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miércoles, 20 de abril de 2016

CAMPESINOS



El sábado provoqué una desagradable polémica comiendo con unos familiares. Habíamos quedado para almorzar en Rio Shopping, el mayor centro comercial de la ciudad (conocido coloquialmente como Río Choni), y a las tres todavía no habíamos pillado mesa. Estaba todo abarrotado, imposible. Aparcamos de milagro, ya que miles de coches habían copado el aparcamiento subterráneo y el de fuera. La multitud hacía colas kilométricas en tiendas, bares y restaurantes.

A mí se me ocurrió comentar:

    Ha sido una mala idea venir a comer aquí y encima un sábado. Los fines de semana esto se llena de campesinos de toda la provincia.

El escándalo fue mayúsculo. Casi todos los presentes me increparon acusándome de irrespetuoso y de clasista.

     Mejor no le llames eso a la cara a uno de un pueblo porque te pega una hostia que te deja fino.

Tras unas leves protestas, al final decidí callarme porque detecté que ciertamente había herido la sensibilidad de estos familiares, todos ellos urbanitas, por cierto. Pero de verdad que no entendí a qué tanto aspaviento.

No sé si servirá de algo defenderme con razones etimológicas que supongo que a la gente le dan igual. Aunque “campesino” significa, según la RAE, persona “que vive y trabaja de forma habitual en el campo”, imagino que el motivo del cabreo está totalmente al margen de estas disquisiciones académicas. Tampoco creo que hubiera valido de nada explicar que el diccionario oficial de la lengua también define como “campesinos” a los naturales de Tierra de Campos, comarca que ocupa buena parte de la provincia de Valladolid (también se les llama terracampinos).

De veras que no acierto a ver qué problema hay con usar este sustantivo para referirme a los habitantes de los pueblos (casi todos dedicados a labores agropecuarias) que peregrinan todos los sábados al Río Choni a comprar en Ikea y en Primark, a comer apretujados como sardinas en lata y a ver una peli en los multicines. Perdón, pero no lo pillo.


Esta palabra tiene una honda tradición en España, hace no tanto un país esencialmente agrícola. Durante siglos ha sido lo más corriente calificar a los agricultores y ganaderos como campesinos, tal como puede corroborarse en infinidad de textos oficiales y literarios. El uso del hoy controvertido vocablo se extendió sobre todo desde principios del siglo XX por las distintas organizaciones en defensa de los intereses del campo, con independencia del color político. Todos los partidos, desde los comunistas hasta Falange Española, desde el anarcosindicalismo al sindicalismo católico y a la derecha agraria, se han pasado más de un siglo diciendo “campesinos” en sus himnos y en sus mítines, y en ningún pueblo de España les daban hostias que les dejaran finos. Al contrario, se les aplaudía a rabiar.

Es más: en la actualidad uno de los más potentes sindicatos agrarios de la comunidad autónoma es la UCCL (Unión de Campesinos de Castilla y León), cuyos miles de afiliados supongo que no se sentirán ofendidos por esta denominación legal. 

Pero por la reacción que provoqué el sábado lo que empiezo a sospechar es que hoy en día o bien mucha gente vive acomplejada de ser lo que es, o, por el contrario, son los más pijos y elitistas los que se empeñan en suavizar según qué vocabulario para demostrar una “delicadeza” y una “sensibilidad” que nadie necesita ni nadie les pide.

En todo caso lo más prudente va a ser proveerse de un rico surtido de eufemismos para que nadie lloriquee cuando llames a su profesión –por muy digna que sea– por su nombre. Tendré que mentalizarme de que ya no es de recibo denominar “obreros”, “porteros”, “señoras de la limpieza”, “chóferes”, “basureros”, “tenderos” o “albañiles” a quienes desempeñan estas honestísimas tareas, y que deben emplearse fórmulas más sutiles, a ser posible muy largas y que incluyan terminología técnica o ambigua, como “operarios”, “técnicos de saneamiento e higiene”, “distribuidores externos de recursos humanos”, “técnicos de recogida y selección de residuos urbanos”, “empresarios” o “auxiliares de servicios de ingeniería civil”. Y si se incluye alguna palabra en inglés o se dice "emprendedor" por algún sitio, menos ofensivo todavía.

Eso sí, a los campesinos no tengo claro cómo debo referirme para que no me hostien creyendo, no sé por qué, que me estoy cachondeando de ellos. Tengo entendido que, según los códigos más actuales de la corrección política, lo más apropiado es decir “empresario agrícola”, o algo así, si te diriges al dueño de una parcela o de una explotación de cerdos (con perdón), y “agricultor” a secas si el señorín trabaja por cuenta ajena, evitando, por descontado, esa grosería de “labrador”, tan arraigada en España, y mucho menos el cuasi-insulto “peón agrícola”.

En fin, consintamos en estas nuevas modas. Todo sea por respetar al prójimo y, cómo no, por evitar agresiones innecesarias. 


Sobre este tema en La pluma viperina: Obreros

viernes, 15 de abril de 2016

CACICADAS


Solemos quejarnos continuamente de la clase política, de su corrupción, de sus abusos de poder, pero nunca admitimos que, a pesar de todo, hay aspectos del comportamiento de nuestros gobernantes que han mejorado mucho en las últimas décadas. De verdad que no estoy de coña. Reconozco que a veces solo han sido mejoras de carácter estético, por decirlo así, pero en cualquier caso necesarias y muy de agradecer, teniendo en cuenta la actitud caciquil y chulesca que, sin recato alguno, ha demostrado durante siglos la mayoría de los políticos españoles.

