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miércoles, 23 de marzo de 2016

LAS FOTOS EN LOS MUSEOS



Recuerdo que las pasadas Navidades entré en una iglesia para ver un belén monumental y, al ir a fotografiar el sagrado Misterio con el móvil, se me acercó el vigilante y me advirtió, señalándome el cartel, que estaba prohibido tirar fotos. Esta escena es un clásico en cualquier viaje turístico. Es habitual que en muchos museos, templos, exposiciones o similares esté prohibido hacer instantáneas (o al menos usar el flash) o filmar vídeos. Pero lo que a mí me choca es la absoluta disparidad de criterios que existe, pues mientras que en el Bristish Museum, la National Gallery o el Louvre se permite a los visitantes inmortalizar todas o casi todas las obras con sus cámaras, existen museos insignificantes, con cuatro paridas expuestas, e incluso solo con paneles y sin ninguna obra de arte, donde está terminantemente prohibido hasta sin flash.

¿Cuál es el motivo para que en tantos sitios prohíban las fotos? No lo tengo nada claro. Yo pensaba que la prohibición respondía al supuesto deterioro que podían causar los fogonazos de luz artificial en las pinturas y esculturas, pero parece ser que esto es una leyenda urbana que han desmontado varios estudios científicos de los museos más importantes y prestigiosos del mundo, entre ellos la citada National Gallery y el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Según los expertos, los efectos de los flashes en los colores de un cuadro son insignificantes teniendo en cuenta la brevedad del destello y la distancia de seguridad a la que están expuestos. Por lo visto, harían falta cientos de miles de millones de disparos de flash, muy seguidos, para que pudiera apreciarse algún cambio, prácticamente imperceptible, en la coloración de una obra de arte. Otros muchos factores lumínicos y ambientales, muy difíciles de prevenir en cualquier museo, afectan en mayor medida a las pinturas.

Además esta hipótesis no cuadra con el hecho de que en muchos sitios no te permitan hacer fotos ni con flash ni sin él.

Otra explicación que todos hemos oído es que no se permiten fotos para preservar los derechos de autor sobre ciertas obras contemporáneas, es decir para evitar que se reproduzcan o difundan por medios no autorizados. Este razonamiento, suponiendo que tenga alguna base real, yo no lo acabo de entender. Se supone que en un museo no se exponen documentos reservados, planos secretos ni material altamente sensible. En el momento que una creación se muestra en un centro museístico se convierte en pública, y a partir de ese mismo instante es imposible impedir que inspire a otros artistas o incluso que sufra plagios indeseables, con fotos o sin fotos. 

Pero quizá la cosa sí tenga que ver indirectamente con los derechos de autor, aunque no con los del autor de las obras necesariamente. Para mí que la mayor parte de los museos que vetan las fotografías lo hacen solo para incrementar las ventas de los productos publicitarios y de recuerdo que ofrecen en sus tiendas. Consideran que si a los visitantes se les impide fotografiar los cuadros, esculturas y objetos expuestos, después comprarán más libros, postales, mini reproducciones, imanes de nevera y demás elementos de merchandising que se les ofrecen, pues será su única forma de llevarse un recuerdo de su visita. Es una razón bastante más prosaica que las otras, pero seguramente la que mejor se ajusta a la realidad.

También creo que en algunos sitios no dejan hacer fotos simplemente por esnobismo,  por gilipollez, para dar mayor importancia a lo que allí se expone. De hecho no es casual que los museos más talibanes con este tema sean precisamente los más cutres, los menos visitados y los que cuentan con un fondo de menor interés.


Más sobre museos en La pluma viperina

jueves, 17 de marzo de 2016

CULTURA SUBVENCIONADA

Hace poco presencié en una cafetería un acalorado debate sobre la tauromaquia en el que uno de los tertulianos preguntaba irónicamente por qué tenían que concederse subvenciones a los toros si, como sostienen los defensores de la Fiesta, hay tantos aficionados. Argumentaba que si a la sociedad española le gustaran de verdad estos festejos, se sostendrían por sí mismos sin ninguna necesidad de financiación pública.

El comentario me divirtió mucho.

Es obvio que las corridas de toros no tendrían viabilidad sin el apoyo (y no solo económico) de las Administraciones públicas. No estoy seguro de que dejaran de celebrarse si el Ministerio de Agricultura, las comunidades autónomas y los ayuntamientos cortaran el grifo, pero no me cabe duda de que el precio de las entradas se duplicaría (como mínimo) y los espectáculos taurinos perderían su carácter popular para convertirse en un capricho de las clases acomodadas.

Si no fuera por las subvenciones públicas, las entradas de los toros tendrían un precio prohibitivo.

Pero es que no solo se subvencionan los toros. Hay multitud de eventos y actividades culturales y de ocio que son arropadas por los poderes públicos sin que nadie se escandalice demasiado, e incluso sin que nadie lo sepa. Podríamos empezar hablando del cine o del deporte (incluyendo el fútbol de Primera División), pero ello daría pie a interminables discusiones que me dan mucha pereza. Aunque hay otros ejemplos similares a los toros que sí vale la pena rescatar del olvido, y me refiero a la ópera y al ballet clásico, que, según me enteré el verano pasado en un reportaje de televisión, jamás podrían representarse en España si no fuera por las cuantiosas inyecciones de fondos públicos que reciben todos los años los dueños de los teatros y las compañías correspondientes.

Al margen de nuestra opinión personal sobre cada una de estas manifestaciones culturales, las preguntas que debemos hacernos son bien polémicas. ¿Debe estar sujeta la cultura al juego de la oferta y la demanda? ¿Tienen que desaparecer del mercado aquellas artes escénicas que dejen de gustar al público? ¿Debe el Estado abstenerse de fomentar o patrocinar cualquier tipo de espectáculo o expresión artística? ¿En realidad nuestras costumbres de ocio responden a nuestras verdaderas inclinaciones o más bien nos acaba "gustando" lo que a la Administración le interesa que nos guste y nos mete a todas horas por los ojos o nos pone mejores precios? ¿Debe el Estado inhibirse ante los gustos del público o tiene derecho a “educar” a la gente para que se sensibilice hacia ciertas formas de arte o de cultura?

Algunas de estos interrogantes son muy difíciles de responder, aunque ya nos imaginamos que desde el poder político se financian e impulsan aquellos eventos, museos, artistas y obras que, por muy distintos motivos, interesa, como dicen ahora los cursis, poner en valor.

