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lunes, 18 de abril de 2016

CRITERIO PROPIO


En lo tocante a posicionamientos políticos, ideológicos y religiosos es importante esforzarse por cultivar un criterio propio.

En mi juventud me predicaron muchas veces que atrincherarme en mi propio criterio era un acto de soberbia, puesto que muchas personas más inteligentes, cultas y santas que yo ya habían estudiado esos temas que me preocupaban y dictaminado lo correcto. La prudencia aconseja –me decían– adherirse humildemente a los criterios de los más sabios, de los más virtuosos o de los que ostentan mayor autoridad, para no hacer el ridículo de creer estar inventando algo que lleva diez o veinte siglos inventado.

Esta tesis que tanto me repitieron y que solía parecerme razonable, hoy me produce cierto sarpullido. Así en abstracto no parece plantear muchas objeciones, pero en la práctica se trata de una teoría que se presta al abuso de embaucadores y manipuladores como yo mismo tuve ocasión de comprobar. Está muy bien eso de sumarse, de forma más o menos automática, a las opiniones de gente más capacitada y acreditada moralmente que nosotros, pero los problemas suelen ser tres. Primero, que no siempre es fácil estar seguros del fundamento de esa supuesta superioridad, que podría estar prefabricada o basarse en falsedades. Segundo, que la mayoría de las veces no conocemos las opiniones de esos sabios o santos sino a través de fuentes indirectas, material extractado, resumido o interpretado casi siempre, qué casualidad, por quienes nos recomiendan no tener criterio propio. Y tercero, que esa autoridad ideológica o filosófica a la que hemos secundado, parafraseado y emulado con fervor durante años podría muy bien cambiar de parecer de un día para otro, opinar de repente todo lo contrario a lo que opinaba, y dejarnos con cara de idiotas y más perdidos que un pulpo en un garaje.

Como estas situaciones yo ya las he vivido, hoy tiendo a fiarme más bien poco de los iluminados. Prefiero consultar yo mismo las fuentes que me interesan, reservarme el derecho a posicionarme o no –incluso sobre temas aparentemente meridianos– y guiarme por mi olfato, que será una actitud muy soberbia y tal, pero, visto lo visto, bastante más segura que repetir como un papagayo las ideas de un señor, por muy perfecto que alguien me diga que es. 

Ahora me viene a la cabeza un tipo que conocí en los noventa y que es fiel reflejo de esto que estoy explicando. El personaje en cuestión era, y me parece que sigue siendo, un católico exaltado. A mí me caía gordo, y no por sus convicciones, que me parecen muy bien, sino por su rigidez chirriante, su forma de hacer proselitismo y su seguridad impostada y casi ofensiva. Era muy cansino. Se pasaba el día analizando la conducta de los demás y practicando la corrección “fraterna” con un estilo punzante y deslenguado. Siempre estaba discutiendo con otros jóvenes de la parroquia o de su grupo de oración que tenían visiones más flexibles que las suyas –o simplemente distintas– sobre cualquier cuestión religiosa o moral. Su estrategia dialéctica era muy burda pero a la gente más inexperta siempre la sugestionaba. La piedra angular de todo su argumentario era el magisterio pontificio. Tenía estudios de teología y se sabía de memoria todas las encíclicas y documentos papales. Siempre zanjaba los debates con alguna cita, generalmente de Pío XI o de Juan Pablo II, que eran sus favoritos, y atacando con dureza a todo aquel que osara discrepar de su postura. “¿Acaso vas a contradecir lo que ha dicho un papa? ¿Es que no respetas las encíclicas? ¿Y tú te consideras católico?”.

Era verdad que sabía un montón y que la gente lo respetaba por ello, pero siempre se aprovechaba de su posición, de sus conocimientos, y empleaba continuas trampas dialécticas. Cuando alguien es un experto en una materia de la que casi nadie a su alrededor tiene ni idea, la tentación de manipular la información es demasiado fuerte, y él, por supuesto, siempre caía en ella. No solo citaba los textos que le interesaban obviando otras fuentes que contradecían sus opiniones personales (como hizo una vez, aún lo recuerdo, con el tema de la objeción de conciencia al servicio militar), sino que exageraba o falseaba los datos, no distinguía entre el magisterio solemne y el ordinario, y esgrimía textos pastorales que habían sido rectificados por otros posteriores que, naturalmente, se escondía en la manga. Pero para darse cuenta había que hilar muy fino y era imposible pillarle en un renuncio porque tenía respuesta para todo.

   Pero Juan Pablo II se ha pronunciado a favor de la democracia –le decían–.  ¡Mira, mira, lo pone aquí en el nuevo Catecismo!

– ¡Por favor! –vociferaba escandalizado–. El Santo Padre se está refiriendo a una democracia perfecta, ideal, verdaderamente participativa y respetuosa con la dignidad humana, y no a este engendro que padecemos ahora, con un sistema de representación viciado de raíz y unas leyes que permiten el asesinato de niños inocentes en el vientre de sus madres. ¡Cómo va a estar la Iglesia a favor de una democracia así!

Y se ponía a citar papas, encíclicas, exhortaciones y documentos conciliares que avalaban su propio concepto de democracia.

