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martes, 7 de junio de 2016

HISTORIA ACADÉMICA E HISTORIA MILITANTE

Esta semana he leído en mi revista de historia favorita una curiosa reseña de un libro que acaba de publicarse sobre el Frente Popular de 1936 con motivo de su 80º aniversario. No tengo la menor intención de hacer publicidad de este monográfico, que intuyo nefasto, pero no me resisto a comentar la reseña, en la que se dice que su autor “desde el principio deja claro honestamente cuál es su posición política” y que la obra es “un buen ejemplo de historia académica y, a la vez, de historia militante. Ante tales enormidades no sabe uno si sonreír o echarse a temblar. 

Coincidiremos todos en que resulta utópico pretender que los historiadores escriban con total objetividad, pero digo yo que la neutralidad debería ser una de sus mayores aspiraciones, pues, de lo contrario, las diferencias entre un libro de historia y un panfleto político podrían llegar a ser imperceptibles. Es cierto que, por sus propias características, la ciencia histórica jamás podrá tener el rigor y la exactitud de las matemáticas, pero entre una enumeración aséptica de fechas y datos y un libelo o panegírico sectario hay un amplio margen en el que todo cronista serio debería moverse. De no ser así, estaríamos hablando de cualquier cosa menos de historia.

Por eso me ha dejado de una pieza que una revista digna, en la que colaboran catedráticos de supuesto renombre, se descuelgue con esa idiotez de que la historia académica puede ser al mismo tiempo historia militante, y de que un marxista tan ideologizado como el autor del libro sea capaz de hacer una contribución mínimamente solvente a la historiografía sobre la Segunda República en general y sobre el Frente Popular en particular. 

Uno, que ha leído muchos libros fuertemente politizados sobre períodos convulsos de la historia de España, si algo ha aprendido es que no son textos de historia. No estoy afirmando que sean obras sin ningún interés, que no aporten datos e interpretaciones valiosos ni que sus autores sean unos indigentes intelectuales; simplemente que son la peor opción posible para hacerse una idea completa y equilibrada de los acontecimientos que se analizan. Y ya si se trata de un militante político metido a narrar la historia de su propio partido, apaga y vámonos: el resultado solo podrá ser satisfactorio para sus correligionarios, que se deleitarán al hallar en cada párrafo la confirmación de sus ideales.

Repito que una obra muy ideológica sobre un determinado período u organización histórica puede aportar mucha luz en forma de puntos de vista, nuevas vías de interpretación y detalles de la intrahistoria que a menudo pasan desapercibidos al investigador universitario. Lo malo es que estos libros también suelen esconder bastantes sombras, pues tienden a manipular la información, a resaltar u omitir datos según interese y a ofrecer versiones sesgadas de los hechos en función de las ideas, filias y fobias  Distinguir el trigo de la paja es imposible salvo para iniciados en la materia.

Un ejemplo del que podría hablar a fondo es el de los estudios sobre Falange Española y las hagiografías de José Antonio Primo de Rivera publicados por camisas azules entusiastas. Evidentemente estas lecturas pueden ser muy agradables para un joseantoniano, pero si este decide abrir su abanico y leer a otros investigadores pronto se dará cuenta, salvo que sea tonto, de que no hay nadie menos apropiado que un falangista para escribir sobre los avatares históricos del falangismo. 

Luego hay otro fenómeno curioso que ha de tenerse en cuenta: cuanto más específico y polémico sea un tema histórico más probabilidades hay de que los autores de los pocos títulos disponibles sobre el mismo estén marcadamente politizados.  Por ejemplo, una monografía sobre el reinado de Carlos III tendrá un riesgo bajo de ideologización debido a la amplitud de la etapa y a lo aséptica que resulta para el gran público. Sin embargo una tesis doctoral sobre el requeté, o un ensayo sobre la represión en Valladolid durante la guerra o sobre la trayectoria del Frente Popular, casi podemos jugarnos la mano derecha a que han sido escritos por personas muy sugestionadas por estas temáticas y con un posicionamiento bien definido (y generalmente indisimulable) al respecto.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

¡UNA ESPAÑA FUERTE Y UNIDA!


El españolismo del líder afroamericano emocionó a nuestro monarca


En el encuentro, ayer, entre S.M. Don Felipe y el Presidente de Estados Unidos, este declaró solemnemente: “Estamos profundamente comprometidos a mantener la relación con una España fuerte y unida”, en fina alusión a las elecciones catalanas de la semana que viene.

Grande y unida. Casi lloro de la emoción. ¡Ni José Antonio Primo de Rivera!

Estas declaraciones se enmarcan en la intensa campaña de Rajoy para recabar apoyos internacionales a la unidad española frente al dislate separatista. En un sentido similar, aunque en tono más aséptico, se pronunciaba a principios de mes la canciller alemana Ángela Merkel: “Los tratados de la UE garantizan la soberanía y la integridad territorial de cada estado" (…) “Es muy importante que se respete la legalidad internacional”.

A uno le entran tentaciones de agradecer a los dos grandes mandatarios sus hermosos gestos a favor de la incolumidad de nuestro territorio, pero igual habría que preguntarse hasta qué punto son sinceras y desinteresadas sus rimbombantes declaraciones, máxime cuando ninguno de ellos tiene la más mínima noción (ni interés en adquirirla) sobre la trayectoria histórica de los condados catalanes y de la Corona de Aragón, y además se trata de un asunto de estricta política interna.

No puede obviarse que nuestras importaciones procedentes de los Estados Unidos han repuntado en los últimos tres años y que las inversiones españolas en compañías gringas han experimentado un reciente y extraordinario crecimiento que se espera que continúe. La súper potencia norteamericana es también la primera inversora extracomunitaria en nuestro maltrecho país, con el 13% del total.

En definitiva, sería pecar de ingenuos (por emplear un término neutro y biensonante) suponer que las encendidas palabras del negrito Barack nos van a salir gratis. Mi intuición me advierte que no son más que la contraprestación al gobierno español por algún acuerdo comercial especialmente suculento para el Tío Sam.

Y Alemania, parecido.

Tengamos muy clarito que si la región de Cataluña se acabara segregando de España -Dios no lo quiera y los buenos españoles no lo permitan- , los yanquis y los germanos no tendrían el menor empacho en reconocer el nuevo estado catalán independiente. Todo dependería una vez más de cómo les salieran las cuentas.

viernes, 3 de julio de 2015

FRANCISCO UMBRAL EN LA TELE



Con independencia de la afinidad política que pueda tener con él y de que en su célebre lista de las 100 grandes gilipolleces del siglo XX incluyera la frase de José Antonio “España es una unidad de destino en lo universal", reconozco que Francisco Umbral ( 2007) es uno de los mayores genios de la literatura española. Cuando estudiaba en la Facultad, siempre leía su columna Los placeres y los días, en El Mundo, y me hacía con la mayoría de las novelas que sacaba, que me parecían muy obsesivas (con el sexo, con Madrid y con el franquismo) y nada comerciales, pero escritas de un modo tan magistral, con tal ritmo y riqueza de imágenes que me quedaba embelesado. 

