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| Piedra de Rosetta, en el British Museum |
Una de las visitas que más he
disfrutado en esta semana londinense ha sido la del British, probablemente el
museo con las más valiosas colecciones arqueológicas y artísticas del mundo,
con piezas como la Piedra de Rosetta, los mármoles del Partenon, el Ajedrez de
Lewis, la Vasija de Portland, momias egipcias, bajorrelieves asirios y otros
muchos tesoros de todas las civilizaciones del planeta desde varios milenos
antes de Cristo.
Es bien conocida la vieja polémica sobre los métodos empleados por los británicos a lo largo de la historia para apropiarse de muchos de estos símbolos emblemáticos de la cultura humana, y sobre la conveniencia de que sean devueltos a los países en cuyos territorios fueron hallados en su día. La controversia se ha avivado en los últimos cinco años debido a la política alemana de devolución parcial de las obras de arte de las que se incautó el Tercer Reich por media Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Sobre este último tema se ha rodado además, hace un año, una repulsiva americanada protagonizada por George Clooney cuyo único objetivo parece ser la deformación histórica en beneficio del Tío Sam.
Divagaciones cinematográficas aparte, debo admitir que mi postura acerca de estas cuestiones ha evolucionado recientemente. De toda la vida yo solía predicar con no poco ardor que los ingleses eran unos vulgares ladrones que habían practicado el pillaje por todos los rincones del mundo y que lo que procedía era vaciar inmediatamente sus museos, empezando por el Británico de Londres, y reintegrar las colecciones a sus países de origen, principalmente Egipto. Pero a raíz de la lectura de varios artículos especializados, no todos firmados por ingleses, me he dado cuenta de que en este problema concurren factores demasiado complejos y que es imprescindible una reflexión mucho más sosegada y mucho menos anglófoba que la mía para posicionarse correctamente.
Debo empezar aclarando que por muy etnocéntrica que parezca mi afirmación, no todas las naciones han sido ni son igual de importantes, ni han contribuido del mismo modo al progreso del género humano ni a la configuración de nuestro legado cultural. Qué duda cabe de que Inglaterra, un pueblo poco y mal romanizado, jamás se ha contado entre las naciones más civilizadas del orbe y que podríamos describir su experiencia colonial como un combinado explosivo de piratería, racismo, genocidio, puritanismo hortera y biblias manipuladas, pero al fin y al cabo tampoco podemos negar a los anglosajones sus méritos en el proceso de construcción de Europa, en la propagación del mensaje de Cristo por las regiones más recónditas de la Tierra y en el avance tecnológico a nivel internacional. A ello hay que añadir, mal que nos pese, que Reino Unido es en la actualidad una superpotencia, un estado moderno y pujante, con millones de visitantes extranjeros anuales y con todos los recursos técnicos y científicos a su disposición, mientras que la mayoría de las áreas geográficas que fueron “expoliadas” por el imperio inglés se encuentran administradas por salvajes, analfabetos o islamistas radicales.
Por todo ello considero bastante lógico que muchos de los restos arqueológicos y obras de arte que los hijos de la Gran Bretaña sacaron de sus colonias para llevar a la metrópoli y que constituyen las claves para interpretar el gran periplo de la Humanidad estén en el British Museum y no en una choza de ladrillo y madera en una aldea subsahariana perdida de Dios. Comprendo que es preferible que la Piedra de Rosetta o unas momias de hace seis mil años estén custodiadas por los ingleses a que se encargue de su conservación la República Árabe de Egipto, que, sin ánimo de ofender, no me inspira la menor confianza, pues mañana mismo podría caer en manos de los energúmenos del Estado Islámico y ser pasto de las llamas, en cuestión de minutos, estos baluartes irrepetibles de la Historia Universal. Casi prefiero que Inglaterra siga gestionando, con mayor o menor legitimidad, estos objetos que encarnan las gestas de nuestros antepasados y nos ayudan a entender quiénes somos y de dónde venimos, a que se devuelvan a Siria, a la India, a Sudán, a Birmania, a Tanzania, a Nigeria o a Irán, donde vete tú a saber cómo los tratarían y qué tipo de acceso facilitarían al público extranjero.
Reino Unido está en el epicentro cultural del planeta y todo el mundo visita Londres varias veces en su vida. Es un estado absolutamente concienciado con la universalidad de las obras que expone. Los grandes museos ingleses son de acceso gratuito. El país cuenta con los mejores especialistas y arqueólogos, que a su vez colaboran con los de otros países. Dispone de las mejores y más caras técnicas de conservación y gasta millones de libras anuales en investigaciones relacionadas con el patrimonio cultural. ¿Pueden ofrecer esto todos los países (muchos en vías de desarrollo) que pretenden exigir a Londres el reintegro de sus tesoros robados? Evidentemente, no. Por no entrar ya en otras cuestiones de legitimidad histórica en las que no me apetece enfangarme, pero, aparte de que la regla no escrita de todas las guerras es que el botín es para el vencedor, deberíamos tener en cuenta que cuando el Imperio británico colonizó estas zonas de la cuenca del Nilo o de Asia Central, en algunas de ellas no había países, ni estados, ni nada que se le pareciera, sino simples poblados de negritos u otros indígenas bramando “unga-unga” y matándose todo el día con los del pueblecito de un kilómetro más allá, en muchos casos sin ninguna conciencia identitaria y por supuesto sin conocimiento alguno de los restos históricos que escondían “sus” tierras. Así que no queda claro en nombre de qué o de quién piden ahora algunas “naciones” que les sean devueltas ciertas antigüedades.
