chicos currando en su negocio a cambio de un sobre, sin alta en la Seguridad Social ni leches, y, sobre todo, que cuando cierre su chiringuito, a final de año como muy tarde, él va a hacer exactamente lo mismo que sus competidores irregulares. Seguramente por esto último prefiere no denunciarlos aunque los tiene perfectamente identificados.

Luego ya podríamos preguntarnos hasta qué punto es tan inmoral, con la que está cayendo, que los parados sin prestación y sin ahorros azucen su ingenio y traten de buscarse la vida en Internet haciendo lo que mejor se les da. Aunque sea un sector muy distinto al de este hombre, me estoy acordando de los taxistas ilegales que también se contratan en webs de dudoso origen y que tienen en pie de guerra a los profesionales del volante de Madrid y de Barcelona. No sé, pero a lo mejor si no metieran las clavadas que meten en los aeropuertos, la gente no recurriría a estas cutrerías que, por otra parte, dan de comer a muchas familias a las que nadie ofrece otra solución.

jueves, 27 de marzo de 2014

REGLAS DE USO DEL GUASAP

No negaré que es una gran ocurrencia. Pero no me voy a dedicar a cantar las alabanzas de un invento que, además, no es tal puesto que previamente ya existían otras aplicaciones de mensajería instantánea también gratuitas. Simplemente querría explicar unas sencillas normas de sentido común que, si todos las aplicáramos, no transformarían una excelente herramienta en una máquina de tortura.




  1. La gente normal no tiene por qué andar de fiesta a las cinco de la mañana y, sin embargo, está en todo su derecho de dejar encendido su teléfono, sin darte explicaciones, ya sea para emergencias, asuntos familiares,... NO ENVIARÁS MENSAJES A HORAS INTEMPESTIVAS.


  2. Los grupos de trabajo son para trabajar; bombardear grupos de este tipo con fotos de gatitos solo conseguirá que los mensajes importantes pasen inadvertidos. NO ENVIARÁS GILIPOLLECES A GRUPOS CREADOS PARA ASUNTOS SERIOS.


  3. Como bien explicó Al Neri en su día, se pueden enviar varias frases en un único mensaje de tal forma que el teléfono no suene diez veces seguidas y el receptor no deje lo que esté haciendo pensando que es algo importante. NO ENVIARÁS MÁS DE UN MENSAJE PARA TEMAS NO URGENTES.


  4. Las personas normales tienen una vida que no está centrada en su teléfono. Quizás reciban tu mensaje o incluso estén «en línea» y no contesten. No pasa nada; no es que te ignoren. Si tan importante es para ti la contestación, gástate unos céntimos en llamar. NO ENVIARÁS ASUNTOS QUE CONSIDERES IMPORTANTES Y ESPERARÁS ASFIXIADAMENTE LA RESPUESTA MIENTRAS PIENSAS COSAS RARAS.


  5. Es ridículo mantener una conversación de más de cinco minutos con una persona a base de mensajitos. Si de verdad te interesa, llama. ¿O acaso eres un despreocupado para el cual el dinero vale más que el tiempo? NO MANTENDRÁS CONVERSACIONES INTERMINABLES POR GUASAP PARA NO GASTARTE TREINTA CÉNTIMOS.


  6. En Internet existen otras formas de red social como los foros o los blogs, usados por quien de verdad desea conocer opiniones e intercambiar pareceres. NO CONVERTIRÁS LOS GRUPOS DE GUASAP EN TU BLOG PARTICULAR.


  7. Si es de mala educación dejar a cualquiera con la palabra en la boca, podemos imaginarnos lo que supone estar de tertulia con los amigos y no atenderlos para mirar la última chorrada que nos hayan enviado. NO USARÁS EL GUASAP EN EL BAR EN CUALQUIER MOMENTO U OCASIÓN.


  8. Millones de personas en el mundo carecen de alimentación básica. Por ello, el momento de la comida debe ser respetado. NO USARÁS EL MÓVIL EN LA MESA.


  9. Tan importante para un buen profesional es serlo como parecerlo y existe una gran diferencia entre acudir al trabajo e ir a trabajar. NO USARÁS EL GUASAP EN HORAS DE TRABAJO PARA ASUNTOS NO LABORALES.


