Sé que es complicado para un Ayuntamiento organizar unas fiestas patronales dando gusto a todos los sectores y grupos de edad del municipio. También tengo claro que cada cual tiene su propio concepto de ocio, y que dentro de las mismas fiestas uno puede ir a donde quiera, disfrutar a su manera y en su propio mundo haciendo caso omiso de otras zonas o ambientes. Y para terminar este año sostengo una actitud especialmente crítica hacia el despilfarro festivo teniendo en cuenta la situación económica del país.
Una vez aclarados estos puntos voy a desgranar brevemente los cinco aspectos que me parecen muy mejorables o abiertamente criticables de las fiestas de mi ciudad. Perdonen los que no sean de Valladolid, aunque estoy seguro de que hay críticas extrapolables a los festejos de otras localidades españolas.
1. Negocio hostelero. Una de las cosas que más me gustan de las Fiestas son las casetas gastronómicas y las de la llamada Feria de día, porque permiten una forma diferente de alternar y tapear a la que practicamos durante el año. Bien mirado, y teniendo en cuenta los precios abusivos de las consumiciones, sale más rentable irte a un restaurante decente y cenar a la carta con servicio, tranquilidad y sobre todo comodidad (puedes tardar media hora larga en alcanzar la barra de una caseta de moda), pero bueno, es el precio que se paga por la novedad de una vez al año.
A pesar de todo ello, pienso que en la última década las Fiestas de Valladolid se han convertido casi exclusivamente en un gran bar, en un gigantesco chiringuito de la asociación de hosteleros y de las Casas Regionales para beneficio del Consistorio, que da la impresión de que lo único que quiere es amortizar con el importe de las licencias todos los fastos absurdos que organiza estos días. Hay un número exagerado de casetas y, en mi opinión, esto no permite disfrutar ni moverse a gusto por el centro de la ciudad. Por si fuera poco, el coste de los pinchos es exagerado en proporción a la calidad de muchos de ellos y el personal que atiende las casetas es ineficaz, lento y nada profesional.
2. Borrachos asquerosos. Durante todas las Fiestas, manadas interminables de adolescentes y veinteañeros, casi todas de los barrios más populares, invaden las calles céntricas con sus carritos de la compra robados llenos de bebidas alcohólicas, armando una gresca insufrible y dejándolo todo como un estercolero. Cuando pisas el suelo, está tan pegajoso que da asco, y las botellas y desperdicios de esta gentuza se amontonan en aceras y calzadas a pesar de los omnipresentes servicios de limpieza. La culpa, por supuesto, es del Ayuntamiento, que no tiene huevos para tomar medidas contundentes contra estos borrachos sinvergüenzas. ¿Mi solución? Multa de medio millón por cada carrito, confiscación de las bebidas y obligar a los niñatos-cerdos a limpiar las calles a las 6 de la mañana del día siguiente.
3. Show de maricones. Ya hace años que el Ayuntamiento derechista e hipócrita de nuestra querida ciudad financia una mierda llamada eufemísticamente “partydance”, que consiste en un desfile de carrozas llenas de maricones y de zorras semidesnudos danzando al son de ritmos extranjerizantes más propios para una tribu de negros bunga, bunga. Como ya os podéis imaginar, si de mí dependiera, este evento sería suprimido de un plumazo del programa y todos sus bailarines obligados a cavar zanjas y a limpiar cunetas durante los próximos doce meses.
4. Conciertos carísimos. Nuestro consistorio se gasta una pasta gansa en cantantes, artistas y demás titiriteros muy famosos que nos salen a todos los contribuyentes a cojón de pato. Este año vienen Malú, Chenoa, Macaco, Melendi y Celtas Cortos, entre otros de cuyo nombre no quiero acordarme. No me parece mal que se promocione a artistas o grupos locales, o cualquier manifestación de la música y de la cultura castellana y popular, como los bailes regionales o los toros (cuando haya pasta, eso sí, que no es el caso en este ejercicio), pero me parece intolerable que se pague una millonada al Melendi, que a mí por cierto me gusta mucho, o a quien sea. El que quiera ver un concierto de estos fulanos, que se lo pague de su bolsillo y punto; y el que no pueda, que se quede en su casa viendo la tele o jugando al parchís, que es muy barato.
5. Peñas horteras. El capítulo peñas merecería muchos posts. El toque pueblerino, borrachín y hortera que da a la ciudad esta “costumbre” implantada con calzador en las últimas ediciones es difícilmente respirable. Por supuesto, este invento apesta a borreguismo cencerrero ladinamente orquestado por cuatro listos dueños de bares, que para mí son los únicos que sacan tajada esta semana. Por si la simple presencia y comportamiento de los peñistas no fuera suficientemente cutre, todos los años se empecinan en batir un récord Guiness reuniendo a miles de pucelanos para que hagan al mismo tiempo cualquier gilipollez. En esta ocasión el reto es congregar mañana a 20.000 personas ondeando banderas de España al compás del Waka Waka, del Himno Nacional y del Viva España de Manolo Escobar. De corazón, me dan ganas de pedir el fusilamiento de los promotores.