Vamos a retroceder en el tiempo, aunque solo un poco. Año 1988. José María Aznar López es el Presidente de la Comunidad de Castilla y León y tiene su despacho en la sede de la Junta, en el Colegio de la Asunción de Valladolid. Los empleados públicos que trabajan en el complejo de edificios que rodea el Colegio le ven muy poco; solo algún día suelto, a lo lejos, bajando del coche oficial. Sin embargo Aznar tiene la costumbre de desayunar, una o dos veces al mes, en la cafetería de la Consejería de Presidencia y Administración Territorial, que le pilla a dos pasos. Suele bajar con uno o dos acompañantes, normalmente algún consejero o una visita. No escamotea sonrisas dentudas ni gestos con la mano para saludar a los humildes funcionarios que están tomando café en la barra y se vuelven, expectantes, cuando lo ven llegar con su pequeño séquito encorbatado.

El desayuno de Aznar en la pequeña cafetería, la única en toda la zona y gestionada por una empresa en régimen de concesión, es un ritual ya conocido y no por ello menos dantesco. El establecimiento a esa hora está abarrotado y la gente se arracima en la barra para pedir su tostada o su pincho de tortilla, pero cuando aparece el bigotes muchos se apartan respetuosamente para dejarle espacio. Las tres camareras están a tope, estresadas, pero lo dejan todo al instante para acudir, literalmente corriendo, a servir al Presidente y a sus acompañantes. Dejan tazas de otros clientes a medio llenar, zumos a medio exprimir y la tostadora echando humo. Algunos se quedan con la mano extendida para coger la vuelta y cara de pasmados. Los que llevaban cinco minutos haciendo cola se tienen que esperar.

  ¡Buenos días, presidente!

Las tres chicas se colocan frente a él, secándose nerviosamente las manos con un trapo, casi en posición de firmes. Aznar bromea un rato con ellas, riéndose como un conejo, y luego pide un café solo, como siempre. Tras servirle entre todas, se retiran poco a poco, caminando hacia atrás, y siguen con su tarea aunque mucho más despacio, mirando todo el tiempo a los gerifaltes por si necesitan cualquier cosa.

En 1988 todo el mundo consideraba de lo más natural una escena como esta. En cambio en 2016 nos parece inadmisible. Nuestra percepción sobre la conducta de los políticos ha cambiado tan radicalmente que hoy resulta inimaginable que un ministro, un presidente autonómico o el alcalde de una capital de provincia se cuele en la barra de un bar y consienta una arbitrariedad tan flagrante de los camareros. Puede que hagan cosas mucho peores, pero esa no. Puede que ahora solo guarden las formas, pero es que las formas también tienen su importancia y desde luego la ciudadanía tiene derecho a que se guarden, ya que lo contrario implicaría un insulto a la cara.

Por supuesto que en 2016 los profesionales de la política siguen perpetrando cacicadas de toda índole, pero si algo hemos ganado –y a mí no me parece poco– es que ahora las tienen que hacer a escondidas y de forma vergonzante, cuando hace no tantos años era tal su falta de respeto hacia la gente “de a pie” y tan asumida tenía la sociedad ciertas injusticias y desigualdades, que ni siquiera se molestaban en disimular. 

domingo, 10 de abril de 2016

CASTRONUÑO



Ayer fui de excursión a las Riberas de Castronuño, uno de los espacios naturales más singulares de Valladolid y el segundo enclave más importante de toda la región en lo que a variedad de aves se refiere; por ello ha sido declarado por la Unión Europea como Zona Especial de Protección para las Aves. Este humedal, formado por la presa de San José en el curso medio del Duero, tiene 192 hectáreas y en su entorno pueden realizarse varias rutas de senderismo, entre las que destaca la Senda de los Almendros, de unos cinco kilómetros, que discurre por la ribera del río, por bosques de chopos y fresnos y por un pinar en el que hay un magnífico mirador que domina todo el embalse, serpenteando, en su último tramo, entre almendros centenarios. El paseo es una ocasión única para avistar algunas especies de pájaros que no pueden verse todos los días.

Milano negro
Mi objetivo, naturalmente, era encontrarme con alguna garza imperial (Ardea Purpurea), especie emblemática del pantano que ahora mismo acaba de llegar de África. Solo en las lagunas de Villafáfila, en Castronuño y en un par de sitios más podemos los castellanos contemplar a esta zancuda dorada e inconfundible. Hizo un día muy agradable, sin calor ni frío, aunque con cuatro gotas al final de la jornada. Durante los primeros kilómetros no pude ver gran cosa, pues ya se sabe que Dios no ayuda a quien no madruga. Registré minuciosamente los carrizales desde la Senda de los Pescadores y solo logré atisbar los nidos de cigüeña de siempre, muchas docenas, construidos sobre troncos de árboles. Hasta que llegué a la altura de la presa, no hubo nada interesante.

Garza imperial

Cruzando el puente, casi hacia la mitad, con un fuerte viento azotándome el rostro, una pareja de milanos negros, recién llegados también, me ofreció unas vistosas acrobacias nupciales y un par de picados sobre una presa que logró escapar. Las cabezas de plata de estas rapaces enamoradas refulgían contra el sol tímido de la primavera. En el embalse nadaban los cormoranes, ya con el pico anaranjado, y los presumidos somormujos lavancos, con sus crestas de punki y sus papadas rojo chillón. Bajé a almorzar al río y, mientras terminaba mi bocata, pude espiar a placer a un pequeño grupo de chorlitejos chicos, que exploraban el fango pedregoso de la ribera, y a una garceta común, blanca como la nieve y engalanada con su coleta nupcial.