Pero los temas con los que más caña daba con diferencia eran los de índole moral y de costumbres, sobre todo los sexuales. Con una potente batería de constituciones y cartas apostólicas, pronunciamientos papales y demás elementos del Magisterio de la Iglesia, discurseaba al personal de forma incansable sin que nadie dijera ni pamplona por miedo a ver puesta en tela de juicio su Fe y su ortodoxia. Yo lo recuerdo mucho despotricando, con la cara enrojecida, contra la comunión en la mano, el amancebamiento, los noviazgos largos –fuente inagotable de tentaciones contra la pureza– y, en general, contra ciertos comportamientos de los novios, como por ejemplo cogerse del brazo por encima del codo. ¡Y no digamos sobre otras expansiones de mayor alcance o sobre los "métodos anticonceptivos artificiales"!

  Muchas de las cosas que se hacen mal es por desconocimiento –solía decir–. Pero basta leerse la Mulieris Dignitatem, la Humanae Vitae y la Familiaris Consortio para saber a qué atenerse en estas materias.

Parece ser que los divorciados vueltos a casar ya no están excomulgados
Pero la cuestión que yo me planteo en estos momentos es cómo se tiene que sentir hoy este paisano, cuya única baza argumental era la autoridad de los papas, al escuchar las declaraciones públicas de Francisco sobre los temas más variados, y, en especial, al leer su reciente exhortación apostólica, Amoris Laetitia, en la que parece instar a los pastores a huir del rigorismo a la hora de negar el sacramento de la la eucaristía a los católicos divorciados que se han vuelto a casar o conviven maritalmente.

No sé por qué pero mucho me temo que por muy confundido que se encuentre con estas insólitas novedades, no se callará ni agachará la cabeza cuando alguien le pregunte, con malicia, si ahora también va a comerse con patatas lo que diga el Papa o va a pensar por su cuenta. Me apuesto lo que sea a que ya tiene preparado un sermón explicando la diferencia –ahora sí– entre los dogmas y las opiniones de un papa a título particular, y vapuleando a la prensa por “sacar de contexto” las palabras del Pontífice. 

domingo, 6 de septiembre de 2015

AQUELLA CANCIÓN DE TERESA RABAL



Teresa Rabal hizo su última gira hace tres años


El Papa Francisco dijo en junio que “es injusto acusar a los sacerdotes y obispos de comunistas cuando hablan de los pobres”. Tiene toda la razón, pero no solo pasa con los curas; es ya una vieja y odiosa costumbre de las clases sociales acomodadas, imbuidas de un conservadurismo egoísta, llamar rojo a cualquiera cuyas ideas contengan la menor pincelada de justicia social. A mí también me han llamado izquierdista varias veces a la cara, la última hace dos años un alto cargo del Partido Popular. 

El problema es que como tanto los militantes marxistas como las personas mínimamente solidarias y sensibles sin ninguna relación con la izquierda defienden mucho a los pobres y apuestan por fórmulas redistributivas, no siempre resulta fácil captar si ciertos discursos son socialistas o simplemente equitativos. Yo creo que muchas veces, si no se especifican soluciones políticas concretas ni se mezclan otros mensajes más o menos velados, es imposible notar la diferencia. Izquierda y sensibilidad social a secas tienen un área de confluencia innegable. 

A cuento de este asunto me he acordado de una anécdota musical de mi infancia. Con siete años alguien me regaló una cinta casette de la conocida cantante para niños Teresa Rabal, que, por aquel entonces, era un auténtico fenómeno mediático. Sus alegres y pegadizas canciones eran tatareadas por todos los críos de España y por sus mamás. También es cierto que esta artista, que aún colea, no era del agrado de muchos padres, debido a su fuerte compromiso con el PCE y a que las letras de sus temas eran, según algunos, excesivamente ideológicas e inapropiadas para niños de tan corta edad como para los que iban dirigidas. Es cierto que, siempre con un tono divertido, sus canciones rebosaban valores como la generosidad y la igualdad, y buscaban concienciar a las criaturas sobre ciertas injusticias sociales con mensajes a menudo subliminales.

A mí la Rabal me parecía un poco rollo, pero mis padres me la ponían a veces en el coche para distraerme, igual que hacían con otros muchos cantantes o grupos infantiles de la época. Pero hubo una canción en particular, posiblemente de las más polémicas, que se me grabó en el coco y nunca he conseguido olvidar. Supongo que me impactaría la letra, sin más, pero luego con los años, según se fueron fraguando mis ideas políticas y fui adoptando nítidas posiciones respecto al marxismo, nunca dejé de preguntarme si de verdad aquella cancioncilla tenía tufo izquierdista o era perfectamente asumible y aplaudible por cualquier cristiano coherente; si se trataba de un panfleto demagógico para inyectar en el cerebro de los peques el cianuro de la lucha de clases, o era una buena manera de inculcarles (¿quizá prematuramente?) el orgullo del trabajo honrado y los sentimientos de justicia. 

Me encantaría que los amigos de La pluma viperina la escucharan y me dieran su opinión sincera.


domingo, 30 de agosto de 2015

UNA CITA INCÓMODA DEL EVANGELIO




A lo largo de la historia los textos sagrados de todas las religiones han sido objeto de manipulación (tanto en su selección como en su interpretación) por los diferentes grupos sociales y políticos. Con el Cristianismo no ha sido diferente e incluso hay quien asegura que la versión hoy considerada oficial del Nuevo Testamento no es sino el fruto de una criba ideológica en la que se han descartado numerosos pasajes, cartas e incluso evangelios completos que a la Iglesia Católica no le ha interesado airear.

