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domingo, 28 de junio de 2015

LA SENDA DEL DUERO




Foto tomada por mí

Desde 1993 el Ministerio de Medio Ambiente, a través del Programa de Caminos Naturales, viene acondicionando rutas por canales, cañadas, antiguas vías de ferrocarril, caminos de sirga, vías pecuarias y veredas de todo tipo para fomentar el senderismo, el contacto con la naturaleza y el desarrollo rural. Uno de los proyectos más ambiciosos, en colaboración con Portugal, ha sido el sendero GR-14, más conocido como Senda del Duero, que recorre la ribera de esta emblemática arteria fluvial desde su nacimiento en Duruelo de la Sierra (Soria) hasta su desagüe en Oporto. El itinerario se inauguró en 2012 y está perfectamente señalizado. Yo ayer me animé a recorrer a pie un tramo de su etapa número 12, que une las localidades vallisoletanas de Peñafiel y Quintanilla de Onésimo. En concreto anduve un total de 17 kilómetros sumando la ida y la vuelta desde Peñafiel a Pesquera del Duero, un paseo que recomiendo a todos los amantes del trekking. 

Esta zona es famosa en España por su cultura vitivinícola. A decir de los entendidos, aquí tienen los viñedos las bodegas más prestigiosas de la denominación Ribera de Duero, que elabora los caldos más preciados del país después del tinto de La Rioja. Este valle fluvial alberga además numerosos municipios de gran relevancia histórica, destacando Peñafiel con su soberbio castillo del siglo X, que fue conquistado por el mismísimo Almanzor y recobrado 30 años más tarde por el conde castellano Sancho García. 

El recorrido que hice discurre por antiguas sendas de pescadores atravesando pinares y frondosos bosques de chopos, sauces y fresnos. Desde el mismo Peñafiel seguí el Duratón hasta su desembocadura, casi tres kilómetros más allá. A partir de este punto un Duero ya caudaloso serpentea suavemente con su color de arcilla, con una corriente casi imperceptible en esta época del año, flanqueando farallones y pegado al camino, unas veces a ras de suelo y otras hasta treinta metros por debajo. Aunque fácil y accesible, la ruta alterna repechos y bajadas para no aburrir y sorprende con vistas maravillosas de un río en estado salvaje, con troncos muertos que lo atraviesan a modo de puente y una increíble variedad de aves tanto acuáticas como de bosque de ribera que pude disfrutar a pesar del calor: aguiluchos laguneros, fochas, azulones, rabilargos, abubillas, colirrojos y un ruiseñor cada cincuenta metros enseñoreándose de su territorio.

Un buen plan, a ser posible en una época algo menos tórrida, para gozar de un día campestre completo, con opción de lechazo regado con un crianza de postín en alguno de los mejores asadores de la provincia (yo, naturalmente, llevé un bocata de tortilla en coherencia con mi austeridad de revolucionario).

sábado, 27 de diciembre de 2014

VICIOS




Hay quien dice que todos tenemos algún vicio y que la vida sería imposible de sobrellevar sin la válvula de escape de los pequeños o grandes vicios. Alcohol, drogas, tabaco, sexo, juego, comida, compras, Internet, móvil, videoconsola, ropa, trabajo, deporte… Algunos tienen que ver con la dependencia, mayor o menor, de ciertas sustancias; otros, con la satisfacción compulsiva de necesidades fisiológicas, y los hay que pertenecen al mundo de las obsesiones.

Los vicios no deberían meterse todos en el mismo saco, pues aunque es cierto que los hay muy peligrosos y potencialmente destructivos, otros son (o parecen) más bien inocentes, como la pasión por los dulces, el café o el fútbol, aunque quizá la peligrosidad tenga un componente demasiado subjetivo y la amenaza no esté en el vicio en sí, sino en el vicioso. En efecto hay personas en las que cualquier inclinación pronto se convierte en manía y después en adicción sin solución de continuidad, mientras que otras siempre saben mantener sus frenesís a raya. Los individuos con más riesgo de volverse dependientes de cualquier cosa son aquellos con un grave déficit de fuerza de voluntad o los que atraviesan momentos bajos o depresiones.

Hay mucho que indagar sobre los vicios humanos.

¿De verdad todos tenemos vicios? Yo no lo creo. Conozco bastantes personas que no están subyugadas, ni en la más mínima medida, por ninguna de estas servidumbres. Quizá es verdad que en muchos casos se trata de gente que no necesita válvulas de escape porque no tiene de nada de lo que escapar: están muy satisfechos con su vida, pasan por pocos tragos desagradables y, sobre todo, están tan ocupados que no tienen ni media hora para expansiones superfluas. Un factor clave en relación con determinadas conductas y obsesiones es el nivel de ociosidad. Ya dice el refrán que “hombre parado, malas ideas” o que “cuando el demonio no tiene qué hacer, con el rabo espanta las moscas”, en referencia a la relación evidente entre inactividad y vicio. En la crisis que aún padecemos, los altos índices de desempleo han disparado el alcoholismo, el consumo de sustancias psicotrópicas y la promiscuidad juvenil.


 Otra cuestión interesante es la mayor propensión a enviciarse de los hombres frente a las mujeres. Hay muchos más varones alcohólicos, drogadictos o con cualquier otra dependencia grave. Incluso si hablamos de pequeñas manías, a mí me parece obvio que nosotros somos mucho más proclives que ellas. ¿Tal vez somos más infelices o más débiles? He pensado que pueda ser una cuestión cultural y que este hecho se explique por la mayor tolerancia social hacia los excesos del hombre debido al duro trabajo físico que este debía desempeñar, o, a sensu contrario, por el mayor control social al que estaban sometidas las mujeres, tanto solteras como casadas, exigiéndoseles una cota de virtud incompatible con cualquier devaneo. Es posible también que los vicios masculinos sean más ostentosos, especialmente los relacionados con la líbido, mientras que ellas hayan sido siempre más discretas o más hipócritas. Yo no lo acabo de ver claro, pero el caso es que a mi alrededor veo muchos hombres con los frenos descacharrados para unos cuantos “hobbies” y, en cambio, encuentro que la inmensa mayoría de las chicas no sufren estos desequilibrios y parecen más capaces de cumplir sus obligaciones cotidianas sin la ayuda de mecanismos de desahogo.