Somormujos lavancos
Garceta común
Me adentraba ya en el bosque, junto al arroyuelo Mucientes, desistiendo una vez más de ver a las imperiales, cuando a mi espalda levantó el vuelo desde una isleta una de estas preciosidades púrpuras, grises y negras. Pude disfrutarla durante casi un minuto. La seguí con mis prismáticos hasta que se posó sobre unos carrizos y sentí esa emoción que siempre experimento cuando avisto un ave que no volveré a tener ocasión de ver en todo un año o más. Más adelante, al pie de uno de los viejos almendros, distinguí el vuelo, mucho más lejano, de una garza real. No me encandiló tanto porque a estas las veo en el Pisuerga cada vez que quiero, aunque es un ave bellísima que siempre impresiona.
Chorlitejo chico


Hay que aprovechar abril para hacer escapaditas ornitológicas. En este mes encuentras diez veces más especies que en cualquier otra época del año, incluido el verano. El despertar del celo hace a los pájaros bastante menos madrugadores y mucho menos precavidos, pues están a lo que están, y uno puede observarlos a placer, incluso a cortas distancias, sin que se espanten. 

martes, 23 de febrero de 2016

PUCELA

Plaza Mayor de Valladolid

Como amante de la historia no puedo dejar de reconocer que esta rama del conocimiento tiene una grave limitación metodológica que siempre lastrará sus pretensiones de disciplina científica. Me refiero a que cuando los historiadores se encuentran con una laguna documental y no pueden justificar con datos objetivos un determinado suceso, se apresuran a especular con indicios muchas veces peregrinos, dejando volar su imaginación. Esta costumbre no sería tan negativa si los autores dejaran bien claro que solo están conjeturando, pero lo habitual, por desgracia, es que traten de sentar cátedra con sus hipótesis y terminen confundiendo a todos los interesados en un determinado tema. Ejemplos de este feo vicio historiográfico lo serían las innumerables tesis sobre la construcción de las pirámides egipcias; la localización de la Atlántida, del Arca de la Alianza o del Santo Grial; el asesinato de Kennedy; la autoría de El Cantar del Mío Cid, o el origen del topónimo Pucela aplicado coloquialmente a la ciudad de Valladolid.

La Pucelle de Orleans
Lo de Pucela mismamente es para hacérselo mirar.  A mí me cuesta creer que historiadores, documentalistas y etnólogos que llevan décadas estudiando el asunto todavía no hayan sido capaces de aclararnos de dónde viene esta curiosa denominación, que todo el mundo coincide en que ha surgido muy recientemente, en algún momento del siglo pasado. Sea como sea aún planean mil interrogantes sobre la cuestión, lo que no ha impedido que cada catedrático o erudito local se haya sacado de la manga su propia teoría, a cual más altisonante. 

Las hipótesis no tienen desperdicio. Veámoslas una por una:

1.- A Valladolid se le llama Pucela porque, según dejó escrito el emperador Antonino, había por estos lares una posada romana llamada Puntea donde los viajeros repostaban y descansaban. Hubo una evolución fonética de Puntea a puteum (pozo), cuyo diminutivo es pucelum.

2.- En el siglo XIV unos caballeros de Valladolid acudieron a Francia para luchar a favor de Juana de Arco (la Doncella Pucelle de Orleans) contra los ingleses que habían invadido parte del territorio galo. A su regreso, dichos caballeros serían apodados “pucelanos' en recuerdo de sus gestas.

3.- Aunque está rodeada de tierras de secano, Valladolid es en realidad un “lugar de aguas” que acoge los cauces del Pisuerga, del Esgueva y del Canal de Castilla, por lo que puede considerarse como una poza, en diminutivo “pozuela”.

Desembocadura del Esgueva en el Pisuerga, uno de mis rincones favoritos de la ciudad

4.- Carlos I convirtió Valladolid en capital de España, pero Felipe II trasladó la capitalidad a Madrid. Cuando Felipe III decidió traerse de nuevo la corte a la ciudad del Pisuerga, los madrileños cogieron tanta manía a los vallisoletanos que se referían a ellos como pulgosos, empleando el diminutivo de pulga en latín: “pullicella”.

Fábrica La Cerámica, en Vadillos
5.- En 1903, el famoso industrial cántabro Eloy Silió fundó la fábrica La cerámica donde hoy se encuentra el vallisoletano barrio de Vadillos, y obtuvo una licencia de distribución exclusiva de una clase de cemento italiano llamado puzolánico, o puzolano para abreviar. Al ser así un producto tan fuertemente identificado con la ciudad de Valladolid, el adjetivo comenzó a aplicarse a los naturales de la capital castellana y, en concreto, a los seguidores del Real Valladolid Club de Fútbol, en aquellos años veinte en que el balompié comenzaba a popularizarse por todo el país.

6.- Hay autores, entre ellos Camilo José Cela, que afirman que llamar Pucela a la ciudad comenzó como una costumbre popular “producida por mera creación, sin que se corresponda con dato, hecho histórico o documento alguno”.

Saco de cemento puzolánico
Insisto en que no me trago que, después de más de un siglo empleándose el término, no exista un mínimo acuerdo sobre su origen. Me parece increíble que a estas alturas los autores sigan pontificando con sus respectivas conjeturas y cada vallisoletano defendiendo alegremente la hipótesis que más le gusta. Estoy convencido de que un análisis exhaustivo de los archivos de prensa de toda España desde principios del siglo XX arrojaría una serie de conclusiones que permitirían, al menos, descartar algunos de los cuentos chinos que he enumerado, sobre todo el de Juana de Arco, que encima es el más popular. Pero da la impresión de que por extraños motivos interesa mantener viva la polémica, el halo de misterio que rodea a este curioso apodo que a mí, por cierto, no me gusta nada.