  10. Uno de los pilares de cualquier relación sentimental seria, sana, madura y estable es la mutua confianza entre el hombre y la mujer. Además, alguien a quien le comprometa un mensaje de móvil y no lo borre, es tan tonto que sus genes no merecen prevalecer en el mundo. NO COTILLERÁS EL TELÉFONO DE TU CÓNYUGE.

Estas diez sencillas reglas se resumen en otras más simples aún: USARÁS ANTES EL SENTIDO COMÚN QUE EL MÓVIL; INTENTARÁS TENER UN VIDA PLENA DISTINGUIENDO LAS NECESIDADES REALES DE LAS CREADAS y LA PUNTUALIDAD Y LA FORMALIDAD SON VALORES ETERNOS CUYO DESPRECIO NO SE PUEDE DISCULPAR PULSANDO UNAS TECLAS.

domingo, 22 de diciembre de 2013

LOS RECUERDOS MÁS VIEJOS DE INTERNET




Desde hace un tiempo proliferan en Internet, sobre todo en las redes sociales, todo tipo de contenidos nostálgicos relacionados con los años 70 y 80 del pasado siglo. En mil bitácoras, páginas de Facebook o presentaciones enviadas masivamente por correo electrónico se rescatan y homenajean series televisivas, concursos, humoristas, grupos musicales, personajes infantiles, juguetes, juegos, ropas, vocabulario, material escolar, golosinas, bebidas y costumbres de la época en que fuimos niños los que ahora rondamos los 40. El sitio más emblemático de todos es Yo fui a EGB, del que me declaro fan incondicional.

Viendo esta auténtica invasión de recuerdos setenteros y ochentenos, alguna vez me he preguntado por qué en la Red apenas se encuentran referencias similares a otras épocas más recientes (por ejemplo, los 90) o más antiguas (los años 60, en los que además ya había tele). Pero no, la añoranza virtual parece estar monopolizada por el período de vigencia (1970-1990) del modelo educativo implantado por la Ley Villar Palasí.
 
Me respondo a mí mismo suponiendo que los recuerdos noventeros son demasiado recientes como para producir melancolía entre quienes tuvieron su infancia en esa época, y que los críos de los 50 y los 60 han sufrido de mayores la brecha digital generacional, o sea que en su gran mayoría no se manejan con las nuevas tecnologías con la suficiente soltura como para inundar la red de redes con sus evocaciones.

También influye notablemente en este fenómeno que en los años 70 alcanzó su cúspide la cultura desarrollista y se produjo el baby-boom. En aquellos tiempos se multiplicaron la oferta televisiva y el consumo, y vivió su edad de oro la industria juguetera. Los que íbamos al cole por entonces tuvimos muchos más cachivaches, chuches y programas en la tele que nuestros padres y por eso ahora contamos con más material para la nostalgia.

En definitiva, que los recuerdos de infancia de mi generación son, por así decirlo, los más antiguos de Internet.

viernes, 1 de noviembre de 2013

NUESTRO CEREBRO ES COMO GOOGLE




Cualquier cosa que busques en Google, la encuentras. Ya puedes teclear “perro morado”, “cáncer de oreja”, “robot rubio”, “judío bueno”, “guitarra andante” o cualquier otra idea disparatada, que el famoso motor de búsqueda te dará un resultado o cinco mil. Haz la prueba poniendo cualquier chorrada que se te ocurra y encontrarás información sobre ella.

Y nuestro cerebro es exactamente igual: aquello que chequeamos en él, lo encontramos. Si en el buscador de nuestra mente tecleamos con ansiedad y amargura, derrotados por el pesimismo, nos saldrán páginas enteras de pensamientos negativos, desesperanza, odio y malos augurios. Pero si por el contrario navegamos eufóricos por nuestro cerebro, la búsqueda arrojará unos resultados de color de rosa; solo nos saldrán enlaces que nos hablen de alegría, éxito, amor...