A veces son motivos ideológicos, de tradición e incluso de identidad nacional o regional, como sucede con los toros o con los bailes folclóricos. Seamos sinceros: ¿a quién le interesan los bailes regionales? ¿Quién asistiría a una exhibición de jotas castellanas si no fuera gratis gracias a la subvención de turno? Es más: ¿quién sabría siquiera de la existencia de estas danzas si la televisión autonómica no las pusiera a todas horas y los ayuntamientos no les dieran siempre un espacio en los programas de fiestas municipales?


El Ministerio de Cultura subvenciona muy fuertemente a las compañías de ópera.

Otras veces son razones más bien educativas, como en el caso de la ópera. Todos sabemos que la ópera hasta hace unas décadas era un espectáculo carísimo y elitista, reservado a las familias más pudientes de la burguesía europea. Pero en un determinado momento los gobernantes se plantean que esté género constituye un patrimonio cultural de primer orden que debe ser divulgado al máximo entre todos los ciudadanos independientemente de su poder adquisitivo. Se entendió que había que hacer lo posible para que la gente se refinara y le empezaran a entusiasmar las obras de Verdi, Puccini o Wagner, y ahí empezaron las subvenciones de más del 80% de los costes. Y así la ópera, que –perdonad la catetada– a mí me parece un coñazo, ha dejado de ser un antojo de los ricos para convertirse en un antojo de los gobiernos, que se gastan un pastón en mantener artificialmente unas representaciones a las que no va ni Rita, y los que menos los albañiles. ¿Chapamos entonces el Teatro Real de Madrid o lo seguimos manteniendo entre todos porque da buena imagen y nos hace parecer muy cultos?

En no pocas ocasiones se mezclan motivos de ambos tipos, y tampoco es extraño que entren en juego intereses particulares de ciertos lobbies muy poderosos...

Toda esta reflexión podría extenderse a muchos otros ámbitos, como el de los museos. La mayoría de los museos del país son deficitarios. ¿Hay que cerrarlos o deben mantenerse para garantizar el derecho de todos los ciudadanos a acceder a ciertos bienes culturales, sean o no de interés para el gran público?

Nada fácil, ya digo. Es complicado encontrar un equilibrio en este asunto, pero al menos deberíamos alejarnos de las dos posturas extremas. Una es la de sostener con dinero público actividades que realmente no interesan a la inmensa mayoría de los ciudadanos o incluso hieren su sensibilidad, solo para satisfacer intereses partidistas o sectoriales. Y el otro extremo es no hacer lo posible por dar a conocer a la sociedad, y sobre todo a las nuevas generaciones, las más valiosas manifestaciones de nuestra identidad cultural so pretexto de que están “pasadas de moda” o no arrastran a las multitudes. 

domingo, 6 de marzo de 2016

DE UN TIRÓN




Con honrosísimas excepciones, los creadores, por muy brillantes que sean, tienden a repetirse a lo largo de toda su obra. Solo los auténticos genios –y ni siquiera– están a salvo de incurrir en la redundancia, en la reiteración de muletillas, en el copia-pega de planteamientos formales y de contenido.

Hace años tenía la costumbre, cuando algún escritor me entusiasmaba, de leerme seguidos, casi de un tirón, todos sus libros. Hoy no tengo claro que sea una buena idea. Cierto que así conocí la obra completa de muchos novelistas, pero quizá debí intercalar mis lecturas, ya que la inmersión intensiva en un autor concreto no deja de ser una forma de desmitificarlo. No hay literato que resista la lectura, de un golpe, de todas sus creaciones. Pillas al vuelo los costurones en sus páginas, sus cinco o seis fórmulas para iniciar o enlazar los párrafos, sus estructuras gramaticales recurrentes, sus adjetivos predilectos, su déficit de vocabulario…

No solo me pasa con los escritores, qué va; también con los directores de cine y con los grupos musicales o cantautores. No sé. Creo que una novela, una película o una canción tienen un valor distinto si se aprecian de forma aislada que si se comparan con todas las novelas, pelis y canciones del mismo autor. También pienso a veces que si algunos autores hubieran creado solo el 10% de sus obras, habrían sido mucho más geniales. La prolificidad a menudo pone al descubierto las miserias de los artistas. 

Algo muy similar, aunque no es exactamente lo mismo, me sucede con las series de televisión. Hace siglos que no sigo ninguna por la tele. Odio acabar el episodio y tener que aguardar a la semana siguiente, o cerrar una temporada y tener que esperarme a que estrenen la próxima. Por eso prefiero descargarme series completas (todas las temporadas) y darme atracones en mis ratos libres. Esto tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Y el peor inconveniente, sin duda, es que de esta manera saltan mucho más a la vista las imperfecciones del producto. O quizá la culpa es mía, ya que la estructura, el guión, la trama y los giros de las series televisivas están concebidos para dosificarse en capítulos semanales, y hacer trampa viéndolas de una vez deja al desnudo los trucos del almendruco, los alargamientos artificiales, los defectos interpretativos, el carácter cíclico de las líneas argumentales, la falta de originalidad en los desenlaces… Aunque también debo admitir que cuando una serie es magistral se disfruta el doble viéndola toda seguida. 

Otra reflexión que me hago sobre este tema es si nuestras ansias consumistas, nuestra compulsión de tener y disfrutar en el acto de todas las cosas buenas, sin aguardar ni un minuto, no habrá arruinado nuestra capacidad de disfrute de ciertas obras artísticas o literarias maravillosas que se crearon para ser gozadas con calma, con cariño y a cuentagotas, y no como churros fabricados en serie.

jueves, 1 de octubre de 2015

¡GRACIAS, HITLER!

¿Qué habría sido de la industria cinematográfica de no ser por el nazismo?

Soy muy aficionado a las revistas de historia y un día quizá dedique un post a las principales cabeceras del género en los quioscos españoles, con mi valoración personal de cada una, pero hoy solo quiero llamar la atención sobre el hecho curiosísimo de que el tema favorito de todas estas publicaciones es, sin ningún tipo de duda, la Segunda Guerra Mundial y, más concretamente, los diferentes aspectos culturales, políticos, militares, científicos, urbanísticos y criminales, entre otros, del Tercer Reich alemán. Según mis estimaciones, el nazismo es abordado, directa o indirectamente, por el 30% de los reportajes de Historia y vida, La aventura de la Historia y otros magacines similares. Por ejemplo, en las portadas de todos los meses siempre figura, al menos, un artículo acerca del nacionalsocialismo, y también es muy común que en la sección del correo del lector y en la de novedades bibliográficas se aborden varias consultas o títulos relacionados con el régimen de Adolf Hitler. 