Desde mi total desconocimiento, a mí las opciones más creíbles me parecen las dos últimas. La del cemento puzolánico la planteó el prestigioso etnólogo Joaquín Díaz.

viernes, 5 de febrero de 2016

LUCES Y LIEBRES EN LOS MONTES TOROZOS

En mi provincia no hubo combates durante la guerra civil, pues el Alzamiento tuvo un éxito clamoroso y el bando nacional se hizo inmediatamente con la capital y con todos los pueblos. Se sufrieron, eso sí, a lo largo de la contienda, varios bombardeos republicanos que mataron a doscientas personas.

Lo más crudo de la guerra en Valladolid fue la intensa represión que llevaron a cabo las fuerzas sublevadas. El grueso de estas acciones punitivas lo constituyeron las ejecuciones incontroladas de las llamadas “patrullas del amanecer” o “patrullas de limpieza”, formadas por espontáneos falangistas, monárquicos y guardias civiles que, sobre todo durante el verano del 36, recorrían la provincia en camiones, recogían en los pueblos a los izquierdistas más significados y los fusilaban en las afueras de la localidad o en algún monte. No pocos casos fueron simples venganzas personales.
 
Sin duda las sacas más numerosas y conocidas fueron las perpetradas al sur de la comarca de Tierra de Campos, en los Montes Torozos. Cientos de personas fueron acribilladas a balazos detrás de un encinar junto a la carretera N-601 Valladolid-León, a la altura del cruce hacia Peñaflor de Hornija y Castromonte. Cada noche morían allí decenas de personas antes de la salida del sol. Los patrulleros rara vez enterraban a sus víctimas. Lo más frecuente era que sacaran de la cama, a punta de fusil, a dos o tres labradores de los caseríos cercanos y les obligaran a cavar las zanjas y a completar la inhumación de los muertos. No era raro, sin embargo, dejar muchos cadáveres sin cubrir o sepultarlos solo superficialmente. Al día siguiente los familiares acudían al lugar para intentar identificar a sus seres queridos, pero a veces había un piquete de guardia que se lo impedía.

Durante las horas que duraban las ejecuciones y los enterramientos se cortaba la carretera para evitar testigos.

Monumento a "las víctimas de la represión franquista" en los Montes Torozos tras el ataque que sufrió en 2014

Este rincón del Páramo vallisoletano es todavía un lugar entre mítico y maldito para los lugareños. Yo he oído contar a varios paisanos algunas historias que ponen los pelos de punta.

Una de ellas es que en los años de la guerra y hasta tiempo después a la gente le daba pánico aproximarse siquiera a la zona, pues por la noche, desde todas las carreteras de alrededor, se podían ver unas tenues llamaradas de fuego verdoso elevándose desde la tierra. Es lo que se conoce como fuegos fatuos, producidos en teoría por el gas metano que generan los restos orgánicos al descomponerse, pero que otros consideran un fenómeno paranormal relacionado con las ánimas.

Lo que me extraña es que no haya en la actualidad ninguna leyenda de fantasmas a cuenta de este episodio. Por lo visto los únicos fantasmas que pueden verse en este encinar son los miembros de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica cada vez que organizan uno de sus espectáculos para remover, manipular y politizar esta tragedia del pasado que esperamos que jamás se repita.

Otra anécdota que siempre me ha impresionado es la repugnancia que sienten aún muchos terracampinos, sobre todo los ancianos, hacia la carne de liebre. Aunque la liebre ha sido siempre una pieza de caza emblemática en esta parte de la provincia, parece ser que desde los tiempos de la guerra su carne está vetada en la mesa de muchos hogares de Medina de Rioseco, Villabrágima o Castromonte. ¿El motivo? Que se atribuye a estos animales costumbres carroñeras y se dice que las liebres de toda la comarca se alimentaron de los cuerpos sin enterrar. De nada sirve explicarles que ya han pasado tropecientas generaciones de liebres desde aquellos tristes sucesos. Les sigue dando un asco que no veas. 

jueves, 16 de julio de 2015

UN ALCALDE SOCIALISTA

Hace un mes, gracias al apoyo del resto de partidos de izquierdas, se ha convertido en alcalde de mi ciudad un monigote de bajísimo perfil cuyo nombre no merece la pena ni mencionar. La prensa de aquí dio la noticia con un titular que revolvió mis recuerdos históricos: “elegido el cuarto alcalde socialista de Valladolid”. Inmediatamente me vino a la memoria la figura de uno de estos regidores, el malogrado Antonio García-Quintana Núñez.

García-Quintana fue el segundo y último alcalde republicano de Valladolid. Fue un hombre con sólidos principios morales, un creyente convencido y un gestor concienciado con los graves problemas sociales de la ciudad en aquellos años 30. 

Nació en Cantabria en 1894 y se afilió muy jovencito a la UGT, cuando era aprendiz de tipógrafo en una imprenta, ingresando en el PSOE tras la huelga general de 1917. Desplazado a Valladolid por un traslado de su padre, pronto escaló posiciones en la agrupación socialista local y llegó a ser concejal en 1920. Desde su concejalía combatió valientemente el caciquismo local, encarnado en los seguidores de Santiago Alba, que controlaban la Sociedad Industrial Castellana y las compañías de suministro de electricidad y agua, y sometían a la población a constantes restricciones y precios desorbitados.

Siempre estuvo alineado con la facción moderada del PSOE (Julián Besteiro, Indalecio Prieto), lo que le valió numerosos enfrentamientos con sus compañeros de partido de la rama prosoviética de Largo Caballero.