Nuestro coco al final solo los lanza aquellos mensajes que nos empeñamos en buscar ansiosamente desde el teclado de nuestro estado de ánimo.

martes, 24 de septiembre de 2013

EL "NO ME GUSTA" DE FACEBOOK


El otro día, hablando con un amigo, le expresé mi cruda opinión sobre un conocido común. Como se escandalizó un poco de mi dureza, le dije que en la vida lo mejor era llamar al pan, pan y al vino, vino, y dejarnos de tapujos y de falsas caridades. Pero él meneó la cabeza y me respondió que la vida es una gran mentira y mejor que sea así, porque si tuviéramos la facultad de leernos el pensamiento los unos a los otros, no serían posibles las relaciones sociales ni la propia supervivencia humana. Más aún –añadió– , si tú me dijeras todo lo que piensas de mí y yo todo lo que tú me pareces, Neri, romperíamos nuestra amistad al instante.

Bien mirado es así. De tener ese poder extraordinario para leer las mentes, más valdría que fuera selectivo, que solo captara los pensamientos positivos y las opiniones agradables, porque, de lo contrario, íbamos apañados. Adivinar en crudo lo malo que piensan los demás de nosotros, las críticas que nos harían o las quejas que tienen sobre nuestra conducta sería como una bomba, dejaría de hablarse todo el mundo (como mínimo). No hay más que ver cómo solemos reaccionar ante los reproches que a veces alguien se atreve a hacernos.

Igual de bien que mi amigo lo han sabido entender los diseñadores y programadores de las redes sociales, en particular de Facebook. Reconozco que muchas veces, ante las fotos desagradables, consignas odiosas, cursiladas empalagosas, payasadas sin gracia, opiniones en las antípodas a las mías o comentarios de mal gusto que ciertas personas comparten en el Face, echo muchísimo de menos un botón de No me gusta para manifestar de forma rápida mi desagrado. Pero Mark Zuckerberg y su gente, que entienden mucho más que yo de sociología, tuvieron claro desde el principio que solo procedía insertar un pulsador para hacer valoraciones amables. Consideran que si no te gusta lo que alguien publica en su muro, tendrás que currarte un comentario crítico, porque colocar expresamente un botoncito para que condenes los contenidos de los demás sería demasiado tentador, la gente lo pulsaría sin meditar y acabaríamos todos a la gresca, borrando a mansalva a nuestros contactos y, en definitiva, echando a perder el lucrativo negocio del Caralibro.

Un icono de No me gusta en Facebook nos pondría tan fácil despotricar contra la opinión o los gustos ajenos (basta una décima de segundo), haría tan sencillos y tan automáticos la protesta y el gruñido, que en la práctica equivaldría a tener ese poder de adivinar la verdadera y descarnada opinión de nuestros “amigos” agregados. Y eso sería malo, muy malo, no solo para nuestra vida social, sino para la cuenta de resultados del judío de los ricitos.

domingo, 15 de septiembre de 2013

MALA LETRA


Preguntaros un momento cuántas veces a la semana escribís algo de vuestro puño y letra, con boli y papel, y si con todo el texto que escribís así de lunes a domingo podría llenarse al menos media cara de cuartilla. Seguro que la respuesta de muchos es negativa.

Es una realidad indiscutible que la escritura manual ha quedado completamente arrinconada en nuestras vidas cotidianas. A excepción de los escolares (y casi ni eso) ya nadie escribe así. Los universitarios ya no manuscriben sus apuntes; van a clase con el portátil o la tablet. Los médicos ya no hacen sus recetas de forma manual. Ya nadie escribe cartas en un folio. Pocos profesionales siguen utilizando una agenda física. Ni siquiera la lista de la compra la escriben ya las amas (o amos) de casa en la clásica octavilla cutre, pues utilizan el ColorNote del móvil o una aplicación similar. Los ordenadores, Internet, el correo electrónico y los smartphones han dado la puntilla al viejo rito cotidiano del lápiz, la pluma, el cuaderno y la caligrafía.

Yo mismo, un fanático de la escritura a mano, tengo ahora un trabajo en el que casi no necesito llevar agenda, así que puede decirse que los únicos trazos que dirigen mis dedos en toda la semana son para firmar documentación o tomar rápidas notas en reuniones. Muy poco, vamos, y aun así me da que soy de los que más manuscriben en mi entorno.

