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martes, 29 de marzo de 2016

ZARAGOZA

Basílica del Pilar tras el Puente de Piedra
Zaragoza es una joya mudéjar a orillas del Ebro que impresiona por su tamaño. Con casi 700.000 habitantes, es la cuarta urbe más grande de España, después de Madrid, Barcelona, Valencia y Sevilla. Tiene avenidas, como el Paseo de la Independencia, que recuerdan el centro de Madrid. Es una ciudad que combina, con perfecto equilibrio, modernidad y belleza. A mí me encanta su tranvía, que le da un aire europeo y dinámico. Eso sí, como todas las grandes metrópolis, tiene sus inconvenientes y uno de los más graves es, sin duda, su alta densidad de inmigrantes, particularmente morunos. Me ha impresionado la morisma que abarrota literalmente la calle Conde de Aranda.

He pasado dos días muy agradables en la capital de Aragón, alojado –como no podía ser de otro modo– justo frente a la estatua de César Augusto, fundador de la ciudad, que el mismísimo Mussolini regaló al ayuntamiento tras la Guerra Civil. Hacía muchos años que no visitaba Zaragoza y he tenido la ocasión de repasar algunos de sus viejos rincones. Se siente uno como en casa en esta histórica localidad que ha sido testigo de algunos de los hitos más gloriosos de nuestra Patria y simboliza su riqueza cultural.

Aparte de la visita obligada a Nuestra Señora del Pilar en la tradicional basílica barroca, cañoneada por los herejes napoleónicos, y de la compra de los habituales –y un poco catetos- recuerdos en la tienda adyacente, no he olvidado entrar en la Seo, un impresionante templo gótico que a mí personalmente me gusta más que la basílica y que cuenta con un museo muy interesante de tapices del siglo XV. Y por supuesto he dedicado una tarde a recorrer la Aljafería, un antiguo palacio de la Taifa de Saraqusta convertido tras la reconquista en la residencia de los monarcas del Reino y de la Corona de Aragón, rodeado por un foso y un jardín espléndidos. En la actualidad es la digna sede de las Cortes de esta comunidad autónoma, algo de lo que debería aprender Castilla y León, cuya asamblea legislativa está ubicada en un edificio moderno, feo y hortera, flanqueado, para más inri, por una espeluznante escultura de Cristóbal Gabarrón.

Con todo, la visita cultural que más me ha gustado ha sido la del Museo Goya, donde se encuentran expuestas catorce pinturas y todos los grabados del genio de Fuendetodos.

Palacio de la Aljafería


También he disfrutado de alguna actividad "medioambiental". Me ha gustado mucho el acuario de agua dulce del complejo de la Expo de 2008, donde se reproducen los ecosistemas de varios ríos de todo el planeta, con especies piscícolas y de otros animales, incluidas las nutrias (que, desgraciadamente, no pude ver porque estaban durmiendo).  Además, como anécdota curiosa, sufrí el ataque de una enorme tortuga de río. La “pobre” había salido accidentalmente de su recinto acondicionado y se encontraba en mitad de un pasillo del recorrido, así que la cogí para devolverla al agua y la muy zorra empezó a mover las patas a velocidad de vértigo y me dejó las muñecas despellejadas con sus zarpas afiladas como puñales. Además di un paseo inolvidable por la ribera del Ebro, que han acondicionado muy bien (al menos la orilla de enfrente de la Basílica). Hay hasta una torreta para la observación de aves. El río, que estaba precioso y muy crecido, ofrece unas vistas únicas para los amantes de la fotografía. Los últimos cormoranes de la temporada practicaban la pesca submarina y sobrevolaban una y otra vez el Puente de Piedra.

Patatas Sherry, todo un clásico en El Tubo
Pero el capítulo más placentero de mi breve viaje ha sido el gastronómico, gracias a los inestimables consejos de Capitán Alatriste, un amigo zaragozano de La pluma viperina al que pedí que me asesorara. Había oído que el barrio de El Tubo es uno de los mejores sitios de España para tapear y lo he confirmado. Una docena de pequeños bares concentrados en tres o cuatro callejuelas del casco viejo ofrecen una gastronomía exquisita a precios variados pero no excesivos. Los locales que más me han gustado son Casa Pascualillo y su deliciosa chistorra con cebolla caramelizada regada con un tinto de Calatayud; El Champi, que solo sirve un montado de champiñones a la plancha para chuparse los dedos y una cerveza tostada en un frasco de rosca; la Taberna Doña Casta, con sus espectaculares croquetas de arroz negro y alioli; La Pilara, con unas tapitas de lo más original y una excelente relación calidad-precio; y La Ternasca, donde no hay que perderse sus ricas patatas Sherry, que son una especie de huevos rotos con patatas fritas muy delgadas y tallarines de ternasco (cordero joven). Se me hace la boca agua solo de escribirlo y recordarlo. También tuve ocasión de tomar unas copas por otras zonas del centro. Me agradó bastante un pub llamado La Bodeguilla. El ambiente nocturno está muy bien y la gente me pareció majísima aunque hablase exactamente igual que Marianico el Corto.

viernes, 18 de marzo de 2016

LA DIGNIDAD DE LAS RUMANAS (GITANAS)



Los medios de comunicación llevan tres días dándonos una intensa brasa con los sucesos que tuvieron lugar el martes en la Plaza Mayor de Madrid durante la visita de los hinchas holandeses del PSV Eindhoven, que jugaba contra el Atleti en los octavos de final de la Liga de Campeones. Es imposible a estas alturas no conocer los hechos, pues nos va a estallar la cabeza con tanta noticia, reportaje y mensaje de repulsa con los que nos han bombardeado incesantemente como si se tratara de un atentado terrorista o de una catástrofe natural de gran envergadura. Resulta que antes del partido varios jóvenes seguidores del PSV, imagino que ebrios, bromearon con unas gitanas de origen rumano que se encontraban pidiendo limosna en la Plaza. Les lanzaron monedas desde la terraza de un bar en vez de dárselas en mano, les pidieron que interpretaran bailes típicos de su tierra y que hicieran flexiones, prendieron fuego a un billete de cinco euros para ver quién lo apagaba antes, y, en fin, unas cuantas gamberradas más que pueden verse en el vídeo del final del post.

Todas las ONG´s de ayuda al inmigrante, las asociaciones feministas, los colectivos sociales, los partidos políticos y el Secretariado Gitano, encabezados, como no podía ser menos, por la alcaldesa comunista Manuela Carmena, han repudiado estas “vejaciones racistas” y las han denunciado ante la Fiscalía de Delitos de Odio, que ya ha abierto las oportunas diligencias. También se ha exigido una explicación al embajador holandés, que se ha apresurado a pedir disculpas (como para no), y al propio club de fútbol implicado, que, por lo visto, piensa meter un buen paquete a los bromistas.

A mí también me desagrada mucho lo sucedido, que, por cierto, no me sorprende en absoluto teniendo en cuenta que los neerlandeses son unos auténticos salvajes con un sentido de la moralidad más que difuso, como lo demuestran su experiencia colonial en Sudáfrica y su actual legislación en materia de eutanasia, drogas y prostitución. Basta un mínimo de humanidad para saber que solo a un malnacido se le ocurre pitorrearse de una persona que está mendigando en la vía pública.

Pero al margen de los reproches que sin duda merecen los futboleros de Eindhoven, a mí lo que me ha sorprendido de todo este fenómeno mediático es la repentina preocupación de políticos y medios informativos por la dignidad humana en general y la de los indigentes en particular. La verdad es que se me ocurren infinitos ejemplos de dignidad pisoteada bastante más sangrantes que las gansadas de los holandeses en la Plaza Mayor y no recuerdo que nuestros mandatarios ni sus periodistas en nómina hayan protestado nunca con tamaña energía.

