Mostrando entradas con la etiqueta Vox. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vox. Mostrar todas las entradas

martes, 28 de junio de 2016

¿QUÉ HACEMOS CON EL MATRIMONIO GAY?



La derogación del matrimonio homosexual debería respetar los derechos adquiridos (cómo no)

Mientras oíamos en la radio una noticia del Orgullo gay, un amigo me ha preguntado, medio en serio, medio en broma, qué haría yo, si estuviera en el poder, con el matrimonio homosexual. Que si derogaría la ley que lo ampara. 

Soy consciente de que ni uno solo de los actuales partidos políticos, por muy conservador que se considere, se atrevería a dejar sin efecto el “marimonio”. Hasta los besacirios de Vox dicen que solo es un problema “semántico” y que están a favor de regularizar estas uniones pero llamándolas de otra manera. Qué asco.

Pero yo a mi amigo le he respondido que sí, que conmigo se acabaría toda posibilidad de que esta gente se casara. 

   ¿Y con los que ya están casados que harías? 

Pues hombre, una derogación con efectos retroactivos sería una medida demasiado abrupta. Después de todo, no soy fascista.

Pero al cabo de un rato de reflexión, he pensado que me estoy ablandando más de la cuenta, y que lo mejor sería una solución intermedia, es decir no llegar al extremo de aplicar la nueva ley retroactivamente pero sí arbitrar un procedimiento sencillo, ágil y gratuito (sin necesidad de abogado ni nada) para anular el vínculo de aquellas parejas homosexuales que lo desearan. Y a la vez, por supuesto, incentivar de algún modo efectivo estas anulaciones simplificadas. Se me ocurre, por ejemplo, que estaría bien otorgar algún beneficio fiscal a los que se animaran, facilitarles el acceso a ciertas ayudas o a la vivienda, o, qué sé yo, exigir como requisito para ejercer la enseñanza, acceder a un puesto en la Administración o a un cargo público no estar casado en virtud de la deleznable ley de Zapatero...

Pero siempre respetando la libertad, ¿eh? Y sin aberraciones jurídicas ni retroactividades. Los maricas que quieran seguir casados, adelante.

sábado, 16 de mayo de 2015

MOTIVACIONES POLÍTICAS





Veo la furgoneta de Vox haciendo ruidosa campaña de megafonía por el Paseo de Zorrilla, a la altura del Campo Grande. Aparca en doble fila, de cualquier manera, y cuatro niños pijos, vestidos como para salir de copas por Coca, se bajan con parsimonia con un cubo de fregar y un cepillo, y pegan sus pasquines en uno de los tablones de madera habilitados por el Ayuntamiento.  Los candidatos del cartel, tanto el de las locales como el de las autonómicas, tienen cara de no comerse una rosca el día 24 y de abandonar el partido el 25 a primera hora, al más puro estilo de Vidal-Quadras e Ignacio Camuñas. Los chavalines que pegan la propaganda, igual. Se largarán a Ciudadanos o a su casa cuando vean el batacazo de la formación ultraliberal que maneja al pobre Ortega Lara como si fuera Monchito, el muñeco de José Luis Moreno.

El motivo por el que los de la furgoneta de hoy, Santi Abascal y el propio ex funcionario de prisiones secuestrado por ETA por ser amigo íntimo de Jaime Mayor Oreja tirarán también la toalla, es que solo saben concebir la política desde la óptica del vencedor y no de la del luchador. Vox se fundó por unos tíos famosos y con contactos en los medios con el único objetivo de obtener inmediatamente representación política, y en la medida que se ha comprobado (y se confirmará la semana que viene) que las siglas verdes no convencen a nadie porque apestan a señoritismo, a peperos rebotados y a uso indebido de las víctimas del terrorismo, se ha ido produciendo un goteo constante, casi un chorreo, de deserciones, empezando por los más aguilillas, siguiendo por los militantes corrientes y acabando (muy en breve) por los más tontos del partido. Porque por muy tontos que sean se afiliaron para pillar cacho y ya han visto que de este pozo no hay agua que sacar. Con su típica mentalidad empresarial, diseñaron un plan de negocio,  un estudio milimétrico de las energías a invertir y de los beneficios a cosechar, y como no les han salido las cuentas, ahora toca echar el cierre. 

En mis tiempos de la cruz y la espada no teníamos camionetas para las pegadas de carteles. Quedábamos a las siete de la mañana, casi todos los domingos -no solo en campaña-  y recorríamos la ciudad a pie, cargados como mulas con los cubos. Íbamos en chándal o con vaqueros viejos, pues solíamos acabar pringados de esa cola grumosa que hacíamos con agua y unos polvos junto a cualquier fuente pública. Nos presentábamos a las elecciones sin fe y sin respeto, únicamente por los espacios gratuitos en los medios de comunicación y por la cesión de locales para celebrar actos, y todos teníamos clarísimo que era imposible sacar nada.  Por eso nadie abandonaba después de una jornada electoral desastrosa; todas lo eran y así lo esperábamos desde el principio. Nuestro objetivo no era conseguir votos y de hecho nunca los pedíamos en nuestros humildes carteles, octavillas o vídeos electorales. Quienes compartimos aquel proyecto trabajábamos por puro altruismo, guiados por un idealismo incendiario a prueba de decepciones materiales. Nuestra motivación íntima era la Justicia con mayúsculas, el amor a nuestra comunidad y la fidelidad a nuestras convicciones, y no habríamos cambiado ni una coma en nuestro discurso a cambio de un escaño o de una concejalía. Sabíamos que no era nuestro momento e interpretábamos nuestra lucha como una carrera de relevos en la que nuestra misión se limitaba a darlo todo para entregar a tiempo el testigo.