Sinceramente no tengo ni idea de si esto último es exacto, pero, al menos, lo que es irrebatible es que los textos bíblicos han sufrido con frecuencia interpretaciones tendenciosas según la ideología política de cada cual, y basten como ejemplos históricos el esclavismo estadounidense, el nacional-catolicismo español o la marxista teología de la liberación. Según las tendencias de los interesados hay partes del Antiguo o del Nuevo Testamento que se silencian, se ningunean, se repiten machaconamente, se tergiversan o se les da un barniz doctrinal que deja algunos textos temblando.

En el post de hoy quiero poner un ejemplo curioso, un corto pasaje del Sermón de la Montaña del Evangelio de San Mateo (Mateo, 5) que, por razones que a ninguno se nos escapan, ha sido sistemáticamente obviado tanto por los sectores más conservadores como por los más progres de nuestra sociedad. Incluso la propia Iglesia Católica (y el Papa Francisco ni te cuento) acostumbra a correr un tupido velo sobre estas palabras de Cristo sobre el divorcio (yo jamás las he oído en una lectura de Misa) o, en el mejor de los casos, apela al “contexto de la época” cuando en otras muchas cuestiones no se acuerda ni en broma del contexto social y religioso de la Galilea y la Judea del siglo I.

Copio el texto completo para situarnos, aunque yo me refiero al segundo párrafo: 


“27 Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. 28 Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. 29 Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. 30 Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. 

31 También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, déle carta de divorcio. 32 Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.”

sábado, 14 de febrero de 2015

PUEDES BESAR A LA NOVIA



Yo me atrevería a decir que todas las bodas anglosajonas son nulas de pleno derecho

Por culpa del cine americano –y esto no es nuevo– hemos asimilado inconscientemente multitud de costumbres anglosajonas no solo ajenas a nuestra cultura, sino además rematadamente estúpidas. Hace muy poco escuchaba a una pareja de novios, ya talludita, preguntarse si podrían convencer al párroco para que al final de su ceremonia de boda se prestara a decir esa parida de “puedes besar a la novia”. Para empezar esta antigua usanza de origen pagano no tiene cabida en el rito católico, pero es que encima no puede ser más improcedente, vulgar y hortera, o sea más americana. A pesar de ello estoy seguro de que no faltarán curas españoles dispuestos a introducir esta patochada y convertir así el sagrado rito matrimonial en una comedia romántica con sello de Hollywood. Tampoco descarto que el propio Papa Francisco, en sintonía con su orden habitual de prioridades, dedique en breve un concilio al tema. 

Sobre la procedencia exacta de esta tradición tan cutre de esperar el permiso del juez, del pastor evangelista o del capitán de barco para retirar el velo de la recién casada y darle un muerdo con lengua delante de todos los invitados, mejor me callo porque no estoy demasiado seguro. Hay quien dice que es un símbolo originario de la Antigua Roma, aunque a mí me suena más a resquicio de ese puritanismo protestante que vetaba el menor contacto físico entre los prometidos antes de pasar por el altar. 

Pero lo que más me desagrada de este ritual es su incoherencia y su olor a rancio. Incongruencia porque la autorización para “besar a la novia” se formula después del “yo os declaro marido y mujer” y por lo tanto no es a la novia a quien debería referirse, sino a la esposa; debería decirse en todo caso “puedes besar a tu mujer”. Y en cuanto al olor a naftalina, me refiero ni más ni menos al machismo que encierra esta formalidad en la que parece darse por sentado que el beso es un acto unilateral del marido hacia su señora en vez de un gesto de cariño mutuo. Lo que procedería como mucho es un “podéis besaros”.

viernes, 21 de marzo de 2014

CLASES SOCIALES



En los últimos meses he tenido ocasión de tratar y observar más detenidamente a personas situadas en los polos opuestos del escalafón social y mis conclusiones han sido tristes. Iguales ante Dios y en dignidad, todos estamos llamados a respetarnos, a entendernos y, desde una perspectiva cristiana, a amarnos como hermanos. Es sin duda un noble objetivo además del pilar fundamental de nuestra Fe, por lo que deberíamos tener marcada como prioridad en la hoja de ruta de nuestra vida el trato cálido y el diálogo cercano con todos aquellos con los que nos cruzamos con independencia de su condición social y de su formación cultural. Por desgracia este propósito nos cuesta cumplirlo en demasiadas ocasiones.

Uno de los motivos por los que es tan difícil la sintonía entre los seres humanos es precisamente la fuerte estratificación social a la que me refiero. Por razones de corrección política solemos obviar cualquier consideración clasista a la hora de plantearnos las relaciones interpersonales, llegando a tener la falsa sensación de que todos estamos al mismo nivel y podemos valorar y comprender las mismas cosas, compartir los mismos intereses, aspirar a idénticas metas o tener una sensibilidad similar hacia determinadas cuestiones. La realidad por desgracia es bien distinta: en la práctica las personas pertenecientes a estratos sociales muy alejados no tienen absolutamente nada en común y sus esquemas mentales están tan condicionados por sus respectivos prejuicios, necesidades y expectativas que casi me atrevería a decir que hablan idiomas opuestos y que es imposible que lleguen a entenderse y mucho menos a amarse (más allá de la mera declaración formal católica) o a compartir ningún aspecto de sus vidas.

Cuando escucho una conversación entre un hombre culto y acomodado, y alguien muy humilde, de un barrio popular y sin estudios, siempre tengo la sensación de que cada uno tiene sintonizado un canal distinto del walkie-talkie. Estas charlas suelen estar empañadas de desconfianzas o complejos, y desenvolverse a un nivel superficial, entre el tópico y la cortesía, percibiéndose a la legua que los interlocutores no tienen apenas temas en común de los que hablar y que las opiniones de uno se encuentran en las antípodas de las del otro. La mayor o menor fluidez de estos contactos depende casi siempre de la habilidad, de la educación y de la sensibilidad del más formado, que por obvias razones sociológicas que a veces nos negamos a ver, casi siempre es el más rico. 