La consecuencia de todo ello ha sido para mí que he perdido destreza en este hace no mucho ordinario ritual. Nunca he tenido muy buena letra, pero en los tiempos en que redactaba a diario páginas y páginas de apuntes o esquemas, o, ya trabajando, manejaba una Moleskine abigarrada o componía yo mismo, en mis papelillos, las resoluciones o informes antes de pasarlos a Word, me manejaba con soltura y los caracteres me salían ágiles y fluidos, resultando un texto legible y con cierto estilo. Sin embargo, ahora, cuando tengo que escribir a pluma más de cuatro líneas seguidas, aparte de sentir bastante pereza y una especie de ansia por usar un teclado, me salen unas letrajas oxidadas, horribles, como las de un párvulo haciendo sus primeros ejercicios. Siento la mano agarrotada y tengo que concentrarme para que lo que transcribo pueda leerse bien después. Sobre todo me noto desmañado para trazar las eles, las tes y otras letras altas.

Menos mal que si, por lo que sea, tengo que volver a escribir en papel una temporada, noto cómo recupero poco a poco la habilidad. 

Ya dicen que órgano que no se utiliza, se atrofia, y yo creo que pasa así, en cierto modo, con los dedos, nervios y músculos implicados en la sujeción del bolígrafo y en la escritura. Por eso veo muy posible que dentro de unos años, y sobre todo la última generación, nos olvidemos de cómo se escribe sin ordenador o sin móvil, y que las hojas de libreta manchadas de letritas de tinta azul terminen en los museos para que los niños, al verlas, se asombren de las “habilidades” de sus mayores más o menos como ahora nos sorprendemos admirando los jeroglíficos egipcios.

jueves, 9 de mayo de 2013

SIN CRITERIO



Hablaba en la entrada anterior de las condiciones necesarias para tener independencia de criterio, pero no decía nada de la más elemental, que es, antes que nada, tener criterio. Parece de perogrullo, sí, pero no sé yo…

La gente solo sabe llenarse la boca de democracia y libertad, sobre todo de libertad de expresión. Parece que les va la vida en gozar del derecho a expresar sin cortapisas sus puntos de vista; que sacan pecho porque en una bazofia de constitución pone que pueden difundir libremente sus “pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción”. Pero luego resulta que la inmensa mayoría nunca opina de nada, ni dice nada,  ni difunde nada ni piensa nada, sencillamente porque pasan de todo, pero también, y fundamentalmente, porque carecen de criterio y ni se les ocurre qué decir.

Un ejemplo bien palpable son las redes sociales de Internet. Hasta el último mono se ha apresurado a hacerse un blog o una cuenta en Facebook o en Twitter para estar a la última y poder aportar su granito de arena a la sociedad global. Dando por sentado que solo un pequeño porcentaje de la población puede manifestar sus opiniones en los medios de comunicación de masas, nada nos impide sin embargo generar contenidos propios y distribuirlos a través de estos nuevos instrumentos de la sociedad de la información. Cierto que con ellos, en frío y partiendo de cero, es imposible hacer llegar nuestros planteamientos a millones de almas, pero digo yo que tanta obsesión con el derecho a opinar, tanto orgullo por las libertades que plasmó el panfleto de 1978, debería traducirse por pura lógica en un ansia natural por dar a conocer nuestras reflexiones, críticas, sensibilidades y posicionamientos aunque sea a las pocas decenas de amigos y conocidos que tenemos en nuestras cuentas en las distintas redes sociales.

Pero no. La gente, que debería estar ardiendo en deseos de utilizar Internet como cauce de expresión, no sabe ni qué expresar. Basta echar un vistazo a lo que publican a diario todos nuestros contactos en cada uno de los foros o redes de los que formamos parte. Por cada cien personas, solo una, y soy muy optimista, cuelga contenidos que ella misma ha creado, emite reflexiones propias o hace comentarios personales originales que aporten algún valor añadido a la información que ya tenemos por la prensa o la televisión. Prácticamente nadie comunica nada útil ni enriquecedor, ni comenta un libro que ha leído, ni una película que ha visto, ni pone fotos interesantes de los lugares que visita, ni hace críticas inéditas de las noticias, ni propone una solución novedosa a algún problema social ni explica o profundiza tan siquiera en algo con sus propias palabras. ¿El motivo? Que el personal está falto del menor sentido crítico, no tiene opinión, ni sabe en lo que cree ni por donde le da el aire.

