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| José Antonio preso en Alicante |
Aunque en noviembre del año pasado corrieron rumores de que el proyecto había naufragado, todo parece apuntar a que finalmente se estrenará en 2015, en algún teatro de la Gran Vía madrileña, el musical La princesa roja, sobre la vida y la obra de José Antonio Primo de Rivera, producido y dirigido por Álvaro Saénz de Heredia (La hoz y el Martínez, Aquí llega Condemor) y protagonizado por el actor televisivo Jesús Cisneros. En una especie de “maqueta” que ya está difundiéndose puede comprobarse que la obra se centrará en los supuestos amoríos del fundador de la Falange, en su también supuesta amistad con Azaña y con el poeta homosexual Federico García Lorca, y en sus desencuentros con el franquismo en los inicios de la Guerra Civil.
La más elemental prudencia me aconseja no pronunciarme a fondo sobre este boceto hasta que no se haya estrenado el espectáculo y haya tenido la ocasión de asistir. No obstante sí adelanto que con los datos que tengo hasta ahora no me apetece nada, pero nada de nada, acudir a esta representación en la que, por lo visto, saldrán cantando y bailando juntos, en amor y compañía, José Antonio Primo de Rivera, sus pretendidas novietas y el irrepetible Lorca.
Mi primer motivo de prevención hacia esta iniciativa es que no considero que el musical sea el género artístico más adecuado para glosar la vida de un personaje político y mucho menos la de José Antonio, cuya personalidad y trayectoria revisten tal complejidad que ni siquiera 79 años después de su muerte han llegado a ser comprendidas ni por sus detractores ni –lo que es más grave– por buena parte de sus devotos. El musical parece un formato idóneo para remakear obras de teatro o películas de culto, atraer a miles de fans de Disney con el señuelo de aparatosas puestas en escena o promocionar a grupos o cantantes de rock en horas bajas, pero mucho me temo que el resultado puede devenir en grotesco si se utiliza para ensalzar la vida de un político (por muy famoso y controvertido que sea, y por mucha admiración que le profesemos), dramatizando y enfatizando aspectos de su intimidad que al gran público, convenzámonos, le importan un pito. Basta imaginar (conteniendo la risa) un music hall sobre Pablo Iglesias senior fundando el PSOE, sobre los flirteos de Isabel II, sobre las amistades de Franco o sobre los avatares ideológicos de Adolfo Suárez para darse cuenta de que no es una buena idea.
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| José Antonio confiaba estúpidamente en Azaña |
Pero lo que más me desagrada es el previsible contenido del experimento de Saénz de Heredia, sin lugar a dudas asesorado por exponentes del hedillismo más exótico. A veces me pregunto quién ha deformado más la figura de José Antonio, si la propaganda insidiosa de la extrema izquierda, que lo presenta como un pistolero a sueldo de la burguesía, o ciertos sectores del propio falangismo dispuestos a las cabriolas ideológicas que sean necesarias para vendernos una Falange "adaptada" a nuestros tiempos, con un Fundador pluralista, gurú de la concordia, enemigo acérrimo de los fascismos, enfrentado a muerte con el bando nacional y poco menos que de izquierdas. La estrategia de estos "modernizadores" es recurrir sin complejos al tijeretazo doctrinal e histórico, suprimiendo o matizando cansinamente aspectos fundamentales de la obra del líder político español más honesto, valiente, original y carismático del siglo XX, que, le duela a quien le duela, reivindicó un estado totalitario y autoritario (¡ambas cosas!) hasta el mismo día de su muerte y contribuyó de forma activa y generosa al Alzamiento Nacional del 18 de julio de 1936.
Pero pese al enorme bagaje teórico del legado de Primo de Rivera, su ética y estilo inconfundibles, su rica actividad parlamentaria y su decisiva influencia en varias generaciones de españoles merced a su análisis clarividente de los problemas de España y a unas propuestas de redención basadas en una justicia social profunda, parece que Álvaro Saénz de Heredia va a enfocar el musical en los aspectos más insignificantes y anecdóticos de su vida, los que menos interesan, algunos de cuales además no están históricamente demostrados.
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| A Elizabeth Bibesco no se la ve muy roja |
El eje del espectáculo parece que será el romance que según el reciente libro de José María Zavala, La pasión de José Antonio, mantuvo el artífice de la Falange con la excéntrica e izquierdista inglesa Elizabeth Bibesco, esposa de un diplomático y príncipe rumano. Si bien parece evidente que ambos compartieron vida social y que esta señora profesaba un sincero afecto hacia José Antonio, los detalles de la supuesta aventura han sido más urdidos por la imaginación de Zavala que por la consistencia de las fuentes históricas, que se limitan a una cariñosa dedicatoria de la princesa en su novela The romantic, a sus intentos de intermediación para concertar una entrevista entre Primo y Azaña, y a los ruegos que aquel le hizo para que intentara salvarlo de su ejecución en Alicante a través de la diplomacia británica. Poco o nada más se sabe de esta relación, igual que de ninguna otra que pudiera haber mantenido José Antonio con otras mujeres, entre ellas la duquesa de Luna y Villahermosa, asunto del que solo se conocen un par de anécdotas inconsistentes en alguna hagiografía exaltada del dirigente falangista. Todas estas dudas más que razonables no han impedido a Sáenz de Heredia centrar su obra en una hipotética relación adúltera del protagonista, que si por algo se caracterizó fue por la defensa acérrima de los valores familiares y de la lealtad en cualquier ámbito de la vida.
También resultan superfluas las disquisiciones que casi seguro planteará esta obra de teatro cantada sobre las buenas relaciones de José Antonio con Azaña y con Lorca. Es de todos conocida la inclinación personal de Primo de Rivera hacia algunos aspectos de las políticas azañistas, lo que no implica su admiración global por el personaje (solo faltaba) ni mucho menos una simpatía mutua. Sobre su afinidad con Federico, sabemos también muy poco. Parece que a José Antonio le encantaban sus poemas y sus dramas, y que acudió a alguna representación suya, pero que el genio granadino mostró siempre una total indiferencia hacia a él, a pesar de la broma que le gastó a Grabriel Celaya contándole que era un “buen chico” con el que cenaba todos los viernes: “solemos salir juntos en un taxi con las cortinillas bajadas, porque ni a él le conviene que le vean conmigo ni a mí me conviene que me vean con él”. En el “tráiler” del musical puede verse cómo Lorca le da las gracias a José Antonio por la subvención que le consiguió para su compañía teatral La Barraca, en referencia a la supuesta gestión que realizó como diputado para que el Gobierno cofinanciara esta actividad cultural y de la que solo tenemos noticias a través del testimonio (dudoso) del hermano del poeta en su libro Federico y su mundo.
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| No se sabe si Lorca y José Antonio fueron amigos |
De todos modos, insisto: sean ciertas o falsas estas vicisitudes joseantonianas (yo no me las creo), me parece que no constituyen un material lo bastante serio, relevante y valioso como para fundamentar lo que aspira a ser una obra épica de divulgación y de pedagogía histórica. Sin negar la buena intención de los promotores de La princesa roja, yo intuyo que se trata de una nueva intentona de “humanizar”, “moderar” y hacer “digerible” para el público de hoy la figura del tan admirado por mí José Antonio Primo de Rivera. De lo que no se percatan es que en España no hay mercado para estas paridas y de que incluso los pocos azules entusiastas que podrían ir a verla igual salían del teatro echando chispas.
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