Poco después de proclamarse la República, el alcalde también socialista Federico Landrove se vio obligado a dimitir por los problemas derivados del paro y las revueltas obreras que asolaban el municipio, quedando García-Quintana al frente del consistorio. Su gestión merece un recuerdo agradecido. Su labor más destacable se centró en el ámbito educativo y permitió la construcción de 80 centros (con comedores escolares y bibliotecas), la escolarización de más de 3.000 niños y el impulso de una ambiciosa política de becas. A esto hay que añadir su apoyo a los barrios más pobres, a los que dotó de alumbrado y alcantarillado, y la inauguración de numerosos parques y jardines, entre ellos el del Poniente, del que hoy disfrutamos. 

En todo momento compaginó su puesto de alcalde con su trabajo como contable en el Colegio de Notarios de Valladolid.

A pesar de que Don Antonio se opuso con firmeza al golpe de estado izquierdista de 1934 (eufemísticamente conocido como Revolución de Asturias), el gobernador civil le destituyó sin miramientos durante el bienio conservador, pero tras las elecciones de febrero del 36 fue restituido en su cargo por el Frente Popular.

Nada más estallar el Alzamiento, se refugió en casa de su hermana Manolita, en la calle Dos de Mayo, donde permaneció escondido durante siete meses, hasta que un denunciante anónimo facilitó su detención y encarcelamiento. Existen dudas sobre quién dio el chivatazo. La mayoría de historiadores apunta a una amiga íntima de la familia que visitaba diariamente a la hermana, aunque existen fundadas sospechas de que García-Quintana fue traicionado por sus correligionarios más extremistas.

El 11 de mayo de 1937 se celebró su consejo de guerra en el propio salón de plenos del Ayuntamiento. Fue el comandante juez militar Ricardo Fajardo quien firmó la sentencia de muerte, que se cumpliría, ante un pelotón de fusilamiento, en la madrugada del día 8 de octubre del mismo año. En estas fechas convulsas donde reinaron los abusos y las injusticias de toda índole, al menos Antonio García-Quintana tuvo un juicio y una sentencia legales.

Pocos días antes de morir envió desde la cárcel una carta a su hija pequeña que decía: 

“…de ellos sólo te importa saber que no son hombres malos. Son hombres como tu papá, que tienen niñas como tú, que llorarían si, como yo, tuviesen que abandonarlas..., pero que ahora no se acuerdan de ti, ni de sus hijitas, ni de sí mismos, porque el estruendo terrible de la guerra les ha privado de memoria y les ha enloquecido un tanto.— Cuando, al tomo de la paz, recobren la memoria y la cordura, es seguro que, dolidos del mal que innecesariamente te hacen, se acercarán a ti y te acariciarán con caricias que querrán imitar las mías.— Si lo hacen, y lo mismo si no lo hacen, reza por ellos -como lo harás, ¿verdad? por mí- para que Dios los perdone, que bien es ello menester.”

En julio de 2013, el PSOE solicitó colocar una placa conmemorativa a García-Quintana en el salón de plenos, y la moción fue rechazada por el entonces alcalde del PP Javier León de la Riva, que espetó a los socialistas: “sería bueno que no hablaran y no profundizaran en el fusilamiento de García-Quintana, a ver si tienen que escuchar lo que no quisieran”, y “yo condeno con la misma contundencia a los que le juzgaron, a los que le condenaron y a quienes le delataron”. Una verdadera lástima que las ideas políticas prevalecieran, una vez más, sobre la valía humana y el compromiso con sus conciudadanos de un hombre al que merece la pena recordar con el colegio que hoy lleva su nombre, con la placa injustamente denegada y, por supuesto, con este post.



domingo, 28 de junio de 2015

LA SENDA DEL DUERO




Foto tomada por mí

Desde 1993 el Ministerio de Medio Ambiente, a través del Programa de Caminos Naturales, viene acondicionando rutas por canales, cañadas, antiguas vías de ferrocarril, caminos de sirga, vías pecuarias y veredas de todo tipo para fomentar el senderismo, el contacto con la naturaleza y el desarrollo rural. Uno de los proyectos más ambiciosos, en colaboración con Portugal, ha sido el sendero GR-14, más conocido como Senda del Duero, que recorre la ribera de esta emblemática arteria fluvial desde su nacimiento en Duruelo de la Sierra (Soria) hasta su desagüe en Oporto. El itinerario se inauguró en 2012 y está perfectamente señalizado. Yo ayer me animé a recorrer a pie un tramo de su etapa número 12, que une las localidades vallisoletanas de Peñafiel y Quintanilla de Onésimo. En concreto anduve un total de 17 kilómetros sumando la ida y la vuelta desde Peñafiel a Pesquera del Duero, un paseo que recomiendo a todos los amantes del trekking. 

Esta zona es famosa en España por su cultura vitivinícola. A decir de los entendidos, aquí tienen los viñedos las bodegas más prestigiosas de la denominación Ribera de Duero, que elabora los caldos más preciados del país después del tinto de La Rioja. Este valle fluvial alberga además numerosos municipios de gran relevancia histórica, destacando Peñafiel con su soberbio castillo del siglo X, que fue conquistado por el mismísimo Almanzor y recobrado 30 años más tarde por el conde castellano Sancho García. 