Pero lo que más me interesa a mí de este tema es la subjetividad que he apuntado al principio, y que no solo se traduce en que haya personas con mayor tendencia a encenagarse que otras, sino en que la sociedad no tiene la misma percepción de unos viciosos que de otros. Lo cierto es que solemos tener una actitud farisaica y egoísta hacia las adicciones humanas. Lo que en realidad nos preocupa no es que uno de nuestros semejantes comprometa su vida o su salud física o mental por culpa de su dependencia de los licores, de las drogas o de las putas, sino que su comportamiento nos perjudique a los demás. La heroína en los años setenta y ochenta del pasado siglo, por ejemplo, jamás habría pasado de ser un drama familiar íntimo para los afectados a un problema de interés nacional si los toxicómanos hubieran sido millonarios y no hubieran necesitado delinquir para obtener sus dosis. Con el sexo y el juego pasa parecido: si a un soltero sin hijos le da por putañear diariamente o fundirse todo su sueldo en el póker, endeudándose hasta lo imposible, a todos nos importa un higo. Solo saltan las alarmas cuando estas depravaciones salpican a terceros, o sea cuando hay una esposa públicamente cornuda, unos hijos con la manutención en juego o unos parientes con la herencia peligrando.


En resumen, tengo la impresión de que en nuestra sociedad los vicios solo empiezan a percibirse como negativos o peligrosos cuando la mierda puede esparcirse y pringar a terceros, lo que en la practica implica una mayor benevolencia hacia el enviciamiento de los ricos que hacia el de los pobres, ya que aquel no suele repercutir hacia el exterior, mientras que este puede derivar fácilmente en la desestructuración familiar y en la marginación, con todo lo que ello implica para la comunidad en su conjunto a nivel de gasto asistencial y peligrosidad criminal entre otras consecuencias.

domingo, 19 de mayo de 2013

EL TIEMPO QUE LE DEDICAS AL ALCOHOL...



Fijo que Mick Jagger no se perdió ni un ensayo por culpa de una resaca

La Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) lleva ya algunos meses desarrollando una campaña de spots televisivos bajo el lema “El tiempo que le dedicas al alcohol se lo quitas a todo lo demás”. Son tres o cuatro anuncios fuertemente demagógicos en los que se muestra cómo por culpa de la resaca una chica se pierde un ensayo de su grupo musical el domingo por la mañana, un  joven no puede declararse a su amor platónico y un padre no es capaz de llevar a su niña pequeña a los columpios, creo recordar, entre otras sandeces. 

Vaya por delante que soy poco bebedor, pero no comparto todos estos prejuicios esperpénticos contra el alcohol y su papel en las relaciones interpersonales y en el ocio nocturno. Siguiendo la moda imperante, la FAD, otras organizaciones similares y, al alimón, las diferentes administraciones públicas se empeñan en convencernos en sus respectivos planes y campañas de sensibilización de que el tabaco y el alcohol son dos drogas más, al mismo nivel incluso (tal como las abordan) que las sustancias tóxicas, estupefacientes y psicotrópicas cuya distribución está perseguida penalmente. 

En sus campañitas parten de una visión negativa y falsa del consumo de bebidas alcohólicas intentando contrastarlo continuamente con otras actividades que consideran mejores, más saludables, menos peligrosas, más divertidas o que favorecen mucho más la vida social, en especial el deporte, que se muestra siempre como símbolo de salud y de amistad , y como antítesis de todos los vicios. 

Este punto de partida es profundamente erróneo, ya que los licores no solo están íntimamente ligados a nuestra cultura y modelo social, sino que además resultan inocuos si se consumen correctamente y sin excesos (como casi todo en la vida). 

Que una pequeña minoría de los jóvenes españoles esté arruinando su vida por culpa de sus abusos empinando el codo no justifica a mi modo de ver que estos señores de la FAD nos den la murga a todas horas en la tele repitiéndonos esa perogrullada de que mientras bebemos no hacemos otras cosas, de que si te levantas con dolor de cabeza por haber alternado con tus amigos la noche antes, no saldrás a correr, ni te pondrás a estudiar,  ni echarás un caliqueño mañanero. 

Yo les diría a estos filántropos que, bien mirado, el tiempo que le dedicas a jugar al baloncesto, a estudiar un coñazo de carrera para luego ir al paro, a leer, a practicar el senderimo, a llevar al cine a Mari Pili o a hacer eso que llamas música con eso que llamas tu grupo, se lo quitas a meterte unos cuantos pelotazos con los colegas, a disfrutar de una buena cerveza de trigo, a echarte unas risas aderezadas con gin tonic (que no son las mismas que a palo seco) o a saborear un rico Ribera en tu tasca favorita. 

Que, por cierto, conozco mucha gente que bebe lo suyo y está muy lejos de ser alcohólica. Sé de algunos que acaban tostados todos los sábados y son unos magníficos profesionales entre semana. Hay muchísima gente que le arrea bien a la botella, pero sin pasarse,  y hace deporte regularmente y son, además, unos maridos y unos padres ejemplares. Hay tropecientos mil  estudiantes que practican el botellón y algún día se ponen hasta las trancas pero luego sacan en todo sobresaliente y hasta terminan ganando las oposiciones a judicaturas. Todos conocemos a quienes beben en abundancia pero saben hacerlo y jamás tocan el volante si se han tomado una copa, ni se meten con los demás ni molestan a nadie. Y eso por no hablar de la de conjuntos de rock legendarios cuyos miembros se tajaban como perros antes, durante y después de ser famosos. ¡La de ensayos que se pirarían como la chica del anuncio!

Lo que tenían que hacer las administraciones, las ONG´s y todos estos, es enseñar a beber a la gente, explicar cuáles son los riesgos y los límites de las bebidas espirituosas, en vez de demonizar una actividad que, en sí misma, no tiene nada de malo, y de decirle a la gente cómo tiene que vivir y divertirse, o cuáles deberían ser las prioridades de su vida.


Más sobre el alcohol en La pluma viperina: Reflexiones alcohólicas

jueves, 8 de noviembre de 2012

VINO DE ZANAHORIA

La Administración de la comunidad autónoma en la que vivo organiza cada año el certamen Campus Emprende, bajo el bonito lema “Educar para Emprender”, en el que premian proyectos creativos e innovadores a fin de fomentar “la actividad emprendedora y la creación de empresas de base tecnológica en el seno de las universidades de la región”.

Uno ya era bastante escéptico sobre los proyectos investigadores de las universidades españolas en general y de la Universidad de Valladolid en particular. Eso de investigar en nuevas tecnologías suena muy bien, pero cuando esta actividad investigadora no se enmarca en programas coherentes, sus resultados no se fiscalizan como es debido y nadie sabe qué repercusión tienen en la vida social y económica del país, te acabas maliciando que todo es un montaje para recibir pasta de la Unión Europea y de las Administraciones, y vivir del cuento.

Uno ya era bastante escéptico sobre la seriedad y la capacidad de los profesores universitarios, pero el premio Campus Emprende de este año ha terminado por confirmar todas mis aprensiones, pues ha recaído nada menos que en una docente por el estúpido proyecto denominado “Elaboración de bebida espumosa (vino) a partir de la fermentación alcohólica de la zanahoria”.

La rocambolesca idea premiada, según han explicado muy ilusionados sus promotores, consiste en “una bebida de entrada dulce, con un toque fresco y vivo, gracias a su carácter espumoso, acompañado de toques terrosos y herbales que recuerdan su origen vegetal”. Con este vino de zanahoria, al que han bautizado como Artezana, pretenden “dinamizar los recursos de Castilla y León, aprovechando un cultivo de relevancia regional".

