El sábado provoqué una desagradable
polémica comiendo con unos familiares. Habíamos quedado para almorzar en Rio
Shopping, el mayor centro comercial de la ciudad (conocido coloquialmente como
Río Choni), y a las tres todavía no habíamos pillado mesa. Estaba todo
abarrotado, imposible. Aparcamos de milagro, ya que miles de coches habían
copado el aparcamiento subterráneo y el de fuera. La multitud hacía colas
kilométricas en tiendas, bares y restaurantes.
A mí se me ocurrió comentar:
– Ha sido una mala idea venir a comer aquí y encima un sábado. Los fines de semana esto se llena de campesinos de toda la provincia.
El escándalo fue mayúsculo. Casi todos los presentes me increparon acusándome de irrespetuoso y de clasista.
– Mejor no le llames eso a la cara a uno de un pueblo porque te pega una hostia que te deja fino.
Tras unas leves protestas, al final decidí callarme porque detecté que ciertamente había herido la sensibilidad de estos familiares, todos ellos urbanitas, por cierto. Pero de verdad que no entendí a qué tanto aspaviento.
No sé si servirá de algo defenderme con razones etimológicas que supongo que a la gente le dan igual. Aunque “campesino” significa, según la RAE, persona “que vive y trabaja de forma habitual en el campo”, imagino que el motivo del cabreo está totalmente al margen de estas disquisiciones académicas. Tampoco creo que hubiera valido de nada explicar que el diccionario oficial de la lengua también define como “campesinos” a los naturales de Tierra de Campos, comarca que ocupa buena parte de la provincia de Valladolid (también se les llama terracampinos).
De veras que no acierto a ver qué problema hay con usar este sustantivo para referirme a los habitantes de los pueblos (casi todos dedicados a labores agropecuarias) que peregrinan todos los sábados al Río Choni a comprar en Ikea y en Primark, a comer apretujados como sardinas en lata y a ver una peli en los multicines. Perdón, pero no lo pillo.
A mí se me ocurrió comentar:
– Ha sido una mala idea venir a comer aquí y encima un sábado. Los fines de semana esto se llena de campesinos de toda la provincia.
El escándalo fue mayúsculo. Casi todos los presentes me increparon acusándome de irrespetuoso y de clasista.
– Mejor no le llames eso a la cara a uno de un pueblo porque te pega una hostia que te deja fino.
Tras unas leves protestas, al final decidí callarme porque detecté que ciertamente había herido la sensibilidad de estos familiares, todos ellos urbanitas, por cierto. Pero de verdad que no entendí a qué tanto aspaviento.
No sé si servirá de algo defenderme con razones etimológicas que supongo que a la gente le dan igual. Aunque “campesino” significa, según la RAE, persona “que vive y trabaja de forma habitual en el campo”, imagino que el motivo del cabreo está totalmente al margen de estas disquisiciones académicas. Tampoco creo que hubiera valido de nada explicar que el diccionario oficial de la lengua también define como “campesinos” a los naturales de Tierra de Campos, comarca que ocupa buena parte de la provincia de Valladolid (también se les llama terracampinos).
De veras que no acierto a ver qué problema hay con usar este sustantivo para referirme a los habitantes de los pueblos (casi todos dedicados a labores agropecuarias) que peregrinan todos los sábados al Río Choni a comprar en Ikea y en Primark, a comer apretujados como sardinas en lata y a ver una peli en los multicines. Perdón, pero no lo pillo.
Esta palabra tiene una honda
tradición en España, hace no tanto un país esencialmente agrícola. Durante
siglos ha sido lo más corriente calificar a los agricultores y ganaderos como
campesinos, tal como puede corroborarse en infinidad de textos oficiales y
literarios. El uso del hoy controvertido vocablo se extendió sobre todo desde
principios del siglo XX por las distintas organizaciones en defensa de los intereses
del campo, con independencia del color político. Todos los partidos, desde los
comunistas hasta Falange Española, desde el anarcosindicalismo al sindicalismo
católico y a la derecha agraria, se han pasado más de un siglo diciendo “campesinos”
en sus himnos y en sus mítines, y en ningún pueblo de España les daban hostias
que les dejaran finos. Al contrario, se les aplaudía a rabiar.
Es más: en la actualidad uno de los más potentes sindicatos agrarios de la comunidad autónoma es la UCCL (Unión de Campesinos de Castilla y León), cuyos miles de afiliados supongo que no se sentirán ofendidos por esta denominación legal.
Pero por la reacción que provoqué el sábado lo que empiezo a sospechar es que hoy en día o bien mucha gente vive acomplejada de ser lo que es, o, por el contrario, son los más pijos y elitistas los que se empeñan en suavizar según qué vocabulario para demostrar una “delicadeza” y una “sensibilidad” que nadie necesita ni nadie les pide.
Es más: en la actualidad uno de los más potentes sindicatos agrarios de la comunidad autónoma es la UCCL (Unión de Campesinos de Castilla y León), cuyos miles de afiliados supongo que no se sentirán ofendidos por esta denominación legal.
Pero por la reacción que provoqué el sábado lo que empiezo a sospechar es que hoy en día o bien mucha gente vive acomplejada de ser lo que es, o, por el contrario, son los más pijos y elitistas los que se empeñan en suavizar según qué vocabulario para demostrar una “delicadeza” y una “sensibilidad” que nadie necesita ni nadie les pide.
En todo caso lo más prudente va a
ser proveerse de un rico surtido de eufemismos para que nadie lloriquee cuando
llames a su profesión –por muy digna que sea– por su nombre. Tendré que
mentalizarme de que ya no es de recibo denominar “obreros”, “porteros”, “señoras
de la limpieza”, “chóferes”, “basureros”, “tenderos” o “albañiles” a quienes desempeñan
estas honestísimas tareas, y que deben emplearse fórmulas más sutiles, a
ser posible muy largas y que incluyan terminología técnica o ambigua, como “operarios”,
“técnicos de saneamiento e higiene”, “distribuidores externos de recursos
humanos”, “técnicos de recogida y selección de residuos urbanos”, “empresarios”
o “auxiliares de servicios de ingeniería civil”. Y si se incluye alguna palabra
en inglés o se dice "emprendedor" por algún sitio, menos ofensivo todavía.Eso sí, a los campesinos no tengo claro cómo debo referirme para que no me hostien creyendo, no sé por qué, que me estoy cachondeando de ellos. Tengo entendido que, según los códigos más actuales de la corrección política, lo más apropiado es decir “empresario agrícola”, o algo así, si te diriges al dueño de una parcela o de una explotación de cerdos (con perdón), y “agricultor” a secas si el señorín trabaja por cuenta ajena, evitando, por descontado, esa grosería de “labrador”, tan arraigada en España, y mucho menos el cuasi-insulto “peón agrícola”.
En fin, consintamos en estas nuevas modas. Todo sea por respetar al prójimo y, cómo no, por evitar agresiones innecesarias.
Sobre este tema en La pluma viperina: Obreros
