El recorrido que hice discurre por antiguas sendas de pescadores atravesando pinares y frondosos bosques de chopos, sauces y fresnos. Desde el mismo Peñafiel seguí el Duratón hasta su desembocadura, casi tres kilómetros más allá. A partir de este punto un Duero ya caudaloso serpentea suavemente con su color de arcilla, con una corriente casi imperceptible en esta época del año, flanqueando farallones y pegado al camino, unas veces a ras de suelo y otras hasta treinta metros por debajo. Aunque fácil y accesible, la ruta alterna repechos y bajadas para no aburrir y sorprende con vistas maravillosas de un río en estado salvaje, con troncos muertos que lo atraviesan a modo de puente y una increíble variedad de aves tanto acuáticas como de bosque de ribera que pude disfrutar a pesar del calor: aguiluchos laguneros, fochas, azulones, rabilargos, abubillas, colirrojos y un ruiseñor cada cincuenta metros enseñoreándose de su territorio.

Un buen plan, a ser posible en una época algo menos tórrida, para gozar de un día campestre completo, con opción de lechazo regado con un crianza de postín en alguno de los mejores asadores de la provincia (yo, naturalmente, llevé un bocata de tortilla en coherencia con mi austeridad de revolucionario).

sábado, 16 de mayo de 2015

MOTIVACIONES POLÍTICAS





Veo la furgoneta de Vox haciendo ruidosa campaña de megafonía por el Paseo de Zorrilla, a la altura del Campo Grande. Aparca en doble fila, de cualquier manera, y cuatro niños pijos, vestidos como para salir de copas por Coca, se bajan con parsimonia con un cubo de fregar y un cepillo, y pegan sus pasquines en uno de los tablones de madera habilitados por el Ayuntamiento.  Los candidatos del cartel, tanto el de las locales como el de las autonómicas, tienen cara de no comerse una rosca el día 24 y de abandonar el partido el 25 a primera hora, al más puro estilo de Vidal-Quadras e Ignacio Camuñas. Los chavalines que pegan la propaganda, igual. Se largarán a Ciudadanos o a su casa cuando vean el batacazo de la formación ultraliberal que maneja al pobre Ortega Lara como si fuera Monchito, el muñeco de José Luis Moreno.

El motivo por el que los de la furgoneta de hoy, Santi Abascal y el propio ex funcionario de prisiones secuestrado por ETA por ser amigo íntimo de Jaime Mayor Oreja tirarán también la toalla, es que solo saben concebir la política desde la óptica del vencedor y no de la del luchador. Vox se fundó por unos tíos famosos y con contactos en los medios con el único objetivo de obtener inmediatamente representación política, y en la medida que se ha comprobado (y se confirmará la semana que viene) que las siglas verdes no convencen a nadie porque apestan a señoritismo, a peperos rebotados y a uso indebido de las víctimas del terrorismo, se ha ido produciendo un goteo constante, casi un chorreo, de deserciones, empezando por los más aguilillas, siguiendo por los militantes corrientes y acabando (muy en breve) por los más tontos del partido. Porque por muy tontos que sean se afiliaron para pillar cacho y ya han visto que de este pozo no hay agua que sacar. Con su típica mentalidad empresarial, diseñaron un plan de negocio,  un estudio milimétrico de las energías a invertir y de los beneficios a cosechar, y como no les han salido las cuentas, ahora toca echar el cierre. 

En mis tiempos de la cruz y la espada no teníamos camionetas para las pegadas de carteles. Quedábamos a las siete de la mañana, casi todos los domingos -no solo en campaña-  y recorríamos la ciudad a pie, cargados como mulas con los cubos. Íbamos en chándal o con vaqueros viejos, pues solíamos acabar pringados de esa cola grumosa que hacíamos con agua y unos polvos junto a cualquier fuente pública. Nos presentábamos a las elecciones sin fe y sin respeto, únicamente por los espacios gratuitos en los medios de comunicación y por la cesión de locales para celebrar actos, y todos teníamos clarísimo que era imposible sacar nada.  Por eso nadie abandonaba después de una jornada electoral desastrosa; todas lo eran y así lo esperábamos desde el principio. Nuestro objetivo no era conseguir votos y de hecho nunca los pedíamos en nuestros humildes carteles, octavillas o vídeos electorales. Quienes compartimos aquel proyecto trabajábamos por puro altruismo, guiados por un idealismo incendiario a prueba de decepciones materiales. Nuestra motivación íntima era la Justicia con mayúsculas, el amor a nuestra comunidad y la fidelidad a nuestras convicciones, y no habríamos cambiado ni una coma en nuestro discurso a cambio de un escaño o de una concejalía. Sabíamos que no era nuestro momento e interpretábamos nuestra lucha como una carrera de relevos en la que nuestra misión se limitaba a darlo todo para entregar a tiempo el testigo.


Más sobre Vox en La pluma viperina 

domingo, 19 de abril de 2015

SANGUIJUELAS


¿Al logotipo de qué famoso partido político recuerda este cartel de los mindundis de Candidatura Independiente?


Candidatura Independiente (CI) es un partido político de corte regionalista y de ámbito casi estrictamente vallisoletano a cuyos postulados no voy a dedicar ni media línea. Su presidente es mi paisano Pedro Arias Fraile, un oscuro y oportunista constructor que lleva años desesperado por convertirse en concejal del Ayuntamiento de Valladolid. CI se presenta a las elecciones municipales y autonómicas desde 1999 y ha conseguido ediles en algunos pueblos. En 2011 concurrió en coalición con el minoritario Partido de Castilla y León, y a los comicios del próximo 24 de mayo optará a unas cincuenta alcaldías de la provincia de la mano de la formación de ámbito nacional, conocida en su casa a la hora de comer, denominada Ciudadanos de Centro Democrático, bajo las siglas "Ci-Ciudadanos".