El común de los mortales y hasta un tipo como yo, con la visión comercial rotundamente bloqueada, pensamos que el licor de zanahoria no tiene ninguna pinta de irrumpir con fuerza en el mercado vitivinícola de nuestra Región en los próximos cien años. Tenemos el pálpito de que casi con toda seguridad no será creada de forma inminente la Denominación de Origen Daucus Carota de las Tierras de Valladolid, y, es más, albergamos la sospechilla de que nadie va a ser tan tonto del culo de pedirse en un bar un rosado de zanahoria.

Aun así, la Junta de Castilla y León ha premiado el proyecto por considerarlo un ejemplo de visión emprendedora con posible incidencia en la economía regional. Deben de suponer que dando la suficiente publicidad a la nueva bebida, en poco tiempo desbancará al verdejo de Rueda y al espumoso de Peñascal.

Yo sugiero a los creadores de este mejunje que sigan desarrollando sus rompedoras ideas con el nabo. Entiéndanme, por favor: me refiero a la hortaliza conocida por los científicos como Brassica rapa, o incluso a otros tubérculos, como la patata o el boniato, con los que seguramente podrían fermentarse finos caldos de mesa. Y ya metidos en harina, imbuidos del entusiasmo emprendedor financiado por la Junta y por la Universidad, sería bueno elaborar una cerveza de cardo borriquero, un orujo de col lombarda o un delicioso blanco a partir del puerro. Ya saben que los consumidores estamos a la espera, bien dispuestos a apoyar los productos de nuestra tierra.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

MARRANO DE BELLOTA

Me comentan la noticia aparecida en 20 minutos: Rajoy se gasta 1000 euros en la cena del vuelo a la Eurocopa. Como la noticia habla por sí misma, no aburro con su transcripción a nuestros lectores, ni con otras obviedades, sino con unas simples conclusiones que les animo  a completar:

PREMISAS
  1. En el vuelo a Polonia, de unas dos horas, consumieron, además de la cena a base de jamón de bellota a 190 euros el kilo, solomillo y rodaballo (!Toma austeridad, Soraya!), siete botellas de vino y diez cervezas entre seis personas. Por lo tanto, de media, cada uno se pimpló más de una botella de vino y dos cervezas en un lapso de aproximadamente 120 minutos.
  2. Si tenemos en cuenta que, en el viaje a México, entre treinta y dos personas se metieron al cinto 24 botellas de vino, dos de güisqui Cardhú y otras dos de Johny Walker, tres de ron Brugal y dos de Beefeater, cada uno bebió casi una botella de vino y unos dos cubatas muy bien cargados.
CONCLUSIONES

  1. Rajoy es lo que, en el pueblo de mi abuela, llaman un tío tragón capaz de hincharse a cenar y a beber en dos horas. Vamos, ni en mis noches amorosas con la señorita Bacardí era capaz de tanto.
  2. Rajoy y sus acompañantes tienen un serio problema de alcoholismo.
  3. Rajoy y sus acompañantes, además, tienen mal gusto con el ron y la ginebra. Deberían probar el Varón Dandy a granel pues nos saldría mucho más económico y con Coca-Cola les sabría mejor que el Brugal.
  4. Rajoy y sus acompañantes, en lugar de aprovechar los viajes para preparar las reuniones y trabajar, se dedican a celebrar botellones, de tal forma que llegan torzas perdidos. ¡Vaya usted a saber qué les manda hacer la Merkel y qué entienden ellos!
  5. Rajoy comparte con el Rey aficiones que explican la atrofia testicular de ambos.
  6. Ni a Mariano ni al Rey les gusta el vino del Penedés.
  7. El defecto del habla de Rajoy no lo podría solucionar un logopeda sino un terapeuta de alcohólicos anónimos.
  8. Rajoy, al igual que JuanCar, se deja barba para disimular las arañas vasculares de la cara, propia de los mejores clientes de Asunción.

(...)






        martes, 3 de julio de 2012

        ANTROPOLOGÍA DE BARRA (y 2): BOTES Y REBOTES

        
        Grupo a punto de encasquetar el bote al más tonto (el de naranja)
        
        La prueba más evidente de que el pago de consumiciones por rondas resulta incómodo, por cuanto obliga a estar atento a las incidencias de barra y monedero, es que en cuanto hay un cierto nivel de confianza, quedan périódicamente los mismos, el grupo es amplio, y se va a gastar mucho, es bastante habitual recurrir a la técnica del bote. Nadie discute que poner un bote es lo más práctico y lo más justo, pero esta costumbre no deja de tener un fondo cutre que a muchos disgusta. Para empezar, pagar a escote destroza la magia de las rondas, porque, reconozcámoslo, aunque en la práctica todos andemos calculando a quién le toca aflojar la mosca y la idea a la larga es intentar repartir el gasto a partes iguales, la sensación social es que el que paga cada ronda es un tío rumboso que está teniendo un detalle con sus acompañantes. El gesto de invitar (aunque te devuelvan la invitación a los dos minutos) tiene una fuerte carga sociológica que se desvanece por completo con la moda del bote, que en el fondo es como decir “que aquí cada uno se pague lo suyo y así nadie se escaquea”.

        Los botes además plantean dificultades o conflictos añadidos. El más común es la disyuntiva de quién se hace cargo del dinero, puesto que este rol equivale al de encargado de pedir en la barra. Como estamos hablando de grupos numerosos, encargarse del bote una noche de fiesta en locales especialmente abarrotados puede resultar un auténtico coñazo cuando no una pesadilla. Hay además una regla estadística contrastada, que no sé cómo interpretar, que podría enunciarse así: Si un grupo de diez personas queda diez veces al año a tomarse unos vinos o a tapear, uno de sus integrantes acabará llevando el bote al menos en ocho ocasiones. La interpretación de este fenómeno científico plantea, ya digo, serias dudas. Uno no sabe si el escogido coincide siempre con la inevitable figura del pringado o del tonto del culo que puede verse en toda pandilla, o más bien se trata de un amigo particularmente generoso y entregado. En todo caso, es típica la escena en que todos sacan los billetes de veinte para juntar bote y se produce una situación incomodilla porque nadie se ofrece espontáneamente al sacrificio. Es entonces cuando interviene el clásico listillo poniendo su billete en la mano del pringado y exclamando:

        - ¡Manolo, tú llevas el bote, que para eso estudiaste Económicas!

