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viernes, 5 de agosto de 2016

DONALD TRUMP

¿Por qué la prensa llama siempre "el magnate" al candidato republicano a la Casa Blanca?

De Donald Trump tengo muy poco que decir. Hay algunas opiniones del histriónico candidato republicano a la Casa Blanca, descendiente de inmigrantes, que no me parecen mal, y otras muchas con las que estoy en total desacuerdo. Además, como ya he comentado alguna vez, cuando analizo cualquier asunto de política extranjera mi opinión suele ser muy distinta según lo haga desde la óptica de los intereses españoles o me ponga en la piel de los ciudadanos del país en cuestión, en este caso de los estadounidenses.

En todo caso, lo que parece indiscutible es que los medios de comunicación internacionales han orquestado una tendenciosa y machacona campaña en contra de este candidato. Y de toda esta campaña (que no se entiende en ningún medio que aspire a dar una mínima apariencia de objetividad y todavía menos en los mass media no americanos) lo que más me asombra es la insistencia en llamar “magnate” a The Donald. En particular a la prensa española no se le cae este adjetivo de la boca cada vez que se refiere a él. En la mayoría de los informativos, noticias o columnas de opinión elaborados en nuestro país el nombre de Trump aparece recurrentemente precedido por el apelativo “magnate” y, también con muchísima frecuencia, por “multimillonario”.

En mi opinión, no procede en absoluto que la prensa haga explícita y continua referencia a la condición socioeconómica o profesional de un candidato a la presidencia del gobierno de un país. Por supuesto, tengo mis sospechas –por no decir certezas– sobre los motivos por los que a Mr. Donald no dejan de llamarle magnate a todas horas, sin venir a cuento, mientras que del resto de aspirantes al sillón del Despacho Oval no se dice ni pío sobre sus medios de vida, actividades económicas o condición social, empezando por la abnegada esposa Hillary Clinton, a la que los periodistas jamás llaman letrada, pese a su enorme prestigio durante años en el mundo de la abogacía.

Sin duda hay un punto de populismo barato en esta estrategia. Los medios saben muy bien que resaltar insistentemente la condición de multimillonario de un candidato, para más señas conservador, es una de las mejores maneras de desprestigiarlo ante unas masas envenenadas de igualitarismo y bastante predispuestas a repudiar, por pura envidia, a cualquier personaje mediático con una cuenta corriente holgada. Con esto no quiero decir, ni mucho menos, que los negocios, actividades y actitudes de este político en particular me merezcan la menor simpatía, pero estaremos de acuerdo en que, nos caiga mejor o peor, un rico tiene todo el derecho del mundo a presentarse a las elecciones, y en que no parece demasiado normal que las televisiones y los periódicos le apoden “el magnate” y no paren de sacar a colación su fortuna y su poder financiero. Además, lo de magnate, reconozcámoslo, tiene una intencionalidad añadida, pues coloquialmente este término equivale a mafioso.

Y ni que decir tiene que si en vez de un poderoso empresario del sector hotelero y del juego, el cabeza de lista hubiera sido un camionero o un humilde operario de una cadena industrial de montaje, los plumillas de la prensa no solo se habrían abstenido de recalcar este dato, sino que hubieran crucificado a cualquiera que osara llamarle obrero. Cualquier alusión a los orígenes, profesión o nivel cultural de un candidato pobre chocaría con un muro infranqueable de corrección política. El atrevido sería estigmatizado como clasista, elitista y fascista (en el mejor de los casos).

Pero no nos extrañemos. En esta democracia maravillosa, la política y el periodismo son así. Una manipulación, una estafa…  y un puto circo.

jueves, 26 de marzo de 2015

LA CIENCIA PUTA

Me suele hacer sonreír esa fe ciega que tienen algunos en la ciencia y en los científicos, especialmente cuando se ponen a comparar de forma capciosa el rigor del método empírico-analítico con las “supercherías” preconizadas por la Iglesia Católica, a la que siempre acusan de estar vendida al dinero y al poder. Me divierte comprobar cómo estos celosísimos garantes de la experiencia como única fuente de conocimiento, y de la objetividad y la profesionalidad de los investigadores a la hora de exponer sus conclusiones, no se enteran de que, con honrosas excepciones, si algo caracteriza a la clase científica es su contumacia en ofrecerse al mejor postor como la más vulgar de las putas.

Podríamos citar miles de ejemplos cotidianos ilustrativos de la pasmosa facilidad que tienen médicos, químicos, astrónomos, estadísticos, dietistas o antropólogos para abrirse de piernas, a cambio de un plato de lentejas, ante los más turbios intereses políticos o comerciales, proclamando hoy unas "verdades" contrastadas e irrefutables, y mañana otras contrarias en función de la pasta que reciban de sus amos.

Supongo que a todos nos parece bochornoso el papel de los psiquiatras como peritos en los procesos judiciales, cuando diagnostican la locura o la cordura de un reo según les abone el estipendio la defensa o la acusación, o nos rechinan reclamos publicitarios del estilo a “nueve de cada diez dentistas recomiendan Sensodyne (o Trident). Nutricionistas pretendidamente asépticos un día nos explican que un alimento es sanísimo y al siguiente lo equiparan al cianuro solo porque ha cambiado el viento de las exigencias del mercado. Reputados zoólogos publican unas u otras cifras sobre el estado de conservación de una especie en peligro (lince, oso, lobo) dependiendo de la cuantía de las subvenciones para su protección. Hasta que se impusieron los medicamentos genéricos, muchos facultativos recetaban las marcas de la farmacéutica que más les untaba (directa o indirectamente). Los pedriatras no dejan de cambiar de opinión sobre los productos y artículos para bebés, que, de un día para otro, de acuerdo con lo que dispongan los fabricantes, pueden pasar de ser los más beneficiosos a dañar gravemente el crecimiento infantil. Y no sé muy bien si son científicos o putillas baratas, pero prefiero no hablar de ciertos arqueólogos al servicio de los políticos (nacionalistas o no) ni de los cantamañanas de los pedagogos, que no hacen más que usar a los críos como conejillos de indias en experimentos educativos auspiciados por grupos empresariales solo para sacar tajada.

La información del tiempo se adapta descaradamente a los intereses del sector turístico y hostelero

Pero uno de los casos que más me indigna es el de los meteorólogos. Estoy seguro de que la información meteorológica suministrada por los medios de comunicación se manipula sistemáticamente para adaptarla a los intereses de los sectores turístico y hostelero, por supuesto previo pago. Una de las épocas del año en que más se aprecia esta práctica miserable es en Semana Santa, aunque también es perceptible en vísperas de los puentes de ámbito nacional en períodos no estivales. Según se acercan las fechas clave, es típico que los medios en general pero sobre todo las cadenas televisivas comiencen a mostrarse cautelosos o muy poco rotundos cuando toca anunciar mal tiempo, utilizando expresiones ambiguas o tirando balones fuera al referirse al frío o a la lluvia que "podrían producirse" esos días festivos. En Castilla y León, donde los pasos y procesiones de Semana Santa tienen un fuerte poder de atracción y salvan la temporada hotelera, estos días las ambigüedades de los servicios meteorológicos claman al cielo. La idea, por supuesto, es no lanzar ningún dato que desincentive las visitas a estos vistosos eventos, que, como todo el mundo sabe, se suspenden ipso facto en cuanto caen cuatro gotas. El lucro de los empresarios turísticos prevalece, con todo el descaro, sobre la verdad científica, que se pliega sin ningún inconveniente.