Las mafias controlan la mendicidad en Madrid
No voy a caer en la tentación demagógica, o quizás no tan demagógica, de pormenorizar las situaciones de esclavismo que sufren millones de trabajadores españoles por culpa de la última reforma laboral de PP, y que aún no he visto censuradas en ningún reportaje o programa especial de las grandes cabeceras y cadenas de radio y televisión. Puede que la tragedia de que nuestra juventud carezca de oportunidades, tenga el futuro fundido a negro o, en el mejor de los casos, se deslome a trabajar por cuatro perras no se perciba por la prensa como una humillación suficientemente escandalosa, pero es que, ya que estamos hablando de inmigrantes, tampoco me he encontrado nunca, ni en primera ni en última plana, ni en prime time ni a las doce de la noche, ningún artículo ni documental arremetiendo con tanto brío contra las mafias de la mendicidad que funcionan impunemente en Madrid y en todas nuestras grandes ciudades ante la vergonzosa pasividad de las autoridades políticas y policiales. Baste decir que el 90% de los 50.000 gitanos rumanos que pordiosean en España son manejados y sangrados por organizaciones criminales que nadie se molesta en desmantelar. Pero, claro, no sé si los alcaldes y los concejales de turno consideran esta realidad lo bastante degradante como para azuzar al embajador rumano o montar un pollo en los periódicos con lágrimas de cocodrilo incluidas. Y es más: cuando algún ayuntamiento, como el de mi ciudad, ha intentado atajar este problema implantando severas medidas de control de la mendicación, los progres han montado en cólera acusándole de fascista.

Clama al cielo que quienes no han dicho nunca ni pío sobre los extorsionadores profesionales que en pleno centro de Madrid explotan, amenazan y denigran todos los días a miles de inmigrantes de todas las nacionalidades, se pongan ahora hechos unos basiliscos porque cuatro niñatos holandeses lancen al suelo unas monedas para que las recojan unas "pintorescas" calés.

Hay muchas más indignidades que no se critican en la tele ni sofocan demasiado al personal. La prostitución es una de ellas y lo seguirá siendo por muchos años mientras la clase política continúe mirando hacia otro lado en vez de coger el toro por los cuernos y plantar cara a uno de los peores dramas de la Humanidad, causa del más escalofriante tráfico de seres humanos. Pero está visto que cuando un viejo verde asqueroso mete un billete en público en el escote de una stripper mulata, a nadie le parece vejatorio, pero si un hooligan promete una limosna a una gitana a cambio de un baile inocente, casi acaba interviniendo el Tribunal de Estrasburgo.

Y aunque habrá quien me ponga a escurrir, a mí también me revienta no ver a nadie desvelado por la imagen absolutamente indigna de la ciudad de Madrid y de toda España que estamos dando a los visitantes y turistas permitiendo a cuadrillas enteras de rumanas ilegales, llenas de mugre y vestidas como en siglo XVI, acosar sin descanso a los viandantes. Cuando esta chusma nos roba la cartera en el metro o se hacina en un piso de nuestra propiedad llenándolo de excrementos y de basura hasta el techo nadie organiza una campaña de prensa defendiendo nuestra dignidad humana.


lunes, 1 de febrero de 2016

PAÍSES DESANGRADOS


Al juzgar el fenómeno de la inmigración nos obcecamos con los peligros inmediatos que supone para nuestra propia nación, para nuestra economía, empleo, seguridad e identidad, olvidando siempre que  los más perjudicados por los movimientos migratorios masivos son sin duda los países de origen. Para un pueblo consumido por el subdesarrollo o azotado por una crisis financiera no puede haber un drama más terrible que la desbandada de jóvenes en edad de trabajar. La emigración es una vergüenza nacional, un cáncer mortal, una manera de desangrarse perdiendo a chorros los mejores efectivos.

Es un poco como el éxodo rural que comenzó en Castilla hacia los años 60. Los más jóvenes, despiertos, emprendedores y ambiciosos huyeron del arado y de las casas de adobe al olor de las oportunidades y comodidades de la gran ciudad. En el pueblo se quedaron los más conformistas, los más miedosos, los más cómodos... los más tontos. Y hoy no hay más que ver cómo está el campo castellano y quiénes siguen en él.

Los países de emigración larga y sostenida quedan raquíticos e improductivos, resecos como una planta sin savia, anclados en ignorancias y extremismos paralizadores, con el freno echado para siempre. Agonizan mientras las potencias pujantes, las mismas que les hundieron en la miseria con el cuento de la descolonización, les roban impunemente los millones de manos y los millones de pies  que podrían sacarlos a flote.  

viernes, 5 de junio de 2015

PROGRAMAS MUNICIPALES DE EMPLEO

En la mayoría de ayuntamientos de España donde gobernará el rojerío merced a los acuerdos entre las candidaturas de “unidad popular” (qué escalofríos me da el nombre) y el hasta ahora partido de la casta PSOE, ya se han dado a conocer los paquetes de medidas sociales cuya implementación se prevé en la próxima legislatura. Una de las medidas estrella son los llamados programas municipales de empleo.

En teoría estos instrumentos permiten que, dada la situación de empobrecimiento de muchas familias debido a la crisis y al paro, los consistorios contraten directamente, atendiendo a criterios de necesidad, a desempleados de larga duración y a colectivos con especiales dificultades de inserción, para la realización de trabajos de interés social y utilidad pública destinados a “cubrir necesidades del día a día”, casi siempre en plazas de peón, jardinero u ordenanza. A veces también se inyecta dinero a empresas privadas para que “empleen” a estas personas en puestos tipo becario.

Pero esto no es nada nuevo. La cosa es que desde 2009 ya han sido puestas en marcha varias iniciativas de este tipo por diferentes corporaciones locales, y los resultados distan mucho de ser idílicos. Hablando en plata y sin circunloquios, lo que hacen estos ayuntamientos es generar, de forma artificial, puestos de trabajo que no se necesitan; se los inventan y punto. Por otra parte, la selección de los “trabajadores” la llevan a cabo asistentes y asistentas sociales con unos curiosos baremos basados simplemente en la antigüedad del paro y en los ingresos familiares, sin entrar a considerar para nada la cualificación profesional. 

Los efectos prácticos de estos inventos son los que cabe imaginar con semejantes premisas: Durante varios meses o años, los elementos más marginales y vagos de la ciudad, que jamás de los jamases han dado un palo al agua ni en crisis ni en bonanza, cobrarán una propina de 800 euros al mes a cambio de lucir un mono con las siglas del programa de empleo y rascarse las pelotas en los jardines públicos, haciendo como que podan el seto, o de leer el Hola sentados en una mesita en mitad del pasillo de las oficinas municipales. Tampoco hace falta ser un lince para acertar que los agraciados por esta humillante limosna (que pagamos todos) pertenecerán invariablemente a los grupos y sectores sociales más conocidos por su picaresca, comenzando por la gitanada, siguiendo por los inmigrantes más flojos del municipio y acabando, cómo no, por los familiares, amigos y conocidos de los miembros destacados de las asociaciones vecinales de izquierda.