        Chascarrillo muy celebrado con carcajadas generales que la mayoría aprovecha para darle a Manolo su parte y alejarse sutilmente del grupo. La frasecilla chistosa tiene muchas variantes, como por ejemplo: “Toma, Juanra, que tú siempre controlas muy bien los botes” o “¡Hala, Pepe, tú voluntario!". Y, hombre, es difícil negarse a una petición así so pena de quedar como un carota. También se oye mucho, sobre todo en las chicas, “ay, yo no, jijiji, que se me da fatal llevar las cuentas”, y hay que reseñar que el 90% de las veces el bote lo lleva un hombre y no una mujer, sin duda por casualidad.

        Una vez que al “botero” habitual le han encasquetado la pasta, suele haber un par de almas bondadosas que le acompañan a la barra y le ayudan a repartir las bebidas.

        Sea como fuere, lo que a mí personalmente me parece grotesco, con bote o sin bote, es quedar a picar algo en sitios llenos hasta la bandera grupos de más de seis personas. Considero que es una práctica muy incómoda, poco operativa y que casi siempre se presta al escaqueo a la hora de hacer colas, pedir o cargar con vasos o platos de raciones. Mi experiencia personal es que en los más de diez años que llevo yendo a picar en las casetas de las fiestas de mi ciudad con el mismo grupo de doce amigos, hay alguno al que todavía no he visto jamás encargarse del dinero común ni acercarse a una barra.

        Otro handicap del bote es lo salchichero que resulta repartir las monedillas si sobra bastante. Cuando todo el mundo anda medio mamado o la gente empieza a dispersarse, en algunas pandas sucede que el tesorero oficial, un tipo honrado y eficiente que no quiere quedarse con nada que no sea suyo, anuncia de pronto que han sobrado “ocho con sesenta y cinco”, comienza a hurgar en las monedas y da un euro a cada uno

        Para acabar voy a comentar una técnica que representa el límite del pragmatismo o de la tacañería, según se mire. Es la técnica del “cada uno lo suyo”, que aunque se encuentra ya totalmente proscrita entre personas civilizadas de cierta edad (excepto en Cataluña), aún puede verse de vez en cuando, en especial en entornos de excesiva confianza y entre personas más agarradas que un chotis. La cosa consiste en que uno de los amigos pregunta a los demás qué va a ser, pide al camarero lo de todos, reparte las consumiciones en noble gesto altruista, y, al acabar, suelta con toda naturalidad:

        - Tocamos a dos con cincuenta.

        Y todo el mundo saca el monedero y le da las tres monedas.

        Una variante no muy glamorosa de esta táctica es preguntarle al camarero cuánto cuesta cada bebida abonada y volverse al grupo explicando:

        - Las cañas dos; las Coca-Colas, dos con veinticinco, y los cafés, uno veinte.

        Os juro que sucede entre gente de treinta y tantos que ha superado hace mucho la fase del botellón. A veces no es más que una costumbre que nadie se atreve a cortar y a la que no cabe sino adherirse si sales con quienes la tienen arraigada. A mí no me parece elegante y creo que es un buen ejemplo de cómo la confianza desmesurada a veces conculca las reglas elementales de cortesía.

        Otra variante del “cada uno lo suyo”, mucho más disimulada y aceptable, es la que se practica en grupos grandes al entrar de noche y en fin de semana en bares de copas con la música muy alta. Consiste en que el grupo tiende a dispersarse en pequeños corrillos y no paga uno por todos, y ni siquiera piden todos a la vez, sino que cada vez que a alguien le apetece tomarse algo va a por su copa a la barra o, como mucho, a por la del colega que tiene más cerca.

        En algunas culturas cuesta mucho soltar la gallina
        El comportamiento en los bares suele decirnos mucho de las personas. Evidentemente no nos aporta datos decisivos, pero sí pistas sobre el grado de generosidad, la capacidad para desenvolverse o la caradura de cada cual. Pero no os fijéis mucho en estas cosas, que ya sabéis que da igual quién pague cuando estamos entre amigos...

        martes, 26 de junio de 2012

        ANTROPOLOGÍA DE BARRA (1): PAGANDO RONDAS


        Se podría escribir un estudio sociológico de miles de páginas sobre la actitud de la gente a la hora de pagar cuando alterna en los bares en grupo. Las costumbres al respecto varían muchísimo según el ambiente, la compañía, los grupos, la personalidad de sus integrantes y yo diría que incluso la zona geográfica de España. Yo mismo salgo con diferentes peñas de amigos y en cada una es un mundo lo de soltar la gallina en la barra.

        Una premisa elemental a tener en cuenta, que guarda íntima relación con la hipocresía consustancial al ser humano, es que cuando salimos a tomar algo con unos amigos, conocidos o compañeros de trabajo siempre todos intentamos crear la sensación, falsa como Judas, de que da lo mismo quién pague y quién no, o cuántas veces ha aflojado el monedero cada uno esa noche u otras anteriores. Sin embargo es una verdad inmutable que quien más y quien menos lleva la cuenta.

        La mayoría tratamos de estar al loro de cuándo nos toca apoquinar una ronda, con los reflejos a punto en el momento preciso para que no se nos anticipen. Otros es justo al contrario: están pendientes de todo menos de quién paga y cuándo, charlan muy concentrados en una zona estratégicamente alejada de la barra y guardan la cartera en el más recóndito bolsillo del abrigo para que, por mucho que aparenten reaccionar y esgrimir el billete alguna vez, siempre se les adelante alguien. Por último, hay un porcentaje de despistados auténticos, de tímidos y de miedosos escénicos (bastantes mujeres) que directamente te puedes olvidar de que inviten a nada si el grupo es más o menos nutrido. Vamos, que son unos sopazas sin iniciativa que se quedan como setos mientras los demás sacan la cartera.

        Lo políticamente correcto es no fijarse en estas cosas, pero ya ves, todo el mundo se fija.

        Negro escaqueándose de pagar una ronda
        Luego hay otras peculiaridades muy típicas de observar. Una de ellas es la pervivencia en algunos círculos de esa ancestral regla consuetudinaria de que ellas no pagan nunca. Las mujeres se han liberado, ganan un sueldo como tú, te tocan mucho los huevos con su feminismo de pandereta, pero luego algunas invitan (comprobado) una de cada veinte rondas en un grupo de cinco compañeros de trabajo. No sé, es como si hiciera menos feo que las chicas se escaquearan, y, como lo saben, se dejan hacer. Mucha culpa de este hábito, especialmente horrible en ambientes profesionales, la tenemos los hombres, que casi llevamos inscritos genéticamente determinados modales como dejarlas pasar en las puertas o pagarles los cafés. Son, desde luego, gestos bonitos de cortesía que simbolizan la caballerosidad de ceder a las señoras el asiento, el lugar o la situación más preferentes o cómodos en cada momento, pero qué duda cabe de que algunas de estas delicadezas están de más en la sociedad actual, donde a poco que te descuides te clavan los tacones en la cabeza y te pasan por encima en plan Sexo en Nueva York o esas series de putillas liberadas amigas de la ley del embudo.