Pero este fenómeno no es exclusivo de las revistas divulgativas de historia. Sería revelador contabilizar cuántas novelas se han escrito en todo el mundo sobre los camisas pardas desde 1945 y, por supuesto, cuántas películas de ficción los han tenido como protagonistas o –en el 99% de los casos- como antagonistas. Desde la victoria aliada en la Guerra Mundial, cientos y cientos de producciones de Hollywood han explotado, con gran éxito, la ideología, la imagen y los estereotipos hitlerianos como símbolo de maldad suprema frente a los valores de justicia y de libertad. También es interesante (por decir algo) observar cómo determinados países han reciclado las infraestructuras penitenciarias de la Alemania de Hitler como recursos turísticos de primer orden.

Hoy no toca pronunciarse sobre los nazis y además, cada vez que lo intento, se enfadan conmigo tirios y troyanos. Pero lo que es indiscutible es que gracias a Adolf y a todo su tinglado, llevamos 70 años pasándonoslo bomba: leyendo libros y artículos de lo más entretenidos, viendo sugerentes documentales en la tele y gozando de pelis como El gran dictador, Doce del patíbulo, Indiana Jones, La Lista de SchindlerLa vida es bella, El niño con el pijama de rayas, The reader o Malditos bastardos, en las que esos chicos rubios y vociferantes de la esvástica dan un juego tremendo como malos malísimos y no hace falta pensar ni nada; basta relajarse para disfrutar de la acción y los tiros, o conmovernos con las dramáticas peripecias de los semitas en los campos de concentración.

Luego, a mayores, podríamos preguntarnos cuánta gente, empezando por el judío Spielberg, se ha hecho multimillonaria gracias al nazismo, y es que al final va a resultar que el Tercer Reich ha sido y es, ante todo, un negocio bien lucrativo para numerosos sectores, encabezados por las víctimas de Hitler, que no está muy claro si se resisten a olvidar sus penurias en aras de la justicia y por dejar un testimonio vivo que ayude a las futuras generaciones a no repetir los errores del pasado, o más bien por un apego invencible al vil metal.

De cualquier modo, hay que agradecer a los amigos nazis su condición de fuente de inspiración inagotable, durante tantas décadas, de obras artísticas, literarias, historiográficas y cinematográficas que tan buenos ratos nos hacen pasar a todos.

jueves, 14 de mayo de 2015

DEUDAS HISTÓRICAS

Piedra de Rosetta, en el British Museum

Una de las visitas que más he disfrutado en esta semana londinense ha sido la del British, probablemente el museo con las más valiosas colecciones arqueológicas y artísticas del mundo, con piezas como la Piedra de Rosetta, los mármoles del Partenon, el Ajedrez de Lewis, la Vasija de Portland, momias egipcias, bajorrelieves asirios y otros muchos tesoros de todas las civilizaciones del planeta desde varios milenos antes de Cristo.

Es bien conocida la vieja polémica sobre los métodos empleados por los británicos a lo largo de la historia para apropiarse de  muchos de estos símbolos emblemáticos de la cultura humana, y sobre la conveniencia de que sean devueltos a los países en cuyos territorios fueron hallados en su día. La controversia se ha avivado en los últimos cinco años debido a la política alemana de devolución parcial de las obras de arte de las que se incautó el Tercer Reich por media Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Sobre este último tema se ha rodado además, hace un año, una repulsiva americanada protagonizada por George Clooney cuyo único objetivo parece ser la deformación histórica en beneficio del Tío Sam.

Divagaciones cinematográficas aparte, debo admitir que mi postura acerca de estas cuestiones ha evolucionado recientemente. De toda la vida yo solía predicar con no poco ardor que los ingleses eran unos vulgares ladrones que habían practicado el pillaje por todos los rincones del mundo y que lo que procedía era vaciar inmediatamente sus museos, empezando por el Británico de Londres, y reintegrar las colecciones a sus países de origen, principalmente Egipto. Pero a raíz de la lectura de varios artículos especializados, no todos firmados por ingleses, me he dado cuenta de que en este problema concurren factores demasiado complejos y que es imprescindible una reflexión mucho más sosegada y mucho menos anglófoba que la mía para posicionarse correctamente.

Debo empezar aclarando que por muy etnocéntrica que parezca mi afirmación, no todas las naciones han sido ni son igual de importantes, ni han contribuido del mismo modo al progreso del género humano ni a la configuración de nuestro legado cultural. Qué duda cabe de que Inglaterra, un pueblo poco y mal romanizado, jamás se ha contado entre las naciones más civilizadas del orbe y que podríamos describir su experiencia colonial como un combinado explosivo de piratería, racismo, genocidio, puritanismo hortera y biblias manipuladas, pero al fin y al cabo tampoco podemos negar a los anglosajones sus méritos en el proceso de construcción de Europa, en la propagación del mensaje de Cristo por las regiones más recónditas de la Tierra y en el avance tecnológico a nivel internacional. A ello hay que añadir, mal que nos pese, que Reino Unido es en la actualidad una superpotencia, un estado moderno y pujante, con millones de visitantes extranjeros anuales y con todos los recursos técnicos y científicos a su disposición, mientras que la mayoría de las áreas geográficas que fueron “expoliadas” por el imperio inglés se encuentran administradas por salvajes, analfabetos o islamistas radicales. 

Por todo ello considero bastante lógico que muchos de los restos arqueológicos y obras de arte que los hijos de la Gran Bretaña sacaron de sus colonias para llevar a la metrópoli y que constituyen las claves para interpretar el gran periplo de la Humanidad estén en el British Museum y no en una choza de ladrillo y madera en una aldea subsahariana perdida de Dios. Comprendo que es preferible que la Piedra de Rosetta o unas momias de hace seis mil años estén custodiadas por los ingleses a que se encargue de su conservación la República Árabe de Egipto, que, sin ánimo de ofender, no me inspira la menor confianza, pues mañana mismo podría caer en manos de los energúmenos del Estado Islámico y ser pasto de las llamas, en cuestión de minutos, estos baluartes irrepetibles de la Historia Universal. Casi prefiero que Inglaterra siga gestionando, con mayor o menor legitimidad, estos objetos que encarnan las gestas de nuestros antepasados y nos ayudan a entender quiénes somos y de dónde venimos, a que se devuelvan a Siria, a la India, a Sudán, a Birmania, a Tanzania, a Nigeria o a Irán, donde vete tú a saber cómo los tratarían y qué tipo de acceso facilitarían al público extranjero. 