Creo que nunca estaremos cerca los unos de los otros, ni nos amaremos como nos mandó Cristo, si no se acortan las distancias sociales y culturales. Para amarse hay que entenderse y desterrar todo prejuicio. Para sentirse hermanos hay que tener, si no los mismos puntos de partida, sí las mismas oportunidades para acceder a la educación, al trabajo y a los recursos. Como dijo el Papa Francisco, un cristiano en estos tiempos está obligado a ser revolucionario, y ello implica apostar con palabras y con hechos por una sociedad mucho más igualitaria, por un reparto equitativo de la renta, por una educación y una sanidad públicas y universales, y por un trabajo y un sueldo dignos para todos. Y la única manera de alcanzar todo esto es tijeretear sin contemplaciones por arriba y fulminar los privilegios de los de siempre; reivindicar un estado fuerte y unas políticas sociales valientes que, respetando la iniciativa privada y los méritos personales, neutralicen el egoísmo capitalista. Debemos aspirar a que nadie tenga su destino escrito en la frente en función de la calidad de su cuna.

Se trata solo de rescatar lo esencial del Evangelio, lo que nuestros padres inculcaban machaconamente en nuestros corazones infantiles: ¡compartir!

Cuando en este cochino mundo se comparta, tendremos todos mil cosas en común y las relaciones irán como la seda. Solo entonces aprenderemos a querernos de verdad. 

miércoles, 12 de marzo de 2014

MONSEÑOR BLÁZQUEZ

La idea de paz de Monseñor Blázquez es un insulto a España y a la inteligencia

Todo apunta a que Monseñor Ricardo Blázquez va a convertirse, por segunda vez en su vida, en Presidente de la Conferencia Episcopal, gracias, por lo visto, al apoyo del Papa Francisco.

Esta noticia debe ser tomada con especial prevención por todos los buenos españoles, dada la actitud proclive al entorno de ETA que este prelado de origen abulense, que en la actualidad encabeza la Archidiócesis de mi provincia, demostró durante su etapa como Obispo de Bilbao (2005-2010).

Sin necesidad de hacer mucha memoria, recordamos que este bicharraco firmó en 2002, junto con el resto de obispos vascos, una repugnante carta pastoral en la que se criticaba al Gobierno por la entonces embrionaria Ley de Partidos, que, como sabemos, permitió la posterior disolución de Batasuna y de otros satélites de ETA, así como del brazo político del GRAPO.

En este panfleto, Monseñor y sus compinches en las otras diócesis vascongadas afirmaban ladinamente sobre la ilegalización de Batasuna: 

“(…) nos preocupan como pastores algunas consecuencias sombrías que prevemos como sólidamente probables y que, sean cuales fueren las relaciones existentes entre Batasuna y ETA, deberían ser evitadas. Tales consecuencias afectan a nuestra convivencia y a la causa de la paz. (…)  La convivencia, ya gravemente alterada, ¿no sufriría acaso un deterioro mayor en nuestros pueblos y ciudades? Probablemente la división y la confrontación cívica se agudizarían. No vemos como un clima social así pueda afectar favorablemente a la seguridad de los más débiles: los amenazados. Más bien nos tememos que tal seguridad se vuelva, lamentablemente, más precaria”.

Pero el entonces obispo de Vizcaya no se limitó a suscribir esta “sutil” amenaza corleonesca al más puro estilo Otegi, sino que el muy canalla se negó ese mismo año a firmar el documento oficial del Episcopado español en materia de terrorismo, en el que ETA y Batasuna salen trasquiladísimas y se proclama valientemente la inmoralidad de sus aspiraciones políticas en base a la doctrina de Juan Pablo II: 

“Cuando determinadas naciones o realidades nacionales se hallan legítimamente vinculadas por lazos históricos, familiares, religiosos, culturales y políticos a otras naciones dentro de un mismo Estado no puede decirse que dichas naciones gocen necesariamente de un derecho a la soberanía política”. “Resulta moralmente inaceptable que las naciones pretendan unilateralmente una configuración política de la propia realidad y, en concreto, la reclamación de la independencia, en virtud de su sola
voluntad”.

Conclusión: Monseñor Ricardo Blázquez es un clérigo nefasto y antiespañol, una serpiente sibilina cuyo destino, en una España ideal, sería otro bien distinto que gobernar nuestra Iglesia.

viernes, 27 de diciembre de 2013

NO ES MARXISTA PERO...

Tampoco es judiorro pero no le importa parecerlo

Hace quince días el Papa Francisco volvía a abrir nuestras mentes obtusas en una entrevista para un diario italiano en la que declaraba que no es marxista, ya que el marxismo es una ideología equivocada, pero que no se siente ofendido cuando se lo llaman. 

Muy jesuítico, sí, pero a mí me gustaría saber si le ofendería que le llamaran capitalista o nazi, que también son doctrinas equivocadas para la Iglesia, y por qué en verano se lamentó tanto de su fama de “ultraconservador” en Argentina, considerándola “un problema grave”, y manifestó con tanto énfasis que “jamás” había sido de derechas. Vaya, eso sí le pica, ¿eh?


El irrebatible argumento de Bergoglio es que ha conocido a muchos marxistas buenas personas. ¡Oh, qué entrañable! Cabe deducir que todos los derechistas y liberales que ha tratado le parecerán unos indeseables y unos cabrones.