Más sobre Vox en La pluma viperina 

viernes, 17 de enero de 2014

VOX


He seguido con curiosidad la presentación ayer del partido político Vox, una nueva formación de “centro-derecha, moralmente conservadora, económicamente liberal y moderada en sus planteamientos” liderada por Santiago Abascal, José Antonio Ortega Lara y Ana Velasco Vidal-Abarca, los tres víctimas del terrorismo marxista etarra.

No puedo negar que me siento muy atraído por bastantes de sus planteamientos, en especial por sus propuestas de finiquitar el modelo autonómico, apostar por la unidad de España, acabar con el sistema electoral vigente, “cuidar y proteger a la familia”, ampliar la penalización del aborto y endurecer la política antiterrorista. Por todo esto sus ideas me resultan todavía más interesantes que las de UPyD, sobre las que ya hemos debatido alguna vez.

Dos aspectos sin embargo me provocan urticaria y me alejan de Vox hasta el infinito.

Uno son sus firmes convicciones liberales o yo diría que ultraliberales. No hace falta haber estudiado en Salamanca para saber cómo interpretan estos señores las expresiones “economía de mercado”, “libre iniciativa”, “pleno reconocimiento del derecho de propiedad” y “riguroso control del gasto público” con las que han adornado sus discursos en la presentación. Solo les falta corear el lema “laissez faire, laissez passer” y prometer la conversión de España en una gran sociedad anónima. Además la presencia de Ignacio Camuñas entre los fundadores lo dice todo.

El otro es su estrategia de apelar a la fibra sensible de la ciudadanía sirviéndose del pobre Ortega Lara, uno de los hombres que más pena dan en este país debido al secuestro que sufrió durante 532 días hace dieciocho años. Entre las muchas cualidades del ex funcionario de prisiones burgalés es evidente que no se encuentran el carisma personal, la habilidad oratoria, la experiencia en la gestión y la brillantez intelectual, pero ello no impidió al PP sacar rédito de su mediática figura llevándolo a congresos, exhibiéndolo en la tele día sí y día también, u otorgándole puestos simbólicos en listas electorales. Aunque acabó escaldado y abandonó a los peperos, no parece haber aprendido la lección cuando ahora se deja tratar de nuevo como una marioneta. De hecho, ni siquiera figurará en las candidaturas del nuevo partido; solo lo tienen de cara a la galería. 

Con todo el respeto que este señor me merece, y a pesar de la simpatía que siento por su patriotismo y de la solidaridad que me inspira como víctima de los energúmenos de ETA, considero que su horrible experiencia (en la que demostró una entereza admirable) no constituye ningún mérito político, por mucho que presuma, como hizo ayer, de “haberse jugado la vida por España”, como si hubiera ido al zulo voluntario.

Si Ortega Lara no hubiera sido seleccionado al azar por la escoria abertzale para aquel secuestro inhumano hoy no le conocería nadie ni nadie le invitaría a fundar partido alguno.

Las víctimas deben dejar de ser de una vez moneda de cambio e instrumento de chantaje político. Ya está bien de que los partidos utilicen a este colectivo como mascota, adorno o anzuelo electoral, o que pretenda erigirse en lobby con sus asociaciones y con partidos como Vox. Ni Ortega ni ningún otro damnificado de ETA deberían orientar ni condicionar las decisiones judicales o de política antiterrorista, entre otras razones porque la verdadera justicia ha de ser imparcial y desapasionada.

Hay muchos que se creen que por haber sufrido un atentado una persona se convierte instantáneamente en héroe de la libertad o en referente público. Olvidan que la violencia etarra también se ha cobrado a mafiosos, traficantes de droga, ex-militantes de la banda y otros muchos sujetos de muy dudosa catadura moral sin que a nadie se le ocurra elevarlos a los altares. Por muy distintos motivos parece que tampoco interesa hoy en día poner como ejemplos de virtud o convertir en mártires a las autoridades franquistas que sufrieron coches-bomba (entre ellas Melitón Manzanas o el presidente Carrero Blanco), a los falangistas asesinados en los años de plomo, o a otros que, según la ley vigente, son tan víctimas del terrorismo como Ortega o Miguel Ángel Blanco, como por ejemplo el comandante Sáenz de Ynestrillas y sus hijos.

Parece que a cada partido solo le interesan las víctimas de su cuerda o las domesticadas que se comportan como muñecos en su mano de ventrílocuo.