Reino Unido está en el epicentro cultural del planeta y todo el mundo visita Londres varias veces en su vida. Es un estado absolutamente concienciado con la universalidad de las obras que expone. Los grandes museos ingleses son de acceso gratuito. El país cuenta con los mejores especialistas y arqueólogos, que a su vez colaboran con los de otros países. Dispone de las mejores y más caras técnicas de conservación y gasta millones de libras anuales en investigaciones relacionadas con el patrimonio cultural. ¿Pueden ofrecer esto todos los países (muchos en vías de desarrollo) que pretenden exigir a Londres el reintegro de sus tesoros robados? Evidentemente, no. Por no entrar ya en otras cuestiones de legitimidad histórica en las que no me apetece enfangarme, pero, aparte de que la regla no escrita de todas las guerras es que el botín es para el vencedor, deberíamos tener en cuenta que cuando el Imperio británico colonizó estas zonas de la cuenca del Nilo o de Asia Central, en algunas de ellas no había países, ni estados, ni nada que se le pareciera, sino simples poblados de negritos u otros indígenas bramando “unga-unga” y matándose todo el día con los del pueblecito de un kilómetro más allá, en muchos casos sin ninguna conciencia identitaria y por supuesto sin conocimiento alguno de los restos históricos que escondían “sus” tierras. Así que no queda claro en nombre de qué o de quién piden ahora algunas “naciones” que les sean devueltas ciertas antigüedades.

Vamos,  que no me extraña nada que las reclamaciones en este sentido que ahora puedan formular, por ejemplo, Sudán del Sur o Uganda se las pasen los ingleses por la patilla. Dirán que a lo mejor son los sudaneses o los ugandeses los que tienen una deuda pendiente con Europa por haberles enseñado a santiguarse y a dejar de comerse a la gente.

domingo, 15 de febrero de 2015

DE LA HOMINIDAD A LA HUMANIDAD




Cumpliendo un viejo deseo mil veces aplazado, el viernes visité el Museo de la Evolución Humana de Burgos. Se trata de un referente museístico a nivel internacional sobre antropología y arqueología prehistórica cuya misión básicamente es divulgar los hallazgos de los yacimientos de la Sierra de Atapuerca, donde desde el siglo XIX se han encontrado restos humanos y arqueológicos pertenecientes a cinco especies distintas de homínidos, desde el Homo Antecessor de hace casi un millón de años al Homo Sapiens, pasando por el Homo Heidelbergensis y el todavía enigmático Hombre de Neandertal.

A pesar de que me parece un crimen contra natura construir un edificio como el que alberga el Museo junto al mismísimo casco histórico de Burgos, he disfrutado de verdad con esta visita, tras la cual es imposible no hacerse mil preguntas sobre nuestros orígenes y nuestro futuro como especie. Lo único que lamento es no haber podido conocer los yacimientos, que no estaban abiertos al público ese día.

La exposición es magnífica y nos lleva de la mano por los grandes hitos que han marcado la evolución del hombre hasta convertirse en lo que es hoy: los cambios climáticos, que forzaron migraciones fundamentales para mejorar nuestra capacidad de adaptación; el control del fuego, que alargó los días de nuestros antepasados, favoreció su sociabilidad y revolucionó su dieta, permitiendo un crecimiento del cerebro; el nacimiento de la agricultura, que acabó con el nomadismo y fraguó nuestras actuales estructuras sociales, económicas y familiares; y la formación del lenguaje articulado como respuesta a la necesidad de cohesionar grupos amplios y complejos.




A lo largo de cuatro plantas, con espléndidos paneles explicativos, exposiciones tanto de material original como de reproducciones de los hallazgos del yacimiento, áreas temáticas, recreaciones históricas, extraordinarias maquetas y actividades de todo tipo, el Museo permite hacerse una idea fidedigna de la vida cotidiana de nuestros ancestros de hace decenas de miles de años. Personalmente me ha encantado el espacio dedicado a la vuelta al mundo de Darwin en el Beagle (1831-1836) y el increíble realismo de las figuras a tamaño natural de cada una de las especies de homo estudiadas por el equipo que coordinan en Atapuerca los arqueólogos Eudald Carbonell, Juan Luis Arsuaga y José María Bermúdez de Castro.

Un plan muy recomendable para todos los interesados en la Prehistoria y en el paso, en la noche de los tiempos, de la hominidad a la Humanidad.

domingo, 20 de abril de 2014

SENSIBILIDAD ARTÍSTICA





 En ambientes de gente culta, carecer, como yo, del menor asomo de sensibilidad artística, queda fatal. Casi todos los viajes que he hecho en mi vida me los he pasado recorriendo museos, viendo cuadros, esculturas y catedrales que en el fondo me importaban un carajo. A mí el arte me dice poco o nada, pero esto es difícil reconocerlo abiertamente ante amigos cultivados y más cuando se supone que yo mismo debería serlo. Hay que fingir un poco de interés por estas cosas si no quieres quedar como un paleto, pero yo ni por esas. Cuando iba a exposiciones con mi exnovia, que pintaba y tal, solía hacer comentarios muy chorras sobre los cuadros que veíamos:

– Joder, menuda papada tiene ese ángel.

   ¡Siempre te quedas en la anecdotilla! –me decía con cara de paciencia, como pensando “con este no hay nada que hacer”.

La semana pasada miré a ver si encontraba por fin un óleo para el salón. La pared desnuda sobre el chaise longue pide a gritos un cuadro y llevo tiempo pensando qué poner. Fui tan tonto que me fui directo a una galería de arte del centro, de uno de los paisajistas y grabadores más famosos de la ciudad. Al entrar eché un vistazo y todo eran acuarelillas minúsculas. Se me acercó un tío flaco de cincuenta, vestido de negro, con melenilla y barba canosas.

¡Hola, qué tal! –me dio la mano– Yo soy el autor. ¿Buscaba algo en especial?

  Encantado. Pues mire, andaba buscando un óleo así majo, para mi salón. Las medidas que tengo son de dos cincuenta por uno cuarenta, y quería un paisaje castellano, con motivos rurales o algo así. No tiene usted mucho expuesto, ¿no?

La expresión del fulano se arrugó inmediatamente sobre todo con mi explicación prosaica de las medidas.

  No, tenemos muy poquito porque yo ahora pinto casi todo por encargo, ¿sabe? Usted me trae una foto que le guste o me indica un paraje, y yo le pinto el cuadro. Además, rápido, ¿eh? Yo no soy de los que tardan seis meses.

  Ah, ya, pues lo siento, pero no me interesa por encargo.

 –  ¡Anda! ¿Y eso por qué?