Pero lo que de verdad me fascinaba del autor de Mortal y rosa era su personalidad, con la que me siento identificado en parte. Nunca sabremos cómo fue el verdadero Umbral, pero el caso es que cultivaba una imagen de envarado, distante y cínico que siempre me pareció divertidísima. Nunca conoceremos los verdaderos sentimientos de este autor irrepetible, pero siempre se mostraba mordaz, corrosivo e inmisericorde con sus colegas o con cualquiera que se le pusiera por delante, lo que le hizo protagonizar varios incidentes en los medios de comunicación. No dejaba títere con cabeza, pero lo hacía con un salero y una mala leche que te morías de risa.

Dicen que se le avinagró el carácter a raíz de la muerte de su hijo de seis años en 1975.

Los dos episodios más conocidos son, por supuesto, los de 1993 en el programa de televisión Queremos saber, dirigido por Merdedes Milá: el memorable numerito que montó (con razón) porque no se hablaba de su libro La década roja, y cuando llamó paletos a los vecinos del pueblo burgalés de Aranda de Duero por asistir a un mitin de Aznar. Pero hay otras dos intervenciones televisivas de Paco Umbral que no por menos conocidas son menos descacharrantes, y que hoy vamos a recordar. 

Una de ellas es una entrevista sin desperdicio que le hizo Fernando Sánchez Dragó en 1999, en la que reparte estopa como si no hubiera mañana, en especial a Arturo Pérez Reverte (al que dice respetar "en su menester") y más sutilmente, pero sin cortarse un pelo, al propio Dragó, que a mí, la verdad, me parece un mentecato. 

El otro momento estelar (quizá el mejor de todos) es la interviú realizada por Lola Flores en el programa Sabor a Lolas a principios de los 90. En ella, el escritor se muestra en su salsa, repartiendo pullas a diestro y siniestro, cachondeándose del analfabetismo de Lola y requebrándola lascivamente hasta que esta le acaba llamando salido a la cara (“sigue estando fuerte tú, ¿eh?"). La presentación que dedica la Faraona al entrevistado es de una cutrería entrañable ("es ´complejao´ para la gente") y considero grandiosa la descripción que hace Umbral de la España de la época, que, por cierto, no ha cambiado tanto: “La veo cada vez más parecida a Lola Flores: cada vez más guapa, más barroca, más confusa, más artista, más golfa, más gitana y más jugadora”.

Disfrutad con los vídeos, que garantizan unas buenas risas para empezar con alegría el fin de semana.

P.D.: Del episodio de "yo aquí he venido a hablar de mi libro" he enlazado la versión completa de 5 minutos, muy poco conocida, en la que termina hablando de su libro.

miércoles, 7 de enero de 2015

EL MUSICAL DE JOSÉ ANTONIO

José Antonio preso en Alicante

Aunque en noviembre del año pasado corrieron rumores de que el proyecto había naufragado, todo parece apuntar a que finalmente se estrenará en 2015, en algún teatro de la Gran Vía madrileña, el musical La princesa roja, sobre la vida y la obra de José Antonio Primo de Rivera, producido y dirigido por Álvaro Saénz de Heredia (La hoz y el Martínez, Aquí llega Condemor) y protagonizado por el actor televisivo Jesús Cisneros. En una especie de “maqueta” que ya está difundiéndose puede comprobarse que la obra se centrará en los supuestos amoríos del fundador de la Falange, en su también supuesta amistad con Azaña y con el poeta homosexual Federico García Lorca, y en sus desencuentros con el franquismo en los inicios de la Guerra Civil.

La más elemental prudencia me aconseja no pronunciarme a fondo sobre este boceto hasta que no se haya estrenado el espectáculo y haya tenido la ocasión de asistir. No obstante sí adelanto que con los datos que tengo hasta ahora no me apetece nada, pero nada de nada, acudir a esta representación en la que, por lo visto, saldrán cantando y bailando juntos, en amor y compañía, José Antonio Primo de Rivera, sus pretendidas novietas y el irrepetible Lorca.

Mi primer motivo de prevención hacia esta iniciativa es que no considero que el musical sea el género artístico más adecuado para glosar la vida de un personaje político y mucho menos la de José Antonio, cuya personalidad y trayectoria revisten tal complejidad que ni siquiera 79 años después de su muerte han llegado a ser comprendidas ni por sus detractores ni –lo que es más grave– por buena parte de sus devotos. El musical parece un formato idóneo para remakear obras de teatro o películas de culto, atraer a miles de fans de Disney con el señuelo de aparatosas puestas en escena o promocionar a grupos o cantantes de rock en horas bajas, pero mucho me temo que el resultado puede devenir en grotesco si se utiliza para ensalzar la vida de un político (por muy famoso y controvertido que sea, y por mucha admiración que le profesemos), dramatizando y enfatizando aspectos de su intimidad que al gran público, convenzámonos, le importan un pito. Basta imaginar (conteniendo la risa) un music hall sobre Pablo Iglesias senior fundando el PSOE, sobre los flirteos de Isabel II, sobre las amistades de Franco o sobre los avatares ideológicos de Adolfo Suárez para darse cuenta de que no es una buena idea.

José Antonio confiaba estúpidamente en Azaña
Pero lo que más me desagrada es el previsible contenido del experimento de Saénz de Heredia, sin lugar a dudas asesorado por exponentes del hedillismo más exótico. A veces me pregunto quién ha deformado más la figura de José Antonio, si la propaganda insidiosa de la extrema izquierda, que lo presenta como un pistolero a sueldo de la burguesía, o ciertos sectores del propio falangismo dispuestos a las cabriolas ideológicas que sean necesarias para vendernos una Falange "adaptada" a nuestros tiempos, con un Fundador pluralista, gurú de la concordia, enemigo acérrimo de los fascismos, enfrentado a muerte con el bando nacional y poco menos que de izquierdas. La estrategia de estos "modernizadores" es recurrir sin complejos al tijeretazo doctrinal e histórico, suprimiendo o matizando cansinamente aspectos fundamentales de la obra del líder político español más honesto, valiente, original y carismático del siglo XX, que, le duela a quien le duela, reivindicó un estado totalitario y autoritario (¡ambas cosas!) hasta el mismo día de su muerte y contribuyó de forma activa y generosa al Alzamiento Nacional del 18 de julio de 1936.

Pero pese al enorme bagaje teórico del legado de Primo de Rivera, su ética y estilo inconfundibles, su rica actividad parlamentaria y su decisiva influencia en varias generaciones de españoles merced a su análisis clarividente de los problemas de España y a unas propuestas de redención basadas en una justicia social profunda, parece que Álvaro Saénz de Heredia va a enfocar el musical en los aspectos más insignificantes y anecdóticos de su vida, los que menos interesan, algunos de cuales además no están históricamente demostrados.