Más sobre el Papa Francisco en La pluma viperina:

-         La Iglesia del siglo XXI
-         El Papa parlanchín
-         Un uomo buono e saggio



jueves, 14 de noviembre de 2013

UN UOMO BUONO E SAGGIO

¡Cuidado, Bergoglio, que viene Don Lucchesi!


Si ya salió en El Padrino III...

Michael Corleone, empeñado en depurar el pasado de su familia, llega a un acuerdo con el Arzobispo Gilday, tesorero del Banco del Vaticano, para tomar el control de la empresa europea Immobiliare, fuertemente participada por la Iglesia, a cambio de una importante inyección de fondos. Pero el mafioso siciliano y mandatario democristiano Don Licio Lucchesi (con un pie “en ambos mundos”) se alía con el siniestro banquero Keinszig y con el traidor Arzobispo para obstaculizar el desembarco de los Corleone en la compañía.

Michael decide entonces buscar un aliado en la curia romana y para ello pide consejo al anciano Don Tommasino, que dormita en su silla de ruedas, en su villa de Sicilia.

- Cardenal Lamberto. Un uomo buono… e saggio – recomienda el inválido.

El cadenal Lamberto (un trasunto de su Eminencia Albino Luciani) recibe a Michael y resulta ser un sacerdote muy honesto y aficionado a las frases bonitas, igual que nuestro Papa Francisco: “Observe esta piedra. Ha estado en el agua durante muchísimo tiempo; sin embargo el agua no la ha penetrado... Lo mismo les ha ocurrido a los habitantes de Europa, durante siglos han estado rodeados por el cristianismo, pero Cristo no les ha penetrado, Cristo no vive en ellos”.

Muere Pablo VI y Lamberto es elegido como nuevo Pontífice. Su primera medida de gobierno: desinfectar las cloacas de la banca vaticana soltando lastre de corruptos y aprovechados, y acabando con la evasión de impuestos, el movimiento ilegal de acciones y las operaciones de lavado de dinero que la asolaban.  A los 33 días de su elección, Juan Pablo I es envenenado en sus aposentos con una taza de té. La mafia no estaba dispuesta a sufrir tantos reveses en tan poco tiempo. 

El Papa Francisco se cuida poco
Hoy nos desayunamos con la noticia de que nuestro querido Papa argentino está en el punto de mira de la Ndrangueta calabresa, organización criminal que en los últimos años ha superado en poder y volumen de negocio a la popular Onorata Società de Sicilia.  Y es que en la lista de loables propósitos de Bergoglio se encuentra barrer la casa desmontando todos los centros de poder económico que rodean al Instituto para las Obras Religiosas (Banco del Vaticano) y poner coto al lavado de fondos que multitud de empresas llevan a cabo aprovechando el buen nombre de la Iglesia.

El fiscal jefe de Calabria, Nicola Graterri,  ha asegurado que “quien  hasta ahora se alimentaba del poder y de la riqueza que deriva directamente de la Iglesia está nervioso” por la “limpieza total" que está decidido a emprender Francisco y por sus duros ataques verbales a la Mafia en los ocho meses que lleva en Roma. "Su vida podría correr peligro”.No sé si la Ndrangueta está en condiciones de hacer algo, pero seguro que se lo está pensando", concluye el fiscal, especializado en la lucha contra el crimen organizado.

Lo que está claro es que el cabreo de los asesinos calabreses combinado con el desdén del Papa hacia las medidas de seguridad hace un cóctel muy explosivo. Que se ande con ojo el intrépido jesuita con los cafés e infusiones que le sirven, que no nos apetece ver de nuevo la tercera parte de la saga de Coppola.

domingo, 27 de octubre de 2013

EL PAPA PARLANCHÍN





Conversando hace poco con un amigo muy inteligente sobre el Papa Francisco, le manifesté mi impresión de que el nuevo pontífice es demasiado parlanchín, que habla mucho pero va a hacer poco, a lo que me respondió con una buena dosis de retranca: “Hombre, Neri, es que a los Papas tienes que juzgarlos por lo que dicen y no por lo que hacen porque, total, ninguno hace nada, y también podían haber dicho los anteriores lo que está diciendo este y no lo han hecho”. Cachondeos aparte, llevo ya un tiempo con un post sobre Francisco rondándome la cabeza y creo que ha llegado el momento de trazar unas pinceladas breves sobre las sensaciones que me viene provocando el polémico jesuita argentino desde que ha tomado el báculo papal.

Como aspecto muy positivo para mí, debo destacar su religiosidad popular, su cercanía al pueblo y su deseo de comunicarse con él, así como sus gestos de austeridad y su apuesta (todavía solo formal) por los pobres. Francisco me parece un comunicador nato y un Papa sencillo, y eso le ha hecho ganarse en muy pocos meses la simpatía de millones de fieles y no tan fieles. No puedo negar mi entusiasmo ante frases suyas como “el pastor debe oler a oveja” o “los cristianos deben ser revolucionarios”. 