 –  Pues mire, es que a mí lo que me llama es comprar un cuadro que vea ya pintado y me impacte. No sé cómo decirle, pero por mucho que me guste la foto que yo le traiga, a lo mejor luego la pintura no me acaba de convencer por lo que sea, o no acaba de cuadrarme en el salón, por los tonos, los colores o qué sé yo…

 Según hablaba, el artista ponía una cara parecida a la de mi exnovia y se iba cabreando por momentos.

 – Bueno, usted verá. Las personas que entran en esta galería normalmente conocen mi estilo y mi obra, galardonada, como sabrá, en numerosas ocasiones. Saben lo que pueden esperar de mi pincel. Pero si usted cree que me va a traer una foto y yo le voy a pintar un bodrio, entonces no hay más que hablar.

   Oiga, perdone, yo también conozco su obra –mentí por caridad– y por eso he venido. No digo que usted pinte bodrios, ni mucho menos, sino que yo necesito ver lo que compro. Usted puede hacer una obra de arte y a mí, por mil motivos, no acabarme de llenar o pegarme menos en el salón que a un Cristo dos pistolas, ¿me entiende? Yo no pongo en duda su talento; todo lo contrario. Seré muy raro y todo lo que quiera, pero paso de comprar cuadros por encargo…

 Llegados a este punto, el pintor ya estaba desatado. Le había herido en lo más profundo de su pundonor artístico.

 –   Hombre, si es por dinero, debo aclararle que yo con estas cosas soy muy chulo, y que si usted me encarga algo y después no le gusta, me lo quedo en la galería y santas pascuas. ¡Un paisaje clásico a óleo lo vendo yo en un santiamén!

 –  Ah, pues cualquiera lo diría viendo que solo pinta por encargo y que no tiene nada expuesto… De todos modos, usted comprenderá que esas condiciones que me cuenta no son las habituales en un encargo de estas características, así que yo nunca pensé…

 –  Ya, ya, pero es que ya le digo que soy muy chuleta…

 Me largué de allí antes de que me metiera su pincel más gordo por un ojo (por ejemplo), pero sinceramente sigo sin entender los motivos de su enfado. Si alguien, amén de ejercer de artista, quiere vender su obra, digo yo que tendrá que tragar con tipos como yo, que tratamos los lienzos como una mercancía más y que lo que buscamos es un adorno bonito para la pared, con unas medidas determinadas y un marco que combine, y no una pieza inmortal pintada por un supuesto genio, aparte de que no tengo por qué conocer a este personaje, de cuya fama, por cierto, me enteré después por Internet. Yo entré en una tienda de cuadros y punto. Además si se considera un creador tan exclusivo, un romántico con tanta sensibilidad que se horroriza ante mis palurdeces mundanas, no sé qué hace atendiendo él personalmente el negocio. Un pintor de su talla (y tan chulo por añadidura) tendría que estar por encima del bien y del mal, no conocer siquiera el precio de sus obras y tener en el local a un dependiente, en vez de andar en plan judiorro convenciendo al que entra de que le encargue copias de fotos y encima prometiendo rapidez, como si estuviera fabricando churros. Como le vamos a tratar así como a un artista.

Lo tengo decidido. Esta semana vuelvo a su galería a decirle que vale, que le hago un encargo, pero que me diga a cuánto sale el metro de óleo pintado por él.

viernes, 1 de marzo de 2013

ERUDITOS A LA VIOLETA

Aunque solo sea por la asignatura de literatura del colegio, seguro que casi todos recordáis la obra de José Cadalso titulada Los eruditos a la violeta, una sátira feroz contra ciertos personajes de la sociedad dieciochesca que, a pesar de su formación superficial y de no leer prácticamente nada, pretendían dárselas de ilustrados. Este librito lleva por expresivo subtítulo “Curso completo de todas las ciencias, dividido en siete lecciones, para los siete días de la semana, publicado en obsequio de los que pretenden saber mucho estudiando poco”.

Casi tres siglos después de la sátira de Cadalso puede decirse que sigue habiendo en España eruditos a la violeta a mansalva, solo que ahora reciben el nombre, mucho más sencillo, de culturetas.

Todos sabemos lo que son los culturetas. Se trata de sujetos normalmente con titulación universitaria pero con una escasa cultura general, que, sin embargo, por distintos motivos, consideran que un buen barniz intelectual, un aire de personas cultivadas, es el mejor adorno, una magnífica carta de presentación que les hará quedar como tipos profundos e interesantes. Apenas leen y mucho menos estudian ni se interesan por ninguna disciplina, y además es frecuente que desempeñen puestos de trabajo que poco o nada tienen que ver con sus estudios y con un perfil escasamente cualificado. Pero estos señores se las apañan muy bien para dar el pego con una serie de conductas pseudoculturales con las que nos engañan como a chinos. A modo de jocoso resumen, estos son los trucos más habituales que utilizan:

- Ir al teatro más que al cine.

- Criticar furibundamente el cine de Hollywood y el español, y mostrar interés por el independiente y por el europeo (cuanto más pequeño sea el país, mejor)

- Valorar el cine en versión original y considerar el doblaje local la causa principal del analfabetismo idiomático de los españoles.

- Asistir frecuentemente a exposiciones de arte abstracto y “contemporáneo”, y detenerse más de tres minutos en cada obra.

- Explicar a sus compañeros de viaje de qué estilo arquitectónico son las iglesias.

- Presumir de “amar” la música clásica, e incluso asistir a conciertos.

- Acudir a restaurantes de diseño de los que te ponen una cagarruta de gorrión en medio de un plato tamaño paellera familiar.

- Criticar con ardor los musicales, las novelas bestseller y la enciclopedia Wikipedia (esto merece un post monográfico).

- Leer (o decir que leen) libros extranjeros poco conocidos.

- Repetir tópicos manidos sobre la historia de España y sobre los vicios y defectos seculares de los españoles, en plan “qué país de pandereta, no tenemos remedio, Dios mío”.

Sobra aclarar que algunas de estas conductas también son propias de personas doctas de verdad, pero en el caso de los culturetas no pasan de ser poses ridículas, siempre realizadas con publicidad notoria con la única intención de aparentar sensibilidad hacia el mundo de las artes y la cultura, cuando lo cierto es que no pasan de ser unos cazurros pretenciosos. En cuanto rascas un poco, se ve que no saben hacer la “o” con un canuto o, cuando menos, que su “sabiduría” es muy superficial y está muy cocinada y aliñada de cara a la galería. Y otra cosa clara es que Internet ha disparado el número de culturetas hasta límites inimaginables.