A Elizabeth Bibesco no se la ve muy roja
El eje del espectáculo parece que será el romance que según el reciente libro de José María Zavala, La pasión de José Antonio, mantuvo el artífice de la Falange con la excéntrica e izquierdista inglesa Elizabeth Bibesco, esposa de un diplomático y príncipe rumano. Si bien parece evidente que ambos compartieron vida social y que esta señora profesaba un sincero afecto hacia José Antonio, los detalles de la supuesta aventura han sido más urdidos por la imaginación de Zavala que por la consistencia de las fuentes históricas, que se limitan a una cariñosa dedicatoria de la princesa en su novela The romantic, a sus intentos de intermediación para concertar una entrevista entre Primo y Azaña, y a los ruegos que aquel le hizo para que intentara salvarlo de su ejecución en Alicante a través de la diplomacia británica. Poco o nada más se sabe de esta relación, igual que de ninguna otra que pudiera haber mantenido José Antonio con otras mujeres, entre ellas la duquesa de Luna y Villahermosa, asunto del que solo se conocen un par de anécdotas inconsistentes en alguna hagiografía exaltada del dirigente falangista. Todas estas dudas más que razonables no han impedido a Sáenz de Heredia centrar su obra en una hipotética relación adúltera del protagonista, que si por algo se caracterizó fue por la defensa acérrima de los valores familiares y de la lealtad en cualquier ámbito de la vida.

También resultan superfluas las disquisiciones que casi seguro planteará esta obra de teatro cantada sobre las buenas relaciones de José Antonio con Azaña y con Lorca. Es de todos conocida la inclinación personal de Primo de Rivera hacia algunos aspectos de las políticas azañistas, lo que no implica su admiración global por el personaje (solo faltaba) ni mucho menos una simpatía mutua. Sobre su afinidad con Federico, sabemos también muy poco. Parece que a José Antonio le encantaban sus poemas y sus dramas, y que acudió a alguna representación suya, pero que el genio granadino mostró siempre una total indiferencia hacia a él, a pesar de la broma que le gastó a Grabriel Celaya contándole que era un “buen chico” con el que cenaba todos los viernes: “solemos salir juntos en un taxi con las cortinillas bajadas, porque ni a él le conviene que le vean conmigo ni a mí me conviene que me vean con él”. En el “tráiler” del musical puede verse cómo Lorca le da las gracias a José Antonio por la subvención que le consiguió para su compañía teatral La Barraca, en referencia a la supuesta gestión que realizó como diputado para que el Gobierno cofinanciara esta actividad cultural y de la que solo tenemos noticias a través del testimonio (dudoso) del hermano del poeta en su libro Federico y su mundo.

No se sabe si Lorca y José Antonio fueron amigos
De todos modos, insisto: sean ciertas o falsas estas vicisitudes joseantonianas (yo no me las creo), me parece que no constituyen un material lo bastante serio, relevante y valioso como para fundamentar lo que aspira a ser una obra épica de divulgación y de pedagogía histórica. Sin negar la buena intención de los promotores de La princesa roja, yo intuyo que se trata de una nueva intentona de “humanizar”, “moderar” y hacer “digerible” para el público de hoy la figura del tan admirado por mí José Antonio Primo de Rivera. De lo que no se percatan es que en España no hay mercado para estas paridas y de que incluso los pocos azules entusiastas que podrían ir a verla igual salían del teatro echando chispas. 


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domingo, 21 de diciembre de 2014

ME HALLARÁ LA MUERTE (por Teutates)


Esta novela del autor vizcaíno Juan Manuel de Prada, ganador del Premio Planeta en el 97 por La tempestad, se podría catalogar, si no como una obra maestra, al menos sí, como una gran obra narrativa. Hacía tiempo que no leía una historia tan completa. La calidad literaria y estructural de este libro es espléndida. Introduce muchísimos vocablos, que aunque puedan parecer de otro tiempo, podrían perfectamente recuperarse para nuestro lenguaje actual. Además, es una novela que engancha de principio a fin, una vez que comienzas a leer, es imposible parar. 

Narra la historia de Antonio Expósito, un pilluelo madrileño de la época de la Guerra Civil, con ciertos valores y remilgos, al que la vida le va llevando poco a poco a vaciar por completo su alma. En ese tránsito, va a hacerse divisionario y va a luchar en el frente ruso en la II Guerra Mundial, va a estar preso en diversos Gulag y a su regreso a España va a usurpar la identidad de uno de sus compañeros de cautiverio, convirtiéndose en un rico estraperlista en busca de la recuperación de su alma. 

Una de las más férreas cualidades de Antonio Expósito será la de hundir la vida de todos los que le rodean, siempre por sacar beneficio en su desgraciada vida o para salvar el culo en los avatares en los que se ve implicado, que a lo largo de la novela son muchos y variopintos. 

Una narración llena de imaginación y originalidad en la que el autor consigue con mucho éxito y acierto describir, por un lado la vida en los Gulag y las maldades del régimen staliniano, por otro, el diverso trato y respeto con los que se trató a los divisionarios en función de por dónde le pegaba el aire al régimen de Franco y por último, la relajada y libertina sociedad que dentro del supuesto régimen ultraconservador de la dictadura Franquista se desarrollaba en los más bajos fondos de la época. Tampoco se olvida de hacer una sibilina referencia a la evolución de la Falange: desde la de los valores y el compromiso joseantoniana, hasta la chulesca, pelotera, prepotente y sin escrúpulos de la Dictadura del Generalísimo. 

En resumen una novela, que puede brillar con luz propia en el elenco de títulos patrios actuales. Creo que merece muy mucho la pena su lectura.

miércoles, 23 de julio de 2014

CAMISAS POLÍTICAS

Garibaldi y sus camisas rojas

Todos los movimientos europeos de inspiración fascista surgidos en el período de entreguerras adoptaron camisas de distintos colores como elemento de disciplina y uniformidad, casi siempre imitando la ropa de trabajo de los obreros. Hagamos un breve recorrido por la amplia gama cromática con que los socialpatriotas del Viejo Continente engalanaron sus pechos antes y durante la Segunda Guerra Mundial.



Camicie rosse


La idea de uniformarse con una camisa la tomaron los primeros fascistas de los camicie rosse de Giuseppe Garibaldi. Los voluntarios en las campañas militares de unificación italiana de mediados del XIX adoptaron este atuendo en recuerdo de la camisa de carnicero que vistió el famoso aventurero socialista durante la guerra entre Uruguay y Argentina de 1838. Como eran pobres, no podían permitirse más que esta simple blusa en vez de un uniforme completo.

Ramiro Ledesma Ramos, probablemente el más genuino fascista español, llegó a decir que a él y a sus camaradas “les viene mejor la camisa roja de Garibaldi que la camisa negra de Mussolini”.



La camisa negra fascista


Los Fasci Italiani di Combattimento adoptaron una pulsera roja en la muñeca y la camisa negra, en homenaje esta última a la vestimenta tradicional de los mineros italianos.

Esta camisa fue incorporada por otros movimientos europeos de corte similar, entre ellos la Unión Británica de Fascistas del peculiar Oswald Mosley.



Camisas pardas

Con este apelativo se conocía a los miembros de la S.A. (Sturmabteilung), el primitivo servicio de seguridad del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. La elección del color, en 1918, fue puramente pragmática, ya que las partidas de esa tela salían mucho mejor de precio debido a los excedentes de la Primera Guerra Mundial, cuando era ese el uniforme de las tropas coloniales germanas.

Muy pronto los S.A. fueron apodados "los bistecs" (tostados por fuera, rojos por dentro) en alusión a su ideología social y revolucionaria.