Sin embargo todo esto ha dado lugar a algunos excesos y a varios malentendidos. Excesos porque Francisco, que, como él mismo ha reconocido, es un “indisciplinado nato, nato, nato”, ha tomado diversas decisiones relativas a su residencia, costumbres y seguridad personal que colisionan frontalmente con la prudencia más elemental. Las medidas de protección que se ha saltado a la torera no son ningún capricho, y colaborar con sus escoltas y protectores no es una potestad suya, sino una obligación de quien no en vano es cabeza de la Iglesia además de un jefe de Estado. Y también el populismo desaforado del nuevo Papa ha dado lugar, como digo, a varios “errores” de interpretación fomentados por la prensa y por los sectores más izquierdistas de la Iglesia Católica. Naturalmente me refiero a la pretensión de Leonardo Boff y de otros siniestros comunistas de que las opiniones de Francisco se enmarcan en la tristemente célebre Teología de la Liberación, cuando el jesuita porteño ha sido siempre y es en la actualidad un feroz enemigo de esta herejía, si bien simpatiza a todas luces con la Teología del Pueblo, cimentada en la cultura y la religiosidad de la gente común (en primer lugar de los pobres), en la espiritualidad tradicional y en la justicia social, pero alejada del análisis marxista propuesto por Gustavo Gutiérrez, padre del liberacionismo. Hay quien va proclamando por ahí que la Teología del Pueblo es la rama argentina de la Teología de la Liberación, adaptada al contexto económico de este país, en el que ya predominan las clases medias, y alejada del marxismo. Pero lo que yo digo: si estas tesis teológicas defienden a los humildes sin proclamar la lucha de clases, me parecen estupendas, se consideren o no una “corriente” de la Teología de la Liberación.

Con todo, debo decir humildemente que hasta la fecha no estoy demasiado contento con este papado. Ya que a Bergoglio, como buen argentino, le gusta tanto hablar y hablar sin descanso, quizá debería tener presente el viejo refrán castellano: quien mucho habla, mucho yerra. No me atrevo a decir que hasta ahora haya errado, porque, puestos a analizar, aparte de levantarme ya un poco de jaqueca (que no se calla el hombre ni debajo del agua), no ha hecho casi ninguna declaración con la que yo no esté de acuerdo, pero creo que cuando predica sus catequesis, concede entrevistas o responde a las preguntas de los periodistas, se muestra tan preocupado por agradar a todo el mundo que acaba filtrando descaradamente los mensajes, omitiendo muchos contenidos "incómodos" de la doctrina católica en los temas por los que le preguntan, y, en definitiva, suavizando de forma calculada (para evitar críticas) las posturas de la Iglesia. Lo que no me gusta de este sucesor de Pedro no es tanto lo que dice sino lo que se calla. Para mí supone una misma adulteración del Magisterio de la Iglesia que un sacerdote, un obispo o un Papa expresen en público ideas opuestas al mismo como que seleccionen intencionadamente aquellos puntos más “vendibles” y no se salgan de ahí, evitando condenar sin tapujos ciertas conductas humanas o ciertos males de nuestra sociedad.

Lo que no es de recibo es que cuando al Papa Francisco le interpelan sobre un tema candente de moralidad o muy sensible, como por ejemplo la homosexualidad, nos salga con que lo importante es el amor y la comprensión, y que él no es quién para juzgar. Ya sabemos que el amor es el eje del cristianismo, pero un pontífice no puede apalancarse en esa muletilla para escaquearse de desgranar ante los medios lo que opina la Iglesia sobre el “matrimonio” gay y sobre la sexualidad contra natura de los homófilos.

Además, ¿qué choteo es ese de que él no es más que un pecador y no es quién para juzgar, o de que hay que hacer espacio a las dudas y no a las certezas? Ya, ya, si pecadores somos todos, pero si el Papa de Roma no es quién para juzgar, ¿entonces quién? Porque esta frasecita (muy cuca, eso sí, para los titulares) choca de plano con toda la historia y con la naturaleza profunda de la función papal. La Iglesia y el Papa están precisamente para transmitir seguridad y no incertidumbres, y, sobre todo, para emitir juicios morales y orientar la conducta de los fieles, más aún en esta época tan difícil marcada por la crisis de Fe y de valores. El día que dejen de hacer eso, apaga y vámonos; mejor recogemos el chiringuito y nos largamos cada uno a nuestra casa a hacer lo que nos dé la gana, porque, en fin, todos somos pecadores y no pasa nada, ¿no?.

Pero es que a este Papa le gustan más los titulares guays que comer con los dedos. Como buen jesuita despliega más trucos que una película de chinos y no hace más que dar una de cal y otra de arena, en una cauta y bien diseñada estrategia para ganarse el apoyo de la prensa internacional, cuando una Iglesia genuina y valiente debería preocuparse por difundir el verdadero mensaje de Cristo y los principios morales que ha venido defendiendo durante dos mil años, en vez de hacer malabarismos para caer bien y jugar a la mercadotecnia en los periódicos; en vez de hacer el ridículo vendiéndose como una oenegé más y pidiendo perdón todo el día por sus supuestos pecados del pasado.

No hay por qué dar una imagen antipática de la Iglesia ante los medios, pero tampoco tijeretear lo que interesa para molar al personal. A eso se le llama falsedad y cobardía.

Francisco nos cuenta, con sonrisa beatífica, que hay que amar a nuestros hermanos maricas, pero él sabe que jamás va a bendecir (ni a tolerar) sus uniones ni va a enmendar lo que dice el Catecismo al respecto. Nos dice, muy milonguero, que “la presencia femenina en la Iglesia apenas se ha hecho notar, porque la tentación del machismo no ha dejado espacio para hacer visible el papel que corresponde a la mujer en la comunidad”, pero no va a dejarlas en la vida acceder al sacerdocio… Bla, bla, bla, bla, bla… 

Lo que le dije a mi amigo: un parlanchín. De momento, mucho ruido y pocas nueces. Muchos gestos de cara a la galería y ningún cambio real (ni ahora ni creo que en todo el papado). Mucha palabrería y poca sustancia. Mucha publicidad y poca realidad. Si me equivoco y el Papa argentino revoluciona las estructuras y las posturas de la Iglesia Católica, seré el primero en reconocer que me he equivocado con esta entrada. Y que conste que corro el riesgo de meter la pata porque no hay droga más dura que el favor de la prensa. Una vez que lo obtienen, muchos son capaces de todo para conservarlo, y espero que Francisco no sea de esos.