Se podría decir que los responsables de estos amaños son los periodistas y no los meteorólogos, pero no me parece exacto, ya que las televisiones y las emisoras de radio suelen encomendar la dirección de los boletines del tiempo a rimbombantes científicos del sector que teóricamente deberían decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, con independencia de sus repercusiones económicas.

Quizá no es que la ciencia sea una zorra, sino que quien financia las actividades científicas lo hace con objetivos muy distintos al de ayudar a la Humanidad y dar a conocer al público datos ciertos y rigurosos.

viernes, 17 de octubre de 2014

LO GRATIS


Nos encanta, y especialmente en España, todo lo gratis y casi nunca nos damos cuenta de que lo gratis no existe, de que en cualquier servicio gratuito (por ejemplo de Internet) el verdadero precio somos nosotros mismos: nuestra intimidad, nuestro tiempo y también, aunque no lo creamos, nuestro dinero.

Charlaba hace un rato con un compañero sobre la necesidad o no de suscribirse a los periódicos digitales. Yo le decía que al grueso de la población una suscripción a El Mundo o a El País no le aporta ningún valor añadido, puesto que se conforma con las noticias abiertas de estos medios en Internet o con las que ofrece la prensa digital gratuita. Pero él me ha dado una respuesta que es para tomársela muy en serio. Me ha dicho que lo que la gente no se ha parado a pensar es en las consecuencias de informarse únicamente a través de páginas sin cargo y que si lo reflexionara un minuto a lo mejor le compensaba pagar los 5 ó 10 euros al mes que cuesta acceder a un periódico en red. 

El coste de lo “gratis” consiste en un bombardeo indiscriminado de la publicidad que alimenta estos portales, con continuas ventanas emergentes que a veces no puedes cerrar de forma inmediata, con la consiguiente pérdida de tiempo y de paciencia; en una agresiva política de cookies que se traduce, después, en un acoso publicitario adaptado a tus hábitos de navegación y no pocas veces en desembolsos más o menos teledirigidos, y en una recopilación de datos sobre tu intimidad que es para poner los pelos de punta a poco que lo medites. A esto hay que añadir que si optas por estar al día de la actualidad a través de las redes sociales, estarás cediendo la identidad de todos tus contactos a vete tú a saber quién, amén de otras valiosas informaciones sobre ti mismo, por ejemplo tus ideas políticas.

Por último me asegura mi compañero que consumir prensa gratuita es sinónimo de estar mal informado, ya que, al vivir de la publicidad, este tipo de medios son todo menos independientes. El que quiera –me dice– información libre y neutral tiene que pagársela. Esto sí que no me convence nada, pues no creo que nadie discuta a estas alturas que las cabeceras de pago, los rotativos “serios”, están todos vendidos a la casta política, a las grandes multinacionales y las entidades financieras. Partiendo de que la independencia periodística no pasa de ser una quimera infantil, tendremos qué decidir si los periódicos que leemos los queremos pagar directa o indirectamente, y si preferimos que la información esté cocinada por los empresarios, por el Consejo de Ministros o por los herederos de Botín.

jueves, 11 de septiembre de 2014

¿POR QUÉ NOS IMPORTA UN BLEDO EL MUNDIAL DE BALONCESTO?


Este verano, con motivo de ambos mundiales, hemos constatado una vez más la abismal diferencia entre el nivel de popularidad del fútbol y el del baloncesto. Los forofos de este último deporte continuamente argumentan que cada vez acude más público a las canchas y que también es un fenómeno multitudinario con una fuerte repercusión mediatica, como lo demuestran los casi cinco millones de telespectadores que siguieron ayer el España-Francia. Pero todos sabemos que no hay color, que en España las televisiones dedican diez veces más espacio (y me quedo corto) al deporte rey que al basket y, lo más importante, que la gente en la calle no habla de baloncesto ni se emociona ni con la liga, ni con el mundial ni con ninguna de sus competiciones; todo lo contrario que el fútbol, que forma parte esencial de nuestro entorno y de nuestras conversaciones.

¿Hay algún motivo por el que, salvo en Estados Unidos y otros pocos países, el balompié guste mucho más a la gente que el basketball? ¿Es aquel realmente un deporte más atractivo que este o es que los medios de comunicación de masas tienen algún interés en dar más bombo al mundo futbolístico? ¿Qué es antes, el huevo de que el público es más futbolero por naturaleza y por eso la prensa le dedica más atención, o la gallina de que se sigue menos el baloncesto porque casi no lo sacan en la tele?

En cualquier caso: ¿Por qué el mundial de fútbol es un auténtico fenómeno social mucho más allá de lo deportivo y el de baloncesto nos importa un carajo? Voy a intentar esbozar las claves de este dilema, aunque espero la opinión de los más aficionados. Incorporaré al post las mejores reflexiones.


  • Tradición y fenómeno sociológico.
La afición futbolera en España es bastante más antigua que la del baloncesto y tiene un importante peso y componente sociológico que, como digo, va muchísimo más allá de lo puramente deportivo, entrando incluso en los terrenos social, económico y político. 

  • Auge de otros deportes
Al baloncesto le ha pasado como al PSOE con UPyD y Podemos. Hace años era una “segunda fuerza” consolidada, pero últimamente han alcanzado gran apogeo en España otros deportes hasta entonces minoritarios, como el tenis, la Fórmula 1 y, en menor medida, el balonmano, que le han “robado” mucha cuota de afición. 

  • Espectacularidad
Las dimensiones del campo y del estadio, la vistosidad de las jugadas y el enorme simbolismo estético de las competiciones (que recuerdan a una batalla) otorgan al soccer una espectacularidad de la que a todas luces carece el basket, con espacios y recursos más discretos. La gente se divierte más con la larga lucha para marcar un gol que con el marcaje continuo de puntos.

  • Emoción
El fútbol encaja divinamente en la forma de ser de los españoles, ya que deja un enorme espacio a la improvisación, al azar y a la iniciativa individual. El resultado de un partido está más abierto a la sorpresa y al factor suerte que en el baloncesto, donde prima, por decirlo en lenguaje educativo, una especie de “evaluación continua” que premia la constancia más que el momento puntual de inspiración. En el fondo la vida, al menos en nuestro país, se parece más al fútbol y por eso nos sentimos más identificados con él que con otros juegos.

  • Estética
Hoy la belleza y el sex-appeal juegan un papel decisivo en cualquier espectáculo público y resulta evidente que los jugadores de balompié cumplen mejor que los de basket (con diferencia) los requerimientos estéticos que, por suerte o por desgracia, impone nuestra sociedad. Dicho de forma más descarnada: demasiados baloncestistas, tanto hombres como mujeres, padecen gigantismo o sufren deformaciones derivadas de su altura y complexión. Qué duda cabe que ello resta atractivo a los encuentros, aunque jueguen solo blancos.