Como he dicho varias veces en este blog, yo reinvindico más que a las personas cultas a aquellas atacadas por el gusanillo de la inquietud y de la curiosidad cultural, a aquellas que sin saber mucho o incluso sabiendo poco, se caracterizan por una actitud abierta hacia todo lo que les rodea, por un gran interés por aprender, leer, investigar, preguntar y estudiar (al margen de los cauces académicos) que poco a poco les va convirtiendo en hombres y mujeres más cultos. Apuesto por la divulgación cercana y accesible del conocimiento, y por toda estrategia encaminada a hacer digeribles y atractivas las materias más áridas, incluso a costa de incurrir algunas veces en el trazo grueso o en la simplificación. Para mí el objetivo de la divulgación debe ser azuzar al lector o al espectador, encendiendo la mecha de su curiosidad para que sea él mismo quien busque fuentes más rigurosas, amplias o profundas. Hay miles de temas por los que yo jamás me habría interesado si en algún momento alguien no se hubiera tomado la molestia de darme la información mascada, edulcorada y divertida.

Yo me considero una persona con poca cultura, con muchísimas lagunas a veces inadmisibles, pero con unas ganas locas de aprender algo cada día. Y me alegro si me lo facilitan.

Los culturetas no saben nada de nada, pero lo primero que hacen es burlarse del espíritu divulgativo y de sus cauces y materiales, como si ellos fueran la crème de la crème de la especialización y de la profundización.

jueves, 1 de noviembre de 2012

MONACATUS

Este año también ha tocado una visita a Las Edades del Hombre, que ya va por su 17ª edición, esta vez dedicada a la vida monástica (Monacatus) y ubicada en el Monasterio de San Salvador en la histórica villa de Oña.

Tanto la temática como el entorno, una comarca asociada al nacimiento de Castilla como condado independiente de León en el siglo X, me atraían especialmente, así que el sábado pasado me animé a ir hasta Oña.  Solo por el impresionante monasterio ya merece la pena el viaje. En él están enterrados varios condes de Castilla (incluido Sancho García, el nieto del mismísimo Fernán González) y reyes de Castilla y de Navarra. El retablo barroco y el claustro son las mayores maravillas que alberga el conjunto monástico; estuve mucho tiempo contemplándolos admirado.

La exposición me ha gustado bastente más que la del año pasado y en eso ha influido sin duda el buen hacer del guía, que además de explicarnos las obras más importantes se detuvo a desgranar el contexto histórico de la vida de los monjes castellanos. Nos dio muchísimos datos y aprendí algunas cosas curiosas que desconocía, por ejemplo que los primeros cantos de los monjes, en los albores de las principales órdenes, no eran los famosos gregorianos, sino el llamado canto mozárabe o visigótico, ligado íntimamente a la primitiva evangelización de numerosas zonas de la Península. Tampoco tenía ni idea de que fueron los monjes medievales los inventores de las piscifactorías de truchas, que construían para procurarse alimento en una época en que las reglas les prohibían buscar o comprar comida fuera de los muros del convento.

Más cosas que me encantaron: una talla del siglo XVIII de San Froilán, nombrado primer obispo de Palencia tras una vida de eremita en el siglo IX, con un lobo que amaestró para que cargara con sus biblias; una colección increíble de documentos y textos sagrados ilustrados de los siglos IX y del siglo X, entre ellos actas fundacionales de varios monasterios españoles, algunos originales y otros copia facsímil porque el presupuesto de Las Edades no daba para cubrir el seguro; varios mapas muy interesantes de monasterios y de sus áreas de influencia; la reproducción de la celda de un monje de los primeros tiempos, y la aljuba (una especie de camiseta larga interior) del Infante Don García, hijo de Alfonso VII (siglo XII).

Además aprovechamos el viaje para visitar la comarca de las Marindades y ver el puente romano de Frías, y para acercarnos a Poza de la Sal, el bonito pueblo natal del doctor Rodríguez de la Fuente. En el trayecto, cruzando los Montes Obarenes, pudimos ver unos cuantos corzos muy cerca de la carretera.

Lo peor del día, la lamentable comida en el único tugurio de Frías en el que encontramos sitio. Encima, el dueño, un marroquí como no podía ser de otro modo, nos dijo un precio y después al traer la cuenta metió el IVA aparte.

La muestra puede visitarse hasta el 4 de noviembre, así que aún están a tiempo los rezagados para disfrutar de un encuentro inolvidable con un aspecto de nuestro pasado indispensable para entender las esencias de nuestra Patria.

sábado, 24 de diciembre de 2011

SEVILLA


La semana pasada he estado unos días de vacaciones en Sevilla, la ciudad que yo considero la más bonita de España. Solo la había visitado una vez, cuando la Expo, pero me dejó tan fascinado que me apetecía mucho repetir la experiencia, pero intentando ver más cosas y con más calma que hace 19 años.

Finales de diciembre es una época extraña para visitar Hispalis. En este tiempo no pueden disfrutarse sus bellos jardines en todo su esplendor, pero es una ocasión única para constatar sin lugar a dudas que, como dice la canción, la ciudad tiene un color especial. La luz que, incluso en invierno, hay en sus calles del centro, en la plaza de España o en los Jardines de María Luisa no se puede comparar con la de ninguna otra ciudad. Sevilla es luminosa por sus cuatro costados.

Entre los rincones que más me ha gustado repasar o conocer por primera vez están la calle Sierpes, las callejas del barrio de Santa Cruz, la Alameda de Hércules (donde me tomé una de las mejores cañitas en terraza del año), la Catedral, los fabulosos Alcázares (que me he prometido visitar en primavera), el Archivo de Indias, el Hospital de los Venerables y el Convento de Santa Paula con su singular museo.


No he perdido la ocasión de gozar de las vistas de la capital desde lo alto de La Giralda ni de conocer tres museos que tenía pendientes en la agenda: el Arqueológico, en el que desgraciadamente no puede acceder a la zona prehistórica, el etnográfico de costumbres populares que alberga el Palacio Mudéjar y el naval de la Torre del Oro, con maquetas e información interesantísima sobre las tres carabelas de Colón.

Tuve la suerte de alojarme en Triana, al lado del Puente de San Telmo, y tener todo muy a mano además de unas vistas inolvidables del Guadalquivir, por el que navegué en barco con una puesta de sol.

También disfruté, naturalmente, de la gastronomía local, centrándome en el pescaíto frito, que allí es delicioso. Aprendiz de Brujo: el cazón, mucho mejor que el de El Abobo de la calle Alarcón de Valladolid, y eso que yo lo consideraba insuperable. Recomiendo, por encima de todas las demás freidurías sevillanas, el local conocido como El Kiosco de las Flores, en Triana, cuya panorámica de la Torre del Oro y del río desde su terraza justifica el viaje. También son de premio las tapitas de la Casa Tomate, en Santa Cruz.