        También hay otro fenómeno que casi merece un análisis científico, y es el del tipo que no se deja invitar ni a tiros, que siempre tiene que pagar él y no permite a nadie corresponderle. Se marca varias rondas seguidas o te agasaja siempre que te lo encuentras, aunque lleves tú seis veces sin invitar, y tienes que hacer verdaderos aspavientos, casi ponerte en pie de guerra sujetándole la mano o porfiando con el camarero para conseguir colocar tus monedas en la barra. La psicología de estos pollos, que te hacen sentir aún más incómodo que los ratas, suele ser bastante compleja. En ocasiones se trata de sujetos que tienen una curiosa concepción social del dinero, como si creyeran que invitando y halagando a destajo van a caer mejor o a conseguir más amigos. Otras veces son simples chuletas que, ricos o no, tratan de demostrar que tienen poderío económico. Finalmente hay algunos que se comportan de esta guisa por puro complejo social, como el novio de una antigua amiga mía, un humilde albañil que cuando salía con los ingenieros, médicos y abogados de la pandi de su novia, no paraba de pagar rondas como un descosido, el muy pelele, por no ser menos que nadie.

        Bebe, moza, que ya lo sudarás
        Para terminar esta primera entrega, haremos una reflexión sobre los invitadores interesados y rastreros. Esta especie se caracteriza porque no tiene ninguna costumbre de invitar y de hecho no le hace ninguna gracia. Normalmente catalogados como roñosos en su círculo de conocidos (aunque no lo sepan), estos tíos solamente te pagan una copa cuando quieren algo de ti o, menos frecuentemente, cuando pretenden agradecerte algo. Como ya digo, se estiran menos que el portero de un futbolín, de modo que el día que desempolvan uno de cincuenta salta a la vista que algo buscan y no tarda en saberse qué. Yo he visto como verdaderos capullos, supuestos amigos que no me han llamado en años, han venido a mi despacho, me han sacado a tomar algo, y luego me han avergonzado con sus ruegos lastimeros, con sus absurdas demandas de favores, cuando a un amigo se le ayuda por cariño y no porque te pague dos cervezas y te lama el culo de ciento en viento.

        Estos patanes son los mismos que, cuando quieren seducir a una mujer, se piensan que la falta de gracia, habilidad, ingenio, belleza y atractivo es fácilmente sustituible por cinco rondas de copas a su cuenta o por una cena sufragada con su tarjeta. Jamás invitarían a un amigo por tener un detalle y mucho menos a una chica que no les gustara o con la que no vieran posibilidad alguna de retozar, pero, ay si les interesa la torda… Entonces sí que invierten lo que haga falta para deslumbrarla, pagando anticipadamente como si fuera una ramera del Jamaica. Y lo más triste es que hay mujeres, decentes en teoría, que muerden estos anzuelos con una facilidad pasmosa.

        Sobre este mismo tema en La pluma: Se les atasca la mariconera

        domingo, 26 de febrero de 2012

        ESNOBISMO DE BARRA

        Tras la cena anual de machos de la manada que celebramos ayer, me chocó que uno de mis amigos pidiera en la barra un gin tonic a secas, sin especificar marca. La camarera le preguntó de qué se lo ponía, que tenían tropecientas ginebras, y él respondió que le daba igual.

        Cuando le manifesté mi extrañeza, me explicó que el 90% de la gente que pide una ginebra concreta jamás sería capaz de diferenciar una de otra, y que si dicen Tanqueray, Hendricks o Bombay Sapphire es solo por pura pijería, para quedar como unos entendidos en lo que no tienen ni idea, como un conocido suyo que andaba siempre a vueltas con los vinos exquisitos, gastándose una pasta y dándoselas de catador de élite con esas chorradas de que si un caldo estructurado y de boca potente pero con retronasal afrutado, y un día se la pegaron con un clarete Don Simón de brick que le sirvieron de la botella de un rosado de postín. El muy gilipollas olfateaba como un perrillo susurrando “qué riqueza de matices, qué franqueza de aromas”.

        Me parece que mi amigo tiene toda la razón. Yo mismo reconozco pedir Barceló a lo bobo, igual que hace años pedía Brugal o Cacique, solo por no decir “un ron con Coca-Cola”, pero fijo que no distinguiría unos rones de otros ni por equivocación.

        También reconozco haber empezado a decir “un Rueda” en vez de “un verdejo” imitando a mis compañeros de trabajo, para evitar que estos me miren como a un gañán de taberna.

        La sociedad cada vez más esnobista y absurda en la que nos movemos nos empuja a comportarnos en la barra como auténticos cretinos. Un tipo que conozco dueño de un bar me contó que no hace muchos años casi todo el mundo pedía un blanco, un tinto o un clarete, sin más, pero que ahora se lleva mucho no solo concretar denominaciones de origen, sino ponerse a charlar de caldos con el camarero, en plan cargante, citando cosechas y características como si fueran sumillers consagrados, y que juraría que si les sirviera el tintorro de oferta del Mercadona se quedarían tan felices.

        Otro amigo, el muy cachondo, siempre pide todo serio un Sauvignon y explica no sé qué de la acidez de la uva, pero al menos este sí que entiende de vinos, y de hecho hace poco me regaló un Mauro que me encantó. Siempre dice que la difencia entre un vino de 5 euros la botella y otro de 50 es abismal, pero que entre uno de 100 y uno de 300 seguramente no sabría distinguir.

        Luego está otro espécimen muy típico, que es el que en las cenas de amigos siempre pide, normalmente sin consultar, el vino más caro de la carta, y luego no hace más que alabarlo con tecnicismos de soplapollas. Así cualquiera. Pidiendo el más caro también entiendo yo de vinos.

        Al margen de las burlas que me inspiran estas actitudes esnobistas y ridículas, a mí sí me gustaría entender más sobre vinos porque creo que la cultura vinícola es un elemento esencial de la gastronomía y de la identidad de mi tierra, y que el saber no ocupa lugar. Aunque nunca he sido de beber vino, cada vez lo aprecio más gracias a la afición de algunos amigos, y estoy pensando en apuntarme a algún cursillo o cata que merezcan la pena, por lo que agradecería que alguien me informara si conoce alguno. En lo que espero no incurrir nunca es en esa afectación cursi de los que no se separan del decantador y dan la brasa en los restaurantes para demostrar lo mucho que saben antes que para disfrutar de un buen licor.

        martes, 20 de diciembre de 2011

        BEBER Y NO BEBER

        Me parece completamente absurdo que salgan juntas a alternar por la noche personas que beben alcohol con otras que ni lo catan. En general, el nivel de consumo de bebidas espirituosas suele ser un importante elemento de criba en las afinidades para salir los fines de semana, pero de vez en cuando, en algún evento tipo cena prenavideña o en alguna quedada de esas multitudinarias de amigos de amigos de amigos, se puede observar lo grotesco que resulta mezclar, en el mismo grupo de juerga, dos especies tan distintas como la de los bebedores y la de los abstemios.