  • Importancia de la competición
El campeonato mundial de baloncesto no es, a diferencia del de la FIFA, la competición más relevante en este deporte. Las olimpiadas, como sabemos, tienen una repercusión mediática y social notablemente más amplia.

jueves, 31 de julio de 2014

PUBLICIDAD Y PROFESIONALIDAD

 Matías Prats el chistoso sacándose unos eurillos extra

Todos nos hacemos una idea de lo que es la telepromoción, pero, por si acaso, recordemos que la ley audiovisual la define como la comunicación audiovisual televisiva “en la que el presentador o cualquiera de los protagonistas del programa, utilizando el escenario, la ambientación y el atrezo del programa, exponen por un tiempo claramente superior a la duración de un mensaje publicitario las características de un bien o servicio, de manera que el mensaje no puede ser emitido de manera independiente al programa correspondiente”.

Dentro de la oferta televisiva española, los ejemplos son numerosos: actrices secundarias de series cutres y no tan cutres anunciando productos de belleza justo después del intermedio, con el vestuario de su papel y el decorado del capítulo; presentadores de telediario interrumpiendo el informativo para ofrecernos una alarma para el hogar; el incombustible e insufrible hombre del tiempo Roberto Brasero (Antena 3) mezclando su matraca sobre el último anticiclón con mensajes promocionales de Vodafone

Y aunque no es telepromoción, me viene también a la cabeza Matías Prats junior (que ya podía aprender algo de su padre), todo el día en los anuncios de los seguros Línea Directa para coche o moto.

El brasas de Brasero hablando de todo menos del tiempo
Las ondas radiofónicas tampoco están libres de este pecado. Yo he oído muchas veces al radiopredicador Jiménez Losantos glosar toda clase de productos en su programa matinal. Lo que pasa es que este hombre tiene una gracia especial para integrar los mensajes publicitarios en su espacio de modo que casi ni se note que está vendiendo una marca. Le recuerdo en la primera legislatura de Zapatero anunciando un curso de inglés on line en plan “apúntense al curso, oigan, que con la que está cayendo igual tenemos que salir todos huyendo al extranjero”. Hace un par de semanas le oí proclamando las virtudes de una crema antienvejecimiento y eran la monda sus comentarios.

No recuerdo exactamente en qué términos, pero en los años 70 y 80 del pasado siglo la normativa aplicable prohibía o limitaba la actividad publicitaria a los presentadores o protagonistas de programas de televisión emitidos en horarios de máxima audiencia. La razón que se daba es que la aparición de personajes mediáticos en reclamos comerciales podía llegar a condicionar fuertemente la conducta de los consumidores, vulnerando de alguna manera su libertad de decisión. Estas viejas medidas, que hoy casi todos consideran paternalistas o proteccionistas, a mí me siguen pareciendo aplaudibles.

Hoy, en un entorno económico de plena liberalización, sin duda resultaría estridente impedir a Matías Prats salir en los anuncios como se le prohibía a Mayra Gómez Kemp hace treinta años. La diferencia estriba en que entonces a los poderes públicos todavía les preocupaba el bienestar y la seguridad de las familias, mientras que ahora los comerciantes gozan de libertad ilimitada para usar cualquier señuelo y aligerarnos el bolsillo con la complicidad del Estado. Divas, divos, actores de moda, modelos, showmans, cantantes famosísimos y presentadores vistos a diario por millones de telespectadores se ponen al servicio de las marcas comerciales y nos comen el tarro abusando de la confianza o la admiración que les profesamos. Ya cuando los mensajes se dirigen a niños o a jóvenes el abuso es manifiesto. 

¡Es que en democracia las empresas son libres de lanzarte mensajes como quieran y tú de hacerlos caso o no, que para eso tenemos criterio! Pues ni de coña. Hay demasiada gente sin criterio, con el criterio mal formado o con el criterio desfigurado por cuatro mercachifles charlatanes y magos de la mercadotecnia, y toda esta gente debería ser protegida de manera eficaz por el Estado. El sector publicitario debería estar minuciosamente regulado y controlado por los gobiernos para evitar prácticas abusivas, manipulaciones y engaños que perjudiquen las economías familiares.

Telepromoción en una serie televisiva de ficción
Pero es que además la telepromoción y los anuncios protagonizados por famosos o por periodistas me parecen una horterada que les resta credibilidad y pone en entredicho su profesionalidad. Para empezar da la sensación de que no les pagan lo suficiente y tienen que andar buscándose ñapas para sobrevivir. Después también sucede que la imagen del programa en cuestión se deteriora mucho. ¿Cómo se atreven a mezclar la actualidad política con un champú anticaspa o hacer que los actores que interpretan la serie que estamos viendo se pongan a recomendarnos pizzas de la Casa Tarradellas? A mí desde luego estas cosas me destrozan la magia de la narración y de la interpretación. Y por último, cualquier asociación mental entre un intérprete de cine, un músico o un locutor prestigiosos y un producto de consumo (sobre todo algunos) da al traste con el buen concepto que podamos tener de la labor de estos profesionales. 


Más sobre publicidad en La pluma viperina:

- Gallina Blanca Sofrito... ¡y trabajo que te quito! (sobre Loles León)
- El Pan Bimbo de Punset
- Dermovagisil (por Carlos T ).

domingo, 25 de mayo de 2014

ABSTENCIÓN




Como siempre sucede en las elecciones al Parlamento Europeo y cada vez más en cualquier otro comicio celebrado en España, hoy los ciudadanos han vuelto a decantarse mayoritariamente por la abstención. Pese a los denodados esfuerzos de todos los partidos por estigmatizar la renuncia a la participación en estos saraos, la mayor parte de los españoles ha vuelto a pegar un rotundo corte de mangas al tinglado parlamentario, al actual modelo de democracia, a la pestilente Unión Europea y a toda la purrela de politicuchos que pretenden vivir del cuento y de las dietas otros cinco años.

Reconozco que no todos los que se abstienen lo hacen por idénticos motivos, pero estoy seguro de que esta postura es, en la mayoría de los casos, más premeditada y consciente de lo que nos quieren hacer creer; de que responde a la rebeldía o al hartazgo, y no a la simple pereza. Los abstencionistas no son dejados; simplemente están hasta el gorro de esta estafa con forma de urna de metacrilato.

El otro día leí un curioso estudio sociológico sobre la abstención, con encuestas y tal, cuya conclusión a grades rasgos es que en las convocatorias electorales se inhiben más los pobres que los ricos; que en los barrios obreros se vota menos que en las urbanizaciones de lujo; que los parados y los curritos en precario se abstienen con mayor frecuencia que quienes disfrutan de estipendios fijos y elevados, y que los ciudadanos con estudios superiores tienen más interiorizado su deber cívico de sufragio activo que aquellos que se encuentran, como se dice ahora, en riesgo de exclusión social.