Más sobre este tema en La pluma:

Che, un Papa argentino, ¿viste? 

La Iglesia del siglo XXI 

lunes, 1 de abril de 2013

LA IGLESIA DEL SIGLO XXI


Justo después de la fumata blanca, un preboste político de mi comunidad autónoma osó declarar ante los medios de comunicación que la Iglesia necesitaba reformas inaplazables para adaptarse al siglo XXI, y que confiaba fueran abordadas por el Papa Francisco. Aunque huelga decir que la opinión de este señor sobre asuntos religiosos está de más, es innegable que coincide con la de una parte muy considerable de la sociedad española, hasta el punto de constituir ya una muletilla tópica que escuchamos tanto a un colega tomando un vino como a un familiar en la sobremesa o a los compañeros del trabajo, casi siempre con independencia de sus sentimientos religiosos. El personal suele defender que la Iglesia vive anclada en una época remota y que la crisis de vocaciones y su pérdida creciente de influencia en la sociedad se deben a este lamentable desfase. Si la Jerarquía –dicen– afrontara los cambios necesarios, otro gallo cantaría al Catolicismo.

Ante este profundo desvelo que tantos bautizados, creyentes más o menos practicantes, y anticlericales de todo pelaje demuestran por las posturas y la situación de la Iglesia, cabe una primera cavilación, y es lo curioso que resulta que el 95% de las reformas que la gente sugeriría se refieran a materias directa o indirectamente ligadas a la moral sexual o, en menor medida, al modelo de participación de los católicos en las instituciones eclesiales. Simplificando, lo que la peña parece echar más de menos es que la Iglesia Católica nos deje follar fuera del matrimonio, sea tolerante con los métodos utilizados para hacerlo con tranquilidad, acepte a los sodomitas y se vuelva en general más democrática, admitiendo, por ejemplo, el matrimonio de los curas y la ordenación de las mujeres, para superar los actuales prejuicios machistas y medievales

Luego hay otras críticas de fondo que se resumen en la manida frase de tertulia de que “los curas mucho predicar la pobreza y mira luego todas las riquezas del Vaticano, bla, bla, bla”, pero, vamos, que ninguno de los descontentos por la supuesta desactualización de la Iglesia parece tener nada que objetar a la esencia de la Doctrina Católica, es decir a su mensaje social; a su preocupación por los pobres; a los valores de solidaridad, generosidad y austeridad; a los sacramentos, y al amor incondicional al prójimo.

Una segunda reflexión me lleva a preguntarme cuántos de estos críticos tan profundamente angustiados por el talante retrógrado de la curia romana son mínimamente consecuentes con los principios básicos que acabo de esbozar y contra los que en teoría no tienen ningún reproche que hacer, pero sobre todo a plantear un gran interrogante: Suponiendo que la Iglesia Católica aceptara mañana mismo todas y cada una de sus reprobaciones, y se apresurara a reformar en profundidad esos aspectos que tanto les disgustan; suponiendo que el Papa aplaudiera de repente las relaciones prematrimoniales, los condones y los distintos tipos de pildoritas; bendijera las uniones homosexuales; ordenara a señoras y casara a presbíteros; y aceptara el asambleísmo patatero como procedimiento para decidir los dogmas; si admitiera, todo esto, digo, ¿qué cambiaría sinceramente en la relación de estos juzgadores con la Santa Madre Iglesia? ¿Empezarían a ir a Misa o irían más a menudo? ¿Empezarían a comulgar y a confesar con regularidad? ¿Se pondrían a dar limosnas y a hacer obras de caridad si nunca las han hecho? ¿Se meterían curas o monjas, o estarían encantados de que lo hicieran sus hijos? ¿Colaborarían activamente (y económicamente) con su parroquia? ¿Rezarían más de lo que rezan ahora?

La mayoría de las críticas a la Iglesia se centran en la moral sexual
¿Qué demonios cambiaría en su actitud con la Iglesia si la Iglesia decidiera cambiar?

Mucho me temo que nada, porque la crisis de la Fe católica y, consiguientemente, de sus representantes y sus instituciones, tiene ramificaciones mucho más complejas que la aceptación o no de cuatro modas o costumbres puntuales, de la mayor o menor laxitud ante ciertos usos sociales. Si el Cristianismo no está en boga no es porque sus posturas en tal o en cual tema estén anticuadas, sino porque sus valores fundamentales son abiertamente contradictorios con los de la sociedad actual, basada en el materialismo, en el consumismo, en la imagen, en el individualismo, en el egoísmo, en el hedonismo y en la competitividad salvaje en la que el semejante es un rival y no un hermano. Y por eso, aunque Roma abriera la manga con cinco o seis cuestiones concretas de tipo sexual u organizativo, no se solucionaría en absoluto la crisis de la institución, y los que la ponían verde por carca, y no la hacían ni caso ni en lo que estaban en contra ni a favor, a lo mejor dejarían de criticarla por los motivos de antes, pero seguirán haciendo caso omiso de cualquiera de sus mensajes.