Y, como no podía ser menos, he ido a ver y a besar a La Macarena (tuve que guardar una hora) y he conocido al famoso Cristo gitano Cachorro, en la Triana profunda.


Capítulo aparte, en el que no entraré a fondo por ser Nochebuena, es el de los sevillanos, cuya observación permite entender muchas cosas sobre la actual situación de Andalucía. No se trata de generalizar, ya que habrá de todo, pero nada más llegar se nota un fuerte contraste de ritmo con respecto a la Meseta, aparte de que sería muy de agradecer que al hablar se sacaran la patata de la boca, porque de cada diez palabras les entiendes cuatro. En su favor, decir que las andaluzas me parecen guapísimas y que todos por allí son muy amables cuando les preguntas por alguna dirección, aunque ligeramente plastas; desconocen la sencilla dinámica “pregunta-respuesta-gracias-de nada” y tienden a enrollarse y a contarte su vida con ese gracejo agotador…, pero vamos, que cuatro días se aguanta bien.

martes, 13 de diciembre de 2011

¿NEGOCIO O CARIDAD?

Por muy diversos motivos, no me fío un pelo de casi ninguna ONG, y una de las cosas que más me irritan son sus triquiñuelas para sacarnos una pasta cuyo destino dudo mucho que sea realizar los proyectos de ayuda al desarrollo y paliar las necesidades que nos venden en sus folletos. Habitualmente trafican con la dignidad y con el dolor de las personas a las que dicen ayudar, y apelan al sentimentalismo más primario de los destinatarios de sus campañas publicitarias.

Hace una semana he recibido en mi buzón una carta de la asociación de artistas que pintan con los pies y con la boca. En el envío incluyen una colección de cinco o seis postales navideñas muy bonitas con sus respectivos sobres, y una larga nota apelando a mi generosidad, que, según ellos, debería consistir en depositar 9 euros en su cuenta corriente para pagarles los christmas. El escrito, como era de esperar, viene ilustrado con numerosas imágenes de los pintores sosteniendo el pincel con los labios o con el dedo gordo del pie.

Pero lo más sorprendente es que en un párrafo de la petición se ponen dignos y vienen a decir que ellos no pretenden vivir de la caridad, sino de su valía como artistas.

Yo soy hombre pragmático y poco sensiblero, y me gusta llamar al pan, pan, y al vino, vino. Por eso al recibir esta carta inmediatamente me he hecho tres preguntas:

¿Los christmas son gratis o hay que pagar 9 euros? A ver si se enteran de que en una compraventa debe concurrir la voluntad de ambas partes, y por eso si yo los recibo sin haberlos pedido, entiendo que son un regalo y en consecuencia no me siento moralmente obligado a hacer donativo alguno, aunque la intención de la asociación sea hacerme sentir mal por recibir sin dar a cambio.

¿Son una ONG para ayudar a los necesitados o un negocio particular suyo para ganar más? Porque estos señores ya tendrán sus pensiones por discapacidad, así que si me piden pasta, una de dos: o es un negocio para mejorar sus no dudo que escasos ingresos o es una limosna.

Si, según ellos, no piden limosna y solo aspiran a vivir de su vena artística, ¿por qué no intentan vender sus cuadros por los cauces de mercado habituales, es decir en galerías o exposiciones, y por supuesto sin especificar cómo los han pintado, en vez de enviar cartitas llenas de fotos de sus muñones en primer plano?

Creo que la caridad es un deber cristiano, pero no me gusta que se disfrace de otras cosas. Me gusta ser yo mismo quien valore la necesidad ajena antes de soltar un duro o prestar cualquier ayuda, y odio a los  encantadores de serpientes que aprovechan las épocas de especial sensibilidad y apelan toscamente al humanitarismo sola y exclusivamente para hacer caja.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

HISTORIAS DE ESPAÑA VIEJA (XIX): ¡VIKINGOS!

Aunque los dibujos de Vicky el Vikingo, la peli de Kirk Douglas y los cómics y otros géneros de ficción los representan como simpáticos aventureros con cuernos en los cascos que navegaban en barquitos de velas cuadradas con un dragón en la proa, lo cierto es que los vikingos eran más bien unos paganos hijos de puta que se pasaron toda la Alta Edad Media sembrando el terror en Europa con sus brutales ataques a zonas costeras, en los que saqueaban, asesinaban, violaban y secuestraban a mansalva.

Normalmente durante esta época se los llamaba “normandos” (hombres del norte). Se trataba de bárbaros sin romanizar ni cristianizar, normalmente politeístas, originarios de Escandinavia, que basaban su economía en la piratería y en el pillaje. Aunque sus incursiones en España no han sido demasiado estudiadas, se han documentado al menos cuatro grandes ataques protagonizados por salvajes daneses y noruegos (sin duda antepasados de Anders Breivik). En la Colegiata de San Isidoro en León se conserva el único resto arqueológico vikingo de nuestro país: una pequeña caja fabricada con asta de ciervo.

El asalto más antiguo que se conoce data del año 844, cuando, por culpa de una tormenta, una flota normanda que acababa de arrasar Tolousse, acabó en la costa cantábrica e intentó hacer de las suyas en la pequeña aldea (hoy La Coruña) que existía al pie del Faro de Hércules. Pero el rey astur Ramiro I los derrotó, ejecutó a cientos de guerreros y les quemó 70 barcos.

Los restos de la vikingada partieron hacia el sur, huyendo como conejos, y tras recibir otro buen correctivo en Lisboa, remontaron el Guadalquivir, tomaron la ciudad de Sevilla, quemándola hasta los cimientos, y organizaron razias a caballo por los alrededores, hasta Córdoba, para incautarse de botín, esclavos y prisioneras sexuales. Pero esta vez fue el moro Abderramán III quien dio su merecido a los nórdicos cornudos; con sus tropas consiguió expulsarlos de la Sevilla musulmana sin dejar de hostigarlos duramente desde las orillas del río, hasta que, tras mucho parlamentar, accedieron a entregar a todos los rehenes que llevaban a bordo. A pesar de este trato, el emir hizo trampa y cuando los alcanzó de pleno en Tablada, fueron degollados casi todos y colgados sus cadáveres de las palmeras.