Vamos, que no me extraña nada que las reclamaciones en este sentido que ahora puedan formular, por ejemplo, Sudán del Sur o Uganda se las pasen los ingleses por la patilla. Dirán que a lo mejor son los sudaneses o los ugandeses los que tienen una deuda pendiente con Europa por haberles enseñado a santiguarse y a dejar de comerse a la gente.
Es bien conocida la vieja polémica sobre los métodos empleados por los británicos a lo largo de la historia para apropiarse de muchos de estos símbolos emblemáticos de la cultura humana, y sobre la conveniencia de que sean devueltos a los países en cuyos territorios fueron hallados en su día. La controversia se ha avivado en los últimos cinco años debido a la política alemana de devolución parcial de las obras de arte de las que se incautó el Tercer Reich por media Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Sobre este último tema se ha rodado además, hace un año, una repulsiva americanada protagonizada por George Clooney cuyo único objetivo parece ser la deformación histórica en beneficio del Tío Sam.
Divagaciones cinematográficas aparte, debo admitir que mi postura acerca de estas cuestiones ha evolucionado recientemente. De toda la vida yo solía predicar con no poco ardor que los ingleses eran unos vulgares ladrones que habían practicado el pillaje por todos los rincones del mundo y que lo que procedía era vaciar inmediatamente sus museos, empezando por el Británico de Londres, y reintegrar las colecciones a sus países de origen, principalmente Egipto. Pero a raíz de la lectura de varios artículos especializados, no todos firmados por ingleses, me he dado cuenta de que en este problema concurren factores demasiado complejos y que es imprescindible una reflexión mucho más sosegada y mucho menos anglófoba que la mía para posicionarse correctamente.
Debo empezar aclarando que por muy etnocéntrica que parezca mi afirmación, no todas las naciones han sido ni son igual de importantes, ni han contribuido del mismo modo al progreso del género humano ni a la configuración de nuestro legado cultural. Qué duda cabe de que Inglaterra, un pueblo poco y mal romanizado, jamás se ha contado entre las naciones más civilizadas del orbe y que podríamos describir su experiencia colonial como un combinado explosivo de piratería, racismo, genocidio, puritanismo hortera y biblias manipuladas, pero al fin y al cabo tampoco podemos negar a los anglosajones sus méritos en el proceso de construcción de Europa, en la propagación del mensaje de Cristo por las regiones más recónditas de la Tierra y en el avance tecnológico a nivel internacional. A ello hay que añadir, mal que nos pese, que Reino Unido es en la actualidad una superpotencia, un estado moderno y pujante, con millones de visitantes extranjeros anuales y con todos los recursos técnicos y científicos a su disposición, mientras que la mayoría de las áreas geográficas que fueron “expoliadas” por el imperio inglés se encuentran administradas por salvajes, analfabetos o islamistas radicales.
Por todo ello considero bastante lógico que muchos de los restos arqueológicos y obras de arte que los hijos de la Gran Bretaña sacaron de sus colonias para llevar a la metrópoli y que constituyen las claves para interpretar el gran periplo de la Humanidad estén en el British Museum y no en una choza de ladrillo y madera en una aldea subsahariana perdida de Dios. Comprendo que es preferible que la Piedra de Rosetta o unas momias de hace seis mil años estén custodiadas por los ingleses a que se encargue de su conservación la República Árabe de Egipto, que, sin ánimo de ofender, no me inspira la menor confianza, pues mañana mismo podría caer en manos de los energúmenos del Estado Islámico y ser pasto de las llamas, en cuestión de minutos, estos baluartes irrepetibles de la Historia Universal. Casi prefiero que Inglaterra siga gestionando, con mayor o menor legitimidad, estos objetos que encarnan las gestas de nuestros antepasados y nos ayudan a entender quiénes somos y de dónde venimos, a que se devuelvan a Siria, a la India, a Sudán, a Birmania, a Tanzania, a Nigeria o a Irán, donde vete tú a saber cómo los tratarían y qué tipo de acceso facilitarían al público extranjero.
Reino Unido está en el epicentro cultural del planeta y todo el mundo visita Londres varias veces en su vida. Es un estado absolutamente concienciado con la universalidad de las obras que expone. Los grandes museos ingleses son de acceso gratuito. El país cuenta con los mejores especialistas y arqueólogos, que a su vez colaboran con los de otros países. Dispone de las mejores y más caras técnicas de conservación y gasta millones de libras anuales en investigaciones relacionadas con el patrimonio cultural. ¿Pueden ofrecer esto todos los países (muchos en vías de desarrollo) que pretenden exigir a Londres el reintegro de sus tesoros robados? Evidentemente, no. Por no entrar ya en otras cuestiones de legitimidad histórica en las que no me apetece enfangarme, pero, aparte de que la regla no escrita de todas las guerras es que el botín es para el vencedor, deberíamos tener en cuenta que cuando el Imperio británico colonizó estas zonas de la cuenca del Nilo o de Asia Central, en algunas de ellas no había países, ni estados, ni nada que se le pareciera, sino simples poblados de negritos u otros indígenas bramando “unga-unga” y matándose todo el día con los del pueblecito de un kilómetro más allá, en muchos casos sin ninguna conciencia identitaria y por supuesto sin conocimiento alguno de los restos históricos que escondían “sus” tierras. Así que no queda claro en nombre de qué o de quién piden ahora algunas “naciones” que les sean devueltas ciertas antigüedades.
Vamos, que no me extraña nada que las reclamaciones en este sentido que ahora puedan formular, por ejemplo, Sudán del Sur o Uganda se las pasen los ingleses por la patilla. Dirán que a lo mejor son los sudaneses o los ugandeses los que tienen una deuda pendiente con Europa por haberles enseñado a santiguarse y a dejar de comerse a la gente.