Este curioso análisis, con tan fuerte componente propagandístico (“si no votas, eres pobre”), me irritó al principio e incluso dudé de la veracidad de los datos, pero luego con más calma, contrastándolos con el comportamiento en las elecciones de la gente de mi entorno, me di cuenta de que son bastante certeros. Aunque el índice de abstención en España es altísimo, admito que conozco a poquísimos titulados universitarios, con economía holgada, buena posición social y familia estructurada que se hayan quedado hoy en casa.

Pero la explicación es fácil. Quienes gozan de una posición acomodada o simplemente ven su nómina puntual en la cartilla, quienes tienen un piso en propiedad y jamás han sufrido un desahucio, quienes no padecen la gangrena del paro desde 2008 o cuentan con el colchón familiar, quienes han podido independizarse, casarse y tener críos cuando han querido, quienes nunca han sabido lo que es vivir al mes con 500 euros, quienes no han sufrido en sus carnes la última reforma laboral o no se han visto obligados a emigrar al extranjero, todos ellos, no me extraña, tienen motivos suficientes para la complacencia, para sentirse en el actual sistema político como pez en el agua y para decir altaneros esa chorrada mayúscula de que es una obligación moral ejercer el derecho al voto y que aquel que no lo haga no tendrá luego legitimidad para protestar.

Comprendamos, en cambio, que los demás (la mayoría) tengan sus reticencias a dar el visto bueno, con su sobre y su papeleta, a un modelo de participación no ya imperfecto, sino más falso que un billete del Monopoly, que se les antoja, con toda la razón, una burla demasiado cruel. Entendamos que haya gente, mucha gente, a la que le importe un bledo quien gane las elecciones, ya que los resultados, sean cuales sean, jamás contribuirán en modo alguno a mejorar sus vidas, y que prefieran disfrutar su domingo al margen de “la fiesta de la democracia”. Dirán que puesto que fueron los poderosos, los oligarcas y los banqueros los que inventaron este juego en el que solo caben sus reglas, sus trampas, sus partidos y sus medios de comunicación, que también sean ellos los que lo jueguen, ellos solos o si acaso con sus palmeros y beneficiarios.

martes, 13 de mayo de 2014

SUBORDINACIÓN INFORMATIVA




Hay una práctica en los informativos de televisión y de radio que nunca he llegado a entender. En muchos programas o boletines de noticias se incluye una sección en la que se repasan rápidamente los principales titulares de los grandes periódicos nacionales: El Mundo, El País, ABC, La Razón, La Vanguardia, etc. En los telediarios incluso ponen la imagen de cada una de las portadas.

No comprendo bien este gesto de subordinación de los medios audiovisuales a la prensa escrita. Es como si las teles y las emisoras dieran por sentado que la gente prefiere saber lo que dicen los periódicos de papel antes que informarse en los espacios televisivos o radiofónicos. Probablemente sea así, y no me extraña, pero me asombra que se admita con tanta naturalidad por los en teoría perjudicados.

También me pregunto si no mediará algún tipo de contraprestación, aunque no sé de quién a quién, si de los medios escritos a las radios y a las cadenas por hacerles publicidad o de estas a aquellos por utilizar sus contenidos.

En cualquier caso las principales cabeceras de prensa estarán encantadas por esta actitud chupa-rueda con la que los audiovisuales demuestran no tener entidad propia ni capacidad para ofrecer al público unos titulares propios e independientes.

Aunque es verdad que en ocasiones los periódicos hacen referencia a programas, debates o declaraciones emitidos por sus competidores en las ondas, no me imagino a El Mundo resumiendo las noticias que ha dado Matías Prats la noche antes en Antena 3.

miércoles, 16 de abril de 2014

DOS PREGUNTAS CAPCIOSAS

Dos preguntas muy capciosas sobre el tema catalán:

¿Por qué los periodistas españoles jamás se refieren a los nacionalistas catalanes como "separatistas"  y, sin embargo, al informar sobre la crisis de Ucrania no se les cae de la boca la expresión “separatistas prorrusos”?

¿Qué clase de sentimiento nacionalista tienen los catalanes que cada vez que la Comisión declara que un estado catalán independiente quedaría fuera de la Unión Europea, la intención de votar sí en el referéndum cae en picado?

martes, 25 de marzo de 2014

DESPIDIENDO A SUÁREZ


Tras dos días de exaltación y de tristeza ante la lamentable manipulación mediática de la figura del ex presidente Suárez y la amnesia borreguil de la inmensa mayoría de mis compatriotas, ya me siento con fuerzas para redactar una nota sosegada sobre su figura. 

Dicen que está muy feo lanzar críticas sobre quien acaba de fallecer, pero a mí me parece imprescindible hacerlo cuando los medios de comunicación dominantes se dedican a ensalzar a bombo y platillo, con la desproporción de ayer y de hoy, a un personaje otrora despreciado por gran parte de los españoles, mintiendo además abiertamente sobre su trayectoria y sus logros, e incurriendo en una deformación bochornosa de nuestra historia. Ante tal situación, no cabe otra que trazar una semblanza crítica del mandatario ucedista para refrescar memorias o al menos favorecer el debate frente a la propaganda barata de las grandes cabeceras y emisoras, más propia del régimen castrista que de la maravillosa democracia que se supone nos regaló el Robin Hood abulense.      
                              
Lanzo así varias reflexiones rápidas sobre la labor del señor Suárez, dejando claro, antes que nada, que me es difícil hacer valoraciones de fondo sobre una persona que se encuentra, de raíz, en las más absolutas antípodas de mis ideales y de mi forma de entender la política, la sociedad y la democracia, más que nada porque su estilo de gobierno tuvo como premisa que podía comerciarse con todo y cederse en todo en aras del consenso (que no logró) mientras que para mí hay valores innegociables por los que vale la pena plantear los más severos conflictos.

1.- El primer político profesional.

Se ha criticado mucho a Moreno Bonilla por ser un político profesional sin oficio ni beneficio, mientras que todos se callan que Suárez aprobó a duras penas la carrera de derecho y desde jovencito no tuvo más trabajo que la política, a la que accedió gracias al enchufe, y a su carisma y don de gentes.

2.- Elegido a dedo

¡Suárez, traidor, cantaste el Cara al sol!
El Rey lo eligió discrecionalmente para formar gobierno en el 76 convirtiéndose en el último presidente del franquismo. Después ganó dos elecciones por poco margen y solo gracias a la inercia y al temor al cambio de los españoles, a los que engañó vilmente.

3.- Un trepa y un perjuro sin honor

Del ala más azul del Movimiento, en el que desempeñó cargos importantes directamente designado por Franco previo juramento de los Principios Fundamentales, pasó alegremente y sin solución de continuidad a la acera opuesta, transformándose en un demócrata de toda la vida y liquidando el régimen en el que había medrado.

Suárez se inventó el centro político para huir de toda ideología y poder conchabarse o bajarse los pantalones con unos y con otros sin el menor rubor. No era más que un oportunista empedernido con hambre de poder.

4.- Encantador de serpientes

El ex presidente no sabía hacer la “o” con un canuto, pero era un astuto seductor y un vendecacerolas de lo más eficaz que decía a cada uno lo que quería oír con tal de mantenerse a flote. 