Azul mahón

Guardia Nacional irlandesa
En octubre de 1934, en el I Congreso Nacional de Falange Española de las J.O.N.S., fue elegido jefe único José Antonio Primo de Rivera (hasta entonces mandaba un triunvirato). Según cita Carlos Arce, se pasó entonces “a determinar la prenda de uniforme. Menudeaban las discusiones, pero allí estaba Luys Santa Marina con una camisa azul de mecánico y José Antonio, con aquel ímpetu de los grandes ocasiones, forrado de cortesía, pero inapelable, dijo: —Basta ya. Puesto que me habéis elegido jefe, honradme con vuestra confianza. Va a ser ésta la primera determinación de autoridad que adopto... Precisamos un color neto, serio y proletario. He decidido que nuestra camisa sea azul mahón. Y no hay más que hablar”. 

Muy posiblemente la idea fue copiada de los camisas azuis del Movimiento Nacional-Sindicalista portugués, nacido en 1932, aunque la de estos era de un tono más claro.

El azul también fue usado por la Guardia Nacional irlandesa, cuyos blueshirts protagonizaron en los años 30 muchas peleas callejeras con los militantes del IRA.


Mocidade
Tallos verdes

La Guardia de Hierro rumana, un movimiento patriótico y confesional ortodoxo creado en 1927 por el arrojado Corneliu Codreanu, escogió el verde para simbolizar los “tallos verdes” de la juventud.

También adoptó este color la Mocidade Portuguesa, una especie de Frente de Juventudes del Estado Novo de Oliveira Salazar.


Fuera de Europa

En esta misma época, afloraron fuera de Europa organizaciones de parecida base doctrinal a las anteriores que también usaron camisas como distintivo político. Entre los muchos ejemplos de todos los continentes, merecen destacarse la Legión de Plata estadounidense, de William Dudley, que eligió el color plateado basándose posiblemente en las estrellas de la bandera americana; los Gryshemde (camisas grises) sudafricanos, paramilitares imitadores de los nazis, con un fuerte componente antisemita y vinculados al movimiento afrikáner, o la Sociedad de Reconstrucción de China, cuyos miembros exhibían camisas de color azul.

jueves, 1 de mayo de 2014

EL DERECHO A MORIR DE HAMBRE


 
"Primero, un día, contaron a vuestros abuelos que unos señores se habían reunido en un salón y habían escrito unas cosas por virtud de las cuales ya erais todos hombres libres. Libres y soberanos. Pero vuestra libertad consistía en que aquellas cosas escritas en un papel os autorizaban a hacerlo todo: os autorizaban, por ejemplo, a escribir cuanto os viniera en gana; sólo que el Estado no se preocupaba de enseñaros a escribir para que pudierais ejercitar ese derecho. Os autorizaban también a elegir libremente trabajo; pero como vosotros erais pobres y otros eran ricos, los ricos fijaban las condiciones del trabajo a su voluntad, y vosotros no teníais más remedio que aceptarlas o morir de hambre. Y así, mientras vosotros pasábais los rigores del frío y del calor doblados sobre una tierra que no iba a ser vuestra nunca, soportando la enfermedad, la miseria y la ignorancia, las leyes escritas por gentes de la ciudad os escarnecían con la burla de deciros que erais libres y soberanos; todo porque cada dos o tres años os proporcionaban el juego de echar unos papelitos en unas cajas de cristal, de las que habían de salir los nombres de los que luego se olvidarían de vosotros, de vuestra hambre y de vuestros trabajos, hasta las elecciones siguientes."

José Antonio Primo de Rivera. 25 de febrero de 1934. Carpio de Tajo (Toledo)


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domingo, 16 de febrero de 2014

CURAS POLITIZADOS




A lo largo de mi vida he conocido varios curas fuertemente politizados y ninguno ha sido santo de mi devoción. Unos eran párrocos de barriada o jesuitas que habían bregado veinte años en aldeas de El Salvador y de pronto regresaban a España envenenados de liberacionismo, a decir misa de doce a pipiolos universitarios y a gente de orden del centro de Vigo o de Salamanca, y el personal se ponía pálido con sus arengas marxistas en las homilías. Otros eran antiguos capellanes del Frente de Juventudes, más falangistas que José Antonio, que vestían camisa azul bajo la chaquetilla de punto, repetían mucho lo de “por el Imperio hacia Dios" y relataban una y otra vez cómo al estallar la guerra salvaron de la quema segura a la Virgen del colegio.

Hace mucho, haciendo el Camino de Santiago, conocí a un novicio jesuita que cuando vio por la tele que había ganado el PP las elecciones nos propuso celebrarlo con unas cañas. 

      -        ¿Y tú por qué celebras eso? –le pregunté. 

     -         Pues… no sé. Porque soy de derechas. 

      -       ¿Entonces vas a ser un cura solo para los creyentes de derechas? 

Este chaval, del que volveremos a hablar, abandonó la Compañía al año siguiente. Por una tía, claro. 

Puedo entender que cada presbítero tenga sus inclinaciones políticas pero me desagrada mucho que se signifiquen expresamente y mucho más que colaboren de la forma que sea con un determinado partido. Los curas son representantes de Cristo para todos los hombres, no solo para los de su cuerda, y en la medida que se identifiquen en público con una facción concreta estarán alejándose de una parte de los fieles. 

Un sacerdote debería estar llamado a la neutralidad en estas cuestiones, aunque entiendo que es muy complicado mantenerse al margen sobre todo en época de convulsiones sociales o de conflictos armados. No en vano a la Iglesia nada humano le es ajeno, y nada hay más humano que la política. La imparcialidad tampoco implica que los religiosos no hayan de estar agradecidos a los políticos que defienden la Fe católica y los intereses de la Iglesia, ni que no deban tener prevención contra quienes les persiguen. Pero un buen cura jamás debiera incurrir en el proselitismo partidista, ni hacer ostentación de sus filias y fobias ideológicas, ni tratar de modo distinto a unos o a otros según su filiación. Su deber es atender a todos con amor y ayudarles sin distingos evitando todo comportamiento, por sutil que parezca, que pueda constituir una barrera a su vocación de amor universal.

martes, 12 de noviembre de 2013

HABÍA QUE SER DE ALGO

Se nos llena la boca de críticas furiosas a la clase política y no nos queremos enterar de que ésta solo es un reflejo de la sociedad española, de que los políticos no son más inmorales que un currante cualquiera si ganara mañana un acta de diputado. Tenemos exactamente los mandatarios que nos merecemos porque la trampichuela, la jetada y el chanchullo contra los que bufamos tomando copas hoy son el día a día en las empresas, las familias y los individuos de toda España. La gente en el fondo disculpa las trepadas y cree que los que llegan alto y no se aprovechan son unos memos. Así nos va.

Ayer me enzarcé en una discusión de la que salí entristecido al constatar como ciertas mentalidades predominan en España y se exhiben con todo el orgullo y toda la naturalidad del mundo. La bronquilla fue a cuenta de la llamada Transición española y mi contrincante una amiga reciente que sabe muy poco sobre mi forma de pensar. En un momento dado yo arremetí con dureza contra Fraga, Suárez y demás escoria, acusándolos de oportunistas y chaqueteros que después de su pasado como altos cargos franquistas protagonizaron la opereta transicionera como demócratas de toda la vida.