Parados simulando trabajar en un proyecto municipal de empleo
Naturalmente estos planes son simples poses políticas de cara a la galería sin ningún efecto beneficioso para la sociedad, no tanto por la idea de fondo (que no es mala), sino por la forma escaparatista e ineficaz de desarrollarla. En principio, la cantinela -recurrente en los últimos siete años- de que sobran empleados públicos en todas las Administraciones casa muy mal con la decisión demagógica de sacarse de la manga nuevos puestos, de plantilla o no, para “dar de comer” a quienes probablemente comen mejor, gracias a sus actividades de economía sumergida, que muchos ciudadanos que nunca podrán acceder a un programa de empleo. También sucede que por muy partidarios que seamos de corregir el mercado de trabajo, no parece razonable que estas correcciones se traduzcan en falseamientos puros y duros de la necesidades municipales y de la realidad económica. Si de verdad se trata de integrar laboralmente a las personas con dificultades y de que realicen una actividad útil para que la prestación no se convierta en una simple ayuda social disfrazada, habría que tomarse muy en serio esta clase de actuaciones, buscando ocupaciones adecuadas, seleccionando correctamente a los candidatos (tras un examen exhaustivo de sus antecedentes y circunstancias), excluyendo a priori a los residentes extranjeros, evaluando el rendimiento en las tareas, despidiendo ipso facto a los que no sirvan o no rindan, y realizando seguimientos personales y acciones formativas paralelas para facilitar la absorción de estos desempleados por el mercado de trabajo convencional. 

Entre las tareas que se me ocurren para asignar a los parados en situación de emergencia y que me da en la nariz que serían rechazadas por muchos de ellos, están el desbroce de los montes para prevenir incendios, el apoyo a las labores de extinción de los mismos, la repoblación forestal o la limpieza permanente de nuestras playas. 

Pero mucho me temo que a la izquierda española, en perfecta coherencia con su trayectoria histórica, le interesa bastante más la propaganda que solucionar de una manera eficiente y justa la situación desesperada de millones de familias. Los programillas de empleo que ahora tratarán de vendernos como la panacea de la conciencia social no serán más que guiños electoralistas que no cambiarán nada ni ayudarán, ni siquiera a medio plazo, a nadie que de verdad lo necesite.

jueves, 21 de mayo de 2015

"ME HE TENIDO QUE IR"

  


Últimamente ponen mucho en la tele un emotivo anuncio de Marcilla en el que una chica hace café para ella y para su madre mientras se preparan para una vídeoconferencia con su hermano, que ha emigrado a Reino Unido. El spot comienza con una frase que me llama mucho la atención: “Un año ya desde que mi hermano tuvo que irse a trabajar fuera”.

Esta manera tan intencionada de referirse a la decisión del muchacho de irse a trabajar a Inglaterra me parece muy ilustrativa por lo bien que simboliza la actitud de los emigrantes españoles y sus familias desde que comenzó la crisis. Seguro que en los últimos años todos hemos conocido a varios jóvenes que han buscado y encontrado trabajo allende nuestras fronteras, y nos hemos fijado en cómo casi ninguno de ellos admite haberse marchado por su propia voluntad; prácticamente todos justifican su salida de España con frases muy similares a la del anuncio de Marcilla: “me he tenido que buscar la vida fuera”, “he tenido que largarme”. En el caso de sus familias, podríamos quitar el “casi”, pues esta actitud se agudiza hasta el extremo. Jamás una mamá, un hermano pequeño o una novia admitirían, ni bajo tortura, que el chaval se ha ido a currar a Mánchester o a Berlín porque le ha dado la gana, incluso aunque así lo haya manifestado (que tampoco es frecuente) el propio interesado.

Cuidado, porque no estoy insinuando que todos los españoles que emigran lo hagan por gusto, nada más lejos de mi intención. Lo único que digo es que aquellos que toman esta determinación sin necesidad y simplemente porque les apetece o les interesa (que no son pocos) no suelen mostrarse sinceros al hablar del tema, y dejan caer casi siempre, de un modo u otro, que la recesión económica les ha forzado a hacer las maletas y a abandonar, sintiéndolo mucho, su amado país. Otras veces las explicaciones que nos dan los emigrantes denotan una fuerte agresividad contra las políticas económicas del gobierno o la idiosincrasia de nuestra nación. “En esta España de mierda no te puedes quedar”, “aquí nunca habrá trabajo con la clase política que tenemos” y la tan socorrida “este es un país de pandereta” son las consignas predilectas de algunos de los “aventureros” que agarran el petate y se van a trabajar para una economía extranjera.

La pregunta es por qué motivo un joven español que opta libremente por asentarse, por ejemplo, en otro estado de la Unión Europea para desarrollar mejor su carrera profesional, ganar un salario mucho más alto que en Madrid o perfeccionar un idioma, se suele sentir obligado a inventarse una versión melodramática de su decisión para su familia y amistades.

Y la respuesta es más que obvia. Por un lado, la sociedad en general acepta mucho mejor que una persona nacida y formada en España emigre a los extranjeros impelida por razones de grave necesidad a que lo haga solo para obtener una retribución más sustanciosa o un alto nivel de vida, y no digamos si es por una inclinación personal hacia otros países o culturas. En el fondo, aunque sea de una manera subconsciente, al pueblo español no dejan de darle grima, por traidores, muchos de los descastados que salen en Españoles por el mundo presumiendo de sueldazo y de casoplón desde Dubai mientras juran frívolamente echar de menos la tortilla de patatas. Por otra parte, los “exiliados” saben, porque así se lo dicta su conciencia, que alejarse miles de kilómetros, sin una buena razón, de su familia, de sus seres queridos y del entorno que les ha visto nacer y crecer, es propio de renegados y de desagradecidos. 

Por eso es tan habitual maquillar las verdaderas motivaciones de estos periplos, que a veces son de ida pero no de vuelta.

Es verdad que resulta muy difícil valorar la sinceridad real de los afectados, pero hay veces en que el cinismo asoma descaradamente. Yo conozco gente que ha emigrado muy a su pesar porque así se lo ha exigido su empresa o porque les habría costado un riñón encontrar en España una salida digna dentro de su sector profesional. Estas personas me han demostrado su valentía, su capacidad de sacrificio y su talante emprendedor a la hora de mejorar su vida y la de los suyos. Pero también conozco casos bien distintos, y me refiero a gente que teniendo ocupación en España, o al menos alternativas reales de encontrarla, ha preferido probar en Alemania engolosinada por una nómina de 3.000 euros o por una cultura o un modelo de sociedad que le gusta más que el nuestro. Y nos pongamos como nos pongamos, esta última actitud tiene numerosas implicaciones éticas, y no solo la carencia del más elemental patriotismo (por mucho que este valor esté de capa caída), sino otras relacionadas con la pasta que se han gastado nuestras Administraciones en la formación de estos desertores o con las repercusiones que en un futuro podría tener para España el retorno de todos ellos dispuestos a darnos leccioncitas.

Sea como sea, tampoco voy a enjuiciar (demasiado) las razones de cada cual. Lo único que me atrevo a pedir es que la gente sea franca de una puñetera vez y si se pira a trabajar fuera porque quiere no trate de vendernos que aquí poco menos se moría de hambre.

viernes, 9 de enero de 2015

IDEAS SUELTAS SOBRE EL ATENTADO DE PARÍS


- El atentado musulmán contra el semanario Charlie Hebdo, que se ha cobrado al menos doce víctimas mortales, me parece una muestra repulsiva de la crueldad humana y debe ser condenado sin tapujos por cualquier persona con la mínima sensibilidad moral.

- Me pasma la hipocresía de nuestra sociedad, que abomina de este crimen brutal y exige toda clase de medidas y respuestas, pero nunca ha dado muestras de escándalo ante los miles de asesinatos de cristianos por el Estado Islámico y otros grupos en los países de Oriente Medio.