5.- Antiespañol

Suárez diseñó el modelo autonómico a gusto de los separatistas, cavando así la tumba de la unidad de España como estamos viendo hoy. El invento de las comunidades autónomas ha sido el mayor lastre para el desarrollo y para la igualdad de derechos en España.

En 1977 indultó a cientos de etarras con la famosa Ley de Amnistía. Como esta norma no amparaba la excarcelación de miembros de la banda que hubieran participado en actos terroristas, el presidente se valió de la figura del extrañamiento o destierro para liberarlos impunemente en Francia.

Legalizó el entorno de ETA (Euskadiko Ezkerra) y lideró la política antiterrorista más blanda de la historia, favoreciendo los atentados. Durante sus mandatos los etarras asesinaron a 300 personas, más del triple por año que en cualquier otro período. En contraste, reprimió sin contemplaciones a sus antiguos correligionarios falangistas y a la llamada extrema derecha.

6.- Legalizó un PCE antidemocrático

El líder de UCD legalizó el Partido Comunista en el 77, cuando aún no se había despojado de sus servidumbres soviéticas y financiaba a diferentes grupos terroristas en España y en el extranjero.

7.- Enemigo de los trabajadores

Sus célebres reformas laborales, diseñadas para la patronal, flexibilizaron de forma inhumana el mercado de trabajo y dieron al traste con infinidad de derechos sociales consagrados en las leyes franquistas. El paro en el país pasó de medio millón a casi tres en muy poco tiempo.

8.- Contra la familia

Aprobó la ley del divorcio invadiendo abiertamente competencias de la Iglesia respecto a los matrimonios canónicos y sentando las bases de la actual crisis de la familia en España.

Suárez era un político muy versátil
9.- No logró el consenso

Pese a lo que nos repiten machaconamente, Adolfo Suárez no llegó a alcanzar un auténtico consenso entre las fuerzas políticas y sociales del país, ni evitó una Transición sangrienta. Lo único que logró fue aglutinar los diferentes egoísmos partidistas alrededor de una Constitución insustancial y meramente declarativa en sus aspectos más sociales. También sofocó provisionalmente el volcán de los nacionalismos a cambio de hipotecar nuestra patria con el tinglado de las autonomías, una auténtica bomba de efecto retardado que ahora mismo está a punto de estallar. 

El pobre legado político del que no fue más que un hombre de paja se desmoronó muy pronto ante un PSOE cada vez más pujante. La farsa de golpe de estado del 23-F, de la que él mismo movió los hilos junto al Rey, no le sirvió para salvar los muebles.

10. Despreciado

Ha sido uno de los políticos más vilipendiados de nuestra historia. Tuvo que dimitir ante la clamorosa indignación de casi todos los sectores de la sociedad, no solo del PSOE, sino de la propia UCD y del ejército. Ningún presidente ha recibido tantos insultos ni provocado tanta crispación como él.

Su apego al poder le llevó a fundar un partido patético (CDS) que abandonó en 1991 a la vista de los reveses electorales y de la indiferencia y el desprecio de los españoles hacia un proyecto político camaleónico que viraba de izquierda a derecha en función de las conveniencias de cada instante. Recomendable la lectura de los últimos programas de este partido bajo la presidencia de Suárez para perderle el respeto que ahora parece obligado profesarle.

11.-Alzheimer

Por último deberíamos preguntarnos honradamente cuánto ha tenido que ver la lastimosa enfermedad que venía sufriendo este político desde hace once años con el sentimentalismo extremo que se ha desplegado ante su muerte.


Adolfo Suárez González, descanse en paz. La pluma viperina ruega una oración por su alma.


(Puede que el post sea ampliado durante los próximos días)

Más sobre Adolfo Suárez en La pluma viperina: Había que ser de algo

sábado, 21 de diciembre de 2013

INDEPENDENTISTAS


A veces el lenguaje es una trampa y ni nos enteramos. Los políticos y los medios de comunicación utilizan o acuñan ciertos términos como quien no quiere la cosa y se nos acaban pegando a todos de manera espontánea; los incorporamos a nuestro vocabulario sin percatarnos de su verdadera intención. Deberíamos preocuparnos por hablar con propiedad o, al menos, como nos interese a nosotros y no al rotativo o al ministro de turno. 

Por ejemplo, yo entiendo perfectamente que un miserable antiespañol del nordeste peninsular, un catalufo traidor a España, utilice la palabra “independentista” para designarse a sí mismo y a los de su estofa, pero no me entra en la cabeza que un acérimo defensor de la unidad de España pueda incurrir en semejante barbaridad. Sin embargo, me guste a mí más o menos, “independentismo” o “independentista” forman hoy en día parte del léxico común tanto de conspiradores catalanistas como de ardorosos militantes de la extrema derecha española.

La cuestión es que este vocablo lleva incorporada una fuerte carga valorativa que cada vez me extraña más que los patriotas españoles asuman tan alegremente. Hablar de “independentismo” en una determinada región española es como reconocer que esa región está sujeta a una dependencia política de la que desea liberarse; equivale a decir que no es una región, sino una nación que no disfruta de la soberanía a la que tiene derecho y que ese movimiento (el “independentismo”) propugna. O sea que el concepto parece cocinado por los partidarios de la secesión y además –reconozcámoslo–  tiene connotaciones mucho más positivas y hasta románticas que otros que se han utilizado toda la vida: separatismo, secesionismo, segregacionismo o escisionismo.

Pero estos últimos son los más adecuados y desde luego con los que debería sentirse más cómodo cualquier amante de la unidad española. Es un hecho incontestable, aunque sea desde el punto de vista jurídico, que a fecha de hoy Cataluña es una comunidad autónoma integrada en el Reino de España. Siendo así, las expresiones “separatismo” o "secesionismo" son las que mejor definen la corriente ideológica propugnada por esa gentuza que está urdiendo el referéndum, ya que, en puridad, pretenden que un territorio actualmente español se separe, se secesione, se segregue o se escinda del país. Son términos mucho más objetivos y exactos, y sobre todo “separatismo” era hasta ahora el más tradicional en las filas de los paladines de la integridad patria.

Hay quien dice que esto es una bobada y que da igual cómo se diga, ya que “independentista” también da a entender que una parte del territorio se quiere “independizar”, que es lo mismo que “separar”,  pero a mí esta teoría no me convence nada. “Independizar” y “separar” no es lo mismo ni de broma. Independizar supone una emancipación, una liberación de algo o de alguien, es decir un derecho previo, una madurez para llevar una existencia propia, la obtención de una soberanía justa, y esto, claro, lo pensarán los catalanistas pero yo no. Separar, en cambio, es dividir, aislarse o distanciarse de alguien, que es en definitiva lo que quieren estos cabrones. 

Pero la prueba más evidente de que toda esta nomenclatura no es casual ni anodina está en que a los de ERC, CIU, ICV y CUP no les oiremos jamás de los jamases reconocer que son “separatistas”. 