Mi amiga se me quedó mirando muy sorprendida y sin inmutarse lo más mínimo respondió:

- Ya, pero si querían meterse en política cuando Franco, tenían que ser de algo, ¿no?

Alucinadito me quedé. “Meterse en política”. “Ser de algo”. A veces creo que yo hablo un lenguaje distinto al de todo el planeta, que estoy en otra dimensión.

El versátil Adolfo jurando las Leyes Fundamentales franquistas
Si yo soy un pluralista convencido, defensor de los partidos políticos, del parlamentarismo y de las libertades constitucionales, y resulta que quiero “meterme en política” en la España de los años 50, cuando manda un militar de los de palo y tentetieso, mi única salida coherente será sumarme a la oposición clandestina y dar leña al régimen en la medida de mis posibilidades. Si, en cambio, considero que “meterme en política” en tales circunstancias consiste en convertirme en ministro de Franco, en Gobernador Civil o en Secretario General del Movimiento, entonces seré un sinvergüenza se mire por donde se mire. Si además al morir el Caudillo me convierto en un demagogo que reniega de la dictadura como San Pedro de Cristo, entonces seré otras cosas que prefiero no poner aquí.

Es bien sencillo, no le demos más vueltas. Nadie tiene derecho a cambiar así de ideas y a que encima no le insultemos, cuando el único motivo del cambio es mantenerse en la cresta de la ola.

No entiendo eso de “meterse en política” así sin más. No entiendo que alguien pueda “meterse en política” en abstracto, sin ir de la mano de unas convicciones, unos valores y una manera de entender la vida y la sociedad. “Meterse en política” sin ideas políticas es, simple y llanamente, pretender chupar del bote. Y claro, para chupar del bote "hay que ser de algo”, de lo que haya en ese momento, da igual.

Fraga, el Robin Hood de la democracia
No cuela el argumento de que es gente con un gran espíritu de servicio y que su vocación de hacer cosas por los demás a través de la política está por encima de condicionantes ideológicos. No me vale eso de que son posibilistas que aprovechan los cauces disponibles, aunque sean "defectuosos", para intentar mejorar las condiciones de vida de sus compatriotas y cambiar las cosas desde dentro, porque estos tipos de los que hablamos el único nivel de vida que han mejorado “metiéndose en política” y mudando de chaqueta es el suyo.

Me recuerda un poco a la polémica de si los falangistas que se integraron en las estructuras del Movimiento durante o inmediatamente después de la guerra fueron unos traidores a la Falange. Puede ser, pero no hay que olvidar que al menos el régimen político con el que se avinieron a colaborar estos azules comenzó plasmando los ideales de José Antonio en multitud de leyes y que en los 40 todavía era pronto para adivinar que todo aquello era un brindis al sol, papel mojado. Sin embargo, todos los suárez, fragas y martines villa que encarnaron los valores más democráticos a mediados de los setenta, se habían aupado más de veinte años antes, con pleno conocimiento de causa, a una ideología radicalmente opuesta. Porque estos tíos no tuvieron en su vida más ideal que el de medrar a costa de la política.

viernes, 21 de junio de 2013

SEPU Y LA FALANGE


Creo que cualquier español y desde luego todos los madrileños se acordarán de los famosos almacenes SEPU (Sociedad Española de Precios Únicos) y de su alcanforado lema: “Quien calcula compra en SEPU”. Fue la primera gran superficie comercial del país; se fundó en 1934 por dos judíos suizos y cerró en 2002 tras la mala gestión de sus últimos propietarios, de origen australiano. Su famosa gran tienda de Gran Vía fue sin duda el antecedente primitivo de Galerías Preciados y de El Corte Inglés, y llegó a formar parte imborrable del paisaje urbano madrileño y de la memoria colectiva. Yo tengo una tía que trabajó allí de dependienta y cuando iba a verla siempre me regalaba algo.

Lo que quizá no todo el mundo conoce es la curiosa relación de este negocio con el movimiento fundado por José Antonio Primo de Rivera. Por varios motivos la marca SEPU ha quedado ligada históricamente a Falange Española, aunque no precisamente para bien.

Nada más constituirse la empresa por los comerciantes hebreos Henry Reisembach y Edouard Worms, e inaugurarse su segunda tienda en Madrid en 1935 (la primera se abrió en Barcelona), dos escuadras falangistas, dirigidas por Agustín Aznar, asaltaron violentamente el establecimiento, provocaron daños materiales de diversa consideración y boicotearon las ventas hasta que apareció la policía. La razón fue “defender a los tenderos españoles del nuevo sistema de grandes almacenes impuesto por el capital extranjero”, por el capitalismo creado por “la internacional conspiración judaico-masónica”, y, al mismo tiempo, ejecutar una represalia por el despido arbitrario (por sus ideas) de varias dependientas afiliadas al recién nacido sindicato nacionalsindicalista CONS.
El inolvidable Agustín Aznar

Desde entonces y hasta el comienzo de la Guerra Civil no cesaron los boicots falangistas contra la compañía. Se llevó a cabo una campaña sistemática de acoso y derribo, directamente inspirada en los asaltos nazis a comercios judíos alemanes y basada casi siempre en la rotura de los escaparates. Incluso el semanario Arriba llegó a publicar un artículo titulado Siempre SEPU, en el que se denunciaba la explotación de los trabajadores por esta empresa: “Estos judíos de SEPU dan motivos para ocuparse de ellos diariamente, por sus relaciones con los empleados que explotan. Si basta su sola presencia para producir indignación, los atropellos que con su personal cometen bastan para sublevar al más tranquilo. Nosotros preguntamos ¿SEPU disfruta de patente de corso? ¿Quién ampara a SEPU? ¿Conoce el director de Trabajo los casos de SEPU?”

Pero estos incidentes, en mi opinión muy comprensibles y una muestra más de la generosidad y la sensibilidad social de los camisas azules de la época, no son el único motivo de la ya eterna ligazón entre SEPU y el falangismo en el imaginario popular. De que cada vez que se hable de estos viejos almacenes surja como un resorte en las mentes de los madrileños el nombre de Falange y de su Fundador, tiene la culpa un chiste popular ideado en la década de los 40. Desde el primer momento la tienda de Madrid tuvo dos puertas que daban respectivamente a la Gran Vía y a la calle Desengaño. Pues bien, cuando en 1939 la gran arteria comercial pasó a denominarse Avenida de José Antonio, a algún ingenioso se le ocurrió la chanza de que la Falange se parecía a SEPU en que se entraba por José Antonio y se salía por desengaño. Una forma de tomarse con humor lo que tantos patriotas sintieron a la vista del Decreto de Unificación y de la deriva ideológica del Movimiento en manos de Franco.


Más sobre la Falange en La pluma viperina:

- Breve y truculenta historia del aceite de ricino
- Cara al sol

martes, 21 de mayo de 2013

¡FIUME O MUERTE!

El héroe Gabriel D'Annunzio
Tras la Conferencia de Paz de París, que puso fin a la Primera Guerra Mundial, el malestar fue cada día más palpable entre el pueblo italiano, que se sentía defraudado, por una parte, por los escasos frutos territoriales que había reportado a Italia su victoria frente al Imperio Austrohúngaro y, por otra, por la actitud perruna y pusilánime del gobierno liberal del país frente a la recién creada Sociedad de Naciones.