- No considero héroes dignos de admiración a los dibujantes de la revista, ni creo que hayan ejercido ninguna libertad de expresión legítima. Lejos de hacer una crítica sólida y razonada contra los fundamentos de la religión islámica, se han limitado, en la mayoría de los casos, a herir con zafiedad los sentimientos religiosos de millones de personas, burlándose gratuitamente de sus creencias, profetas y textos más sagrados. Los mahometanos no han sido el único blanco de su “humor”, que se ha cebado también en numerosas ocasiones con la Fe católica, como puede verse en esta lamentable portada sobre la Santísima Trinidad.

Como cristiano, creo que los responsables de la publicación de la portada que he enlazado son –o eran– merecedores de  un castigo proporcionado.

- En mi opinión hay razones mucho más elevadas para arriesgar la vida que dibujar viñetas pornográficas, chabacanas e innecesariamente provocativas sobre Mahoma, Alá, la Virgen María o Benedicto XVI.

- Solo una libertad de expresión muy mal entendida puede amparar una línea editorial como la de Charlie Hebdo. En Francia y en toda Europa deberían existir mecanismos penales contundentes –y no solo nominativos, en el mejor de los casos– para reprimir de forma eficaz toda conducta dirigida a mofarse, mediante la blasfemia o el sacrilegio puros y duros, de las convicciones religiosas de los ciudadanos. Si estos mecanismos existieran, podrían haberse adoptado medidas contra el semanario antes de que unos dementes se tomaran la justicia por su mano.

- A diferencia de los textos cristianos, el Corán preceptúa literalmente la ejecución de numerosos colectivos de “pecadores”, entre ellos los infieles o los renegados del Islam, y ampara la violencia contra la mujer. El islamismo en sí es bárbaro, despiadado, cruento e irrespetuoso con la dignidad humana. Los terroristas que han asaltado la sede de Charlie Hebdo no son intérpretes radicales de la palabra de Alá, sino que cumplen exactamente lo que el Corán ordena. Los llamados musulmanes moderados sencillamente no son auténticos musulmanes.

- No es ni ha sido nunca viable la convivencia en Europa entre cristianos y musulmanes consecuentes con su fe, por lo que urge tomar con la mayor urgencia posible toda clase de iniciativas para restringir al mínimo la inmigración desde estados islámicos, controlar exhaustivamente a la colonia mahometana en nuestros países y arbitrar los expedientes de expulsión necesarios ante el menor signo de inadaptación a nuestra cultura y valores.

martes, 23 de diciembre de 2014

¿COMIDA SOLO PARA ESPAÑOLES?


A raíz de la denuncia del comunista asturiano Gaspar Llamazares, se ha levantado cierta polémica con la iniciativa de varias organizaciones patrióticas extraparlamentarias de repartir alimentos exclusivamente a necesitados españoles. Estas campañas se han llevado a cabo en unos cuantos puntos de la geografía nacional y con diferentes modalidades, a veces con ocupación ilegal de inmuebles y bajo la denominación de “hogares sociales”.

Me he estado informando del asunto y debo admitir que me cuesta bastante posicionarme. Como católico, no me termina de quedar clara la compatibilidad de los sentimientos humanitarios que se supone que inspiran a estas asociaciones con una discriminación programada por razón de nacionalidad. Se supone que un cristiano con intención de ayudar al prójimo paliando sus necesidades materiales, debería hacerlo espontáneamente con aquellas personas de su barrio o ciudad con mayores dificultades económicas o con mayor riesgo de exclusión, y no seleccionando de manera premeditada a aquellos pobres que más le gusten o mejor le caigan en función de su origen o de la regularidad de su residencia en nuestro país. Y cuidado, que no estoy defendiendo la inmigración ilegal, sino diciendo que a mí me costaría mucho estar repartiendo bocatas o kilos de macarrones a españoles en apuros y no poder darle nada a un negro o a un peruano en la misma o peor situación que me lo pidiera. 

Pero aquí mi primer error de juicio es dar por sentado que estos voluntarios actúan guiados por el Cristianismo.


Otro fallo mío, y esta vez a favor de estas iniciativas, es que seguramente no me doy cuenta de que cada ONG está especializada en un determinado campo de acción social, de que cada una suele ayudar a un determinado sector o colectivo, o centrarse en un ámbito geográfico o funcional concreto, por simples razones de eficacia o de vocación.  Si tanto me chirría que en los “hogares sociales” solo se entreguen lentejas y embutidos a los españoles, con la de extranjeros que viven en nuestras ciudades en circunstancias dramáticas, ¿por qué no me quejo entonces de las numerosísimas entidades cuya misión es acoger, alimentar, mantener y emplear solamente a inmigrantes? Quizá porque intuyo que este colectivo presenta unos rasgos y unas necesidades específicas que demandan una atención especializada, y porque sospecho que sus penurias son cuantitativamente más graves que las de mis compatriotas, pero… ¿es esto cierto? ¿Los españoles parados que no pueden pagar su vivienda ni alimentar a sus hijos no tienen también derecho a que se cree una asociación que concentre sus esfuerzos en ayudarles a ellos y solo a ellos? ¿De verdad lo pasan peor los moros y los panchitos de Madrid que algunos madrileños de pura cepa?

Pero posiblemente el principal motivo de mis recelos hacia estos repartos selectivos de comida sea mi convencimiento de que sus promotores actúan mucho más movidos por la demagogia y el deseo de publicidad política que por un verdadero afán de auxiliar a los hambrientos, como lo demuestran sus obsesivas campañas de difusión en las redes sociales. Una caridad que tan obscenamente se cacarea a los cuatro vientos no me parece auténtica. Tengo la impresión de que estos grupos lo único que pretenden es imitar (y encima mal) al partido nacionalsocialista heleno Amanecer Dorado, ansiosos de una repercusión mediática similar a la suya. Ha sido además el suyo un altruismo sobrevenido: nadie les recuerda repartiendo arroz antes de los logros electorales de Michaloliakos...

Por otra parte, me da en la nariz que estos aprendices de filántropos no tienen ni la menor idea de cómo identificar y seleccionar a las familias desamparadas, y que se dedican a regalar comida a cualquier jeta que pase por allí y les enseñe un DNI español, porque al fin y al cabo lo único que les preocupa es salir en las fotos de Facebook y de la prensa.

En mis tiempos de la cruz y la espada, por Navidad siempre llevábamos donativos y alimentos a congregaciones religiosas asistenciales o participábamos en la operación kilo de nuestra ciudad, y nunca preguntábamos por la nacionalidad ni por el color de la piel de los beneficiarios de nuestra ayuda, ni mucho menos proclamábamos nuestra “acción heroica” en todos los medios habidos y por haber.

domingo, 14 de diciembre de 2014

NI PARA FINOS NI PARA BASTOS


“A su hermana, la Régula, le contrariaba la actitud del Azarías, y le regañaba y él, entonces, regresaba a la Jara, donde el señorito, que a su hermana, la Régula, le contrariaba la actitud del Azarías porque ella aspiraba a que los muchachos se ilustrasen, cosa que a su hermano, se le antojaba un error, que, luego no te sirven ni para finos ni para bastos, pontificaba con su tono de voz brumoso, levemente nasal (…)

(...) y él marchaba al otro cortijo, donde su hermana, y ella, la Régula, nada más abrirle el portón, ¿qué se te ha perdido aquí, si puede saberse?, y Azarías, ¿y los muchachos? , y ella, ae, en la escuela están, ¿dónde quieres que anden?, y él, el Azarías, mostraba un momento la punta de la lengua, gruesa y rosada, volvía a esconderla, la paladeaba un rato y decía al fin, el mal es para ti, luego no te van a servir ni para finos ni para bastos, y la Régula, ae, ¿te pedí yo opinión? (...)"