Más claro todavía: La mayor parte de los amigos que tenemos en Facebook o en Twitter ni siquiera escriben nada, por decirlo así, de su puño y letra. Se limitan a compartir o a pegar enlaces absurdos, como imágenes de gatitos maltratados con “haz me gusta si estás en contra”; textos vitalistas, de autoayuda, amor o amistad que demuestran lo cursis y lo bobos que son; publicidad engañosa de ofertas y descuentos; chistes gráficos malísimos; caricaturas o ataques demagógicos al presidente del Gobierno en ese momento; diatribas populacheras contra las supuestas causas de la crisis; pataletas irracionales contra los vascos o los catalanes; invitaciones grotescas a boicotear productos con argumentos manipulados; reflexiones políticas facilonas, o en el mejor de los casos, convocatorias de manifestaciones. Pero insisto: todo copiado.

¿Y cuántos “blogueros” conocéis que no acaben día tras día copiapegando noticias, vídeos o canciones, o enlazando a contenidos ajenos, sin poner más de tres palabras suyas?

Así es la democracia, amigos: todo el mundo asegura muy digno tener opinión y querer medios para expresarla, pero después, si los tiene, no sabe qué decir o se dedica a decir gilipolleces. Al final, como toda la vida ha sucedido, acaban pensando y opinando cuatro y todo el rebaño a repetir sus consignas, por muchas vías de expresión que haya; los tres mafiosos que controlan los mass media importantes siguen convirtiendo la opinión publicada en opinión pública, como decía Ortega y Gasset; y por cada genio que crea algo, hay mil becerros que le copian, le chupan la rueda o intentan sacar provecho de su esfuerzo tocándose las narices.

¿Para qué leches quiere la gente la democracia y las libertades si ni sabe usarlas ni tiene el menor interés en aprender?

martes, 26 de febrero de 2013

TELETRABAJO


Estos últimos días se ha hablado mucho a mi alrededor de teletrabajo. Por ejemplo, a un amigo su empresa acaba de autorizarle a currar desde casa y el otro día lo estuvimos comentando en una cena. Por otra parte esta misma mañana me han pasado estas polémicas declaraciones de la presidenta de Yahoo que no tienen desperdicio.

En principio, en plena era de las nuevas tecnologías, existiendo móviles, Internet, email, foros, chats, videoconferencia, firma electrónica y demás inventos, parece irreprochable que un puesto de oficina con requerimientos informáticos se desempeñe en el hogar en vez de en el centro de trabajo. Además de que en muchos casos con un PC y una conexión de banda ancha se puede hacer la misma tarea que en la oficina, hay otros argumentos a favor de tipo económico o ecológico, según se mire, que inciden en el ahorro en desplazamientos y en facturas de electricidad y calefacción de las compañías, e incluso sesudos razonamientos relacionados con la conciliación de la vida familiar y laboral, tan de moda al menos sobre el papel.

El teletrabajo, que etimológicamente significa “trabajo a distancia”, no es algo nuevo. De toda la vida hemos conocido a las clásicas modistas que trabajaban a domicilio para una tienda de ropa con el compromiso de entregar a la semana dos jerseys de punto. En estos casos el empresario no tenía ningún interés ni necesidad en supervisar la labor de la costurera, que tejía a su bola (nunca mejor dicho), siempre que el fruto de su trabajo fuese presentado a tiempo y cumpliera con los correspondientes requisitos de calidad y formato.

Aunque es un ejemplo un tanto burdo y hoy las circunstancias tecnológicas son bien distintas, creo que simboliza bastante bien mi postura ante el teletrabajo. No veo ningún inconveniente a este régimen laboral siempre que se cumplan a grandes rasgos las condiciones que se dan con la modista a domicilio: que sea una labor individual y personalísima que no exija en su planificación ni desarrollo relación alguna con superiores o colaboradores; que el trabajo o sus resultados sean rigurosamente medibles y cuantificables, y que exista un control estrecho sobre los mismos, fijándose con toda claridad los objetivos o el volumen de trabajo que debe realizarse en un determinado plazo.