Una de las mayores decepciones para numerosos sectores de la sociedad itálica la constituía la ciudad de Fiume (actual Rijeka, en Croacia), perteneciente al Imperio antes de la guerra, y que ahora la Sociedad de Naciones pretendía convertir en estado independiente, incluso en la propia sede de este organismo internacional, desoyendo las reivindicaciones históricas que sobre este territorio de 30 kilómetros cuadrados, 36.000 habitantes y comunicado con la Península, sostenían tanto Italia (6 de cada 10 residentes se sentían italianos) como la futura Yugoslavia. Voces patrióticas de conservadores, de sindicalistas, de artistas, de seguidores del futurismo, y del aún embrionario Partido Fascista se alzaban cada vez con más vigor reclamando los derechos de Italia sobre esta localidad adriática. Entre ellos, el más entusiasta era sin duda Gabriele D’Annunzio, el aclamado héroe de la Gran Guerra, el poeta y novelista más famoso de Italia, el mujeriego empedernido y amante de las tecnologías más punteras (sobre todo la aviación), que no hacía más que meter el dedo en el ojo al Gobierno de Víctor Manuel Orlando.


La chispa estalló cuando, a la vista de los continuos conflictos entre la población local pro italiana y la pro yugoslava, la antecesora de la ONU mandó a Fiume tropas estadounidenses, británicas y francesas para controlar la situación, mientras, paralelamente, el Gobierno italiano destacaba varias unidades militares a las puertas de la ciudad. Pero nadie contaba con el ardoroso D’Annunzio, que tras reunir a 300 veteranos de los cuerpos de élite (los arditi), y al grito de “¡Fiume o muerte!” se lanzó a la aventura de conquistar la plaza. Cuando llegó a la zona contaba ya con 2.000 valerosos voluntarios a los que se unieron, en un noble gesto patriótico, todos los militares italianos que se econtraban allí concentrados a la espera de órdenes gubernamentales. Inmediatamente, el ejército aliado puso pies en polvorosa ante el avance decidido de los héroes de D’Annunzio.

Sin embargo, el melindroso gobierno demoliberal que padecía Italia sudó la gota gorda con la noticia de la ocupación y se negó cobardemente a reconocerla para evitar un conflicto internacional. Por ello el inolvidable poeta tuvo que fundar un estado independiente con un original régimen político que bautizaría con el nombre de Regencia Italiana de Carnaro. En su gobierno, que duró 15 meses, participarían sindicalistas, anarcosindicalistas, republicanos, antiguos socialistas y, naturalmente, camisas negras del partido recién fundado por Benito Mussolini. Se aprobó una carta constitucional verdaderamente lírica, un ejemplo de poesía que promete, que consagraba un estado antiliberal y profundamente revolucionario, basado en el verticalismo político, en el autoritarismo, en la figura del líder (el propio Gabriele), en el sindicalismo orgánico y en los valores estéticos y artísticos, dando un valor preponderante a la música.

Valerosos arditi ocupando Fiume

El régimen se basaba en la existencia de dos cámaras: el llamado Consejo de los Mejores, con funciones de orientación ideológica, y un Consejo de las Corporaciones, en el que estaban representados, al estilo de los gremios medievales, nueve sectores económicos y profesionales, y uno adicional que reunía a los individuos de especial valía, como héroes, poetas o artistas.

Ni que decir tiene que en el régimen de Carnaro tenían una vital importancia los símbolos, los desfiles, los discursos multitudinarios, el lenguaje poético y patriótico, y la uniformidad mediante el uso de la camisa negra. Es además el primer caso que se conoce del uso del aceite de ricino como simpático correctivo para los adversarios.


La aventura D’Annunziana duró muy poco, pues muy pronto la Regencia de Carnaro declararía la guerra a Italia por haber pactado con los yugoslavos la fundación de un estado independiente en la ciudad de Fiume. En la Navidad de 1920, los 3.000 hombres del mítico soldado y poeta se rendían ante 20.000 soldados de la Península, pero el ejemplo de su hazaña y de su singular construcción política (que muchos han llamado protofascismo) sirvió de acicate y de ejemplo a muchos patriotas italianos, y, en especial, al futuro Duce, que lo emuló en no pocos aspectos, aunque sin alcanzar su genialidad ni su genuino sentido social y revolucionario. Mussolini fue un imitador mediocre y muy poco audaz de las avanzadas ideas de Gabriel D’Annunzio y del régimen de Carnaro, al sucumbir en la práctica, en buena medida, a los intereses de la derecha más conservadora, pero eso sí, la Italia fascista no se cansó de rendir honores oficiales al escritor decadentista, llegando el Duce a afirmar en su funeral: “Puedes estar seguro de que Italia llegará a la cumbre que soñaste”. Claro que después, en privado, iba diciendo que “cuando tienes un diente podrido se te abren dos posibilidades: arrancas el diente o lo rellenas con oro”, en clara referencia a las dignidades y consideraciones públicas que tenía con él para evitar que interviniera en la política y le hiciera sombra.

Esto me suena demasiado a la actitud de Franco con José Antonio Primo de Rivera, solo que este último ya estaba muerto y el peligro para el franquismo lo representaba en realidad la auténtica doctrina joseantoniana y sus seguidores más fieles, a los que se consideró necesario “rellenar de oro” para evitar el avance de la "caries" falangista.

NOTA: La ciudad de Fiume sería ocupada en 1922 por Benito Mussolini y formaría parte de Italia hasta el final de la II Guerra Mundial.

domingo, 3 de julio de 2011

RIÑA DE GATOS

Desde la publicación el año pasado del premio Planeta Riña de gatos, de Eduardo Mendoza, he ido posponiendo su compra porque me surgían otras lecturas, pero he estado estos meses con el come-come de que era mi obligación leerlo tarde o temprano por su temática y por los comentarios favorables que algunos amigos falangistas me hacían sobre él. Al final me lo han prestado y lo he leído la semana pasada.

Se trata de una novela de género policíaco ambientada en Madrid en la primavera de 1936, es decir en los meses inmediatamente anteriores al Alzamiento. Anthony Whitelands, un profesor inglés de arte, acepta el encargo de viajar a Madrid para tasar la colección de cuadros del duque de la Igualada, que, en teoría, pretende venderla en Inglaterra en busca de una liquidez que le permita sacar a su familia de España antes de que estalle la revolución comunista. Pronto saldrá a la luz, sin embargo, el verdadero motivo de la operación: financiar la compra de armas destinadas a las escuadras de Falange Española, cuyo Jefe Nacional es amigo íntimo de la familia del noble. Todo ello atrae el interés de la policía española, de la embajada británica y de los comunistas soviéticos, que envían a un agente para asesinar a Whitelands. El relato se desarrolla entre intrigas policiales y de espionaje, lances amorosos entre el inglés y las hijas del duque, y disquisiciones y luchas políticas protagonizadas por José Antonio Primo de Rivera, personaje bastante desarrollado por Mendoza.

Es la primera vez que leo a este autor y francamente no me ha gustado nada su estilo; lo que menos, su técnica narrativa y sus bruscas transiciones, más bien saltos repentinos, entre los diferentes escenarios y personajes. A su favor puedo decir que los dos o tres pasajes en los que se producen encuentros sexuales son abordados con gran delicadeza, sin ofender sensibilidades, algo que sorprende en estos tiempos en que la carnaza de alcoba es un elemento comercial más en casi toda obra literaria o cinematográfica.