Seguirían siendo igual de superficiales y de trepas; seguirían pasando de los pobres como de la mierda; no se rascarían el bolsillo con idénticas excusas que antes; seguirían siendo católicos “no practicantes” o cristianos “a su manera”; seguirían creyendo que confesarse es absurdo; seguirían haciendo demagogia con los tesoros vaticanos; seguirían sin colaborar en nada y sin participar en nada por muy democrática que fuera la nueva Iglesia, y seguirían yendo a lo suyo y viviendo lo más lujosamente que su sueldo les permitiera, pensando solo en el destino de vacaciones, en su ascenso, en su coche, en su ropa, en sus caprichos, en sus compras, en sus comidas de restaurante, como hacemos la mayoría de los “católicos” españoles de hoy en día. O sea que la Iglesia seguiría en crisis y ellos no harían nada por remediarlo a pesar de todo lo que habían protestado.

Por eso lo mejor es que estos criticones espontáneos cierren la boca, se abstengan de opinar, y, puesto que ellos van a seguir haciendo lo que les venga en gana diga lo que diga y haga lo que haga la Iglesia, la dejen defender en paz los dogmas, la Tradición y los principios morales que lleva defendiendo más de veinte siglos y que, gracias a Dios, siguen iluminando la vida de muchos creyentes dispuestos a arrimar el hombro, a hacer en vez de hablar y a sumar en vez de restar.  Mi aplauso y mi agradecimiento a todos ellos.

jueves, 14 de marzo de 2013

CHE, UN PAPA ARGENTINO, ¿VISTE?


Que su Eminencia el cardenal Jorge Bergoglio no obtuviera ni un solo voto, es una prueba más de que los lectores de La pluma viperina no se tomaron nada en serio nuestra encuesta sobre los papables.

Aunque admito que sabía muy poco sobre este candidato, la impresión que me han dado sus primeras palabras como Pontífice y la información que he ido leyendo entre ayer y hoy me producen, la verdad, excelentes vibraciones. Aparte de la ilusión que me hace, como alumno de la Compañía, que un jesuita obtenga –por primera vez- el báculo papal, no puedo ocultar mi satisfacción por el hecho de que Francisco I no se encuentre pre-encasillado ni en el ala “conservadora” ni en la “progresista”, un claro indicio de su equilibrio y buen criterio. También me ilusionan su innegable sesgo social, y los gestos de solidaridad y humildad que ha tenido con los pobres durante su etapa como Primado de Argentina, llegando a besar los pies a unos enfermos de sida durante una visita a un centro clínico.

Otro punto a su favor fue su actitud en los años 70 y 80 del pasado siglo, durante el Proceso de Reorganización Nacional argentino (liderado, entre otros, por el elocuente Teniente General Videla), cuando tuvo que hacer auténticos encajes de bolillos y hasta juegos malabares para salvar su independencia y no politizarse, estando como estaba, en su papel de Provincial de los jesuitas, entre la espada de los videlistas, no demasiado escrupulosos al parecer con los derechos humanos, y la pared de los teólogos de la liberación de su orden, marxistas y a menudo proterroristas.

Huelga decir igualmente que despierta mi máxima simpatía su coraje al enfrentarse sin rodeos al gobierno de la Kirchner durante la tramitación en 2010 del proyecto de Ley de Matrimonio entre Personas del Mismo Sexo, al que calificó con gran acierto como “movida del diablo”.

Por último, me encanta que por fin haya un Papa hispano y sobre todo de Argentina, país al que tengo mucho cariño y que me encantaría conocer. Sin embargo –por qué negarlo- que el vicario de Cristo sea bonaerense tiene diferentes lecturas tanto positivas como negativas.

De todos es sabido que los nativos de este bello país sudamericano llevan en la sangre una verborrea tan vertiginosa como agobiante, y poseen una destreza innata para hablar durante horas y horas sin llegar a decir nada concreto, lo que les convierte en profesionales altamente cualificados en el área comercial o en el de la psicología, la pedagogía o la política.

Evidentemente, estas habilidades pueden resultar muy útiles en algunos casos, como por ejemplo en la labor evangelizadora que emprenda Francisco I o en su lucha contra las legislaciones inmorales. Es decir, que por no soportar a un argentino pegando la toquilla, por no tragarse entera una de sus peroratas, yo entiendo que hasta Joaquín Sabina sería capaz de convertirse en católico de misa y comunión diaria, lo que supone una ventaja indudable para la expansión de la Fe, aunque sea por puro agotamiento. Lo mismo cabe esperar, ya digo, de su acción política; salvo Cristina Kirchner, que, al ser plateña, ya está acostumbrada, admitamos que cualquier primer ministro normal casi preferiría reimplantar la Santa Inquisición a tragarse una reprimenda de tres cuartos de hora de un argentino. Ello abre una puerta a la esperanza de que la mayoría de estados occidentales se apresuren a derogar sus normativas flexibles con el aborto, con las uniones “matrimoniales” de gays y lesbianas, o con los métodos anticonceptivos cuestionados por la Iglesia, ante el temor de que Bergoglio pueda dedicar al asunto una larga homilía o un inflamado discurso.

La lectura negativa sería el riesgo de que durante los viajes pastorales, concentraciones católicas, misas multitudinarias o jornadas mundiales de la juventud, la gente se quede torrada tras escucharle más de diez minutos predicando, como es típico con las alocuciones de cualquier argentino.

Chistes aparte, los creyentes de todo el Planeta recibimos con mucha alegría al nuevo Papa Francisco, que promete ser la voz de los pobres en este mundo materialista y deshumanizado.