        Qué duda cabe que se puede y se debe cultivar la amistad con gente de hábitos etílicos diferentes a los nuestros, pero es mejor olvidarse de ir juntos de bares hasta las tantas si no quieren vivirse situaciones absurdas y malentendidos. Entre quienes beben en compañía, sobre todo si es en gran cantidad, rápido surge un ambientillo cómplice difícil de definir y por supuesto imposible de entender por quienes no salen de la Coca-Cola a palo seco.

        Los que copetean se ríen por nada, exaltan místicamente la amistad, se dan abrazos sin ser menester, se agarran del hombro, se hablan al oído muy pegados y con voz gangosa, filosofan sobre el sentido de sus vidas sin venir a cuento, vocean y dicen más inconveniencias de las debidas. Este clima suele hacerse insoportable para un señor que solo le da al mosto o, a lo más, a la cañita con limón. En unas horas no se sentirá a gusto entre los puntillos cogidos o sobrepasados de sus compañeros de alterne. Lo mismo les pasará a estos, que, por muy cocidos que vayan, siempre les incomodará tener cerca a alguien despejado que les mire con prevención y no sea capaz de integrarse en su particular euforia.

        La cosa se agrava con la inveterada costumbre de los bebedores de intentar invitar a licor a sus acompañantes más sobrios y sosos, dándoles la consabida tabarra de “tómate una, chaval, que pago yo… solo una, ¿eh?”. El alcohol está tan arraigado en nuestra cultura que es complicada la vida social sin recurrir al vino o al güisqui, aunque con las mujeres parece que hay algo más de tolerancia si prefieren no empinar el codo, salvo cuando están muy buenas, que lo típico es intentar emborracharlas con fines inconfesables.

        Uno vive estos dilemas desde los dos bandos, ya que, según se tercie o me apetezca, bebo o no bebo copas cuando salgo por ahí. Y, como digo, me he dado cuenta de que las noches con mezcla de gustos en este sentido no suelen funcionar bien.

        viernes, 25 de marzo de 2011

        EL REY DE COPAS

        Siempre he creído que S.M. Don Juan Carlos desempeña un cargo que no se ajusta exactamente a sus capacidades, pues cabría esperar que una Jefatura de Estado recayera en todo caso en un político serio, prudente, perspicaz, con habilidades diplomáticas y otros méritos propios de un puesto de tan alta responsabilidad. A pesar de que nuestro Rey no parece encajar en este perfil, es bien sabido que su simpatía, su espontaneidad y sus meteduras de pata han conquistado el corazón de todos los españoles.

        Sin embargo este miércoles, nuestro querido monarca ha estado a la altura de las circunstancias apoyando al sector agroalimentario de la región castellana y leonesa en estos delicados momentos de declive económico. Me refiero naturalmente al acto celebrado en la burgalesa localidad de Roa en el que Don Juan Carlos ha presidido la inauguración de la nueva sede del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Ribera de Duero, apadrinando con su buen nombre esta marca de calidad.

        La presencia del soberano en un acto como este y la vinculación de su nombre con las famosas bodegas castellanas supondrá un impulso publicitario incalculable para el sector, toda vez que España entera lleva años asociando subconscientemente la figura del Rey con los caldos del país, dadas las aficiones del garante de nuestra democracia. Parece que por una vez los asesores de La Zarzuela han acertado de lleno al programar la agenda y los cometidos de Su Majestad, escogiendo un ámbito en el que, gracias a su dilatada experiencia como bebedor de vino, se desenvuelve como pez en el agua.


        Los consumidores de ahora en adelante se decantarán siempre por el Ribera de Duero para brindar en sus mesas, emulando el ejemplo del carismático Don Juan Carlos, que ha llegado a Rey de España y lleva en el trono 36 años comportándose cada día como si se hubiera bebido una añada entera de Pago de Carraovejas.


        El alegre monarca tuvo un comportamiento ejemplar durante la visita a la sede de Roa, si bien no puedo evitar que le brillaran los ojos cuando el Presidente del Consejo Regulador le agradeció su presencia en las bodegas “que serán para siempre su casa”. Al pasar por la sala de catas tuvo también, según las malas lenguas, un momento de debilidad, viéndose obligados la Ministra de Medio Ambiente, Rural, Marino y Caprino, y demás distinguidos acompañantes a empujarle discretamente hacia otras dependencias, susurrándole que la visita no había finalizado. Una crisis parecida sufrió al recibir como obsequio una botella mágnum honorífica de Gran Reserva, pues por lo visto pidió ansiosamente un sacacorchos.

        Se rumorea que los Consejos de Rueda, Cigales, Bierzo y Toro han solicitado ya a la Casa Real la presencia del Rey en otras inauguraciones parecidas. La marca de whisky DYC planea asimismo una recepción en Palazuelos de Eresma a la que estaría invitado tan ilustre y real conocedor de las bebidas alcohólicas españolas.


        ¡Gracias, Don Juan Carlos, por sus impagables sacrificios por la Patria!

        Más sobre S.M. Don Juan Carlos en La pluma:


        lunes, 20 de septiembre de 2010

        LA MÁQUINA DE LA MUERTE

        Nunca he sido una persona habilidosa ni amiga de las exhibiciones de insana chulería propia de ciertos deportes, en algunas ocasiones mal llamados, de equipo. Incluso, en primero de BUP, la bruja analfabeta que nos daba Gimnasia o lo que fuera (nada parecido a una asignatura seria) me dejó pendiente para septiembre.

        Aún así, de hace unos años a esta parte, se hace raro el día que no practico de una a dos horas de ejercicio. Ya sea natación en invierno, carrera en otoño y primavera, squash durante todo el año y el siempre presente gimnasio.Y es que, por lo visto, el deporte habitual se termina convirtiendo en una perentoria necesidad, sobre todo en aquellos que nos ganamos la vida de una manera bastante sedentaria.

        Hace aproximadamente año y medio, en el más que austero gimnasio público al que suelo acudir, realizaron una renovación de maquinaria y, entre las novedades, incluyeron un extraño aparato cuya existencia prácticamente desconocía hasta entonces: una elíptica Technogym.


        Al principio, la mayoría de la gente la miraba de forma extraña y casi nadie la usaba. Y claro, no iba a ser yo el raro que se subiera en semejante mariconada propia para pijillas que no desearan tener celulitis. Pero, al fin, persuadido de que serviría para mejorar mi maltrecha rodilla derecha, un día la probé y decidí rebautizarla como máquina de la muerte. Después de quince flojos minutos tuve la sensación de que el corazón se me terminaría escapando por la boca. Reafirmé el mote para este cacharro cuando, apenas unos meses más tarde, me enteré que a un tipo del mismo gimnasio le había dado un infarto o algo parecido usando la endiablada máquina.

