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| Basílica del Pilar tras el Puente de Piedra |
Zaragoza es una joya mudéjar a orillas del Ebro que impresiona por su
tamaño. Con casi 700.000 habitantes, es la cuarta urbe más grande de España,
después de Madrid, Barcelona, Valencia y Sevilla. Tiene avenidas, como el Paseo
de la Independencia, que recuerdan el centro de Madrid. Es una ciudad que
combina, con perfecto equilibrio, modernidad y belleza. A mí me encanta su
tranvía, que le da un aire europeo y dinámico. Eso sí, como todas las grandes metrópolis,
tiene sus inconvenientes y uno de los más graves es, sin duda, su alta densidad de
inmigrantes, particularmente morunos. Me ha impresionado la morisma que
abarrota literalmente la calle Conde de Aranda.
He pasado dos días muy agradables en la capital de Aragón, alojado –como no podía ser de otro modo– justo frente a la estatua de César Augusto, fundador de la ciudad, que el mismísimo Mussolini regaló al ayuntamiento tras la Guerra Civil. Hacía muchos años que no visitaba Zaragoza y he tenido la ocasión de repasar algunos de sus viejos rincones. Se siente uno como en casa en esta histórica localidad que ha sido testigo de algunos de los hitos más gloriosos de nuestra Patria y simboliza su riqueza cultural.
Aparte de la visita obligada a Nuestra Señora del Pilar en la tradicional basílica barroca, cañoneada por los herejes napoleónicos, y de la compra de los habituales –y un poco catetos- recuerdos en la tienda adyacente, no he olvidado entrar en la Seo, un impresionante templo gótico que a mí personalmente me gusta más que la basílica y que cuenta con un museo muy interesante de tapices del siglo XV. Y por supuesto he dedicado una tarde a recorrer la Aljafería, un antiguo palacio de la Taifa de Saraqusta convertido tras la reconquista en la residencia de los monarcas del Reino y de la Corona de Aragón, rodeado por un foso y un jardín espléndidos. En la actualidad es la digna sede de las Cortes de esta comunidad autónoma, algo de lo que debería aprender Castilla y León, cuya asamblea legislativa está ubicada en un edificio moderno, feo y hortera, flanqueado, para más inri, por una espeluznante escultura de Cristóbal Gabarrón.
Con todo, la visita cultural que más me ha gustado ha sido la del Museo Goya, donde se encuentran expuestas catorce pinturas y todos los grabados del genio de Fuendetodos.
He pasado dos días muy agradables en la capital de Aragón, alojado –como no podía ser de otro modo– justo frente a la estatua de César Augusto, fundador de la ciudad, que el mismísimo Mussolini regaló al ayuntamiento tras la Guerra Civil. Hacía muchos años que no visitaba Zaragoza y he tenido la ocasión de repasar algunos de sus viejos rincones. Se siente uno como en casa en esta histórica localidad que ha sido testigo de algunos de los hitos más gloriosos de nuestra Patria y simboliza su riqueza cultural.
Aparte de la visita obligada a Nuestra Señora del Pilar en la tradicional basílica barroca, cañoneada por los herejes napoleónicos, y de la compra de los habituales –y un poco catetos- recuerdos en la tienda adyacente, no he olvidado entrar en la Seo, un impresionante templo gótico que a mí personalmente me gusta más que la basílica y que cuenta con un museo muy interesante de tapices del siglo XV. Y por supuesto he dedicado una tarde a recorrer la Aljafería, un antiguo palacio de la Taifa de Saraqusta convertido tras la reconquista en la residencia de los monarcas del Reino y de la Corona de Aragón, rodeado por un foso y un jardín espléndidos. En la actualidad es la digna sede de las Cortes de esta comunidad autónoma, algo de lo que debería aprender Castilla y León, cuya asamblea legislativa está ubicada en un edificio moderno, feo y hortera, flanqueado, para más inri, por una espeluznante escultura de Cristóbal Gabarrón.
Con todo, la visita cultural que más me ha gustado ha sido la del Museo Goya, donde se encuentran expuestas catorce pinturas y todos los grabados del genio de Fuendetodos.
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| Palacio de la Aljafería |
También he disfrutado de alguna actividad "medioambiental". Me ha gustado
mucho el acuario de agua dulce del complejo de la Expo de 2008, donde se
reproducen los ecosistemas de varios ríos de todo el planeta, con especies
piscícolas y de otros animales, incluidas las nutrias (que, desgraciadamente,
no pude ver porque estaban durmiendo). Además,
como anécdota curiosa, sufrí el ataque de una enorme tortuga de río. La “pobre”
había salido accidentalmente de su recinto acondicionado y se encontraba en
mitad de un pasillo del recorrido, así que la cogí para devolverla al agua y la
muy zorra empezó a mover las patas a velocidad de vértigo y me dejó las muñecas
despellejadas con sus zarpas afiladas como puñales. Además di un paseo
inolvidable por la ribera del Ebro, que han acondicionado muy bien (al menos la orilla de enfrente de la Basílica). Hay hasta una torreta para la observación de aves. El río, que estaba
precioso y muy crecido, ofrece unas vistas únicas para los amantes de la
fotografía. Los últimos cormoranes de la temporada practicaban la pesca
submarina y sobrevolaban una y otra vez el Puente de Piedra.
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| Patatas Sherry, todo un clásico en El Tubo |
Pero el capítulo más placentero de mi breve viaje ha sido el
gastronómico, gracias a los inestimables consejos de Capitán Alatriste, un amigo
zaragozano de La pluma viperina al que pedí que me asesorara. Había oído que el
barrio de El Tubo es uno de los mejores sitios de España para tapear y lo he confirmado.
Una docena de pequeños bares concentrados en tres o cuatro callejuelas del
casco viejo ofrecen una gastronomía exquisita a precios variados pero no
excesivos. Los locales que más me han gustado son Casa Pascualillo y su
deliciosa chistorra con cebolla caramelizada regada con un tinto de Calatayud;
El Champi, que solo sirve un montado de champiñones a la plancha para chuparse
los dedos y una cerveza tostada en un frasco de rosca; la Taberna Doña
Casta, con sus espectaculares croquetas de arroz negro y alioli; La Pilara, con unas tapitas de lo más original y una excelente relación calidad-precio; y La Ternasca, donde no hay que perderse sus ricas patatas Sherry,
que son una especie de huevos rotos con patatas fritas muy delgadas y
tallarines de ternasco (cordero joven). Se me hace la boca agua solo de
escribirlo y recordarlo. También tuve ocasión de tomar unas copas por otras
zonas del centro. Me agradó bastante un pub llamado La Bodeguilla. El ambiente
nocturno está muy bien y la gente me pareció majísima aunque hablase
exactamente igual que Marianico el Corto.

