Y cuidado, que no estoy haciendo valoraciones etimológicas. De hecho la propia Real Academia Española mezcla bastante los conceptos y llega a definir “separatismo” como “doctrina política que propugna la separación de algún territorio para alcanzar su independencia”. ¡Vaya lío!  Yo me refiero más a las connotaciones, a los matices, al alcance real y, sobre todo, al significado social, histórico y político de los términos, y por eso no voy a llamar independentistas a esos renegados en mi vida.


Más sobre separatismo catalán en La pluma: La tormenta separatista en Cataluña.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

CINISMO Y LIBERTADES




La dictadura que padecemos en España no es de las más cruentas de nuestra historia, pero sí de las más manipuladoras. Cuando una tiranía se basa en el engaño sistemático, en hacer creer al pueblo que vive rodeado de libertades, no necesita ser cruenta.

Una de las estrategias favoritas de los regímenes demoliberales para neutralizar toda resistencia ciudadana seria es su cínico manejo de dos derechos constitucionales: la libertad de expresión y el derecho de manifestación. El truco consiste simplemente en favorecer el ejercicio más arbitrario posible de ambos derechos, de modo que la sociedad se acostumbre a que las protestas mediáticas, en la prensa o en la calle, sean estúpidas o egoístas, y termine insensibilizándose hacia ellas.

El Sistema se preocupa de que en los medios de comunicación aparezcan diariamente toda clase de histriones aullando despropósitos y tirando contra todo lo que se mueve, y de que en la calle se celebren un sinfín de concentraciones disparatadas, infundadas o exóticas, o bien reivindicativas de intereses ultraparticulares o gremiales. ¿Qué se consigue con esto? Pues que el personal termine tomándose a coña o ignorando sistemáticamente las columnas de prensa, las tertulias radiofónicas y las tropecientas manifas que se convocan cada dos por tres; que los ciudadanos se acortecen poco a poco y al final, por muy concienciados que estén, se tomen estas críticas o reivindicaciones como quien oye llover. Así, el día que alguien arremete con razón y argumentos contra una injusticia grave, o se organiza una concentración legítima en protesta por un auténtico desafuero, a todo el mundo le pasa desapercibido el tema entre las cien mil chorradas del día y no se solidariza ni el tato.

Llevar la libertad de expresión y el derecho de reunión hasta sus límites más grotescos es la mejor manera de deslegitimar su ejercicio. No poner ningún coto (en apariencia) a estas libertades es una táctica para boicotearlas cínicamente. Al final a las fuerzas políticas y económicas que controlan el cotarro les importa un bledo lo que una televisión o miles de manifestantes puedan piar porque saben de sobra que la sociedad española ya está anestesiada contra cualquier editorial, consigna, grito o pancarta.

Es como si estos déspotas constitucionales nos dijeran, con sonrisa sarcástica, “habla chucho, que no te escucho”, haciendo casi buenas las dictaduras estalinistas o de extrema derecha, que al menos al reprimir con energía una opinión disidente estaban otorgando importancia a su autor, tratándole con cierto respeto, dándole un protagonismo.

 
Más sobre las manifestaciones en La pluma: La gente fea de las manifas (en los comentarios)

domingo, 10 de noviembre de 2013

SE ROMPE ALGO INTERIOR




Respeto y amo a la Iglesia por razones de Fe, por los valores en que he sido educado y por un sentido del deber que no sabría definir, pero si fuera por algunas de las cosas que dicen o hacen sus más altos representantes, pues no sé yo; a veces me dan ganas de borrarme. Con relativa frecuencia me quedo más que perplejo con las declaraciones de algún prelado y sinceramente me pregunto si hablan en serio o están en plan de coña.

Mi última sensación de este tipo se ha producido con las declaraciones de la semana pasada de Monseñor Carlos Osoro, Arzobispo de Valencia, a raíz del cierre de la televisión autonómica de esta Comunidad. No voy a extenderme valorando tal decisión política (muy necesaria), ni el ERE chanchullero que la ha precedido ni la dramática situación en que han quedado cientos de trabajadores, muchos de ellos enchufados que no daban palo al agua y a los que, a pesar de todo, deseo lo mejor. Lo único que quiero destacar es que en mitad de la tormenta mediática de estos días, ante un hecho tan delicado para el futuro de las televisiones públicas y tan grave para la sociedad valenciana, mientras expertos analistas escriben columnas sobre el particular, el Gobierno central da su opinión, los sindicatos explican los despidos y la resolución del TSJ, y Fabra se defiende como gato panza arriba, llega Monseñor Osoro y nos suelta que “cuando se pierde el derecho al trabajo, se rompe algo interior”. Leyendo el otro día sus declaraciones en ABC, yo es que me descojonaba.

Dice un proverbio de no sé dónde que cuando no tengas algo que aportar mejor que el silencio, cállate, y esto es lo que tenía que haber hecho el obispo valenciano. Monseñor no tiene ni pajolera sobre RTVV. No sabe cómo se contrataba a la gente en este ente público. Lo desconoce todo sobre su eficiencia y sobre la audiencia del Canal 9. Además casi seguro que no se ha leído ni la sentencia de anulación del expediente de regulación de empleo. Y precisamente por todo ello, como no entiende nada de nada de este problema político y social, cuando al hombre le preguntan sale por peteneras, con la gilipollez del año, que no sabemos si la ha sacado de una frase del calendario, de un pogüerpoin budista o de una encíclica del siglo XIX.

“Cuando se pierde el derecho al trabajo, se rompe algo interior. Hay que estar cerca de los trabajadores”. Pues no, Monseñor, hay que estar cerca de la justicia. Hay que estar cerca de la verdad.  Hay que estar cerca de los ciudadanos a quienes sangran con impuestos para mantener en un chiringuito a los colegas y familiares de cuatro caciques. Si usted, a falta de un análisis y de unos argumentos más solventes, se queda satisfecho dándonos la teórica sobre los males del paro y copiapegando un párrafo de algún viejo sermón dominical, pues vale, pero no pretenda que le tome en serio nadie, ni siquiera los curritos a los que dice apoyar, a quienes estas grandilocuencias suenan a chiste de mal gusto. Las cuestiones de actualidad política hay que abordarlas con conocimiento, desde todas las perspectivas y con cierta profundidad, y sino es mejor cerrar la boca. Si lo que quiere Carlos Osoro es implicarse de verdad en los problemas de la sociedad valenciana, debe empezar por empaparse en ellos y entenderlos, para después opinar con fundamento, porque solo faltaba que ahora un gobierno autonómico no pueda clausurar un ente inútil e improductivo cuando lo estime oportuno. 