        Y desde entonces tengo motivos para pensar que, verdaderamente, es un artefacto maldito con poderes sobrenaturales, sobre todo de adicción. Poco a poco, me ha ido poseyendo y el día que no le ofrezco un mínimo de 30 ó 40 minutos de sangre y sudor -he llegado a estar una hora-, torturándome y comparando las marcas con las conseguidas el día anterior, me encuentro apesadumbrado y yo diría que hasta de mal humor en comparación con el individuo derrengado pero rebosante de satisfacción que se baja empapado en sudor y maloliente del condenado aparatito.

        Y otra situación paranormal que probablemente tenga relación: cuantos más holocaustos ofrezco al diabólico cacharro, menos me apetecen, y peor me sientan, mis antes reverenciados cubatas. Bueno, también puede que sea cosa de la edad.

        viernes, 10 de septiembre de 2010

        HÉROE Y BORRACHÍN

        Los sucesos protagonizados por el profesor universitario Jesús Neira la semana pasada han sido muy reveladores por cuanto han dejado en evidencia el oportunismo rastrero de la clase política.

        Mitificar a un señor de carne y hueso tiene demasiado peligro. Cuando Neira tuvo hace dos años aquel gesto tan humano y tan valiente, y que tan caro le costó, de defender en plena calle a una mujer maltratada, casi todos nos conmovimos con su coraje y nos compadecimos de su mala suerte. Casi todos pensamos: qué reacción más viril, qué actitud tan solidaria y desprendida ha tenido este señor en este caso puntual. ¡Un aplauso, sí señor! Pero en ningún momento se nos ocurrió suponer que Neira fuera un santo, que no tuviera sus defectos inconfesables, sus vicios, sus malos rollos, su soberbia… Nos gustó lo que hizo ese día y punto.

        Pero como por entonces la prensa idiota debía de andar escasa de material, y encima lo de la violencia doméstica está tan de moda, en unos meses convirtió al audaz docente en un héroe a escala nacional, en un modelo a seguir por los ciudadanos, en un ejemplo de justicia y de amor al prójimo por encima de las ideas. En poco tiempo estaba en todos los medios y en las entrevistas haciéndose notar. Como encima este señor es un poquito chuleta y le gusta salir en la tele más que a un tonto una tiza, le faltó tiempo para opinar y hasta pontificar sobre lo humano y lo divino aunque no tuviera nada que ver con el motivo de su fama: ayudar a una mujer en peligro.

        Si los medios de comunicación son babosos y arribistas, qué decir de los políticos. En cuanto el deleznable gobierno de Esperanza Aguirre se percató del tirón mediático de Neira y de la relevancia social que iba adquiriendo su figura, se apresuró a sacar tajada enjaretándole de presidente en uno de esos órganos de mierda, que tan bien conozco yo, que solo sirven para hacer creer a los electores que la Administración se preocupa por un determinado tema y de paso para que sus miembros cobren dietas a cambio de tocarse el higo. Me refiero por supuesto al Consejo Asesor del Observatorio Regional de la Violencia de Género, que no ha realizado ni una sola actividad (según la memoria anual del Observatorio) durante el mandato de nuestro héroe.

        Cuando hace unos días ha quedado patente que el señor Neira, además de ser un tipo decidido y valeroso, es un borrachín capaz de conducir ebrio con absoluto desprecio hacia la vida y la seguridad de sus conciudadanos, a los pobres peperos se les ha caído la cara de vergüenza. De nada han servido su fulminante destitución, ni las forzadas declaraciones públicas de los fantoches de turno, porque han quedado todos, como suele decirse, como Cagancho en Almagro.

        Es lo malo de construir héroes de laboratorio, de divinizar a seres humanos para beneficio propio, de aprovecharse de las virtudes ajenas para medrar y para figurar.

        Nadie es perfecto, y cuando se utiliza a una persona como bandera, eslogan y reclamo, se corre el riesgo de que un día salte a la luz alguna tara que cualquiera podría disculpar en un sujeto corriente, pero nunca en un héroe. Al final, el perjuicio triplica en un instante la rentabilidad que se haya podido obtener en años del hombre anuncio.

        sábado, 4 de septiembre de 2010

        CINCO CRÍTICAS A LAS FIESTAS DE VALLADOLID

        Sé que es complicado para un Ayuntamiento organizar unas fiestas patronales dando gusto a todos los sectores y grupos de edad del municipio. También tengo claro que cada cual tiene su propio concepto de ocio, y que dentro de las mismas fiestas uno puede ir a donde quiera, disfrutar a su manera y en su propio mundo haciendo caso omiso de otras zonas o ambientes. Y para terminar este año sostengo una actitud especialmente crítica hacia el despilfarro festivo teniendo en cuenta la situación económica del país.

        Una vez aclarados estos puntos voy a desgranar brevemente los cinco aspectos que me parecen muy mejorables o abiertamente criticables de las fiestas de mi ciudad. Perdonen los que no sean de Valladolid, aunque estoy seguro de que hay críticas extrapolables a los festejos de otras localidades españolas.

        1. Negocio hostelero. Una de las cosas que más me gustan de las Fiestas son las casetas gastronómicas y las de la llamada Feria de día, porque permiten una forma diferente de alternar y tapear a la que practicamos durante el año. Bien mirado, y teniendo en cuenta los precios abusivos de las consumiciones, sale más rentable irte a un restaurante decente y cenar a la carta con servicio, tranquilidad y sobre todo comodidad (puedes tardar media hora larga en alcanzar la barra de una caseta de moda), pero bueno, es el precio que se paga por la novedad de una vez al año.

        A pesar de todo ello, pienso que en la última década las Fiestas de Valladolid se han convertido casi exclusivamente en un gran bar, en un gigantesco chiringuito de la asociación de hosteleros y de las Casas Regionales para beneficio del Consistorio, que da la impresión de que lo único que quiere es amortizar con el importe de las licencias todos los fastos absurdos que organiza estos días. Hay un número exagerado de casetas y, en mi opinión, esto no permite disfrutar ni moverse a gusto por el centro de la ciudad. Por si fuera poco, el coste de los pinchos es exagerado en proporción a la calidad de muchos de ellos y el personal que atiende las casetas es ineficaz, lento y nada profesional.


        2. Borrachos asquerosos. Durante todas las Fiestas, manadas interminables de adolescentes y veinteañeros, casi todas de los barrios más populares, invaden las calles céntricas con sus carritos de la compra robados llenos de bebidas alcohólicas, armando una gresca insufrible y dejándolo todo como un estercolero. Cuando pisas el suelo, está tan pegajoso que da asco, y las botellas y desperdicios de esta gentuza se amontonan en aceras y calzadas a pesar de los omnipresentes servicios de limpieza. La culpa, por supuesto, es del Ayuntamiento, que no tiene huevos para tomar medidas contundentes contra estos borrachos sinvergüenzas. ¿Mi solución? Multa de medio millón por cada carrito, confiscación de las bebidas y obligar a los niñatos-cerdos a limpiar las calles a las 6 de la mañana del día siguiente.