El segundo ataque, solo catorce años después, fue el más espectacular. Nuevamente hubo escaramuzas en el Reino de Asturias, también en Galicia. Esta vez los caudillos Hasting y Bjorn, que comandaban una armada de cien naves, fueron derrotados por Ordoño I en Ira Flavia y luego dieron la vuelta entera a la Península, cometiendo tropelías en las islas Baleares, hasta llegar a la altura de los Pirineos. Pero en su camino subieron por el Ebro hasta Pamplona y lograron secuestrar al rey García Íñiguez de Navarra, al que solo soltaron previo pago de 70.000 dinares.

Cien años más tarde, a mediados del siglo X, una partida de mercenarios daneses regresó a tierras gallegas y causó estragos e incendios en diversas regiones, e incluso derrotó a un ejército de labriegos, hasta que por fin una coalición entre el Obispo de Compostela y los condes locales logró expulsar a Vicky el Vikingo casi de milagro.

Pero la más gorda se organizó en el 968, cuando el facineroso rey Gunrod, al mando de más de cien bajeles con cabezas de dragón, venció a las tropas del Obispo de Santiago (que murió en la batalla) y desparramó a sus hombres por toda Galicia, hasta la frontera con León, devastándolo todo a su paso. Pero cuando regresaba al puerto de Ferrol para escapar con lo robado, el Conde Gonzalo Sánchez le salió al encuentro con una leva de campesinos damnificados y exterminó a todos sus hombres, incluido él, como a cucarachas, no dejando ni un cuerno ni un barco en pie. Como recuerdo de esta última invasión quedaron totalmente calcinadas las ciudades de Tuy, Braga y Orense.

Este fue el final de las aventuras vikingas en nuestro territorio, aunque los cronistas cuentan que el mismísimo Olaf Haraldsson, fututo rey noruego, vino a dar por saco en el año 1015 y se coló por el Miño para hacer caja en unas cuantas aldeas. También se habla de otro episodio de menor importancia en 1028 protagonizado por un tal Ulf (¡uf…!).

Por muchos siglos que hayan transcurrido y por mucho que nos vendan su supuesta cultura avanzada, su súper sistema educativo y sus modélicos servicios sociales, yo sigo pensando que los escandinavos en el fondo no son más que unos bárbaros del norte y que una invasión romana a tiempo y diez siglos más de cristianismo les hubieran venido como el comer.

viernes, 12 de agosto de 2011

MERECIDA CONDENA A MUERTE

Aunque me hayan bajado el sueldo, sigo disfrutando de unos buenos periodos de vacaciones que, entre otras cosas, me mantienen bastante alejado de un blog que el señor Neri sigue manteniendo muy vivo y a salvo de mi pereza.

Además de disfrutar de las magníficas costas cántabras y dedicarme a actividades esnobistas como hacer rafting -con traje de neopreno y todo, como un perfecto y decadente burgués- en el nacimiento del Ebro o montar a caballo por la playa de Laredo, he aprovechado para visitar, una vez más, Mallorca.

Por motivos familiares, desde hace un par de años acudo a Palma cada cuatro o seis meses, aprovechando para conocer la ciudad y el resto de la isla. No tengo intención de hablar de las atracciones más conocidas -al margen de las veinteañeras teutonas- como el paseo marítimo, el Castillo del Bellver, el Palacio de la Almudaina, etc., pues podría dedicar un post completo a cada uno y aburrir, aún más, a los más que sufridos lectores de mis artículos.


En mis dos últimos viajes, por fin he podido acceder al recinto catedralicio, pues en intentonas anteriores lo encontré cerrado aunque acudí en las supuestas horas de visita. Tras acoquinar cuatro euros, pues ninguno de los carnés que me permiten acceder gratuitamente a muchos palacios y museos fue válido en este caso, recibes un minúsculo tríptico que supone la única información en español que se puede encontrar en todo el recinto.

Es cierto que merece la pena contemplar las vidrieras de un edificio que, no obstante, tiene más valor visto desde el exterior. Sin lugar a dudas, son mejores las magníficas catedrales góticas castellanas: Burgos, León, Segovia, Salamanca, Toledo y Palencia, cuyo templo catedralicio, La Bella Desconocida, puede presumir de ser el tercero mayor de España.

Por lo visto, el obispado de Palma debe de caracterizarse por estar plagado de cleriguchos separatistas y sectarios que prefieren que todas las indicaciones de las capillas laterales se encuentren escritas, únicamente, en mallorquín. Eso por no hablar de la visita al claustro de la Catedral que más bien es un patio de luces vecinal de los años treinta. Un lugar feo, angosto, poco cuidado, sucio, repleto de cacharros que no querrían ni los chatarreros: cartones viejos, latas vacías de aceite CEPSA, macetas mal cuidadas, viejos bancos carcomidos y oxidados...


Pero no es de extrañar, tras comprobar cómo el obispado aldeanista de Palma ha cuidado su patrimonio. A principios del siglo XX, Antonio Gaudí realizó en este templo una serie de reformas que, aunque me considero un gran admirador del arquitecto tarraconense, no pueden entenderse como excesivamente afortunadas.



Para rematarlas, hace unos pocos años encargaron a Miguel Barceló la remodelación de la capilla más importante de cualquier templo: la del Santísimo Sacramento. Y claro, el pinchauvas de turno, famoso también por destrozar a cambio de una millonada la Cúpula de los Derechos Humanos de la sede de la ONU en Ginebra, realizó una mierda propia de un sinvergüenza cuyo único mérito es, por lo visto, ser mallorquín.

Porque claro, lo principal fue que todo quedase en casa, en especial si el presupuesto rondó los cuatro millones de euros. Nada importa que arruine las vidrieras, llenándolas de chorretones negros que, junto a los monstruos que ha colocado en los muros de un templo gótico, recuerdan más a algún pasaje del Infierno de la Divina Comedia que a una supuesta alegoría del milagro de los panes y los peces. Además, ahora Su Ilustrísima estará bien cómoda junto al resto del Cabildo, reposando sus aldeanas posaderas en unos bancos de mármol mal rematados con unas almohadillas propias de un chalé veraniego de finales de los ochenta.

Y encima, los caraduras han tenido la desfachatez de colocar junto a los mal terminados murales una placa conmemorativa -sólo en mallorquín, por supuesto- celebrando la inauguración del esperpento por el obispo de turno y el todavía rey Juan Carlos.

No comprendo bien este dialecto del catalán, pero seguro que en las últimas líneas de la placa se daba a entender que sería un fascista aquel que pensara que la reforma era un bodrio y no viera al rey guapo, listo y elegante.

Personalmente, creo que los responsables eclesiásticos de este espantajo tendrían que enfrentarse con el Santo Oficio; que Barceló debería ser descuartizado en la playa; y que el Rey debería ser obsequiado con un largo crucero por Nueva Zelanda.