Tampoco puedo hablar muy bien de la trama. Tras un planteamiento muy atractivo y una ambientación lograda, pronto la historia degenera en historieta y lo que podía haber sido una buena novela de espionaje termina en un enredo de situaciones, nombres, persecuciones, asesinatos absurdos e intrigas políticas mal esbozadas, todo ello con un desenlace surrealista y muy decepcionante. Uno de los aspectos menos cuidados es la repetición de situaciones y escenarios, resultando cansinas a más no poder las idas y venidas al hotel donde se aloja Anthony. Da la impresión de que se pasa la vida en el hotelito de marras, por no hablar, ya de paso, de la pésima caracterización del protagonista, un personaje insulso y sin matices. La verdad: me acabé aburriendo soberanamente.

Pero mi interés en la novela no era literario ni de entretenimiento. Si agarré este libro es porque uno de sus protagonistas es José Antonio; porque analiza, a través de diferentes personajes, el papel de Falange Española en los preparativos del levantamiento del 18 de julio, y porque describe con detalle el ambiente de la sede falangista de la calle Nicasio Gallego, el mitin del cine Europa del 36 (ver foto) y las tertulias azules del bar La Ballena Alegre.

Debo destacar que la obra está plagada de errores históricos. El propio nombre de la organización falangista es incorrecto (“y” de las J.O.N.S.), la fecha del mitin es errónea (se celebró antes y no después de las elecciones) y hay incluso deslices respecto al callejero y a las estaciones de metro de Madrid. Sin embargo, y puesto que se trata de una obra de ficción, no merece la pena hacer sangre de ello y sí, en cambio, reconocer a Mendoza el manejo de una amplia documentación, su habilidad en la recreación del mundillo falangista en aquel turbio mes de marzo y, sobre todo, el mérito de ofrecernos, en boca de personajes de muy diferentes intereses e ideologías, las visiones encontradas que por entonces existían sobre José Antonio y su Falange.

Mendoza, en efecto, hace un esfuerzo aplaudible por reflejar los distintos puntos de vista existentes en la sociedad española de la época sobre un fenómeno tan complejo y novedoso como el falangismo. Para quienes hemos sido criados por la teta azul y formados durante años en lecturas unidireccionales y apasionadas, la novela de Mendoza nos sirve sin duda de bálsamo de reflexión, ayudándonos a limar ciertas aristas absurdas y determinadas rugosidades partidistas o acomplejadas, entre ellas la negación que, por tristes y obvias razones, hace Falange del fascismo desde 1945 hasta ahora.

El autor nos cuenta cómo los marxistas ven en Falange una sucursal del fascismo internacional, cómo los sindicatos obreros “se mofan de su plan para acabar con la lucha de clases”, cómo la aristocracia y la burguesía tratan de utilizarla como fuerza de choque en defensa de su dinero y de sus fincas, y, en fin, cómo sueñan los casi imberbes escuadristas de José Antonio con una España más justa para todos y alejada del materialismo de izquierdas y derechas.

Pese a su intento de neutralidad, Eduardo Mendoza no se resiste a la tentación de recurrir al topicazo políticamente correcto cuando así le conviene. Me refiero fundamentalmente a sus interpretaciones veladas sobre la responsabilidad de unos y otros en el estallido del conflicto civil, mostrando a menudo a la Falange como una organización terrorista y desestabilizadora por culpa de la cual no fue posible mantener la concordia.

También bastante patética es su versión –de ficción, pero ahí queda- de que a Primo de Rivera hijo su proyecto político se le fue de las manos y acabó hastiado y aburrido de él. Ello desdice la verdad histórica de un hombre fiel a sus ideas y luchador ejemplar hasta el mismo día de su fusilamiento.

Reproduzco varios párrafos polémicos y/o enjundiosos de la novela:



"Si un día la Falange llega a imponer su ideario, no tardará en volver al redil de donde ha salido. También en Italia los fascistas se comían a los niños crudos, y ahora Mussolini va de bracete con el Rey y con el Papa. La revolución bolchevique, la que viene de abajo, es irreversible; por el contrario, la que viene de arriba es pura retórica, porque no se nutre de la lucha de clases ni la fomenta".


"En rigor, Falange Española y de las JONS no pinta nada. Los fundadores son unos señoritos ociosos; sus seguidores, un puñado de estudiantes y en los últimos tiempos media docena de pistoleros a sueldo. Los apoya un sector de la carcunda y lo votan las niñas cursis y los pollos pera de Puerta de Hierro".


"Si aceptaran [los militares] establecer una alianza con la Falange, no sólo ganarían un aliado formidable a la hora de entrar en acción, sino que dispondrían de una teoría de Estado de la que ahora carecen. Sin el apoyo doctrinal de José Antonio, el golpe de Estado será una vulgar militarada, encumbrará al más bruto y durará un soplo".


"En sus discursos [José Antonio] galvaniza al público asistente, pero en las urnas no obtiene votos. A él le da igual, porque sus intereses son otros: ir a la piscina del Club de Puerta de Hierro, conquistar mujeres fáciles y hablar de literatura con sus amigos. Dice haber entrado en la política para defender la memoria de su padre y para salvar a la Patria, y en parte es verdad: le mueve un sentimentalismo filial y patriotero de cartón piedra que no es más que vanidad. Como es un jurista de formación y un señorito, aborrece la brutalidad de las clases bajas, pero no puede evitar que su partido se vaya convirtiendo poco a poco en una banda de matones. Los capitalistas lo utilizan sin escrúpulos para agitar la opinión pública, los sindicatos obreros se mofan de su plan para acabar con la lucha de clases y, mientras tanto, ha de ver cómo sus seguidores caen muertos día tras día en enfrentamientos callejeros sin sentido. El proyecto, si lo hubo, se le ha ido de las manos, y la vibrante oratoria que lo sostiene puede seguir entusiasmando a los oyentes, pero a él le aburre y le repugna".


"—Ha hablado usted bien —convino el marqués de Estella [José Antonio]—. Un abismo separa nuestros dos países y por esta misma razón el sistema político que Inglaterra se puede permitir aquí ha fracasado. La democracia y el igualitarismo de ustedes se sustenta en unas relaciones sociales satisfactorias para todas las partes, lo que a su vez sólo es posible gracias a las riquezas provenientes de su vasto imperio colonial. Lo mismo, en cierta medida, se puede decir de Francia. Pero a los países que no disponen de esta fuente de riqueza que todo lo arregla y todo lo suaviza, ¿de qué les sirve la pantomima de unas elecciones? ¿Acaso no hay otras formas más lógicas de regir los destinos de una nación? Vea el caso de Alemania, vea el caso de Italia..."