  (“Los santos inocentes”. Miguel Delibes, 1981)


Con muchísimos jóvenes de ahora sucede lo que pontificaba el Azarías con su voz de tonto: estudian un grado y cuando tienen el título bajo el brazo no nos sirven ni para finos ni para bastos. Para finos no, porque, dado el número anual de licenciados, la mayoría jamás va a poder ejercer su titulación y ni siquiera trabajar de algo remotamente relacionado con “lo suyo”. Pero para bastos, menos, ya que los universitarios suelen resistirse como gato panza arriba a arremangarse y faenar en labores “subalternas”. Se creen que su titulín les confiere una especie de estatus aristocrático incompatible con doblar el lomo y se pasan la vida mareando la perdiz en el mercado laboral para terminar no haciendo nada útil. Los que pueden permitírselo gracias a sus familias, claro.

La forma de concebir la Universidad, especialmente el acceso a la misma y la relación entre formación académica y expectativas profesionales, ha hecho un daño inconmensurable a la sociedad española, al generar una amplia masa de jovencitos que se creen que saben algo y, peor aún, se consideran investidos del sagrado derecho a trabajar en un puestazo en una oficina. 

La "mentalidad universitaria" ha inhabilitado para cualquier ocupación, ha inutilizado completamente a millones de jóvenes, que están en la misma tesitura que los sobrinos del Azarías si hubieran ido a la escuela: no querrían volver a limpiar las pocilgas, pero en su entorno y con sus limitaciones sociales tampoco nadie los habría contratado para sentarse detrás de un escritorio. 

Y luego encima nos quejamos de los inmigrantes, que vienen a ocuparse de las tareas y a desempeñar los oficios que los españolitos graduados no quieren ver ni de lejos. 



Más sobre este tema en La pluma viperina:

- Mandangas vocacionales 
- Algo falla 
- Estadísticas que nunca veremos

viernes, 7 de noviembre de 2014

LA CLASE


Me ha causado una fuerte impresión La clase (Entre les murs, 2008), una película francesa de Laurent Cantet que he visto esta semana. Me la habían recomendado por mi gran interés por los temas educativos y es cierto que no deja indiferente. Sin un argumento definido, La clase nos muestra el día a día de un curso académico en un centro de secundaria de un suburbio parisino atestado de chavales problemáticos y de inmigrantes africanos. El joven y progresista profesor de lengua, François, defensor de los métodos participativos y del debate en las aulas, va quemándose poco a poco ante la actitud cada vez más desafiante de los alumnos a su cargo. Los chicos, con un comportamiento más propio de macacos que de personas, terminan desanimando al docente y volviéndole escéptico con las bondades del diálogo y del igualitarismo en los que siempre creyó.

Al terminar la película a uno le afloran sentimientos contradictorios y sobre todo dudas, muchísimas dudas. La cinta dignifica la labor de los profesores de instituto, desgraciadamente infravalorada en los países de nuestro entorno. Los docentes en general, y los destinados en centros difíciles en particular, me parecen unos auténticos héroes que llevan al límite su vocación, su paciencia e incluso su salud para transmitir a los adolescentes unos conocimientos esenciales para desenvolverse en la vida social y profesional. Muchas veces esta tarea no tiene ningún reconocimiento y, lo que es peor, ningún resultado, con lo que el riesgo de desánimo es altísimo. El derrotismo hace mella en multitud de profesionales de la enseñanza, que terminan convertidos en verdaderos burócratas que pasan de los alumnos. Es aquí donde cabe preguntarse si los actuales sistemas de selección del profesorado permiten elegir a las personas más idóneas desde el punto de vista emocional y del carácter, ya que es obvio que su cometido va mucho más allá de explicar las lecciones en una pizarra y exige unas habilidades sociales, una madurez, una empatía y un temperamento por encima de la media.

La segunda cuestión que me ha venido a la cabeza es la crisis del principio de autoridad. En la película puede apreciarse como la labor de François es sistemáticamente boicoteada por la clase. Sus conflictivos alumnos no se callan jamás, lo discuten todo, juzgan su trabajo, le insultan y provocan, se niegan a participar, entran y salen del aula cuando les da la gana, no hacen nunca los deberes, mienten y difunden bulos gravísimos sobre él, y recurren a la violencia física si se les cuestiona o amonesta aunque sea levemente. Frente a esta actitud, el idealista François, jamás hace valer su autoridad, sino que, al contrario, se pasa horas intentando inútilmente razonar con los muchachos, les pide opinión sobre todo y acepta todas sus sugerencias. El resultado es el previsible: en vez de valorar la actitud dialogante de su profesor, las pequeñas bestias acaban imponiéndose y machacándolo psicológicamente. 

Supongo que una cosa es educar en los "valores democráticos” y otra perder de vista que profesores y alumnos no están ni deben estar al mismo nivel, y que aquellos pueden y deben exigir a estos el cumplimiento de una serie de obligaciones. Supongo que una cosa es mostrar una actitud cercana y otra convertir la clase en una asamblea permanente donde cualquier cuestión, ya sea organizativa, disciplinaria o educativa, tenga que ser consensuada con un alumnado que, por lo general, lo único que busca es librarse de todo esfuerzo.


Los docentes que conozco suelen quejarse de que “el sistema” no les brinda instrumentos para hacer frente de forma eficaz a la falta de disciplina y de que los críos son intocables so pena de acabar defenestrados por los padres o por la propia Administración. Sin duda tienen parte de razón, pero yo también estoy seguro de que con un mismo grupo de alumnos asilvestrados no todos los educadores sufrirían las mismas faltas de respeto ni problemas disciplinarios de la misma envergadura. Esto es así porque hay profesores que saben hacerse respetar mucho más que otros por tener más personalidad y mayor habilidad para manejar situaciones complicadas. De modo que la culpa del problema debe repartirse entre las administraciones educativas y los propios profesionales, porque, aunque es cierto que la normativa vigente excluye toda posibilidad de adoptar ciertas medidas represivas que serían indispensables y, como he dicho, no se vela por la selección de perfiles adecuados para impartir clase en circunstancias difíciles, tampoco los aspirantes a profesor actúan con responsabilidad al pretender muchos de ellos acceder a una profesión tan delicada y tan social a sabiendas de su pusilanimidad y de su nulo interés por los adolescentes. Algunos se piensan que enseñar (y domar) a imberbes de 12 a 18 años es como trabajar en una oficina y se lanzan a la aventura pensando solo en el sueldo y no en los disgustos que van a sufrir por culpa de su apocamiento y de su ineptitud para lidiar con estas fieras. Por eso la decisión de varias comunidades autónomas de convertir en autoridad pública a los profesores no va a servir para mucho, pues al final no se trata solo de una cuestión de potestas sino de autoritas personal.

Con todo, aplaudo desde aquí con mi mayor admiración a los buenos profesores, a los que se comprometen con los chicos poniendo toda su carne en el asador de una clase insufrible, a los que tienen el don de estimular las inquietudes de esos pequeños bárbaros dominados por las hormonas, a los que no se rinden pese a los contratiempos y a los que de verdad se ganan el sueldo haciendo de nuestros jóvenes unas personas mejor preparadas para la convivencia y para el trabajo.

Sobre la inmigración masiva y su repercusión en la vida de los centros docentes casi hablamos otro día, que da para mucho, aunque por supuesto agradezco cualquier comentario y cuanto más políticamente incorrecto, mejor.

viernes, 3 de octubre de 2014

HIDALGOS

Desde los albores más remotos de la humanidad, el más visible elemento de diferenciación social ha sido el trabajar o no con las manos. Desde la más oscura prehistoria, los más ricos, los más fuertes o los más inteligentes se las apañaban para librarse de las tareas físicas. El que tenía dos huertos en vez de uno, pronto se buscaba a un pobre para que se los sembrara y recolectara y, en definitiva, doblara el espinazo por él. Huir del esfuerzo y del desgaste de las labores manuales para gozar de una vida lo más cómoda posible, escaquearse del sudor en la frente con que Dios castigó a Adán y a Eva, siempre ha sido una de las motivaciones más fuertes del ser humano.