Insisto en que este partido arribista no merece el esfuerzo de teclear cuatro veces, pero sí un jugoso comentario sobre su estrategia electoral. Como puede apreciarse en la foto que encabeza esta entrada, el logotipo escogido por Pedro Arias y sus nuevos amigos de Ciudadanos de Centro Democrático es clavadito al de la pujante organización presidida por Albert Rivera. La palabra "ciudadanos" aparece en un formato y en un color idénticos al de Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía (C´s). Delante de ella han colocado las siglas “CI” en una posición similar a la de la abreviatura “ C´s”. Y para rematar tan torticera faena, el amigo Arias ha disimulado al máximo la muletilla “de Centro Democrático”, que aparece en letra pequeña y en una esquina del anagrama. Decenas de vallas publicitarias con este emblema inundan mi ciudad estos días induciendo a confusión a los votantes.

Por lo visto, el coordinador regional en Castilla y León del partido de centro-izquierda (que no de centro-derecha como piensa el populacho) de origen catalán ha denunciado la situación a la sede nacional con la esperanza de que se adopten medidas legales cuanto antes, aunque la cosa no parece sencilla, ya que una denuncia ante la Junta Electoral tardaría meses en tramitarse y quizá no se resolviera hasta después de las elecciones. Desde la delegación regional de C´s Ciudadanos han señalado que “hay personas que intentan aprovecharse de la buena fe de la gente. Parecen los malos ciclistas, que van siempre a rebufo aprovechándose de los demás. En este caso, de un equipo ganador”. 


Que yo sepa, hasta la fecha no se ha presentado ninguna denuncia.

Los secuaces de Arias juran que es una casualidad, pero no se lo creen ni ellos. El mencionado diseño ha sido escogido adrede para pescar votos ajenos. Es evidente que el día de las elecciones muchos vecinos, tanto de Valladolid capital como de la provincia, se harán la picha un lío ante letras y símbolos tan parecidos y votarán por error a Candidatura Independiente, sobre todo las personas mayores o poco familiarizadas con la actualidad política.

Sin entrar en cuestiones ideológicas y sin valorar políticamente a ninguna de las dos formaciones, me parece indignante (aunque no sorprendente) que pueda existir gentuza tan mezquina y tan cutre como para enmascarar con el trabajo y el éxito ajenos su propia insignificancia y mediocridad; como para usurpar descaradamente el nombre de un partido en auge para obtener unos beneficios a los que jamás podrían aspirar con sus propios medios, capacidad e inteligencia. Por desgracia este episodio no es más que una muestra de lo que en todos los ámbitos de nuestra sociedad sucede cada día: que chupando de una persona con talento siempre hay doscientas sanguijuelas que no valen ni su peso en mierda.


Tan repugnante artimaña no me sorprende del fundador y dirigente de CI, ya célebre por estos lares por sus llamémoslas audacias empresariales y urbanísticas, pero lo que me daría mucha pena es que, conociendo lo sucedido, algún honrado vallisoletano todavía votara conscientemente la lista de esta chusma en su municipio. Si un político es capaz de algo así en la precampaña es fácil adivinar cómo desempeñaría un cargo público. 




viernes, 3 de abril de 2015

QUE SE VEAN DESNUDOS LOS MADEROS


Procesión de Semana Santa en Valladolid




UNA CRUZ SENCILLA 


Hazme una cruz sencilla, carpintero…,

sin añadidos ni ornamentos,

que se vean desnudos los maderos,

desnudos y decididamente rectos:

los brazos en abrazo hacia la tierra,

el ástil disparándose a los cielos.

Que no haya un sólo adorno que distraiga este gesto,

este equilibrio humano de los mandamientos.

Sencilla, sencilla…

Hazme una cruz sencilla, carpintero.


León Felipe

martes, 24 de febrero de 2015

MUSEOS

Museo del Pan en Mayorga (Valladolid)

Acabo de leer que el alcalde de mi ciudad se plantea cerrar el museo municipal taurino, puesto que “no cuadran los números” con una media de un visitante al día. Yo no sé si avergonzarme de admitir que, aunque me gustan los toros, en mi vida he visitado este museo.

La noticia me lleva a pensar instintivamente en otros museos locales y provinciales que conozco. Por ejemplo, hace poco he visitado el Museo del Pan en Mayorga y el Museo del Vino en Peñafiel y, para qué engañarnos, ambos me han parecido bastante lamentables. Por supuesto que ofrecen una información de interés (no sé si general), pero es obvio que estos centros y otros muchos están descaradamente sobredimensionados en cuanto a gastos, personal y promoción, y que no pasan de ser un puro escaparate de las políticas culturales y turísticas de la administración correspondiente. Cuando fui a verlos era festivo y temporada alta y casi había más guías y personal atendiendo la taquilla o la tienda que visitantes.

¿A qué se debe esta situación? Existen varias explicaciones al fracaso rotundo de buena parte de los museos y recursos turísticos gestionados por nuestras administraciones y al hecho de que, a pesar de su artificialidad y de su escaso atractivo para el público, sigan manteniéndose abiertos. La principal razón es el empeño de los políticos en desarrollar acciones turísticas y divulgativas a cualquier precio, haya o no contenidos que las sostengan e independientemente de los gustos de los ciudadanos. Otro problema es el enfoque erróneo que suele darse a los museos.