        3. Show de maricones. Ya hace años que el Ayuntamiento derechista e hipócrita de nuestra querida ciudad financia una mierda llamada eufemísticamente “partydance”, que consiste en un desfile de carrozas llenas de maricones y de zorras semidesnudos danzando al son de ritmos extranjerizantes más propios para una tribu de negros bunga, bunga. Como ya os podéis imaginar, si de mí dependiera, este evento sería suprimido de un plumazo del programa y todos sus bailarines obligados a cavar zanjas y a limpiar cunetas durante los próximos doce meses.

        4. Conciertos carísimos. Nuestro consistorio se gasta una pasta gansa en cantantes, artistas y demás titiriteros muy famosos que nos salen a todos los contribuyentes a cojón de pato. Este año vienen Malú, Chenoa, Macaco, Melendi y Celtas Cortos, entre otros de cuyo nombre no quiero acordarme. No me parece mal que se promocione a artistas o grupos locales, o cualquier manifestación de la música y de la cultura castellana y popular, como los bailes regionales o los toros (cuando haya pasta, eso sí, que no es el caso en este ejercicio), pero me parece intolerable que se pague una millonada al Melendi, que a mí por cierto me gusta mucho, o a quien sea. El que quiera ver un concierto de estos fulanos, que se lo pague de su bolsillo y punto; y el que no pueda, que se quede en su casa viendo la tele o jugando al parchís, que es muy barato.

        5. Peñas horteras. El capítulo peñas merecería muchos posts. El toque pueblerino, borrachín y hortera que da a la ciudad esta “costumbre” implantada con calzador en las últimas ediciones es difícilmente respirable. Por supuesto, este invento apesta a borreguismo cencerrero ladinamente orquestado por cuatro listos dueños de bares, que para mí son los únicos que sacan tajada esta semana. Por si la simple presencia y comportamiento de los peñistas no fuera suficientemente cutre, todos los años se empecinan en batir un récord Guiness reuniendo a miles de pucelanos para que hagan al mismo tiempo cualquier gilipollez. En esta ocasión el reto es congregar mañana a 20.000 personas ondeando banderas de España al compás del Waka Waka, del Himno Nacional y del Viva España de Manolo Escobar. De corazón, me dan ganas de pedir el fusilamiento de los promotores.

        viernes, 13 de agosto de 2010

        DE VENECIA A MÚNICH

        Estos días de vacaciones hemos tenido el blog algo paradillo porque siempre surgen en esta época cosas más apetecibles que escribir aquí, como viajar o hacer deporte. En mi caso he estado de periplo por el corazón de Europa, disfrutando de todo menos de buen tiempo, ya que me ha llovido bastante.

        Partiendo del Véneto y atravesando los Alpes Dolomitas he llegado hasta el Tirol y, tras pasar allí seis días disfrutando de parajes y ciudades austríacas de cuento de hadas, he culminado mi viaje en Baviera y he cumplido mi viejo sueño de conocer la fantástica ciudad de Múnich.

        He podido disfrutar de una tarde única en Venecia (que ya conocía) tomando un helado delicioso y recorriendo los canales en vaporetto. Estaba todo abarrotado, eso sí, y por desgracia el mágico Puente de Los Suspiros se hallaba en restauración.

        En cambio, no conocía Austria y me ha sorprendido muy gratamente el ambiente que allí se respira, con una gente educada y agradable que cuida sus calles y el medio ambiente con el mimo de una madre. Desde el minúsculo pueblo alpino en el que me he alojado a modo de campamento base, he hecho excursiones a diferentes puntos estratégicos.

        Salzburgo es increíble, una de las ciudades más bellas de Europa, donde además se rodó Sonrisas y lágrimas, por lo que un cinéfilo como yo ha gozado visitando varios escenarios de la peli. Además he tenido la oportunidad de conocer el Palacio de Hellbrunn y sus inolvidables jardines. "Inolvidables" sobre todo por los juegos de agua que los traviesos arzobispos del siglo XVIII instalaron en todo el recinto para embromar a sus visitantes. Se trata de fuentes y surtidores ocultos que se accionan por sorpresa calando hasta los huesos a los invitados y, en este caso, a los turistas.

        Destacable también es Innsbruck, enclavada igualmente entre montañas, que cuenta con un casco antiguo único y con un famoso estadio olímpico de invierno, desde cuyo altísimo trampolín puede ver cómo saltaba un valiente esquiador a pesar de que por supuesto no había nieve.

        Pero lo más impactante de esta región austríaca son los pueblecillos y paisajes típicos de los dibujos de Heidi. Tras un delicioso crucero (en mitad de la lluvia) por el Lago Achensse, estuve paseando por Alpach y Rattenberg, dos aldeas cuya belleza y entorno me han dejado boquiabierto. Tuve tiempo hasta para practicar el senderismo en las sobrecogedoras cascadas de Krimml y de pasármelo como un enano en el castillo de Trazberg, que alberga una impresionante colección de armas, desde escudos y espadas de los cruzados teutónicos hasta los primeros cañones y armas de fuego.

        De Baviera, ya en Alemania, confieso que no he visto demasiado. Lo que más me interesaba conocer era Múnich y el majestuoso castillo de Neuschwanstein, construido por Luis II, “El Rey Loco”, al que a duras penas logré ascender por culpa –permitidme la grosería- de la puta lluvia torrencial que no cesó ni un instante. Pero mereció la pena. Esta edificación fue un derroche de un rey inútil y excéntrico, pero una auténtica joya en lo alto de una montaña que inspiró el castillo de La bella durmiente de Disney y que nadie debería perderse en vivo.

        Mi objetivo en München (Múnich) era ver la ciudad rápidamente y después ponerme ciego a cerveza y a salchichas en dos de las cervecerías más emblemáticas del mundo: la Agustiner (fundada en el siglo XIV) y la Hofbräuhaus (HB).

        Mis expectativas se quedaron cortas de lo mucho que me han gustado, sobre todo la segunda, en la que caben, en bancos corridos de madera, cerca de dos mil personas. La decoración, el ambiente y la música no se pueden describir aquí; hay que vivirlo en persona. Me he prometido a mí mismo escaparme al Oktoberfest (feria muniquense de la cerveza) en cuanto tenga ocasión.

        Aparte de estos templos cerveceros, de la ciudad yo me quedaría con su plaza del Ayuntamiento, con su pintoresco mercado y con el Englischer Garten, un auténtico bosque de varios kilómetros con ríos y cascadas en mitad de la ciudad.

        Finalmente en un viaje como este es imposible no reflexionar un poco sobre la historia del pueblo germánico, sobre el concepto de Gran Alemania y sobre los motivos políticos por los que Austria a fecha de hoy no forma parte, como un lander más, de la gran potencia centroeuropea.