En la Edad Media aparece en España la figura del hidalgo y con ella el rechazo del trabajo corporal por amplios sectores sociales. Un hidalgo podía aspirar a cargos públicos o ejercer la carrera de armas, la vida religiosa o la escribanía, pero su honra quedaba irremediablemente mancillada si se dedicaba a la agricultura, a la ganadería, a la artesanía o al comercio, por muy necesitado que estuviera. En el siglo XVIII había en nuestro país más de 700.000 infanzones, un 8% de la población total, alcanzando en algunas zonas como Asturias más del 80%. Así es fácil explicarse cómo una potencia puntera como España acabó hundida en el lodazal.

Por desgracia hoy las cosas no son muy distintas. Aunque intentemos disimularlo predicando (con la boca pequeña) un igualitarismo formal, España sigue siendo tierra de hidalgos y la mayor aspiración de los españoles es tener un empleo en el que no se sude ni se presten directamente servicios manuales al púbico. 

El surgimiento de una extensa clase media en los años del tardofranquismo contribuyó a estigmatizar los trabajos más básicos, en gran parte debido al orgullo de millones de labradores que se veían de pronto en la ciudad con un sueldo y unas comodidades de los que no habían disfrutado en generaciones. “No pidas a quien pidió ni sirvas a quien sirvió”. Si nos fijamos bien, la masiva demanda de títulos universitarios desde los años setenta no es sino la búsqueda de una nueva forma de hidalguía por parte de estas familias. El único sueño de los agricultores obligados a deslomarse de sol a sol toda su vida era que sus hijos cambiaran la azada por la Olivetti, y trabajaran sentados y a ser posible con corbata. Y eso solo era posible dándoles carrera.

El resultado es el que conocemos bien, sobre todo en regiones como la mía: un número ingente de jóvenes licenciados de clase media que, aunque lleguen a aceptar que trabajar “de lo suyo” es imposible, se niegan terminantemente a currar en el campo, en una línea industrial, en un taller mecánico, en la barra de una cafetería o como reponedores o cajeros en un hipermercado. Son los hidalgos del siglo XXI. Su mentalidad, mamada desde la cuna, es que con un título de grado bajo el brazo es deshonroso sudar o poner cervezas, lo que les lleva a preferir no disponer de un euro, vivir con sus padres hasta los 40 y echar a perder su futuro a desempeñar cualquier oficio de tipo manual. Con semejante chip mental, en estos tiempos de escasez de empleo, la Universidad, en vez de abrirles un mayor abanico de salidas, se lo ha cerrado a cal y canto.

En mi ciudad pervive un hidalguismo grabado a fuego. Unas veces se manifiesta en el pundonor de quien se empeña en mejorar su posición tras un importante esfuerzo académico, pero otras resulta ridículo, ya que las ínfulas del hidalgo no se corresponden en absoluto con su capacidad o nivel de formación. En todos los casos estamos, eso sí, ante una fobia manifiesta hacia el trabajo físico y sus aledaños. Además no estoy hablando de pasta: yo conozco varones que prefieren mil veces ganar 800 euros al mes en una oficina haciendo fotocopias o metiendo datos en una aplicación que ingresar 2.000 como camioneros. También es curioso el dato de que estas personas suelen pertenecer a familias de origen obrero o rural, y han visto bien de cerca los callos en las manos de sus padres o abuelos.

Los infanzones de 2014 siguen saliendo a la calle como los de 1600, con un palillo entre los dientes para que todos crean que han comido carne. Su vanidad, su pereza y su distorsión de la realidad siguen lacrando la economía española y, encima, favoreciendo la inmigración. Siguen, igual que hace cinco siglos, encarnando la autosuficiencia infundada y el parasitismo patético, pero probablemente lo más triste de todo es que con su actitud destrozan sus propias vidas y se condenan a la infelicidad en su mundo de cutres apariencias.

martes, 24 de junio de 2014

FALSA TOLERANCIA




Una de las más peligrosas consecuencias de la cultura democrática que impregna nuestras sociedades es ese falso clima de tolerancia que a muchos ingenuos les hace suponer que van a ser tratados con respeto y no van a sufrir discriminación alguna se comporten como se comporten, vivan como vivan y tengan el aspecto que tengan. Oficialmente es así, ya que los códigos culturales imperantes exaltan la libertad individual y la igualdad de oportunidades sean cuales sean las circunstancias personales, pero hace falta ser muy corto para no percatarse del profundo abismo que separa el discurso progre y políticamente correcto del “sé tú mismo” de la cruda realidad del día a día, en que se empuja a la cuneta sin contemplaciones a los que van de originales o se saltan ciertas pautas por supuesto que no escritas pero igual de vinculantes que la ley. 

La sociedad de hace cuarenta o cincuenta años me parecía, en este sentido, mucho más sana, pues no participaba de esta suerte de hipocresía que lleva a muchos a la marginación y al ostracismo casi sin darse cuenta. En aquella época, cuando alguien se salía de los márgenes preestablecidos en materia moral, estética, de costumbres o de relaciones sociales, rápidamente se encendían unas alarmas bien visibles y audibles, y el afectado se enteraba en el acto de que si seguía por ese camino iban a darle una patada en el culo, no iba a encontrar trabajo o se iba a quedar más solo que la una.

Al varón que se dejaba el pelo largo le llamaban marrano y le insistían hasta la saciedad en que pasara por la barbería. Si alguien vestía como un payaso, se reían de él en la cara y hasta le ponían mote. A la que se acostaba con medio pueblo la miraban raro y la advertían de mil maneras de que así solo lograría casarse con un forastero despistado. Al que no hacía más que decir chorradas la gente le perdía la consideración ostentosamente y ni se dignaba a escucharle. Al afeminado de la clase los niños le llamaban maricón y no querían quedarse a solas con él para no coger mala fama…

Pero ahora no. Ahora aparentemente no hay parámetros de conducta y cada cual, en teoría, puede desenvolverse como quiera sin consecuencias de ningún tipo. Nos hemos vuelto todos muy democráticos y, como buenos ciudadanos que somos, jamás osaríamos a poner en entredicho en voz alta el modus vivendi y los gustos de nuestros vecinos, amigos o compañeros de trabajo. Manifestar cualquier crítica a una persona por su manera de ser, de pensar o, peor aún, de vestir, atenta contra la libertad. Cada cual con su vida puede hacer lo que quiera sin que nadie se entrometa. 

Pero todo esto, que suena precioso, es una pamema, y en realidad la gente, aunque se calle amordazada por la presión cultural, sigue pensando más o menos lo mismo de los mamarrachos, los pintajas, los bujarrones y los que van dando el cantazo por el motivo que sea. Es verdad que ya nadie dice ni pío de las extravagancias y opciones de vida peculiares de los demás, pero después, a la hora de la verdad, se actúa en consecuencia y se excluye sin contemplaciones a los impresentables, a los raritos y a los problemáticos. 

Lo malo es que nunca faltan incautos que se tragan la parte teórica y se animan a saltar sin red confiando ciegamente en los valores de tolerancia y de respeto democrático. Y así nos encontramos al chaval que pretende superar la entrevista para un trabajo serio con un piercing en la nariz, al borracho o drogadicto que aspira a ser respetado, al sindicalero comprometido que imagina que encontrará un empleo algún día, al julandrón que sale del armario ganando 800 euros al mes, a la muchachita que espera que alguien compre la vaca cuando regala la leche a quien se la pide, al expresidiario que se cree que ya ha pagado su deuda con la sociedad, a la ama de de casa sin estudios que se comporta como la protagonista de Sexo en Nueva York, al inmigrante embaucado con lo de la alianza de civilizaciones, y, en general, a personas convencidas de que como no solo no se les critica, sino que los medios de comunicación no paran de predicar sus derechos , van a pillar cacho. 