Puede parecer exagerado, pero es que en este país hasta el alcalde de un poblacho aislado en un secarral y sin la menor trayectoria histórica se siente obligado a ofertar, al precio que sea, un catálogo de rutas medioambientales, centros museísticos y recorridos culturales o gastronómicos con la pretensión de atraer turistas. Otras veces los recursos ofertados sí son valiosos; por ejemplo la cultura vitivinícola es fundamental en Valladolid y merece la pena divulgarla. La cuestión es si al vallisoletano o al español medio le apetece pasarse una mañana aprendiendo los tipos de uva, rememorando las fases de la vendimia o leyendo paneles sobre la diferencia entre un crianza, un reserva y un gran reserva. Es muy habitual que los museos, aun teniendo un fin plenamente justificado, respondan a un perfil más "expositivo" que museístico, es decir que no exhiban objetos, obras ni elementos curiosos, sino que se limiten a mostrar textos, fotos y materiales interactivos que no aportan ningún valor añadido al visitante, pues seguramente toda esa información tan poco original podría encontrarla navegando en Internet. Otro de los errores más funestos es enfocar los contenidos casi exclusivamente a la comunidad escolar, lo que desincentiva a muchos potenciales interesados en la materia.

Interior del Museo del Vino en el Castillo de Peñafiel (Valladolid)

Lo que parece evidente es que en plena era tecnológica, en la que vemos de todo a diario y nuestra capacidad de sorpresa es ya muy limitada, un museo solo podrá ser sostenible si de verdad consigue impactar a los visitantes ofreciéndoles algo nuevo, material con muchísimo valor o interés, e informaciones inéditas o al menos organizadas o mostradas de forma especialmente original. Tampoco debe olvidarse que la gente no es idiota y que el nivel cultural de la población se ha disparado en las últimas décadas, por lo que diseñar museos excesivamente didácticos y simplones (que es la práctica habitual) siempre conllevará el riesgo de que no lo visite nadie. Y por último, por muchas pantallitas, nuevas tecnologías y espectáculos de luz, sonido y color que tenga un museo y, sobre todo, por muy impresionante que sea el edificio que lo alberga, lo que más atrae al personal es saber que los contenidos expuestos no los va a encontrar en ningún otro sitio. A admirar los cuadros del Louvre iría medio mundo aunque los colgaran en una nave industrial,  pero al Museo del Queso de Villalón de Campos seguiría sin ir absolutamente nadie aunque lo montaran en el más suntuoso palacio. Bueno, sí, acudirían a ver el palacio, pero no el museo, igual que pasa con lo del vino en Peñafiel, que la gente va solo por el castillo aunque luego, para matar la tarde, se saque una entrada para la exposición.

Aunque, claro, yo aquí solo estoy hablando de las razones por las que algunos museos son económicamente insostenibles, porque otra cosa bien distinta, y que daría para un rico debate, es delimitar hasta qué punto algunos de estos centros cumplen una misión de servicio público y, por lo tanto, deben financiarse y mantenerse abiertos, con pocas o muchas visitas, para garantizar el derecho de todos los ciudadanos a acceder a ciertos bienes culturales, sean o no de interés para el gran público. En cualquier caso me temo que los ejemplos que he puesto en esta entrada no cumplirían los requisitos.

Cuestión curiosa también es la forma que tienen los poderes públicos de mantener activos ciertos museos que no tienen el menor poder de atracción pero que interesa salvar como sea por distintas razones políticas, de imagen o de compromiso con determinados sectores o colectivos. El truco habitual para “dinamizarlos” es el viejo método “Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como”, que consiste en organizar continuas visitas de alumnos de centros educativos públicos de toda la comunidad autónoma e incluir la actividad en todos los programas de viajes para mayores organizados por la Administración. De esta manera tan peculiar se sostienen de manera ficticia instalaciones y puestos de trabajo que nos cuestan a todos una pasta, además del prurito de contar en la localidad con una Casa del Cangrejo, una flamante Exposición Permanente de Piedras de Mechero, un Centro de Interpretación de la Babosa Ibérica, un Aula de los Derechos de la Mujer o un faraónico Museo de la Ciencia.

viernes, 30 de enero de 2015

LA CASA DE CERVANTES EN VALLADOLID (por Un vallisoletano madrileño)


En el año 1915 el Rey Alfonso XIII dona al Estado la casa en donde vivió Miguel de Cervantes en Valladolid durante los años 1602 a 1606. Dicha casa presentaba a principios del siglo XX un aspecto casi de ruina, por lo que D. Benigno Vega-Inclán, Marques de la Vega-Inclán, Primer Comisario Regio de Turismo, se lo comenta a Alfonso XIII y, en el año 1912, el Rey, con su propio dinero, decide la compra de la casa que se encuentra en el nº 14 del antiguo Rastro de los Carneros. Aparte, la Hispanic Society de Nueva York compra las casas nº 12 y 16, anterior y posterior, para su restauración. Después de un período de restauración, el Rey, en el año 1915 preside la inauguración de las casas totalmente restauradas. Adjunto dos fotografías de mi archivo de dicho acto en el que unas muchachas ofrecen unas flores a los reyes y a la reina madre. Estas fotografías son del fotógrafo vallisoletano Patricio Cacho.

En dichas casas se instala un museo, unas dependencias para actos culturales y una imprenta con el fin de hacer ediciones de obras cervantinas. Tengo en mi biblioteca la primera y la segunda de las obras editadas que son de las Novelas Ejemplares (El celoso extremeño) y de dos entremeses: El juez de los divorcios y El vizcaíno fingido. Estos libros se editaron encuadernados en tela y en papel de hilo. Son ediciones raras pues no se pusieron a la venta y eran solo para regalo y de tiradas muy cortas. Adjunto portada de ellas.

Posteriormente en dichas casas se instala la Real Academia de las Bellas Artes de Valladolid, que les dará mucha vida cultural.

En esos años en el jardín delantero se encontraba una estatua de Miguel de Cervantes que posteriormente fue trasladada a la plaza de la Universidad, donde actualmente se encuentra. 

(Pinchar las fotos para ampliarlas)