"En fin de cuentas, la Falange sólo es una fuerza de choque, con más imagen que sustancia. Vive del matonismo y de cuatro conceptos huecos. ¡Una unidad de destino en lo universal! ¡Una, grande y libre! Frases ridículas y lemas que sólo suenan bien dichos a gritos, sobre todo si el que los grita es un joven abogado guapo, brillante, audaz y con un título nobiliario".

martes, 5 de abril de 2011

JOSÉ ANTONIO SALE EN "LA REPÚBLICA"


Anoche numerosos admiradores de la figura humana y política de José Antonio Primo de Rivera aguardábamos, con una mezcla de curiosidad y desconfianza, la aparición por vez primera de este personaje histórico en una serie televisiva de ficción. De hecho, a pesar de ser un icono y hasta un mito para varias generaciones de españoles, el fundador de la Falange nunca había sido interpretado hasta ahora por un actor ni en el teatro, ni en el cine, ni en la pequeña pantalla.

Las expectativas, ya digo, mezclaban curiosidad y desconfianza. Curiosidad, naturalmente, por saber cómo encarnarían a este político irrepetible en una producción tan exitosa como 14 de abril. La Republica; pero desconfianza, ante todo, por los derroteros tendenciosos que la serie está tomando en sus capítulos más recientes. En mi ingenuidad, y basándome en el tratamiento aceptable que tuvo el fascismo italiano en La señora (de la misma guionista), había albergado la esperanza de que José Antonio no saliera demasiado mal parado, pero debería haber tenido en cuenta que Pablo Márquez no dejaba de ser un personaje de ficción en una época relativamente neutra como los años veinte, mientras que el hijo mayor de Don Miguel Primo de Rivera fue un señor de carne y hueso que suscitó en la II República y suscita hoy el odio más fanático del PSOE, partido que al fin y al cabo ha pergeñado esta serie de La Primera.

El defecto s grave del guión de 14 de abril. La República es su obsesión por transmitir la idea de que entre el 31 y el 36 hubo unos bondadosos políticos avanzados pero moderados (los socialistas), otros también moderados que aceptaban el juego democrático aunque eran unos ricos burgueses que guiñaban el ojo al golpismo (Acción Popular- la CEDA) y, por último, unos cabrones con pintas, radicales y siniestros, que echaron a perder la gran oportunidad democrática de España (anarquistas, comunistas, ultraderechistas alfonsinos y "fascistas" de todo pelaje). Este mensaje tan inexacto, que hasta hace dos episodios (ayer emitieron el 11º) se asomaba de forma subliminar, ya está saliendo a la superficie teñido de peligroso sectarismo y aliñado, como no podía ser de otro modo, con multitud de pullas a una Iglesia Católica caricaturizada por un jesuita avaricioso, ladrón y facha, y por unas monjitas de clausura que a cambio de un donativo son capaces de revelar los más íntimos secretos de cualquiera. Por eso en el fondo no me ha extrañado lo que han hecho anoche con José Antonio.

En el episodio de ayer la familia De la Torre aprovecha un encuentro entre el joven Primo de Rivera y el supuestamente recién creado partido Acción Popular para rogarle que interceda por el Teniente Coronel Hugo de Viana, amigo de la familia encarcelado por su participación en la Sanjurjada de agosto del 32.


Voy a ir desgranando los aspectos que más me han sorprendido y disgustado de la aparición televisiva de José Antonio, basándome tanto en los datos personales como en los históricos.

José Antonio, interpretado por un actor que aún no he conseguido indentificar, aparece dos o tres veces durante una tertulia en una cafetería, aunque no se le oye hablar. Lo que más llama la atención, sin duda, es que viste camisa negra con tirantes, una pincelada grotesca y gratuita con la que se pretende etiquetar de entrada al personaje histórico, que si bien nunca ocultó su admiración por Mussolini (lo conocía personalmente y tenía su retrato en su despacho), no llegó a una identificación tan formal con el líder italiano como para vestir el uniforme institucional de su movimiento. No existe constancia alguna de este detalle, que además resulta especialmente inverosímil en un caballero de la talla de José Antonio en el contexto de una entrevista de acercamiento a un partido político tan opuesto (al menos de boquilla) a las soluciones fascistas.

Aparte del aspecto chulesco que intencionadamente se muestra con grave injusticia con la realidad histórica, hay otras connotaciones muy negativas con las que se pretenden fomentar los prejuicios de los telespectadores hacia el que justo un año después de lo narrado en el episodio crearía Falange Española. Por un lado, la primera vez que se le cita, en una conversación entre Agustín de la Torre y su hijo, se le alude repetidamente como “el marqués de Estella”, título que José Antonio poseía pero no utilizaba y por el que desde luego no era conocido por entonces. A ello hay que añadir las insinuaciones sobre su vinculación y su simpatías por el golpe de Sanjurjo, cuando lo cierto es que, aunque fue encarcelado en esas fechas, nada pudo probarse y salió de la cárcel sin cargos. La intención de los productores televisivos es presentar al personaje como un señorito y aristócrata de derechas que empezó a conspirar contra la República cuatro años antes de la guerra.


Por si fuera poco, la guionista se permite que los caciques de la familia De la Torre, fundadores de Acción Popular (futura CEDA) califiquen despectivamente como “populista” al primogénito del General, como si su sentido de la justicia social, su sindicalismo y su aspiración a una revolución profunda, elementos que precisamente lo diferenciaban de la derecha de Gil Robles, no fueran más que una mera pose o una engañifa.

Las inexactitudes no terminan ahí. Ya en el terreno histórico, me ha dejado con los ojos como platos ese supuesto deseo del futuro dirigente falangista de contactar, e incluso intentar ingresar, en Acción Popular, cuando la antipatía de José Antonio por Gil Robles era antigua (desde sus tiempos universitarios) y más que manifiesta, y se acrecentó aún más, si cabe, cuando ambos coincidieron como diputados en las Cortes a partir de noviembre de 1933. De jovencito no había tragado a la Asociación de Estudiantes Católicos del derechista salmantino; en su actividad parlamentaria protagonizó agrias polémicas con él, y en la calle los falangistas y las juventudes de la CEDA habían sufrido unos pocos encontronazos violentos que habrían sido muchos más de no ser por el famoso amariconamiento de los muchachos de las JAP. Los únicos contactos (infructuosos) de la Falange con la derecha se produjeron de cara a las elecciones del 36 para contrarrestar la fuerza del Frente Popular.

Por lo demás parece muy improbable una entrevista de esa naturaleza entre José Antonio y Acción Popular, ya que esta decía aceptar expresamente el régimen y la legalidad republicanas, así como las fórmulas liberal-parlamentarias, justo todo lo contrario a los posicionamientos de aquel. Y seguramente en aquella época (1932), a José Antonio, que aún conservaba algunos ribetes monárquicos, le habría repugnado la postura de la CEDA embrionaria de no pronunciarse sobre la forma de estado a implantar en el país.

Desconozco si el padre del falangismo volverá a tener alguna aparición en la serie, pero en su caso tendré mucho gusto (o disgusto) de analizarlas en los comentarios de este mismo post. Yo rezo para que no vuelva a salir, ni él ni ninguno de sus correligionarios, pues me temo muchas más manipulaciones e insultos a la Historia y a sus protagonistas. Por lo pronto, todo apunta a que el pretendiente engreído y macarra de Beatriz de la Torre, amigo de los Primo de Rivera, será uno de los primeros militantes de Falange. De ahí a las escenas con los camisas azules apaleando y fusilando a los arcangélicos socialistas, va un paso.