Pongo otros ejemplos de trabajos que, en mi opinión, podrían desempeñarse a distancia sin problema: Un grabador de datos en una aplicación informática que no tenga ninguna otra tarea; un técnico de la Administración encargado de hacer informes profesionales básicamente iguales o de tramitar expedientes de forma mecánica, siempre que haya un volumen constante, o una pesona encargada de gestionar el portal de Internet de una tienda, atendiendo y cobrando pedidos.

Un modelo de teletrabajo que no reúna las características que he dicho no me parece razonable, profesional ni eficaz.


Alguno me dirá que las posibilidades de Internet pueden suplir perfectamente las relaciones, conversaciones o reuniones presenciales de trabajo, y que encima se ahorra tiempo, pero yo no lo veo así. Por muy cabezotas que nos pongamos, la experiencia ya nos ha demostrado al que más y al que menos que no son ni parecidas las relaciones virtuales y las de tú a tú. Para planear ciertas actividades, transmitir ciertos mensajes, dar determinada atención a los clientes, motivar a un equipo, echar una bronca que sirva para algo, controlar los ritmos o llevar a cabo algunas actividades en común (aunque sean puntuales), no hay nada como verse las caras, mirarse a los ojos y oírse la voz. No puede infravalorarse la importancia del lenguaje no verbal, de los tonos o de los gestos, que no son apreciables a través de Internet, ni por escrito ni en videoconferencia. A mí estas últimas no me hacen ninguna gracia, pues se suelen escapar muchos detalles y favorecen la manipulación de las reuniones.

Incluso para ascender a alguien o encomendarle determinadas responsabilidades es importante una confianza a la que solo puede llegarse conociéndole bien personalmente. Los jefes quieren ascender a personas de carne y hueso, no a nombres o a caras que aparecen en un Messenger o en la pantallita del Skype.

Aunque no me entusiasman las opiniones de la jefaza de Yahoo (sobre todo lo de que se trabaja más lento en casa) hay una frase que me parece muy reveladora: “Algunas de las mejores decisiones se toman en la cafetería o por los pasillos”, en referencia a la relevancia que tienen para las organizaciones las relaciones informales que se dan en el entorno laboral, sobre todo en el ámbito directivo, en el que huelga decir que plantear el sistema de teletrabajo me parecería disparatado.

Mi segundo requisito, el de que sea un trabajo muy medible y con plazos estrictos de desempeño, me parece de cajón. No todos los trabajos son cuantificables, ni están sujetos al cumplimiento de objetivos nítidos ni a plazos determinados. Me refiero a los puestos con un perfil más creativo, a los que atienden a necesidades constantes pero muy variables en cuanto a volumen y tiempos, o a los de naturaleza muy técnica en los que un expediente, una incidencia o un servicio pueden llevar media hora y otro que surja al cabo de un rato necesitar un mes de dedicación. En todos estos casos parece lógico que el empresario se reserve el control físico y presencial de las actividades desarrolladas, más que nada para evitar abusos, dejadeces, vagancias y triquiñuelas de todo tipo por parte de los trabajadores más jetas, que igual se levantan a las diez, se van de vinos a la una y luego le mandan un whatsapp al jefe diciéndole que menudo asunto delicado tienen entre manos y que es complejo avanzar. Por supuesto, si el control puede hacerse de forma adecuada por medios telefónicos o telemáticos no veo problema en que se autorice el teletrabajo incluso en estos supuestos, bajo la responsabilidad del jefe.

Por último solo añadir, como matiz final, que todos los debates que he tenido sobre teletrabajo nacen viciados de raíz por dos motivos: por los grandes prejuicios que casi todos tenemos (yo incluido) a favor o en contra, y que nos llevan a cerrarnos en banda sean cuales sean las argumentaciones contrarias, y por la manía que tenemos de hablar en general cuando se trata de un tema que depende mucho de cada tipo de empresa y de cada puesto de trabajo concreto, lo que exige examinar cada caso con conocimiento de causa para poder formarse una opinión seria. Espero que nuestro debate de hoy en La pluma o incurra en estos errores.