Antes era mucho más fácil enterarse de qué iba la feria. Ahora todo son sonrisas, promesas y palmaditas en la espalda para todo el mundo, pero luego, tracatrá. Igual que siempre.

martes, 10 de septiembre de 2013

...DE NACIONALIDAD RUMANA....

Jóvenes de nacionalidad rumana sustrayendo cobre

Recuerdo que en los años 90 hubo en los medios de comunicación una gran polémica sobre la forma de enfocar las noticias sobre delitos en las secciones de sucesos. Hasta entonces, cuando se indicaban los nombres o las iniciales de los autores de hurtos o reyertas, era costumbre añadir la coletilla  “de etnia gitana” cuando los sujetos eran calés, pero el Secretariado Gitano se mosqueó y pidió a la prensa que evitara estas especificaciones, que, a su modo de ver, resultaban discriminatorias (ya que los “payos” también robaban y no se ponía su raza) y solo contribuían a estigmatizar a ese pueblo noble y amante de la libertad que son los zíngaros. Finalmente hubo consenso y se decidió omitir este dato en todas las noticias relativas a homicidios, robos, extorsiones y peleas, por lo que solo podíamos deducir que los autores eran calorros de las fotos (si las había) o de los consabidos apellidos Gabarre, Gabarri, Heredia, Montoya, Barrul y demás.

Con mucha menos intensidad, y acogida con mayor diversidad de criterio que entonces, ha resucitado esta controversia en nuestros días, pero esta vez no en relación con los alegres gitanos sino con los inmigrantes de varios orígenes. A nadie se le escapa leyendo los periódicos que un amplísimo porcentaje de las fechorías cometidas en nuestros pueblos y ciudades tiene como protagonistas a individuos de Europa del Este (sobre todo rumanos), a moros del Magreb y, en mucha menor proporción, a hispanoamericanos, todos ellos afincados ilegalmente en nuestro país. Las posibilidades de que una violación, un navajazo, un atraco a una sucursal bancaria o un hurto de piñas, de cable de cobre o de tuberías hayan sido obra de uno de estos extranjeros irregulares son en la actualidad de diez contra uno. Ello no ha obstado para que numerosas oenegés de apoyo a los inmigrantes hayan puesto el grito en el cielo por la práctica periodística casi unánime de concretar la nacionalidad de los criminales, aunque esta vez me temo que casi nadie les ha hecho caso.

Es muy cierto que del dato de que el 70% de los robos en una ciudad sean siempre cometidos por rumanos no cabe deducir (automáticamente) que el 70% de los inmigrantes rumanos son ladrones. Es muy cierto que los españoles también cometemos delitos y tenemos comportamientos incívicos.  Y es muy cierto que a los gitanos o inmigrantes honestos, que los habrá, les tiene que saber a cuerno quemado ver cómo su raza o su nacionalidad aparecen diariamente implicados en las noticias más sórdidas y violentas. Pero la cuestión es que nos guste o no y se mire por donde se mire, que los individuos de una minoría protagonicen la mayoría de las transgresiones del Código Penal es noticia, y todos los ciudadanos tenemos derecho a que esta noticia no se recorte ni se manipule al son de los intereses de cuatro progres sensibleros.

Los dueños de naves o almacenes están en su derecho, cuando compran la prensa, a que en las reseñas de hurtos en polígonos industriales se signifique que los mangantes son rumanos, y a saber que esta clase de delito se comete en un 90% de ocasiones por inmigrantes de este país, pues ello les facilitará la vigilancia de sus negocios y la adopción de precauciones. A las jovencitas les viene muy bien enterarse del elevado porcentaje de agresiones sexuales cometidas en España por marroquíes, para por lo menos cambiarse de acera cuando atisben a un grupo de moros y no dar ni la menor confianza a un sarraceno en un bar de copas, y si resulta que paga el pato un rifeño bueno, ay, qué pena nos da. Si se sabe, por ejemplo, que los robos en domicilios por empleadas domésticas son, en su mayoría, cometidos por ecuatorianas, las familias deberían ser informadas de este dato por los periódicos para pensárselo mucho al contratar a una quiteña por muy barata que salga. Y si la mayoría de los enfrentamientos a tiros en la ciudad se producen entre gitanos, que los periodistas lo pongan bien clarito para que lo tengamos todos en cuenta a la hora de elegir nuestras zonas de residencia y de paseo.

Porque lo que no puede pretenderse es que los españoles honrados y trabajadores queden desprotegidos por estar en la inopia de estas estadísticas solo para que los rumanos, magrebíes o ecuatorianos decentes no se sientan ofendidos por las “generalizaciones” o para que los charlatanes de las asociaciones de ayuda a los marginados se apunten un tanto y cobren más subvenciones.

martes, 20 de agosto de 2013

CHAU-CHAU

 “En realidad me la trae floja y lo que diga el torda este me entra por un oído y me sale por el otro. Bien me sé que estoy aquí provisional y que en este país lo que sobran son colocaciones. Así se lo planteé a la mucama del segundo, que miraba sin dejarlo, como cachondeándose, y la gilí de ella me salió con que si con provisional quería decir provisorio. De mal café la respondí que sería ella la que con provisorio quería decir provisional. ¡Vamos, que también gibaría que ahora me fueran a enseñar a hablar estos cipotes! Pepita en la lengua no tengo y el mejor día voy a recordarle a alguno que si Colón se dio un garbeo por aquí hace unos años, fue para enseñar a su abuelo a decir pan y vino en lugar de chau-chau. ¡No te amuela!”


"Diario de un emigrante" (Miguel Delibes, 1958)

martes, 12 de marzo de 2013

ELECCIONES ECUATORIANAS


Hace unas semanas se celebraron las elecciones presidenciales en Ecuador, algo que no nos pasó desapercibido por la singular cobertura que los medios españoles dieron al proceso. Una de las cosas que me llamó la atención fue que el consulado ecuatoriano en España dispuso 19 centros electorales y casi 300 juntas de voto en diversas provincias (muchos en locutorios, como no podía ser de otro modo), para facilitar a una parte de los 400.000 oriundos de uno de los territorios del antiguo Virreinato del Perú residentes en nuestro país el ejercicio del derecho de sufragio.

En mi supina ignorancia desconozco para qué tiene nuestro gobierno que colaborar de ningún modo con las elecciones de esta república sudamericana, en un gesto más para que los extranjeros sin permiso de residencia se sientan como en casa, cuando la inmigración irregular favorece la esclavitud laboral y el deterioro de nuestros servicios públicos.

Pero lo que de verdad me ha dejado de piedra es enterarme de que en Ecuador es preceptivo votar bajo multa del 10% del salario básico del país, o sea un puro de 30 euros, y de que no es, ni mucho menos,  una obligación única en este estado, sino que también se aplica en Argentina, Austria, Bélgica, Australia, Grecia y otros muchos. No puedo menos que llevarme las manos a la cabeza ante una medida tan bárbara que impide a los ciudadanos abstenerse libremente de participar en los comicios si, por ejemplo, se la refanfinflan o los consideran una farsa absurda, un simple espectáculo circense para aupar al poder a los caciques habituales. Es lo que faltaba, que un ciudadano de un país supuestamente libre y democrático ya no pueda ni quedarse en su casa tranquilo el día de la elección a modo de protesta silenciosa contra el modelo de participación o de corte de mangas a los políticos corruptos que solo se acuerdan de él cada cuatro años, o simplemente porque no se identifica con ninguna de las candidaturas y no le apetece ni tomarse la molestia de votar en blanco.