Monseñor también se pregunta “qué van a hacer y dónde van a ir ahora estas personas que se han quedado sin trabajo". Ya sabemos, señor Arzobispo, que el paro es terrible, no hace falta que usted nos lo recuerde con una frase cursilona que hace que efectivamente algo se rompa en nuestro interior, el pecho a reír por ejemplo. Si tan preocupado está por el futuro de estas familias, pues no sé, monte usted una agencia de colocación o, casi mejor, amplíe los comedores de Cáritas, que es lo suyo, pero deje de decir simplezas.

jueves, 19 de septiembre de 2013

PROPAGANDISTAS

Me apuesto doble contra sencillo a que la mayoría de los chavalines de una república africana, de cualquier país de Hispanoamérica, Europa del Este o incluso España, no podrían decir ni cuatro vaguedades de la historia de su patria y, sin embargo, se saben de memoria que los estadounidenses libraron una guerra en el XVIII contra el yugo opresor de los casacas rojas y se dieron una constitución llena de libertades y de enmiendas preciosas; que varias generaciones de emprendedores ilusionados conquistaron el oeste para cumplir sus sueños, disputando cada palmo de tierra a la naturaleza y a los indios; que en 1945, tras épicas batallas, Norteamérica salvó al mundo de la tiranía nazi y regaló chocolate a los niños de todos los pueblos liberados, y que la mejor juventud americana dio su sangre en Vietnam para llevar un soplo fresco de libertad a una nación oprimida por malvados autómatas aliados de los soviéticos. Y lo mismo pasa con la geografía: muchos críos españoles no sabrían situar Soria o Jaén en la piel de toro, pero sí recitar los estados yanquis y los barrios de Nueva York.

¿Por qué? Porque los estadounidenses son muy listos y han sabido manejar un instrumento tan poderoso como el cine para exportar la mejor imagen de sí mismos hasta el último rincón del planeta, para difundir (e imponer) sus costumbres, y, en definitiva, colonizarnos culturalmente a todos, que hemos tragado el anzuelo como merluzos creyéndonos a pies juntillas todas esas patrañas de libertad, sueños americanos y juego limpio en las guerras contra villanos de cómic.

Mientras tanto en España, teniendo una historia trufada de gestas emocionantes, de misiones más imposibles que las de Tom Cruise, de grandiosas conquistas y reconquistas frente a nuestros propios pieles rojas (los moros), de héroes entrañables y de guerras devastadoras en las que el Bien se impuso, en España, digo, nos dedicamos a rodar melodramas de putas y maricones, escenas de cama y moralinas progres e infumables de las que se descojona el mundo entero. Encima, las únicas películas españolas de historia tratan de la guerra civil y lo cuentan todo al revés para satisfacer un ansia obsesiva de venganza y, al mismo tiempo, pillar subvención.

¿Y el deporte qué? Ahí tenemos a los separatistas instrumentalizando el Fútbol Club Barcelona (¿o es al revés?) para hacer campaña de sus ideas en medio mundo. Hasta los niños de teta del villorrio más remoto de la Capadocia visten la camiseta de Messi y se han quedado con alguna de las cantinelas catalanistas escupidas por el presidente del Club ante los medios internacionales.  Sin duda el Barça ha aprovechado su popularidad mundial para convertirse en embajador del repugnante victimismo de los nacionalistas, predicando la opresión que los pobres catalanes, su idioma y su cultura sufren de un estado español absorbente, sanguijuelesco e incomprensivo. También en España, fuera de Cataluña, miles y miles de personas animan al Barça, atraídas en teoría solo por los valores deportivos del equipo, pero poco a poco su cariño por el Club les hace cada vez más tolerantes con las insidias escisionistas del Laporta o del Sandro Rosell de turno. 

En efecto, más que un club: una marioneta de la canalla separatista

Sin embargo, el Gobierno de España no ha sido capaz de aprovechar el tirón de la Selección de fútbol, vencedora en dos Eurocopas y un Mundial,  para divulgar allende nuestras fronteras un mensaje de unidad y cohesión que contrarreste la ponzoña secesionista. No se trata de caer tan bajo como ellos y hacer política con un equipo deportivo, pero sí al menos, ya que en estos años somos referencia internacional en el mundo del balompié, nos ven jugar hasta en Cochabamba, Luanda o Ulán Bator, y sale Vicente del Bosque hasta en la sopa, soltar de vez en cuando algunas verdades como puños sobre la situación de nuestra Patria y sobre el problema catalán. 

Es muy fácil, hombre. Se coge a Del Bosque y a un par de jugadores anticatalanistas, a Casillas o a Ramos mismos, y se les alecciona sobre las morcillas que han de meter en sus intervenciones en ruedas de prensa. Por ejemplo, podría sugerírseles decir: “Estamos entusiasmados del rendimiento del equipo en los últimos partidos. El equipo está unido y juega como un solo hombre, haciendo así gala de un espíritu muy español, sin arredrarle las dificultades igual que a España no le amilana el chantaje nacionalista vasco o catalán, en su ilusión por seguir siendo un pueblo unido y trabajar todos juntos con respeto a nuestras culturas diferentes”. Sería estupendo que saliera esto una y otra vez en las teles de decenas de países. Y si el seleccionador o los muchachos no fueran lo bastante patriotas y se resistieran a colaborar, el Gobierno siempre podría ayudarles a decidirse con algún pequeño incentivo económico, que eso les encanta, y si se pusieran muy farrucos se les podría hacer una inspección fiscal a fondo, a  ver si así se animan.

La cuestión es que los españoles no sabemos vendernos nada de nada, y tenemos mucho que aprender de los grandes propagandistas para lucir por todo el orbe nuestra historia ejemplar, los valores hispánicos que deberían ser nuestro orgullo y la versión que nos interese de nuestros problemas internos, que ya está bien de que nos coman la merienda. 

martes, 10 de septiembre de 2013

...DE NACIONALIDAD RUMANA....

Jóvenes de nacionalidad rumana sustrayendo cobre

Recuerdo que en los años 90 hubo en los medios de comunicación una gran polémica sobre la forma de enfocar las noticias sobre delitos en las secciones de sucesos. Hasta entonces, cuando se indicaban los nombres o las iniciales de los autores de hurtos o reyertas, era costumbre añadir la coletilla  “de etnia gitana” cuando los sujetos eran calés, pero el Secretariado Gitano se mosqueó y pidió a la prensa que evitara estas especificaciones, que, a su modo de ver, resultaban discriminatorias (ya que los “payos” también robaban y no se ponía su raza) y solo contribuían a estigmatizar a ese pueblo noble y amante de la libertad que son los zíngaros. Finalmente hubo consenso y se decidió omitir este dato en todas las noticias relativas a homicidios, robos, extorsiones y peleas, por lo que solo podíamos deducir que los autores eran calorros de las fotos (si las había) o de los consabidos apellidos Gabarre, Gabarri, Heredia, Montoya, Barrul y demás.

Con mucha menos intensidad, y acogida con mayor diversidad de criterio que entonces, ha resucitado esta controversia en nuestros días, pero esta vez no en relación con los alegres gitanos sino con los inmigrantes de varios orígenes. A nadie se le escapa leyendo los periódicos que un amplísimo porcentaje de las fechorías cometidas en nuestros pueblos y ciudades tiene como protagonistas a individuos de Europa del Este (sobre todo rumanos), a moros del Magreb y, en mucha menor proporción, a hispanoamericanos, todos ellos afincados ilegalmente en nuestro país. Las posibilidades de que una violación, un navajazo, un atraco a una sucursal bancaria o un hurto de piñas, de cable de cobre o de tuberías hayan sido obra de uno de estos extranjeros irregulares son en la actualidad de diez contra uno. Ello no ha obstado para que numerosas oenegés de apoyo a los inmigrantes hayan puesto el grito en el cielo por la práctica periodística casi unánime de concretar la nacionalidad de los criminales, aunque esta vez me temo que casi nadie les ha hecho caso.