Esta previsión no me extraña demasiado en lugares como el Congo, Egipto, Libia o Mongolia (donde también existe, en algunos so pena de prisión),  pero sí en los países serios que he citado.

Cuidado, que en España, después de las enormidades de la última reforma electoral, a los politiquillos puede llegárseles a ocurrir una barrabasada semejante si la abstención sigue creciendo y empiezan a sentirse deslegitimados los pobres.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

POLÍTICAMENTE INCORRECTO



Hay que reconocer que la expresión de origen izquierdista “políticamente incorrecto”, que aparece incluso en la cabecera de La pluma viperina, se usa continuamente en muchos medios y en el lenguaje coloquial, y yo diría que está de moda. Con ella pretenden definirse a grosso modo las ideas, actitudes o términos del lenguaje que son contrarios o ponen en duda los principios éticos y culturales, las pautas de conducta y los modelos político-organizativos vigentes en las sociedades occidentales actuales.

Sin embargo, para entender en qué consiste ser políticamente incorrecto sería importante describir con precisión las características de la corrección política, y como no he visto que nadie lo haya hecho hasta hoy, voy a aventurarme yo a lanzar unas notas que puedan aclarar el concepto.

Sin más rodeos: ¿Qué necesita hoy en día una opinión, frase o idea para ser catalogada como políticamente correcta?

 

1.- Dar por sentado que todas las culturas y etnias de la Tierra han hecho contribuciones positivas a la Historia de la Humanidad y que son igualmente valiosas y respetables.

2.- Sostener que si bien pueden existir diferencias de capacidad física entre las distintas razas humanas, no existe ninguna diferencia intelectual.

3.- Evitar generalizaciones (pero solo las negativas) sobre las características o el papel histórico de determinadas etnias o pueblos, por ejemplo los judíos, de los que solo vale decir que son (como colectivo) laboriosos, cultos y perseverantes, pero no usureros e inadaptados; o los gitanos, de los que se puede afirmar que aman la libertad pero no que son ladrones.

4.- Evitar términos coloquialmente aceptados para referirse a las minorías étnicas, por entender que son despectivos.

5.- No reconocer ni explícita ni implícitamente cualquier posible relación entre la inmigración masiva y el incremento de la delincuencia.

6.- Aplaudir toda iniciativa para la protección y conservación de la identidad de los diferentes pueblos, etnias, razas y culturas de la Tierra, excepto de los europeos, ya que salvaguardar la raza blanca o la cultura occidental es propio de nazis.

7.- No admitir que los drogodependientes puedan tener alguna responsabilidad en su problema, atribuyendo siempre las culpas a la sociedad, a la marginación, a la economía o a las instituciones.

8.- Considerar droga el alcohol y el tabaco, e incluirlos en los Planes Antidroga junto con la heroína, la cocaína o las pastillas de diseño.

9.- Considerar enfermedades todos los vicios o la falta de fuerza de voluntad (ludopatía, cleptomanía, adicciones…)

10.- Partir de que la homosexualidad no es una anomalía o enfermedad, como ha sostenido la comunidad científica hasta fechas recientes, sino una simple tendencia sexual (por nacimiento u opción) que merece todo el amparo social y jurídico.

11.- Rechazar que la adopción y educación de un menor por una pareja de homosexuales pueda tener en él repercusiones educativas o psicológicas distintas a las que se darían con un padre y una madre heterosexuales.

12.- Negar cualquier fundamento biológico de las diferencias entre hombres y mujeres, y atribuir siempre las mismas a los condicionantes culturales y educacionales.

13.- Negar que las características propias de la mujer, entre ellas las de naturaleza física, de carácter o las derivadas de la maternidad, puedan ni deban condicionar en lo más mínimo su vida social o laboral.

14.- Rechazar cualquier rol de género, negando que pueda haber funciones o tareas asociadas exclusivamente a los hombres o a las mujeres, ni en el ámbito laboral, ni en el doméstico ni especialmente en el cuidado de los bebés y niños pequeños.

15.- Desterrar por machistas los comentarios sobre el atuendo, los atributos o la belleza de las mujeres cuando están trabajando de cara al público o en el ámbito de las relaciones laborales o profesionales.

16.- Negar o camuflar en lo posible que la violencia doméstica está íntimamente asociada a los más bajos escalafones sociales y culturales, omitiendo o manipulando las correspondientes estadísticas.

17.- Afirmar que el aspecto físico o la posible discapacidad de una persona no tiene por qué condicionar de forma determinante su vida social o laboral.

18.- Obviar o disimular las abismales diferencias intelectuales entre unas personas y otras, no hablando nunca de ellas y tratando a todo el mundo como si no existieran, especialmente en el ámbito educativo.

19.- Desterrar el concepto de vagancia y presuponer que nadie es vago, sino que está desmotivado, poco incentivado, marginado, o que es una víctima de la sociedad.

20.- Ver bien cualquier medida que favorezca la integración o la accesibilidad de los discapacitados con independencia de su grado de justicia, o del perjuicio, molestia o gasto que pueda acarrear al conjunto de los ciudadanos.

21.- Evitar cualquier palabra, frase o expresión que haga referencia explícita a una discapacidad sin suavizarla debidamente con un eufemismo o tecnicismo lo más oscuro posible.

22.- Evitar escrupulosamente cualquier mención, por indirecta que sea, a las desigualdades socioeconómicas entre las personas, eludiendo hablar de las clases sociales o de las diferencias de cultura y oportunidades que puede haber en función de la pertenencia a una u otra.

23.- No aceptar con naturalidad que cada cual ha de vivir estrictamente según su nivel de ingresos.

24.- Considerar formalmente que todo puesto de trabajo es igual de digno y de importante al margen de su nivel de responsabilidad, de la relevancia social de sus funciones, de su retribución, y de la honradez en su planteamiento o desempeño.

25.- Defender la vida en el medio rural pretendiendo que no existen diferencias sociales, culturales, intelectuales o de oportunidades entre los habitantes de las ciudades y de los pueblos pequeños y alejados.

26.- Condenar toda guerra en cualquier circunstancia sin entrar a valorar los motivos ni las razones de cada parte beligerante.

27.- Considerar abominable que un estado invada el territorio de otro, sin valorar los motivos o la posible legitimidad histórica de la invasión.

28.- Entender que todo el mundo tiene una opinión válida que puede expresar y defender legítimamente en cualquier foro.

29.- Fingir una actitud neutral, acrítica y equidistante en los debates como si todas las opiniones tuvieran el mismo peso y fundamento.

30.- Evitar expresiones, opiniones, estéticas o símbolos con connotación ideológica, en especial si la ideología que connotan es minoritaria o está "desfasada".

31.- Criticar cualquier limitación a la libertad de expresión por mínima y lógica que parezca.

32.- Considerar falaz y poco democrática cualquier fórmula de participación política alternativa al parlamentarismo liberal de representación indirecta de un hombre un voto.

33.- Tener muy mal concepto de las posturas abstencionistas en las elecciones, considerándolas poco democráticas o irrespetuosas con los deberes ciudadanos.

34.- Relativizar el principio de autoridad en la familia y en la enseñanza, exaltando el diálogo y el consenso como únicas formas civilizadas de educar frente a la imposición y el castigo.


PD: Empiezo con 30. Añadiré más si se me ocurren. ¡Os animo a hacer nuevas sugerencias!

Y no os perdáis los enlaces a las entradas más políticamente incorrectas de la historia de La pluma.