Es muy cierto que del dato de que el 70% de los robos en una ciudad sean siempre cometidos por rumanos no cabe deducir (automáticamente) que el 70% de los inmigrantes rumanos son ladrones. Es muy cierto que los españoles también cometemos delitos y tenemos comportamientos incívicos.  Y es muy cierto que a los gitanos o inmigrantes honestos, que los habrá, les tiene que saber a cuerno quemado ver cómo su raza o su nacionalidad aparecen diariamente implicados en las noticias más sórdidas y violentas. Pero la cuestión es que nos guste o no y se mire por donde se mire, que los individuos de una minoría protagonicen la mayoría de las transgresiones del Código Penal es noticia, y todos los ciudadanos tenemos derecho a que esta noticia no se recorte ni se manipule al son de los intereses de cuatro progres sensibleros.

Los dueños de naves o almacenes están en su derecho, cuando compran la prensa, a que en las reseñas de hurtos en polígonos industriales se signifique que los mangantes son rumanos, y a saber que esta clase de delito se comete en un 90% de ocasiones por inmigrantes de este país, pues ello les facilitará la vigilancia de sus negocios y la adopción de precauciones. A las jovencitas les viene muy bien enterarse del elevado porcentaje de agresiones sexuales cometidas en España por marroquíes, para por lo menos cambiarse de acera cuando atisben a un grupo de moros y no dar ni la menor confianza a un sarraceno en un bar de copas, y si resulta que paga el pato un rifeño bueno, ay, qué pena nos da. Si se sabe, por ejemplo, que los robos en domicilios por empleadas domésticas son, en su mayoría, cometidos por ecuatorianas, las familias deberían ser informadas de este dato por los periódicos para pensárselo mucho al contratar a una quiteña por muy barata que salga. Y si la mayoría de los enfrentamientos a tiros en la ciudad se producen entre gitanos, que los periodistas lo pongan bien clarito para que lo tengamos todos en cuenta a la hora de elegir nuestras zonas de residencia y de paseo.

Porque lo que no puede pretenderse es que los españoles honrados y trabajadores queden desprotegidos por estar en la inopia de estas estadísticas solo para que los rumanos, magrebíes o ecuatorianos decentes no se sientan ofendidos por las “generalizaciones” o para que los charlatanes de las asociaciones de ayuda a los marginados se apunten un tanto y cobren más subvenciones.

jueves, 9 de mayo de 2013

SIN CRITERIO



Hablaba en la entrada anterior de las condiciones necesarias para tener independencia de criterio, pero no decía nada de la más elemental, que es, antes que nada, tener criterio. Parece de perogrullo, sí, pero no sé yo…

La gente solo sabe llenarse la boca de democracia y libertad, sobre todo de libertad de expresión. Parece que les va la vida en gozar del derecho a expresar sin cortapisas sus puntos de vista; que sacan pecho porque en una bazofia de constitución pone que pueden difundir libremente sus “pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción”. Pero luego resulta que la inmensa mayoría nunca opina de nada, ni dice nada,  ni difunde nada ni piensa nada, sencillamente porque pasan de todo, pero también, y fundamentalmente, porque carecen de criterio y ni se les ocurre qué decir.

Un ejemplo bien palpable son las redes sociales de Internet. Hasta el último mono se ha apresurado a hacerse un blog o una cuenta en Facebook o en Twitter para estar a la última y poder aportar su granito de arena a la sociedad global. Dando por sentado que solo un pequeño porcentaje de la población puede manifestar sus opiniones en los medios de comunicación de masas, nada nos impide sin embargo generar contenidos propios y distribuirlos a través de estos nuevos instrumentos de la sociedad de la información. Cierto que con ellos, en frío y partiendo de cero, es imposible hacer llegar nuestros planteamientos a millones de almas, pero digo yo que tanta obsesión con el derecho a opinar, tanto orgullo por las libertades que plasmó el panfleto de 1978, debería traducirse por pura lógica en un ansia natural por dar a conocer nuestras reflexiones, críticas, sensibilidades y posicionamientos aunque sea a las pocas decenas de amigos y conocidos que tenemos en nuestras cuentas en las distintas redes sociales.

Pero no. La gente, que debería estar ardiendo en deseos de utilizar Internet como cauce de expresión, no sabe ni qué expresar. Basta echar un vistazo a lo que publican a diario todos nuestros contactos en cada uno de los foros o redes de los que formamos parte. Por cada cien personas, solo una, y soy muy optimista, cuelga contenidos que ella misma ha creado, emite reflexiones propias o hace comentarios personales originales que aporten algún valor añadido a la información que ya tenemos por la prensa o la televisión. Prácticamente nadie comunica nada útil ni enriquecedor, ni comenta un libro que ha leído, ni una película que ha visto, ni pone fotos interesantes de los lugares que visita, ni hace críticas inéditas de las noticias, ni propone una solución novedosa a algún problema social ni explica o profundiza tan siquiera en algo con sus propias palabras. ¿El motivo? Que el personal está falto del menor sentido crítico, no tiene opinión, ni sabe en lo que cree ni por donde le da el aire.

Más claro todavía: La mayor parte de los amigos que tenemos en Facebook o en Twitter ni siquiera escriben nada, por decirlo así, de su puño y letra. Se limitan a compartir o a pegar enlaces absurdos, como imágenes de gatitos maltratados con “haz me gusta si estás en contra”; textos vitalistas, de autoayuda, amor o amistad que demuestran lo cursis y lo bobos que son; publicidad engañosa de ofertas y descuentos; chistes gráficos malísimos; caricaturas o ataques demagógicos al presidente del Gobierno en ese momento; diatribas populacheras contra las supuestas causas de la crisis; pataletas irracionales contra los vascos o los catalanes; invitaciones grotescas a boicotear productos con argumentos manipulados; reflexiones políticas facilonas, o en el mejor de los casos, convocatorias de manifestaciones. Pero insisto: todo copiado.

¿Y cuántos “blogueros” conocéis que no acaben día tras día copiapegando noticias, vídeos o canciones, o enlazando a contenidos ajenos, sin poner más de tres palabras suyas?

Así es la democracia, amigos: todo el mundo asegura muy digno tener opinión y querer medios para expresarla, pero después, si los tiene, no sabe qué decir o se dedica a decir gilipolleces. Al final, como toda la vida ha sucedido, acaban pensando y opinando cuatro y todo el rebaño a repetir sus consignas, por muchas vías de expresión que haya; los tres mafiosos que controlan los mass media importantes siguen convirtiendo la opinión publicada en opinión pública, como decía Ortega y Gasset; y por cada genio que crea algo, hay mil becerros que le copian, le chupan la rueda o intentan sacar provecho de su esfuerzo tocándose las narices.

¿Para qué leches quiere la gente la democracia y las libertades si ni sabe usarlas ni tiene el menor interés en aprender?